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sábado, 4 de julio de 2026

La despedida


La despedida

Cecilia Zanelli

Dedicado a mi hermano Esteban, quien cumpliría 57 años.

Llegué a la estación Elías Romero un miércoles con el tren de las 4 de la tarde. Me agradó verla entre altos árboles. Había sido una estación pequeña pero lujosa y elegante, y a pesar del tiempo, todavía se notaba su esplendor de antaño.

Llegaba al pueblo, o más bien al caserío que se dispersaba por el paisaje rural, para acompañar a mi madre.

Mi madre se moría. Eran los últimos días de esa enfermedad cruel, larga, que la había estado consumiendo desde hacía meses.

Mi madre había decidido morir. Yo estaba segura de eso. Ella comentaba que tenía más afectos y conocidos “del otro lado” que en este mundo. Y los extrañaba.

Cuando enviudó se había mudado a ésta, la casa de sus padres y allí siguió sola los últimos diez años. Había creado un mundo de recuerdos, poblado de personas que mucho tiempo atrás habían partido. En su ausencia encontraba las respuestas a preguntas del pasado, les pedía perdón o consejo, y se animaba a decirles lo que nunca hubiera expresado delante de ellos.

La encontré acostada y a pesar de su debilidad, una intensa luz iluminó sus ojos cuando me vio. Ya no tenía fuerzas ni para hablar pero, sonriendo, me tendió su mano. Me impresionó su delgadez, la piel mustia, el cabello débil. Por supuesto, no se lo dije. Las dos sabíamos que yo me quedaría junto a ella hasta el final, que estaba próximo.

Pero no hablamos de eso. Recordamos, en cambio, buenos momentos. Anécdotas que nos divirtieron, personajes de nuestra ciudad, alguna travesura mía. Cada tanto se dormía y yo me retiraba en silencio.

Los lunes, miércoles y viernes pasaba el tren por la estación Elías Romero. Llegaban o partían algunos habitantes del pueblo, o gente del campo que había ido hasta allí para tomarlo. No me perdía ese acontecimiento: el paso del tren. Era lo único interesante en ese pequeño lugar, y tal vez podría traer algo diferente, novedoso, o extraño.

Como a esa hora mi madre dormía, salía de la casa con sigilo y caminaba por el sendero de baldosas grises hasta la vieja puerta de chapa y alambre del jardín. Tan pronto como aseguraba el pestillo y daba mis primeros pasos por la calle de tierra, empezaba a llorar.

No eran lágrimas que se deslizaran suavemente, Eran sollozos intensos, desesperados. No podía evitarlo, era involuntario. Sentía que todo el cuerpo se me sacudía, atravesado por el dolor y la angustia. Nunca lloré frente a mi madre, ni cuando era chica. No quería causarle esa tristeza. Ahora sentía asombro ante esa extraña que era yo misma, que no podía contenerse, que se descomponía de dolor ante lo inevitable. Me avergonzaba que alguien pudiese verme llorar así, A veces me paraba unos minutos junto a un antiguo fresno para tratar de tranquilizarme, antes de tomar la calle principal que iba a la estación. Y cuando escuchaba a lo lejos el silbato del tren acercándose, me limpiaba la cara y caminaba rápido hasta el andén.

En la estación había dos bancos de hierro y madera, que raramente estaban ocupados cuando llegaba el tren. Me sentaba en uno y contemplaba toda la rutina: el arribo de la locomotora, los pasajeros que bajaban, los bultos y las personas que subían, las indicaciones. Todo duraba unos 20 minutos y luego partía. Cuando ya no quedaba nadie, volvía a casa.

La segunda semana de mi estadía en aquel lugar llegó hasta el andén una niña, de unos 7 años. Me sorprendió que estuviese sola, pero parecía ser algo habitual en el lugar, y nadie se asombraba por ello. Luego me contó que vivía a unas cuadras de la estación. Traía en una de sus manos, colgada de una argolla, una jaula chica, de color plateado, con un pajarito amarillo dentro de ella.

No me gustan los pájaros enjaulados, y se lo dije, pero me respondió que era la única manera de tenerlo cerca. Lo llevaba a ver el tren, porque sentía que el pájaro no conocía más que el lugar donde estaba colgada la jaula. Me pareció insólito sacar a pasear a un pájaro, pero reconozco que tenía razón. El mundo para esa pobre ave se limitaba a unos metros debajo de una galería, entre plantas y tapiales.

Nos acostumbramos a encontrarnos, la niña, el pájaro y yo, cada vez que el tren se acercaba a la estación. Ella siempre se maravillaba ante la enorme locomotora, y aplaudía y saludaba a los pocos pasajeros, mientras yo cuidaba de la jaula. Éramos un extraño trío: una mujer madura, una delicada niña de largo pelo castaño y un pequeño pájaro inquieto.

Esos dos seres, tan inocentes, tan frágiles, me conectaban con la vida.

Cuando el tren ya no se veía en el horizonte nos volvíamos juntos y yo los seguía con la mirada hasta que doblaban la esquina. Me apuraba, imaginando que mi madre habría despertado y tal vez se hubiese levantado, pero cuando llegaba la realidad me aliviaba y entristecía: continuaba dormida, en la misma posición en la que la había dejado.

Una fría tarde de agosto, ochenta y tres días después de que pisé la estación Elías Romero por primera vez, mi madre murió.

Unas pocas vecinas, el cura y yo la acompañamos hasta el cementerio y la dejamos con un ramo de esos lirios violeta que tanto le gustaban.

Después volví a la casa, vacié la heladera, regalé algunas cosas a los vecinos y luego de dar mi teléfono a la secretaria de la Comuna, me fui al andén, a las cuatro de la tarde.

Esperé a mi pequeña amiga, pero no vino. El tren se acercó con la furia de siempre y aguardé hasta el último llamado, pero ella no apareció.

Más triste aún subí y me senté junto a la ventanilla, mientras la máquina, despacio, empezaba a marchar. Estaba buscando mi boleto cuando escuché un ruido del otro lado del vidrio y levanté los ojos.

El pequeño pájaro amarillo estaba frente a mi cara. Revoloteó varias veces y luego de vacilar unos segundos se alzó rápido, decidido, para perderse en el inmenso cielo gris.

martes, 21 de abril de 2026

Estación Hortensia

Estación Hortensia


Hermoso día para pasear”, piensa, mientras el sol les arde sobre la piel, gradual pero implacable, en esta calurosa mañana de enero. Su hermosa y vivaz hijita de casi tres años lo toma de la mano y no deja de relatarle lo que ve, excitada y con ojos asombrados.

-¡Papi, unos pajaritos! ¡Uuuuuhhh! -, y agrega con decisión: –Yo voy a volar como los pajaritos.

-¿Y si en lugar de volar por el aire, volamos en un tren? -, propone él, midiendo la distancia que les resta: detrás de la arboleda de araucarias se encuentra la estación.

-¡Un tren, sí! Me encanta viajar en tren-, y se cuelga de su brazo, apurando la marcha.

Una suave brisa mitiga el progresivo calor de la mañana. Mire donde mire, estallan los colores bajo el poderoso sol del verano. Y al acercarse a los límites de la estación, contempla casi como al descuido, a un costado del camino de grava, un enorme macizo de hortensias que lo proyecta abruptamente hacia el pasado…

¿Cuánto tiempo hace que no piensa en aquellas hortensias del jardín de su casa, en Mar del Plata? En aquel sendero de ladrillos húmedos que llevaban hasta el quincho, donde chirriaban las brasas de la parrilla, su padre acomodaba el fuego, y el asado con los chorizos se iba cocinando lento y parejo debajo de un cartón extendido. En la sombra mohosa de aquel pino centenario, cuya frescura regaba hacia las tres casas vecinas. En las ligustrinas que se desbordaban, aferradas con firmeza al alambre tejido. En la ropa limpia que su abuela había colgado de la soga que cruzaba el parque. En las rejas nuevas que su padre había hecho instalar pocos años antes, a raíz de los robos cometidos en el barrio, incluso en aquel mismo jardín, del que unos malditos rateros se habían llevado durante la noche un secarropas, algunas herramientas, varias reposeras plásticas, y la mesa de tablones de madera que conservaban desde hacía décadas.

¿Cuánto tiempo…? Los recuerdos le resultan extraños, como si perteneciesen a otra vida, o quizás a otra persona. ¿Acaso fuera así? ¿Cuántas cosas le han ocurrido durante aquellos años, desde la última vez que pisara aquel entrañable parque cubierto de hortensias? ¿Cuántas vivencias, compartidas o en soledad? Aunque a él le costara recordar momentos de soledad; siempre había preferido evocar momentos compartidos con sus afectos, tener más presente una risa que un silencio. Recuerdos de sus tres hermanos menores, recorriendo las parquizadas cuadras del Barrio Constitución hasta la playa, mientras cargan con el mate, a veces la sombrilla, y comentan películas vistas, o libros e historietas leídos. De su abuela, quien hoy ya no está, preparando las mismas tortas fritas con grasa vacuna que solían amasar y cocinar a la par en aquel campo de Entre Ríos, escuchándola decir que “al menos, con eso los chicos tenían un alimento para la tarde”. De su padre, acompañándolo a hacer compras a bordo de una vetusta camioneta Datsun, que continúa funcionando de manera inexplicable, escuchándole narrar las mismas anécdotas de siempre, referidas a su pasado familiar o laboral –vinculado de por vida con el ferrocarril-, ayudándolo a terminar las frases y recibiendo como habitual corolario la pregunta: “¿Cómo: ya te lo conté?”.

¿Dónde se ha ido todo eso?”, se pregunta, hipnotizado por las frondosas hortensias, oyendo muy a lo lejos el incesante parloteo de su hijita, aferrada de su mano mientras ingresan a la estación, recorren el pasillo de la boletería cerrada, se acercan al andén. “¿En qué me convertí?”

Imágenes sin conexión aparente se le presentan delante de sus ojos; escenas editadas de diferentes películas conforman en un caos particular su propia película, la de su vida, tan errática y variada como la de cualquiera, con una enorme cantidad de detalles que la terminan haciendo única. Recuerdos de sus afectos primarios, claro está, pero también de sus amigos, sus ex parejas, sus compañeros y compañeras de trabajo… Todos aquellos que alguna vez, en determinado momento, han sido significativos en su vida y le han dejado una marca, que por pequeña que sea, hace una enorme diferencia: la de que hoy, él sea de esta manera y no de otra…

-Ahí viene el tren -, se escucha decir, al arrodillarse junto a su hijita y señalar con el brazo extendido hacia el horizonte, donde la inconfundible silueta del frente de una locomotora diésel se recorta contra la profundidad de la vía, haciendo sonar su estridente silbato en la distancia.

Él se ha convertido en esto: hoy es padre de familia. Además de ser amigo inclaudicable de sus amigos, de atesorar el cariño hacia sus hermanos -aunque se vean poco, y dos de ellos también hayan sido padres-, de agradecerle a sus padres todo lo que han hecho por él –con sus aciertos y sus errores-, de ejercer con su título profesional y poder vivir de eso –algo que hasta hace unos años no le parecía muy tangible-, además de todo eso tiene una familia que adora, una hija que lo enternece como nadie pero que también lo saca de quicio, una mujer a la que considera un par y en quien confía plenamente.

Él, de alguna forma, ha dejado de ser hijo y se ha convertido en hombre. Y la evocación de las hortensias se lo recuerda de manera inexorable.

-Vamos a volar…¡en tren! -, grita ella, agitando los brazos, dando emocionados saltitos a su lado.

-Si, hijita -, murmura él, mirando hacia el futuro. –Vamos a volar…