sábado, 28 de marzo de 2026

Oráculos


 Oráculos

Sergio Borao Llop


Me leyeron las líneas de la mano en La Plata. Los posos del café en Villa Mercedes. Una mujer sumamente vieja y delgada, cuyos ojos refulgían como diminutos diamantes de fuego, me echó las cartas en un oscuro tugurio de Buenos Aires.

Todas las predicciones auguraban lo mismo: Debía ir a ese lugar. Tal coincidencia me alarmaba. Las razones nunca estaban claras. Unos decían una cosa, otros, la contraria; los más, esgrimían la consabida excusa de que la adivinación no es una ciencia exacta y de ese modo eludían dar mayores explicaciones.

Les cuento lo más curioso: yo nunca creí en esas patrañas. Fue una amiga quien me persuadió. ¿Qué mal podía hacerme? -preguntó, con esa convicción inocente de la que sólo ellas son capaces. Así pues, lo hice únicamente por complacerla (y de paso, me dije, tal vez ella, alguna de estas noches...)

Si la primera adivina (su cuchitril era un arquetipo de consulta esotérica engañabobos, con gigantescas cartas de tarot en las paredes, a modo de cuadros, y una bola de cristal sobre un tapete de terciopelo negro, colocado encima de la mesa hexagonal que ocupaba el centro de la sala, sobre la cual había una lámpara de gran potencia. El resto del cuarto estaba a media luz, para realzar el misterio, supuse) no hubiese mencionado el nombre, la cosa hubiese terminado ahí. Un juego inocuo, una frivolidad más entre tantas otras. Pero lo hizo. Y luego me miró, leyendo en mis ojos una intranquilidad que le animó a seguir por ese camino. Cuando salimos (mi amiga me acompañaba), mis comentarios acerca de esos lugares de adivinos y mi risa forzada provocaron su curiosidad. Algo había sucedido allá adentro y ella era consciente. Le conté lo ocurrido (realmente no todo, sólo lo necesario. Tampoco es cuestión de airear chismes de otro tiempo) y dije que sólo se trataba de una casualidad, pero no quedó convencida. Propuso visitar otro sitio. Ella se ocuparía. Conocía gente. Yo aparentaba estar tranquilo, pero algo había permanecido dando vueltas en mi interior. Así que, entre risas, y sólo por contentarla, volví a aceptar.

La segunda vez fue en Morón. A Rebeca (mi amiga) le hablaron de un hombre anciano, recluido en una casa a las afueras y cuyo contacto con el resto de los vecinos era muy escaso. Se dedicaba a algo llamado libanomancia, un rito mediante el cual se puede adivinar a través de la observación del humo. Jugar con fuego no me atraía en absoluto, pero ya había dado mi consentimiento previo, así que no fue posible echarse atrás. Fuimos hasta allí, vimos cómo el viejo juntaba un montón de ramas secas y las encendía, sentándose luego junto a la hoguera e invitándonos a imitarle. Mientras aguardábamos, él contemplaba el humo, muy atento. Quizá para hacernos más llevadera la espera, nos estuvo hablando de su especialidad (también llamada capnomancia o ignispecia) y de los múltiples éxitos cosechados en más de cuarenta años de práctica. En un momento dado, enmudeció, me miró con una expresión severa y nombró el sitio. Después nos rogó que nos marchásemos. Dejé unos billetes sobre la mesa de la cocina y salimos a la brisa del atardecer. Mi amiga callaba. Dos veces no podía ser una mera coincidencia.

Pero si por un momento pensé que la cosa iba a terminar ahí, no conocía bien a Rebeca. Unos días más tarde se presentó en mi casa, me obligó a vestirme con prisa, nos metimos en el auto y condujo hasta Quilmes. Allí nos recibió Madame Cheirét (o Chouriet, o algo similar). Su técnica era la fisiognomía. Esta especialidad consiste, según me fue explicando Rebeca durante el viaje, en el estudio de las cabezas y las caras. La mujer, ciertamente amable, me ofreció asiento en una silla antigua. Después, se colocó frente a mí, en un sillón situado sobre una especie de pequeña tarima, y se puso a mirarme con insistencia y atención. De cuando en cuando, se levantaba y pasaba sus manos por mi cabeza o mi rostro, como para comprobar la veracidad del testimonio ocular. Me sentía terriblemente incómodo, pero Rebeca estaba radiante. Aguanté casi una hora entera. Después, escuché la palabra que no deseaba (pero temía) oír, pagué, nos despedimos. Regresamos a la ciudad.

“En Rosario hay un tipo que se dedica a la grafomancia”, dijo Rebeca por teléfono dos días más tarde. “Mañana vamos”, contesté. Mientras yo trataba de fijar una cita para esa misma tarde (cine, cena y unas copas cómplices), ella me explicaba con detalle la “ciencia” en cuestión: Se trataba, según entendí, del estudio de la escritura. Tamaño, forma, inclinación, todo eso. No hubo más discusión. No oyó (u simuló no haber oído) mis razones, casi súplicas, para vernos esa misma noche.

Al día siguiente viajamos hasta Rosario. En tren. No me apetecía conducir tantas horas y, de paso, tenía la esperanza de quedarnos allí a pasar la noche y, ¡quién sabe!

El Doctor Morales –tal era el nombre del grafomante- vestía una bata blanca cuando nos abrió la puerta de su estudio, un lugar atiborrado de objetos de diversa índole, muchos de los cuales desentonaban entre sí, dándole al lugar el aspecto de un trastero, un almacén de antigüedades o la vivienda de un demente. De entrada, me incliné por esta última posibilidad. El tipo nos condujo, a través de aves disecadas, aparatos de radio estropeados y muebles con irreparables desperfectos, hasta su despacho, no muy diferente, en realidad, de lo que habíamos dejado atrás, salvo por la luz, más nítida.

Me sentó a una mesa –previo desalojo del montón de objetos amontonados sin orden sobre ella- y me conminó a escribir. “Cualquier cosa”, dijo. “Da lo mismo si es una idea, unos versos de Dante o una colección de chistes sobre gallegos. Usted escriba. Para ponérselo más fácil, esperaremos aquí al lado. Cuatro o cinco folios bastarán. Lo dejo a su elección”. Después de proveerme de unas cuantas hojas de papel en blanco, lapiceros y una botella de agua, el doctor desapareció con Rebeca por una puerta diferente a la utilizada para entrar. Sospeché que conducía a la casa, a sus habitaciones. Sentí una cruel punzada de celos, cuyo aguijonazo aplaqué escribiendo casi furiosamente.

No me seducía la idea de dejar allí constancia de mis ideas, así que recurrí a los clásicos. Recordaba pasajes del Decamerón, del Quijote, de La Ilíada. También el cuento Ante la Ley, de Kafka. La rememoración de esos textos, leídos tantas veces en la soledad de mi cuarto, me sirvió para olvidar dónde estaba y qué estaba haciendo –y, sobre todo, el temor infundado de que, en ese mismo momento, el supuesto doctor y mi adorable Rebeca estuvieran demasiado juntos-. En el cuarto folio redacté dos sonetos de Borges y el quinto lo usé para reproducir El espejo que huye, relato de Giovanni Papini. Sin omitir una coma. Lo conocía de memoria.

Tardaron más de hora y media en regresar. Para entonces ya había usado otros tres folios, dejando en ellos fragmentos dispersos de Lugones, Poe, Chéjov y Pablo Neruda, el poeta con mayúsculas, como le llamaba cariñosamente uno de mis alumnos. Morales tomó asiento frente a mí y se abismó en la lectura de mis garabatos. Mi amiga se colocó justo detrás de él, leyendo por encima de su hombro. Yo la miraba con amargura y también un poco de ira, pero ella no me prestaba atención, concentrada como estaba en la contemplación de los folios escritos. Deseé estar lejos. Aunque fuera en ese lugar al que todas las señales parecían ligar mi futuro. El “doctor” tomaba notas, subrayaba algunas palabras, hacía círculos rojos alrededor de párrafos enteros. Yo esperaba el veredicto sin interés. La voz de Morales pronunció el nombre como una sentencia. Al oírlo, el rostro de Rebeca resplandeció, o eso creí ver. Fue solo un chispazo, pero esa sonrisa borró de un plumazo mi malhumor. Caminamos charlando hasta un hotel. El conserje nos recibió con suma amabilidad. Hubo suerte (sin duda apoyada por el billete que deslicé con disimulo sobre el mostrador de recepción): Había, en efecto, dos habitaciones contiguas con puerta de comunicación interior.

En la cena me mostré encantador, conseguí que Rebeca tomase un par de copas de champán tras el postre, le prometí un nuevo viaje para la semana próxima: iríamos a ver al siguiente de su lista (a esa altura ya había confeccionado una vasta nómina de “especialistas” en asuntos esotéricos), pero la puerta de comunicación permaneció cerrada toda la noche. No dormí bien. En la madrugada, creí oír un ruido. Fui hasta la puerta con la esperanza de que ella, por fin… Traté de girar el pomo con precaución, mas no se movió ni un milímetro. Decepcionado y triste, volví a la cama y caí en un sueño entrecortado, repleto de imágenes tenebrosas. En medio de dos pesadillas, me juré terminar con todo aquello de inmediato.

En el desayuno, Rebeca me anunció que debía permanecer en la ciudad un par de días, trámites burocráticos para su madre, quien no andaba bien de salud. El viaje de vuelta fue una tortura. Me encerré en casa y juré no volver a salir en mi vida. Leí furiosamente, escuché música a un volumen que mis vecinos seguramente juzgaron excesivo, jugué al ajedrez contra un rival imaginario, ordené toda mi colección de sellos antiguos. No habían pasado tres días cuando Rebeca se presentó en mi puerta, se declaró asustada ante mi aspecto, me obligó a tomar una ducha, afeitarme, vestirme “decentemente” y acompañarla a un sitio. “Es una sorpresa” dijo. Esa energía suya siempre me desarma, así que obedecí. Sin la menor objeción.

Todos padecemos adicciones. Sean graves o insignificantes, nos acompañan a lo largo de nuestra vida y, a veces, ni las percibimos. Puede ser el alcohol, las drogas, el sexo, el ego –la más común y menos diagnosticada-, el chocolate o las bebidas dulces. En esa ocasión, mientras íbamos hacia Trelew, para visitar a un experto en ornitomancia (observación de las aves), descubrí que la adicción de Rebeca eran los gabinetes esotéricos. Y me arrastraba tras ella como a un perrito, con la excusa de hacerme un favor: era yo quien necesitaba “consejo espiritual”. El asunto resultaba muy extraño –no voy a negar lo evidente-, y mi curiosidad crecía con cada nueva respuesta afirmativa. Pero ¿quién necesita conocer el futuro? Bastante tenemos con soportar el peso del pasado y vivir lo mejor posible el presente.

En Corrientes fue la enomancia (lectura de símbolos en el vino).

En Mendoza la numerología.

En Luján, la sicomancia, que utiliza hojas.

Fueron semanas de viajes, escenas sacadas de películas en blanco y negro, habitaciones contiguas pero siempre separadas y esperanzas renovadas por la mañana, que veía arder cada noche en el fuego glacial de la soledad. La boca de Rebeca era una promesa eternamente pospuesta. Y el dinero empezaba a menguar de forma alarmante.

En Bahía Blanca, botanomancia (como se deduce del nombre, usa las plantas).

Xilomancia (madera) en Paraná.

Aluromancia (adivinación practicada con harina) en Junín.

Se ha dicho que la locura es hacer siempre lo mismo esperando un resultado distinto. Nosotros hacíamos justo lo contrario: Probar diferentes medios y obtener un mismo resultado. Llegó un momento en que ya parecía imposible la existencia de otra respuesta. Si eso hubiera sucedido, si se hubiese producido un cambio, tanto Rebeca como yo nos hubiéramos quedado atónitos y, con seguridad, hubiésemos pedido la repetición de la prueba.

Bibliomancia en Córdoba (El libro utilizado fue La Eneida, de Virgilio. Así solían hacerlo, se nos explicó, los romanos).

En Catamarca, ceromancia (se usa la cera de una vela).

Si al principio nos guiaba la búsqueda de una comprobación, ahora era más bien la esperanza del error: que en una de esas gravosas visitas, alguien pronunciase otro nombre, abriendo así una ventana a otra realidad, un agujerito minúsculo por el cual escapar de esta condena que se cernía, implacable, sobre mí.

Aeromancia (observación de los fenómenos atmosféricos) en Salta.

Tarot en Resistencia.

Al borde de la extenuación y la ruina, Rebeca insinuó una última posibilidad: En un lugar llamado La Serena, en Chile, existía un viejo cuya habilidad consistía en interpretar los signos de la arena. Tras dos horas caminando por la playa, agachándose de cuando en cuando para observar algún dibujo más de cerca, el anciano meneó la cabeza: Su dictamen fue implacable.

Era el último viaje. O más bien el penúltimo. Faltaba uno, naturalmente. Yo ya no tenía ni para gasolina. A la vuelta, vendí el auto y fui a la estación. Saqué dos pasajes para Ingeniero Williams y llamé a Rebeca, pero no obtuve respuesta. Dos días estuve telefoneando sin resultado. Fui a su casa, pero la portera solo me informó, secamente, de su ausencia y no condescendió a dar más explicación. Me miraba con desconfianza. Pensé en contactar con la policía y denunciar su desaparición, pero algo me urgía más: Terminar con eso que me estaba calcinando por dentro. A la mañana siguiente, tomé el tren hacia Ingeniero Williams.

Hice la mayor parte del viaje dormido. O abstraído. Al llegar, bajé del vagón con un sentimiento de derrota en mi ánimo. Como si los fantasmas del pasado me hubiesen obligado a regresar. “¿Y ahora?”, me pregunté. En la estación no parecía haber nadie más, lo cual me contrarió, porque charlar dos minutos con el encargado o un viajero cualquiera, me hubiera servido para serenarme. Para sentir el suelo bajo mis pies.

Me senté en un banco, al sol. Recordé, como había venido haciendo durante esas últimas semanas, las escenas de veinte años atrás. Quise razonar que tal vez este regreso era mi expiación. Sin duda, no estaba preparado para lo que ocurrió a continuación.

De un rincón en penumbra, a mi derecha, a unos diez u once metros, surgió una voz que no pude dejar de reconocer.

- Te estaba esperando.

Pensé que se trataba de un espectro, pero el contorno del hombre de quien provenía el sonido parecía muy sólido. No podía verle el rostro (¿era realmente necesario?). Solo el gabán, el sombrero, los zapatos. Las manos enguantadas.

- Te creía muerto – respondí, con un aplomo que no hubiera supuesto.

- He esperado mucho tiempo –dijo, como si no me hubiera oído.

- Veinte años – susurré.

- Veinte años – repitió él, como un eco acusador.

Podría excusarme alegando que lo ocurrido entonces fue accidental. Que yo no pretendía su ruina ni seducir a su mujer. Y mucho menos hacerle daño a él, a quien consideraba un buen amigo. Simplemente ocurrió así. Sólo defendía mis intereses. Eran las reglas. Pero incluso a mí, tras tanto tiempo, todo eso me sonaba a palabrería sin sentido. Había llegado la hora de la venganza y yo estaba dispuesto a dejarme matar sin una sola queja. Me parecía justo.

Fue entonces cuando percibí el perfume. Miré hacia el rincón. Tras la sombra del hombre, había otra, más pequeña, casi imposible de ver desde la zona soleada donde yo me encontraba. Y lo comprendí todo. Sin decir palabra, fijé la vista en el suelo, ante mí. Otro tren acababa de llegar. Iba en dirección contraria. Nadie bajó. Oí pasos a la derecha. Cuando miré, en el rincón no había nadie. Por un instante, aún tuve la esperanza de haber sufrido una alucinación provocada por el sol. Pero al volver la vista pude ver, como en un destello, un abrigo de mujer desapareciendo en el interior del vagón. La puerta se cerró y el tren echó a rodar sobre las vías. La estación quedó desierta. Pronto, el sol se pondría y la noche austral lo invadiría todo.

jueves, 26 de marzo de 2026

La puerta de los arquetipos

La puerta de los arquetipos (fragmento)


León Peredo


¿Nadie más veía al gato negro que estaba sentado en mitad del vagón lavándose la cara? Una niña que llevaba trenzas sujetas con cintas azules y que jugaba con una muñeca iba sentada justo al lado del felino pero no reparaba en él. Puede que no le gustasen los gatos. O es que el gato no pertenecía a este mundo sino a otro de los mundos posibles. La cartografía es un fraude. La realidad no es solo lo que acontece ante tus ojos sino, y principalmente, aquello que tus ojos no pueden percibir.

Un trueno grave hizo temblar las ventanillas del vagón, varias personas sacaron sus cabezas de sus caparazones y miraron en torno como buscando recibir un comentario. Un hombre mayor dijo algo como qué lo parió che, enunciado que fue apoyado por varias inclinaciones de mentón. Yo mismo cerré involuntariamente Matadero 5 exaltado por el ruido del trueno. Y el gato inmutable. Como si el trueno no hubiera caído para él o como si supiera que el trueno caería exactamente en ese momento. Siguió lamiendo su pata y humedeciendo su ojo. Incontables veces. Qué tormentita eh. Dijo. Julia dormía allá a tres metros de mí. El gato negro continuó lamiéndose las patas. No Ismael? Estás hablando conmigo? Hay otro Ismael en este vagón, en este tren, en este mundo posible? Pero sos un gato! Oh, gracias amigo Ismael, sabés? Hasta que vos no me lo dijiste yo hubiera jurado que era un reno.

No me miraba, ni siquiera movía los labios a no ser para lamerse la pata. El gato negro estaba allí en medio del vagón que devoraba el paisaje y nadie se sorprendía de su presencia. Bueno en realidad no resulta inverosímil la presencia de un gato en un vagón de tren pero de todos modos a alguien podría haberle llamado la atención. Y todos iban sentados mirando por la ventanilla la lluvia inclaudicable o desgajando una mandarina o escuchando música en sus teléfonos celulares o durmiendo pero nadie, definitivamente nadie, iba hablando con un gato. Excepto yo. Y bien? Su voz era ronca como la de un borracho aunque sonaba nítida. Sí, contesté, llueve muchísimo realmente, es una terrible tormenta. No, Ismael, no es una terrible tormenta es la tormenta terrible.

Entendés? en los mundos posibles los hombres perciben solo el reflejo de las cosas pero nunca la cosa en sí. El arquetipo nunca es dado a los sentidos ni a la razón humanos. Cuando mirás el sol creés estar viendo el sol pero nada de eso, Ismael, solo ves un sol que muere y nace constantemente, día a día, como una vela, alguien vuelve a encenderlo, pero el sol ideal el primer y único increado sol, ese, nunca lo has visto ni vos ni ninguno de estos pasajeros. Esta tormenta, esta terrible tormenta no es una terrible tormenta, es la terrible tormenta que, por algún descuido del Guardián Arquetípico, está cayendo y cae ahora sobre el mundo, sobre este tren que rueda devorando literalmente el paisaje. Lo comprendés, Ismael? Esta tormenta no debería estar acá porque no pertenece a este mundo. De hecho yo tampoco pertenezco a este mundo posible, no soy un gato, soy el arquetipo de un gato. Como sea. Así sucedieron las cosas.

A mi lado el loco Joe exhalaba olor a basurales y de su boca entreabierta caía una baba insistente. Sería el arquetipo de las babas insistentes? Tenemos que arreglar algunos quilombitos interesantes, Ismael, pero tenemos que hacerlo juntos. Lucharla juntos. Una puerta se abrió, una no, varias, pero la más peligrosa para todos es la puerta de los arquetipos. Si los arquetipos se pierden o andan dando vueltas por la infinidad de mundos posibles se corre el peligro de que. De todo. Se corre el peligro de todo. Voy a saltar sobre tu regazo y acariciarás mi lomo, se abrirán las siete puertas que nos conducirán a las 400 puertas que nos dejarán, al fin, frente a la puerta, la primera puerta, la increada. A él dejalo que duerma el sueño de Bruto. Necesita estar bien descansado, en Puente Alsina deberá rendir algunas cuentas pendientes.

Pero eso, por ahora, no nos incumbe, Ismael. Saltaré sobre tu regazo y vos acariciarás mi lomo. Antes de cerrar el libro que aún permanecía sobre mis piernas repetí quizá textualmente “ha visto usted alguna vez insectos atrapados en ámbar? bien, aquí estamos, señor Pilgrim, atrapados en el ámbar de este momento. No hay ningún porqué”. Y no lo había. Debía haberlo? Guardé el libro, como pude, en la mochila.

martes, 24 de marzo de 2026

El vagón del cineclub

El vagón del cineclub


Mónica Russomanno


Llego al vagón del cineclub, y al atravesar la puerta me recibe la dolorosa melodía de Nusrat Fateh Ali Khan que se extiende, se estrangula, tiembla y dibuja cristales quebrados sobre la sala en sombras.


Las imágenes son confusas e inabarcables, en ese bosque de pesadilla donde dos adolescentes son asesinados. La brutalidad se muestra documentalmente; la vemos desde lejos, la acción está semioculta por los troncos de los árboles. Si la violación de la adolescente nos fuese mostrada en detalle, quizás no nos conmovería de mayor manera que esta situación de testigo real; alcanzamos a ver pero somos impotentes, es el puro horror.


Después, uno de los asesinos; que comprendemos bestial pero reconocemos humano y fruto de un entorno social que no puede producir otra cosa que esta "white trush", basura blanca. Todo su pasado, su familia, el desprecio del gran país por sus desheredados desembocan en ese bosque, esa violación, esos asesinatos.


La monja se espanta, comprende, se vuelve a espantar. Trata de ayudarlo y a la vez se entera de los pormenores, lo mira, aprende a reconocer gestos y fanfarronerías.


Nosotros seguimos su camino y nos espantamos, y comprendemos, y nos volvemos a espantar. Cómo decir a los padres de los chicos que el asesino es un ser humano, cómo ponerse en el lugar de quien ha perdido su hijo, y con él el futuro, las ganas de ver cómo sigue la vida, el deseo o la simple expectativa de felicidad.


Y la pena de muerte que sobrevuela las conciencias, la pena de muerte que nos interroga. No, digo. Y digo sí, admito que digo sí cuando me calzo los vertiginosos zapatos de los padres de las víctimas.


La pena de muerte sobrevuela la película como las melodías de minarete que profiere Nusrat, dulces y apocalípticas.


Hay primeros planos, palabras a media voz, rostros, más que nada rostros. La despedida de la familia es indudable, no saben qué decirse, se aburren, el hermano menor hace sonar sus zapatillas contra el piso encerado.


No pueden sostener la tragedia, deben esperar al último minuto para desencadenar el drama. Mientras tanto, sentados, esperan que el tiempo pase como quien visita a un enfermo y mira el reloj con disimulo.


La congoja es insoportable. Me voy. Sé que en un momento alguien dirá "death man walking", y que esta es la frase que indica que el condenado inicia el camino hacia la inyección letal. Esa horrible frase que ya toma como muerto a un ser que puede escuchar las palabras, que tiene miedo y tiembla. Lo peor no será la muerte sino la calmosa premeditación, la frialdad quirúrgica. No quiero verlo. Me voy.


En la primera fila, Oliver Reed se da vuelta y me grita en inglés "prefiero las comedias". Mientras cierro la puerta siento el chistido puntilloso y unánime de los otros cinco o seis espectadores, las carcajadas sofocadas de Oliver, que no se si sabe que está muerto.

domingo, 22 de marzo de 2026

La reinvención

La reinvención


El hombre camina por su barrio con su mochila de frustraciones antiguas.
Al dar vuelta la esquina reconoce a un compañero de la -ahora lejana- escuela secundaria. No lo ha visto en décadas.

Alejandro esta tirado en el piso debajo de un antiguo camión que parece haber sido fabricado durante la segunda guerra mundial.

"Lo compre por unos pocos pesos". -Explica. "Lo estoy reparando para que sea casa rodante. Voy a recorrer la Argentina con él".

El hombre mira a su amigo con una expresión intraducible. El camión es una ruina con su chasis sostenido por troncos de madera.

El amigo debe haber percibido una mirada escepticismo, o esa piedad que se tiene ante un delirio impracticable.

-"Si no tenés sueños, estas muerto". Dijo con un sentido justificatorio.

Al hombre la frase le pareció un flechazo en el pecho de su propia existencia.

Cambiaron de tema. Que sabían de los compañeros de entonces.

¿Sabes algo de Huber? -Preguntó el hombre-

Con Huber eran un trío inseparable en el primer año del industrial.

-Se fue a trabajar a un pueblo de campo en un centro de investigación. Le cambio la vida. Acá no tenia nada y a los 50 años nadie te da un trabajo estable. Hay que trabajar 12 horas arriba de un remis - completó el hombre el cuadro de situación.
Antes de despedirse el hombre pide las direcciones de correo de Huber, y la de Alejandro el portador de ese sueño de acercar distancias que ha intuido como inalcanzable.

El hombre siguió su camino acunado en angustias. Son años de sentirse fracasado y por más que haga enormes esfuerzos mentales no logra ver la mitad del vaso lleno. Solo gotas. Y se evaporan.

Esa misma noche le escribió a Huber.

Le contó su situación. Una vida horrible. El trabajo un espanto. Ni hablar de la soledad.

Huber le contesto rápido. Leyó su correo en la mañana siguiente.

-"Negrito, que alegría me das, salvo de Alejandro hace años que no se nada de los compañeros de la escuela.

-"Lamento que no estés del lado de los integrados al modelo. Esta sociedad casi no da segundas oportunidades a nuestra edad. He tenido un golpe de suerte después de años de golpear puertas.

Esta noche, cuando vuelva a casa te cuento la historia de como llegue aquí."

El hombre responde: Dale, contame. Quiero saber una buena entre tantas calamidades que escucho en el día.

Al amanecer, cuando el calor insoportable apenas ha aflojado durante la noche, el hombre lee la carta Huber. Es una historia larga y no parece sencilla.

Había tenido un año peor que malo. Le extirparon un testículo, cuando salió de esa se quebró una pierna.

Su hija lo dibujaba: "Es papá en su burbuja" y lo representaba: La angustia lo aislaba cada vez más. Imposible ver futuro. El futuro era el día siguiente o la semana a lo sumo.

Un día recibió un llamado de un primo que vive en el campo, justo en el límite de los partidos de Yrigoyen y Bolívar.

"Se viene el ferrocarril de nuevo y va a haber trabajo en cada pueblo. Hasta posibilidad de radicar industrias y empleados"

Huber hizo un bolsito y se fue a ver a su primo. Fue por un par de días y volvió a la semana con otra cara.

Ese título que le dieron a leer era más que prometedor: "La reinvención del ferrocarril. Un proyecto comunitario de articulación social"

El tren volvía, pero cada pueblo debía formular proyectos que se respalden en el tren y den sustentabilidad a largo plazo.

Ahí tomo contacto con la gente de Herrera Vegas, 150 habitantes que tuvieron el criterio de no aceptar cualquier cosa.

Tomaron el asunto del proyecto para refundar su pueblo con el ferrocarril en serio. Armaron un concurso de ideas internacional y lograron el respaldo de la UNESCO.

En asambleas descartaron alternativas: ni planes de vivienda sin trabajo para quien llegue a vivir, ni la instalación de una cárcel -el Estado vive buscando lugares para ampliar su capacidad de encerrar en celdas-.

Tampoco industrias que contaminen más aún el agua.

Fue unánime. El proyecto ganador fue la radicación de un centro de investigación avanzada, al que se bautizo como "Alfonso Luis Herrera" en homenaje a un destacado científico mexicano. Un segundo proyecto también fue aprobado: un polo de microempresas que fabriquen alimentos.

Huber consiguió empleo en el centro de investigación como administrativo, a la espera de que lo asignen a un proyecto de investigación específico. Se levantaba bien temprano, caminaba hasta la estación Libertad y se subía al tren hasta Herrera Vegas. Trabajaba 8 horas y tenia casi 6 de viaje entre ida y vuelta.

Cuando lo designaron como empleado contable en el proyecto NOGXA. Huber se animo a llevar a su familia a vivir a Herrera Vegas. "Ahora los chicos pueden jugar en la calle" (....) "dejas la bicicleta o la motito o lo que sea en la puerta de calle y nadie toca nada". (....) "No se si es el paraíso pero se le parece bastante..."

Así como el proceso que lo llevo a conseguir trabajo estable e irse a vivir a ese pequeño pueblo revoluciono su existencia. Huber habla maravillas del proyecto donde trabaja. Aunque el no entiende demasiado de lo que hace ese equipo de científicos, sostiene que el fin es noble, que van a terminar de dar vuelta el modo de pensar la relación entre mente y cuerpo.

"Negrito, no se lo digas a nadie pero esta gente esta experimentando con una máquina que puede grabar todo lo que la mente de un sujeto almacena durante su vida. (....) todo, absolutamente todo: imágenes, frases propias y de la gente querida. Lo políticamente correcto y lo traumático fijado en la memoria. (...) Además y esto es lo mas decisivo: puede registrar el efecto de emociones y recuerdos pasados sobre el cuerpo en el aquí y ahora..."

Una vez hablo fuera del horario laboral con el director de NOGXA.

Huber se despreocupo por hablar un lenguaje de códigos y conceptos. Simplemente pregunto: Che, Javi, ¿Cómo se te ocurrió todo esto?

Gracias a Carl Kolchak, por el capítulo del hombre obligado a dormir en un laboratorio. Ese hombre que en sus sueños materializa al hombre musgo, el "Peremalfait", un cuco mítico de su infancia que mata a quienes quieran despertar a su creador.

Era un niño y ese capítulo me impresiono y dejo su huella en el tiempo. Desde ahí, para decirlo mal y breve me obstine por hacer visible, materializar de alguna forma los recuerdos y la actividad cerebral del ser humano.

¿Viste, negrito? Que asombrosas suelen ser las cosas...

-Te felicito hermano, le contestó el hombre. Era hora que te tocara un trabajo decente.

(...) No lo voy a pensar ni un día más. Voy a visitarte a Herrera Vegas. Buscare un trabajo. No importa en que oficio. Sino estar allí y vivir en un pueblo que se recrea. Que brinda la ilusión de reinventar la vida de quien pise su suelo.

Allá va el hombre a sacar su pasaje para viajar desde Merlo Gómez, la estación más cercana a su casa. En el camino ve un cartel de publicidad que dice: "Es hora de ser quién queres ser"

No es mala idea, -piensa el hombre-, quizás fuese tarde para ser el que hubiera querido ser a los 25 años. Pero el intento bien va a valer para demostrarse a si mismo que no esta derrotado.

jueves, 19 de marzo de 2026

La fuerza del destino

La fuerza del destino


Noche cerrada. Una hermosa luna llena cubre con su brillo indiferente la totalidad de la pampa. El intenso frío congela la escena en la retina del posible testigo ocular, quien temblaría sin remedio ante la presencia de este viento implacable.

Sólo que no hay un alma por estos parajes, junto al cruce ferroviario y la Cruz de San Andrés, que testifique respecto de lo que está a punto de ocurrir.

Allá en el horizonte surge un par de faros, acercándose solitarios y morosos, brillando tenues sobre los pulidos rieles del tendido vial. El apagado rumor del motor de la estanciera se deja oír hasta que el vehículo se detiene, a escasos centímetros de los erosionados durmientes de quebracho. Dentro, un hombre mayor se recuesta contra la butaca, cansado de conducir, quizá hasta fatigado de su propia existencia. Enciende un cigarrillo con extrema cautela, más por agotamiento que con prudencia. La llama del encendedor ilumina durante un segundo aquel semblante duro, de líneas firmes, aunque dueño de una expresión funesta. Apenas baja un poco la ventanilla al exhalar el humo, mirando hacia el frente, sin fijar la vista en nada concreto. Fuma con movimientos ausentes y pausados.

Y espera.

Sus ojos se pierden entre los recuerdos de las horas pasadas. Los momentos vividos durante aquella noche lo confunden. ¿Cómo puede ser que haya ocurrido algo así? Si hasta esta misma tarde había estado mateando con ella… La imagen de Norma, imperecedera en su cotidianeidad, irrumpe dolorosa por encima del volante. Y el tiempo parece retroceder.

¿Cómo empezó? Algo lo confunde. Sólo sabe que le entregó el amargo, ya medio lavado y se llevó una torta frita a la boca cuando ella le comentó algo y lo alteró. Fue algo acerca de… ¿Qué había sido? Una estupidez, de seguro; nada importante. 

Norma no es de hacer comentarios trascendentes. Si por eso le gustó tanto cuando la conoció, y esa misma cualidad fue la que lo decidió para casarse, “allá lejos y hace tiempo”, como rezaba G. E. Hudson en aquel clásico literario de otras épocas. Esa virtud de saber callar a tiempo, Norma la traía de la cuna; o la había desarrollado a su lado, quién sabe. Sólo que esta noche, por única vez, había hablado de más…

Trata de recordar el diálogo mantenido, mientras exhala el humo y arroja la colilla por la ventana, pero es inútil. Las palabras se han alejado, huyendo hacia el olvido, ocultándose detrás del muro… Mierda, otra vez aparece esa maldita imagen, y esta noche más intensa que nunca. Un muro que separa dos propiedades, que mantiene alejados a sus propietarios. Una barrera imposible de cruzar, salvo en determinadas ocasiones, cuando la furia lo enceguece, el mundo se oculta bajo una densa cortina roja, y entonces…

¡No! ¿En qué está pensando? No pasa nada. Está todo tranquilo. Y si algo raro pudiera salirse de cauce lo resolverá enseguida. No hay nada que temer. Mira distraído su reloj. Ya no falta mucho. Enciende otro cigarrillo. Tiene que estar calmo. Lo hecho, hecho está. Nada de locuras.

Pero los recuerdos regresan, muy a su pesar. Norma cebaba mate, aunque estuviese lavado, y le comentaba… Acerca de una vecina… ¿O era sobre el marido? Se habían mudado hacía poco, ¿no? Muy lentamente, como en sueños, las palabras y las imágenes regresan. Una pareja de mediana edad, sin hijos, que alquilaban una casita en las afueras. Y Norma había hablado con la mujer, varias veces. Le había contado que venían de Buenos Aires, de haber tenido una mejor posición, de sostener un pasado intelectual, y que luego de la crisis se habían conformado con lo poco que pudieron encontrar. Pero lo que más le llamó la atención a Norma fue cuando le confesó, ya entradas en confianza, acerca de la huida…

Le tiembla la mano que sostiene el cigarrillo, y no precisamente a causa del chiflete helado que se filtra desde afuera. Él había juramentado no hablar al respecto, ni siquiera pensarlo; que nadie supiese lo que hacía durante sus horas extras en el trabajo, algunos años atrás. Y sin embargo, el pasado vuelve, infatigable, una y otra vez.

Huyeron escapando de sus perseguidores, le informó Norma, de hombres dadores de odio que los buscaban desde hacía tiempo con la única sed que conocían: sed de sangre y de venganza. Una búsqueda mortal, que los obligaba a usar identidades diferentes cada vez que se instalaban en un pueblo, intentando en vano despistarlos. Pero, tarde o temprano, los sabuesos siempre llegaban. Y la cacería se reiniciaba sin cesar…

¿Qué había pasado con Norma? ¿Por qué le había hablado de cosas que no entendía, cuando ella siempre guardaba silencio, no preguntaba nada, nunca se salía de su rol? ¿Por qué, después de tantos años, había insistido con algo que a él lo había irritado casi de inmediato, sobre todo al conocer los nombres de los nuevos vecinos, esos que se habían desvanecido de la noche a la mañana un par de semanas atrás? ¿Por qué lo había hecho enojar de esa manera?

No sabe cómo comenzó. Sólo recuerda que tenía el mate en la mano, y un instante después la calabacita volaba por encima de la mesa hacia las hornallas. Que Norma le dijo algo, entre indignada y asustada. Y que él, sin poder evitarlo, se había puesto de pie. ¿Él? ¿O había sido otro? Muy de vez en cuando sentía que no era él quien actuaba, sino otro, un personaje ajeno y siniestro que aparecía muy a su pesar, sobre todo durante las tareas realizadas en esas malditas horas extras. Y que aunque este otro personaje fuera tan distinto a él en su accionar, a la vez se le parecía demasiado…

Aunque la furia lo encandilaba, irritándolo ante su aparición, pudo notar que Norma abría los ojos con sumo pavor, incapaz de creer que aquél excedido que tenía delante y la insultaba sin piedad fuera Marcelino, su marido. El mismo Coronel Marcelino Freire, militar retirado, para más datos, con quien convivía desde hacía tantos años. Un hombre de carrera, recto, virtuoso, y por sobre todo, en extremo honorable. Alguien que jamás renunciaría a dejar de pensar como pensaba. Que sostendría sus convicciones hasta la muerte. Pasara lo que pasase.

¿Por qué Norma no se quedó callada, como siempre? ¿Por qué le removió tantos recuerdos, retrotrayéndolo varias semanas atrás, cuando sus antiguos colegas le pidieron que colaborase localmente en una acción tardía, para “despuntar el vicio”? Justamente él, que había sido comandante de Grupos de Tareas, y sabía hacerse cargo de las “horas extras” de manera tan eficaz…

El Coronel y el otro, Marcelino y el otro… ¿Quién era ese otro? ¿Tendría identidad…, un alias acaso? ¿O sería siempre el mismo, desquiciado y desbocado? El otro, ese salvaje… cuyo puño cayó sobre Norma, cerrándole esos ojos desmesurados, rompiéndole la nariz, abriéndole un surco de sangre en la boca… El otro…

Marcelino sería incapaz de cometer semejante atrocidad…, ¿o no?

El puño cayó una y otra vez, y otra, y una vez más sobre la mujer, causando chillidos y hematomas, súplicas y heridas, intentando borrar a los golpes los comentarios desafortunados, esa irrupción de chusmerío y curiosidad. Y a la vez negando la misma aparición del otro, negando los hechos ocurridos, negando la desaparición de los intelectuales porteños recién llegados al pueblo, los eternos perseguidos por los sabuesos. No; él no era un sabueso. Y su mujer no tenía por qué recordárselo mientras tomaban mate, muy tranquilos en su casa.

Para cuando la furia consiguió extinguirse y le permitió ver, jadeaba inclinado sobre el cuerpo exánime de Norma, los brazos agarrotados y en posición de ataque, dispuestos a golpear por enésima vez. Pero su mujer ya no se movería más, amoratada contra las baldosas de la cocina. ¡Norma! ¿Qué carajo pasó? ¡Norma, por Dios, contéstame!!!

A pesar del dolor, del pueril y tardío arrepentimiento, del cruel impacto de la acción consumada, un hombre de honor y de carrera como él sabría muy bien qué hacer, aunque no fuese una metodología muy pulcra que digamos, aunque sus afectos se interpusiesen, y aunque tuviese que cubrir las huellas de un desconocido criminal.
Suspira muy hondo al distinguir el potente farol del expreso de medianoche, acercándose por el horizonte. Abre la puerta de la cabina, sale de la estanciera al frío nocturno, y camina hacia el portón rebatible de la caja. Extrae lentamente el cuerpo envuelto en una manta oscura y lo carga en brazos, con notable esfuerzo, hasta depositarlo sobre la vía, cerca de la Cruz de San Andrés. El silbato del tren anuncia su llegada. Sus filosas ruedas de metal extinguirán su peor equivocación. Y la impredecible irrupción de furia quedará sepultada… ¿para siempre?

El Coronel Marcelino Freire, se aparta unos metros de los rieles, sin desviar la mirada de aquel cuerpo inmóvil, con ambas manos en los bolsillos del camperón gris, aguardando que la fuerza del destino cumpla con lo que le corresponde, echando un piadoso bálsamo sobre su alma torturada…

martes, 17 de marzo de 2026

Estación San Sebastián


Estación San Sebastián

Jorge Lacuadra 


(Sobre la memoria, que reivindica los momentos en la distancia,

y sobre la posibilidad recurrente de una inversión en el tiempo)


Del pueblo solo queda un caserío exiguo, calles de fresco lodazal que acceden hasta la estación. He dejado el auto en una calle lateral, de esas que miran hacia un infinito sin árboles donde solo residen el horizonte y las nubes. Me reciben los perros, los guardianes incondicionales, como en todo lugar donde los edificios son bajos y se unen con los componentes básicos de la tierra. El único elemento del otro lado del endeble alambrado es la estación misma, San Sebastián. Yo tenía la curiosidad y toda la intención de acercarme al viejo andén y tomar algunas fotos. La fachada de chapa se conserva muy bien y me sorprende que esté habitada, una familia del lugar se ha afincado aquí a cambio de conservar lo edilicio y mantener a raya la naturaleza. Algunas gallinas, un par de cabras y tres perros componen la fauna doméstica. Un poco más alejado un pequeño edificio sanitario y leña, mucha leña y en una pared colgada una sierra de mano y unas sogas viejas, que dan cuenta de la obtención del combustible primario.

Parado en ese andén, hoy, quince de septiembre de 2014 al mediodía, observo, hacia Carhué la nada misma, no hay ni vías, solo pasto seco y el tendido de los viejos postes de un telégrafo prehistórico. La vía principal no existe, es la orientación típica de estas estaciones y mi brújula interna la que me indica la dirección de los perdidos puntos cardinales. Hacia Puente Alsina, unos galpones grandes de chapa gris, bien conservados, depósitos de vialidad quizás, y otros dos más chicos, un poco más alejadas también un par de viviendas de los empleados del Midland, estas si, aunque de piedra, ya hace mucho tiempo abandonadas, el moho verdinegro toma por asalto las viejas paredes. Al fondo antes de desaparecer de la vista, el tanque de agua, como un vagón alzado en el aire por una mano invisible hacia el cielo gris y más alejado aún la silueta de un pájaro delgado y extraño, el caño hidrante que hoy solo convoca al camión de la municipalidad.

Miro hacia la estación, que ya ni el nombre conserva, le han quitado las tablas o paneles donde estaba la denominación y observo que no hay nada que se parezca a una boletería, quizás estaba en alguna estancia o división interna. La estación cerró en septiembre de 1977, un día once de ese hermoso mes recorrió el tren de pasajeros estas poblaciones por última vez. Un día de septiembre cincuenta estaciones como esta, cuyos nombre de poco van muriendo, pasaron administrativamente al olvido, y Carhué, la orgullosa Carhué, punta de riel de un pasado turístico y esplendoroso, quedó a la deriva, un barco despojado, una ciudad que hacia el sur solo mostraría paramos desolados, cubiertos por la sal del desbordado Lago Epecuén. Nunca más oiría el trepidar de la maquinaria pesada de un tren, nunca más el vibrar de los durmientes de quebracho y el baile minúsculo de sus temblorosos clavos de hierro.

Pido permiso al actual habitante, padre de familia y este me permite el paso al interior de la estación, cruzo un umbral hollado por miles de pies antes que los míos. Observo la carencia de algún reloj como es común o lo dicta la memoria de otras estaciones entrevistas. Si hay, en un rincón de polvo y hojas secas, una balanza para pesaje de encomiendas, no de plataforma, sino de esas otras con pesos deslizables, ni tan vieja ni tan nueva. Un banco contra la pared solitaria y enfrente una ventanilla de boletería con enrejado marrón, semejante a un pequeño confesionario surgido entre las sombras. Olor a madera, a capas de pintura gris, a sellos postales, a monedas antiguas de bronce. Sobre el antepecho de la ventanilla, me aguarda un pequeño boleto amarillento con número de serie 18362, lo tomo entre mis dedos, dice en letras pequeñísimas: Servicio coche Motor - Ferrocarril Midland y en destacadas pone San Sebastián a Puente Alsina, clase única y el suculento precio de $ 0.40 de moneda nacional. Sonrío solo para mí y el corazón se me encabrita de pura nostalgia.

Aseguro la correa de mi cámara, la Kodak Instamatic es una fiel compañera de caminos y de rieles. Me doy vuelta para hacerle una pregunta al dueño de casa y descubro que he estado solo, ignoro cuanto tiempo ha pasado. El aire que ha ingresado por la puerta ha barrido el polvo y las hojas y el banco luce como si le hubieran aplicado una nueva capa de pintura marrón. Levanto la vista y localizo casi en las sombras un reloj que se me había pasado por alto, y también escucho su metálico corazón en movimiento. Salgo nuevamente o recuerdo haber salido una vez más, a la plataforma. Gente del pueblo se ha reunido en el andén, han llegado hasta el alambrado delimitador en Falcon Futura, en renoletas, en Rambler, en Renault 12, en cupés Chevys o Peugeot 504. Tomo algunas fotos de todos ellos y cambio el rollo, en el aire se siente algo así como una expectativa, un aire de ceremonia o despedida. Se acerca ahora, viniendo desde Puente Alsina una formación de coche motor bastante antigua, un gusano amarillo, rojo y azul que trepida ya cercano, lleva en su frente el número 2779, es un coche Ganz, le saco fotos, es un momento único. Me doy cuenta que todavía tengo el boleto entre mis dedos, pero algo ha cambiado, las letras grandes dicen: Puente Alsina a San Sebastián.

Abordamos el tren, a pesar de sus años de servicio las comodidades son más que buenas. Me arrellano en un asiento doble cubierto de cuerina marrón, he visto los del otro vagón, tal vez no pertenecientes a este coche motor, sino un arreglo de último momento y estos bancos eran de madera, como los de las plazas, también marrones. Partimos, y toda la cacofonía metálica del tren se armoniza y adopta una cadencia maravillosa y adormecedora al igual que las conversaciones de los pasajeros, todo se convierte en un murmullo continuo y conocido. Entreveo pasar las estaciones, mal recuerdo ahora algunos nombres: La Rica, Araujo, Dudignac, Corbett, Henderson, Casey, Saturno, son algunas, las demás las devorará el tiempo que es el depredador de la memoria. A las seis y cuarto de la tarde arribamos a Carhué partido de Adolfo Alsina.

Recuerdo Carhué como entre sombras de esa tarde a la salida de la estación. Un movimiento inusual me sorprende en la ciudad turística, innumerables coches circulan por calles prolijas y atiborradas de negocios, cuyos carteles multicolores comienzan a encenderse. Muchos de ellos son hoteles, hospedajes y pensiones: Hotel Azul, Hotel Americano, Hotel Las Familias, Hotel Horizonte, Hotel Plaza, el Hispano Argentino, también casas de regalos y fábricas de alfajores. Casa Bruni y sus electrodomésticos exhibiendo la nueva cocina marca Volcán. Me llama la atención un bellísimo coche estacionado como al descuido, un Pontiac Chieftain color arena que una delicia flamante para gente de buen respaldo económico y por las calles muchos otros: Pontiac BonnevilleFord 1950, el año del Libertador, inverosímiles colectivos de chasis Chevrolet cubiertos de propaganda local, extraños Kaiser ManhattanChevrolet Bell Air, y hasta un exclusivo y aerodinámico sedan Studebaker.

La ciudad es pujante y cosmopolita, está en su apogeo, todo el mundo y sobre todo la sociedad de Buenos Aires se da cita aquí para disfrutar de los baños termales y su acción terapéutica, reconocida en todo el mundo. En la sede de la Sociedad Italiana proyectan “El Seductor”, un estreno, con Luis Sandrini, Elina Colomer y la cubana Blanquita Amaro, que justamente trata de un jefe de una estación pueblerina que se enamora de una bella mujer que viaja en un tren, todo el argumento se presta a equívocos y alegres miradas, los espectadores festejan el lenguaje de gestos del personaje. Más por gastar un par de horas que por las risas, acudo a la función y después ceno unas pastas en la Sociedad. Luego, cansado, con los ojos llenos de imágenes busco un hospedaje modesto y me duermo en un sueño de viajes y pasajeros que se convierten en estatuas de sal.

A las siete y media de la mañana ya estoy en la estación, el tren ha sido invertido de sentido en la mesa giratoria y ahora reanudaremos el viaje. Una multitud de personas despide el tren agitando las manos y algunos pañuelos al abandonar la plataforma de Carhué a las ocho y cinco minutos exactos. Recorremos las estaciones a la inversa, San Fermín, Coronel Freyre, Coraceros, Hortensia, Morea, Ortiz de Rosas, Baudrix, Indacochea, por nombrar las omitidas en el viaje de ida. En cada una un puñado de pobladores nos despide, ellos saben que ya es la última vez que verán el tren de pasajeros, hasta los perros nos acompañan en el lento paso por los gastados andenes. Al pasar por San Sebastián observo el boleto en mis manos y ahora me muestra la información correcta, el destino cierto: leo a la luz del mediodía: San Sebastián a Puente Alsina. Acomodo mi traje de franela gris, el cuello de mi camisa y la delgada corbata negra, me subo el pantalón bien alto y me relajo para el viaje hacia Buenos Aires.

El viaje se hace torpe, traqueteante, las horas, los pensamientos y las estaciones se suceden lentamente, como un libro que se recorre despacio, hoja por hoja, con la yema de los dedos. Converso un momento con el guarda uniformado mientras me pica el boleto y me comenta que la formación es un coche motor Birmingham Gardner y que todos los asientos ahora son de madera, es más, casi toda la estructura de este vagón en que viajamos, por ejemplo, es categóricamente, de madera. Consulto mi Guía Peuser 1948 de Horarios del Ferrocarril Midland y voy apuntando mentalmente las estaciones que quedan atrás: Ingeniero Williams, Plomer, Km 38, Rafael Castillo, José Ingenieros, La Salada, La Noria, Villa Caraza ya ingresando al partido de Lanús. El tiempo está a nuestro favor, hemos hecho el recorrido con ventaja, los pasajeros descubren una algarabía contenida que comienza a explotar con el final del viaje. Son las tres y cuarto de la tarde y la formación llega a Puente Alsina.

Desciendo en la plataforma y me asombra la complejidad de estación mayor, acostumbrado a las humildes paradas de provincia. En vías secundarias veo la locomotora más extraña que rodara por rieles argentinos, una inmensa Sentinel Cammell de calderas revestidas de acero, un tren blindado, una bestia que devora ingentes cantidades de carbón y más agua aún. Recorro las dependencias y doy con la puerta que da al frente, desde allí veo las obras ya casi terminadas sobre el Riachuelo, del puente Uriburu con su estilo neoclásico, la estación tomaría el nombre de los sucesivos puentes que como este, fueron construidos desde la Avenida Saénz para salvar el brazo de agua hacia el sur, hacia donde entreveo los caserones del barrio Pompeya. En la rotonda cercana, tres líneas de tranvías se disputan el gentío hacia Constitución, Plaza Once o La Paternal, las líneas 9, 8 y 55 respectivamente. Para los que no gustan de lo motorizado, diversos carruajes te acercan hasta los barrios aledaños. Saco algunas fotos de la fabulosa arquitectura del puente y guardo mi pequeña cámara Agfa Billy Clack. Extraigo el reloj con su leontina de delicados eslabones del bolsillo de mi chaleco gris, de paso me acomodo el traje cruzado a rayas también de gris y mi sombrero de fieltro de ala ancha en la vidriera de un café. Un canillita pasa a las voces que se han iniciado los conflictos en el Chaco, la situación entre Bolivia y Paraguay no tiene otra solución que el uso de las armas, la guerra es inminente. Lo mismo sucede entre los hermanos peruanos y Colombia. El continente tiene varios frentes de batalla y el hombre solo siente el deseo de forjar países modernos.

Pernocto en un hospedaje de Valentín Alsina y escuchando en la radio los conflictos del norte me duermo. Temprano me levanta el traqueteo de los tranvías y salgo hacia la cortada Membrillar, son las siete de la mañana. Debo partir, el tren que me espera en la estación es un pequeño monstruo negro, una Kerr Stuart de cabina abierta. Solo dos vagones componen el convoy más un pequeño furgón de cola o Brake Van inglés, suficiente material rodante para el viaje hasta San Sebastián. Entre bufidos y chorros de vapor de agua como un animal de pesadilla parte el tren, nos restan unas siete horas de viaje. En Fiorito y en la Noria abordan operarios e ingenieros de la empresa constructora Hume Hnos, nos apretujamos un poco entre herramientas y vaivenes, mal agarrados a los fierros y los bancos de madera, aunque el tren se deslice tranquilo y rápido sobre los rieles nuevos. Vemos el campo ya amanecido y en sus labores, el sol nos persigue y en algunas estaciones los niños que marchan hacia las escuelas nos saludan con los ojos grandes y las sonrisas de la inocencia.

A las diez de la mañana llegamos a San Sebastián. La estación nueva, toda de chapones relucientes, hay quien dice que en algún futuro será de material, no es vano soñar con el futuro de los Ferrocarriles Argentinos, debería ser más que una utopía. Descienden los operarios de la constructora y todo se llena de voces y metálica melopea de clavijas y herramientas. Hoy es 15 de junio de 1909, en dirección a Carhué no hay vías todavía, cientos de durmientes nuevos de quebracho aguardan que las manos enguantadas los acarreen a sus sepulturas definitivas, quizás por un siglo o más, la carcoma y la fatiga dictaran sus años de tierra y sueño. A un costado una pirámide de rieles, buen acero británico calentándose al sol. San Sebastián esta febril e inquieta, inmensa de movimientos y vitalidad. Acomodo los operarios para una placa fotográfica y los inmortalizo para la posteridad. Aquí crecerá un pueblo, al amparo de estas venas de sangre de este tiempo de industria y avances industriales. Me siento en el banco de la plataforma y sueño, me adormezco, mi sombrero cubre mis ojos y escucho el grito eterno del tren.