Mostrando entradas con la etiqueta Plomer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Plomer. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de agosto de 2026

La vaca y el tío

La vaca y el tío


Eduardo Francisco Coiro


Eran los años 40. La fecha justa es imposible de reconstruir.

El tío abuelo Juan  trabajaba en La Vascongada visitando tambos por la zona de los partidos de Chivilcoy y Suipacha que enviaban leche para la usina láctea. No era vasco sino italiano, pero usó boina vasca en la inmensa pequeñez de cada recuerdo.

El tío abuelo al que su mujer llamaba "Joani" con una dulzura inigualable en su voz era un hombre de más de 30 años. Un tipo honesto para el cual la palabra valía más que cualquier papel firmado.

Entre sus tamberos amigos estaba Aitor.

El vasco Aitor quería que el tío dejara de ser un empleado o que además fuese tambero. En una de esas visitas donde el tío abuelo verificaba condiciones observables del tambo. Aitor que ya era un amigo entrañable consiguió que Juan aceptara un regalo al que le presento de un modo inolvidable:

-Se llama Aurora. Es una maravilla que puede darte mucha felicidad.

La vaca era una de las mejores que tenía en su plantel.

Entre ellos sabían que el tío Juan no cambiaría su firmeza de inspector de tambos ni dejarían de ser amigos que dejaron sus pueblos para vivir en la tierra de promesas que era la Argentina entonces.

El tío Juan había comprado o arrendado un campo en las cercanías de Rosario.

Aitor lo quería convencer que pusiera un tambo. Él lo podría ayudar con su experiencia. El primer gesto fue regalarle a "Aurora".

En aquella época los trenes llevaban granos, animales, encomiendas, también pasajeros con sus equipajes pues eran trenes mixtos.

El tambo de Aitor quedaba entre San Sebastián y Almeyra, pero San Sebastián era una estación importante de la cual salían como cabecera trenes directos para Puente Alsina.

El primer tramo del viaje era breve. En poco más de dos horas  la vaca estaría en la estación Plomer. La vaca no podía viajar sola, alguien debía bajarla en Plomer y ahí esperar horas hasta que llegue el tren de la Compañía General  Buenos  Aires hacia Rosario.

Allí fue cuando Joani le encargo la tarea a su sobrino Nicolás que a los 16 años ya trabajaba en lo que podía. Era un trabajo sencillo pero tenía una carga de responsabilidad. Debía partir de Puente Alsina, viajar hasta San Sebastián, Encontrarse con Aitor que le daría de almorzar y lo haría recorrer el tambo para hacer tiempo a la llegada del tren mixto horas más tarde. Subir a Aurora en el vagón de hacienda. Bajarla en Plomer. Volver a subirla en un tren del Compañía General. Cuidar que la vaca llegue bien a la terminal donde la esperaría un tal Rosendo Núñez con un peón para llevarla al  campito del tío Juan. Todo este paseo duraría tres días entre idas y vuelta.

El tío Nicolás estaba maravillado por la idea, acepto sin preguntar cuanto le pagarían además del pasaje y las comidas. Es posible que fuese su primer viaje largo en tren. Todavía usaba habitualmente pantalones cortos así que Dominga -su madre- tuvo que conseguirle unos que el abuelo no usaba más y llevarlos a doña Julia una vecina pantalonera para que los ajustara a las medidas de Nicolás.

Tenía un pasaje para viajar en vagones con asientos de madera con la obligación de bajar en cada estación y fijarse como estaba Aurora en el vagón del ganado.

El tío había empezado a conversar con una chica algunos años mayor que él mientras esperaba en Plomer. Se llamaba Manuela. Se acerco como otras personas ante la imagen pintoresca de un jovencito tan alto parado en el andén llevando atada a una vaca. Una hermosa vaca lechera que llevaba colgada del cuello su nombre "Aurora" en un cartel enorme.

Fueron muchas estaciones. El tío bajaba en cada una. Iba rápido a ver como estaba Aurora, luego corría al silbato del guarda para subir y seguir conversando con Manuela.

(….)

El tío Nicolás tenía  88 años cuando relató hasta este punto todo esto.

Suspiró. Entró en una especie de limbo que duró largos minutos hasta que volvió a hablar con un tono de repentina tristeza:

-Nunca más pude estar con una mujer tan hermosa.

Entonces fue cuando le pregunté:

-¿Cómo siguió la historia de la vaca?

-De eso ya no me acuerdo.

-Te llamé para que vengas urgente porque anoche soñé con el tío Joani.

(El tío abuelo Juan era para todos una especie de santo en los cielos de nuestra memoria.)

-Tengo miedo. Creo que cuando muera no voy a entrar al cielo.

El tío Nicolás estaba pálido. 

-Juan me hablaba.

-¿Qué te decía?

-Querido Nicolás, pronto nos veremos. ¿Dónde esta la vaca?

jueves, 25 de junio de 2026

Estación Plomer


Estación Plomer


Mónica Russomanno


Plomer, me dijo. Campo, venir en el tren hasta acá, cambiar de andén y tomar otro tren de trocha angosta hasta Rosario.

No entendí demasiado bien las instrucciones, nunca le entiendo al Coiro demasiado de lo que trata de explicar. Empieza con cierta firmeza pero se va enredando, y por no preguntar mil veces me quedo con esas dudas pequeñas que finalizan en una nebulosa concentrada, blanquecina, clara batida a nieve.

Lo peor fue el tema de la vaca. Pensé que estaba bromeando, pero el tipo no entiende lo que es un chiste. De veras, se queda en suspenso y parece que no escuchó pero es que no entiende los chistes. Ansiosamente me decía que el tío estaba en el limbo pero que al limbo lo cerraron hace varios años, y que ahora con el tema del infierno… y ahí se detenía con una mirada significativa, como si una pudiese sacar algo de ese galimatías. Ahora con el tema del infierno…

La cosa es que había una vaca en San Sebastián, que fue del tío o no, no sé, una vaca que había que llevar en el tren desde San Sebastián hasta Plomer, y desde Plomer hasta Rosario, y algo tenía que ver con el infierno ¿Tiene que ver con el infierno por los cuernos? No se reía el Coiro, cuando está lanzado a alguna cosa no mira a los lados. Le dije que era imposible que el tren venga por el océano desde San Sebastián, y el Coiro me explicó que no, que no es la San Sebastián del País Vasco. “No mire, no es la San Sebastián…”

Si Coiro, claro, ya sé, es un chiste. Ja ja, entiende. Un chiste, como lo de los cuernos y el infierno.

Pasado un ratito buscando desesperado algo de qué aferrarse en mis palabras, en mis ojos, de pronto se reía, sin convicción. Estaba centrado en la idea de la vaca y el traslado. No había lugar para chistes, esto era serio. Es más, estaba garabateando un planito en su libreta, anotando todas las cosas accesorias que no me iban a prestar ninguna ayuda, y obviando lo importante con una capacidad de selección impresionante.

Yo por alguna razón me siento obligada a hacerle caso. Hace unos años le había entrado la urgencia de conocer a un amigo de internet. Me dijo que el hombre estaba enfermo, no me acuerdo muy bien de cómo me convenció, pero recuerdo el patetismo. En definitiva, conseguí la posibilidad de que nos llevara un amigo gratis, armé la valija, pedí días en el trabajo, pero en el último momento le dio la corazonada de que ir sería funesto, le dio dolor de estómago, le dio la urticaria, le dio gastritis, y me tuve que ir de vacaciones a un lugar olvidado de dios, sola, a conocer a un poeta del que no tenía noticias. Esas aventuras de otros que son una imposición por la poca voluntad o el exceso de empatía. Lo pasé bien al final, pero buena rabieta me llevé.

Yo en estos días tenía que ir a una ciudad cercana a San Sebastián, así que le dije al Coiro que le llevaría la vaca a Rosario. No lo puedo explicar, pero siempre me arrepiento después, ya tarde.

Cuando llegué a la estación de San Sebastián, una vaca estaba atada a una tranquera. No había nadie. Cosas del Coiro, los planes son confusos y más bien espiralados. Horror a las líneas rectas. La cosa es que mi amigo el camionero que me había llevado la otra vez a lo del poeta me dijo que pasaba por la zona, y que si yo quería en vez de esperar el tren podía cargar el animal y llevarnos hasta Plomer.

Yo acepté nada más que por no tener que lidiar con el bicho. No entiendo nada de vacas, y por más pacíficas que se vean me inspiran el temor de lo voluminoso. Son en general bien intencionadas, pero pueden tener ideas propias difíciles de prever detrás de esa mirada bovina inescrutable.

Subimos la vaca al camión. El camino fue agradable, con mate y bizcochitos de grasa.

El estado de abandono de la estación San Sebastián no me hizo sospechar, el estado de abandono de Plomer tampoco me dio indicio suficiente como para no descargar la vaca que se entregó, como yo, a un destino desconcertante.

Hace varias horas que se fue el camionero. Noté que la estación carece de personal, que los yuyos la sofocan, que no hay pasajeros ni horarios.

Según el Coiro debería subir al tren de trocha angosta a Rosario, pero aquí estamos la vaca y yo, ella comiendo pastito, yo llamando al Coiro que después de una hora me atiende, me dice que estaba en el súper chino y me cuenta la lista de compra entre lo que figura una pomada para los dolores reumáticos, milanesas de pollo, lavandina.

Consigo atraer su atención hacia mi situación que se va haciendo cada vez más preocupante dado que atardece. Me pide que le cuente el estado del cielo, la forma de las nubes, si la trocha angosta es efectivamente angosta. Su voz es soñadora y se siente su satisfacción cuando describo el edificio, los rieles, las señales oxidadas.

El tren no funciona más hace años, me dice. Pero claro, quién puede no saber que ya no hay tren de trocha angosta a Rosario. Y me lo dice como si tal cosa, yo situada en territorio, metida de veras en el ensueño del Coiro, yo de veras con el olor a campo y con la vaca que acaba de restregar la cabezota contra un poste.

Qué ilusión me dice. Me dice que se vive de ilusiones y no se qué del limbo y del tío y otras cosas que no escucho porque entonces de dónde salió la vaca, y qué hago ahora acá en el campo en una estación abandonada con los chillidos de los pájaros que se van a dormir.

Qué ilusión, llevar una vaca, el tren, los alambrados, el pasado ferroviario. El limbo, el tío, el infierno, un revoltijo inconexo. Y yo acá que me robé una vaca sin saberlo, esperando el tren que no va a llegar nunca más. La brisa suave de la tarde, los pastos que cabecean y hacen olas tiernas, un rosado que gana los bordes de nubes barrocas.

Me animo a acariciar levemente la cabeza de la vaca. Me hociquea humedeciéndome la mano. Supongo que es una despedida, espero que el destino que le proporciono no sea peor que el que torcí con su rapto involuntario. La suelto en el campo sin poder sustraerme a hablarle como a un ser humano al que ya le profeso afecto. Me voy.

Cuando estoy haciendo dedo en la ruta, pienso que el Coiro ya debe de estar dormido en su cama, y estará soñando con historias sin principio ni final, sin sustancia, con la falta de lógica que las torne más ligeras, más tenues, menos cargadas de aristas filosas.