Una ráfaga de viento
Una ráfaga de viento helado cruza el andén desierto, llevándose consigo un caótico remolino de hojas secas. El golpeteo metálico de un cartel se deja oír, perturbador, a lo lejos. Apenas se vislumbran aisladas luces de alumbrado público; al notarlo, Don Tomás se estremece. Mala noche para quedarse solo, de guardia en la boletería.
¿Cuándo tendría el valor para decir que no? Ya es un hombre mayor, ¡qué joder! El reuma lo está matando desde hace rato, apenas si se puede mantener erguido en este gastado banquito de madera, y la vista le falla cada día más. ¿Por qué no designan a un muchacho en este puesto? Sus días de "hacer mérito" han pasado ya; cuando descubrió que, por más que se esforzara, le seguirían pagando este magro sueldito hasta el día en que se jubilase. Y ese día, aunque cercano en el calendario, parecía no llegar más.
Aunque, en noches destempladas y borrascosas como ésta, Don Tomás se amarga intuyendo que ese día .. quizá jamás llegue para él.
-Estupideces -, murmura, mientras vuelve a acomodar sus elementos de trabajo sobre el mostrador de la boletería: los sellos, los cartoncitos, los lápices. ¡Como si hiciera falta! Don Tomás es el empleado más eficiente de la estación, y eso lo saben hasta en el barrio que rodea la estación. Lo sabe Rosario, por supuesto, y eso es lo que más le importa. Rosario. El rostro se le ilumina con una sonrisa. Ese ángel de mujer, siempre alegre, desbordante de ternura, que regularmente suele traerle alguna confitura amasada en la panadería de su hijo, sólo para que él no pase hambre en sus largas horas de vigilia dentro de la boletería. Desde la muerte de su esposa, Don Tomás ha quedado escorado, como los barcos moribundos, tumbado anímicamente sobre el costado de la responsabilidad. El trabajo es su único sostén, y evita que caiga en la depresión. Claro que eso tampoco justifica que tenga que padecer este frío y esta incomodidad, sólo por no quedarse a solas en una enorme casa vacía. Treinta años de convivencia no son moco de pavo, solía decir durante el velorio, cuando la ausencia le pesaba hondo en el corazón. Hasta que aparece Rosario, un poco más joven que su difunta esposa, a presentarle sus respetos, acompañados por una tarta de ricota. ¡Con lo que le gustan a él esas cosas ricas! La alegría por el regalo fue tan intensa, que recién cuando limpió las últimas migas de la tarta reparó en que era la primera vez que sonreía con sinceridad desde el sepelio de su mujer. Todo gracias a Rosario.
Ella también es viuda, aunque su viudez no sea reciente. Pero Don Tomás está criado a la antigua: no puede pedirle nada extravagante. Lo mirarían mal; y tampoco está seguro, además, de que Rosario fuese tan amable con él sólo porque oculte aviesas intenciones. ¡Pero cómo se le ocurre! Actitudes como ésas son propias de las jovencitas, cuyas hormonas estallan sin asidero, más no de una señora digna y respetable como ella. Por lo tanto, Don Tomás se contenta -y hasta aguarda ansioso- con verla aparecer por el pasillo de la boletería trayendo un paquetito envuelto en papel madera entre las manos, símbolo de su desinteresada amistad. ¿Acaso piensa en otra cosa? Son –simple y afortunadamente- amigos, y él le está eternamente agradecido por el favor que le hace. Alguna vez intentó retribuírselo de alguna manera, pero ella dijo que por favor, que para qué, que no la ofendiese. El vínculo establecido entre ellos se ha ido consolidando así, ¿para qué estropearlo, entonces?
Sin embargo, hay noches -como ésta, quizá- en que Don Tomás suele sentirse solo, y desea quedarse en casa, al abrigo de la estufa, saboreando una humeante taza de té, en compañía de una tierna mujercita que lo atienda y quiera tan profundamente como él a ella. Y abrazarse en el sofá, mirar la programación televisiva nocturna, quedarse dormidos uno junto al otro, y despertar pasada la medianoche para darse cuenta que ya es momento de irse a la cama. ¡Quedarse dormidos delante del televisor, habrá que ser cabeza fresca!
Un crujido en el pasillo le hace emerger de sus ensoñaciones. Presta atención. Un sonido apagado se vuelve reconocible: pasos. Consulta el reloj, aunque de memoria sabe que ninguna formación se desplazaría sobre los rieles hasta bien entrada la madrugada. Apenas han transcurrido unos minutos desde la medianoche. ¿Quién será? Una filosa ráfaga de viento ulula entre los aleros de la estación desierta.
Una oscura silueta se recorta contra los barrotes de la ventanilla de la boletería, y con la escasa luz imperante en el ambiente, sumado a su creciente falla visual, Don Tomás supone que se trata de un fantasma. Ahoga un grito, hasta que el recién llegado se acerca aún más a los barrotes, lo mira a los ojos y dice:
-¡Vamos, hombre! ¡No se asuste! ¿Acaso no me reconoce?
Al contemplarlo una vez más, e identificar aquella voz tan conocida, Don Tomás se relaja y suspira:
-¡Jefe! ¡Qué susto me dio! ¡Por poco me mata!
-Vamos, Don Tomás. No me diga que lo agarré cometiendo algún delito. Esas reacciones de temor son propias de quienes son apresados con las manos en la masa.
-No señor, para nada -, se apura a contestar él, asociando la masa del delito con el recuerdo pastelero de Rosario, pero sin agregar nada más. -Sólo que usted se apareció así, de improviso. Y qué quiere que le diga, las noches como éstas me ponen nervioso. Ese chiflido del viento, las hojas que corren de acá para allá.. ¡Brrr, me aterra!
-¡No le puedo creer! ¡Un hombre grande! ¡Ni que le hubieran estado contando historias de aparecidos hasta reciencito nomás.!
-Tampoco es para tanto, pero. Capaz que ya estoy viejo para andar haciendo estas guardias. Muy... susceptible., como dicen los que saben.
-No me afloooooje, Don Tomáááás -, canturrea el Jefe de Estación, con tono admonitorio. - Usted bien sabe que la función que cumple figura en el reglamento.
-Pero, Jefe. ¿Soy el único que puede quedarse? ¿No tiene a alguien más que necesite unos pesos extra?
-Por el momento, no. La guardia hay que hacerla, le guste o no le guste -.
Se mete las manos en los bolsillos, mira hacia un lado y el otro en una especie de tic nervioso, arrebujado dentro de su abrigo, y luego agrega: -¿Se enteró de lo que andan diciendo en la Terminal?
-Últimamente se dicen tantas cosas.
-Parece que el rumor viene de arriba: dicen que van a cerrar el ramal.
-¿Cuál? -, se asusta Don Tomás. -¡¿Éste?!
-¿Y cuál le parece que puede ser? ¿El tramo que une La Plata-Constitución? No, ése rinde muchos beneficios todavía ; es el nuestro, que sin tener reparaciones desde hace unos cuantos años, bien que les da pérdidas.
-Eso no puede ser -, se lamenta él. -Con la cantidad de gente que viaja todos los días al trabajo.
-Son cada vez menos, hombre. Y usted lo sabe mejor que yo. Entre la desocupación y los nuevos servicios de ómnibus diferenciales que cubren el mismo trayecto en menos tiempo, esto se viene a pique a ritmo parejo.
-Con todo respeto, Jefe, pero. ¿No le parece que exagera? ¡Cómo van a cerrar los ramales del ferrocarril! ¡Eso es una locura!
-Entonces dígale loco a nuestro flamante Presidente de la Nación, porque parece que la orden viene de allá arriba. De bien arriba.
Don Tomás enmudece. La jubilación es algo deseable, claro; pero nunca a este precio. ¿Qué pasará desde ahora con él? ¿Y con el ferrocarril en su conjunto? Si empiezan con este ramal, ¿con cuál se detendrán? ¿Dejarán al país incomunicado? ¿Quién ha sido el genio que despertara iluminado con semejante decisión? ¿Condenarán al servicio de transporte más seguro y económico del país a un olvido tan injusto como tenaz? Una sombra de muerte se posa sobre su corazón, y de pronto la ausencia de su finada esposa se le torna en extremo pesada para cargarla sobre sus hombros.
Siente que él, como tantas otras personas, pertenecen a este lugar. Cerrarlo será como ir matándolos poco a poco, dejando que todos ellos se vayan consumiendo muy lentamente en ese siniestro marasmo que significa el retiro voluntario. La idea de marchitarse encerrado en su casa le genera aún más escalofríos.
-¿Y para cuándo ..se supone ..que van a…? -, tartamudea, incapaz de formular la pregunta fatal.
-Pronto, aunque todavía no hay una fecha definida -. Hace una pausa, se mira los pies, y agrega, evitando el cruce de miradas con el boletero: -Habrá que ir buscándose otra cosa, para los que quieran seguir comiendo. O como en su caso, disponerse a descansar como jubilado.
-¡Eso jamás! -, exclama él, de pronto. El Jefe lo contempla, sin entender.
Don Tomás agrega, con menor vehemencia: -Quiero decir, que me niego a ser un jubilado inservible. Mire lo que le digo: prefiero quedarme a vivir en esta estación, si es necesario. Aunque me tilden de loco.
-¡No diga pavadas, hombre! A todos nos llega el momento de declinar las fuerzas y abandonar lo que hasta ahora veníamos haciendo. Usted también dejará de existir como boletero, ya sea que cierren el ramal o no. Lo que haga con su vida fuera de esta estación, es asunto suyo. Disfrútelo lo mejor posible, se lo aconsejo. Comida seguro que no le habrá de faltar: la panadería viene trabajando a pleno.
Don Tomás se niega a levantar el guante de la ironía. Pero muy dentro suyo, se siente desahuciado. El Jefe se estremece de frío otra vez, zapatea sobre el percudido suelo del pasillo, y saluda con un gesto de cabeza:
-Bueno, hasta mañana, entonces. Y no se duerma. Al menos, ya tiene algo en qué pensar hasta que llegue la primera formación.
Don Tomás lejos está de agradecerle semejante preocupación, mientras escucha alejarse los rítmicos pasos hacia la calle. Deprimido como está, se le ocurre imaginar cómo sería su vida si se cumpliera ese espontáneo y caprichoso deseo de quedarse a vivir allí, dentro de la boletería. Cómo sería que nada le hiciera falta, más que continuar con su rutina, y recibir cotidianamente la visita de Rosario con su milagrero y sabroso paquetito.
Alejado del dolor de vivir en una casa vacía, sin hijos que lo vengan a visitar a uno los fines de semana, contemplando todas las mañanas la gloria ferroviaria de un país que parece estar extinguiéndose, y que, al igual que aquella estación, se iría desmoronando inevitablemente con el paso del tiempo. Y la negligencia de sus gobernantes..
Pero quizás... él no. Quizás, de cierta extraña manera, sus deseos puedan llegar a cumplirse alguna vez.
Una ráfaga de viento helado penetra insolente a través de la ventanilla enrejada, arrastrando consigo vanos fragmentos de hojas muertas. Pero Don Tomás ya no se encuentra allí para estremecerse, ni para asustarse, ni para sentir nada. Don Tomás hace rato que ha partido.
La boletería, luego de aquella espectral visita, yace nuevamente vacía, como lo está desde que cerraron el ramal La Plata- Mirapampa, hace ya más de cuarenta años.




