De
paso
Sergio Borao Llop
Lo
pensó así en el momento exacto en que se apeaba del tren: "nadie
hablará de nosotros cuando hayamos muerto". Intuía o recordaba
que era el título de una canción, una película, un libro... Algo
que le venía de remotas regiones de su mente, palabras difuminadas
por la resaca del tiempo que ahora, sin motivo aparente, habían
salido a la superficie para volver a sumergirse en el olvido minutos
u horas más tarde. El hombre ya no era joven. Tenía esa edad
indefinida de quienes han vivido en muchos sitios o -pensémoslo
despacio- en ninguno. Por eso una frase aparecida de repente
en su cabeza podría venir de cualquier parte: La edad mezcla
palabras y recuerdos, invenciones y vivencias. Todo es una misma
argamasa que se amontona, informe, en los anaqueles de la memoria.
Pero
¿a qué venía esa frase justamente ahora? El traje raído, las
arrugas delatoras, el exiguo maletín ¿pueden ser, acaso, la
respuesta? El hombre miró al frente. Un cartelito despintado
anunciaba el nombre de la estación: "Ingeniero de Madrid".
Le resultó chocante, porque él había nacido allí, muy cerca de
Madrid; en España, esa España ahora tan lejana como las brumas de
un entresueño, que se van desvaneciendo poco a poco cuando
despertamos y de las que, al final, apenas queda un vago rescoldo,
una cicatriz inexistente. Tal vez fue ese detalle -pero esto lo pensó
ahora, mientras contemplaba el letrero-, el nombre de la estación,
lo que le trajo a la mente la frase lapidaria. Porque ¿algún ser
vivo recordaba todavía quién fue exactamente ese ingeniero? Cierto
que en algún libro, en alguna enciclopedia cubierta de polvo, quizá
se reflejase no solo el nombre, sino incluso también el hecho por el
cual este lugar que ahora pisaba había adoptado ese nombre, que -a
pesar de todo- no dejó de resultarle sumamente curioso. Pero ¿puede
una enciclopedia, por exacta y completa que sea, imitar o suplantar
eso que llamamos recuerdo? ¿Son esos artículos, esas
anotaciones, una forma de seguir existiendo en la memoria de las
gentes futuras? Tal vez, pero, en cualquier caso, una forma
distorsionada, infinitesimal. Las biografías las escribe gente viva
sobre gente muerta (o gente muerta sobre gente muerta, que viene a
ser lo mismo) y quienes las escriben no saben nada, absolutamente
nada. A lo sumo, una mínima colección de hechos aparentemente
importantes, pero que en realidad son irrelevantes o anodinos, puesto
que no arrojan ninguna luz sobre la persona biografiada... La única
biografía posible la va escribiendo uno mismo, con sus propios
actos, y no queda registro en parte alguna...
Vio
las vías perdiéndose en el horizonte. Las vías del tren sugieren
la infinitud y el desencuentro (Acaso también la infinitud del
desencuentro) pero en este caso concreto, además, ese desencuentro
resultaba aún más dramático porque dos pares de vías se cruzaban
en este punto para ir alejándose después hacia sus respectivos
destinos, líneas infinitas que jamás volverían a encontrarse. Y
este punto, el único lugar en que esas líneas se encuentran, es una
estación erigida en medio de la nada, un punto perdido entre otros
puntos igualmente perdidos o inimaginables.
Así
sucede -pensó- tantas veces. Tal vez solo exista un punto, un único
punto en todo el inimaginable cosmos, donde sea posible el encuentro.
¡Qué dicha, el encuentro! Y qué tristeza ver alejarse de nuevo los
trenes del destino, intuyendo…
Desencuentros...
Si lo pensaba con frialdad y atención, fueron precisamente ellos
quienes le habían traído hasta este lugar, quienes habían de
llevarle adónde iba. Pero ¿dónde iba exactamente? No podía
recordar el nombre (si es que tal cosa puede tener importancia en
realidad), y no tenía el menor deseo de sacar del bolsillo el
papel donde figuraba. Ya habría tiempo para eso cuando el nuevo tren
se pusiera en marcha hacia el siguiente destino. La vida es una
sucesión de trenes que, en apariencia, nos llevan de un lugar
a otro. Sabía que una vez allí tenía que hablar con un tal Pereira
o Pereyra, un portugués o brasileño que también -por
circunstancias desconocidas y que, en el fondo, no importaban- había
venido a dar con sus huesos en ese lugar alejado del mundo y de la
historia. (Pero -atinó a pensar más o menos confusamente- ¿hay
algún lugar que no esté alejado del mundo y de la historia? De ser
así, el tiempo, juez definitivo, ya vendrá a corregir esa
desigualdad momentánea, ese error inocuo). Tampoco recordaba, hecho
anecdótico si lo miramos bien, cómo se llamaba el lugar del cual
venía. De ese triángulo escaleno, sólo el curioso nombre de esta
estación solitaria había echado raíces en su memoria. En la
estación no había nadie más. De nuevo, estaba solo.
Los
desencuentros, sí... Llegan a ser tantos que es imposible
recordarlos todos. Y ¿para qué habríamos de recordarlos si solo
pueden producir dolor, desolación? Amigos que se fueron diluyendo en
un pasado cada vez más difuso, amantes cuyos rostros apenas son una
neblina inconsistente, familiares a quienes no había visto en dos
décadas... Y le vino de nuevo esa frase: "Hablar de nosotros
después de muertos- musitó con una sonrisa amarga-. Si al menos
alguien lo hiciese cuando aún estamos vivos, si es que en verdad lo
estamos". Si alguien… Porque: ¿Quién le brindó una mano
cuando su mundo se desmoronaba? ¿Quién le habló cuando precisaba
una palabra? ¿Quién estuvo ahí en esas horas de amarga e
interminable soledad, o en esas otras de inasumible derrota? ¿Quién,
finalmente, vino a despedirle a la estación -esa otra, ahora
disuelta entre las telarañas de un olvido consciente- veinte años
atrás, cuando tuvo que partir para no regresar? Para no regresar.
¿Amistad? Palabra casi siempre exagerada para definir relaciones
superficiales entre seres humanos. ¿Amor? Ya lo dijo Bécquer: es un
rayo de luna. ¿Fidelidad? Palabra horrible y abstracta. Encierra una
falacia.
Un
día, no muy lejano, de esta estación solo quedarán ruinas, algunas
fotos viejas, tal vez uno que otro recuerdo impreciso como la sombra
tenue de un sueño abandonado en las hondonadas del tiempo. De
quienes en ella esperaron alguna vez, de quienes tomaron un tren o se
apearon de otro, de quienes en ese mismo andén conversaron durante
unos minutos, desconocidos atrapados durante un instante en un lugar
que ninguno de ellos eligió, ¿Qué será exactamente lo que quede?
Un
vacío tan grande como el que ahora veían sus ojos, allí en esa
estación inconcebible, era la única respuesta a todas esas
preguntas. El hombre suspiró, miró hacia el cielo gris. El
cansancio ya conocido vino a posarse sobre sus hombros. Tuvo que
sentarse. Tal vez se adormeció. Por eso, no podría decir si vio, o
solo los soñó, a los jinetes que venían cabalgando desde el Sur,
lentos, callados, cabizbajos.
De
los dos jinetes, el más joven se quedó un buen rato mirando al
hombre que dormitaba, sentado en el destartalado banco de madera de
la vieja estación. Hizo un gesto vago de saludo, sin obtener
respuesta. Luego miró a su acompañante y preguntó:
-
¿Qué estará haciendo ahí?
Después
de un rato, el otro jinete, un viejo de pelo blanco y rostro
endurecido por lluvias y sequías y noches durmiendo al raso,
contestó sin apartar sus ojos del camino:
-
Está esperando.
El
joven le mira, incrédulo.
-
¿El tren? Pero entonces tal vez deberíamos decirle...
-
Probablemente él sabe.
-
Pero si supiera, entonces...
El
viejo calla. Deja que la verdad se vaya abriendo paso en la mente del
otro. Solo cuando ya casi le han perdido de vista, cuando el hombre
desconocido y la estación abandonada apenas son un recuerdo que se
va desdibujando, vuelve a oírse su voz grave, sentenciosa.
-
Hay gente que va en busca de su destino; y hay gente que espera. Y
también hay gente que hace las dos cosas. Dónde, cuándo, por
qué... solo son detalles circunstanciales, insignificantes. Y ni
siquiera podemos hablar de elección. Caminas durante años y un día,
sin que se sepa el motivo, los pies se niegan y ya no hay
alternativa. Ese hombre –su rostro lo gritaba- se cansó de
caminar. Y ahora espera. Nada más.
Y
sin mirar atrás, los dos jinetes siguen cabalgando, sin apuro, como
si en realidad no fuesen a ningún lugar, como si la única realidad
posible fuese el camino que se extiende bajo los cascos de sus
caballos. El silencio se ha instaurado de nuevo entre ellos, y sobre
la escena, ahora, apenas se oye el rumor de la brisa que recorre,
casi con timidez, el inabarcable páramo, rozando al pasar, de forma
leve, todo aquello que aun tiene consistencia y que algún día,
pronto, solo será una sombra, un apunte inconcreto en los ajados
libros de los hombres.
*
De la estación Ingeniero de Madrid hoy no queda nada. Solo el
recuerdo, tal vez.
*
El Pereira de este relato es mi pequeño homenaje póstumo a Don
Antonio Tabucchi, recientemente fallecido.