martes, 24 de marzo de 2026

El vagón del cineclub

El vagón del cineclub


Mónica Russomanno


Llego al vagón del cineclub, y al atravesar la puerta me recibe la dolorosa melodía de Nusrat Fateh Ali Khan que se extiende, se estrangula, tiembla y dibuja cristales quebrados sobre la sala en sombras.


Las imágenes son confusas e inabarcables, en ese bosque de pesadilla donde dos adolescentes son asesinados. La brutalidad se muestra documentalmente; la vemos desde lejos, la acción está semioculta por los troncos de los árboles. Si la violación de la adolescente nos fuese mostrada en detalle, quizás no nos conmovería de mayor manera que esta situación de testigo real; alcanzamos a ver pero somos impotentes, es el puro horror.


Después, uno de los asesinos; que comprendemos bestial pero reconocemos humano y fruto de un entorno social que no puede producir otra cosa que esta "white trush", basura blanca. Todo su pasado, su familia, el desprecio del gran país por sus desheredados desembocan en ese bosque, esa violación, esos asesinatos.


La monja se espanta, comprende, se vuelve a espantar. Trata de ayudarlo y a la vez se entera de los pormenores, lo mira, aprende a reconocer gestos y fanfarronerías.


Nosotros seguimos su camino y nos espantamos, y comprendemos, y nos volvemos a espantar. Cómo decir a los padres de los chicos que el asesino es un ser humano, cómo ponerse en el lugar de quien ha perdido su hijo, y con él el futuro, las ganas de ver cómo sigue la vida, el deseo o la simple expectativa de felicidad.


Y la pena de muerte que sobrevuela las conciencias, la pena de muerte que nos interroga. No, digo. Y digo sí, admito que digo sí cuando me calzo los vertiginosos zapatos de los padres de las víctimas.


La pena de muerte sobrevuela la película como las melodías de minarete que profiere Nusrat, dulces y apocalípticas.


Hay primeros planos, palabras a media voz, rostros, más que nada rostros. La despedida de la familia es indudable, no saben qué decirse, se aburren, el hermano menor hace sonar sus zapatillas contra el piso encerado.


No pueden sostener la tragedia, deben esperar al último minuto para desencadenar el drama. Mientras tanto, sentados, esperan que el tiempo pase como quien visita a un enfermo y mira el reloj con disimulo.


La congoja es insoportable. Me voy. Sé que en un momento alguien dirá "death man walking", y que esta es la frase que indica que el condenado inicia el camino hacia la inyección letal. Esa horrible frase que ya toma como muerto a un ser que puede escuchar las palabras, que tiene miedo y tiembla. Lo peor no será la muerte sino la calmosa premeditación, la frialdad quirúrgica. No quiero verlo. Me voy.


En la primera fila, Oliver Reed se da vuelta y me grita en inglés "prefiero las comedias". Mientras cierro la puerta siento el chistido puntilloso y unánime de los otros cinco o seis espectadores, las carcajadas sofocadas de Oliver, que no se si sabe que está muerto.

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