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sábado, 18 de julio de 2026

Luces en la noche

Luces en la noche

Cecilia Zanelli

¿Vamos?

La pregunta de Fabio la sorprendió. Su hermano había planificado una noche diferente, para cortar la aburrida rutina que era habitual en aquel paraje casi desértico.

Los niños habían decidido llegar hasta las vías del tren, distantes a unas cuadras de su casa, una vez que sus abuelos se durmieran.

El pueblito (tal vez ni llegaba a ser eso) en el que vivían no era muy divertido los días de semana para ellos. Casi adolescentes, vivían desde pequeños con sus abuelos. El único entretenimiento era la televisión, que se interrumpía indefectiblemente a las 12 de la noche, cuando la repetidora del canal dejaba de funcionar. Los abuelos cenaban y se iban a dormir temprano pero los niños tenían demasiada energía para imitarlos.

Minutos antes de la medianoche podían escuchar la sirena del tren de pasajeros que cruzaba sin detenerse por ese lugar, atravesando con rapidez el campo oscuro.

A Fabio se le había ocurrido que podía asustar a algún pasajero insomne. Desde el tren, sólo podía verse un paisaje oscuro. Las luces del pueblo estaban lejos.

Salieron silenciosamente de la casa y cruzaron el alambrado, cada uno con su linterna. Fabio había asustado a algunos niños en las reuniones familiares, colocándose una luz bajo el mentón. El resplandor, que iluminaba la cara desde abajo, distorsionaba sus rasgos y causaba un poco de sobresalto a quien era sorprendido por esa aparición.

¿Algún desprevenido pasajero vería la cara de los niños al pasar? Era poco probable, pero Fabio no se desanimaba fácilmente y con tal de hacer algo distinto aquella noche, lo intentaría.

Mara sintió un poco de temor al ver la roja luz del tren que se acercaba rápidamente, emergiendo desde la lejana negrura de la noche.

De todas formas hizo lo mismo que su hermano. Se ubicaron cerca de las vías, donde podían ser divisados desde las ventanillas y prendieron sus linternas.

El tren pasó con indiferente velocidad frente a ellos. Fabio gritó, pero Mara sabía que no podía ser oído. Había terminado el juego. No fue tan apasionante como ella imaginaba pero valió la pena intentarlo.

Decidieron volver a casa, pero Fabio empezó a correr. Una broma que le hacía a menudo, salvo que en esta circunstancia era de noche y no había luna.

Mara le gritó: no podía alcanzarlo. Él era mayor y más rápido.

El pasto estaba alto y no se veía casi nada. Mara pensó en los grillos, los sapos y las aves nocturnas y se estremeció.

Se esforzó por correr más rápido. Una lejana luz mostraba la dirección de la casa. Sorpresivamente, algo cubrió su boca y su nariz.

Entre el terror y la sorpresa, trató de liberarse, pero era tanta la presión que se asfixiaba. Comenzó a desvanecerse.

Me muero”, pensó.

En el tren viajaba una mujer que, aunque había jurado no volver más a su pueblo, regresaba.

Los trámites de la sucesión de la casa de sus padres exigían que retorne a ese triste lugar, lejano en la distancia y el tiempo. Había que tomar decisiones, firmar papeles.

Sólo usted puede”, le dijo el abogado por teléfono.

El vagón estaba oscuro. Todos parecían estar durmiendo. Seguramente ella sería la única que continuaba despierta. No tenía ni el cansancio ni la tranquilidad necesaria para dormir.

Cada tanto, una luz en el camino iluminaba el vidrio de su ventanilla y podía ver su reflejo.

¿Tanto envejecí?”, se preguntaba. Tal vez fuese el cristal que cambiaba sus rasgos o realmente el paso del tiempo le mostrara un rostro un poco extraño, que no había advertido   antes.

Sólo había oscuridad afuera. Algunas luces lejanas anunciaban la existencia de pequeños grupos de casas o poblados.

De pronto un diminuto destello le llamó la atención. A medida que se iba acercando, Laura intentó comprender qué era esa pequeña luminosidad en medio del negro campo. Pronto estuvo cerca, cada vez más y cuando pasó el tren junto a ella fue tan veloz que no pudo distinguir bien de qué se trataba, pero advirtió a varias personas jugando con luces. Algo la inquietó. No pudo ver bien las siluetas ni sus caras. Tal vez estaban casualmente en ese lugar, pero no se sintió tranquila.

El tren siguió, imperturbable, atravesando la noche.

Laura sentía que habían pasado horas desde que había subido a él. El viaje era más largo de lo calculado.

Dormitó unos minutos y despertó. ¿Adónde estaría? Su celular se había apagado hacía rato y eso la alarmó. ¿Cuánto hacía que estaba viajando? Todos dormían… No se atrevió a despertar a nadie para preguntarle.

De pronto, y para su alivio, el tren comenzó a disminuir la velocidad. Estaban llegando a alguna estación. Increíblemente, no había luces cercanas y cuando al fin la máquina paró, no pudo ver el nombre del sitio. En el oscuro andén, sólo estaba sentada una niña con una linterna en la mano, y esa era la única luz existente.

Laura decidió bajar y acercarse a ella.

¿Dónde estamos?”, le preguntó.

La niña la miró con ojos abatidos. “No lo sé. Yo sólo estoy esperando un tren que me lleve de vuelta a casa”.

La sirena de la locomotora las aturdió. Su tren se iba. Laura sintió un gran desasosiego.

¿Cómo podía estar sola una niña en ese lugar? Entre tanta oscuridad, con tantos peligros…

Una dolorosa visión inundó su mente.

Si alguien la hubiese acompañado aquella noche, en el paraje Los Eucaliptus…

Si su padre no se hubiese quedado bebiendo con sus amigos…

Si hubiese podido gritar…

Ya no importaba la condena ni el castigo a quien cometió el delito. Ella lo único que quería era olvidar, sacar esas escenas de su memoria.

Pero ¿Se pueden eliminar los recuerdos dolorosos? ¿Alguien puede borrarlos?

Sólo usted puede” había dicho el abogado.

Se sentó junto a la niña y le tomó la mano, sin saber lo que hacía, impulsada solamente por una fuerza interna, eterna, la de su corazón.

A lo lejos se veía la luz blanca de un nuevo tren que se acercaba.

 

Mara se despertó. Todavía era de noche y el rocío había mojado su ropa y su piel. Fabio se las pagaría. Le iba a contar todo a los abuelos. Esas bromas no se hacen. Fue dando zancadas hasta la pequeña casa y, furiosa, entró.

¡Fabio!” llamó sin alzar demasiado la voz. “¡Salí, idiota!”

La puerta del dormitorio se abrió despacio y la cara de Fabio expresó asombro y culpa: “¡Mara!” gritó.

Desde el otro dormitorio salió el abuelo y comenzó a llorar.

¡Fue su culpa!, se defendió Mara “Él me dejó sola, junto a las vías del tren”.

Fabio se acercó a ella y agarrándole las manos, le dijo despacio: “Eso fue hace tres años, Mara”.

 

Laura despertó justo cuando llegaba a su destino. Se bajó del tren despacio. El pueblo no había cambiado mucho. Algunas calles asfaltadas, algunas casas más. Nada sorprendente. Caminó unas cuadras hasta la oficina del abogado.

Lo atendió su secretaria. No esperaba a nadie, le dijo.

Laura se sentía desconcertada. ¡Él la había citado allí! Cuando le dijo su nombre, la secretaria la miró asombrada.

Él la citó aquí, pero hace tres años!”, le respondió. Como ella no se había presentado, todos los trámites quedaron suspendidos.

Laura estaba confundida.

Bueno, aquí estoy”, pensó.  “Tal vez sea un error, pero estoy aquí y puedo terminar con todo esto”.

Mientras esperaba al abogado, se asomó a la ventana y, tranquila, se preguntó por qué no había regresado antes a su querido pueblo.

sábado, 4 de julio de 2026

La despedida


La despedida

Cecilia Zanelli

Dedicado a mi hermano Esteban, quien cumpliría 57 años.

Llegué a la estación Elías Romero un miércoles con el tren de las 4 de la tarde. Me agradó verla entre altos árboles. Había sido una estación pequeña pero lujosa y elegante, y a pesar del tiempo, todavía se notaba su esplendor de antaño.

Llegaba al pueblo, o más bien al caserío que se dispersaba por el paisaje rural, para acompañar a mi madre.

Mi madre se moría. Eran los últimos días de esa enfermedad cruel, larga, que la había estado consumiendo desde hacía meses.

Mi madre había decidido morir. Yo estaba segura de eso. Ella comentaba que tenía más afectos y conocidos “del otro lado” que en este mundo. Y los extrañaba.

Cuando enviudó se había mudado a ésta, la casa de sus padres y allí siguió sola los últimos diez años. Había creado un mundo de recuerdos, poblado de personas que mucho tiempo atrás habían partido. En su ausencia encontraba las respuestas a preguntas del pasado, les pedía perdón o consejo, y se animaba a decirles lo que nunca hubiera expresado delante de ellos.

La encontré acostada y a pesar de su debilidad, una intensa luz iluminó sus ojos cuando me vio. Ya no tenía fuerzas ni para hablar pero, sonriendo, me tendió su mano. Me impresionó su delgadez, la piel mustia, el cabello débil. Por supuesto, no se lo dije. Las dos sabíamos que yo me quedaría junto a ella hasta el final, que estaba próximo.

Pero no hablamos de eso. Recordamos, en cambio, buenos momentos. Anécdotas que nos divirtieron, personajes de nuestra ciudad, alguna travesura mía. Cada tanto se dormía y yo me retiraba en silencio.

Los lunes, miércoles y viernes pasaba el tren por la estación Elías Romero. Llegaban o partían algunos habitantes del pueblo, o gente del campo que había ido hasta allí para tomarlo. No me perdía ese acontecimiento: el paso del tren. Era lo único interesante en ese pequeño lugar, y tal vez podría traer algo diferente, novedoso, o extraño.

Como a esa hora mi madre dormía, salía de la casa con sigilo y caminaba por el sendero de baldosas grises hasta la vieja puerta de chapa y alambre del jardín. Tan pronto como aseguraba el pestillo y daba mis primeros pasos por la calle de tierra, empezaba a llorar.

No eran lágrimas que se deslizaran suavemente, Eran sollozos intensos, desesperados. No podía evitarlo, era involuntario. Sentía que todo el cuerpo se me sacudía, atravesado por el dolor y la angustia. Nunca lloré frente a mi madre, ni cuando era chica. No quería causarle esa tristeza. Ahora sentía asombro ante esa extraña que era yo misma, que no podía contenerse, que se descomponía de dolor ante lo inevitable. Me avergonzaba que alguien pudiese verme llorar así, A veces me paraba unos minutos junto a un antiguo fresno para tratar de tranquilizarme, antes de tomar la calle principal que iba a la estación. Y cuando escuchaba a lo lejos el silbato del tren acercándose, me limpiaba la cara y caminaba rápido hasta el andén.

En la estación había dos bancos de hierro y madera, que raramente estaban ocupados cuando llegaba el tren. Me sentaba en uno y contemplaba toda la rutina: el arribo de la locomotora, los pasajeros que bajaban, los bultos y las personas que subían, las indicaciones. Todo duraba unos 20 minutos y luego partía. Cuando ya no quedaba nadie, volvía a casa.

La segunda semana de mi estadía en aquel lugar llegó hasta el andén una niña, de unos 7 años. Me sorprendió que estuviese sola, pero parecía ser algo habitual en el lugar, y nadie se asombraba por ello. Luego me contó que vivía a unas cuadras de la estación. Traía en una de sus manos, colgada de una argolla, una jaula chica, de color plateado, con un pajarito amarillo dentro de ella.

No me gustan los pájaros enjaulados, y se lo dije, pero me respondió que era la única manera de tenerlo cerca. Lo llevaba a ver el tren, porque sentía que el pájaro no conocía más que el lugar donde estaba colgada la jaula. Me pareció insólito sacar a pasear a un pájaro, pero reconozco que tenía razón. El mundo para esa pobre ave se limitaba a unos metros debajo de una galería, entre plantas y tapiales.

Nos acostumbramos a encontrarnos, la niña, el pájaro y yo, cada vez que el tren se acercaba a la estación. Ella siempre se maravillaba ante la enorme locomotora, y aplaudía y saludaba a los pocos pasajeros, mientras yo cuidaba de la jaula. Éramos un extraño trío: una mujer madura, una delicada niña de largo pelo castaño y un pequeño pájaro inquieto.

Esos dos seres, tan inocentes, tan frágiles, me conectaban con la vida.

Cuando el tren ya no se veía en el horizonte nos volvíamos juntos y yo los seguía con la mirada hasta que doblaban la esquina. Me apuraba, imaginando que mi madre habría despertado y tal vez se hubiese levantado, pero cuando llegaba la realidad me aliviaba y entristecía: continuaba dormida, en la misma posición en la que la había dejado.

Una fría tarde de agosto, ochenta y tres días después de que pisé la estación Elías Romero por primera vez, mi madre murió.

Unas pocas vecinas, el cura y yo la acompañamos hasta el cementerio y la dejamos con un ramo de esos lirios violeta que tanto le gustaban.

Después volví a la casa, vacié la heladera, regalé algunas cosas a los vecinos y luego de dar mi teléfono a la secretaria de la Comuna, me fui al andén, a las cuatro de la tarde.

Esperé a mi pequeña amiga, pero no vino. El tren se acercó con la furia de siempre y aguardé hasta el último llamado, pero ella no apareció.

Más triste aún subí y me senté junto a la ventanilla, mientras la máquina, despacio, empezaba a marchar. Estaba buscando mi boleto cuando escuché un ruido del otro lado del vidrio y levanté los ojos.

El pequeño pájaro amarillo estaba frente a mi cara. Revoloteó varias veces y luego de vacilar unos segundos se alzó rápido, decidido, para perderse en el inmenso cielo gris.

lunes, 15 de junio de 2026

Estación Juan Tronconi

Estación Juan Tronconi


Cecilia Zanelli


Como consecuencia  de  un desastroso año escolar, a los 14 me enviaron a la casa de mi abuela en las vacaciones de verano. Era el exilio: un paraje desconocido en el centro de la provincia,  cerca de Roque Pérez, en donde lo único que se destacaba era la estación de tren Juan Tronconi.

Yo estaba convencida de que era un castigo, pero en realidad había sido la solución desesperada que se le ocurrió a mi madre: Las peleas con su esposo eran cada vez más frecuentes y violentas y quería alejarme de ese ambiente hasta que encontrase alguna salida.  En esa época la casa de mi abuela era como el desierto. La única posible diversión: televisión con un solo canal, que caprichosamente nos obligaba a mirar lo que la repetidora transmitía.  Por suerte encontré los libros que mi madre había comprado en su adolescencia, lo que me dio un poco de esperanza.

No sabía quién era Juan Tronconi. Pensaba que era un prócer, un militar o algún ingeniero relacionado con trenes, pero después me contaron que había sido el dueño de las tierras en donde estaba la estación, un inmigrante que llegó a fines del 1800 y tenía una fábrica de chacinados. El tren había dejado de pasar ya hacía varios años y con él se había ido también el poco movimiento que tenía el lugar. Un conocido  de mi madre me había dejado en la estación, desierta en medio de altos pastizales y me indicó el camino, al costado, por una calle de tierra.

Mi abuela vivía sola y estaba enferma. No tanto como para internarla, pero sí como para haber suspendido varias de sus labores domésticas y prolongar sus descansos en la cama.

Su casa había enfermado también, Húmeda, oscura, silenciosa. Desde el día en que llegué empecé a abrir las ventanas para que entre el sol. Todas las mañanas, él le daba un poco de vida a los muebles gastados, las  cortinas añejas  y  vetustos retratos familiares.  Si no hubiese tenido 14 años tal vez me hubiera deprimido el imaginar todas las vacaciones en aquel lugar, pero  mi curiosidad siempre me había ayudado  en situaciones y lugares difíciles.

Pocos vecinos tenía mi abuela: dos o tres casas, a más de 50 metros de la suya. Por supuesto, no pasaba nada interesante en ese lugar. Me di cuenta con sólo verlo.  Pero en una de las casas vecinas algo me había llamado la atención. La ventana de la cocina de mi abuela daba a su patio, en donde cuatro o cinco durazneros estaban totalmente florecidos. Los primeros días me maravillaba verlos, mientras tomaba mi café y  corría la cortina para que entre el sol. No había visto nunca, en mi ciudad, algo tan hermoso. Mi abuela notó esa fascinación y al pasar a mi lado dijo susurrando: “Aprovechá a verlos. No durarán mucho”.  Mientras la escuchaba,   pensé cómo podía obtener una ramita, aunque sea, cubierta de flores, para el jarrón de nuestra mesa.

Ese día fui caminando despacio hasta el tejido de alambre que nos separaba del vecino y me quedé mirando los árboles. No había una sola hoja en los durazneros. Sólo el rosa indescriptible de las delicadas flores que cubrían las ramas.

Alguien salió de la casa y se acercó. Era un muchacho un poco mayor que yo, como de 16 años. Alto, delgado, moreno. Le pregunté si podría darme una ramita y cortó varias. Cuando  me alcanzó ese precioso ramo una tímida sonrisa iluminó sus ojos negros.  Le pregunté su nombre y él el mío y nos saludamos estrechándonos las manos. Así empezó todo.

Una tarde, harta del aburrimiento, salí a caminar. Mi abuela se había acostado y yo sabía que hasta las cuatro, hora en que empezaba la novela, no se levantaría. Ella me había hablado de una enorme planta de tunas que estaba al lado de la estación Juan Tronconi y fui a buscarla, para ver si podía conseguir algunas.

El sol ardía. Caminé un buen rato  por ese monótono terreno: pastos secos,  unos pocos arbustos, algún pájaro solitario, hasta que llegué a la desolada estación de tren.  Algunas de las tablas del andén estaban rotas y la pintura de los bancos  ya no brillaba. Pero todo parecía  haber quedado en suspenso. Hasta el viejo pizarrón en la pared donde se anotaban los horarios del tren estaba intacto.

Ahí lo vi. El muchacho de los durazneros apareció por el otro lado del andén, como si estuviese esperándome.  Me contó algunas cosas sobre la estación. Él era muy chico cuando el tren dejó de pasar y sólo recordaba su silbato. Me relató también que poco a poco la estación había ido agonizando, sin gente, sin vida. Un antiguo empleado del ferrocarril iba una vez por semana a controlar que todo estuviera en orden  y que  nadie hubiese violentado  el cuarto de depósito, él único que estaba cerrado  y contenía papeles, muebles y algunas máquinas y herramientas  que esperaban un destino aún incierto, como un museo o su destrucción.

Recorrimos todas las dependencias de la solitaria estación. Algunos lugares ya tenían moho, telarañas y habían sido visitados por  gatos o perros sin dueño, buscando albergue o comida. Matas de gramilla y Dientes de León asomaban entre las baldosas. Aún así, era un hermoso lugar. Yo temía que hubiese ratas, pero Manuel me tranquilizó: Si estuvieran, se esconderían  o o escaparían al oír nuestros pasos.

El último cuarto al que entramos era pequeño y estaba totalmente vacío. Sus paredes habían sido pintadas de color verde oscuro, como las columnas del andén y por lo reducido y apartado pensamos que tal vez  sería la oficina del Jefe de Estación o algo así. Había un ligero aroma dulzón; parecía imposible que hubiese  quedado en las paredes tantos años.

Cerré la puerta y puse el pasador y le tendí la mano. Manuel vino hacia mí.

No habíamos planeado nada, ni siquiera hablamos. Sus manos, su boca, todo su cuerpo era mío. ¿Para qué hablar? La calidez de nuestro aliento decía todo. El abrazo era un discurso, el corazón estaba en la palma de nuestras manos y se deslizaba por la piel, enrojecida por el implacable sol de la siesta.  Nos encontramos allí así, sin saber qué hacíamos ni qué teníamos, sin preguntar ni prometer. ¿Hay amor más honesto que ése?.

Así pasaron varias semanas. Él observaba el movimiento en la estación y el día después de la inspección del encargado ataba una cinta en la más alta rama del más alto de los durazneros, que ya estaban cubiertos de hojas verdes y frutos dorados.

Nadie lo sabía, nadie lo imaginaba. Jamás podría llevarlo a mi casa, presentarlo a mis amigas. No era un “buen candidato”, como decía mi tía. Ni siquiera era un candidato. Sin pasado y sin futuro. ¿Qué importaba?. Entre mis manos, adentro mío, no era lo soñado: era lo real.

A fines de febrero nos descubrieron. Estábamos en el cuarto, casi dormidos. Yo había estirado mi mano para secar el sudor de su cara cuando escuchamos pasos y el ladrido de un perro. Con urgencia nos vestimos, mientras el picaporte subía y bajaba furiosamente y  los golpes en la puerta sacudieron el silencio de la estación.

Manuel abrió y el hombre, empuñando una escopeta, nos miró con asombro. El disgusto en su cara era notable. Manuel lo encaró cortante “No haga nada, don. No volveremos aquí”.  El hombre había descartado ya la posibilidad de que fuésemos ladrones y me miró con enojo. Asustada, recurrí  a su comprensión:

- Por favor, no diga nada. Mi abuela es una mujer mayor y podría afectarla este disgusto…

Nos salvó que mi abuela era la curandera del lugar. Había aliviado durante años los empachos y mal de ojo de casi todos los habitantes de la zona y muchos le debían favores y gratitud.

Con la promesa de no volver a acercarnos a la estación Juan Tronconi, nos dejó ir.

Nos despedimos unos metros antes de llegar a casa, todavía conmocionados por el suceso. Vi  un lamento en sus ojos oscuros, pero me acercó hacia él  por última vez con ese brazo que tantas veces había envuelto mi espalda, que me había sostenido  vibrante cuando lo amaba.

No lo vi más. A los pocos días volví a mi ciudad, a comenzar un nuevo año de escuela, a las interminables peleas domésticas, y a las pavadas de mis compañeras.

Unos meses después murió mi abuela. Mi madre viajó sola hacia allá y la enterró en el cementerio de  Roque Pérez.

La casa se vendió al poco tiempo, con los muebles y lo poco de valor que había adentro. Mi mamá trajo algunos libros, fotografías y otras cosas que no tuvo la frialdad de regalar o tirar. Ese año se separó finalmente de su marido  y nos fuimos a vivir, las dos solas, a un departamento más chico.


Diez años después volví a Juan Tronconi.

Acababa de comprar mi primer auto. Usado, por supuesto. Recién hacía diez meses que trabajaba y había abandonado la facultad definitivamente. Manejé mucho más de lo que pensaba. Había olvidado lo lejos que quedaba el paraje, la casa, la vida, en Juan Tronconi.

Llegué a la estación, más abandonada que nunca.  Maderas despintadas, tejas salidas, algunos vidrios rotos.  El tiempo y la tristeza me recibían

Apoyé mi cabeza en el volante y suspiré. ¿Qué pretendía?. ¿A qué había ido hasta allí? ¿A buscar qué? ¿Qué intentaba recuperar?

No sabía su apellido, ni si aún vivía en ese lugar, ni si seguiría siendo el mismo. Yo misma había cambiado. Diez años en los que me habían pasado montones de cosas. Era diferente por dentro y por fuera. Sin embargo, algo que no podía explicar seguía agitándose en mi pecho.

Ya estaba allí. Había manejado tanto,  planeado el viaje tanto tiempo antes, no podía volver sin intentarlo.

Bajé del auto y caminé.

El barrio había progresado poco, nuevas casas se asomaban. No muchas, pero ya no era tanta la distancia que separaba un vecino del otro, La casa de mi abuela había sido pintada de amarillo, le habían agregado otra habitación y una cerca. Me estremeció un poco verla así y saber que no podía entrar, que era una extraña para los que vivían allí.

La casa de Manuel…ya no existía.

En su lugar habían construido un galpón bastante grande, que albergaba una pequeña fábrica de cordones y soguines. No estaba la casa, ni la pirca, ni los gallineros. Y lo peor: ni siquiera habían dejado uno solo de los durazneros.

A quienes pregunté no supieron decirme nada de la familia, ni lo que había pasado con ella. Eran gente nueva en el lugar.

Volví al auto y arranqué, en sentido contrario, hacia mi ciudad.

No quería llorar, no quería pensar. “No durarán mucho”, dijo mi abuela. Los durazneros, Manuel, no sufrirían ya el paso del tiempo. Estarían florecidos para siempre.

La estación Tronconi fue quedando cada vez más pequeña en el espejo, hasta convertirse en un punto difuso, lejano, al que no volvería nunca.  Un sitio que ya no pertenecería al paisaje de mi vida, que sólo podría hallarse, sin brújula, sin mapas, sin datos ni palabras, en el lugar más dulce, más cuidado del corazón.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Al final de la calle

Al final de la calle

Cecilia Zanelli


Cuando cumplí los diez años mis tíos me hicieron un regalo maravilloso: me invitaban a pasar las vacaciones en su casa, en un pequeño pueblo de la provincia.

El lugar no tenía ningún atractivo turístico; creo que no llegaba a los cinco mil habitantes. Pero mis primos y yo nos llevábamos tan bien que era grandioso pensar en un verano juntos.

En el pueblo no existía el pavimento; tampoco era muy necesario: pocos autos transitaban por esos desolados caminos de tierra, todos iguales.

Cada calle no tenía más de diez cuadras de largo y al fondo, el campo.

Los chicos disfrutábamos jugando en ellas, generalmente descalzos, sintiendo deshacerse los terrones secos bajo la planta de nuestros pies. Nos subíamos a las veredas de ladrillos cuando se aproximaba algún auto solitario, avisados por la nube de polvo que se acercaba desde lo lejos.

Una vez a la semana pasaba un tren, que paraba sólo unos minutos y partía rápido, escapando de aquel aburrido lugar. Nos apurábamos a llegar hasta la pequeña estación y lo despedíamos con gritos, aplausos y saludos a inexistentes pasajeros. Después el andén quedaba silencioso y vacío, salvo por la visita de algunos muchachos que buscaban cuises en las interminables siestas de verano.

En la cuadra en que vivían mis tíos había una familia de la cual no conocíamos a nadie, salvo a un viejo  paralítico que todas las tardes sacaban a la vereda en una silla de ruedas. Lo dejaban una o dos horas solo,  sentado sobre un gran almohadón verde y allí se quedaba, inmóvil, todo el tiempo mirando hacia el final de la calle.

Pensábamos que tal vez no quería vernos saltar, correr o hacer equilibrio sobre alguna rama. Tal vez no le gustaran los niños, o no quisiera recordar cuando podía hacer lo mismo que nosotros.

La verdad es que no nos importaba demasiado y al poco tiempo ya era como parte del paisaje. A veces lo tomábamos como un límite –“Corremos hasta el viejo y volvemos”– y nunca tuvimos un intercambio  con él, ni un gesto, ni una palabra. Lo ignorábamos y pienso que también él a nosotros, pero me intrigaba saber que buscaba ver al final de la calle.

En esas horas se adueñaban de la tarde los grillos, las chicharras y las ranas. Imposible encontrar alguno de esos bichos para atraparlo. Se callaban cuando nos acercábamos.

Era su momento en el día. Era su lugar en la Tierra, y gritaban. Tal vez nos gritaban a nosotros, intrusos en su mundo. Quizás se comunicaban entre ellos con algún lenguaje natural y desconocido para los hombres.

En las cunetas, entre las flores de sapo, en los baldíos con aroma a alfalfa y manzanilla, un universo de insectos esperaba la noche.

Pero mientras reíamos y corríamos por la tierra el viejo miraba, insistentemente, al final de la calle.

Yo no me había animado a aventurarme más lejos de dos o tres cuadras. Me daba miedo el campo oscuro. Pero una tarde les propuse a mis primos que vayamos un poco más allá, tratando de descubrir lo que el viejo veía y nosotros no.

Sabíamos que después vendría el reto, pero éramos varios para soportarlo. Y la curiosidad ya no se aguantaba.

Comenzó a bajar el sol y escuchamos a mi tía lejos, ocupada en la cocina.

Cuando empezó el canto del primer grillo, nos dimos la mano y emprendimos la caminata  hacia el final de la calle. Las luces de las esquinas comenzaban  a prenderse, pero donde íbamos nosotros la oscuridad llenaba todo.

Llegamos adonde terminaba la calle y nos topamos con un alambrado. Más allá, el campo. Los minutos pasaban, la noche se ponía más negra.

De pronto, primero una, luego tres, luego cinco. Luciérnagas. Lucecitas que no podíamos decidir si eran verdes o amarillas. Por todos lados. Apareciendo y desapareciendo. Cientos, tal vez miles, encima del campo. Algunas venían hacia la calle y tratamos de agarrarlas.

Parecían jugar con nosotros. Cada vez que estábamos a punto de atrapar alguna, desaparecía como el sonido de las ranas y los grillos.

Mi primo logró la hazaña. Cazó una y la encerró en el hueco de su mano. Todos nos asomamos para verla: ¡Imposible perderse ese pequeño tesoro que irradiaba una luz que podía verse desde lejos!.

Empezamos a correr volviendo a casa: nos acordamos de la cena.

Pero un presentimiento, o intuición, no sé, hizo que Víctor se parara junto al viejo con el bichito dentro de su mano.

Por primera vez en todo el verano el viejo giró la cabeza y miró las manos de mi primo. La luz de la luciérnaga se escapaba entre los dedos y llegó hasta la cara arrugada, iluminándola.

En eso escuchamos la voz de mi tía, llamándonos a los gritos.

Corrimos hacia la casa y mi primo abrió la mano. La luciérnaga salió volando. Pensábamos que estaría averiada, pero no. Prendió su luz dos o tres veces y se volvió hacia el final de la calle, perdiéndose en la oscuridad.

El viejo la siguió con la mirada y trató de mover su mano. Solamente pudo abrir los dedos.

Mi prima creyó que quería agarrarla.

Yo estoy segura que le dijo adiós.

martes, 12 de mayo de 2026

El tren de la noche

El tren de la noche


Cecilia Zanelli


Recuerdo el tren de las cinco de  la tarde, que pasaba por mi pueblo.

Dos trenes alteraban la pesada rutina de ese lugar, sin pasado ni futuro. Uno llegaba, todos los días, a las 5 de la tarde. Lo escuchaba desde la escuela y sabía que pronto sonaría la campana para volver a casa.

Al otro no lo había visto nunca. Pasaba dos veces a la semana, sin detenerse, por aquel viejo caserío que era lo único que yo conocía hasta ese momento. Su sirena era larga y parecía estar siempre lejos.

Heraldo y yo éramos amigos y vecinos y teníamos 12 años cuando ocurrió lo del campanario.

El cura nos permitía ir a pedir monedas en la escalinata de la Iglesia unas horas todos los días, a la mañana en invierno y a la tarde cuando empezaba la primavera.

No era un cura bondadoso o bonachón, como me contaron que había en otros pueblos, pero nos daba permiso para extenderle la mano a las viejitas que iban a la misa del atardecer.

No conseguíamos mucho, pero servía.

En especial a Heraldo, porque sabía que tenía que llegar a su casa con algo, o no entraba.

Cuando lo recaudado era poco, yo le daba parte de lo mío para que su padre no le pegue y después él me lo devolvía en las Fiestas Patronales, cuando la iglesia se llenaba de gente y todos estaban generosos.

Le había comentado a Heraldo acerca de los trenes. Mi curiosidad por el tren nocturno, que no paraba en la estación y que, por el ruido que hacía, parecía interminable. Heraldo me propuso que nos escapáramos una noche, a las 23,00, para ver pasar a aquel misterioso tren.

Las vías dividían en dos a mi pueblo. De un lado estaba la Iglesia, la Comuna, la Comisaría y la plaza. Del otro lado estaban las casas más humildes, las calles sin mejorado y lo más lindo que tenía para mí el lugar: un enorme monte de eucaliptos.

Nos habíamos hecho amigos del hijo del guardabarrera, que vivía casi al lado de la vía, en una gran casa de madera que les prestaba el Ferrocarril.  El padre de nuestro amigo era un hombre alto, rubio, de serenos ojos claros, que nos trataba muy cordialmente. Sonreía mucho  y había prometido llevarnos a dar un paseo en la “zorrita” con la la que se desplazaba por las vías para solucionar algún problema. Nos gustaba mucho ir a visitar a nuestro amigo. A veces nos animábamos a entrar al bosque de eucaliptos, si había sol y era de día, porque era tan alto y tan tupido que no siempre llegaba la luz hasta el piso y por eso casi no había pasto entre los troncos. Lo cual era una ventaja cuando andábamos en ojotas en el verano, buscando algún pichón caído del nido.. Cada tanto el padre de nuestro amigo nos llamaba con un grito para saber si estaba todo bien, a lo que respondíamos gritando nosotros también y eso nos causaba mucha risa. Cuando regresábamos de esa excursión la madre nos esperaba con la leche y pan con manteca y azúcar y luego nos íbamos corriendo a la iglesia porque ya era la hora de la misa.

Esa noche hacía frío, era invierno y todos se habían ido a dormir temprano. A las 22.30 me escapé por la ventana del lavadero y pasé por la casa de Heraldo, que ya estaba esperándome. Nos fuimos hasta el baldío más cercano, por donde pasaba el tren y nadie pudiera vernos.

El frío era intenso y estaba todo el pueblo silencioso, solamente las ranas y alguna lechuza parecían estar despiertas como nosotros.  Por suerte estaba el cielo despejado y la luna llena iluminaba el campo, pero aún así, yo tenía miedo.

Nos quedamos a pocos metros de la vía, esperando. Minutos antes de las 23,00 empezaron a vibrar los rieles y la sirena del tren se escuchó a lo lejos. No podíamos ver nada, sólo una luz roja a lo lejos que se acercaba y agrandaba cada vez más.

¡Ahí viene!”, me dijo Heraldo con un susurro, como si  alguien, o el mismo tren, pudiera escucharnos y descubrirnos.

El tren disminuyó la velocidad y pasó delante nuestro. Conté 34 vagones, duros, oscuros y fríos. El viento que produjo al pasar a nuestro lado nos azotó la cara y se nos voló el pelo y una sensación de pequeñez me provocó escalofríos.

Poco a poco pasaron los vagones, bastante despacio, tal vez porque atravesaba la ciudad. En un momento iba tan lentamente que casi podríamos habernos subido a él, pero no paró. Continuó avanzando con su sirena y se alejó, negro y poderoso, hasta que ya no lo vimos, en el oscuro horizonte.

Volvimos a casa con la curiosidad satisfecha, pero Heraldo estaba pensativo y un poco triste. Yo también sentía un poco de angustia. Y volví a sentirla cada vez que escuchaba, en las siguientes noches, la sirena del tren cuando pasaba.

No se habló más de la visita nocturna y todo siguió más o menos igual, hasta que ocurrió lo del campanario.

Heraldo llegó esa tarde de noviembre a la iglesia con un humor terrible. Estaba enojado y aburrido y se le ocurrió subir hasta el campanario.

El cura nos lo había prohibido, porque las escaleras eran muy viejas, algunas estaban rotas y la caca de las palomas que se metían por las aberturas había corroído la madera.

Yo traté de disuadirlo pero no sé qué le pasaba a él ese día; estaba como desafiante.  Le dije que el cura iba a enojarse.

No seas cagón, Omar”, me respondió. “El padre Jorge está en el hospital a esta hora. Ni va a enterarse”.

Así empezamos el riesgoso e inolvidable ascenso al campanario.

Atravesamos una puerta angosta que nos llevó a una habitación llena de velas consumidas hasta la mitad, que estaban benditas y no podían tirarse ni usarse en otras celebraciones. Allí estaba la primera escalera, que había sido ya arreglada, y nos llevaba a una terracita, desde donde se tiraban los fuegos artificiales el día de las Fiestas Patronales. Con mucha excitación nos asomamos por encima de la pequeña pared: todo el pueblo se veía desde allí.  La vía del tren trazaba como un dibujo recto que lo dividía en dos y se curvaba al final. Podíamos ver  todos los techos: el de la escuela, el del hospital, el de las casas más lujosas y, a un costado del monte de eucaliptos, nuestro barrio.

El aire puro y la hermosa vista del lugar animaron a Heraldo, que me empujó a seguir subiendo.

La segunda escalera era más larga y ya no estaba en buenas condiciones. Se hamacaba bajo nuestro peso y me dio un momento de pánico.

¡Vamos Omar, no va a pasar nada!” me alentó Heraldo.

Llegamos casi trepando al cubículo donde estaba el reloj.  Heraldo se paró en el pequeño espacio que quedaba entre la máquina y las paredes, cada una de ellas con un enorme esfera de vidrio donde estaba impresas las horas en números romanos.

Era increíble ver pasar la luz del sol por ahí. Yo podía ver el cuerpo de mi amigo atravesado por luces y sombras que parecían estamparle un dibujo singular.

Parecía algo mágico y hubiese sido totalmente maravilloso pero lo arruinaba el excremento de las palomas seco, que cubría gran parte del piso y parte de la escalera.

Quedaba un  último ascenso y era hasta la última parte de la torre, donde estaban las campanas. Nosotros las habíamos visto desde abajo, a través de unas ventanas ovaladas.

Yo no quise subir más. Me parecía una impertinencia haber desafiado la orden del cura y haber conocido también, desde adentro, la torre prohibida.

Pero Heraldo continuó y, aunque desde abajo  yo advertía su particular silencio de cuando estaba concentrado, pegó un grito de alegría cuando llegó a la cima.

¡Vení Omar, esto es increíble!” gritó asomándose por la ventana, entre las campanas.

El cura Jorge volvía del hospital y vio a Heraldo, justo cuando se asomaba sonriente, triunfante, espantando a las palomas  que entraban y salían de la torre.

Desde abajo nos llegó su voz, fuerte y colérica, llamándonos.

Empecé a bajar con cautela y le dije a Heraldo que tuviese cuidado, porque las últimas escaleras estaban en un estado lamentable. Le pedí que se agarrara de las sogas de las campanas, porque aunque sonaran, ya habíamos sido descubiertos.

Nunca lo vi tan furioso al cura. Con la cara roja y hablando rápido nos dio un largo sermón sobre la obediencia y nos prohibió volver a pedir limosna en la escalera del templo.

Heraldo, que se había aguantado bastante bien el reto, se puso blanco y no dijo nada, pero tenía una expresión en la cara que nunca voy a olvidar.

Nos volvimos callados a casa caminando y nos despedimos en la puerta.

Fue la última vez que vi a Heraldo. Esa noche pasó el tren, a las 23,00 y escuché su larga sirena, perdida en el medio de la noche.

Heraldo se fue con él.