sábado, 4 de julio de 2026

La despedida


La despedida

Cecilia Zanelli

Dedicado a mi hermano Esteban, quien cumpliría 57 años.

Llegué a la estación Elías Romero un miércoles con el tren de las 4 de la tarde. Me agradó verla entre altos árboles. Había sido una estación pequeña pero lujosa y elegante, y a pesar del tiempo, todavía se notaba su esplendor de antaño.

Llegaba al pueblo, o más bien al caserío que se dispersaba por el paisaje rural, para acompañar a mi madre.

Mi madre se moría. Eran los últimos días de esa enfermedad cruel, larga, que la había estado consumiendo desde hacía meses.

Mi madre había decidido morir. Yo estaba segura de eso. Ella comentaba que tenía más afectos y conocidos “del otro lado” que en este mundo. Y los extrañaba.

Cuando enviudó se había mudado a ésta, la casa de sus padres y allí siguió sola los últimos diez años. Había creado un mundo de recuerdos, poblado de personas que mucho tiempo atrás habían partido. En su ausencia encontraba las respuestas a preguntas del pasado, les pedía perdón o consejo, y se animaba a decirles lo que nunca hubiera expresado delante de ellos.

La encontré acostada y a pesar de su debilidad, una intensa luz iluminó sus ojos cuando me vio. Ya no tenía fuerzas ni para hablar pero, sonriendo, me tendió su mano. Me impresionó su delgadez, la piel mustia, el cabello débil. Por supuesto, no se lo dije. Las dos sabíamos que yo me quedaría junto a ella hasta el final, que estaba próximo.

Pero no hablamos de eso. Recordamos, en cambio, buenos momentos. Anécdotas que nos divirtieron, personajes de nuestra ciudad, alguna travesura mía. Cada tanto se dormía y yo me retiraba en silencio.

Los lunes, miércoles y viernes pasaba el tren por la estación Elías Romero. Llegaban o partían algunos habitantes del pueblo, o gente del campo que había ido hasta allí para tomarlo. No me perdía ese acontecimiento: el paso del tren. Era lo único interesante en ese pequeño lugar, y tal vez podría traer algo diferente, novedoso, o extraño.

Como a esa hora mi madre dormía, salía de la casa con sigilo y caminaba por el sendero de baldosas grises hasta la vieja puerta de chapa y alambre del jardín. Tan pronto como aseguraba el pestillo y daba mis primeros pasos por la calle de tierra, empezaba a llorar.

No eran lágrimas que se deslizaran suavemente, Eran sollozos intensos, desesperados. No podía evitarlo, era involuntario. Sentía que todo el cuerpo se me sacudía, atravesado por el dolor y la angustia. Nunca lloré frente a mi madre, ni cuando era chica. No quería causarle esa tristeza. Ahora sentía asombro ante esa extraña que era yo misma, que no podía contenerse, que se descomponía de dolor ante lo inevitable. Me avergonzaba que alguien pudiese verme llorar así, A veces me paraba unos minutos junto a un antiguo fresno para tratar de tranquilizarme, antes de tomar la calle principal que iba a la estación. Y cuando escuchaba a lo lejos el silbato del tren acercándose, me limpiaba la cara y caminaba rápido hasta el andén.

En la estación había dos bancos de hierro y madera, que raramente estaban ocupados cuando llegaba el tren. Me sentaba en uno y contemplaba toda la rutina: el arribo de la locomotora, los pasajeros que bajaban, los bultos y las personas que subían, las indicaciones. Todo duraba unos 20 minutos y luego partía. Cuando ya no quedaba nadie, volvía a casa.

La segunda semana de mi estadía en aquel lugar llegó hasta el andén una niña, de unos 7 años. Me sorprendió que estuviese sola, pero parecía ser algo habitual en el lugar, y nadie se asombraba por ello. Luego me contó que vivía a unas cuadras de la estación. Traía en una de sus manos, colgada de una argolla, una jaula chica, de color plateado, con un pajarito amarillo dentro de ella.

No me gustan los pájaros enjaulados, y se lo dije, pero me respondió que era la única manera de tenerlo cerca. Lo llevaba a ver el tren, porque sentía que el pájaro no conocía más que el lugar donde estaba colgada la jaula. Me pareció insólito sacar a pasear a un pájaro, pero reconozco que tenía razón. El mundo para esa pobre ave se limitaba a unos metros debajo de una galería, entre plantas y tapiales.

Nos acostumbramos a encontrarnos, la niña, el pájaro y yo, cada vez que el tren se acercaba a la estación. Ella siempre se maravillaba ante la enorme locomotora, y aplaudía y saludaba a los pocos pasajeros, mientras yo cuidaba de la jaula. Éramos un extraño trío: una mujer madura, una delicada niña de largo pelo castaño y un pequeño pájaro inquieto.

Esos dos seres, tan inocentes, tan frágiles, me conectaban con la vida.

Cuando el tren ya no se veía en el horizonte nos volvíamos juntos y yo los seguía con la mirada hasta que doblaban la esquina. Me apuraba, imaginando que mi madre habría despertado y tal vez se hubiese levantado, pero cuando llegaba la realidad me aliviaba y entristecía: continuaba dormida, en la misma posición en la que la había dejado.

Una fría tarde de agosto, ochenta y tres días después de que pisé la estación Elías Romero por primera vez, mi madre murió.

Unas pocas vecinas, el cura y yo la acompañamos hasta el cementerio y la dejamos con un ramo de esos lirios violeta que tanto le gustaban.

Después volví a la casa, vacié la heladera, regalé algunas cosas a los vecinos y luego de dar mi teléfono a la secretaria de la Comuna, me fui al andén, a las cuatro de la tarde.

Esperé a mi pequeña amiga, pero no vino. El tren se acercó con la furia de siempre y aguardé hasta el último llamado, pero ella no apareció.

Más triste aún subí y me senté junto a la ventanilla, mientras la máquina, despacio, empezaba a marchar. Estaba buscando mi boleto cuando escuché un ruido del otro lado del vidrio y levanté los ojos.

El pequeño pájaro amarillo estaba frente a mi cara. Revoloteó varias veces y luego de vacilar unos segundos se alzó rápido, decidido, para perderse en el inmenso cielo gris.

miércoles, 1 de julio de 2026

Esa gran patada al futuro

Esa gran patada al futuro


Eduardo Francisco Coiro


El tío abuelo de Kalman bajó en Polvaredas de "El pampeano" a las 0.35 del viernes 26 de septiembre de 1947. Al día siguiente era su cumpleaños número 58.

Unos minutos antes el tren había salido de la estación Atucha. El tío no podía conciliar el sueño. Miraba por la ventanilla ese cielo tremendo tan diáfanamente estrellado. Tan derramado en estrellas sobre un campo que se parecía al infinito.

El tío tenía como objetivo ver loteos después de la estación 9 de julio, había sacado pasaje hasta Mirapampa pero pensaba bajarse donde viera anuncios de lotes en venta. En un parpadeo se borró en sus ojos la continuidad del paisaje de cielo a campo que venía admirando. Cuando abrió la ventanilla recibió en su rostro el golpe de esa nube de polvo con brillos de la que no se olvidaría jamás.

Era polvo con brillos -como de luciérnagas- que se encendían y apagaban velozmente. Quizás era polvo de estrellas que impactaban en una velocidad incalculable en relación a la marcha del tren.

El tío se atemorizó. Cerró la ventanilla. Pensó que quedaría ciego pero tras unos instantes su vista se volvió normal. Afuera la nube oscura con estrellas siguió unos parpadeos más, y de golpe de nuevo la noche estrellada, ni rastros de esa polvareda. Fuese lo que fuese lo que había rodeado al tren había desaparecido.

Miró al interior del vagón, los pasajeros dormían o no habían notado nada anormal en ese transcurrir del tren.

Algo que no supo explicar bien le dijo que tenía que salir de ese tren lo antes posible. En la primera estación en que el tren se detuvo tomó su pequeña valija y bajó. Casi al pie de los peldaños vio dos hombres que se aprestaban a subir. "No suban. Este tren esta maldito" les dijo con ojos seguramente desorbitados por el miedo.

No sabe si les habló en un español que no manejaba bien o en su lengua madre polaca.

La cuestión es que los tipos lo miraron como si fuese un borracho trasnochado y subieron por los mismos peldaños que el tío había pisado instantes antes para sentir la solidez del andén.

El asombro del tío siguió cuando al verse en el espejo de la sala de espera vio su cabellera tiznada de polvillo. Se sacudió y así fue como descubrió sus pelos poblados de canas que no tenía al subir en La Plata.

Lo asombroso -según Kalman- es la flexibilidad demencial con la cual su tío abuelo se adapto a una situación totalmente impensable.

Se quedo un tiempo en Polvaredas, busco trabajo en un campo cercano. Decidió no decir ni palabra de lo ocurrido en ese tren.

Más o menos dos años después de bajar en Polvaredas el tío reencontró a su hermana menor con marido e hijos recién instalados en la Argentina. Hartos de guerras y miserias humanas arribaron a Ensenada, última referencia que tenían por una antigua carta donde el tío les dejaba un domicilio. No esperaban encontrarlo con vida. A ese tío abuelo además de llegarle familia le llovieron lágrimas, abrazos y reproches.

Las lágrimas se secaron con el paso de los meses, los abrazos se aflojaron por costumbre, pero los reproches de su hermana siguieron y hasta se hicieron encarnizados. El tío escuchaba todo sin enojarse ni justificarse.

-¿Por qué no contestaste las cartas? -Papá y mamá murieron sin tener noticia tuya, pensaron que habías muerto o lo que es peor que no te interesaba saber nada de tu familia.

Un día, quizás cansado de visitar a su hermana en la casita de Ensenada para recibir ese clima tenso de reproche hasta en los silencios. De no poder ni sostenerle la mirada. El tío abuelo de Kalman habló. Llevó una valijita de cuero rígido - la misma con la que había subido al tren aquella noche en la terminal de La Plata y la abrió.

Primero puso sobre la mesa un pasaje de tren: que decía La Plata - Mirapampa fechado claramente el 24 de septiembre de 1917.

Ese día fue un Lunes -se extendió en un detalle al que nadie le dio importancia-.

Luego puso un ejemplar del diario La Nación sobre la mesa con la misma fecha.

-¡Que me queres decir, le dijo su hermana con una mirada que pasó de ser severa a echar chispas de indignación... que desde que subiste a ese tren decidiste olvidarnos. No contestar cartas o irte a vivir a otro planeta...!

-Estuve viajando adentro de ese tren 30 años. Seguí con mi vida como pude o mejor aún -aclaró-: agradecido de no seguir allí adentro vaya a saber por cuantos años más. No le creyeron. Era como decirles que las hojas alguna vez fueron plumas. Que lo trataran como un mentiroso absurdo generó una pelea familiar que duro largo tiempo.

Muchos años después Kalman recibió de manos de su tío las únicas pruebas de no haber faltado a la verdad aquel día con su familia. El pasaje del tren y ese diario donde se leía entre las noticias destacadas que el ministro de defensa Elpidio González solicitaba el estado de excepción para enfrentar la huelga ferroviaria de 1917.

La madre de Kalman, sobrina menor del tío, siempre le creyó. El misterio de los 30 años fue algo que Kalman reconoció como fuente iniciática de dos vocaciones: tanto de investigador científico como de escritor vocacional. Si hubiese sido una verdad comprobable  la experiencia del tío merecía un libro similar al de "Física de lo imposible". Si era una mentira urdida para encubrir su desamor o el desapego a su gente era un portal a literatura pura.

En sus indagaciones Kalman encontró unos pocos elementos a favor de la historia tal como la relataba el tío: No había ningún rastro de su permanencia en esas tres décadas previas a establecerse en Polvaredas, de 1917 a 1947 no había nada de nada. A pesar de estar encanecido era inusualmente joven por tener los años que tenía. Los que lo conocieron en esa época posterior a su viaje en tren no le daban no mucho más de 30 y pico de años.

De tanto ir a visitar a su hermana conoció a una muchacha llamada Haydee y se casó. Se los veía felices, se prodigaban en arrumacos con palabras de amor. Después unos meses surgió algo que el tío se había esmerado por negar: había una secuela o una rareza más atribuible a su experiencia en el tren. La mujer le decía cariñosamente "mi bichito de luz".  En confianza le dijo a su cuñada que en la intimidad de la noche, cuando se emocionaba o excitaba el tío se encendía como una luciérnaga.

El tío se instalo con su mujer en Ensenada pero cerca del río pues amaba pescar. Hizo amigos raros como él con los cuales compartía noche de pesca con charla hasta amanecer. Ellos le aceptaban su historia, cada tanto, si el tío se emocionaba con algún recuerdo fuerte se encendía e iluminaba como un foquito hacia la lejana oscuridad del río. Sus amigos le decían señor de la luz o iluminado según la ocasión.

Ya ostensiblemente viejo, hablaba mucho de su infancia en aquel pueblo de Europa central del cual partió antes de llegar a la edad necesaria para ser convocado al servicio militar. Su padre era carpintero pero quería un futuro militar en la familia. Más aun siendo el hijo mayor. Una vez, caminando con su padre por el bosque mientras iban a elegir un roble para hacerlo madera de un futuro mueble. Su padre lo obligo a marchar delante de él como lo hacen los soldados. El tío era apenas un muchacho de 14 años que intentó cumplir pero de mala gana. Esa falta de vocación enfureció a su padre que comenzó a patearle los talones cuando no marchaba correctamente llevando la punta del pie bien alto. Así. A pataditas correctoras tuvo que marchar hasta retornar a las afueras del pueblo donde seguramente por vergüenza su padre suspendió la instrucción de marcha para su futuro militar al servicio del imperio.

Desde aquella tarde detestó para siempre a su padre, a los militares, al imperio austrohúngaro. Ese día empezó a gestarse su idea de irse bien lejos donde no hubiera ni imperio ni guerras ni un padre que esperara tener un buen hijo militar en la familia. Así fue. Dos años antes del comienzo de la primera gran guerra dejó una nota "me voy, ya escribiré cuando este establecido".

Según parece trabajo embarcado apenas un año hasta que llego a un puerto argentino. Se quedó.

***

Kalman siguió pensando en lo sucedido con su tío abuelo hasta que él mismo cumplió sus 58 años.

Ese día se dijo que ya era el momento, la edad para aceptar lo inexplicable en esta historia de su tío.

Era muy pobre como explicación decir que había sucedido una anomalía en el espacio-tiempo. Que su tío abuelo había sido un testigo privilegiado cuya mayor maravilla era haber desplegado una enorme fuerza psíquica para adaptarse, como el mismo decía a "esa gran patada al futuro" que había recibido.

En esos 30 años en el tren evitó enterarse de dos guerras tremendas e increíbles matanzas. El siglo XX se desplegaba en horrores. Su pueblo natal fue devastado. Padres e hijos, muchos de sus vecinos fueron enviados a campos de exterminio por los nazis.

De última, cuanta gente que vivió realmente día por día todos esos años que el tío abuelo pasó por alto adentro de un tren dirán si les preguntan que todo paso muy rápido. Que  30 años de vida fueron parpadeos.  Unos pocos suspiros. Kalman mismo sintió eso al cumplir sus 58 años cuando decidió abandonar las investigaciones teóricas que había intentado construir obstinada e inútilmente por años y años. Hasta una vez -ridículamente- llevó un diente de su tío a un amigo científico para hacer una prueba con isótopos de estroncio y así rastrear las geografías por donde transcurrió la vida del tío en esas décadas adentro del limbo.

Lo que Kalman aprendió. Lo que pudo comprender seria de ahí en más fruto de la tarea literaria. Ejercitar alguna ficción contra lo real que va muy adelante sorprendiendo con su implacable soberanía del acontecimiento.

Le quedó una imagen grabada por otras tantas que irán al olvido: Era fin de año. Cuando todos estuvieron de acuerdo con el reloj en que comenzaba un año nuevo.

El tío -que ya era un ancianito sin dientes- levantó la copa de sidra  y mientras la chocaba en el aire con otras copas pidió con su voz por encima de otras voces

paz y felicidad para el mundo”.

lunes, 29 de junio de 2026

Un misterioso tren


Un misterioso tren

Lautaro Lobbosco

De repente me encontraba en un tren. No sabía cómo había llegado, ni me acordaba de nada de lo acontecido en mi vida hasta ese instante. Sin embargo me encontraba muy lúcido, con el único detalle que no tenía conocimiento de quién era.

Lo más curioso de aquel peculiar tren eran sus pasajeros. Estaban allí, pero parecían ausentes con sus miradas convergiendo respectivos vacíos. Nadie se miraba. Daba la impresión que tenían la inocencia de un recién nacido, con la excepción que no tenían esa curiosidad característica. Algunos leían diarios, libros o revistas; si a eso se le puede llamar leer, porque en sus ojos observé una inmovilidad de la que nunca había sido testigo.

De súbito me dio la impresión de que ellos tampoco sabían de dónde venían, ni adónde iban, ni siquiera quiénes eran. Eran como yo, en principio, ya que no tomaban estos hechos como sorprendentes, más bien lo tomaban como algo habitual e indiferente. Concentré la vista en un viejo que estaba acostado sobre los asientos. Me di cuenta que habían centenares de moscas e insectos en su piel, devorándolo. No pude distinguir si aún seguía con vida.

Luego de esto, miré a las ventanas. Estaba muy oscuro afuera. Era la definición perfecta de oscuridad. ¿Sería un túnel, una noche de la más lúgubre o simplemente vagábamos por el vacío? Pensé en preguntarle a algún pasajero sobre el paradero de este misterioso tren, pero rechacé esta idea al instante. ¿Qué podían saber ellos? Traté de ver mi reflejo en la ventana, para así, quizás, recordar algo. Fue en vano, se reflejaba mi traje azul oscuro, mi corbata, pero en lugar de mi cara había un negro que se mezclaba con aquel extraño fondo. Las preguntas me inundaban la cabeza hasta tal punto que sentí que me iba a explotar. Traté de relajarme, aunque se me hizo bastante difícil. Esto simplemente no podía estar pasando. Era todo un sueño, una pesadilla, una alucinación. Pero las pesadillas siempre terminan. Acá, sea lo que fuese, estaba totalmente atrapado por el resto de la eternidad. Lo sabía perfectamente. De hecho era lo único que sabía con certeza.

Bueno, algo tenía que hacer. Si me quedaba quieto por un segundo más, las piernas ya no me responderían. Me moví. Fue sólo un paso, pero qué paso. Lo relacioné con el paso que hizo Neil Armstrong en la luna. Como era que me acordaba de aquello me resultaba imposible de responder. En fin, alguna pista de mi pasado tenía. Pero, ¿había llegado el hombre a la luna realmente? Bueno cómo se supone que iba a saberlo. Hice un gran esfuerzo por frenar mis pensamientos. Ya habría tiempo de pensar. Y demasiado.

Fui hacia otro vagón. Todo igual. Me refiero al tipo de miradas, las personas eran distintas, pero tampoco ayudaba demasiado. Seguí pasando vagones, con los mismos resultados. Durante horas, días, en realidad no sé cómo se mide el tiempo en la eternidad. Llegué a la conclusión que no habría caso, pero lo seguí haciendo por inercia. Capaz que todos los pasajeros habían hecho lo mismo hasta darse por vencido. Y yo llegué a lo mismo. Me estaba por perder en el abismo. No. No podía. No aún. Y puse mi mente en funcionamiento. Pensar en cosas absurdas y sin sentido no era muy útil, pero no me quería convertir en uno más de ellos. Al fin y al cabo en qué otra cosa se podía pensar en este tren. En un lugar donde no existe la lógica ni la razón. ¿Qué era aquello? ¿El purgatorio, el infierno, o simplemente este tren abarcaba toda la inmensidad del universo?

De repente un sonido musical llegó a mi oído. Era frío y distante, pero inconfundible. Se trataba, según creía, de una banda de jazz interpretando “Take Five”. Fue comparable a los cantos angelicales, o a un canto de sirena. Me hipnotizó. Emprendí la persecución a aquel increíble saxo. Pero cuando lo tenía más cerca, el sonido cambió de dirección. Justamente el solo provenía del lado en que yo venía. No podía ser que me haya confundido. Me estaba volviendo loco. No tuve más opción que correr a la dirección de la cual había venido. Y de nuevo cambió. Y así se repitió. ¿El sonido estaba en mi cabeza? ¿Me lo había inventado con el fin de tener esperanza en algo? Otra sensación extraña me atacó justo en la espina dorsal, como un rápido látigo. Esta vez no oí el sonido del saxo, sino que lo sentí. En todo el cuerpo y con todos los demás sentidos. En el ambiente se palpaba, se saboreaba, se olía a jazz. Estaba más presente que todas las personas del vagón juntas, aunque eso no era tan difícil. Decidí abstraerme de todas aquellas sensaciones. Traté de volver al vagón inicial. Ahí iba a poder poner en funcionamiento a mi memoria. Pensaba que podría ser como ir al inicio de mi vida, aunque estaba claro que no había nacido ahí en el tren, aunque nada estaba claro.

Repentinamente vi a una chica. Había muchas muchachas, pero esta era claramente diferente. Su mirada era de otro mundo. No tenía el tinte gris que se encontraba en resto del tren. Sus ojos parecían un arco iris. Luego de cruzar miradas, comprendí que ella sentía lo que yo. O ella era yo, no lo sabía. Aquella sensación me calmó inmensamente. Por primera vez me encontraba totalmente relajado, en aguas calmas. Teníamos dudas de si era o no necesario hablarnos. Yo tenía esa duda. Pero de lo que tenía duda es que ella dudaba lo mismo. Mirarla durante tanto tiempo me había alejado de la realidad. Simplemente tendría que volver la cabeza hacia la ventana y la realidad se haría presente al instante. Pero aquel negro profundo que antes inundaba el exterior del tren, ya no se encontraba. A cambio había una luz blanca que me encegueció por completo. No distinguía si la ceguera era momentánea, a causa de la diferencia de luz con el anterior fondo, o por el contrario, se quedaría en esta condición para siempre. El hecho me estremeció. ¿Por qué fui tan estúpido de desviar la mirada de lo único que valía la pena en aquel asqueroso tren? Un segundo fue suficiente para perderlo. Ya no quería saber nada más. Quería olvidarme de todo. Me eché en el suelo a dormir. Nunca lo había hecho. Era lógico, de esta forma despertaría en el mundo al que pertenecía. Y todo aquel tormento que sufrió desaparecería tan de repente como había llegado. Soñé. Estaba en un inmenso desierto. El calor era abrumador. El sol estaba en la cúspide. No lo miré. No quería perder de nuevo la visión. Por lo menos la retendría en sueños. No me encontraba ni bien ni mal, aunque ciertamente era mejor que el tren. Aún así, mis pensamientos sólo se encargaban de recordarme de los ojos de aquella mujer. Estaba allí. Reitero que no me encontraba incómodo en la infinitud del desierto, al contrario, era un respiro que me daba. Pero era consciente de que me encontraba en un sueño. El dilema era si tenía que despertar o no. Había varias posibilidades. Despertarme en una cama, en mi antigua vida. Quizá al lado de mi esposa, o sólo, daba igual. Pero la posibilidad de despertar en la nueva blancura del tren, me hacía no querer despertar nunca. Si la realidad era aquel tren, no la quería seguir viviendo. ¿Por qué el hecho de que la realidad fuese mala es mejor que una irrealidad mejor? Era un sueño. Yo lo manejaba. Podía tener lo que quisiese. Probé hacer aparecer una botella de agua. Excavé un poco en la arena y la encontré. Me la bebí de un largo y refrescante sorbo. Repetí esta acción como seis veces. Pero aquellas percepciones no eran más imaginaciones de mi mente. Me estaba engañando a mí mismo. Tendría que enfrentar la realidad, fuese cual fuese. A lo mejor me despertaría en el tren, pero con mi vista, y me encontraría con la chica de mis sueños. Había que ser optimista.

En fin, desperté. Seguía en el tren. Mi vista estaba intacta, aunque difusa a causa del sueño. Pero el tren era distinto, algo había cambiado. Tardé en darme cuenta que no era el tren en sí lo que había cambiado, sino el exterior de las ventanas. Esta vez no era ni blanco ni negro. Era un paisaje montañoso. También había lagos. Era realmente bonito y agradable. Esto sin dudas me había cambiado el ánimo. Lo que podía hacer una simple imagen del afuera.

Sentí una mano en mi hombro. Al instante supe de quién se trataba, quién sino. Me di vuelta. Y esta vez la cara no sólo eran sus ojos, también había una sonrisa de oreja a oreja. Me preguntó si estaba bien. Sí, me habló. Era la primera vez que escuchaba una voz humana. Le respondí que sí, y no mentía, estaba mejor que nunca.

sábado, 27 de junio de 2026

Territorio de las pequeñas cosas

Territorio de las pequeñas cosas

Amelia Arellano

 

Buen día. ¿Cómo estás? ¿Has tenido un buen día?

¿Cómo está tu familia? ¿La canción, el lamento?

¿Qué te dice el territorio de las pequeñas cosas?

¿La plancha, la mesa, la taza con café?

¿La alegría descansa esperando en tu silla?

¿Cómo ensamblas el corazón y las palabras?

¿Has descubierto el sortilegio del pan, el canto de las letras?

¿Puedes entender que la vida da pequeñas treguas?

¿Qué mar no se detiene, ni el carrusel ni los planetas?

Llevamos un blanco infalible en el pecho

Un blanco color escarapela y allí apuntan, certeramente.

 

Pero hay un exorcismo de hierbas.

Podemos sembrar peces, trenes, veleros.

El beso aguarda, como aguarda el valle de tu lámpara clara.

No importa la cosecha, si, la siembra

Espera en los andenes.

El tren que ha de llegar puede ser el último... o el primero.

El primero. Amor de viento, reloj, fatigado viajero. Niño.

jueves, 25 de junio de 2026

Estación Plomer


Estación Plomer


Mónica Russomanno


Plomer, me dijo. Campo, venir en el tren hasta acá, cambiar de andén y tomar otro tren de trocha angosta hasta Rosario.

No entendí demasiado bien las instrucciones, nunca le entiendo al Coiro demasiado de lo que trata de explicar. Empieza con cierta firmeza pero se va enredando, y por no preguntar mil veces me quedo con esas dudas pequeñas que finalizan en una nebulosa concentrada, blanquecina, clara batida a nieve.

Lo peor fue el tema de la vaca. Pensé que estaba bromeando, pero el tipo no entiende lo que es un chiste. De veras, se queda en suspenso y parece que no escuchó pero es que no entiende los chistes. Ansiosamente me decía que el tío estaba en el limbo pero que al limbo lo cerraron hace varios años, y que ahora con el tema del infierno… y ahí se detenía con una mirada significativa, como si una pudiese sacar algo de ese galimatías. Ahora con el tema del infierno…

La cosa es que había una vaca en San Sebastián, que fue del tío o no, no sé, una vaca que había que llevar en el tren desde San Sebastián hasta Plomer, y desde Plomer hasta Rosario, y algo tenía que ver con el infierno ¿Tiene que ver con el infierno por los cuernos? No se reía el Coiro, cuando está lanzado a alguna cosa no mira a los lados. Le dije que era imposible que el tren venga por el océano desde San Sebastián, y el Coiro me explicó que no, que no es la San Sebastián del País Vasco. “No mire, no es la San Sebastián…”

Si Coiro, claro, ya sé, es un chiste. Ja ja, entiende. Un chiste, como lo de los cuernos y el infierno.

Pasado un ratito buscando desesperado algo de qué aferrarse en mis palabras, en mis ojos, de pronto se reía, sin convicción. Estaba centrado en la idea de la vaca y el traslado. No había lugar para chistes, esto era serio. Es más, estaba garabateando un planito en su libreta, anotando todas las cosas accesorias que no me iban a prestar ninguna ayuda, y obviando lo importante con una capacidad de selección impresionante.

Yo por alguna razón me siento obligada a hacerle caso. Hace unos años le había entrado la urgencia de conocer a un amigo de internet. Me dijo que el hombre estaba enfermo, no me acuerdo muy bien de cómo me convenció, pero recuerdo el patetismo. En definitiva, conseguí la posibilidad de que nos llevara un amigo gratis, armé la valija, pedí días en el trabajo, pero en el último momento le dio la corazonada de que ir sería funesto, le dio dolor de estómago, le dio la urticaria, le dio gastritis, y me tuve que ir de vacaciones a un lugar olvidado de dios, sola, a conocer a un poeta del que no tenía noticias. Esas aventuras de otros que son una imposición por la poca voluntad o el exceso de empatía. Lo pasé bien al final, pero buena rabieta me llevé.

Yo en estos días tenía que ir a una ciudad cercana a San Sebastián, así que le dije al Coiro que le llevaría la vaca a Rosario. No lo puedo explicar, pero siempre me arrepiento después, ya tarde.

Cuando llegué a la estación de San Sebastián, una vaca estaba atada a una tranquera. No había nadie. Cosas del Coiro, los planes son confusos y más bien espiralados. Horror a las líneas rectas. La cosa es que mi amigo el camionero que me había llevado la otra vez a lo del poeta me dijo que pasaba por la zona, y que si yo quería en vez de esperar el tren podía cargar el animal y llevarnos hasta Plomer.

Yo acepté nada más que por no tener que lidiar con el bicho. No entiendo nada de vacas, y por más pacíficas que se vean me inspiran el temor de lo voluminoso. Son en general bien intencionadas, pero pueden tener ideas propias difíciles de prever detrás de esa mirada bovina inescrutable.

Subimos la vaca al camión. El camino fue agradable, con mate y bizcochitos de grasa.

El estado de abandono de la estación San Sebastián no me hizo sospechar, el estado de abandono de Plomer tampoco me dio indicio suficiente como para no descargar la vaca que se entregó, como yo, a un destino desconcertante.

Hace varias horas que se fue el camionero. Noté que la estación carece de personal, que los yuyos la sofocan, que no hay pasajeros ni horarios.

Según el Coiro debería subir al tren de trocha angosta a Rosario, pero aquí estamos la vaca y yo, ella comiendo pastito, yo llamando al Coiro que después de una hora me atiende, me dice que estaba en el súper chino y me cuenta la lista de compra entre lo que figura una pomada para los dolores reumáticos, milanesas de pollo, lavandina.

Consigo atraer su atención hacia mi situación que se va haciendo cada vez más preocupante dado que atardece. Me pide que le cuente el estado del cielo, la forma de las nubes, si la trocha angosta es efectivamente angosta. Su voz es soñadora y se siente su satisfacción cuando describo el edificio, los rieles, las señales oxidadas.

El tren no funciona más hace años, me dice. Pero claro, quién puede no saber que ya no hay tren de trocha angosta a Rosario. Y me lo dice como si tal cosa, yo situada en territorio, metida de veras en el ensueño del Coiro, yo de veras con el olor a campo y con la vaca que acaba de restregar la cabezota contra un poste.

Qué ilusión me dice. Me dice que se vive de ilusiones y no se qué del limbo y del tío y otras cosas que no escucho porque entonces de dónde salió la vaca, y qué hago ahora acá en el campo en una estación abandonada con los chillidos de los pájaros que se van a dormir.

Qué ilusión, llevar una vaca, el tren, los alambrados, el pasado ferroviario. El limbo, el tío, el infierno, un revoltijo inconexo. Y yo acá que me robé una vaca sin saberlo, esperando el tren que no va a llegar nunca más. La brisa suave de la tarde, los pastos que cabecean y hacen olas tiernas, un rosado que gana los bordes de nubes barrocas.

Me animo a acariciar levemente la cabeza de la vaca. Me hociquea humedeciéndome la mano. Supongo que es una despedida, espero que el destino que le proporciono no sea peor que el que torcí con su rapto involuntario. La suelto en el campo sin poder sustraerme a hablarle como a un ser humano al que ya le profeso afecto. Me voy.

Cuando estoy haciendo dedo en la ruta, pienso que el Coiro ya debe de estar dormido en su cama, y estará soñando con historias sin principio ni final, sin sustancia, con la falta de lógica que las torne más ligeras, más tenues, menos cargadas de aristas filosas.

lunes, 22 de junio de 2026

Durañona

Durañona


Alberto Di Matteo


Siempre le gustaron las plantas y los jardines, y aunque también se daba maña para hacer arreglos de albañilería y así ganarse unos mangos con la changa, Néstor decidió que tomaría la podadora, la pala y el rastrillo para ganarse "el pan nuestro de cada día". Por esas cosas de la vida, alguien lo puso en contacto con las autoridades del club de campo "Arboleda del Monte" donde, entrevista mediante, tuvo que dar cuenta de sus habilidades cortando el pasto y arreglando el jardín de una de las casas, bastante descuidado después de algunos meses de ausencia vacacional de sus inquilinos. Su trabajo agradó mucho a las autoridades, y muy pronto quedó contratado en forma efectiva para el mantenimiento general del predio.

En un principio le costó acostumbrarse al entorno. La imagen de las casas recortadas contra el horizonte le parecía extraída de alguna revista de decoración que viera en la sala de espera del traumatólogo de su hija. Esos colores chillones que herían la vista, modeladas con el antiguo estilo de los ladrillitos de juguete, y unas puertas y ventanas que parecían construidas en plástico, aunque al tocarlas uno tuviera la desagradable sensación de percibir la consistencia y el sonido del metal. Néstor sentía cierto escozor al contemplarlas, como si fueran ajenas al lugar donde se encontraban. Pero la tarea era abundante, y con el correr del tiempo se fue tornando indiferente a ciertos detalles, concentrándose exclusivamente en los parques y jardines.

Se fue haciendo conocer por todos. Y si bien le pagaban un sueldo fijo por mes, fue haciendo una diferencia al aceptar distinta clase de changuitas de parte de los residentes: cambiar el cuerito de una canilla, encolar una silla, reparar una ventana de enrollar… Tareas que hasta hacía unos años parecían impensables en un country, hoy se habían tornado cosa de todos los días. Había que contemplar la posibilidad de ahorrar unos pesos, con el dólar tan alto…

Pero también recibía algunas donaciones, de ropa que los dueños de casa ya no usaban, o de libros que podían servirle para sus hijos en la escuela, elementos que agradecido guardaba en el carrito que arrastraba detrás de la bicicleta, y que generalmente representaban una alegría cuando llegaba a su casa. Apenas le servía la mitad de las cosas que llevaba, pero nada era despreciable; su mujer bien que sabía darse corte con la aguja y el hilo, y si no, su cuñado sabría vender bien los libros usados. Todo funcionaba en equilibrio.

Néstor vivía cruzando el antiguo terraplén donde, casi treinta años antes, existiera la vía del Ferrocarril Provincial, que unía La Plata con Mirapampa, y del cual hoy no quedaban ni rastros; los rieles y los durmientes habían desaparecido, robados por manos anónimas, o bien sepultados por el paso del tiempo. Cada vez que pasaba en bicicleta por aquel lugar, abundante de ralos pastizales, evocaba aquellas entrañables épocas de su infancia, cuando se escondía entre la maleza que circundaba la vía, para ver pasar aquellos imponentes trenes cargueros, arrastrando una fila infinita de vagones, transportando las más diversas y a la vez misteriosas mercancías.

Recordaba con nostalgia ciertos juegos: cómo solía depositar monedas de cinco o diez centavos sobre los ardientes rieles de la tarde, esperando que el mastodonte metálico llegara en hora y aplastara con su potencia colosal aquella diminuta monedita, revoleándola en el aire y –en caso de encontrarla, luego del impacto- palpando la cruel curvatura que le había impreso a su superficie. Lo mismo hacía con las latas de conserva vacías que encontraba por ahí, contemplando luego con sumo interés el efecto devastador que podían producir tantas toneladas de metal lanzadas a toda velocidad.

Ignoraba por qué, pero esas imágenes habían ido resurgiendo del fondo de sus recuerdos en los últimos días. "Me estaré volviendo viejo", pensaba, con una tenue sonrisa asomando entre sus labios, y la profunda sensación de evocar un pequeño fragmento de su vida donde recordaba haber sido feliz, sin preocupaciones ni dolores en el alma. Esas angustias que luego sedimentan en el corazón, provocando la -quizá inevitable- pérdida de cierta infantil ingenuidad.

Hasta que una fría tarde de invierno lo comprendió todo.

Estaba casi terminando de quitar los yuyos de un cantero, luego de podar una planta que Miss Mary, la dueña de casa, ya no quería ver más, cuando vio llegar a Mister Steven Durañona, a bordo de su flamante Jaguar color azul. Se saludaron cortésmente, y apenas unos minutos después, Néstor lo vio salir otra vez. Se dirigió hacia el cobertizo, luciendo un impecable tweed bordeaux, contrastando con la circunstancial desprolijidad de las ramas de la planta recién podada, desperdigadas a su alrededor, y un par de minutos después regresó, cargando algo bastante pesado.

-Néstor, ¿sería tan amable de ayudarme? -, preguntó al pasar junto a él. –El estudio está helado, y quisiera prender la salamandra…

Él estuvo a punto de aceptar, como de costumbre, cuando vio lo que aquel hombre llevaba entre sus manos: un taco perteneciente a un aserrado durmiente de ferrocarril.

Se quedó petrificado; un escalofrío le recorrió la espalda. Quebracho puro; como el que aserraban cuando era chico cerca de su casa, una vez concluidas las tareas de reparación del ramal, que no tardó mucho en cerrarse, ante la inminencia del cambio económico generado por la dictadura militar. El estupor se vio reflejado en su cara, porque Mister Steven volvió a pedirle:

-¡Néstor! ¿Sería tan amable? Hace mucho frío acá afuera, y esto está muy pesado…
Él actuó de manera automática; le quitó el taco de entre las manos y lo entró en la casa, dejándolo junto a la salamandra del estudio. Mister Steven le pidió que hiciera un par de viajes más, y finalmente, encendieron juntos el primer fuego. Una vez que comenzó a arder, Mister Steven Durañona encendió su pipa y le dio las gracias, además de un módico billete por el servicio.

-Gracias -, dijo él, y señaló hacia los tacos restantes. -¿Dónde la consiguió? Es buena madera.

-Me la vendió un pibe por acá cerca, a unos metros de la autopista. Dijo que la conseguía fácil. Era mucho más barata que comprarla en otro lado. Y por lo que vi, me pareció que prendería bien.

Al salir, pleno de congoja, recogió sus enseres de manera mecánica, juntó las ramas con el rastrillo, limpió todo con rapidez, y se alejó. Mientras avanzaba por el parque, en las últimas luces de la tarde, reparó en unos juegos infantiles que regularmente había visto desde hacía meses, pero que recién ahora le llamaban la atención. Sobre todo, su estructura.

Tanto en las hamacas, como en la viga del tobogán, o el conjunto entero de las vigas paralelas para colgarse, habían utilizado rieles de ferrocarril. Pulidos y sin óxido, pintados de diversos colores, pero rieles al fin y al cabo. Preservados de la muerte, más no de la rapiña…

Desde esa tarde, aceptó muy poco, casi nada, de las tareas que pudieran ofrecerle como changa. Menos aún, las dádivas que solía agradecer con tanto entusiasmo, pensando en sus hijos. Notó que comenzaba a trabajar con menor entusiasmo, así como a faltar bastante, pretextando cualquier excusa.

Y a pensar seriamente que debería buscarse otro pueblo donde poder trabajar en paz. Bien lejos de ese club de campo.

sábado, 20 de junio de 2026

Vías imposibles

 


Vías Imposibles

Urbano & Coiro


La vaporera se detiene. Faltan –a la vista de quien baje a verlo con sus propios ojos- las vías y los durmientes. El maquinista con las antiparras levantadas y el rostro tiznado de hollín conversa con el guarda que lleva su impecable chaqueta color beige y la gorra con visera, conversan y piensan. El guarda acaba de colocar el teléfono en el hilo del telégrafo, habla con el capataz de obra. Se ríen por la respuesta.


-Dice que sigamos, que él va a poner vías imposibles de remover.


El maquinista se conmueve, esta aturdido por lo que escucha desde la voz del guarda:


-Dice Don Nicolás que no tengamos miedo, que sigamos sin temer un descarrilamiento, que el pondrá rieles de letras, durmientes de palabras que echarán raíces de acero en los terraplenes. Que hará balasto con vocales duras como piedras.


El maquinista y el guarda se cruzan una breve sonrisa, aceptan la irrealidad absoluta de la situación, van a seguir como debe seguir la vida misma.


El hombre vuelve a subir pero esta vez en un primer vagón casi desierto de pasajeros, se sienta, se promete a si mismo quedarse allí sólo hasta llegar a la próxima estación. Del afuera solo puede ver nubes de vapor que se disipan contra el celeste cielo y un sol tibio que anuncia primaveras. Un grupo de golondrinas tempranas planea como descansando en el aire.