jueves, 12 de febrero de 2026

Cuidado con los trenes

Cuidado con los trenes


Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.

Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.

El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!

Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.

El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:

-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…

Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:

-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…

Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad.

Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.

A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando una protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…

-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.

-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…

Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.

La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.

Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.

Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.

Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:

-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……

La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.

Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.

Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.

Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.

Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:

¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”

Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…

La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.

Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.

Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:

-“¿Qué estás haciendo acá vos???”

Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…

Treinta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos de …¿un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…

martes, 10 de febrero de 2026

Desvelado

Desvelado


Ahí esta el hombre. Tratando de volver al sueño. Ese sueño de película de acción donde se veía como un héroe en medio de una misión en medio de una balacera que no lo afectaba. Quizás esas balas lo atravesaban sin dejar huella como a un fantasma. Hasta que vio prenderse la luz de la habitación de su madre, una y otra vez. Y escucho la queja o la expresión de un malestar difuso de la anciana.

A partir de allí no pudo volver a dormir. Plena madrugada, a lo lejos se escuchaba el sonido de locomotoras haciendo maniobras traído por el viento Sud.

Desde la cama. Acosado por temores y preguntas sin respuesta una vez más, el hombre repasa como llego a ser el único hijo vivo. Como se llegó a este presente dedicado al cuidado a su madre octogenaria.

Aparece una vez más la imagen de la placita enfrente de la estación Henderson del Midland. El, un niño aprendiendo a andar en bicicleta y Reynaldo su hermano mayor corriendo a la par de su bicicleta para prevenir que no perdiera el equilibrio.
Cada tanto veían llegar al tren.

Fue en 1977 el último tren. En septiembre porque fue días antes de su cumpleaños.
El que se ve corriendo al costado del último tren que se va a Buenos Aires.

La gente que agita las manos por la ventanilla, sopla besos.

Se cerraba el tren. Se llevaron hasta los rieles. Había sido testigo en una tarde a la salida de la escuela del paso de esa máquina levanta vías que a su paso solo dejaba marcas de ausencia en el terraplén.

Tarde o temprano hay mucho pasado en la vida de cualquier persona.

De la universidad le quedo aquella enseñanza que decía "la vida de las personas transcurre entre lo imprevisible y lo irreversible".

Y la ciudad de Henderson que se llama así en honor a Frank Henderson, el ciudadano inglés que desde su cargo en el ferrocarril completo las obras para que el Midland llegara a Carhué.

Frank Henderson que además jugaba al golf, al ajedrez y hasta tuvo tiempo en la vida para la fundación del club de golf en Mar Del Plata -El que pudieron conocer en aquellas vacaciones de familia en el 79-.

Después ocurrió lo irreversible, aunque aun hoy le cueste aceptarlo. Reynaldo fue sorteado para hacer el servicio militar en la Armada. Reynaldo destinado arriba del Phoenix CL 46.

El hombre se niega por un momento a llamarlo por su nombre a ese barco de guerra. ¿Por qué no lo hundieron los japoneses en Pearl Harbor? Todo hubiera sido distinto, se ilusiona en vano, jamás hubiera llegado a ser el Crucero General Belgrano.

En algún limbo Frank Henderson golpea su palo de golf una y otra vez. Las pelotas se pierden al infinito cielo. Como en el azar, son un misil sin blanco.

Reynaldo sigue allí. En el barco, presintiendo lo que vendrá y sin poder cambiar el curso de las cosas.

El hombre preferiría que nada de eso hubiera ocurrido. Que la estación siga siendo estación de trenes. Que su padre no hubiera muerto de tristeza hace 10 años.

Que a nadie se le hubiera ocurrido poner en la estación -ya sin vías- una terminal de ómnibus. Tampoco que a esa terminal la bautizaran con nombre de su hermano, un héroe del pueblo hundido en el crucero.

Y que ahora, el hombre sea el único ser a quien su madre tiene para llamar en la noche cuando se siente mal.

domingo, 8 de febrero de 2026

Boletos


Boletos

Sergio Borao Llop

A mi amigo Miguel Crispín Sotomayor, que despertó estas palabras.

No nombraré la ciudad porque la ciudad es múltiple, y porque lo que allí sucede, bien puede suceder a diario en otra ciudad, en otro país. Acaso cambien los nombres, los rostros, los objetos.

Yo, turista en todas partes, eterno extranjero, pertinaz inhabitante, venía caminando hacia la estación, con mi maleta medio vacía (maleta de nómada incurable, brevísimo catálogo de recuerdos y ausencias, inútil equipaje), y un creciente cansancio que se iba acentuando a medida que mis pies cruzaban más fronteras, a medida que mi pasaporte acumulaba sellos. Puesto que aún faltaba más de una hora para la salida de mi tren, tomé asiento en una terraza sombreada. 

Enfrente, al sol, había varios niños jugando. Niños pobres, harapientos, de los que abundan en los alrededores de casi todas las estaciones del Sur. Cuando pasaba alguien con traje, o con aspecto de turista, uno de ellos se separaba del grupo y se acercaba al desconocido, ofreciéndole un billete de lotería. El timo es antiguo. Se trata de billetes viejos, sin premio, que los chicos recogen del suelo o de las papeleras y planchan lo mejor que pueden para darles apariencia de nuevos. A veces, algún despistado compra un billete, pero generalmente hay gritos y amenazas, y a menudo, los chicos tienen que salir corriendo para no caer en manos de la policía. 

No muy lejos de allí, las máquinas excavaban lo que muy probablemente se convertiría con el tiempo en un centro comercial o un edificio de oficinas. Quizá a causa del monótono ruido de las excavadoras, me amodorré un poco. 

Una voz suave me despertó.

- Señor...

Cuando levanté la vista, una chiquilla morena, con dos trenzas medio deshechas y una mancha oscura en la mejilla, me ofrecía uno de aquellos billetes. 

Mi primer impulso fue echarme a reír y despedir a la mocosa con unos céntimos o con la amenaza de la policía, que es el remedio habitual en estos casos, pero algo en su mirada me impedía hacer una cosa así.

- El número es lindo -dijo, tratando de vencer mi indecisión con esas simples palabras.

Entonces la miré con más detenimiento. Sus ojos no eran los de una niñita suplicante, no eran ojos mendicantes, ni ojos víctimas; tampoco eran los ojos pícaros de quien está estafando a un turista crédulo; aquéllos eran los ojos firmes y tranquilos de alguien que sólo pide lo que por derecho le corresponde. 

No lo dudé un instante. Conté algunas monedas y puse en su mano el dinero que costaba el billete. Ella me dio las gracias, sonrió dulcemente y regresó junto a sus amigos. Mientras la miraba alejarse correteando alegremente, guarde el papelito en mi cartera, junto a la fotografía de Mariela.

Miré el reloj. Había que irse. Mi tren estaba a punto de llegar. 

Sé que es innecesario contar lo que sigue, decir que aquel fue el primero de una larga colección de boletos caducados, que hubo en mi camino otras muchas estaciones, otros niños y otras excusas, que en cada lugar que visité fui atesorando con avidez los boletos que aquellos niños famélicos me ofrecían, siempre ante la atenta y burlona mirada de los testigos, ciegos, incapaces de percibir que todos y cada uno de aquellos papelitos medio arrugados tenían un premio mucho más valioso que el que indicaban los números impresos.

Durante años he llevado conmigo ese primer boleto, prueba irrefutable de que la escena anteriormente narrada no fue un sueño. A veces, contemplo la cifra, ("-El número es lindo") como si en ella pudiera leerse algo que no fuese una sucesión más o menos armoniosa de dígitos. A veces, contemplo la cifra como esperando que esos signos revelen algo que en realidad no necesita ser revelado.

viernes, 6 de febrero de 2026

El último tren


El último tren

Victoria Mora


El tren no llega. Odio esperar. Este andén parece un cráter que se abre a mis pies y no paro de caer. Quiero irme ya ¿para que habré aceptado venir a este pueblo de mierda?, siguiendo un amor ¡que ingenuidad! Tendría que haberme quedado en mi ciudad, no sé si sería feliz, pero al menos no tendría esta grieta enorme que me atraviesa el corazón y llega hasta el andén para que me caiga. Encima de noche; con lo que odio caminar de noche estas calles, donde aún en la oscuridad los ojos siempre miran y juzgan. En cambio en Buenos Aires lo mejor es la noche, el anonimato, sus luces, su música, sus bares.

No te voy a negar que quisiera estar volviendo con vos. El rencor no me alcanza para mentir. Te odio y te amo tanto a la vez ¿Cómo es posible? −Dale vamos a vivir a provincia, necesito el aire limpio, el verde, la paz, Buenos Aires me agobia, me enferma ¿Cuántas veces me enfermé el último año? mis bronquios no dan más.

Sabías muy bien que no podía ir contra tal argumento, tu salud es lo primero. ¡Que imbécil! La primera vez cuando bajé del tren tuve que apoyarme en tu hombro porque casi me caigo del espectáculo que tenía en frente. Un puñado de negocios que no sumaban más que diez y un bar ocupando toda una esquina, algunas casas y el campo ¿Qué hago acá? Pensé, pero no te lo dije, y cuando te miré, esa sonrisa que me derrite el alma; entonces sonreí, y te dije que me gustaba que acá ibas a respirar mejor, que fue una buena decisión, que íbamos a ser felices.

Me esforcé ¡y como! Nunca me escuchaste quejarme, viajé cada día dos horas de ida y dos de vuelta a mi laburo, me fui cada mañana dándote un beso y sonriendo y volví cada día con otra sonrisa para vos.

La gente no me caía nada bien, chusmas todos viejas chusmas, hombres, mujeres, jóvenes o niños. Los primeros tiempos fuimos los extranjeros, hasta que empezaron a saludarnos por el nombre. Mostraban más afinidad con vos, te les metiste bajo la piel, se notaba que te adoraban. Siempre te hablaban amigablemente, a mi apenas un saludo con la mano o una inclinación de cabeza. Claro, yo nunca estaba y vos siempre pendiente de ayudar a los vecinos y adentro del club organizando una cosa y otra. Además, estaba tu enfermedad. Te encargaste de contarles los terribles tratamientos que habías pasado, que habías elegido el pueblo para recuperarte, lo importante  que era para vos quedarte en casa y disfrutar de una vida apacible. Notaban que necesitabas todos los cuidados que yo te daba.

A pesar de todo, estos últimos meses empecé a acostumbrarme, y hasta un poco el gusto le tomé a esta tranquilidad avasallante. Incluso ansiaba la hora de volver a casa. Hasta que un día me dolió una muela.

Ya me molestaba cuando tomé el tren seis y media de la mañana, intenté no darle bola, un analgésico y listo. Bajé en La Plata, compré un agua y me tomé una pastilla esperando el alivio que nunca llegó. Para el medio día ya no aguantaba más, no podía ni pensar. Le pedí permiso a mi jefe y me fui. Llamé a mi dentista y conseguí que me atienda de urgencia. Terminé todavía con dolor esperando el tren dos horas antes de lo habitual. Bajé del tren en  nuestra estación sintiéndome un poco mejor y hasta con cierta alegría de disfrutar un par de horas más de ese día juntos. Caminé las cuatro cuadras que separan nuestra casa de la estación, abrí el portón, la perra me saltaba y me movía la cola, fui por la puerta de atrás, cuando estoy a punto de agarrar el picaporte levanté la vista, a través del vidrio partido de la puerta, los vi:  los dos desnudos bailando un tango, y te miro y se te ve feliz, como pocas veces te vi conmigo, siento que la cabeza me va a explotar quedo inmóvil ahí mano en el picaporte y pies estaqueados al piso por unos segundos que se hacen eternos, hasta que reacciono.

Me di media vuelta y me fui, le pegué una patada a tu perra pesada que pegó un grito que espero hayas escuchado.  Volví a la estación como por inercia ¿A dónde iba a ir? Esperé el siguiente tren a La Plata, finalmente después de media hora lo tomé. A la tercera estación me bajé y me crucé a un bar a tomar un café y hacer tiempo. La cabeza me daba vueltas, no sabía que pensar, y tus palabras para convencerme de mudarnos no paraban de resonarme como un eco eterno, ¿habrá sido antes o después? ¿Cuándo empezaste a engañarme? No sé si quiero saberlo alguna vez. Calculé la hora y tomé el tren que me correspondía. 

Llegué a casa y te encontré pintando como si nada. Yo igual, como si nunca me hubiese encontrado esa misma tarde con la imagen de la traición.

Cenamos como todos los días, te dije que me dolía la muela y me fui a dormir temprano, en realidad no pude pegar un ojo. Cuando me aseguré que dormías, me levanté y en silencio junté un par de cosas indispensables y me fui para no volver.

Acá estoy, esperando el último tren, no vuelvo más, no sé a donde ir, no tengo a donde ir sin vos, caigo finalmente en la cuenta que no tengo a nadie en el mundo más que a vos, sin embargo no quiero simular. Las luces del tren que se acerca se hacen cada vez más grandes, de repente tienen tu rostro y tu cuerpo desnudo,  parpadeo. No es posible, y aun así, ahí estás, en esas luces, entonces, salto a tu encuentro.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Estación Eduardo Casey

Estación Eduardo Casey


Me dijiste que un tren es cosa hecha para llegar, me dijiste que los arribos y las bienvenidas y los festones tricolores y las bandas de música siempre desafinadas. Me dijiste hace mucho que los niños correteando en los andenes, que las señoras repintadas que las muchachas anhelantes. Me hablaste de soldados regresando a casa, de trabajadores golondrina (golondrinas, trabajadores con alitas oscuras tal vez, muchachos de cuerpos enjutos), de trabajadores golondrina que retornan y los abrazan los brazos de sus mujeres de mucho niño y olla de hierro.


Que los trenes unen acortan distancias, que los trenes corren de una ternura a un beso, de un suspiro de pañuelo bordado a un caserío perdidito en el campo vasto. De los trenes me hablabas te acordás, de esas máquinas de vapores y truenos, de nostalgias y pasados, de durmientes quietos y las vías relucientes a fuerza de rueda abrasadora.


Entonces llegamos a esa estación, y la estación estaba dormida, y el campo estaba dormido, y el cielo ardiente del verano no reaccionaba. En la estación entonces de pronto. Entonces de pronto tu cara, esa mirada que detenía las ruedas y los pistones, De pronto tu cara y la mirada y el silencio. Y entonces en la estación Casey se nos detuvieron los trenes y se congelaron las gotas en las canillas, las arañas en las telas, se fundieron los pájaros en el azul del cielo, las vacas en el verde, los humos en las nubes inalcanzables.


Mal decorado, pintura descascarada, estaciones donde no hay ni arribos ni risas ni lágrimas de las que lloran alegrías.


De pronto en la estación Casey se detuvo el tren y se detuvo para siempre.

lunes, 2 de febrero de 2026

Concédenos Buen Viaje


Concédenos Buen Viaje


Tarde o temprano, la tecnología llega a todos lados, che. ¡Qué lo parió!”, pensó el maquinista Leandro Benítez, al contemplar la reluciente locomotora alimentada a GNC que descansaba sobre los relucientes rieles del remozado y reciclado ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, ahora denominado Trochita Pampeana, en un simpático gesto realizado por los municipios vecinos que se abocaron a la tarea de revivir el antiguo servicio que unía estos pueblos bonaerenses. No por casualidad, la flamante locomotora –quizá, de procedencia japonesa, pensó Benítez- lucía sobre uno de sus flancos el portentoso nombre de “FÉNIX”…

El servicio funcionaba a pleno desde hacía ya un mes, cuando se realizara su viaje inaugural, en medio de los estridentes vítores de la multitud vecinal congregada en las inmediaciones de la Estación. Benítez difícilmente pueda olvidar la felicidad estampada en los rostros de los vecinos que se acercaban llorosos a la vera de las vías para verlo pasar, saludando con las manos, pañuelos al aire y sombreros o gorritas, dándole una bienvenida más que calurosa al antiguo y estrenado servicio, deseosos de no tener que presenciar otra lenta y frustrante agonía…

Desde entonces, Benítez realizaba un par de viajes semanales a bordo de “FÉNIX”, transportando cargas diversas, y pasajeros sólo en ocasiones, instaurando un nuevo servicio solidario entre las localidades vecinas. Las autoridades celebraban con satisfacción esta nueva iniciativa, respaldada por el gobierno nacional. Cada uno de los actores del emprendimiento sacaba réditos, por lo que el negocio cerraba en su totalidad.

En uno de estos viajes, ocurrió el desgraciado hecho delictivo. La formación salió de la Estación Carhue puntualmente, como de costumbre, rumbo a la Estación Puente Alsina. Mientras Benítez calzaba la palanca en los comandos de la cabina y comenzaba a acelerar, echó un vistazo como siempre a la pequeña silueta de la Virgen de Nuestra Señora de Luján, nítida en su zócalo de la pared de la Estación, junto al panel que indicaba los horarios de salida y llegada de cada formación. Por sobre todo, Benítez gustaba de recordar la leyenda del minúsculo letrero de cerámica que existía debajo de la Virgen, y que el maquinista consideraba un rezo casi sagrado: “Concédenos Buen Viaje”, podía leerse aún desde la cabina de “FÉNIX”, estampado en blanco sobre negro.

No habían transcurrido diez minutos desde la partida cuando la puerta de la cabina se abrió de golpe, y Benítez se encontró frente a frente con la enorme boca de una pistola, abierta como una siniestra “O” entre sus ojos. La impresión inicial demoró un par de segundos en devolverlo a la realidad, durante los cuales no pudo dar crédito a lo que veía; ¿cómo era posible que hubiera subido alguien a bordo si……?

Sólo después consiguió divisar, por detrás de aquel ominoso cañón, el pasamontañas negro con visos rojos, verdes y amarillos que le cubría el rostro al recién llegado.

-¡No te movás porque te quemo, hijo de puta!!! ¡Y frená esta mierda ya mismo!!!!

Benítez movió la palanca, casi por instinto, disminuyendo la velocidad, aunque una parte de sí mismo le dijo que no, que continuara con su trabajo, que prosiguiera la marcha pasara lo que pasase. Sin embargo, el miedo pudo más que el deber, y finalmente aminoró la marcha hasta detenerse con una mínima inercia. Una mano lo aferró por la espalda de su camisa de trabajo y tiró hacia atrás, alejándolo de los comandos.

Ambos salieron al pasillo exterior de “FÉNIX”, mientras su poderoso motor regulaba en automático, y Benítez saltó a tierra, escrutado continuamente por su captor. Apenas con un gesto de la pistola, le indicó que caminase hacia el furgón.

-¡Y con las manos separadas del cuerpo! ¡No te hagás el loquito!!!

Este no parecía ser un vulgar “pibe chorro”, aunque la pinta pareciera delatarlo; menos aún el clásico punguista de estación. ¿Quién detiene una formación de carga en medio del campo, a menos que tenga un dato sabido de antemano? Recorrieron el trayecto sobre la tosca con paso veloz, hasta arribar a la puerta lateral del furgón, abierta de par en par. Allí los aguardaban otros dos delincuentes, uno con un cuello polar calzado hasta los ojos, que le ocultaba el rostro, y otro también con pasamontañas, pero de color azul.

Ambos habían reducido a un guardia de seguridad, que yacía boca abajo sin sentido sobre el piso del vehículo. Benítez desconocía la existencia del mismo al partir de San Fermín, y el hecho de descubrirlo fue una sorpresa tan intensa como la certeza de estar siendo encañonado por una pistola sobre la nuca y otras dos hacia su pecho. La razón de la existencia del guardia lo desconcertó tanto como a los ladrones, ya que jamás hubiese pensado que algo como eso pudiese ser transportado por fuera de un museo, a bordo de un vehículo del siglo XXI.

-¡Hablá, puto! -, gritó el del cuello polar. -¿Cómo mierda se abre esto?

Ninguno había esperado encontrarse con una reluciente caja fuerte británica del siglo XIX, negra como la noche, con delgadas líneas cromadas junto a los bordes de la puerta, y una enorme ruleta de combinaciones numéricas en su centro, junto a la manija de acero inoxidable, también cromada. En pequeñas letras plateadas, alcanzaba a leerse la distintiva marca del dueño original: “Wells Fargo”.

-¡No puede ser, loco!!! -, gritó el tercero. -¡Hacemos esta movida para ganarnos buena guita, y nos recontracagan!

-¡Secuestremos el tren cuando lleguemos a Puente Alsina, y pidamos rescate! -, chilló el que se encontraba a su espalda.

-¡Pero no, animal!!! ¡Nos van a fusilar cuando vean que no hay rehenes!

-¿Y éste, qué es? -, volvió a chillar, golpeándole a Benítez levemente el parietal derecho con el cañón de la pistola.

-A éste lo fusilan con nosotros -, masculló el del cuello polar, mientras Benítez sudaba a mares, para perder todo interés en apuntarlo y ponerse a analizar en cuclillas el oscuro bloque de metal -: ¿Están seguros que no podemos conseguir dinamita?

-¡No seas cabeza! ¿De dónde mierda sacamos dinamita?

-¡Hagamos mierda a éste!!! -, chilló el que tenía a sus espaldas, aferrándolo por el hombro y comprimiendo el cañón de la pistola contra la nuca de Benítez. Con la cabeza echada hacia delante, el maquinista contuvo la respiración, apretando los dientes, rogando por el arrepentimiento del impulsivo delincuente.

-Dejate de joder, boludo. Acá no se muere nadie -, masculló otra vez el del cuello polar, sin dejar de contemplar la caja fuerte, meneando la cabeza. Al cabo de un rato, que a Benítez le resultó eterno -mientras su propio sudor resbalaba hasta enjugar la amenazante boca de la pistola-, se puso de pie, enfundó la pistola en el cinturón a la altura del ombligo, y contempló el horizonte con una intensa mirada de frustración: -Vámonos.
-¿Cómo??? -, chilló el tercero, a su lado. -¿Qué decís???

-¿Te volviste loco, chabón??? -, gritó el que apuntaba a Benítez en la nuca. -¿Qué mierda te pasa?

-Que aunque me dé toda la bronca, hay que saber irse a tiempo, sin hacer cagadas -, murmuró el del cuello polar, sin mirar a nadie, saltando a tierra. Tomó a Benítez por la mandíbula, lo obligó a mirarlo, y le dijo: -Y vos, vas a seguir viaje haciendo de cuenta que acá no pasó nada. ¿Está claro?

Benítez asintió varias veces, incapaz de decir palabra alguna, en el instante previo a escuchar decir al delincuente que lo apuntaba por la espalda:

-¡La concha de tu madre, puto! -, antes que el golpe en la cabeza lo sumergiese en un insondable pozo sin fondo.

Al despertar, contemplando miles de bailarinas lucecitas delante de sus ojos, los delincuentes ya no estaban. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero el guardia de seguridad aún no había vuelto en sí. Creyó por un segundo que estaba muerto, pero la urgencia por hallarse en el medio de la nada delante de una caja fuerte lo apartó de cualquier otro pensamiento.

Tomándose la nuca con una mano –palpando la escasa mancha de sangre que se extendiera por su cabello-, se incorporó tambaleante, apoyándose con la otra mano en el borde de la puerta del furgón, sin dejar de contemplar la hipnótica silueta del enorme cubo blindado. Y a pesar del miedo y el dolor, de un imperioso sentido del deber que le ordenaba trepar a "FÉNIX" y llegar cuanto antes a Casbas para denunciar el hecho ante el encargado de la Estación, un par de irreprimibles ideas lo asaltaron por sorpresa:

¿ESTARÁ LLENA DE PLATA……O VACÍA?”

¿¿¿Y SI ME LA LLEVO???”

De pronto, soñó que atravesaba la pampa a bordo de “FÉNIX” como si fuese un antiguo bandolero del Lejano Oeste, huyendo de la ley y los demás delincuentes, montado en su poderoso caballo de acero, dueño de la máquina y del botín. Sólo le haría falta la chica; rubia o morocha, le daba igual.

Pero la vana idea de independiente omnipotencia le duró muy poco…

……¿O no?……


Y el vago recuerdo de una frase escuchada hacía no mucho tiempo se le impuso en la cabeza, con un dolor mucho más punzante que el de la nuca:
Hay que saber irse a tiempo”.