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domingo, 24 de mayo de 2026

Carta encontrada en la estación

Carta encontrada en la estación


Urbano Powell


“He jurado irme y olvidar, soy el último habitante de este pueblo y ya me voy, pero quiero que quien tenga en su mano esta carta -que he escrito con verdadera desesperación- sepa algo de este final previsible. Pasaron todas las calamidades posibles. Primero fue el cierre del ferrocarril, allí se fueron las familias de los ferroviarios, un poco antes de fugo nuestro jefe de estación con rumbo desconocido. Más tarde alternaron sequías e inundaciones, hasta que algunos campos quedaron en lagunas que solo sirven para pescar o cazar patos.

Unos años antes, -me olvido de lo fundamental- instalaron una repetidora de televisión y a partir de allí la gente empezó a encerrarse. Las mujeres a la hora de la siesta veían novelas y los hombres a la noche se reunían a ver los programas de Tinelli. Sin trabajo y con televisión la vida del pueblo fue cambiando paulatinamente, la gente seguía partiendo, en especial los jóvenes. Los viejos se morían y con ellos su saber ante la subsistencia. Al año pasado mi mujer y yo éramos los últimos habitantes del pueblo, pero ella ya no hablaba de nada, la tristeza del pueblo la llevo a encerrarse con las novelas que le iban llegando, y fueron años de novelas y soledad creciente: Antonella, Sodero de mi vida, Poliladro, La Elegida, Franco Buenaventura, Gasoleros, Luna Salvaje, Soy Gitano, Culpable de este amor....

Hace unos meses se rompió el televisor y mi mujer quedo de pronto con las pupilas muertas, tan inerte la mirada del Espantapájaros que ocupa en el andén el lugar del Jefe de Estación. Así que un día, al retornar de mi trabajo de peón en la estancia grande me encontré con una carta de Rita:

‘Hace mucho que sueño con Juan Darthes. Hoy partiré a buscarlo en Buenos Aires. Perdoname’.

Me parece imaginar el verla irse con una pequeña valija de mano, caminando varios kilómetros hasta la ruta y de allí a dedo hasta el primer pueblo, luego no puedo imaginar más. Disculpe usted que ha venido hasta esta lejanía buscando entender el final de este pueblo y se encuentra con esta historia dolorosamente intrascendente”.

Sinceramente,

Javier Ortiz.

domingo, 15 de marzo de 2026

Estación San Sebastián

Estación San Sebastián

Ana María Broglio 


Querido hijo: 

He recibido la carta donde me sugieres que vaya a vivir con ustedes. Tienes razón, ya no es bueno que viva solo en esta casa donde me crie, desde donde mi madre, apretando sus labios en un rezo,  me veía correr para subir al tren y luego saltar al vacío. 

¿Qué hubiera hecho yo sin los trenes?

Cuando las piernas me lo permiten, me acerco a ver ese camino de hierro que se pierde,  más allá del horizonte… en el cielo.

Entonces,  miraba las vías de otro modo. Apretaba fuerte las estampitas entre los dedos y subía y bajaba del tren,  cuando estaba en movimiento,  sin ninguna dificultad.

Eran años difíciles. Los turistas venían desde  Buenos Aires y viajaban en plan de baños a Carhué. Por lo que se sabía, allí había las aguas termales más curativas de Argentina. Entonces,  la gente era compasiva. Al verme descalzo, con poca ropa,  me daban monedas, comida,  golosinas y yo volvía a casa feliz y le prometía a mi madre que cuando fuera mayor, le compraría un sombrero y la llevaría a las termas,  para que se cure del reuma.

Mi madre acariciaba mi cabeza y me miraba con ternura y yo me sentía más hombre que nunca.

-Tienes que aprender mucho sobre el ferrocarril, así cuando se los cuentes, los turistas te pagarán la información -  insistía mi maestra. A la señorita le pareció muy buena la idea de que practicara la lectura y me prestó,  de la biblioteca escolar, una revista con la historia del tren. Apenas había aprendido a leer  y por eso me costaba bastante hilvanar las palabras y el sentido de las frases. Me hacía pasar al frente y me obligaba a practicar en voz alta, hasta que conseguí hacerlo de corrido y  luego memorizar lo escrito: 

“En la línea de rieles, San Sebastián,  es la última estación en haber sido levantada, desde Puente Alsina,  por la firma constructora Hume Hnos. Esta firma,  edificaba las estaciones del FC Midland. Al llegar el tendido a San Sebastián, la sociedad constructora,  quedó en bancarrota como resultado de largas disputas, por intereses, con la Compañía General Buenos Aires. En ese momento (mediados de 1908) el Ferrocarril del Sud y el Ferrocarril del Oeste,  absorbieron al Midland y continuaron la construcción, reemplazando a la Hume por la Clarke, Bradbury y Co., lo que le da a las estaciones de aquí a Carhué, un diseño arquitectónico totalmente distinto, similar a las estaciones del Ferrocarril Sarmiento”. 

De pie,  en el centro del vagón, cada vez con mayor seguridad,  recitaba lo aprendido. Luego pasaba mi cajita de cartón por todos los asientos y la gente depositaba sus colaboraciones. Los clientes me respetaban y las ganancias eran mayores. Dejé de vender las estampitas y  compré,  a mi mamá y a la maestra,  un bonito adorno para colgar de la pared. 

Aquel día,  lo recuerdo bien, viajaba una señora,  sentada  junto a una de las ventanillas. El vagón estaba completo pero el lugar, al lado de ella,  vacío, sin ocupar. El viento movía su cabellera,  que era  del mismo color del  sol cuando cae. Un vestido con motitas verdes y sus anteojos ovalados,  de ancha armadura blanca. Encendió un cigarrillo, a la vez que escuchaba mis palabras con atención.

Por su aire distinguido,  no tuve dudas, venía de la gran ciudad. Sobresalía entre nosotros, la gente del pueblo,  pero también era diferente a los otros viajeros que la miraban fumar casi con desprecio.

El caso es que ella estaba en el tren cuando yo lo abordé y me puse a recitar mi memorización de rutina.  Me preguntaba qué hacía esa dama viajando en este tren, indiferente a los susurros y chismes de los pasajeros que no le quitaban la vista de encima. También yo la observaba mientras me escuchaba,  sus hermosas uñas pintadas y su bolso adornado, de resplandecientes moños dorados.

No recuerdo de  otra persona que no fuera de mi familia o mi maestra,  que me haya sonreído con tanta amabilidad,  al momento de pasar mi cajita y tan generosa pues, tampoco  recuerdo, haber recibido tamaña cantidad de dinero por el mismo trabajo.

Ese día  como pocos,  salté del tren, exultante por la recaudación.

Nunca volví a verla pero mi madre  se ruborizó cuando se la mencioné y me dijo que era de las mujeres que venían a trabajar,  en un lugar de lucecitas rojas, detrás de la estación  La Rica, unos kilómetros más adelante.

Cuando terminé la primaria ya estaba hecho al ferrocarril y pude conseguir un empleo como mozo de carga. La muchedumbre se arremolinaba en el andén y yo debía correr de un lado al otro para cumplir con mi tarea.

Los años me hicieron guardabarreras y jamás me aburrí  de ver pasar las formaciones, de esperar que llegaran y de despedirlas al  partir. 

Ahora que el calendario de mi vida consume sus últimas hojas, mi querido, mi buen hijo, no me pidas que abandone los trenes.

Ha pasado la vida. Aunque el tren ya no regrese, sigo sentándome en el viejo banco, debajo del alero de la estación,  a esperar  el pitido que anuncia su llegada.  El servicio se ha suspendido desde hace  años y yo,  he aprendido que la soledad,  es una estela de humo en el recuerdo, restos de una memoria  de papel que el tiempo ha borrado,  un desierto sin norte, olas de arena en un mar seco, un extenso camino de hierro que marcha paralelo, desde mi niñez a la muerte.

Tuyo, tu padre.

viernes, 13 de marzo de 2026

La Rica

La Rica

Eduardo Francisco Coiro 

A Antonio Dal Masetto

 

El hombre lee en su asiento una carta escrita sobre papel verde. Se inclina un poco tratando que el sol que ingresa por la ventanilla ilumine de lleno en esas letras de birome azul. Tiene sus ojos cansados y la presbicia lo obliga a distanciar bastante la carta, a punto de temer con incomodar con la extensión de su brazo a la señora sentada enfrente en la que puede ver una mirada curiosa detrás de esos anteojos redondos con bastante aumento.

En realidad, no le importa que esa señora de mediana edad y pelo rubio enmarañado se interese por su carta. Ella solo podría haber leído la fecha y el lugar que están en letra visible e imprenta, arriba a la derecha de la primera hoja. Luego viene la letra manuscrita, pequeña y encriptada de Gabriela que se hace imposible de descifrar si la persona no esta familiarizada con ella.

Y además, que importancia tiene que esa señora sepa de su felicidad, de su ir y venir con el amor y la distancia.

Ella iba y venía, en su trabajo por los aires, en sus ensueños o en amores fugaces de cada aeropuerto que no lograban desplazarlo a él. Su hombre. Él, que iba y venia todos los fines de semana para compartir su lecho, sus labios. Para caminar con ella de la manito o en el abrazo de hombro de ella a cadera de él que tanto les gustaba, como a los eternos amantes, novios o compañeros de vida, aunque nunca supieron definirse, no les interesaba otra cosa más que llevarse de la mano o del abrazo por la vida que era una sucesión de instantes o una eternidad bajo una misma luz, pisándose a veces con mutua torpeza los pies en aquellas estrechas veredas del centro antiguo de la ciudad, para luego retornar al departamento de ella y fundirse en un solo cuerpo a luz de luna o estrellas, a sol que entibia la piel o a cielos de acero sin grietas. Aun parece sentir el ruido de la lluvia cayendo a gotones de sonido persistente por los techos, mientras adentro los cuerpos se encendían bajo cobijas del frío invierno.

Sentados en la cama, los domingos a la tarde él le leía cuentos de Dal Masetto y ella a él a Borges o Cortázar. Una vez, le leyó "Romance" y él sabía, que era apenas un pretexto para llegar a la frase final que tanto lo oprimía como presagio, como una anticipación acechante a la vuelta de la esquina, o en cada ir y venir a la estación de trenes, para llegar o partir de los brazos de ella, su amor, su compañera.

Recuerda haberle leído esa frase final del cuento de Antonio Dal Masetto que ahora ronda en su cabeza: “el destino es insondable y no existe felicidad que no este amenazada”.

Su piel lo enloquecía. Su blanca piel casi transparente en la que podía ver rutas celestes que no parecían venas sino mapas de cielo como los que ella surcaba primero en Aerolíneas Argentinas y más tarde en Lufthansa.

Él sentía cada encuentro y cada despedida como si fueran una misma imagen superpuesta de ese intento imperfecto de volver una y otra vez al placer, o al contacto de la piel, la fusión de los cuerpos, el orgasmo de cada cual a su tiempo y modo, la sonrisa del después y el dormir abrazados para entrar en la noche del sueño bien juntitos. Gabriela y su parecido a  Bette Davis. Sobre todo la expresión de su mirada. Fue un descubrimiento mientras en una madrugada vieron “La extraña pasajera”. Como les pegó esa frase que adoptaron casi como un lema propio: "tenemos las estrellas, no pidamos la luna". 

* 

Vuelve a doblar en dos las tres o cuatro hojas de la carta sin dejar de echar una última mirada con los ojos húmedos sobre el encabezado, que seguramente la señora que esta allí enfrente ya ha leído, aun fingiendo desinterés y con la mirada perdida en algún punto de la estación que de una vez están por dejar cuando la fuerza de la máquina logre romper la inercia y el viaje se desate sin atenuantes.

No importa que esa señora sentada enfrente haya leído la fecha: Hamburgo, 15 de abril de 1992.

Y más abajo el Querido Javier: y luego el texto que conoce de memoria y ha leído una y otra vez durante estos años a bordo del tren.

“A los tristes no los quiere nadie” se dice a modo de explicación.

Entonces el tren arranca y el hombre rompe la carta en cuatro con expresión de angustia marcada en el rostro, aunque ya maldice su impulso, su inútil esfuerzo por doblegar ese pequeño hilo de ilusión que lo mantiene ahí, no queriendo preguntarse sin respuesta, y entonces guarda esos grandes pedazos en el bolsillo derecho de su campera, quizá ya mismo piensa en pegarlos con cinta transparente al llegar a su casa.

Intenta disimular su rostro desencajado. Se levanta y se va al otro vagón, no quiere testigos, que nadie sospeche ni se pregunte por que él sigue yendo y viniendo en ese tren. Como si el tiempo no hubiera pasado.