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viernes, 8 de mayo de 2026

Instantáneas en el Provincial

Instantáneas en el Provincial


- SANTIAGO GARBARINI
El profesor ve la alambrada paralela a los rieles. Piensa: "la Argentina fue construida a partir de alambradas, estas: reales y visibles, que parcelan campo en propiedad privada desde los costados de la vía hasta un punto que no deja ver el horizonte. Y las simbólicas que no dejan pensar más allá de esas púas oxidadas".

- BLAS DURAÑONA
Es la medianoche. Han apagado las luces del vagón para que la gente duerma.
Afuera hay luna plena y cielo estrellado, es la luz de la noche la que ilumina el interior del vagón, dibuja formas extrañas según ingresan las sombras de los árboles altos que bordean cada tanto el recorrido. El hombre lee a Saramago gracias a una débil luz individual. Encuentra una frase que lo sacude: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre".
Piensa en su padre, nacido en un hogar campesino en la Italia de1923. Ese sueño que lo sacudió ya anciano: los lobos se comían a sus ovejas y él no podía hacer nada para evitarlo. Así se despertó, y de esa cara de espanto de su padre, el hombre no se olvida. Piensa en su padre, en él, en sus hijos. En otros padres con sus hijos. Todos acechados y finalmente devorados por la culpa. El espanto no lo deja dormir.
En los sueños de muchos hay aullidos.

- LUCAS MONTEVERDE
Dos novios se dan un beso en el andén. La chica sube al tren.
Beatriz vuelve a decirle "cuando la gente se quiere ver, se ve". Fue la despedida y ocurrió cuando ese hombre que mira era un adolescente de la edad del chico que quedo allí, parado en el andén, viéndola partir.

- EMILIANO REYNOSO
Mientras coloca su maletín en el portaequipaje puede escuchar la frase que llega desde las butacas de atrás: los sueños que tenías a los 20 años se han convertido en pesadillas después de los 50.

- JOSE RAMÓN SOJO
Baja del tren a estirar las piernas. El tren se detendrá pocos minutos.
Cuando volvió a funcionar el tren -se entera en el andén- no había nada fuera de la estación y unos pocos habitantes que se radicaron con el trabajo que genera el ferrocarril. Al poco tiempo construyeron una enorme iglesia, que ocupa una manzana completa. La estación tiene su publicidad en una enorme cartelera: "Pare de sufrir en José Ramón Sojo", mas abajo se leen horarios de culto para la semana.
El hombre abre una pequeña agenda y anota, espero no necesitarlo nunca -se dice- pero por las dudas me llevo esto anotado:
"Reunión de los casos imposibles. Domingos 18 horas."

- ÁLVAREZ DE TOLEDO
Una gitana lee las manos de los recién llegados que la acepten. "Cuídese de la gente que no da nada... y mas aun de los que viven colgados del cuerpo de los otros" le dice al joven que promete no olvidarlo.

- POLVAREDAS
Mira la ventanilla. Por instantes se espeja. Y puede ver, no la extensión de la llanura. Sino la profundidad del desamparo en su mirada.

- JUAN ATUCHA
Sube un hombre, va a cobrar su jubilación a La Plata. Se sienta al lado de otro hombre que escribe en un anotador. El jubilado que puede llamarse Juan o Hilario piensa que su vecino de asiento es escritor.
Le cuenta de su vida: "Hice de todo, de peón de campo a albañil, pero no me olvido de la vida de campo.
Veo a mi padre segando el maíz con guadaña. Criábamos animales, no nos faltaba nada. Era una vida dura pero nunca nos falto para comer. (Levanta la voz, se enoja) pero la gente de la ciudad no tiene nada, porque sin tierra no tenes nada aunque tengas el mejor auto. No saben hacer nada, o si, firmar cheques, mover dinero y joder al que labura." "En la ciudad fui pintor y albañil, hasta que me harte de vivir mal y me fui a vivir al campo. Hágame caso, escriba un libro. Póngale de título Pocho el albañil".
Cada cual construye su épica con lo que tiene, con lo que puede, piensa el hombre que lo escuchó y no quiere decepcionarlo, Pues en su anotador había frases como "maldito enduido interminable" que no se parecen a las formas de un escritor.

- JUAN TRONCONI
Un vendedor ambulante pasa cantando "el amor sobre toda diferencia social, el amor puede más" y desliza una mirada de deseo para unas chicas de la primera fila.

- CARLOS BEGUERIE
Este pueblo tiene vida propia. Resistió el fin del ferrocarril y ahora sus habitantes se miran con orgullo y parecen decirse: aquí estamos, con o sin tren vamos a mantener el pueblo vivo.

- FUNKE
Sólo se ven fantasmas. A todos se los trago la boca inmensa del tiempo.

- LOS EUCALIPTOS
Lucio quiere conocer el lugar donde estaba la chacra del que fue su abuelo.
Lleva una advertencia escrita en un libro de Antonio Dal Masetto: "A todos los que volvieron buscando lo que ya no estaba".

- FRANCISCO A. BERRA
Un hombre viejo vivía en un vagón abandonado que originalmente fue del ferrocarril Santa Fe. El lugar sigue siendo una carbonería que queda a 200 metros de la estación terminal del tren de trocha angosta. Fue ferroviario.
"Entre de pibe, era auxiliar de instalaciones, creo que fue en 1952, un poco antes de la muerte de Evita. Y estaba cuando cerraron el taller, cargaron todo en vagones: máquinas, locomotoras, herramientas, todas apiladas como chatarras, había una máquina que permitía girar y agujerear en 360 grados, hermosa, una belleza, se llevaron todo y nunca supimos adonde".
-Quiero hacer un museo en Berra, -decía mientras pesaba leña de quebracho en "La Mulatiere" Quedo esta balanza para pesar carros. Puede pesar de un gramo a 30 toneladas. Se lee en letras de hierro un nombre que expresa la lejanía de quien la fabricó: B. TRAYVOU CONSTRUCTEUR.
Durante años fue juntando como un ciruja ilustrado los recuerdos ferroviarios que se tiraban a la calle, cuando se cerraban ramales y se vaciaban edificios enteros.
Es el sueño cumplido de Don Tito. La estación que preservo su familia como casa - museo ferroviario vuelve a ser una estación real.

- GOBERNADOR UDAONDO
"La estrella de Udaondo".
El mejor almacén de la zona. El mejor y el único -dice el dueño del boliche, y se ríe con ganas mientras corta fetas de salame para calmar el hambre del viajero.

- LOMA VERDE
En la antigua estación hay un jardín de infantes, desde el patio se oye Al don, al don pirulero, cada cual, cada cual atiende su juego...
El Individualismo burgués, -piensa el profesor- confirmado hasta en antiguas canciones infantiles que persisten.


- ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA
Quisieron hacer una broma y arriba de la palabra "Gómez" pegaron una madera con el mismo tipo y color de letra donde se lee "Diego". Más abajo, los autores pintaron con aerosol una frase para justificar el cambio de nombre: "Cómo usted sabe, la injusticia nos concierne a todos" Diego de la Vega, El Zorro.

- ARANA
Viaja sin respuestas por la vida. El psicólogo que le vuelve a preguntar:
¿Cómo llegaste hasta acá? ¿Cómo?
Y él sin respuesta. Ni siquiera para contestar con una ironía: "en el tren de las 10.40 hs".

- GOBERNADOR GARCIA
Fueron los mismos. Estoy casi seguro. Aquí el cartel original de la estación fue reemplazado por Gobernador Demetrio López García. "Barítono". ¿A quien se le habrá ocurrido? En esta época los jóvenes fueron criados por los Simpson, no por El Zorro o Bonanza.

- LA PLATA
El hombre deja su tarjeta, un modo de dejar su nombre en el recuerdo de otro, en este caso el joven vecino de asiento que ocupaba la ventanilla y que desistió de la indiferencia para conversar. El hombre de la tarjeta tiene 75 años y viaja a recibir su título universitario. Con glaucoma y cataratas a cuestas ha logrado aprobar todas las materias y llegar al mismo título que no pudo lograr su hija, detenida desaparecida por la dictadura. Ese compañero circunstancial de viaje encuentra años después la tarjeta entre papeles apilados y la lee: Alberto Ramón Acosta. Fotógrafo Acosta.
 

martes, 21 de abril de 2026

Estación Hortensia

Estación Hortensia


Hermoso día para pasear”, piensa, mientras el sol les arde sobre la piel, gradual pero implacable, en esta calurosa mañana de enero. Su hermosa y vivaz hijita de casi tres años lo toma de la mano y no deja de relatarle lo que ve, excitada y con ojos asombrados.

-¡Papi, unos pajaritos! ¡Uuuuuhhh! -, y agrega con decisión: –Yo voy a volar como los pajaritos.

-¿Y si en lugar de volar por el aire, volamos en un tren? -, propone él, midiendo la distancia que les resta: detrás de la arboleda de araucarias se encuentra la estación.

-¡Un tren, sí! Me encanta viajar en tren-, y se cuelga de su brazo, apurando la marcha.

Una suave brisa mitiga el progresivo calor de la mañana. Mire donde mire, estallan los colores bajo el poderoso sol del verano. Y al acercarse a los límites de la estación, contempla casi como al descuido, a un costado del camino de grava, un enorme macizo de hortensias que lo proyecta abruptamente hacia el pasado…

¿Cuánto tiempo hace que no piensa en aquellas hortensias del jardín de su casa, en Mar del Plata? En aquel sendero de ladrillos húmedos que llevaban hasta el quincho, donde chirriaban las brasas de la parrilla, su padre acomodaba el fuego, y el asado con los chorizos se iba cocinando lento y parejo debajo de un cartón extendido. En la sombra mohosa de aquel pino centenario, cuya frescura regaba hacia las tres casas vecinas. En las ligustrinas que se desbordaban, aferradas con firmeza al alambre tejido. En la ropa limpia que su abuela había colgado de la soga que cruzaba el parque. En las rejas nuevas que su padre había hecho instalar pocos años antes, a raíz de los robos cometidos en el barrio, incluso en aquel mismo jardín, del que unos malditos rateros se habían llevado durante la noche un secarropas, algunas herramientas, varias reposeras plásticas, y la mesa de tablones de madera que conservaban desde hacía décadas.

¿Cuánto tiempo…? Los recuerdos le resultan extraños, como si perteneciesen a otra vida, o quizás a otra persona. ¿Acaso fuera así? ¿Cuántas cosas le han ocurrido durante aquellos años, desde la última vez que pisara aquel entrañable parque cubierto de hortensias? ¿Cuántas vivencias, compartidas o en soledad? Aunque a él le costara recordar momentos de soledad; siempre había preferido evocar momentos compartidos con sus afectos, tener más presente una risa que un silencio. Recuerdos de sus tres hermanos menores, recorriendo las parquizadas cuadras del Barrio Constitución hasta la playa, mientras cargan con el mate, a veces la sombrilla, y comentan películas vistas, o libros e historietas leídos. De su abuela, quien hoy ya no está, preparando las mismas tortas fritas con grasa vacuna que solían amasar y cocinar a la par en aquel campo de Entre Ríos, escuchándola decir que “al menos, con eso los chicos tenían un alimento para la tarde”. De su padre, acompañándolo a hacer compras a bordo de una vetusta camioneta Datsun, que continúa funcionando de manera inexplicable, escuchándole narrar las mismas anécdotas de siempre, referidas a su pasado familiar o laboral –vinculado de por vida con el ferrocarril-, ayudándolo a terminar las frases y recibiendo como habitual corolario la pregunta: “¿Cómo: ya te lo conté?”.

¿Dónde se ha ido todo eso?”, se pregunta, hipnotizado por las frondosas hortensias, oyendo muy a lo lejos el incesante parloteo de su hijita, aferrada de su mano mientras ingresan a la estación, recorren el pasillo de la boletería cerrada, se acercan al andén. “¿En qué me convertí?”

Imágenes sin conexión aparente se le presentan delante de sus ojos; escenas editadas de diferentes películas conforman en un caos particular su propia película, la de su vida, tan errática y variada como la de cualquiera, con una enorme cantidad de detalles que la terminan haciendo única. Recuerdos de sus afectos primarios, claro está, pero también de sus amigos, sus ex parejas, sus compañeros y compañeras de trabajo… Todos aquellos que alguna vez, en determinado momento, han sido significativos en su vida y le han dejado una marca, que por pequeña que sea, hace una enorme diferencia: la de que hoy, él sea de esta manera y no de otra…

-Ahí viene el tren -, se escucha decir, al arrodillarse junto a su hijita y señalar con el brazo extendido hacia el horizonte, donde la inconfundible silueta del frente de una locomotora diésel se recorta contra la profundidad de la vía, haciendo sonar su estridente silbato en la distancia.

Él se ha convertido en esto: hoy es padre de familia. Además de ser amigo inclaudicable de sus amigos, de atesorar el cariño hacia sus hermanos -aunque se vean poco, y dos de ellos también hayan sido padres-, de agradecerle a sus padres todo lo que han hecho por él –con sus aciertos y sus errores-, de ejercer con su título profesional y poder vivir de eso –algo que hasta hace unos años no le parecía muy tangible-, además de todo eso tiene una familia que adora, una hija que lo enternece como nadie pero que también lo saca de quicio, una mujer a la que considera un par y en quien confía plenamente.

Él, de alguna forma, ha dejado de ser hijo y se ha convertido en hombre. Y la evocación de las hortensias se lo recuerda de manera inexorable.

-Vamos a volar…¡en tren! -, grita ella, agitando los brazos, dando emocionados saltitos a su lado.

-Si, hijita -, murmura él, mirando hacia el futuro. –Vamos a volar…

domingo, 19 de abril de 2026

El ajuar

 


El ajuar


Ana María Broglio


Vivíamos en las inmediaciones de la estación González Risos, del Midland de Buenos Aires, a unos 18 km. al norte de Navarro, población que solíamos visitar para disfrutar de su laguna. Mi padre era trabajador ferroviario, viajaba en el tren y solía ausentarse por algunos días. Nosotras lo acompañábamos a la estación y lo despedíamos cada vez, como si fuera la última. Extendíamos los pañuelos y actuábamos como si nuestra despedida, hubiese sido una dramática escena de película. Madre nos tomaba de la mano y regresábamos a casa entre risas y canciones. Luego lo cotidiano volvía a la normalidad. Cuando sucedió lo del asalto todavía, si realizábamos cualquier suma o resta, para ayudarnos a contar, necesitábamos esconder los dedos debajo de la mesa. Recuerdo. Madre hacía un lugarcito en uno de los extremos y extendía un mantel bordado por ella misma antes de servirnos la merienda. Como era parte del ajuar de bodas, sobre uno de los bordes lucían, las iniciales de mis padres, enmarcadas en un corazón. Mamá era muy afecta a las novelas y encendía la radio siempre a la misma hora. Imagino, antes de casarse, ubicándola junto a los bordados y mientras escuchaba, sus manos tan delicadas como la tela, esmerándose en la perfección del trabajo. Cruzando hilos celestes y lilas, rosados y verdes. Cuando enfermábamos, abría ceremoniosamente la caja forrada en seda y extraía la toallita para el médico. Tan impoluta y hermosa, como si nunca se hubiese usado. Para que el facultativo, la apoyara sobre nuestra espalda y verificara el funcionamiento de los pulmones, la desplegaba amorosamente sobre la almohada,. Era todo lo que había podido conservar del desgaste de los años, la toalla y el mantel para el té. Cuando entraron los ladrones, mamá estiraba la masa de los fideos del domingo. Era una noche de invierno fría y los leños ardían en el hogar. Esperábamos a papá. Nos hicieron acercar a la pared y comenzaron a registrar los muebles, guardándose lo que les parecía valioso. No había mucho que robar y se pusieron inquietos. Comenzaron a presionarla para que buscara las reservas que supuestamente ocultaba. Le brotaron lágrimas de los ojos y cuando negó poseer objetos de valor, joyas o dinero, uno de los hombres se dispuso a romper la cinta que cerraba la caja del ajuar. Fue en ese momento en que mamá se exasperó, tomó el palote de amasar y comenzó a dárselos en la cabeza. Ante semejante acceso de ira, soltaron, el primero la bolsa con lo que pretendían llevar y el segundo la preciosura forrada en seda. Al ver movimientos extraños, los vecinos habían alertado a la policía y mi padre irrumpió en la casa. Al mantelito lo heredó mi hermana y cuando nacieron mis hijos, también ceremoniosamente, me regaló la toalla. La vida no fue tan romántica ni decorativa para ninguno de nosotros pero ella, siguió manteniendo el orgullo de su ajuar de bodas, hasta el último día de su vida.

domingo, 15 de marzo de 2026

Estación San Sebastián

Estación San Sebastián

Ana María Broglio 


Querido hijo: 

He recibido la carta donde me sugieres que vaya a vivir con ustedes. Tienes razón, ya no es bueno que viva solo en esta casa donde me crie, desde donde mi madre, apretando sus labios en un rezo,  me veía correr para subir al tren y luego saltar al vacío. 

¿Qué hubiera hecho yo sin los trenes?

Cuando las piernas me lo permiten, me acerco a ver ese camino de hierro que se pierde,  más allá del horizonte… en el cielo.

Entonces,  miraba las vías de otro modo. Apretaba fuerte las estampitas entre los dedos y subía y bajaba del tren,  cuando estaba en movimiento,  sin ninguna dificultad.

Eran años difíciles. Los turistas venían desde  Buenos Aires y viajaban en plan de baños a Carhué. Por lo que se sabía, allí había las aguas termales más curativas de Argentina. Entonces,  la gente era compasiva. Al verme descalzo, con poca ropa,  me daban monedas, comida,  golosinas y yo volvía a casa feliz y le prometía a mi madre que cuando fuera mayor, le compraría un sombrero y la llevaría a las termas,  para que se cure del reuma.

Mi madre acariciaba mi cabeza y me miraba con ternura y yo me sentía más hombre que nunca.

-Tienes que aprender mucho sobre el ferrocarril, así cuando se los cuentes, los turistas te pagarán la información -  insistía mi maestra. A la señorita le pareció muy buena la idea de que practicara la lectura y me prestó,  de la biblioteca escolar, una revista con la historia del tren. Apenas había aprendido a leer  y por eso me costaba bastante hilvanar las palabras y el sentido de las frases. Me hacía pasar al frente y me obligaba a practicar en voz alta, hasta que conseguí hacerlo de corrido y  luego memorizar lo escrito: 

En la línea de rieles, San Sebastián,  es la última estación en haber sido levantada, desde Puente Alsina,  por la firma constructora Hume Hnos. Esta firma,  edificaba las estaciones del FC Midland. Al llegar el tendido a San Sebastián, la sociedad constructora,  quedó en bancarrota como resultado de largas disputas, por intereses, con la Compañía General Buenos Aires. En ese momento (mediados de 1908) el Ferrocarril del Sud y el Ferrocarril del Oeste,  absorbieron al Midland y continuaron la construcción, reemplazando a la Hume por la Clarke, Bradbury y Co., lo que le da a las estaciones de aquí a Carhué, un diseño arquitectónico totalmente distinto, similar a las estaciones del Ferrocarril Sarmiento”. 

De pie,  en el centro del vagón, cada vez con mayor seguridad,  recitaba lo aprendido. Luego pasaba mi cajita de cartón por todos los asientos y la gente depositaba sus colaboraciones. Los clientes me respetaban y las ganancias eran mayores. Dejé de vender las estampitas y  compré,  a mi mamá y a la maestra,  un bonito adorno para colgar de la pared. 

Aquel día,  lo recuerdo bien, viajaba una señora,  sentada  junto a una de las ventanillas. El vagón estaba completo pero el lugar, al lado de ella,  vacío, sin ocupar. El viento movía su cabellera,  que era  del mismo color del  sol cuando cae. Un vestido con motitas verdes y sus anteojos ovalados,  de ancha armadura blanca. Encendió un cigarrillo, a la vez que escuchaba mis palabras con atención.

Por su aire distinguido,  no tuve dudas, venía de la gran ciudad. Sobresalía entre nosotros, la gente del pueblo,  pero también era diferente a los otros viajeros que la miraban fumar casi con desprecio.

El caso es que ella estaba en el tren cuando yo lo abordé y me puse a recitar mi memorización de rutina.  Me preguntaba qué hacía esa dama viajando en este tren, indiferente a los susurros y chismes de los pasajeros que no le quitaban la vista de encima. También yo la observaba mientras me escuchaba,  sus hermosas uñas pintadas y su bolso adornado, de resplandecientes moños dorados.

No recuerdo de  otra persona que no fuera de mi familia o mi maestra,  que me haya sonreído con tanta amabilidad,  al momento de pasar mi cajita y tan generosa pues, tampoco  recuerdo, haber recibido tamaña cantidad de dinero por el mismo trabajo.

Ese día  como pocos,  salté del tren, exultante por la recaudación.

Nunca volví a verla pero mi madre  se ruborizó cuando se la mencioné y me dijo que era de las mujeres que venían a trabajar,  en un lugar de lucecitas rojas, detrás de la estación  La Rica, unos kilómetros más adelante.

Cuando terminé la primaria ya estaba hecho al ferrocarril y pude conseguir un empleo como mozo de carga. La muchedumbre se arremolinaba en el andén y yo debía correr de un lado al otro para cumplir con mi tarea.

Los años me hicieron guardabarreras y jamás me aburrí  de ver pasar las formaciones, de esperar que llegaran y de despedirlas al  partir. 

Ahora que el calendario de mi vida consume sus últimas hojas, mi querido, mi buen hijo, no me pidas que abandone los trenes.

Ha pasado la vida. Aunque el tren ya no regrese, sigo sentándome en el viejo banco, debajo del alero de la estación,  a esperar  el pitido que anuncia su llegada.  El servicio se ha suspendido desde hace  años y yo,  he aprendido que la soledad,  es una estela de humo en el recuerdo, restos de una memoria  de papel que el tiempo ha borrado,  un desierto sin norte, olas de arena en un mar seco, un extenso camino de hierro que marcha paralelo, desde mi niñez a la muerte.

Tuyo, tu padre.

domingo, 8 de febrero de 2026

Boletos


Boletos

Sergio Borao Llop

A mi amigo Miguel Crispín Sotomayor, que despertó estas palabras.

No nombraré la ciudad porque la ciudad es múltiple, y porque lo que allí sucede, bien puede suceder a diario en otra ciudad, en otro país. Acaso cambien los nombres, los rostros, los objetos.

Yo, turista en todas partes, eterno extranjero, pertinaz inhabitante, venía caminando hacia la estación, con mi maleta medio vacía (maleta de nómada incurable, brevísimo catálogo de recuerdos y ausencias, inútil equipaje), y un creciente cansancio que se iba acentuando a medida que mis pies cruzaban más fronteras, a medida que mi pasaporte acumulaba sellos. Puesto que aún faltaba más de una hora para la salida de mi tren, tomé asiento en una terraza sombreada. 

Enfrente, al sol, había varios niños jugando. Niños pobres, harapientos, de los que abundan en los alrededores de casi todas las estaciones del Sur. Cuando pasaba alguien con traje, o con aspecto de turista, uno de ellos se separaba del grupo y se acercaba al desconocido, ofreciéndole un billete de lotería. El timo es antiguo. Se trata de billetes viejos, sin premio, que los chicos recogen del suelo o de las papeleras y planchan lo mejor que pueden para darles apariencia de nuevos. A veces, algún despistado compra un billete, pero generalmente hay gritos y amenazas, y a menudo, los chicos tienen que salir corriendo para no caer en manos de la policía. 

No muy lejos de allí, las máquinas excavaban lo que muy probablemente se convertiría con el tiempo en un centro comercial o un edificio de oficinas. Quizá a causa del monótono ruido de las excavadoras, me amodorré un poco. 

Una voz suave me despertó.

- Señor...

Cuando levanté la vista, una chiquilla morena, con dos trenzas medio deshechas y una mancha oscura en la mejilla, me ofrecía uno de aquellos billetes. 

Mi primer impulso fue echarme a reír y despedir a la mocosa con unos céntimos o con la amenaza de la policía, que es el remedio habitual en estos casos, pero algo en su mirada me impedía hacer una cosa así.

- El número es lindo -dijo, tratando de vencer mi indecisión con esas simples palabras.

Entonces la miré con más detenimiento. Sus ojos no eran los de una niñita suplicante, no eran ojos mendicantes, ni ojos víctimas; tampoco eran los ojos pícaros de quien está estafando a un turista crédulo; aquéllos eran los ojos firmes y tranquilos de alguien que sólo pide lo que por derecho le corresponde. 

No lo dudé un instante. Conté algunas monedas y puse en su mano el dinero que costaba el billete. Ella me dio las gracias, sonrió dulcemente y regresó junto a sus amigos. Mientras la miraba alejarse correteando alegremente, guarde el papelito en mi cartera, junto a la fotografía de Mariela.

Miré el reloj. Había que irse. Mi tren estaba a punto de llegar. 

Sé que es innecesario contar lo que sigue, decir que aquel fue el primero de una larga colección de boletos caducados, que hubo en mi camino otras muchas estaciones, otros niños y otras excusas, que en cada lugar que visité fui atesorando con avidez los boletos que aquellos niños famélicos me ofrecían, siempre ante la atenta y burlona mirada de los testigos, ciegos, incapaces de percibir que todos y cada uno de aquellos papelitos medio arrugados tenían un premio mucho más valioso que el que indicaban los números impresos.

Durante años he llevado conmigo ese primer boleto, prueba irrefutable de que la escena anteriormente narrada no fue un sueño. A veces, contemplo la cifra, ("-El número es lindo") como si en ella pudiera leerse algo que no fuese una sucesión más o menos armoniosa de dígitos. A veces, contemplo la cifra como esperando que esos signos revelen algo que en realidad no necesita ser revelado.

viernes, 6 de febrero de 2026

El último tren


El último tren

Victoria Mora


El tren no llega. Odio esperar. Este andén parece un cráter que se abre a mis pies y no paro de caer. Quiero irme ya ¿para que habré aceptado venir a este pueblo de mierda?, siguiendo un amor ¡que ingenuidad! Tendría que haberme quedado en mi ciudad, no sé si sería feliz, pero al menos no tendría esta grieta enorme que me atraviesa el corazón y llega hasta el andén para que me caiga. Encima de noche; con lo que odio caminar de noche estas calles, donde aún en la oscuridad los ojos siempre miran y juzgan. En cambio en Buenos Aires lo mejor es la noche, el anonimato, sus luces, su música, sus bares.

No te voy a negar que quisiera estar volviendo con vos. El rencor no me alcanza para mentir. Te odio y te amo tanto a la vez ¿Cómo es posible? −Dale vamos a vivir a provincia, necesito el aire limpio, el verde, la paz, Buenos Aires me agobia, me enferma ¿Cuántas veces me enfermé el último año? mis bronquios no dan más.

Sabías muy bien que no podía ir contra tal argumento, tu salud es lo primero. ¡Que imbécil! La primera vez cuando bajé del tren tuve que apoyarme en tu hombro porque casi me caigo del espectáculo que tenía en frente. Un puñado de negocios que no sumaban más que diez y un bar ocupando toda una esquina, algunas casas y el campo ¿Qué hago acá? Pensé, pero no te lo dije, y cuando te miré, esa sonrisa que me derrite el alma; entonces sonreí, y te dije que me gustaba que acá ibas a respirar mejor, que fue una buena decisión, que íbamos a ser felices.

Me esforcé ¡y como! Nunca me escuchaste quejarme, viajé cada día dos horas de ida y dos de vuelta a mi laburo, me fui cada mañana dándote un beso y sonriendo y volví cada día con otra sonrisa para vos.

La gente no me caía nada bien, chusmas todos viejas chusmas, hombres, mujeres, jóvenes o niños. Los primeros tiempos fuimos los extranjeros, hasta que empezaron a saludarnos por el nombre. Mostraban más afinidad con vos, te les metiste bajo la piel, se notaba que te adoraban. Siempre te hablaban amigablemente, a mi apenas un saludo con la mano o una inclinación de cabeza. Claro, yo nunca estaba y vos siempre pendiente de ayudar a los vecinos y adentro del club organizando una cosa y otra. Además, estaba tu enfermedad. Te encargaste de contarles los terribles tratamientos que habías pasado, que habías elegido el pueblo para recuperarte, lo importante  que era para vos quedarte en casa y disfrutar de una vida apacible. Notaban que necesitabas todos los cuidados que yo te daba.

A pesar de todo, estos últimos meses empecé a acostumbrarme, y hasta un poco el gusto le tomé a esta tranquilidad avasallante. Incluso ansiaba la hora de volver a casa. Hasta que un día me dolió una muela.

Ya me molestaba cuando tomé el tren seis y media de la mañana, intenté no darle bola, un analgésico y listo. Bajé en La Plata, compré un agua y me tomé una pastilla esperando el alivio que nunca llegó. Para el medio día ya no aguantaba más, no podía ni pensar. Le pedí permiso a mi jefe y me fui. Llamé a mi dentista y conseguí que me atienda de urgencia. Terminé todavía con dolor esperando el tren dos horas antes de lo habitual. Bajé del tren en  nuestra estación sintiéndome un poco mejor y hasta con cierta alegría de disfrutar un par de horas más de ese día juntos. Caminé las cuatro cuadras que separan nuestra casa de la estación, abrí el portón, la perra me saltaba y me movía la cola, fui por la puerta de atrás, cuando estoy a punto de agarrar el picaporte levanté la vista, a través del vidrio partido de la puerta, los vi:  los dos desnudos bailando un tango, y te miro y se te ve feliz, como pocas veces te vi conmigo, siento que la cabeza me va a explotar quedo inmóvil ahí mano en el picaporte y pies estaqueados al piso por unos segundos que se hacen eternos, hasta que reacciono.

Me di media vuelta y me fui, le pegué una patada a tu perra pesada que pegó un grito que espero hayas escuchado.  Volví a la estación como por inercia ¿A dónde iba a ir? Esperé el siguiente tren a La Plata, finalmente después de media hora lo tomé. A la tercera estación me bajé y me crucé a un bar a tomar un café y hacer tiempo. La cabeza me daba vueltas, no sabía que pensar, y tus palabras para convencerme de mudarnos no paraban de resonarme como un eco eterno, ¿habrá sido antes o después? ¿Cuándo empezaste a engañarme? No sé si quiero saberlo alguna vez. Calculé la hora y tomé el tren que me correspondía. 

Llegué a casa y te encontré pintando como si nada. Yo igual, como si nunca me hubiese encontrado esa misma tarde con la imagen de la traición.

Cenamos como todos los días, te dije que me dolía la muela y me fui a dormir temprano, en realidad no pude pegar un ojo. Cuando me aseguré que dormías, me levanté y en silencio junté un par de cosas indispensables y me fui para no volver.

Acá estoy, esperando el último tren, no vuelvo más, no sé a donde ir, no tengo a donde ir sin vos, caigo finalmente en la cuenta que no tengo a nadie en el mundo más que a vos, sin embargo no quiero simular. Las luces del tren que se acerca se hacen cada vez más grandes, de repente tienen tu rostro y tu cuerpo desnudo,  parpadeo. No es posible, y aun así, ahí estás, en esas luces, entonces, salto a tu encuentro.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Estación Eduardo Casey

Estación Eduardo Casey


Me dijiste que un tren es cosa hecha para llegar, me dijiste que los arribos y las bienvenidas y los festones tricolores y las bandas de música siempre desafinadas. Me dijiste hace mucho que los niños correteando en los andenes, que las señoras repintadas que las muchachas anhelantes. Me hablaste de soldados regresando a casa, de trabajadores golondrina (golondrinas, trabajadores con alitas oscuras tal vez, muchachos de cuerpos enjutos), de trabajadores golondrina que retornan y los abrazan los brazos de sus mujeres de mucho niño y olla de hierro.


Que los trenes unen acortan distancias, que los trenes corren de una ternura a un beso, de un suspiro de pañuelo bordado a un caserío perdidito en el campo vasto. De los trenes me hablabas te acordás, de esas máquinas de vapores y truenos, de nostalgias y pasados, de durmientes quietos y las vías relucientes a fuerza de rueda abrasadora.


Entonces llegamos a esa estación, y la estación estaba dormida, y el campo estaba dormido, y el cielo ardiente del verano no reaccionaba. En la estación entonces de pronto. Entonces de pronto tu cara, esa mirada que detenía las ruedas y los pistones, De pronto tu cara y la mirada y el silencio. Y entonces en la estación Casey se nos detuvieron los trenes y se congelaron las gotas en las canillas, las arañas en las telas, se fundieron los pájaros en el azul del cielo, las vacas en el verde, los humos en las nubes inalcanzables.


Mal decorado, pintura descascarada, estaciones donde no hay ni arribos ni risas ni lágrimas de las que lloran alegrías.


De pronto en la estación Casey se detuvo el tren y se detuvo para siempre.

sábado, 31 de enero de 2026

Unas vidas sin vuelo ni canto

Unas vidas sin vuelo ni canto


El criadero de gallinas queda a unos 300 metros de la estación Ortiz de Rozas. Cuando se viene viajando ya a lo lejos se distinguen los enormes galpones. En Ortiz de Rozas hay poco para ver más allá de la estación: casas dispersas, un almacén de campo donde se puede conseguir casi de todo. Y la granja.

Este criadero es una parte en la división de trabajo de la gran industria. De la gran fábrica traen los pequeños pollitos. Aquí se le cortan los picos a los pollitos para que no se lastimen entre sí. Se les administran vacunas, Vitaminas, un alimento balanceado especial para el engorde. Permanecen bajo estos galpones donde no hay diferencia entre la noche y el día hasta que tienen el peso suficiente para ser sacrificados y refrigerados.

Desde que trabajo en el criadero pude vivenciar de cerca lo que es el sufrimiento animal. Hasta deje de comer pollo industrializado.

Al principio el piar de las aves era enloquecedor, después a fuerza de costumbre y necesidad fui transformando ese ruido que llegaba desde los galpones en un sonido lejano del mar. El mar yendo y viniendo. Golpeando la indiferencia eterna de las arenas.

El horario de trabajo es de 7 a 19 horas. El nuevo ferrocarril Midland es rápido y puntual. Mi casa queda a casi dos horas de viaje en tren. Con 16 horas fuera de casa es lógico que mi casa funcione como dormitorio. Ni siquiera cocino de lunes a sábado. Al mediodía tengo media hora para el almuerzo, salgo a caminar para ver el sol hasta el barcito de la estación, como. Cuando regreso del trabajo voy a la casa de comidas y compro la cena de ese día. Los lunes llevo canelones o ravioles, el martes estofado, los miércoles porciones de tarta, el jueves milanesas con papas fritas. Los viernes son de empanadas o pizza. Los sábados a la noche el menú puede variar según si voy a cenar en soledad o viene María José a quedarse hasta el domingo a la noche en casa. El domingo es el único día que en los hechos dispongo para tener "una vida". La frase se la debo a María José, cuando la conocí en su trabajo me impacto cuando la oí decir "además de esto, tengo una vida". Enseguida sentí el deseo de ser parte de su vida. Lo logré.

Las horas de viaje en tren me espacio para compartir charla con conocidos o leer o simplemente entregarme a la compañía de ese alter o mellizo que es la voz interna que acompaña a cada cual en su viaje extendido por la vida.

A veces son estallidos de imágenes internas las que veo. Durante un tiempo no podía dejar de ver la imagen de mi padre -ya anciano- picando cascotes debajo del nogal que el mismo plantó.

En uno de los viajes hice amistad con el arquitecto Jerome Ricardo Klepka que viajaba hacia la estación Corbett, donde tenía el encargo de la obra de reconstrucción de la estación y su entorno con una enorme libertad para intervenir en todo el proyecto con su visión de artista.

En uno de los viajes compartidos me recomendó la lectura de "Donde mejor canta un pájaro" de Alejandro Jodorowsky, que le resultó iluminador para pensar la historia de su vida. Klepka era hijo de un inmigrante polaco que llegó a la Argentina -al igual que mi padre italiano- después de la segunda guerra mundial. Su padre nunca quiso volver a su patria y si le preguntaban tenía una respuesta invariable: "Polonia es dolor". Una persona puede tener muchas conversaciones con otra pero alguna queda imborrable en la memoria, ocurrió cuando Jerome dijo: un día de mí vida se encontraron la imagen de mi padre en sus momentos de sufrimiento y la descripción del Cristo sangrante, crucificado, derrotado, que cuestiona tan bien Jodorowsky en su libro. Si hay algo a los que los seres humanos deberíamos temer es a estar derrotados en la vida.

Cuando el arquitecto terminó su obra en Corbett no volví a verlo.

Hace unos días que mis noches están atravesadas por sueños raros.

En uno de ellos hablaba con Pablo -gerente creativo y mi jefe-. Pablo es inflexible con sus empleados. Aunque lo diga de modos diferentes, su mensaje es siempre el mismo: "problema tuyo". Es un hombre frontón, su trabajo es que las cosas marchen sin que nadie le lleve problemas y si alguien le lleva problemas los devuelve. Sin embargo, Pablo era extrañamente contemplativo conmigo.
Me sorprendí cuando oí mi voz diciendo "No tengo nada más que hacer aquí".
Ahí me desperté.

A la mañana siguiente mientras viajaba en tren leí ese aviso clasificado.
Sentí un sobresalto inexplicable. Hace días que voy al trabajo con una sensación de angustia sin palabras. Hasta recorté el aviso:

"Sereno para criadero de gallinas. Horario de 7 a 19 horas. Hasta 55 años. Presentarse en granja MaxiRozas. Estación Ortiz de Rozas. FC Midland".

jueves, 15 de enero de 2026

La vida te da sorpresas


La vida te da sorpresas


La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”, se encontró canturreando Julián Ramírez, Jefe de Estación, mientras contemplaba acercarse al tren local de las 5:15, el único que circulaba durante las primeras horas de la mañana. Ignoraba por qué, pero aquella rima se le había impuesto desde hacía varios días; quizá, como cierta clase de perverso presentimiento.

La formación se detuvo con un chirrido mecánico y un resoplido, en esa penumbra previa al amanecer que parece convocar a los espectros. El maquinista lo saludó con un gesto de su mano derecha, sin apearse del vehículo, regulando con la izquierda el ritmo del potente motor diesel, mientras la única pasajera del carguero descendía del furgón, enfundada en su clásico guardapolvo blanco debajo de la campera de nylon matelasseada, transportando el saco del correo colgado de un hombro. Don Julián se acercó a recibirla, apurándose a quitarle el bulto de encima.

-Buen día, señorita Adriana -, saludó. –Parece que le dieron trabajo esta mañana…

-Buen día, Don Julián. Sí, el empleado de correos de Carhue me pidió que le entregara esto. Dijo que no podía venir con nosotros; se sentía bastante afiebrado.

-Está muy bien. Tarea cumplida, entonces. Y no se preocupe por Luis, ya se va a poner mejor. Venga, vamos para la casa, que hoy hace mucho frío.

La maestra lo siguió, como cada mañana, hacia las habitaciones que el Jefe ocupaba con su señora detrás del edificio de la Estación propiamente dicho. Como cada mañana, Don Julián dejaría el saco del correo en la oficina, para repartir los envíos hacia las 8:00. Como cada mañana, ensillaría la yegua, a fin de recorrer el campito que el Ferrocarril le había destinado, donde pastaban sus ocho vacas, trayéndose a la lechera con su respectivo ternero. Y como cada mañana, la señorita Adriana se metería en la cama junto con Nélida, la mujer de Julián, compartiendo el calor de las cobijas hasta que se hicieran las 7:25, hora en que volvería a salir para dirigirse a la escuelita rural, distante unas quince cuadras de la Estación.

Nélida ya la estaba esperando con unos mates. Hacía unos cuantos meses que Adriana realizaba esta extraña costumbre a la que su profesión la había llevado, por esas cosas de la vida. Aunque se sintiera bastante descolocada en un principio, con el correr del tiempo le había ido tomando la mano a semejante hábito. Y por sobre todo, se había encariñado con este matrimonio tan agradable, que la recibía todos los días como si fuese una Princesa proveniente de un exótico país extranjero, en viaje diplomático.

El silbato del tren se dejó oír como de costumbre, y el potente motor diésel reguló hasta desplazar las numerosas toneladas de la locomotora, arrastrando al resto del tren al ritmo del pistoneo de la chimenea. El Jefe y la docente avanzaron veloces hacia la cocina, cerrando muy bien al entrar para que no se escapase el calor.

Aquella mañana, Nélida se encontraba distinta. Adriana pudo contemplarlo en sus ojos, brillantes y profundos. Algo dentro suyo se estremeció, percibiendo un clima muy particular dentro de aquella casa, aunque no llegó a demostrar nada. Se sentó en el banquito, con las piernas juntas y ambas manos sobre las rodillas. Don Julián terminó de recoger sus cosas, saludó con la cabeza, muy sonriente, y se alejó, sumergiéndose en el frío del amanecer. Nélida volvió a contemplarla, mientras le extendía el mate en silencio. Adriana asió la calabaza y comenzó a sorber de la bombilla, sin dejar de mirarla. Nadie podía negar que a lo largo de aquellos meses, habían aprendido a quererse mucho. Quizá, más de lo que pudiesen admitir.

Don Julián ensilló, montó en la yegua y taloneó los estribos, avanzando al paso largo hacia el campito. Una delgada brisa le cortaba la cara, pero al menos el sombrero le protegía las orejas, algo que lo privaba de contraer sabañones. Primero decidió revisar los alambrados; aparentaban estar bien, aunque aquellos alambres del recodo parecían estar poco tensos. Cualquier arremetida de las vacas contra él, y ya tendría un buen problema con sus superiores, al tener que faenar el desprevenido ganado que aplastase la primera formación que llegase hasta allí.

Dio unas vueltas por el lugar, sin mucho entusiasmo, y ya estaba por volverse cuando divisó una veloz silueta avanzando entre el pajonal, paralelo a la vía, rumbo a la estación.

-¡Eeeh! ¿Quién va por ahí? -, gritó, parándose sobre los estribos.

La figura se detuvo lentamente, y una extraña cabeza se movió en su dirección, a la manera de un misterioso extraterrestre. Sólo cuando la figura lo saludó con un brazo en alto, advirtió que aquello era una cabeza humana, aunque ataviada por un extraño casco oblongo. Se acercó hasta el alambrado, y se encontró con el recién llegado, montado en una bicicleta.

-¿Qué anda buscando? -, preguntó el Jefe, experimentando una extraña perturbación; como si le hablase a un fantasma que no perteneciese a su mismo espacio y tiempo. Alguien procedente de un pasado remoto, o quizás de un futuro apocalípticamente cercano.

-¡Buen día! Disculpe, buen hombre: quiero llegar hasta Saturno. ¿Podría informarme cómo tengo que hacer?

-Siga derecho por el costado de la vía. Cuando vea un cartel que diga "La Criolla", va a andar cerca; es la fabrica que industrializa la leche de los tambos que existen por esta zona. No se puede perder.

-¡Muchas gracias! -, saludó el ciclista, con la misma mano en alto, y se perdió entre los pajonales.

A medida que se alejaba, Don Julián dejó de experimentar ese misterioso escalofrío que percibiera segundos antes. Aunque le resultó inexplicable, la sensación lo inquietó durante días, quizá por la manera en que la asoció con los eventos posteriores...

La lechera se dejó atrapar con mansedumbre, conocedora de su destino. El ternero la siguió berreando, mientras Don Julián regresaba con la correa del brocado de la vaca en la mano hacia el improvisado establo de la casa, silbando bajito.

Al acercarse, divisó las luces de la casa encendidas. “Se habrán olvidado de apagarlas antes de acostarse”, supuso con certeza. Pero decidió cumplir con su tarea antes de regresar junto a su cálida cocina económica y el mate lavado que no tardaría en ensillar.

Desmontó, ató a la vaca contra el poste, y desensilló la yegua, mientras el ternero se enfrascaba en chupar de la teta. Al rato, él lo apartó, lo ató a un costado, y acercó el banquito con el balde, para ponerse a succionar con los dedos esas frías y colmadas ubres, por las que el ternero no cesaba de clamar. Una vez completado el ordeñe, Don Julián se apartó, retiró el banquito, soltó al sediento ternero -quien volvió a lanzarse en vano sobre la teta-, y regresó a la casa.

Al abrir la puerta, silencioso como era para no despertarlas, no advirtió nada fuera de lugar, salvo las luces encendidas. Se encogió de hombros al contemplar la lamparita y depositó el balde sobre la mesada. Entonces oyó el primer gemido.

Volvió la cabeza y observó la puerta de su habitación; cerrada, como cada mañana.

“Hablará en sueños”, pensó. Tomó el cucharón, retiró la nata de la superficie de la leche, y la volcó sobre el tazón. El sonido de la nata cayendo se confundió con el murmullo del segundo gemido.

No puede ser”, se preocupó él, como si volviese a encontrarse con aquel espectro disfrazado de ciclista. Había algo que le disgustaba en la escena, aunque no podía descifrar qué. Un escalofrío le recorrió los muslos y los antebrazos, sin que pudiera explicárselo.

El tercer gemido llegó acompañado por una frase entrecortada:

-¡Ay, sí……chita……mor! ¡Así, así!

¿Nelly?”, se alarmó. Aquellos no eran los murmullos proferidos por una persona dormida, sino por una muy despierta……y excitada. Un feroz impulso que nació en el mismo centro de sus tripas lo llevó a lanzarse contra la puerta, sin desear creer que aquello estuviese ocurriendo realmente. Herido de muerte en su propio orgullo ante lo que sus propios temores fantaseaban.

Abrió de golpe, sin preguntar. La realidad siempre es más aterradora que cualquier fantasía. Y Don Julián lo experimentó en carne viva.

Ambas mujeres se hallaban desnudas, enredadas en las cobijas de su propia cama, enlazadas en un curioso abrazo que depositaba la boca de una sobre los labios vaginales de la otra, succionados mutua y activamente hasta que él entrara por aquella puerta, interrumpiendo el placer. Ambas cabezas lo contemplaron horrorizadas, Nelly con una intensa expresión de culpabilidad y demorada insatisfacción –soportado quizá durante años-, por entre el cabello despeinado.

Y a él, simultáneamente, lo asaltaron dos recuerdos. Uno fue aquella rima caribeña que se le impusiera desde hacía varios días: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”. El otro fue una frase escuchada de boca de Trapanni, el antiguo Jefe del Ramal General Belgrano ex Midland, en su media lengua italiano-castellana, a comienzos de su carrera:

-Ramírez: nunca descuide su puesto.…