El
puente de la vía
Celso H. Agretti
Si
no tuviéramos recuerdos,
no
tendríamos conocimientos.
I
El
puente estaba a una docena de cuadras, no más, de dónde vivíamos
cuándo éramos niños, pero a nosotros nos parecía que la distancia
era enorrrme, y siempre tentaba con su sabor de aventura.-
Teníamos
necesariamente que hacer un tramo caminando por las vías, después
de andar las últimas tres o cuatro cuadras del pueblo hasta el paso
a nivel donde ahora estoy parado; contemplando y recordando esas
vivencias infantiles, que pasaron hace ya varias y largas décadas.-
Estoy
justamente en el cruce de la vieja vía con el camino.- El que
saliendo del pueblo va recto al norte, pasando por las chacras
sembradas.- El lugar está en parte casi igual; los grandes
eucaliptos viejos, enormes y retorcidos siguen allí adelante, al
borde, a mi izquierda.-
Claro
que están más viejos que entonces, y faltan algunos, tumbados poco
a poco por los vientos de tantas tormentas y algunos talados sin
mayor conciencia. También falta enfrente un gigantesco Ombú, pero
allí ahora fue avanzando el borde urbano, por lo que lo que era
campo, hoy son calles vestidas de casas.-
Incluso
desde aquí vislumbro a través de los rugosos troncos y altos pastos
la vieja casona donde entonces íbamos los domingos con Audino, mi
hermano mayor, a escuchar los partidos del campeonato por la Radio,
cosa que nosotros aún no teníamos, y allí vivían varios chicos de
la edad de él, primos entre sí, que eran compañeros en el
Colegio.-
Ellos
no eran ni amigos míos, ni compañeros, y hasta les tenía algo de
temor, o recelo. Incluso los mayores, que se sumaban al grupo, eran
para mí extraños. Uno tenía largos bigotes como ya no se veían,
de otra época, retorcidos y puntiagudos. En esos años tuvo un
trágico final este hombre imponente. Una noche lluviosa murió de un
tiro de revólver en la ladrillería que tenían cerca de la amplia
casona; un peón ebrio, de turno en el horno, puso fin a su vida,
parece que por problemas pasionales o tal vez sólo por el vino.
Otro
era tullido y usaba muletas, y era muy apacible y amistoso y a él sí
le agarré mucho cariño. Siempre tocaba las conexiones de los cables
con la batería, cuando la radio chirriaba o enmudecía.
Yo
trataba de tener claro en qué constituía el equipo y cuál era su
magia. El receptor, que en sí era todo un mueble, los cables con sus
bornes, la batería o acumulador, el molinillo de viento que proveía
la recarga, y la antena aérea, de altas picanas como mástiles, con
sus riendas y blancos aisladores y el oscilante hilo de cobre con su
bajada. Toda una instalación. Y... , las estaciones estaban a gran
distancia. Se escuchaban pocas y eran casi todas de Buenos Aires,
pero todavía no eran muchas las casas que podían tener una.
Pero
no era sólo la pasión del fútbol ni las tardes de radio, sino
recorrer este camino y su entorno, salir de nuestro pequeño mundo, y
alejarnos de las últimas casas del pueblo, cruzar la vía, y
adentrarnos en lo que había más allá. Cruzar la vía era el
comienzo de la aventura. Más allá era otra cosa, el camino era
largo, infinito, y hablaba de otros lugares que conocíamos sí, pero
que estaban cargados de encanto. Hasta ese pequeño tramo era un
viaje, un verdadero viaje, donde pasaban tantas cosas lindas: las
llamativas alas pintadas del pájaro que nos rozó volando, el otro
que estaba cerquita en un arbusto del alambrado, o la liebre que
descubríamos en su carrera por las puntas de las largas orejas que
asomaban zigzagueando en los pastos, o de pronto, una perdiz que nos
mató de susto al alzar vuelo casi debajo del pie.- ¡ PPPPRRRR
rrrrrr ...!
O
la forma de aquel Tala, con su copa ahuecada y tupida como una
techumbre, o aquella rama perfecta para una honda, o el ulular del
viento, la frescura de una sombra, el flamear de los pastos; o los
vertiginosos y traviesos remolinos de verano, levantando polvo,
pastos, y papeles que quedaban girando, y se descolgaban lentamente
del cielo, revoloteando como desilusionados, mientras que del
remolino no quedaba ni rastros...
II
O
sea: contemplo lo que queda y me transporto en el tiempo; mientras
piso los rieles enterrados, soñando. Pero si bien detrás de mí el
pueblo se convirtió en ciudad y el pavimento llega precisamente
hasta la vía, hacia el norte el camino sigue polvoriento; pero en la
vía el tren no pasa desde hace muchos años, veinte al menos.
Aquí
el polvo del camino le puso una capa ya permanente y cada vez más
compacta, dura como una lápida, y triste como una mortaja. A un lado
y otro del camino los rieles abandonados duermen entre el pasto que
los ha ido tapando casi por completo, y por momentos se dejan
entrever entre la fronda de la gramilla por el pálido brillo que
reflejan del sol de la tarde en el dorso casi opaco, y más adelante
se adivina la vía y la curva que aquí comienza, redondeada y suave,
más por la memoria que por la evidencia.-
Antes,
ese brillo nos cegaba cuando caminábamos contra el sol, ya que el
tren al pasar una y otra vez los mantenía pulidos como espejos, y la
gramilla y otros pastos se mantenían prolijamente fuera de la franja
que formaba la vía con el ancho de los durmientes a flor de tierra.
A cada lado del cruce, en la línea del alambrado, los guarda-ganados
impedían que los caballos, vacunos u otros animales grandes,
ingresaran a las vías por obvias razones de seguridad.
No
eran profundos, pero a nosotros nos atraían y nos demorábamos en
pasar pisando, una y otra vez sobre las rejas, como demostrando el
valor que teníamos, especialmente cuando los domingos estábamos
acompañados por los demás chicos, con los que solíamos ir a jugar.
Hoy están tapados en tierra, o quizás ni estén allí, porque no se
ven ni rastros, al menos a simple vista.
III
Hacia
el este del paso a nivel, la Estación quedaba a unas veinte cuadras,
y la vía terminaba de hacer la curva y seguía recta unas diez
cuadras hasta otro paso a nivel; pero aquello estaba fuera de nuestro
alcance, al menos en esa etapa. Aquí teníamos suficiente. Aquí
mismo a la derecha están todavía los galpones de una fundición de
hierro, y enfrente una ruidosa desmotadora de algodón, que nos
tapaba en polvo y humo, además de un constante zumbido de sus
extractores, ventiladores y ciclones, que nos arrullaba y nos
despertaba, una u otra.-
Al
costado de la vía, formaban montones los residuos de borra y metal
fundido, entre los que encontrábamos enorme cantidad de municiones
de hierro, más o menos redondeadas, especiales para tirar con las
gomeras, que justamente por su peso y su redondez, aseguraban una
trayectoria de verdaderas balas; hoy diría que hasta sumamente
peligrosas… Ese montón de desecho tenía incontables buscadores de
proyectiles, que nosotros almacenábamos para nuestras correrías.-
También
era campo de pruebas, porque la tentación era ver como se tiraba con
estos o con aquellos, y los blancos predilectos eran los aislantes de
porcelana del telégrafo, que bordeaba la vía junto al alambrado.
Algunos chicos de nuestra edad, o un poco mayores eran unos
verdaderos inadaptados, capaces de cualquier maldad, por lo que eso,
era una nadería.-
Eso,
o matar inofensivas palomitas, horneros, cuises, etc., que hoy
horrorizaría a cualquiera, aquella vez pasaba desapercibido. Aún no
se hablaba de ecología ni de especies protegidas, y casi, casi, ni
de amor a los animales; al menos, no con la conciencia conque hoy se
está asumiendo, y menos a los niños, y menos que menos a esos
niños...
IV
A
una calle de la vía vivíamos nosotros, y ver pasar el tren era una
diversión que no menguaba por más que lo hacíamos todos los días,
mañana y tarde. El más interesante era el tren de carga. No tenía
un horario, como el de pasajeros, pero pasaba después de media tarde
y en el invierno, durante la temporada de la caña de azúcar, íbamos
al borde a esperar su paso, y nos solían arrojar cañas enteras o
trozos, y para nosotros eran trofeos tan valiosos, que volver con
cierta carga nos llenaba de gloria.
Recuerdo
las emociones de la espera. Ver al maquinista o al foguista esconder
o balancear las cañas que nos arrojarían, tras elegirnos; porqué a
veces éramos varios los chicos que esperábamos junto al alambrado.
Era todo un juego, para ellos seguramente divertido, para nosotros,
angustioso. Si el tren era largo siempre había más gente en los
vagones o en las chatas, que hacían otro tanto.
Pero
no era necesariamente pareja la cosecha, era más bien cosa del azar.
Todos guardábamos una estratégica distancia uno de otro,
asignándonos en el momento un territorio; y desde nuestra posición
aguardábamos expectantes. Ver que se fijaban en uno y revoleaban el
trofeo en nuestra dirección, y caía más o menos cerca, pero entre
las matas de paja brava, y había que encontrarla, a veces
disputándola fieramente con el chico vecino; y otras veces con la
poca luz del ocaso, se terminaban perdiendo y proseguíamos la
búsqueda al día siguiente. No era seguro que la caña nos esperara,
quizás el ocasional vecino nos habría madrugado.
V
Justo
enfrente, cruzando la vía, había una pequeña franja de monte. Un
montecito. No tendría más de media cuadra de ancho, y una cuadra de
largo. Pero tenía todos los tonos de verde, y bastaba para que a
nosotros nos pareciera una selva virgen, inhóspita, y cuajada de
peligros...
Aromos,
chañares, espinacoronas, arbustos y enredaderas, tunas con sus
tentadoras frutas, pero erizadas de púas, cardos con sus varas
floridas, insectos que zumbaban, diversos pájaros que anidaban allí,
y un sendero bastante sinuoso que lo atravesaba; en una punta una
lagunita, donde solíamos sentarnos por horas, con mi hermanito
menor, Reinaldo, y a veces algún vecinito, a la sombra de los
algarrobos que la bordeaban y hacíamos que pescábamos tirando los
"bogueritos" entre los juncos , mientras observábamos las
ranas o los sapitos, y los caracoles y los rojos racimos de huevos
pegados a las pajas sobre la línea del agua.
Nunca
la he visto seca a la pequeña laguna, ni en tiempos de sequías, y
eso que no era más que un charco. Hoy me parece increíble, pero
entonces hasta contemplaba hipnotizado las larvas de los mosquitos
que tras la lluvia pululaban en la superficie, y minúsculas arañas
que tejían redes entre las ramitas de la orilla.
Llegar
al montecito, entrar en él bastaba para convertirnos en legendarios
exploradores, arrojados cazadores, o valientes e intrépidos
personajes como el mismísimo Tarzán de los monos... Como tenía
inventiva fabriqué una pequeña ballesta, con su travesa, su tensor,
su gatillo; y con unas afiladas varillitas metálicas como flechas.
Eufórico,
tras comprobar su funcionamiento y su eficacia, me fui al monte, a la
jungla, en busca de aventuras... Buscaba una pequeña pieza de caza,
quizás algo peligroso, algo que valiera un tiro de mi portentosa
ballesta... Tras moverme con cautela , despacio y sin ruido, al
acecho, por más que estuve quieto largo rato, no he visto nada que
se moviera; a no ser una rana verde que saltó entre las ramas de un
árbol bajo y no dudé, casi diría que fue sin querer, disparé la
flecha-varilla y la rana quedó atravesada, ensartada entre las
ramas.-
Me
quedé duro.
Si
le tenía repugnancia a las ranas y a los sapos, al menos vivos los
veía sólo un instante y a cierta distancia; pero ahora tendría que
arrimarme y recuperar la flecha, pese a todo no estaba dispuesto a
perder una de mis valiosas varillas de metal con un filo tan
trabajado, no; para nada. Así que formé de tripas corazón y lo
hice, me sobrepuse al asco, tomé al pobre batracio muerto y le saqué
la flecha, y allí terminó la cacería, y con el estómago revuelto
volví a casa. Nunca volví a tirar ni al blanco con el artefacto, y
no supe decir en casa, porque no probé bocado en la mesa, ese día
al menos.-
VI
El
puente de la vía me queda al oeste. Solíamos venir por varios
motivos. Indudablemente tenía su magia. Uno era la pesca. Y de tanto
en tanto sacábamos alguna pequeña tararira, tanto para dejarnos con
ganas. Si bien bajo el puente siempre había agua, y era bastante
honda, no era más que un zanjón, que provenía de una cañada de
las cercanías y que solo traía agua cuando llovía, que a su vez
volvía a formarse cañada más adelante en el bajo, antes del puente
del camino, y así sucesivamente.
Una
vez, estando en primer o segundo grado, un compañero, más grande y
muy corajudo ya de pequeño, porqué después estando él siempre era
el líder de nuestro grupo; me convenció que lo acompañara a la
casa de uno de nuestros compañeritos de la escuela que vivía en la
zona rural. De ida fuimos por el camino, pero de regreso dispuso que
regresáramos cruzando el bajo, a campo traviesa.-
El
asunto es que había llovido hacía poco y la cañada tenía agua y
si bien corría bastante no parecía honda. Además era como una
maraña cruzada de pequeños zanjones y se podían pasar pisando los
islotes que formaban. Todo a pequeña escala. Pero a poco era más
ancha de lo esperado y más correntosa. Los pequeños canales se
hacían difíciles de sortear, y un par de veces caímos y trepamos.
Además yo era más chico y se me hacía difícil.
El
no hablaba de volver.
Era
aguerrido.
Pero
sentí realmente miedo y tuvimos momentos difíciles, hasta que
finalmente pasamos lo peor, terminamos volviendo a casa, mojados y
temblando. No sé a él, porque era muy corajudo, pero a mí no se me
borró nunca el miedo que pasamos aquel día.
VII
Ir
por la vía hacia el puente era de por sí un paseo.
Tratábamos
de caminar haciendo equilibrio por los rieles y pisar sólo de tanto
en tanto el suelo para mantenerse, ya que los durmientes hacían
desparejo el piso, además llevaba una zanja de desagüe cada dos
durmientes a un lado y a otro alternativamente. Por lo que caminar
requería atención y un paso coordinado.
Aunque
para nosotros era un juego.
A
la izquierda había un viejo aserradero, con una playa llena de
grandes troncos, o piezas de madera, que llegaba hasta el borde de la
vía. A la derecha había una excavación profunda, de donde sacaban
tierra arcillosa para la ladrillería. Esta era la misma que
correspondía a la casona de los grandes eucaliptos. Era frecuente
que aquí viniéramos a bañarnos en los días de calor,
especialmente a la siesta.
Todos
sentíamos temor a que llegara la gente de la ladrillería, aunque
estaba la cava al borde de la vía y además no hacíamos ningún
daño. Nos bañábamos desnudos, y sabiendo lo vulnerables que
quedábamos, dejábamos la ropa muy a mano, aunque salir del agua no
era fácil ya que era barrancoso y la arcilla de por sí resbalosa.
En
una de esas, en lo mejor del baño refrescante, sentimos el galopar
de caballos y un griterío que asustaba. Verlos y tenerlos encima fue
todo uno. Cada cual salió como pudo manoteando la ropa y cruzando el
alambrado, y por las dudas correr a más no poder...
Nos
vestíamos mientras corríamos. Tampoco era para tanto. Ellos no
habrían estado más que divirtiéndose, pero nadie se quedó a
averiguarlo. Había un chico nuevo en el grupo. Siempre estaba muy
bien vestido.
Cuando
todos nos juntamos en el paso a nivel él aún estaba desnudo con las
ropas en la mano, temblaba de miedo, además había dejado el
sombrero al borde del agua, y decía llorando que no podía volver a
la casa sin el preciado sombrero. ¿Volver a buscarlo?... - ¡Ni
locos!,- y el grupo se disolvió mientras él aún no lograba
vestirse...
Quedé
con él, y él allí firme, temblando; encima yo lo había
invitado...
-
¡Bueno, vamos! – dije en un arrebato cargado de súbito coraje…
Y
nos volvimos los dos solos. ¡Además los ladrilleros no iban a estar
allí esperándonos! La verdad es que no podíamos estar seguros si
se habían ido, porque el borde de la cava tenía una zona de
arbustos, que nos impedía ver hasta que la trasponíamos, y ahí ya
estaríamos adentro...
Pero
sí, media docena de chicos y no tan chicos, estaban con sus caballos
aún allí. Nos quedamos un momento duros, luego usé mi
salvoconducto, que esperaba me sirviera: Yo era conocido de ellos, al
menos de algunos. Así que me animé y les mostré el sombrero en el
suelo, y le dije que era de mi amigo, y que veníamos a buscarlo.
No
hicieron gran cosa, así que alcé el sombrero, los saludé con el
sombrero mismo, y rápidamente me volví alcanzando a mi compañero,
que ya se me había adelantado bastante, y estaba en medio de la vía;
y aliviado, me vine riendo porqué yo creía, que no teníamos que
haber disparado de ese modo.-
Al
fin me había portado como un pequeño y valiente quijote.
VIII
Más
adelante había sendas ladrillerías a ambos lados, y aún más
adelante el puente. El puente era de hierro, y ladrillos, de cuando
hicieron el ferrocarril. A veces veníamos a bañarnos, aunque yo
siempre conseguí zafar porqué me daba miedo. Otras a pescar. O
solamente a divertirnos. Pero el lugar era fascinante. El terraplén
bajaba en un declive abrupto, con tortuosos caminitos que bajábamos
a trompicones, entre tupidas matas y verdes plantas de ombúes
nudosos.
A
los costados había chacras sembradas.
Una
siesta de domingo, muy calurosa, mientras el pueblo quieto y
somnoliento, descansaba de los sudorosos días de la semana;
nosotros, media docena de compañeros, llegábamos una vez más de
excursión al puente. A lo lejos, un horizonte azulado y difuso, que
el calor hacía reverberar, se veía como a través de un cristal
ondulado y movedizo; mientras el silencio que nos envolvía contenía
un mundo de pequeños zumbidos, chirridos y silbidos, propios del
verano y de la hora, en que imperaban las chicharras y los pequeños
insectos.
Nos
sentíamos felices por estar allí; libres, aventureros, ansiosos…
Unos
bajaron del terraplén antes del puente, y otros lo traspasamos,
bajando al otro lado de la ancha y lagunosa poza, repartiéndonos así
las orillas de pesca.
El
más corajudo lideraba como siempre las acciones. Atento por
encontrar en qué demostrar su liderazgo, además de tener una
inclinación a vencer obstáculos o pequeños peligros.
Se
le ocurrió venir a nuestra orilla, atravesando el estrecho pero
profundo curso de agua que bajaba a la cañada; sosteniéndose sobre
el alambrado, aunque faltaba algún poste, y los hilos sólo unidos
por las varillas, se balanceaban peligrosamente a medida que
avanzaba. Llegado a la mitad, el alambrado se volcó aún más,
haciéndole casi tocar la espalda en el agua, lo que lo obligó a
apoyarse pisando un trozo de tronco medio podrido, que flotaba junto
a camalotes y deshechos, y la correntada empujaba, manteniéndolo
contra lo que quedaba del inestable tendido…
El
tronco, que era en parte hueco, se hundió en la punta que pisaba, y
de la otra comenzaron a salir víboras en cantidad, tan asustadas
como él, subiendo a los camalotes y palos, y otras nadaron
zigzagueantes buscando la costa más cercana.
Gritamos
o saltamos, y corrimos, no recuerdo bien. Sé que después nos
organizamos y entre todos lo ayudamos a salir.
Era
el precio que a veces le tocaba pagar.
IX
A
veces cuando no tenía clases y en casa me permitían, llevaba a mi
hermano menor a que me acompañara. Una mañana de sol pero con mucho
viento, volvíamos a casa ya cerca del mediodía, embelesados con el
ondular de las cañas y el silbido de las ramas, con los mechones de
hojas flameando hacia el sur, por efectos del fuerte viento norte.
Un
silbido me pareció más fuerte y me volví, justo a tiempo para ver
casi encima nuestro, la tremenda mole de la locomotora del tren de
pasajeros, que nos pitaba seguramente desde hacía rato, resoplando
vapor y humo negro. Empujé a mi hermano violentamente a un costado,
y yo alcancé a saltar al otro, y desde el suelo vimos pasar a un
metro, semejante monstruo, con su diabólico movimiento de cigüeñales
y de bielas, entre quejidos y bufidos de horrenda bestia metálica.-
Sentados vimos como se alejaba el último vagón, en una humareda y
pitidos anunciando como siempre, que estaba llegando una vez más.
No
hablamos en todo el camino, y el susto no se nos iba por mucho
tiempo. No podíamos creer de lo que nos habíamos salvado. De esto
ni una palabra en casa, no sea que nos merme el permiso para volver
otro día.
X
De
todo esto me voy acordando mientras camino lentamente por la vía, o
lo que queda de ella, mirando absorto el piso, los desagües
borrados, los rieles semiocultos en el yuyo, los durmientes que sólo
asoman alguna esquina de tanto en tanto, me paro antes de llegar al
puente, me acuerdo de la excavación y me cuesta encontrar el lugar
donde estaría; una irregularidad del terreno, con las barrancas
borradas y cubierta de chañares, todo el terreno aledaño cubierto
de ramas, en un verdadero abandono. Por aquí más o menos habrá
sido, cuando el tren casi nos atropella.
Me
siento un rato y sueño.
Cuando
me incorporo veo semi-enterrada contra el borde de un durmiente, una
bolita de vidrio de colores, un "bochón", como le decíamos
entonces..., y no sé si en serio o en broma, me parece igual al que
mi hermano siempre llevada, en el bolsillo de su pequeño
"jardinero". - ¿Puede ser? ¡Claro que no! ¡A quién se
le ocurre! - Encontrar una bolita así de aquel tiempo, así sin
más...
Pero
no sé, me quedo pensando en eso, y por las dudas, guardo muy bien el
bochón colorido de vidrio, y me pregunto: - Pero; ¿Y ahora, habrá
bolitas así?-
Un
poco más y llego al puente.
Sigue
estando, incluso tiene agua, pero no están los ombúes y un ramerío
de espinas cubre los costados del terraplén.- Espinas y cardos y
rameríos enmarañados, después de dos o más décadas de abandono.-
No
es más que una ruina, nada que ver con aquello.