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lunes, 22 de junio de 2026

Durañona

Durañona


Alberto Di Matteo


Siempre le gustaron las plantas y los jardines, y aunque también se daba maña para hacer arreglos de albañilería y así ganarse unos mangos con la changa, Néstor decidió que tomaría la podadora, la pala y el rastrillo para ganarse "el pan nuestro de cada día". Por esas cosas de la vida, alguien lo puso en contacto con las autoridades del club de campo "Arboleda del Monte" donde, entrevista mediante, tuvo que dar cuenta de sus habilidades cortando el pasto y arreglando el jardín de una de las casas, bastante descuidado después de algunos meses de ausencia vacacional de sus inquilinos. Su trabajo agradó mucho a las autoridades, y muy pronto quedó contratado en forma efectiva para el mantenimiento general del predio.

En un principio le costó acostumbrarse al entorno. La imagen de las casas recortadas contra el horizonte le parecía extraída de alguna revista de decoración que viera en la sala de espera del traumatólogo de su hija. Esos colores chillones que herían la vista, modeladas con el antiguo estilo de los ladrillitos de juguete, y unas puertas y ventanas que parecían construidas en plástico, aunque al tocarlas uno tuviera la desagradable sensación de percibir la consistencia y el sonido del metal. Néstor sentía cierto escozor al contemplarlas, como si fueran ajenas al lugar donde se encontraban. Pero la tarea era abundante, y con el correr del tiempo se fue tornando indiferente a ciertos detalles, concentrándose exclusivamente en los parques y jardines.

Se fue haciendo conocer por todos. Y si bien le pagaban un sueldo fijo por mes, fue haciendo una diferencia al aceptar distinta clase de changuitas de parte de los residentes: cambiar el cuerito de una canilla, encolar una silla, reparar una ventana de enrollar… Tareas que hasta hacía unos años parecían impensables en un country, hoy se habían tornado cosa de todos los días. Había que contemplar la posibilidad de ahorrar unos pesos, con el dólar tan alto…

Pero también recibía algunas donaciones, de ropa que los dueños de casa ya no usaban, o de libros que podían servirle para sus hijos en la escuela, elementos que agradecido guardaba en el carrito que arrastraba detrás de la bicicleta, y que generalmente representaban una alegría cuando llegaba a su casa. Apenas le servía la mitad de las cosas que llevaba, pero nada era despreciable; su mujer bien que sabía darse corte con la aguja y el hilo, y si no, su cuñado sabría vender bien los libros usados. Todo funcionaba en equilibrio.

Néstor vivía cruzando el antiguo terraplén donde, casi treinta años antes, existiera la vía del Ferrocarril Provincial, que unía La Plata con Mirapampa, y del cual hoy no quedaban ni rastros; los rieles y los durmientes habían desaparecido, robados por manos anónimas, o bien sepultados por el paso del tiempo. Cada vez que pasaba en bicicleta por aquel lugar, abundante de ralos pastizales, evocaba aquellas entrañables épocas de su infancia, cuando se escondía entre la maleza que circundaba la vía, para ver pasar aquellos imponentes trenes cargueros, arrastrando una fila infinita de vagones, transportando las más diversas y a la vez misteriosas mercancías.

Recordaba con nostalgia ciertos juegos: cómo solía depositar monedas de cinco o diez centavos sobre los ardientes rieles de la tarde, esperando que el mastodonte metálico llegara en hora y aplastara con su potencia colosal aquella diminuta monedita, revoleándola en el aire y –en caso de encontrarla, luego del impacto- palpando la cruel curvatura que le había impreso a su superficie. Lo mismo hacía con las latas de conserva vacías que encontraba por ahí, contemplando luego con sumo interés el efecto devastador que podían producir tantas toneladas de metal lanzadas a toda velocidad.

Ignoraba por qué, pero esas imágenes habían ido resurgiendo del fondo de sus recuerdos en los últimos días. "Me estaré volviendo viejo", pensaba, con una tenue sonrisa asomando entre sus labios, y la profunda sensación de evocar un pequeño fragmento de su vida donde recordaba haber sido feliz, sin preocupaciones ni dolores en el alma. Esas angustias que luego sedimentan en el corazón, provocando la -quizá inevitable- pérdida de cierta infantil ingenuidad.

Hasta que una fría tarde de invierno lo comprendió todo.

Estaba casi terminando de quitar los yuyos de un cantero, luego de podar una planta que Miss Mary, la dueña de casa, ya no quería ver más, cuando vio llegar a Mister Steven Durañona, a bordo de su flamante Jaguar color azul. Se saludaron cortésmente, y apenas unos minutos después, Néstor lo vio salir otra vez. Se dirigió hacia el cobertizo, luciendo un impecable tweed bordeaux, contrastando con la circunstancial desprolijidad de las ramas de la planta recién podada, desperdigadas a su alrededor, y un par de minutos después regresó, cargando algo bastante pesado.

-Néstor, ¿sería tan amable de ayudarme? -, preguntó al pasar junto a él. –El estudio está helado, y quisiera prender la salamandra…

Él estuvo a punto de aceptar, como de costumbre, cuando vio lo que aquel hombre llevaba entre sus manos: un taco perteneciente a un aserrado durmiente de ferrocarril.

Se quedó petrificado; un escalofrío le recorrió la espalda. Quebracho puro; como el que aserraban cuando era chico cerca de su casa, una vez concluidas las tareas de reparación del ramal, que no tardó mucho en cerrarse, ante la inminencia del cambio económico generado por la dictadura militar. El estupor se vio reflejado en su cara, porque Mister Steven volvió a pedirle:

-¡Néstor! ¿Sería tan amable? Hace mucho frío acá afuera, y esto está muy pesado…
Él actuó de manera automática; le quitó el taco de entre las manos y lo entró en la casa, dejándolo junto a la salamandra del estudio. Mister Steven le pidió que hiciera un par de viajes más, y finalmente, encendieron juntos el primer fuego. Una vez que comenzó a arder, Mister Steven Durañona encendió su pipa y le dio las gracias, además de un módico billete por el servicio.

-Gracias -, dijo él, y señaló hacia los tacos restantes. -¿Dónde la consiguió? Es buena madera.

-Me la vendió un pibe por acá cerca, a unos metros de la autopista. Dijo que la conseguía fácil. Era mucho más barata que comprarla en otro lado. Y por lo que vi, me pareció que prendería bien.

Al salir, pleno de congoja, recogió sus enseres de manera mecánica, juntó las ramas con el rastrillo, limpió todo con rapidez, y se alejó. Mientras avanzaba por el parque, en las últimas luces de la tarde, reparó en unos juegos infantiles que regularmente había visto desde hacía meses, pero que recién ahora le llamaban la atención. Sobre todo, su estructura.

Tanto en las hamacas, como en la viga del tobogán, o el conjunto entero de las vigas paralelas para colgarse, habían utilizado rieles de ferrocarril. Pulidos y sin óxido, pintados de diversos colores, pero rieles al fin y al cabo. Preservados de la muerte, más no de la rapiña…

Desde esa tarde, aceptó muy poco, casi nada, de las tareas que pudieran ofrecerle como changa. Menos aún, las dádivas que solía agradecer con tanto entusiasmo, pensando en sus hijos. Notó que comenzaba a trabajar con menor entusiasmo, así como a faltar bastante, pretextando cualquier excusa.

Y a pensar seriamente que debería buscarse otro pueblo donde poder trabajar en paz. Bien lejos de ese club de campo.

sábado, 31 de enero de 2026

Unas vidas sin vuelo ni canto

Unas vidas sin vuelo ni canto


El criadero de gallinas queda a unos 300 metros de la estación Ortiz de Rozas. Cuando se viene viajando ya a lo lejos se distinguen los enormes galpones. En Ortiz de Rozas hay poco para ver más allá de la estación: casas dispersas, un almacén de campo donde se puede conseguir casi de todo. Y la granja.

Este criadero es una parte en la división de trabajo de la gran industria. De la gran fábrica traen los pequeños pollitos. Aquí se le cortan los picos a los pollitos para que no se lastimen entre sí. Se les administran vacunas, Vitaminas, un alimento balanceado especial para el engorde. Permanecen bajo estos galpones donde no hay diferencia entre la noche y el día hasta que tienen el peso suficiente para ser sacrificados y refrigerados.

Desde que trabajo en el criadero pude vivenciar de cerca lo que es el sufrimiento animal. Hasta deje de comer pollo industrializado.

Al principio el piar de las aves era enloquecedor, después a fuerza de costumbre y necesidad fui transformando ese ruido que llegaba desde los galpones en un sonido lejano del mar. El mar yendo y viniendo. Golpeando la indiferencia eterna de las arenas.

El horario de trabajo es de 7 a 19 horas. El nuevo ferrocarril Midland es rápido y puntual. Mi casa queda a casi dos horas de viaje en tren. Con 16 horas fuera de casa es lógico que mi casa funcione como dormitorio. Ni siquiera cocino de lunes a sábado. Al mediodía tengo media hora para el almuerzo, salgo a caminar para ver el sol hasta el barcito de la estación, como. Cuando regreso del trabajo voy a la casa de comidas y compro la cena de ese día. Los lunes llevo canelones o ravioles, el martes estofado, los miércoles porciones de tarta, el jueves milanesas con papas fritas. Los viernes son de empanadas o pizza. Los sábados a la noche el menú puede variar según si voy a cenar en soledad o viene María José a quedarse hasta el domingo a la noche en casa. El domingo es el único día que en los hechos dispongo para tener "una vida". La frase se la debo a María José, cuando la conocí en su trabajo me impacto cuando la oí decir "además de esto, tengo una vida". Enseguida sentí el deseo de ser parte de su vida. Lo logré.

Las horas de viaje en tren me espacio para compartir charla con conocidos o leer o simplemente entregarme a la compañía de ese alter o mellizo que es la voz interna que acompaña a cada cual en su viaje extendido por la vida.

A veces son estallidos de imágenes internas las que veo. Durante un tiempo no podía dejar de ver la imagen de mi padre -ya anciano- picando cascotes debajo del nogal que el mismo plantó.

En uno de los viajes hice amistad con el arquitecto Jerome Ricardo Klepka que viajaba hacia la estación Corbett, donde tenía el encargo de la obra de reconstrucción de la estación y su entorno con una enorme libertad para intervenir en todo el proyecto con su visión de artista.

En uno de los viajes compartidos me recomendó la lectura de "Donde mejor canta un pájaro" de Alejandro Jodorowsky, que le resultó iluminador para pensar la historia de su vida. Klepka era hijo de un inmigrante polaco que llegó a la Argentina -al igual que mi padre italiano- después de la segunda guerra mundial. Su padre nunca quiso volver a su patria y si le preguntaban tenía una respuesta invariable: "Polonia es dolor". Una persona puede tener muchas conversaciones con otra pero alguna queda imborrable en la memoria, ocurrió cuando Jerome dijo: un día de mí vida se encontraron la imagen de mi padre en sus momentos de sufrimiento y la descripción del Cristo sangrante, crucificado, derrotado, que cuestiona tan bien Jodorowsky en su libro. Si hay algo a los que los seres humanos deberíamos temer es a estar derrotados en la vida.

Cuando el arquitecto terminó su obra en Corbett no volví a verlo.

Hace unos días que mis noches están atravesadas por sueños raros.

En uno de ellos hablaba con Pablo -gerente creativo y mi jefe-. Pablo es inflexible con sus empleados. Aunque lo diga de modos diferentes, su mensaje es siempre el mismo: "problema tuyo". Es un hombre frontón, su trabajo es que las cosas marchen sin que nadie le lleve problemas y si alguien le lleva problemas los devuelve. Sin embargo, Pablo era extrañamente contemplativo conmigo.
Me sorprendí cuando oí mi voz diciendo "No tengo nada más que hacer aquí".
Ahí me desperté.

A la mañana siguiente mientras viajaba en tren leí ese aviso clasificado.
Sentí un sobresalto inexplicable. Hace días que voy al trabajo con una sensación de angustia sin palabras. Hasta recorté el aviso:

"Sereno para criadero de gallinas. Horario de 7 a 19 horas. Hasta 55 años. Presentarse en granja MaxiRozas. Estación Ortiz de Rozas. FC Midland".