jueves, 21 de mayo de 2026

Una ráfaga de viento

Una ráfaga de viento


Alberto Di Matteo


Una ráfaga de viento helado cruza el andén desierto, llevándose consigo un caótico remolino de hojas secas. El golpeteo metálico de un cartel se deja oír, perturbador, a lo lejos. Apenas se vislumbran aisladas luces de alumbrado público; al notarlo, Don Tomás se estremece. Mala noche para quedarse solo, de guardia en la boletería.

¿Cuándo tendría el valor para decir que no? Ya es un hombre mayor, ¡qué joder! El reuma lo está matando desde hace rato, apenas si se puede mantener erguido en este gastado banquito de madera, y la vista le falla cada día más. ¿Por qué no designan a un muchacho en este puesto? Sus días de "hacer mérito" han pasado ya; cuando descubrió que, por más que se esforzara, le seguirían pagando este magro sueldito hasta el día en que se jubilase. Y ese día, aunque cercano en el calendario, parecía no llegar más.

Aunque, en noches destempladas y borrascosas como ésta, Don Tomás se amarga intuyendo que ese día .. quizá jamás llegue para él.

-Estupideces -, murmura, mientras vuelve a acomodar sus elementos de trabajo sobre el mostrador de la boletería: los sellos, los cartoncitos, los lápices. ¡Como si hiciera falta! Don Tomás es el empleado más eficiente de la estación, y eso lo saben hasta en el barrio que rodea la estación. Lo sabe Rosario, por supuesto, y eso es lo que más le importa. Rosario. El rostro se le ilumina con una sonrisa. Ese ángel de mujer, siempre alegre, desbordante de ternura, que regularmente suele traerle alguna confitura amasada en la panadería de su hijo, sólo para que él no pase hambre en sus largas horas de vigilia dentro de la boletería. Desde la muerte de su esposa, Don Tomás ha quedado escorado, como los barcos moribundos, tumbado anímicamente sobre el costado de la responsabilidad. El trabajo es su único sostén, y evita que caiga en la depresión. Claro que eso tampoco justifica que tenga que padecer este frío y esta incomodidad, sólo por no quedarse a solas en una enorme casa vacía. Treinta años de convivencia no son moco de pavo, solía decir durante el velorio, cuando la ausencia le pesaba hondo en el corazón. Hasta que aparece Rosario, un poco más joven que su difunta esposa, a presentarle sus respetos, acompañados por una tarta de ricota. ¡Con lo que le gustan a él esas cosas ricas! La alegría por el regalo fue tan intensa, que recién cuando limpió las últimas migas de la tarta reparó en que era la primera vez que sonreía con sinceridad desde el sepelio de su mujer. Todo gracias a Rosario.

Ella también es viuda, aunque su viudez no sea reciente. Pero Don Tomás está criado a la antigua: no puede pedirle nada extravagante. Lo mirarían mal; y tampoco está seguro, además, de que Rosario fuese tan amable con él sólo porque oculte aviesas intenciones. ¡Pero cómo se le ocurre! Actitudes como ésas son propias de las jovencitas, cuyas hormonas estallan sin asidero, más no de una señora digna y respetable como ella. Por lo tanto, Don Tomás se contenta -y hasta aguarda ansioso- con verla aparecer por el pasillo de la boletería trayendo un paquetito envuelto en papel madera entre las manos, símbolo de su desinteresada amistad. ¿Acaso piensa en otra cosa? Son –simple y afortunadamente- amigos, y él le está eternamente agradecido por el favor que le hace. Alguna vez intentó retribuírselo de alguna manera, pero ella dijo que por favor, que para qué, que no la ofendiese. El vínculo establecido entre ellos se ha ido consolidando así, ¿para qué estropearlo, entonces?

Sin embargo, hay noches -como ésta, quizá- en que Don Tomás suele sentirse solo, y desea quedarse en casa, al abrigo de la estufa, saboreando una humeante taza de té, en compañía de una tierna mujercita que lo atienda y quiera tan profundamente como él a ella. Y abrazarse en el sofá, mirar la programación televisiva nocturna, quedarse dormidos uno junto al otro, y despertar pasada la medianoche para darse cuenta que ya es momento de irse a la cama. ¡Quedarse dormidos delante del televisor, habrá que ser cabeza fresca!

Un crujido en el pasillo le hace emerger de sus ensoñaciones. Presta atención. Un sonido apagado se vuelve reconocible: pasos. Consulta el reloj, aunque de memoria sabe que ninguna formación se desplazaría sobre los rieles hasta bien entrada la madrugada. Apenas han transcurrido unos minutos desde la medianoche. ¿Quién será? Una filosa ráfaga de viento ulula entre los aleros de la estación desierta.

Una oscura silueta se recorta contra los barrotes de la ventanilla de la boletería, y con la escasa luz imperante en el ambiente, sumado a su creciente falla visual, Don Tomás supone que se trata de un fantasma. Ahoga un grito, hasta que el recién llegado se acerca aún más a los barrotes, lo mira a los ojos y dice:

-¡Vamos, hombre! ¡No se asuste! ¿Acaso no me reconoce?

Al contemplarlo una vez más, e identificar aquella voz tan conocida, Don Tomás se relaja y suspira:

-¡Jefe! ¡Qué susto me dio! ¡Por poco me mata!

-Vamos, Don Tomás. No me diga que lo agarré cometiendo algún delito. Esas reacciones de temor son propias de quienes son apresados con las manos en la masa.

-No señor, para nada -, se apura a contestar él, asociando la masa del delito con el recuerdo pastelero de Rosario, pero sin agregar nada más. -Sólo que usted se apareció así, de improviso. Y qué quiere que le diga, las noches como éstas me ponen nervioso. Ese chiflido del viento, las hojas que corren de acá para allá.. ¡Brrr, me aterra!

-¡No le puedo creer! ¡Un hombre grande! ¡Ni que le hubieran estado contando historias de aparecidos hasta reciencito nomás.!

-Tampoco es para tanto, pero. Capaz que ya estoy viejo para andar haciendo estas guardias. Muy... susceptible., como dicen los que saben.

-No me afloooooje, Don Tomáááás -, canturrea el Jefe de Estación, con tono admonitorio. - Usted bien sabe que la función que cumple figura en el reglamento.

-Pero, Jefe. ¿Soy el único que puede quedarse? ¿No tiene a alguien más que necesite unos pesos extra?

-Por el momento, no. La guardia hay que hacerla, le guste o no le guste -.

Se mete las manos en los bolsillos, mira hacia un lado y el otro en una especie de tic nervioso, arrebujado dentro de su abrigo, y luego agrega: -¿Se enteró de lo que andan diciendo en la Terminal?

-Últimamente se dicen tantas cosas.

-Parece que el rumor viene de arriba: dicen que van a cerrar el ramal.

-¿Cuál? -, se asusta Don Tomás. -¡¿Éste?!

-¿Y cuál le parece que puede ser? ¿El tramo que une La Plata-Constitución? No, ése rinde muchos beneficios todavía ; es el nuestro, que sin tener reparaciones desde hace unos cuantos años, bien que les da pérdidas.

-Eso no puede ser -, se lamenta él. -Con la cantidad de gente que viaja todos los días al trabajo.

-Son cada vez menos, hombre. Y usted lo sabe mejor que yo. Entre la desocupación y los nuevos servicios de ómnibus diferenciales que cubren el mismo trayecto en menos tiempo, esto se viene a pique a ritmo parejo.

-Con todo respeto, Jefe, pero. ¿No le parece que exagera? ¡Cómo van a cerrar los ramales del ferrocarril! ¡Eso es una locura!

-Entonces dígale loco a nuestro flamante Presidente de la Nación, porque parece que la orden viene de allá arriba. De bien arriba.

Don Tomás enmudece. La jubilación es algo deseable, claro; pero nunca a este precio. ¿Qué pasará desde ahora con él? ¿Y con el ferrocarril en su conjunto? Si empiezan con este ramal, ¿con cuál se detendrán? ¿Dejarán al país incomunicado? ¿Quién ha sido el genio que despertara iluminado con semejante decisión? ¿Condenarán al servicio de transporte más seguro y económico del país a un olvido tan injusto como tenaz? Una sombra de muerte se posa sobre su corazón, y de pronto la ausencia de su finada esposa se le torna en extremo pesada para cargarla sobre sus hombros.

Siente que él, como tantas otras personas, pertenecen a este lugar. Cerrarlo será como ir matándolos poco a poco, dejando que todos ellos se vayan consumiendo muy lentamente en ese siniestro marasmo que significa el retiro voluntario. La idea de marchitarse encerrado en su casa le genera aún más escalofríos.

-¿Y para cuándo ..se supone ..que van a…? -, tartamudea, incapaz de formular la pregunta fatal.

-Pronto, aunque todavía no hay una fecha definida -. Hace una pausa, se mira los pies, y agrega, evitando el cruce de miradas con el boletero: -Habrá que ir buscándose otra cosa, para los que quieran seguir comiendo. O como en su caso, disponerse a descansar como jubilado.

-¡Eso jamás! -, exclama él, de pronto. El Jefe lo contempla, sin entender.

Don Tomás agrega, con menor vehemencia: -Quiero decir, que me niego a ser un jubilado inservible. Mire lo que le digo: prefiero quedarme a vivir en esta estación, si es necesario. Aunque me tilden de loco.

-¡No diga pavadas, hombre! A todos nos llega el momento de declinar las fuerzas y abandonar lo que hasta ahora veníamos haciendo. Usted también dejará de existir como boletero, ya sea que cierren el ramal o no. Lo que haga con su vida fuera de esta estación, es asunto suyo. Disfrútelo lo mejor posible, se lo aconsejo. Comida seguro que no le habrá de faltar: la panadería viene trabajando a pleno.

Don Tomás se niega a levantar el guante de la ironía. Pero muy dentro suyo, se siente desahuciado. El Jefe se estremece de frío otra vez, zapatea sobre el percudido suelo del pasillo, y saluda con un gesto de cabeza:

-Bueno, hasta mañana, entonces. Y no se duerma. Al menos, ya tiene algo en qué pensar hasta que llegue la primera formación.

Don Tomás lejos está de agradecerle semejante preocupación, mientras escucha alejarse los rítmicos pasos hacia la calle. Deprimido como está, se le ocurre imaginar cómo sería su vida si se cumpliera ese espontáneo y caprichoso deseo de quedarse a vivir allí, dentro de la boletería. Cómo sería que nada le hiciera falta, más que continuar con su rutina, y recibir cotidianamente la visita de Rosario con su milagrero y sabroso paquetito.

Alejado del dolor de vivir en una casa vacía, sin hijos que lo vengan a visitar a uno los fines de semana, contemplando todas las mañanas la gloria ferroviaria de un país que parece estar extinguiéndose, y que, al igual que aquella estación, se iría desmoronando inevitablemente con el paso del tiempo. Y la negligencia de sus gobernantes..

Pero quizás... él no. Quizás, de cierta extraña manera, sus deseos puedan llegar a cumplirse alguna vez.

Una ráfaga de viento helado penetra insolente a través de la ventanilla enrejada, arrastrando consigo vanos fragmentos de hojas muertas. Pero Don Tomás ya no se encuentra allí para estremecerse, ni para asustarse, ni para sentir nada. Don Tomás hace rato que ha partido.

La boletería, luego de aquella espectral visita, yace nuevamente vacía, como lo está desde que cerraron el ramal La Plata- Mirapampa, hace ya más de cuarenta años.

martes, 19 de mayo de 2026

Solos en el Universo

Solos en el Universo

Ana María Broglio


El traqueteo del tren, su rutina, el murmullo del viento y la voz de los pasajeros, servían para que, durante el trayecto, entre en un adormecimiento placentero. Adoraba esos viajes y no me molestaba que algún vendedor de estampitas me quitara el sueño. No, para nada. Yo era feliz así, viajando, una o dos veces por semana, de Polvaredas a La Plata, de La Plata a Polvaredas, a cumplir con mí trabajo.

Para los momentos aburridos, leía libros de ciencia ficción y llevaba mi tejido. Por aquellos años se usaban los pulóveres haciendo juego con los gorros de lana. El tren tardaba, más o menos, dos horas, 43 minutos, sin contar el tiempo de demora que ocasionaban las distintas estaciones, en que se detenía a cargar gente.

Otras veces, mi entretenimiento era el juego de adivinar, si entre los viajeros, podría  confundirse o no, algún extraterrestre. Cosa que creía posible pero que nunca logré comprobar.

-Hay que creer, para ver a los O.V.N.IS hay que creer- le decía a un amigo que se debatía en la impotencia- porque yo los veía surcar la bóveda celeste y él no. Si no crees, pues no los ves, insistía con vehemencia, defendiendo mis aseveraciones.

-Mira que he atravesado la Patagonia, noches enteras escudriñando el cielo, mientras el auto avanzaba en la oscuridad. Jamás vi nada extraño, ni siquiera luces sospechosas. Recorrí La Pampa, fui a Córdoba, acampé en las cercanías del Uritorco pero tampoco, nada.

- En el año 86 fue el primer avistamiento en ese lugar, aseguran pero deberían decir, cuando se hizo conocido a nivel país,  porque  el descenso viene de  décadas atrás,  aún era niña y mi padre me habló por primera vez del tema. Tú debes de haber  ido por esos años, seguramente, cuando el cerro se hizo famoso y comenzaron a visitarlo. Una quemazón de 122 metros de largo por 64 de ancho, de forma ovoide.

En mi pueblo, Polvaredas, se dejaban ver detrás de la estación del ferrocarril. Tal vez para despistar observadores,  las naves parecían descender cuando menos lo esperaba. Era sencillo descubrir el disco rojo en picada entre los árboles. Cuando pensaba que iba a estrellarse contra el suelo, subía con una plasticidad envidiable y volvía a perderse en el cielo.

Mi primer avistamiento lo tuve en mal momento. Justo el conocido “Pirincho” Cicaré, con solo 14 años,  había inventado su primer helicóptero con el elástico de una cama ¿quién iba a prestar atención a los dichos de una mujer y menos, joven como yo lo era en aquella época? El pueblo estaba convulsionado por la enorme creatividad del muchacho que no paraba de mostrar su invento. Por entonces tampoco se les daba a los extraterrestres la importancia de hoy, el miedo lo impedía y la falta de medios de comunicación avanzados.

Más adelante mi padre murió y a  madre no le interesaban esos temas, de modo que no tenía con quien conversar sobre el asunto. Pensé en acercarme a Cicaré pero su genialidad me amedrentó y decidí seguir mostrando, mis hermosos tejidos pero guardar el secreto de los platos voladores,  estudiarlo en soledad. Con eso quiero decir que, si bien son sabidos los numerosos avistamientos en distintos lugares del país y del mundo, no se conoce todavía que hayan aparecido en Polvaredas, mi pueblo.

Usted preguntará por qué los doy a conocer ahora y no antes, cuando me enfrenté a las primeras evidencias.

En el período en que sucedieron los viajes en tren, yo trabajaba para una agencia de ventas y eran muy meticulosos con el personal, digamos, en cuanto a seriedad y a equilibrio emocional. Seguramente, de haber mostrado mis experiencias, hubiese perdido mi medio de vida sin ninguna contemplación. Mi tarea era colocar productos de diversas empresas, en mi zona.

Lo que yo he podido saber es que todavía no se ha comprobado científicamente si la detección es real o es una ilusión óptica- suele ser colectiva- de gente con acentuada inclinación a creer en los objetos no identificados.

Que determinadas personas afirman haber sufrido abducción  y luego devueltas al ejido de su propio pueblo o de otros más lejanos. Que si bien afirman que ciertos indicios dejados en la piel se deben a extracciones de sangre y a otros actos experimentales sobre esos cuerpos, no se ha comprobado ningún signo de materiales, distintos a la normalidad de nuestro orbe que pudieran estar involucrados en  acciones de extraterrestres.

Que los rastros de supuestas naves, decantados en pasto quemado y círculos perfectos, no ha dado tampoco presencia de elementos extraños a este planeta.

Que si bien deberíamos estar preparados para un encuentro con otra civilización ya sea, porque ellos se acerquen a nosotros o porque nosotros descubramos su mundo, en nuestros viajes por el espacio, esto podría resultar de dimensiones beneficiosas o terriblemente dramáticas.

Podría ser que fueran seres marcadamente ecológicos. En este caso, siendo nosotros casi una plaga en nuestro hábitat, para evitar males mayores,  la tendencia de los alienígenas podría ser corregirnos o destruirnos.

Por el contrario, si esas civilizaciones desconocidas fueran de tipo expansivo, tal vez no solo ya habrían abordado nuestro territorio sino que nos hubiesen doblegado y hoy seríamos, probablemente, sus esclavos o su alimento como las vacas para nosotros.

Lo concreto es que si bien no tengo pruebas, más que un par de fotografías sacadas de apuro, en las que no puedo siquiera demostrar que sean naves, descendiendo en las cercanías de la estación de ferrocarril de mi pueblo, he visto numerosas luces extrañas surcando el cielo, contundentes y a veces terroríficas. Luces formando círculos, destellantes, turbadoras, casi irreales que han logrado, sean verdaderas o no, conmover mi espíritu y mantenerlo atento a cualquier signo que pueda demostrar, con el tiempo, que no estamos solos en el Universo.

sábado, 16 de mayo de 2026

La huida

La huida


Un tren en movimiento es una cárcel.

Con más razón para quien está huyendo.

Como a tantos otros, me acusan de un crimen que no cometí. No importa la verdad: Estoy sentenciado desde que tuve aquel desencuentro con el diputado. Lo vi claramente en su mirada. Antes o después, iba a pagar mi atrevimiento. Ignoro qué destino me tienen preparado, pero, en cualquier caso, las opciones de escapar a él son mínimas.

Por eso, cada par de ojos que se posan en mí representan un peligro. Son muchos quienes me buscan. El poder encuentra aliados en todas partes. La única realidad posible es la huida. Ningún rincón del país es seguro ahora. Solo en el extranjero, lejos, podré eludir los largos tentáculos de mi enemigo. Mas no debo pensar en el futuro lejano cuando en un instante todo puede irse al carajo. Lo urgente es salir de aquí.

Todos los rostros que me rodean son una amenaza. Por desconocidos, por multiplicados.

Vine a la estación porque me pareció el mejor lugar para pasar desapercibido. En principio, solo tomé el tren por alejarme de aquí. El destino fue casual –era el tren que en ese momento se disponía a partir-, pero en Enrique Fynn tengo amigos que tal vez puedan ayudarme.

Ahora, cuando el tren ya abandona la ciudad y avanza hacia la interminable llanura, solo ahora he caído en la enorme indefensión del proscrito que toma la decisión de subirse a un tren –un avión, un autobús, cualquier medio de transporte colectivo, en definitiva-. Por eso, trato de evitar las miradas de los otros pasajeros. Las gafas de sol ayudan, pero no son un muro tras el que esconderse. Solo un diminuto camuflaje. Si alguno de mis perseguidores está a bordo, soy hombre muerto.

Haría bien, lo sé, en ocupar mi mente con otro tipo de pensamientos. La forma de burlar la vigilancia a que estoy sometido, por ejemplo. La acción que debería llevar a cabo si descubro a uno de ellos… esas cosas. Pero el temor me impide pensar: Un indicio claro de ello es que, justo antes de tomar el tren, he llamado a mis amigos para avisarles de mi llegada. Solo un minuto más tarde he caído en la cuenta de lo inoportuno de mi visita. Por nada del mundo desearía meter en líos a mis amigos. Pero ya está hecho. No puedo volver atrás. Dejo mi destino en manos de este enorme artefacto que me traslada con rapidez entre campos y pueblos que, a esta hora, parecen abandonados.

A pesar del miedo, el cansancio acumulado en las últimas horas me induce a dormitar. Breves cabezadas de las que salgo con un sobresalto. Cada vez, miro alrededor con aprensión. Nada en el vagón parece amenazarme, pero con esta gente nunca se sabe.

Para un prófugo, todo son ojos. Ojos expectantes, acusadores, irónicos, traicioneros. Ojos enemigos.

Cuando, al volver de alguna de esas ensoñaciones, distingo una sombra en algún punto inconcreto del vagón, mi corazón se acelera. Cada vez que el tren se detiene, temo que suban, que me busquen, que me saquen esposado y vencido a la vista de todos y me metan en un auto verde, uno de esos autos verdes de los que no se regresa…

Una mirada fija es una alarma causando un estruendo insoportable en mi interior. Una inocente sonrisa se me antoja como la señal inequívoca de mi perdición.

Los kilómetros y las estaciones se suceden, pero mi angustia no mengua. No obstante, si he de ser sincero, no hay la menor señal de los sicarios. Se trata solo de la sensación de ahogo propia de quien se sospecha rodeado.

Miro hacia afuera y percibo que ya estamos llegando. La próxima estación es Enrique Fynn. Allí tal vez pueda estar seguro uno o dos días, mientras decido qué hacer, hacia donde seguir huyendo…

Con suma precaución, la misma que he empleado en las últimas horas o días (en la huida llega a perderse la noción del tiempo), me preparo para salir de este encierro rodante. Abajo todo será distinto.

Sin embargo, la frecuencia de mis latidos no disminuye. Mientras el tren va reduciendo su velocidad y la silueta de la estación se perfila en el horizonte cercano, me asalta una revelación: Ellos están ahí, esperándome. Esta vez no se trata del pánico, sino de una fría certeza. No necesito verlos. Lo sé. Conocían mis planes y no han hecho otra cosa que alimentar mi esperanza, dejando que el viaje llegue a su fin. No habrá escándalo ni una persecución cinematográfica. Simplemente, alguien se acercará a mí y me susurrará al oído unas pocas palabras. Yo le seguiré en silencio, velando así por la seguridad de mis amigos, a quienes me prometerán no hacer el menor daño si colaboro. No me hará falta ver a uno de mis antiguos compañeros, quizá el más joven o aquel que siempre enrojecía al mirarte a los ojos, escondido tras una columna, observando con el corazón en un puño mi detención y, tal vez, respirando aliviado al comprobar mi sumisión. Después, el protocolo se cumplirá con precisión geométrica, del mismo modo que siempre. Y el mundo me olvidará como se olvida todo.

jueves, 14 de mayo de 2026

Esa melancolía era una feroz compañía

Esa melancolía era una feroz compañía


Eduardo Francisco Coiro


La foto de los galpones sin techo, donde se guardaban las locomotoras.

Fotografía de la remota época donde el humo, las neblinas y los tonos de gris en las películas se llevaban de la mano.  Como su padre que lo llevaba de la mano con el cigarrillo colgando de la boca, mientras se tomaba un descanso de su mundo de trabajo donde casi todo era un “hacer” concreto.

Entonces el hombre volvió a ver otras fotos de su padre, el cigarrillo colgante, esa fuerza de lucha que parecía imposible de doblegar aún por el tiempo, ese gigante. En ese día que era el del cumpleaños de su padre siguió pensando en esa época de la sociedad del humo, donde en las fábricas se trabajaba. Donde el trabajo era tan visible como el hollín en la ropa de los trabajadores. Usando esa vaga excusa para seguir con su mente apresada por la feroz melancolía, el hombre se subió al tren con destino a José Ramón Sojo. Sentía la vocación del paleontólogo que quiere reconstruir al dinosaurio a partir de unos huesos enterrados. Quiso entonces imaginar al ferrocarril y quizás al mundo de su padre y de muchos hombres como su padre, desde ese edificio que en la foto son paredes sin techo, con cardos y pastos crecidos en su interior donde antes descansaban las bestias negras de panza de fuego que vio pasar en su infancia.

Como cualquier otro, el hombre teme a la frustración y más aún al desencanto. Teme que ni siquiera eso exista, que la ceremonia inconsciente que lo motiva ni siquiera pueda concretarse. Arrastra demasiados caminos equivocados, y una edad en que la ilusión ya no lo lleva, como acaso antes ocurrió, todos los días a deseos posibles.

Él sabe que los días de lluvia son sus días libres, para viajar o para intentar alguna aventura como la de aquel día, visitar un galpón abandonado en un lugar donde años antes de la vuelta del tren sólo había campos, "población rural dispersa" según leyó en el último censo.

Al menos, aunque no lograse realizar su trabajo de resucitador de pasados fabriles, si la tormenta no amainaba, el hombre esperaba al menos encontrar un bar en la estación para hacer notas en su cuaderno de andanzas.

El tren y el viaje son un modo de suspender algo y entregarse al azar del destino.

Hay cosas muy locas, piensa, mientras anota en su cuaderno la pintada que ve al bajar del tren con mirada de recién llegado:

"No dejes que tu vida la maneje un robot: Karel Čapek"

Decidió bajar del tren, a pesar de la decepción de hallar un andén devastado por una vejez que no distorsionaba ni la cortina de lluvia de esa tarde de abril. Con lentitud el hombre siguió caminando bajo la lluvia en un sendero asediado por el barro y el pastizal.

Estos tipos al menos podrían haber construido una vereda desde la estación”, pensó, “o quizás es a propósito, no les interesa”.

Pensó que si hubiera sabido que estaría caminando bajo la lluvia, solo, en un sendero donde iba embarrando los zapatos, si lo hubiese sabido de antemano, quizás hubiera seguido arriba del tren hasta un pueblo amable, que al menos tuviera un bar para tomar un café protegido de la lluvia, y donde pudiese intentar escribir algún título (al hombre sólo le salen títulos, los escritos nunca los logra).

Al final del sendero hay una edificación. Hay un portal de entrada con grandes carteles, y una garita donde una especie de portero o vigilante le hace señas de que pase, que vaya hacia el interior, que las visitas son bienvenidas.

Ojalá fuera un museo ferroviario, se dice el hombre, pero es un templo de alguna forma de esas modernas religiones que intentan reemplazar a las antiguas.

Hay una consigna que se lee a poco de entrar, en un cartel que se prende y apaga en múltiples lucecitas de colores como las de los bingos:

"NUESTRO DIOS NO CASTIGA, SÓLO LIBERA"

Y más abajo, en letras luminosas algo más pequeñas: "Todos son bienvenidos".

En la gran nave silenciosa  ve un pastor electrónico parado detrás de un atril, con un dispositivo para comenzar en el momento justo en que ingresen fieles. El buen robot de aspecto humanoide comenzó a darle palabras de bienvenida al percibir su presencia. El hombre no quiso oírlo y se hubiese ido en ese momento, si no fuera por la curiosidad de observar que hay filas de bancos provistos con anteojos de realidad virtual para cada fiel que se siente allí. Frente a la línea de bancos también se despliegan tableros verticales con botones que dan opciones para elegir diferentes tipos de sermón del robot pastor:

La misión universal del señor.

Sanación angelical.

Oraciones a los 7 arcángeles.

(Y otros a los que el hombre elige negarles el acento de una mirada).

En un lateral, por encima de ornamentos e imágenes sagradas hay un cartel que advierte: absolutamente prohibido fumar en el interior del templo.

Ahora si siente, sin tener claro un por qué,  cómo se derrumba en su interior la edad del humo. Siente de súbito cómo caen las chimeneas, desaparece el hollín, se precipita el cigarrillo colgado de la comisura de la boca de su padre mientras no para de trabajar. Es el fin de este lugar que nunca más tendrá vaporeras. El símbolo que anuncia la muerte de la época en que el hombre nació y creció.

 **

Lo único humano era el portero de la entrada grande que saludaba en su garita, y ese hombre está tan solo, que por hablar un poco y sin que le pregunte, le dice que el pastor emprendedor que construyó el templo con un dinero llegado desde otro país vive en Saladillo. Los fieles vienen de todas partes, dice, pero hay horarios de reuniones que usted puede ver en la tablet.

Sin que el visitante lo pida, el portero despliega en su ordenador portátil una grilla de horarios y descripción de eventos, entre los que el hombre pude leer:

-Reunión de casos imposibles: Todos los sábados a las 18 horas.

Ahora el hombre puede levantar la mirada y terminar de aceptar lo que leyó en el gran cartel del pórtico de entrada a la nave del antiguo galpón de locomotoras devenido en iglesia robótica: "Pare de sufrir en José Ramón Sojo".

martes, 12 de mayo de 2026

El tren de la noche

El tren de la noche


Cecilia Zanelli


Recuerdo el tren de las cinco de  la tarde, que pasaba por mi pueblo.

Dos trenes alteraban la pesada rutina de ese lugar, sin pasado ni futuro. Uno llegaba, todos los días, a las 5 de la tarde. Lo escuchaba desde la escuela y sabía que pronto sonaría la campana para volver a casa.

Al otro no lo había visto nunca. Pasaba dos veces a la semana, sin detenerse, por aquel viejo caserío que era lo único que yo conocía hasta ese momento. Su sirena era larga y parecía estar siempre lejos.

Heraldo y yo éramos amigos y vecinos y teníamos 12 años cuando ocurrió lo del campanario.

El cura nos permitía ir a pedir monedas en la escalinata de la Iglesia unas horas todos los días, a la mañana en invierno y a la tarde cuando empezaba la primavera.

No era un cura bondadoso o bonachón, como me contaron que había en otros pueblos, pero nos daba permiso para extenderle la mano a las viejitas que iban a la misa del atardecer.

No conseguíamos mucho, pero servía.

En especial a Heraldo, porque sabía que tenía que llegar a su casa con algo, o no entraba.

Cuando lo recaudado era poco, yo le daba parte de lo mío para que su padre no le pegue y después él me lo devolvía en las Fiestas Patronales, cuando la iglesia se llenaba de gente y todos estaban generosos.

Le había comentado a Heraldo acerca de los trenes. Mi curiosidad por el tren nocturno, que no paraba en la estación y que, por el ruido que hacía, parecía interminable. Heraldo me propuso que nos escapáramos una noche, a las 23,00, para ver pasar a aquel misterioso tren.

Las vías dividían en dos a mi pueblo. De un lado estaba la Iglesia, la Comuna, la Comisaría y la plaza. Del otro lado estaban las casas más humildes, las calles sin mejorado y lo más lindo que tenía para mí el lugar: un enorme monte de eucaliptos.

Nos habíamos hecho amigos del hijo del guardabarrera, que vivía casi al lado de la vía, en una gran casa de madera que les prestaba el Ferrocarril.  El padre de nuestro amigo era un hombre alto, rubio, de serenos ojos claros, que nos trataba muy cordialmente. Sonreía mucho  y había prometido llevarnos a dar un paseo en la “zorrita” con la la que se desplazaba por las vías para solucionar algún problema. Nos gustaba mucho ir a visitar a nuestro amigo. A veces nos animábamos a entrar al bosque de eucaliptos, si había sol y era de día, porque era tan alto y tan tupido que no siempre llegaba la luz hasta el piso y por eso casi no había pasto entre los troncos. Lo cual era una ventaja cuando andábamos en ojotas en el verano, buscando algún pichón caído del nido.. Cada tanto el padre de nuestro amigo nos llamaba con un grito para saber si estaba todo bien, a lo que respondíamos gritando nosotros también y eso nos causaba mucha risa. Cuando regresábamos de esa excursión la madre nos esperaba con la leche y pan con manteca y azúcar y luego nos íbamos corriendo a la iglesia porque ya era la hora de la misa.

Esa noche hacía frío, era invierno y todos se habían ido a dormir temprano. A las 22.30 me escapé por la ventana del lavadero y pasé por la casa de Heraldo, que ya estaba esperándome. Nos fuimos hasta el baldío más cercano, por donde pasaba el tren y nadie pudiera vernos.

El frío era intenso y estaba todo el pueblo silencioso, solamente las ranas y alguna lechuza parecían estar despiertas como nosotros.  Por suerte estaba el cielo despejado y la luna llena iluminaba el campo, pero aún así, yo tenía miedo.

Nos quedamos a pocos metros de la vía, esperando. Minutos antes de las 23,00 empezaron a vibrar los rieles y la sirena del tren se escuchó a lo lejos. No podíamos ver nada, sólo una luz roja a lo lejos que se acercaba y agrandaba cada vez más.

¡Ahí viene!”, me dijo Heraldo con un susurro, como si  alguien, o el mismo tren, pudiera escucharnos y descubrirnos.

El tren disminuyó la velocidad y pasó delante nuestro. Conté 34 vagones, duros, oscuros y fríos. El viento que produjo al pasar a nuestro lado nos azotó la cara y se nos voló el pelo y una sensación de pequeñez me provocó escalofríos.

Poco a poco pasaron los vagones, bastante despacio, tal vez porque atravesaba la ciudad. En un momento iba tan lentamente que casi podríamos habernos subido a él, pero no paró. Continuó avanzando con su sirena y se alejó, negro y poderoso, hasta que ya no lo vimos, en el oscuro horizonte.

Volvimos a casa con la curiosidad satisfecha, pero Heraldo estaba pensativo y un poco triste. Yo también sentía un poco de angustia. Y volví a sentirla cada vez que escuchaba, en las siguientes noches, la sirena del tren cuando pasaba.

No se habló más de la visita nocturna y todo siguió más o menos igual, hasta que ocurrió lo del campanario.

Heraldo llegó esa tarde de noviembre a la iglesia con un humor terrible. Estaba enojado y aburrido y se le ocurrió subir hasta el campanario.

El cura nos lo había prohibido, porque las escaleras eran muy viejas, algunas estaban rotas y la caca de las palomas que se metían por las aberturas había corroído la madera.

Yo traté de disuadirlo pero no sé qué le pasaba a él ese día; estaba como desafiante.  Le dije que el cura iba a enojarse.

No seas cagón, Omar”, me respondió. “El padre Jorge está en el hospital a esta hora. Ni va a enterarse”.

Así empezamos el riesgoso e inolvidable ascenso al campanario.

Atravesamos una puerta angosta que nos llevó a una habitación llena de velas consumidas hasta la mitad, que estaban benditas y no podían tirarse ni usarse en otras celebraciones. Allí estaba la primera escalera, que había sido ya arreglada, y nos llevaba a una terracita, desde donde se tiraban los fuegos artificiales el día de las Fiestas Patronales. Con mucha excitación nos asomamos por encima de la pequeña pared: todo el pueblo se veía desde allí.  La vía del tren trazaba como un dibujo recto que lo dividía en dos y se curvaba al final. Podíamos ver  todos los techos: el de la escuela, el del hospital, el de las casas más lujosas y, a un costado del monte de eucaliptos, nuestro barrio.

El aire puro y la hermosa vista del lugar animaron a Heraldo, que me empujó a seguir subiendo.

La segunda escalera era más larga y ya no estaba en buenas condiciones. Se hamacaba bajo nuestro peso y me dio un momento de pánico.

¡Vamos Omar, no va a pasar nada!” me alentó Heraldo.

Llegamos casi trepando al cubículo donde estaba el reloj.  Heraldo se paró en el pequeño espacio que quedaba entre la máquina y las paredes, cada una de ellas con un enorme esfera de vidrio donde estaba impresas las horas en números romanos.

Era increíble ver pasar la luz del sol por ahí. Yo podía ver el cuerpo de mi amigo atravesado por luces y sombras que parecían estamparle un dibujo singular.

Parecía algo mágico y hubiese sido totalmente maravilloso pero lo arruinaba el excremento de las palomas seco, que cubría gran parte del piso y parte de la escalera.

Quedaba un  último ascenso y era hasta la última parte de la torre, donde estaban las campanas. Nosotros las habíamos visto desde abajo, a través de unas ventanas ovaladas.

Yo no quise subir más. Me parecía una impertinencia haber desafiado la orden del cura y haber conocido también, desde adentro, la torre prohibida.

Pero Heraldo continuó y, aunque desde abajo  yo advertía su particular silencio de cuando estaba concentrado, pegó un grito de alegría cuando llegó a la cima.

¡Vení Omar, esto es increíble!” gritó asomándose por la ventana, entre las campanas.

El cura Jorge volvía del hospital y vio a Heraldo, justo cuando se asomaba sonriente, triunfante, espantando a las palomas  que entraban y salían de la torre.

Desde abajo nos llegó su voz, fuerte y colérica, llamándonos.

Empecé a bajar con cautela y le dije a Heraldo que tuviese cuidado, porque las últimas escaleras estaban en un estado lamentable. Le pedí que se agarrara de las sogas de las campanas, porque aunque sonaran, ya habíamos sido descubiertos.

Nunca lo vi tan furioso al cura. Con la cara roja y hablando rápido nos dio un largo sermón sobre la obediencia y nos prohibió volver a pedir limosna en la escalera del templo.

Heraldo, que se había aguantado bastante bien el reto, se puso blanco y no dijo nada, pero tenía una expresión en la cara que nunca voy a olvidar.

Nos volvimos callados a casa caminando y nos despedimos en la puerta.

Fue la última vez que vi a Heraldo. Esa noche pasó el tren, a las 23,00 y escuché su larga sirena, perdida en el medio de la noche.

Heraldo se fue con él.