Extraños
en un tren
Sergio Borao Llop
Me
encogí de hombros y subí al tren. ¿Qué podía perder?
Un
par de días antes había visto un aviso en un diario, mientras
buscaba sin esperanza una oferta de trabajo. Me llamó la atención
porque yo había oído antes ese nombre, aunque no conseguí recordar
en qué circunstancias.
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VENGA
A CARLOS BEGUERIE.
LO
QUE SIEMPRE HA DESEADO.
¡NO
SE ARREPENTIRÁ!
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Como
es natural, al principio me pareció el típico mensaje para captar
tontos, pero mi situación era tan desesperada que decidí probar.
Indagué cómo llegar al sitio. La mejor opción (la única opción)
era tomar el tren provincial. Y rezar porque el revisor no me
atrapara sin billete.
Recorrí
todos los vagones hasta encontrar un sitio lo bastante discreto para
acomodarme. Tomé asiento y cerré los ojos. Noté que aquello se
ponía en marcha. Suspiré, un tanto aliviado. Pensando oscuramente
en la extraña mezcla de pasajeros, efímeros compañeros de viaje de
los que nada sabemos y a quienes muy probablemente no volveremos a
ver jamás, me adormilé.
Al
despertar, distinguí una sombra en el asiento frente al mío.
Maldije en silencio. No me apetecía tener compañía. Al ver que
abría los ojos, el tipo (era un hombre de unos cuarenta y cinco a
cincuenta años, elegantemente vestido, con gafas y un sombrero –
¡pero ya nadie lleva sombrero! pensé.-) se dirigió a mí:
Guardé
silencio y le miré sin amabilidad alguna.
No
quiero incomodarle. Es solo…
Diga,
diga – rezongué.
Verá.
Es que me pareció… que es usted… bueno… ¡como yo!
¿Cómo
usted? Creo que no lo comprendo.
Quiero
decir… Extranjero.
¿Y
qué le hace pensar eso?
No
sé… Su aspecto… No parece de aquí, eso es todo. Si me he
equivocado, le ruego me disculpe. Buscaré otro asiento.
Por
alguna razón, la timidez del tipo me indujo a mostrarme cortés.
No
será necesario. No me incomoda. Se lo aseguro.
Así
pues – insistió tras un breve silencio - ¿Estoy en lo cierto?
¿Respecto
a mis orígenes? Sí. Está en lo cierto. No soy de aquí.
¿De
España, tal vez?
Español,
sí. ¿Y usted?
También.
Solo que ya llevo aquí unos veinte años, mientras que usted… no
se moleste… se le nota que lleva poco tiempo entre nosotros.
Acierta
de nuevo. Estoy aquí desde hace unos pocos meses. Vine por una
mujer. Tuvimos una intensa historia allá en mi tierra y creí que
eso duraría siempre. Me equivocaba, claro. Cuando llegué, ella ya
se había casado con otro y se confesaba muy feliz. Pero yo había
gastado todo mi dinero en el viaje y ahora no tenía forma de
regresar.- no supe porqué le contaba todo esto. Era un perfecto
desconocido. Tal vez incluso una mala persona. Uno nunca sabe.
Le
comprendo. Aunque mi caso es muy distinto. Yo vine aquí en busca de
trabajo. Y lo encontré. ¡Sí, señor! Durante muchos años he
trabajado en la compañía ferroviaria. Y cuando lo dejé, ya me
había enamorado de estas tierras y ni siquiera me planteé la
posibilidad de ir a cualquier otra parte. Pero déjeme que le diga
una cosa: Estoy muy contento de hallar un compatriota.
Ya.
Pero esto es un tren. Llegados a destino, cada uno emprenderá su
camino y lo más probable es que…
Bueno.
Pero aún falta para eso. ¿Puedo ser sincero con usted?
Puede.
En
realidad… Ahora que ya nos conocemos… Me gustaría…
¿Qué?
– mi mano derecha parecía aletear dentro del bolsillo de la
gabardina.
Quisiera…
¡cómo decirlo!... hacerle… bueno… una propuesta…
¿Una
propuesta? ¡Hum! ¿Qué tipo de propuesta?
Esto…
Se trata de un asunto delicado… No sé si debo…
¡Maldita
sea! ¡Hable de una vez!
Usted
parece una buena persona… No tendría que haber…
¿No
pretenderá…? –dije, medio en broma, recordando la novela de
Patricia Highsmith, cuya adaptación al cine había visto
recientemente. - No pretenderá que yo… mate a su mujer. ¿Verdad?
No.
No. Nada de eso. No soy casado. Pero precisamente… hay una mujer
en medio de este asunto. Sin embargo, no pretendo que le haga nada.
Más bien…
Sea claro.
Sí.
Será lo mejor. Verá… he llegado a un punto de mi vida… es
difícil de admitir, pero… No sé muy bien cómo explicarlo… la
cuestión es que no soy feliz.
¿Y
quién lo es?
Yo
lo fui. Cuando llegué a este país, encontré un buen trabajo,
conocí a la mujer de mi vida y durante muchos años fui
moderadamente feliz. No necesitaba nada más y me entregué a partes
iguales al trabajo y al amor. Sin embargo…
Es
natural. Todo se termina antes o después.
Sí,
sí. Eso fue lo que sucedió. Y de la forma más cruel. Una
enfermedad me arrebató a mi mujer de forma súbita. Caí en un
abismo de autocompasión y de la noche a la mañana abandoné mi
trabajo. He intentado seguir adelante, pero no me es posible. No hay
un solo aliciente que me empuje a continuar. ¿Me comprende?
Sí.
Creo que sí. A veces la vida es muy dura.
Por
eso yo quería proponerle… Es un asunto feo… No sé si…
Hable,
hable, no se retraiga.
Me
he fijado que sus ropas están raídas y bueno… No se ofenda, pero
va usted bastante sucio.
Lo
sé. Ya le dije que estoy sin plata. Comiendo cuando consigo algo
mediante algún trabajo puntual y durmiendo al raso la mayor parte
de los días. En el último mes apenas me he duchado una vez. Solo
puedo lavarme la cara en las fuentes públicas. Es terrible.
Puedo
imaginarlo. Bien. La pregunta es: ¿Le gustaría ganar algo de
dinero?
Claro.
¿Qué hay que hacer?
Solo
tiene que matarme.- dijo, muy lentamente y bajando la voz.
Le
miré, incrédulo. Él mantuvo la mirada. No estaba seguro de haber
oído bien. Tardé un poco en reaccionar. Hubo un incómodo silencio
entre nosotros. Por un momento, volvimos a ser dos extraños, si es
que en algún momento habíamos dejado de serlo.
Verá.
Lo he intentado – me dijo – pero me falta valor para suicidarme.
En el momento definitivo, soy incapaz. Físicamente incapaz.
¿Es
usted consciente de lo que me pide?
No
del todo… No imagino estar en su lugar. No sé qué haría yo en
esta situación. Pero le ruego atienda a mi petición. Todo el
dinero y los objetos que llevo encima serán suyos. Eso le permitirá
mantenerse un tiempo y quién sabe… tal vez tener un futuro. En
cambio, para mí no hay futuro. Solo deseo la paz de la
inexistencia.
No
contesto. Solo le contemplo con más atención. Sí. Es cierto que
sus ropas y sus modales delatan a una persona de cierta posición,
pero sus ojos, el rictus de su boca, su expresión corporal… Es la
viva imagen de la infelicidad. Por otra parte… No estoy seguro de
cómo me afectaría seguir sus deseos. Siempre fui incapaz de causar
daño a los demás. Si hasta miro al suelo constantemente para no
pisar las filas de hormigas que surcan los caminos de esta tierra.
En
eso, el tren reduce la velocidad. Miro por la ventanilla. Hemos
llegado a Carlos Beguerie. Nos miramos. Él se levanta de su asiento
y yo le imito. Suspiro y echo a andar tras él. Bajamos.