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sábado, 16 de mayo de 2026

La huida

La huida


Un tren en movimiento es una cárcel.

Con más razón para quien está huyendo.

Como a tantos otros, me acusan de un crimen que no cometí. No importa la verdad: Estoy sentenciado desde que tuve aquel desencuentro con el diputado. Lo vi claramente en su mirada. Antes o después, iba a pagar mi atrevimiento. Ignoro qué destino me tienen preparado, pero, en cualquier caso, las opciones de escapar a él son mínimas.

Por eso, cada par de ojos que se posan en mí representan un peligro. Son muchos quienes me buscan. El poder encuentra aliados en todas partes. La única realidad posible es la huida. Ningún rincón del país es seguro ahora. Solo en el extranjero, lejos, podré eludir los largos tentáculos de mi enemigo. Mas no debo pensar en el futuro lejano cuando en un instante todo puede irse al carajo. Lo urgente es salir de aquí.

Todos los rostros que me rodean son una amenaza. Por desconocidos, por multiplicados.

Vine a la estación porque me pareció el mejor lugar para pasar desapercibido. En principio, solo tomé el tren por alejarme de aquí. El destino fue casual –era el tren que en ese momento se disponía a partir-, pero en Enrique Fynn tengo amigos que tal vez puedan ayudarme.

Ahora, cuando el tren ya abandona la ciudad y avanza hacia la interminable llanura, solo ahora he caído en la enorme indefensión del proscrito que toma la decisión de subirse a un tren –un avión, un autobús, cualquier medio de transporte colectivo, en definitiva-. Por eso, trato de evitar las miradas de los otros pasajeros. Las gafas de sol ayudan, pero no son un muro tras el que esconderse. Solo un diminuto camuflaje. Si alguno de mis perseguidores está a bordo, soy hombre muerto.

Haría bien, lo sé, en ocupar mi mente con otro tipo de pensamientos. La forma de burlar la vigilancia a que estoy sometido, por ejemplo. La acción que debería llevar a cabo si descubro a uno de ellos… esas cosas. Pero el temor me impide pensar: Un indicio claro de ello es que, justo antes de tomar el tren, he llamado a mis amigos para avisarles de mi llegada. Solo un minuto más tarde he caído en la cuenta de lo inoportuno de mi visita. Por nada del mundo desearía meter en líos a mis amigos. Pero ya está hecho. No puedo volver atrás. Dejo mi destino en manos de este enorme artefacto que me traslada con rapidez entre campos y pueblos que, a esta hora, parecen abandonados.

A pesar del miedo, el cansancio acumulado en las últimas horas me induce a dormitar. Breves cabezadas de las que salgo con un sobresalto. Cada vez, miro alrededor con aprensión. Nada en el vagón parece amenazarme, pero con esta gente nunca se sabe.

Para un prófugo, todo son ojos. Ojos expectantes, acusadores, irónicos, traicioneros. Ojos enemigos.

Cuando, al volver de alguna de esas ensoñaciones, distingo una sombra en algún punto inconcreto del vagón, mi corazón se acelera. Cada vez que el tren se detiene, temo que suban, que me busquen, que me saquen esposado y vencido a la vista de todos y me metan en un auto verde, uno de esos autos verdes de los que no se regresa…

Una mirada fija es una alarma causando un estruendo insoportable en mi interior. Una inocente sonrisa se me antoja como la señal inequívoca de mi perdición.

Los kilómetros y las estaciones se suceden, pero mi angustia no mengua. No obstante, si he de ser sincero, no hay la menor señal de los sicarios. Se trata solo de la sensación de ahogo propia de quien se sospecha rodeado.

Miro hacia afuera y percibo que ya estamos llegando. La próxima estación es Enrique Fynn. Allí tal vez pueda estar seguro uno o dos días, mientras decido qué hacer, hacia donde seguir huyendo…

Con suma precaución, la misma que he empleado en las últimas horas o días (en la huida llega a perderse la noción del tiempo), me preparo para salir de este encierro rodante. Abajo todo será distinto.

Sin embargo, la frecuencia de mis latidos no disminuye. Mientras el tren va reduciendo su velocidad y la silueta de la estación se perfila en el horizonte cercano, me asalta una revelación: Ellos están ahí, esperándome. Esta vez no se trata del pánico, sino de una fría certeza. No necesito verlos. Lo sé. Conocían mis planes y no han hecho otra cosa que alimentar mi esperanza, dejando que el viaje llegue a su fin. No habrá escándalo ni una persecución cinematográfica. Simplemente, alguien se acercará a mí y me susurrará al oído unas pocas palabras. Yo le seguiré en silencio, velando así por la seguridad de mis amigos, a quienes me prometerán no hacer el menor daño si colaboro. No me hará falta ver a uno de mis antiguos compañeros, quizá el más joven o aquel que siempre enrojecía al mirarte a los ojos, escondido tras una columna, observando con el corazón en un puño mi detención y, tal vez, respirando aliviado al comprobar mi sumisión. Después, el protocolo se cumplirá con precisión geométrica, del mismo modo que siempre. Y el mundo me olvidará como se olvida todo.

sábado, 25 de abril de 2026

Domador

Domador


Urbano Powell & Eduardo Coiro


Al Doctor Enrique no le gustaban mis monólogos existenciales. Por momentos parecía perder la paciencia: “Te atiendo porque sos un hijo y nieto de polacos pero no me digas más boludeces...” de tanto en tanto remataba su enojo con algo sacado de su manual de frases hechas "hacete cargo de tu vida".

Yo era el segundo paciente de la jornada. El primero -Marcelo- subía con el doctor en Puente Alsina. En la estación Libertad bajaba Marcelo y subía yo, nos conocíamos de vista. A veces intercambiábamos breves comentarios como forma de saludo.

Marcelo era un tipo con ojitos chiquitos hundidos en el miedo. Una vez me preguntó: ¿Cuál es tu tema?

-La reparación...  Dije sin pensar, como me salió.

-Y el tuyo? -Pregunté.

-El acompañamiento… -Respondió mientras se perdía entre la gente que estaba en el andén.

Mi sesión duraba hasta Enrique Fynn. Eran 45 minutos.

En Fynn me bajaba y no subía ningún paciente. Aprovechaba el resto del día para ir a visitar la chacra de mi tío que vivía entre patos y gallinas pero se consideraba un inventor.

Para mi el doctor era un loco chiflado pero socialmente era considerado como una eminencia a la que le estaban permitidas esas excentricidades como atender arriba de un tren.

A mi me ganó como paciente aquel día en el que le conté que quería escribir una novela a partir del tío chacarero e inventor aficionado. Su obsesión era diseñar todos los aparatos imaginables a cuerda, con mecanismos y engranajes parecidos a los de relojería para evitar usar electricidad. "Cuando la electricidad no pueda pagarse se van a acordar de mis inventos" Se justificaba.

Sin mediar palabra, Enrique se paró y fue caminando como un robot o más bien como una marioneta por el pasillo del vagón. Cuando se volvió a sentar frente a mí dijo: "No te olvides de incluir un psiquiatra a cuerda".

Aquella risa compartida me convirtió en un paciente feliz y al tiempo en alguien cercano con quien se permitió hablar de él mismo.

A los 17 años -recién ingresado a la carrera de medicina- trabajó en el prostíbulo de una famosa Madame.

-Eran chicas polacas bellísimas -dice con sus ojos tirando chispas. Enrique les enseñaba francés. Ellas le enseñaban a amar. Años después declaró en un reportaje que fue "instructor de modales en un quilombo”. Allí conoció a AGNIESZKA, que además de bella era “Ani, aquella ternura que no se olvida y  el paso del tiempo acrecienta más y más”.

Era como un hada adivina que predijo su futuro de especialista reconocido.

Del lupanar se fue cuando contrajo una neumonía.

La locura es como la muerte pero reversible” Esa idea lo sacó de la medicina y lo llevo a la psiquiatría.

En un anotador tenía los horarios del Midland e intercalados cuales eran los pacientes que atendía. Ahí supe que el doctor atendía 9 o 10 pacientes en cada viaje y que su jornada terminaba en Carhué.

Guardé como recuerdo una hoja de uno de sus días de atención de pacientes, con el detalle de estaciones en las que subían. Cuánto tiempo duraba la atención. En cuál estación debían bajar. Enrique sabía que los horarios del Midland eran de una puntualidad inglesa; por eso podía confiar la duración de las sesiones al tiempo estipulado de viaje entre una estación y otra.


Marcelo, de Puente Alsina a Libertad. Duración sesión: 45 min.

Kalman, de Libertad a Enrique Fynn. Casi 45 min.

Azucena, de González Risos a San Sebastián. 50 min.

Alejandra, de San Sebastián a Baudrix. Son 60 minutos

Javier, de Baudrix a Morea. 50 min.

Alberto, de Morea a Corbett. 55 min.

Eduardo, de Ordoqui a María Lucila. 45 min.

Lucía, de Henderson Hasta Andant. 55 minutos.

Haydée, de Andant a Casbas. 40 min.

Miguel, de San Fermín a Carhué. Son 50 minutos.


En Carhué tenía una amante pelirroja que había sido primero su paciente, con la que cenaba y compartía lecho en el hotel.

Una vez, cuando estaba por bajar en Fynn me tomo del brazo antes de que me vaya para dejar al aire un deseo:

-Cuídame al pueblo de mi otro yo que cuando me retire voy a comprar allí un campito. Quiero vivir tranquilo pero cerca de Buenos Aires. Estoy cansado de la gente.

Seré domador de caballos.