Estación
Plomer
Mónica Russomanno
Plomer,
me dijo. Campo, venir en el tren hasta acá, cambiar de andén y
tomar otro tren de trocha angosta hasta Rosario.
No
entendí demasiado bien las instrucciones, nunca le entiendo al Coiro
demasiado de lo que trata de explicar. Empieza con cierta firmeza
pero se va enredando, y por no preguntar mil veces me quedo con esas
dudas pequeñas que finalizan en una nebulosa concentrada,
blanquecina, clara batida a nieve.
Lo
peor fue el tema de la vaca. Pensé que estaba bromeando, pero el
tipo no entiende lo que es un chiste. De veras, se queda en suspenso
y parece que no escuchó pero es que no entiende los chistes.
Ansiosamente me decía que el tío estaba en el limbo pero que al
limbo lo cerraron hace varios años, y que ahora con el tema del
infierno… y ahí se detenía con una mirada significativa, como si
una pudiese sacar algo de ese galimatías. Ahora con el tema del
infierno…
La
cosa es que había una vaca en San Sebastián, que fue del tío o no,
no sé, una vaca que había que llevar en el tren desde San Sebastián
hasta Plomer, y desde Plomer hasta Rosario, y algo tenía que ver con
el infierno ¿Tiene que ver con el infierno por los cuernos? No se
reía el Coiro, cuando está lanzado a alguna cosa no mira a los
lados. Le dije que era imposible que el tren venga por el océano
desde San Sebastián, y el Coiro me explicó que no, que no es la San
Sebastián del País Vasco. “No mire, no es la San Sebastián…”
Si
Coiro, claro, ya sé, es un chiste. Ja ja, entiende. Un chiste, como
lo de los cuernos y el infierno.
Pasado
un ratito buscando desesperado algo de qué aferrarse en mis
palabras, en mis ojos, de pronto se reía, sin convicción. Estaba
centrado en la idea de la vaca y el traslado. No había lugar para
chistes, esto era serio. Es más, estaba garabateando un planito en
su libreta, anotando todas las cosas accesorias que no me iban a
prestar ninguna ayuda, y obviando lo importante con una capacidad de
selección impresionante.
Yo
por alguna razón me siento obligada a hacerle caso. Hace unos años
le había entrado la urgencia de conocer a un amigo de internet. Me
dijo que el hombre estaba enfermo, no me acuerdo muy bien de cómo me
convenció, pero recuerdo el patetismo. En definitiva, conseguí la
posibilidad de que nos llevara un amigo gratis, armé la valija, pedí
días en el trabajo, pero en el último momento le dio la corazonada
de que ir sería funesto, le dio dolor de estómago, le dio la
urticaria, le dio gastritis, y me tuve que ir de vacaciones a un
lugar olvidado de dios, sola, a conocer a un poeta del que no tenía
noticias. Esas aventuras de otros que son una imposición por la poca
voluntad o el exceso de empatía. Lo pasé bien al final, pero buena
rabieta me llevé.
Yo
en estos días tenía que ir a una ciudad cercana a San Sebastián,
así que le dije al Coiro que le llevaría la vaca a Rosario. No lo
puedo explicar, pero siempre me arrepiento después, ya tarde.
Cuando
llegué a la estación de San Sebastián, una vaca estaba atada a una
tranquera. No había nadie. Cosas del Coiro, los planes son confusos
y más bien espiralados. Horror a las líneas rectas. La cosa es que
mi amigo el camionero que me había llevado la otra vez a lo del
poeta me dijo que pasaba por la zona, y que si yo quería en vez de
esperar el tren podía cargar el animal y llevarnos hasta Plomer.
Yo
acepté nada más que por no tener que lidiar con el bicho. No
entiendo nada de vacas, y por más pacíficas que se vean me inspiran
el temor de lo voluminoso. Son en general bien intencionadas, pero
pueden tener ideas propias difíciles de prever detrás de esa mirada
bovina inescrutable.
Subimos
la vaca al camión. El camino fue agradable, con mate y bizcochitos
de grasa.
El
estado de abandono de la estación San Sebastián no me hizo
sospechar, el estado de abandono de Plomer tampoco me dio indicio
suficiente como para no descargar la vaca que se entregó, como yo, a
un destino desconcertante.
Hace
varias horas que se fue el camionero. Noté que la estación carece
de personal, que los yuyos la sofocan, que no hay pasajeros ni
horarios.
Según
el Coiro debería subir al tren de trocha angosta a Rosario, pero
aquí estamos la vaca y yo, ella comiendo pastito, yo llamando al
Coiro que después de una hora me atiende, me dice que estaba en el
súper chino y me cuenta la lista de compra entre lo que figura una
pomada para los dolores reumáticos, milanesas de pollo, lavandina.
Consigo
atraer su atención hacia mi situación que se va haciendo cada vez
más preocupante dado que atardece. Me pide que le cuente el estado
del cielo, la forma de las nubes, si la trocha angosta es
efectivamente angosta. Su voz es soñadora y se siente su
satisfacción cuando describo el edificio, los rieles, las señales
oxidadas.
El
tren no funciona más hace años, me dice. Pero claro, quién puede
no saber que ya no hay tren de trocha angosta a Rosario. Y me lo dice
como si tal cosa, yo situada en territorio, metida de veras en el
ensueño del Coiro, yo de veras con el olor a campo y con la vaca que
acaba de restregar la cabezota contra un poste.
Qué
ilusión me dice. Me dice que se vive de ilusiones y no se qué del
limbo y del tío y otras cosas que no escucho porque entonces de
dónde salió la vaca, y qué hago ahora acá en el campo en una
estación abandonada con los chillidos de los pájaros que se van a
dormir.
Qué
ilusión, llevar una vaca, el tren, los alambrados, el pasado
ferroviario. El limbo, el tío, el infierno, un revoltijo inconexo. Y
yo acá que me robé una vaca sin saberlo, esperando el tren que no
va a llegar nunca más. La brisa suave de la tarde, los pastos que
cabecean y hacen olas tiernas, un rosado que gana los bordes de nubes
barrocas.
Me
animo a acariciar levemente la cabeza de la vaca. Me hociquea
humedeciéndome la mano. Supongo que es una despedida, espero que el
destino que le proporciono no sea peor que el que torcí con su rapto
involuntario. La suelto en el campo sin poder sustraerme a hablarle
como a un ser humano al que ya le profeso afecto. Me voy.
Cuando
estoy haciendo dedo en la ruta, pienso que el Coiro ya debe de estar
dormido en su cama, y estará soñando con historias sin principio ni
final, sin sustancia, con la falta de lógica que las torne más
ligeras, más tenues, menos cargadas de aristas filosas.