Estación
San Sebastián
Ana María Broglio
Querido
hijo:
He
recibido la carta donde me sugieres que vaya a vivir con ustedes.
Tienes razón, ya no es bueno que viva solo en esta casa donde me
crie, desde donde mi madre, apretando sus labios en un rezo,
me veía correr para subir al tren y luego saltar al vacío.
¿Qué
hubiera hecho yo sin los trenes?
Cuando
las piernas me lo permiten, me acerco a ver ese camino de hierro que
se pierde, más allá del horizonte… en el cielo.
Entonces,
miraba las vías de otro modo. Apretaba fuerte las
estampitas entre los dedos y subía y bajaba del tren, cuando
estaba en movimiento, sin ninguna dificultad.
Eran
años difíciles. Los turistas venían desde Buenos Aires y
viajaban en plan de baños a Carhué. Por lo que se sabía, allí
había las aguas termales más curativas de Argentina.
Entonces, la gente era compasiva. Al verme descalzo, con poca
ropa, me daban monedas, comida, golosinas y yo volvía a
casa feliz y le prometía a mi madre que cuando fuera mayor, le
compraría un sombrero y la llevaría a las termas, para que se
cure del reuma.
Mi
madre acariciaba mi cabeza y me miraba con ternura y yo me sentía
más hombre que nunca.
-Tienes
que aprender mucho sobre el ferrocarril, así cuando se los cuentes,
los turistas te pagarán la información - insistía mi
maestra. A la señorita le pareció muy buena la idea de que
practicara la lectura y me prestó, de la biblioteca escolar, una revista con la historia del tren. Apenas había aprendido a
leer y por eso me costaba bastante hilvanar las palabras y el
sentido de las frases. Me hacía pasar al frente y me obligaba a
practicar en voz alta, hasta que conseguí hacerlo de corrido y
luego memorizar lo escrito:
“En
la línea de rieles, San Sebastián, es la última estación en
haber sido levantada, desde Puente Alsina, por la firma
constructora Hume
Hnos.
Esta firma, edificaba las estaciones del FC Midland. Al llegar
el tendido a San Sebastián, la sociedad constructora, quedó
en bancarrota como resultado de largas disputas, por intereses, con
la Compañía General Buenos Aires. En ese momento (mediados de 1908)
el Ferrocarril del Sud y el Ferrocarril del Oeste, absorbieron
al Midland y continuaron la construcción, reemplazando a la Hume por
la Clarke,
Bradbury y Co.,
lo que le da a las estaciones de aquí a Carhué, un diseño
arquitectónico totalmente distinto, similar a las estaciones del
Ferrocarril Sarmiento”.
De
pie, en el centro del vagón, cada vez con mayor seguridad,
recitaba lo aprendido. Luego pasaba mi cajita de cartón por
todos los asientos y la gente depositaba sus colaboraciones. Los
clientes me respetaban y las ganancias eran mayores. Dejé de vender
las estampitas y compré, a mi mamá y a la maestra, un
bonito adorno para colgar de la pared.
Aquel
día, lo recuerdo bien, viajaba una señora, sentada
junto a una de las ventanillas. El vagón estaba completo pero
el lugar, al lado de ella, vacío, sin ocupar. El viento movía
su cabellera, que era del mismo color del sol
cuando cae. Un vestido con motitas verdes y sus anteojos ovalados,
de ancha armadura blanca. Encendió un cigarrillo, a la vez que
escuchaba mis palabras con atención.
Por
su aire distinguido, no tuve dudas, venía de la gran
ciudad. Sobresalía entre nosotros, la gente del pueblo, pero
también era diferente a los otros viajeros que la miraban fumar
casi con desprecio.
El
caso es que ella estaba en el tren cuando yo lo abordé y me puse a
recitar mi memorización de rutina. Me preguntaba qué hacía
esa dama viajando en este tren, indiferente a los susurros y
chismes de los pasajeros que no le quitaban la vista de encima.
También yo la observaba mientras me escuchaba, sus
hermosas uñas pintadas y su bolso adornado, de resplandecientes
moños dorados.
No
recuerdo de otra persona que no fuera de mi familia o mi
maestra, que me haya sonreído con tanta amabilidad, al
momento de pasar mi cajita y tan generosa pues, tampoco
recuerdo, haber recibido tamaña cantidad de dinero por el
mismo trabajo.
Ese
día como pocos, salté del tren, exultante por la
recaudación.
Nunca
volví a verla pero mi madre se ruborizó cuando se la
mencioné y me dijo que era de las mujeres que venían a trabajar,
en un lugar de lucecitas rojas, detrás de la estación La Rica, unos kilómetros más adelante.
Cuando
terminé la primaria ya estaba hecho al ferrocarril y pude conseguir
un empleo como mozo de carga. La muchedumbre se arremolinaba en el
andén y yo debía correr de un lado al otro para cumplir con mi
tarea.
Los
años me hicieron guardabarreras y jamás me aburrí de
ver pasar las formaciones, de esperar que llegaran y de
despedirlas al partir.
Ahora
que el calendario de mi vida consume sus últimas hojas, mi querido,
mi buen hijo, no me pidas que abandone los trenes.
Ha
pasado la vida. Aunque el tren ya no regrese, sigo sentándome en el
viejo banco, debajo del alero de la estación, a esperar el
pitido que anuncia su llegada. El servicio se ha suspendido
desde hace años y yo, he aprendido que la soledad, es
una estela de humo en el recuerdo, restos de una memoria de
papel que el tiempo ha borrado, un desierto sin norte, olas de
arena en un mar seco, un extenso camino de hierro que marcha
paralelo, desde mi niñez a la muerte.
Tuyo,
tu padre.