Clara
Alberto Di Matteo
"El
amor es un tren que parte, un pañuelo saludando desde el andén, una
lágrima que rueda buscando asirse al recuerdo, imborrable y
eterno".
¿Dónde
había leído aquella frase? ¿A quién se la había escuchado decir?
¿La habría imaginado? ¿Estaría escribiendo en el aire? ¿Cuántas
cosas puede uno llegar a inventar cuando lo domina el dolor, cuando
la única vía de escape hacia alguna de las formas del placer es la
propia imaginación?
Quizá,
lo sea también un vagón de tren, una locomotora desbocada, un par
de rieles que se pierden en el horizonte.
Subió
los peldaños del vagón con el peso de su propio desamor sobre los
hombros. Se sentía vacío, como si le faltara algo dentro del pecho,
eso que hasta no hace mucho le otorgaba consistencia a su propia
persona. Y al mismo tiempo, estaba desbordante de recuerdos. Extraña
sensación la de la pérdida, pensó: te llena la cabeza de
virtualidades, al tiempo que te vacía de materialidades…
Eludió
a los pasajeros que se demoraban en el descanso, fumándose un pucho
en un lugar prohibido, para encarar el pasillo y deambular apenas
hasta encontrar un asiento vacío donde apoltronarse. Se recostó
contra la ventanilla cerrada, cerrándose aún más el abrigo sobre
el pecho, como si el frío interior le brotara por los poros,
estremeciéndole con un escalofrío.
Un
silbato se oyó en la tarde, el suelo del vagón crujió bajo sus
pies, y la formación comenzó a moverse, como se movían las hojas
de los árboles que circundaban el andén, retrocediendo dentro de su
campo visual. Oyó el retumbar de la locomotora dándose ánimos para
continuar viaje, y se abandonó a sus –cíclicos- erráticos
pensamientos.
¿Cómo
seguir viaje desde ahora? El asiento que quedara vacío a su lado era
algo mucho más concreto que cualquier símbolo que pudiese
representar su actual estado de ánimo. Vacío de materialidades,
vacío de cuerpos, vacío de afectos, vacío… Eterno y creciente
dolor.
De
pronto, descubrió que ya no recordaba ni su rostro. Sentía la
ausencia de su figura, su perfume, su calor. Pero no podía recordar
sus facciones. Su cabello, quizás, oscuro y lacio; más no sus
rasgos. ¿Cómo era posible? ¿Estaría acaso comenzando a olvidarla?
Lo dudaba; si así lo fuera, no sentiría este frío que le ascendía
por el cuerpo como gélidas rachas de viento invernal. No: aún la
recordaba, intensamente; este olvido sólo era otro ejemplo más de
la constante presencia de su ausencia.
Clara…
Su nombre apareció en su memoria como un oasis en el desierto.
Nombrarla, musitar ese familiar par de sílabas con un silencioso
murmullo, no le hizo recordar aquel rostro que tantas veces
contemplara extasiado, pero le abrió una puerta. Allí, hecho un
ovillo contra la ventanilla del vagón, se abrió delante suyo un
acceso hasta entonces velado por el dolor. Ingresó de pronto en un
pasadizo mental que velozmente lo condujo hacia terrenos inaccesibles
para él durante mucho tiempo; terrenos anímicos que le parecían
demasiado extraños, como si le perteneciesen a otra persona.
El
paisaje se desplazaba hacia atrás, oscilando con el rítmico vaivén
del tren; y por encima de él, emergiendo con una misteriosa
luminosidad, apareció ella. Clara, recortada contra el marco de la
ventanilla, como un tierno fantasma que quisiese penetrar en el vagón
y sentarse a su lado, haciéndole compañía en este sombrío
momento. Clara, extendiendo sus manos con ramalazos de un calor pleno
de ternura, deseosa de ahuyentar para siempre esta devastadora
languidez que le enturbiaba los afectos.
Su
rostro se acercó al suyo, y aunque percibía el aroma de su piel,
aún no conseguía discernir sus rasgos. Podría ser ella, u otra
cualquiera. Pero era Clara, no había ninguna duda. Su corazón se lo
afirmaba, más que su razón. ¿Razón? ¿Existía alguna clase de
racionalidad en este momento dentro suyo? Su mano derecha se aferró
aún más a las solapas del abrigo, queriendo asirla, retenerla,
abrazarla…
El
calor se extendió por debajo de sus axilas, rodeando su cuerpo,
mientras una boca respiraba ansiosa sobre su cuello. La calidez se
desplazó hasta rodear sus muslos, mientras una leve pero creciente
excitación comenzaba a dominarlo. El frío que sintiera hasta
entonces parecía haberse extinguido. Clara volvía a abrazarlo, a
quererlo, a darle más de su calor…
Entreabrió
la boca, buscando robarle un beso. Sus labios se encontraron con
cierta torpeza, intercambiando sabrosas humedades que ya parecían no
recordarse. Su mano quiso desplazarse, pero sólo consiguió aferrar
apenas el hombro izquierdo, entrecerrando los párpados, mientras un
brazo virtual, luminoso y protector, se desplazaba sobre la brillante
piel de la espalda de Clara, y su boca se deshacía del encuentro
labial para recorrerle un hombro, inhalando ese perfume que tanto
deseara y lo embriagara durante días, semanas, meses…
Entonces
descubrió, apenas registrando el escaso contacto que tenía con la
realidad que lo circundaba, que el duro asiento del vagón había
dado lugar a un mullido sillón de pana, iluminado por una tibia
lámpara de pie, que le recordaba una agradable y soleada tarde de
otoño. Clara se movía sobre sus muslos, sin dejar de adherirse
contra su cuerpo, con una indescriptible desnudez. Los besos
recorrían infinitas distancias, procedentes de un ayer tan maleable
que muy pronto se convertía en este presente, reactualizado, vívido,
inmortal…
Los
brazos de él la aferraron vigorosos, rodeándole la espalda y la
cintura, impidiendo que se aleje, provocando que ambas caderas se
refregaran entre sí, aumentando el imaginable caudal de excitación.
Clara gemía sobre su oído, suspiraba entrecortada, le mordisqueaba
el lóbulo de la oreja, al desplazar sus tibias manos por encima de
sus tetillas, rozándolas apenas con sus pezones al izarse y dejarse
caer, volviendo a besarlo, hundiéndole la lengua, cerrando ambas
piernas para apretarlo cada vez más.
La
excitación de él cobraba vigor muy rápidamente, como hacía mucho
tiempo no experimentaba. El frío lo había abandonado. Volvía a
sentirse amado, deseado, efecto que retribuía con ardor, mientras el
traqueteo del tren lo mecía a un lado y al otro, potenciando el
vaivén amoroso que le imprimía Clara con sus ondulantes arqueos,
sinuosos movimientos que alejaban de sí toda realidad.
Hasta
que ya no pudo resistirse más y se dejó ir, liberando sus
recuerdos, abriendo los brazos para recibirla y entregarle su savia,
permitiendo un encuentro tantas veces negado, compartiendo ese calor
inenarrable que siempre deseara retener junto a su corazón. Y así
la recordó, sus rasgos afilados, los ojos claros, una nariz recta
que prevalecía sobre unos labios pequeños pero carnosos, las cejas
oscuras y tupidas, la tensa expresión orgásmica de un intenso amor
que por siempre existiría dentro suyo…
Recordó
la liviandad con que encaraba la vida al estar junto a ella, la
etérea sensación de volar sobre las calles y las playas durante los
extensos paseos que disfrutaran juntos, la trascendencia de cada
detalle hecho signo, el calor que le transmitiera su mirada durante
tanto tiempo, la consistencia de un vínculo que le otorgaba solidez
e impedía que se desmembrara en su propia confusión.
Comprendió el
estatuto que había adquirido el peso de la propia angustia al estar
alejado de ella, el horror que experimentara cada noche que se
acostara a solas en una cama absurdamente vacía, con la noche por
delante y el sueño resistente a abrazarlo, para conducirlo dentro de
ese mágico espacio que creaba cada noche para reencontrarlo con su
deseo. Supo que, al convertirse el amor en algo tan leve y el desamor
en algo tan pesado, aquello podía conducirlo a una locura tan
adherente que jamás conseguiría apartarse de ella, al menos
mientras viviera, cargando con aquel dolor hasta el final de sus
días. Y el calor que recordara sobre este preciso vagón de tren
sólo sería un vano espejismo de los momentos idos, insustancial y
evanescente.
Se
resistió a recordar más, a enfrentarse con el dolor, a tolerar la
realidad. La creciente sensación cobró una entidad casi física a
lo largo de todo su cuerpo. Entonces se dejó ir, llevado en brazos
por un orgasmo de raíces tanto físicas como mentales, arropado por
una tibieza solar que provenía de sus profundidades anímicas más
entrañables, abrazando a su propia Clara en un instante amoroso que
él hubiera deseado no se acabase nunca…
Así,
mientras continuaba alejándose del dolor de la ausencia, se dejó
llevar por el traqueteo hasta la próxima estación, rogando porque
siempre existiese una estación más en su camino, y esa extensa vía
que lo conducía al recuerdo jamás tuviese un final.