Mostrando entradas con la etiqueta AlbertoDiMatteo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta AlbertoDiMatteo. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de julio de 2026

Estación Los Eucaliptos

Estación Los Eucaliptos

Alberto Di Matteo 

El amigo Coiro acaba de enviarme otro mail, encargándome un nuevo texto para InvenTren. Luego de la grata experiencia de volver al ruedo literario hace quince días, la tarea no amenaza ser dolorosa. Siento los dedos más sueltos que cuando encarase la fantasía cómica de Estación Funke, pero el ojo de la imaginación no me encuentra en mi mejor momento. Por lo tanto, releo el título de la Estación y me dejo llevar una vez más por la asociación libre.

Coiro me envía videos de YouTube donde un par de nostálgicos han filmado los actuales paisajes de la ex Parada Los Eucaliptos, perteneciente al extinto Ferrocarril Provincial. Lugares campestres que apenas dejan vislumbrar la presencia del hombre a través de algunas casas, varias tranqueras, y mucha ruina. Al menos, reconforta ver que las imágenes brillan bajo un sol pampeano que se intuye cálido y esperanzador.

Entonces recuerdo algo que me retrotrae en el tiempo, quizá imbuido por el aura desoladora de lo que fuera y ya no es, del pegajoso ámbito de precariedad que me transmiten los espacios vacíos del terreno donde alguna vez existió una estación, con telégrafo incorporado. Los Eucaliptos también se llama un barrio del conurbano bonaerense emplazado en el Municipio de Quilmes, donde hace casi diez años realicé visitas domiciliaras motivadas por mi trabajo como psicólogo perteneciente a la Secretaría de Niñez y Adolescencia de la Provincia de Buenos Aires.

En aquel entonces, tomé otro ramal ferroviario, el eléctrico hacia Florencio Varela, desde donde combiné con un colectivo para llegar hasta la esquina del semáforo de Avenida La Plata y Lamadrid. Mi compañera Natalia arriba pocos minutos después con su auto, y una vez que estaciona, nos saludamos en la vereda, subiéndonos hasta el cuello los cierres de las camperas.

¿De veras estás listo, Albertito? ¿O vas a arrugar antes de entrar? —me provoca ella, con una risita. —¿La verdad? Ni sé cómo te animás a venir.

Si llegamos hasta acá, no me voy a echar atrás. Además, si nos pasa algo malo, me vas a defender vos…

Caminamos con sigilo hacia el hueco entre ambos edificios de tres plantas, donde se abre la entrada hacia la villa, sita en el corazón de la manzana: la mayor cocina de paco del conurbano.

El panorama es decadente. Mugre y abandono impactan a la vista, así como los jóvenes tirados contra los cimientos de las casas, hundidos en el tanático sopor del consumo. Naty ahoga por un rato el buen humor y avanza segura sin mirar demasiado alrededor, sabiendo de antemano cuál es la casa en la que debemos entrar. Yo espío de reojo, sin perder detalle, pero al mismo tiempo queriendo pasar desapercibido a cada paso que damos, mientras nos internamos en terreno desconocido.

En el domicilio señalado, ya hay gente de pie junto a la puerta. Con Naty nos ponemos en guardia, pero disimulando. Estos de la puerta deberían estar durmiendo, y no amanecidos. Los rumores acerca de la proliferación de los “tranzas” en el domicilio de arresto del joven posiblemente sean ciertos.

Buen día —saluda Naty, sin cordialidad, ni vacilación. —¿Christopher se encuentra?

¿Quién lo busca? —desafía un morocho, con una gorra de Boca y mirada torcida.

Somos del Centro de Referencia. Venimos por una entrevista.

¿Para qué? —insiste el de la puerta.

Para ayudarlo antes de que vaya preso —sostiene Naty. —¿Vos sos el padre?

Con un movimiento de cabeza, el de la gorra de Boca le indica al otro, con camiseta del Barcelona y ojos irritados, que entre en la casa, sin quitarnos la vista de encima. Naty me mira, yo arqueo las cejas, dudando. ¿Será factible realizar la visita, o mejor volvemos en otro momento? ¿Qué nos diría Liliana, nuestra coordinadora? Que no salgamos con un día de tormenta como éste, eso seguro.

El de la camiseta del Barcelona vuelve enseguida, acompañado por una mujer teñida de rubio y con anteojos recetados, ajenos a este entorno social.

Buen día, ¿cómo están? —nos saluda la madre, afable. —Pasen, sin vergüenza.

¿Podemos? —dice Naty, mirando de arriba abajo a los “custodios” de la entrada.

Sí. Déjenlos pasar, son de confianza —informa ella, y los jóvenes se apartan.

Ingresamos en una habitación indescriptible, oscura y desordenada más allá de cualquier imaginación. Nos acercamos a una mesa pero permanecemos de pie. No hay niños a la vista. La inquietud (y el aroma de la marihuana) impregnan el ambiente.

¿Y su hijo? ¿Se levantó? —dice Naty, intentando contener la respiración, creyendo que sería mala idea sacar el celular para tomar con discreción una foto de la escena.

Ya le aviso que están acá —señala la madre, antes de retirarse por un recodo.

Miro por sobre mi hombro; ambos “custodios” han entrado y nos vigilan la espalda. De pronto, maldigo la idea de acompañar a Naty a hacer justamente esta visita, maldigo la idea de que cualquiera de nuestras compañeras deba internarse en lugares riesgosos como éste, maldigo la idea de estar a punto de padecer la peor experiencia de vida desde que ingresara a este trabajo.

Esmirriado y ojeroso, Christopher se levanta de mala gana, belicoso y angustiado a la vez. Nos contempla extrañado, repudiando la visita.

¿Otra vez? —increpa a Natalia, al verla de nuevo en su casa.

Esta, y muchas otras veces —responde ella. —Te recuerdo que por esta causa debes cumplir un arresto domiciliario, por el que tengo que visitarte todas las semanas.

¿Y por qué no me hace todas las preguntas juntas? Así la veo una vez por mes.

Porque tengo que saber cómo estás llevando el arresto, todas las semanas —reitera Naty, segura. —¿Te molesta mucho que venga?

Por favor, señora —concilia la madre. —No le haga caso. Su presencia no molesta.

A su hijo parece que sí.

¡A mí me jode que vengan a molestar a cada rato por algo que yo no hice! —estalla Christopher.

Si no hiciste nada, ¿por qué no colaborás? Así se te hace más fácil transitar esta causa —intercedo yo, casi con suavidad. —¿Cómo la venís pasando?

¡Me tienen todos harto!!! —grita Christopher. —¡La yuta por pegarme, los jueces por acusarme, mi viejo por dejarme, y mi vieja por querer internarme por drogón!!! ¡No le importo a nadie!!! ¡Encima vienen Uds. a cada rato, a joderme por las cosas que hago!!!

Pero dijiste que no habías hecho nada… —le señalo, sin rematar la frase.

Él siempre se pone así… —lo disculpa la madre. —Ya no sé qué hacer…

¡Pitu!!! —exclama el de la gorra de Boca, por sobre el hombro de los agentes de la Secretaría de Niñez y Adolescencia. —¡Vos sabés que te bancamos a muerte!!!

Bueeenooo… ¿Qué tal si nos calmamos? —advierte Naty, mirando a todos en derredor, y dirigiéndose hacia los “custodios”: —¿Uds. podrían dejarnos un ratito a solas con la familia? Cuanto antes terminemos, antes nos vamos.

Chicos, por favor… —comienza la madre, pero la interrumpe el de la gorra de Boca.

¡No le rompan más las pelotas al Pitu!!! ¡Que acá en el barrio tiene aguante!!!

Nos miramos con Natalia; será mejor que nos vayamos. Esto no da para más.

Muy bien; como Uds. quieran —dice Naty, bajando la mirada y extrayendo de su carpeta verde claro la planilla de visita que debe firmar el joven de referencia.

¿No entendés, rubia? —exclama el de la gorra, cada vez más exaltado, y le quita la planilla de un manotazo, haciendo un bollo y arrojándola a un costado. —¡Tomatelás!!!

Está bien, tranquilo… —retrocedo, con las palmas de mis manos en alto. —No jodemos más, ya nos vamos.

¡Sí: andate vos también, anteojito!!! —exclama el de la gorra, tirando otro manotazo con la palma abierta, impactando sobre la pechera de mi campera.

El de la camiseta del Barcelona parece despertarse de golpe, queriendo sumarse a la provocación. La madre del joven quiere interceder, dirigiéndose alternativamente a cada uno de los jóvenes y a su hijo, pero nadie la escucha, ni siquiera yo, concentrado en ambos “custodios”, con mirada penetrante, bajando ambas palmas, preparado para lo que sea.

De pronto, el clima de tensión se quiebra al arrojar Christopher la primera piedra, al grito de:

¡Váyanse de una puta veeez!!! —empujando a Natalia, quien trastabilla, agitando los brazos, y cae de costado en manos de los “custodios”.

El tiempo parece detenerse. Comienzo a registrar la escena a mi alrededor como si transcurriese en cámara lenta, sin perder detalle. De una rápida reacción dependerá la integridad de ambos. Si pienso demasiado, quedaré paralizado en el lugar, expuesto a cualquier ataque. Por eso, me obligo a liberar la tensión acumulada, y salir de allí a como dé lugar.

Lejos de cualquier fantasía, ajeno a mi particular pantalla profesional, doy un veloz paso adelante y lanzo un puñetazo con la derecha, directo a la nariz del de la gorra de Boca, sintiendo el crujido del tabique, mientras abro la mano izquierda y empujo la cabeza del de la camiseta del Barcelona contra la pared, mientras Naty se escurre hacia el piso, logrando zafarse de los brazos de ambos “custodios”. Christopher se lanza hacia nosotros en medio de un aullido, y antes de que yo consiga girar para enfrentarlo, Naty salta desde el piso, embistiendo al joven con ambas manos, para que ambos caigan de rodillas.

Vuelvo a mirar a los “custodios”: el de la camiseta del Barcelona vacila, aturdido por el golpe y el consumo; el de la gorra de Boca se tambalea con la nariz rota, la boca llena de sangre, y mirada de odio. Antes de que siga reaccionando, vuelvo a pegarle, esta vez en la mandíbula, sintiendo un intenso dolor en los nudillos, pero logrando noquear al joven, quien cae de espaldas contra la pared.

Christopher intenta ponerse de pie; Naty, de rodillas, aferra un vaso de la mesa y lo impacta contra la cabeza del joven, mientras se incorpora, dispuesta a correr. De costado, yo percibo su movimiento y la tomo de un brazo, tirando de ella hacia la puerta, mientras manoteo el picaporte y salimos a los tropezones, intentando recuperar el equilibrio.

¡Los voy a denunciar!!! —grita la madre de Christopher, mientras escapamos.

Afuera, negras y amenazantes, las nubes de tormenta se aplastan sobre los techos de los edificios, rasgadas por los primeros relámpagos, convirtiendo la escena en un espectáculo de pesadilla. El miedo, los nervios, la frustración, se conjugan para impulsarnos a correr, rogando que nadie se levante de ningún zaguán para salirnos al cruce. El terreno irregular de los cincuenta metros que nos separan de la calle nos hace tambalear en la carrera, sin soltarnos de las manos, llevando un ritmo que intenta ser parejo, sintiendo el mayor deseo de escapar que hayamos imaginado jamás.

El primer cascotazo impacta sobre mi hombro derecho, muy cerca de mi cabeza. El segundo contra la pantorrilla izquierda de Natalia. Los últimos impactos nos pican cerca, sin alcanzarnos, pero ambos, entre insultos y sin dejar de correr, oteamos hacia atrás, buscando a nuestros agresores. Es el “custodio” de la camiseta del Barcelona, aún mareado, cuya figura se destaca en la penumbra de la mañana por un fogonazo estelar.

Un trueno descomunal nos aturde al llegar a la vereda, girando en un recodo y quedando bajo la protección de los edificios lindantes a Lamadrid. Seguimos corriendo hasta el semáforo, volviendo la cabeza para vigilar que nadie nos siga. El contacto con los vehículos y las luces de la avenida parece devolvernos a la realidad, aunque no tanto como para detener la carrera: intento cruzar Avenida La Plata sin mirar, y casi soy arrollado por un auto blanco, que frena con un chirrido, sin golpear mis pantorrillas.

¿Dónde vas, boludo??? —grita Naty, tirando de mi brazo, a fin de retenerme cerca de la vereda, y liberando toda la angustia. —¡Lo que me faltaba para completar este puto día!!! ¡Que te me mueras!!!

Yo respiro agitado al borde de la vereda, mientras ella saca su celular para llamar al Centro. Y aturdido, con la boca pastosa, intentando una sonrisa, flexionando el torso y tomándome de las rodillas a fin de recuperar el aliento, le susurro:

Yo con vos no salgo más…

La imagen se va desdibujando, mientras regresan las tomas de video captadas por el celular del youtuber, el rasguido del viento contra el micrófono de ese celular, la voz del ignoto narrador… Y los eucaliptos de la pampa, mudos testigos de una zona ferroviaria donde otro país fuera posible, en el que (entre muchas otras cosas) el consumo de sustancias problemáticas no hundiese a los adolescentes en el cruel manotazo de ahogado del delito.

lunes, 13 de julio de 2026

Km. 79

Km. 79


Alberto Di Matteo


Siempre le pasaba lo mismo, y a decir verdad, ya estaba un poquito harta de la situación en general: de la indecisión masculina, y de su propia insatisfacción. De nada le servía emperifollarse, tirarse el placard encima y acicalarse con los mejores perfumes, resaltando su ya de por sí impactante belleza física, si al final los hombres que le gustaban no le daban ni la hora. Se cargaba sobre los hombros a una interminable serie de pesados y babosos que no la dejaban en paz, que proclamaban groserías a su paso, o que con todos juntos -como una versión criolla y femenina del Dr. Víctor Frankenstein- no conseguiría armar uno solo que valiera la pena.

Como cada mañana, tomaba el remozado tren de trocha angosta rumbo a su trabajo, donde se desempeñaba como selectora de personal de una importante empresa mayorista de perfumerías, eligiendo entre cientos de postulantes los mejores perfiles para designar promotoras, vendedoras, encargadas de sucursal… Y como cada mañana, se exponía a las miradas de los demás; en especial, esas miradas masculinas que la desnudaban impunemente a la distancia, fantaseando en aplicar con ella la más sofisticada galería de perversiones, pero que jamás osarían acercarse, al menos no de una manera galante, como a ella le gustaría que la abordasen, transmitiéndole un afecto verdadero, más allá de cualquier insolencia –con las que sus admiradores se resguardaban de una posible reacción de conformidad seductora de su parte-.

Manga de cagones”, solía pensar ella, volviéndose a mirar en ese espejito de mano que consultaba varias veces al día, comprobando que no se le hubiera corrido el maquillaje –Revlon, obviamente-. “Ellos se lo pierden”.

Pero nunca descansaba, aunque se sintiese continuamente defraudada por el sexo opuesto. Y aunque por la noche despotricara telefónicamente con sus amigas, izando en alto la inevitable frase “ya no hay hombres”, a la mañana siguiente volvía a convertirse en la hermosa y elegante profesional que acude a su trabajo en tren, con el consabida ejercicio cotidiano de espantar a los bichos que se le acercaran en busca de una supuesta miel que muy pocos habían tenido el placer de degustar.

Sentada del lado del pasillo, en un vagón bastante lleno, sentía posarse sobre su cuerpo las miradas masculinas que habían conseguido divisarla en el andén. A su lado, el sexagenario dormitaba con el diario entre sus manos, sin prestarle la mínima atención. Un par de adolescentes, engalanadas con ropa informal de marcas caras, conversaban y reían estridentes, desplegando su natural explosión hormonal, para que las registrase todo el pasaje. Ella, que no se había levantado con el mejor humor –luego de una infinita noche de insomnio, sintiéndose vacía y sola-, las miraba con atención y suspiraba. ¡Quién pudiera volver a tener 18 años, pujantes y despreocupados! Con esa energía ilimitada, esa ansiedad por devorarse el mundo, un lozana juventud que a esa edad siempre parecía eterna… Volvió a suspirar, sumiéndose en sí misma, olvidando el clásico jueguito histérico que cada mañana desplegara en su trayecto al trabajo. Una creciente melancolía comenzó a embargarla a pasos agigantados.

¿Cuántas veces fantaseó con tener el cuerpo que luciera hace más de 15 años? Siempre había sido una mujer bonita, pero la consistencia de sus músculos y la tersura de su piel habían ido desvaneciéndose con el cruel transcurso del tiempo. No es que se mirase al espejo y descubriese a una vieja en su lugar, pero ya no se sentía la inquieta jovencita que alguna vez había sido, hermosa pero inexperta, cautivadora de las miradas desde siempre.

Apeló por enésima vez al espejito de mano. El maquillaje resaltaba sus mejores virtudes, pero también ocultaba las pequeñas imperfecciones faciales, esas malditas arruguitas que una vez aparecidas jamás la abandonarían. ¿Quién podría sentirse lacerada en su autoestima con semejante porte, con esa figura de una hermosura avasallante, que dejaba boquiabierto a más de uno? Ella. Se sentía tan disconforme con esos diminutos detalles que cualquier ostentación de sus curvas nada podía hacer al respecto.

Inmersa en tales pensamientos, apenas registró la manito que pasaba a su lado y le dejaba con un leve aleteo sobre el antebrazo una estampita de la Virgen Desatanudos y un calendario con la colorida efigie de un osito infantil que proclamaba “Te quiero mucho”. Alzó la vista y alcanzó a ver el perfil de una niñita de cabello hirsuto y mejillas sucias que se alejaba a los tumbos entre la gente, como si no hubiese nadie alrededor, como si toda esa gente adulta que la rodeaba no existiese y sólo atravesase un bosque poblado de maniquíes inanimados.

Su mirada se alejó por el pasillo, siguiendo esa cabecita que se bamboleaba a un lado y el otro, eludiendo siluetas de pie. A su ya de por sí creciente melancolía se sumó una nueva inquietud, que ya le carcomiera el corazón desde hacía tiempo, y se presentó de improviso en una sola pregunta: “¿Cómo sería ser mamá?”

Durante años había sentido que los hombres se le acercaban a fin de conseguir pasar un buen momento, satisfacer sus ansias sexuales, y luego deshacerse en huecas y vanas promesas de reencuentro que jamás se concretaban. Pocos eran los que deseaban mantener el contacto con ella, pero en su fuero más íntimo no sentía que pudiesen reunir las condiciones que ella buscaba para conformar una pareja estable, que la contuviera, que le brindase todo su amor de manera contundente, que la siguiese amando luego de haberse acostado juntos, que pudiera eternizar el momento del amor más allá de la pasión. Y esa falta, ese vacío casi existencial, la sumía en el mayor de los abismos. Necesitaba del otro, más no sólo de su mirada. Demandaba el afecto, la presencia, el calor de ese otro que la hiciera sentir querida, además de convertirla en una verdadera mujer.

Sus deseos de perenne belleza parecieron extinguirse dentro del emergente ensueño de una panza redonda y lozana; por sobre todas las cosas: viva. El fruto del amor que le brindase un hombre de verdad, alguien con los huevos bien puestos, que se jugase por entero al estar junto a ella en todo momento. La emoción amenazó con desbordarse a través de sus párpados entrecerrados. “Voy a quedar con la cara a la miseria”, pensó, al tiempo que manoteaba el espejito y se enjugaba las primeras lágrimas con un pañuelo de papel.

De pronto, sintió a su lado nuevamente la presencia de la niñita, retirando con aire ausente los calendarios y estampitas. El aire desaliñado de aquella carita, arrasada por el desamor, la llenó de una congoja inenarrable. Y sin pensarlo siquiera, sin amagar acaso a abrir la cartera y ofrecerle algunas monedas a cambio casi de nada, estiró su mano y le aferró un bracito, gesto frente al cual la niñita reaccionó volviendo la cabeza violentamente hacia ella, a la espera de algún inesperado peligro, quizá evocando en un solo segundo los golpes y maltratos recibidos al final del día, cuando llegaba el momento de volver a casa y entregar las monedas recibidas, que la mayor parte de las veces escaseaban –más no así el dolor-.

Ella esbozó una amplia sonrisa, forzada a causa de las lágrimas, pero intensa desde lo más profundo de su corazón, y sin decirle una palabra, la acercó hacia ella con infinita ternura, apoyó su mano libre sobre uno de los hombros de la niñita, y le besó la frente. La pequeña, con un rostro signado por la indiferencia, sorprendida pero sin emitir expresión de cariño alguna, parpadeó perpleja y permaneció inmóvil, sin intenciones de alejarse, más curiosa que asustada, contemplando a esa hermosa mujer cuyo rostro acicalado se veía surcado por gruesas e incontenibles lágrimas, que estropeaban sin piedad esa elaborada capa de maquillaje.

Y por primera vez en mucho tiempo, a aquella elegante y eficiente selectora de personal nada le importó menos que las miradas de los demás.

lunes, 22 de junio de 2026

Durañona

Durañona


Alberto Di Matteo


Siempre le gustaron las plantas y los jardines, y aunque también se daba maña para hacer arreglos de albañilería y así ganarse unos mangos con la changa, Néstor decidió que tomaría la podadora, la pala y el rastrillo para ganarse "el pan nuestro de cada día". Por esas cosas de la vida, alguien lo puso en contacto con las autoridades del club de campo "Arboleda del Monte" donde, entrevista mediante, tuvo que dar cuenta de sus habilidades cortando el pasto y arreglando el jardín de una de las casas, bastante descuidado después de algunos meses de ausencia vacacional de sus inquilinos. Su trabajo agradó mucho a las autoridades, y muy pronto quedó contratado en forma efectiva para el mantenimiento general del predio.

En un principio le costó acostumbrarse al entorno. La imagen de las casas recortadas contra el horizonte le parecía extraída de alguna revista de decoración que viera en la sala de espera del traumatólogo de su hija. Esos colores chillones que herían la vista, modeladas con el antiguo estilo de los ladrillitos de juguete, y unas puertas y ventanas que parecían construidas en plástico, aunque al tocarlas uno tuviera la desagradable sensación de percibir la consistencia y el sonido del metal. Néstor sentía cierto escozor al contemplarlas, como si fueran ajenas al lugar donde se encontraban. Pero la tarea era abundante, y con el correr del tiempo se fue tornando indiferente a ciertos detalles, concentrándose exclusivamente en los parques y jardines.

Se fue haciendo conocer por todos. Y si bien le pagaban un sueldo fijo por mes, fue haciendo una diferencia al aceptar distinta clase de changuitas de parte de los residentes: cambiar el cuerito de una canilla, encolar una silla, reparar una ventana de enrollar… Tareas que hasta hacía unos años parecían impensables en un country, hoy se habían tornado cosa de todos los días. Había que contemplar la posibilidad de ahorrar unos pesos, con el dólar tan alto…

Pero también recibía algunas donaciones, de ropa que los dueños de casa ya no usaban, o de libros que podían servirle para sus hijos en la escuela, elementos que agradecido guardaba en el carrito que arrastraba detrás de la bicicleta, y que generalmente representaban una alegría cuando llegaba a su casa. Apenas le servía la mitad de las cosas que llevaba, pero nada era despreciable; su mujer bien que sabía darse corte con la aguja y el hilo, y si no, su cuñado sabría vender bien los libros usados. Todo funcionaba en equilibrio.

Néstor vivía cruzando el antiguo terraplén donde, casi treinta años antes, existiera la vía del Ferrocarril Provincial, que unía La Plata con Mirapampa, y del cual hoy no quedaban ni rastros; los rieles y los durmientes habían desaparecido, robados por manos anónimas, o bien sepultados por el paso del tiempo. Cada vez que pasaba en bicicleta por aquel lugar, abundante de ralos pastizales, evocaba aquellas entrañables épocas de su infancia, cuando se escondía entre la maleza que circundaba la vía, para ver pasar aquellos imponentes trenes cargueros, arrastrando una fila infinita de vagones, transportando las más diversas y a la vez misteriosas mercancías.

Recordaba con nostalgia ciertos juegos: cómo solía depositar monedas de cinco o diez centavos sobre los ardientes rieles de la tarde, esperando que el mastodonte metálico llegara en hora y aplastara con su potencia colosal aquella diminuta monedita, revoleándola en el aire y –en caso de encontrarla, luego del impacto- palpando la cruel curvatura que le había impreso a su superficie. Lo mismo hacía con las latas de conserva vacías que encontraba por ahí, contemplando luego con sumo interés el efecto devastador que podían producir tantas toneladas de metal lanzadas a toda velocidad.

Ignoraba por qué, pero esas imágenes habían ido resurgiendo del fondo de sus recuerdos en los últimos días. "Me estaré volviendo viejo", pensaba, con una tenue sonrisa asomando entre sus labios, y la profunda sensación de evocar un pequeño fragmento de su vida donde recordaba haber sido feliz, sin preocupaciones ni dolores en el alma. Esas angustias que luego sedimentan en el corazón, provocando la -quizá inevitable- pérdida de cierta infantil ingenuidad.

Hasta que una fría tarde de invierno lo comprendió todo.

Estaba casi terminando de quitar los yuyos de un cantero, luego de podar una planta que Miss Mary, la dueña de casa, ya no quería ver más, cuando vio llegar a Mister Steven Durañona, a bordo de su flamante Jaguar color azul. Se saludaron cortésmente, y apenas unos minutos después, Néstor lo vio salir otra vez. Se dirigió hacia el cobertizo, luciendo un impecable tweed bordeaux, contrastando con la circunstancial desprolijidad de las ramas de la planta recién podada, desperdigadas a su alrededor, y un par de minutos después regresó, cargando algo bastante pesado.

-Néstor, ¿sería tan amable de ayudarme? -, preguntó al pasar junto a él. –El estudio está helado, y quisiera prender la salamandra…

Él estuvo a punto de aceptar, como de costumbre, cuando vio lo que aquel hombre llevaba entre sus manos: un taco perteneciente a un aserrado durmiente de ferrocarril.

Se quedó petrificado; un escalofrío le recorrió la espalda. Quebracho puro; como el que aserraban cuando era chico cerca de su casa, una vez concluidas las tareas de reparación del ramal, que no tardó mucho en cerrarse, ante la inminencia del cambio económico generado por la dictadura militar. El estupor se vio reflejado en su cara, porque Mister Steven volvió a pedirle:

-¡Néstor! ¿Sería tan amable? Hace mucho frío acá afuera, y esto está muy pesado…
Él actuó de manera automática; le quitó el taco de entre las manos y lo entró en la casa, dejándolo junto a la salamandra del estudio. Mister Steven le pidió que hiciera un par de viajes más, y finalmente, encendieron juntos el primer fuego. Una vez que comenzó a arder, Mister Steven Durañona encendió su pipa y le dio las gracias, además de un módico billete por el servicio.

-Gracias -, dijo él, y señaló hacia los tacos restantes. -¿Dónde la consiguió? Es buena madera.

-Me la vendió un pibe por acá cerca, a unos metros de la autopista. Dijo que la conseguía fácil. Era mucho más barata que comprarla en otro lado. Y por lo que vi, me pareció que prendería bien.

Al salir, pleno de congoja, recogió sus enseres de manera mecánica, juntó las ramas con el rastrillo, limpió todo con rapidez, y se alejó. Mientras avanzaba por el parque, en las últimas luces de la tarde, reparó en unos juegos infantiles que regularmente había visto desde hacía meses, pero que recién ahora le llamaban la atención. Sobre todo, su estructura.

Tanto en las hamacas, como en la viga del tobogán, o el conjunto entero de las vigas paralelas para colgarse, habían utilizado rieles de ferrocarril. Pulidos y sin óxido, pintados de diversos colores, pero rieles al fin y al cabo. Preservados de la muerte, más no de la rapiña…

Desde esa tarde, aceptó muy poco, casi nada, de las tareas que pudieran ofrecerle como changa. Menos aún, las dádivas que solía agradecer con tanto entusiasmo, pensando en sus hijos. Notó que comenzaba a trabajar con menor entusiasmo, así como a faltar bastante, pretextando cualquier excusa.

Y a pensar seriamente que debería buscarse otro pueblo donde poder trabajar en paz. Bien lejos de ese club de campo.

martes, 9 de junio de 2026

Estación Araujo

Estación Araujo



La Estación Araujo, otrora propiedad del ferrocarril Midland, se ha convertido desde hace tiempo en escenario de lo paranormal. O mejor habría que decir: el lugar físico donde esta estación se hallaba emplazada. Ya que la construcción, las señales, hasta el tendido de las vías, han desaparecido de la noche a la mañana, quizá para siempre.

Ocurrió que Don Tobías Mureño, peón encargado del puesto "Las araucarias", denunció en la comisaría del pueblo, hace ya unos meses, haber visto unas luces extrañas por la zona donde se encontraba la estación.

Dichas luces, según el hombre, brillaban en el cielo con gran intensidad, mucho más que la de la luna llena, y se desplazaban a gran velocidad a través de la noche. La denuncia quedó en ascuas, ya que la credibilidad del testigo fue puesta en duda desde el inicio, teniendo en cuenta su proclive tendencia a la bebida.

Un segundo comentario llegó a la cantina del pueblo, antigua pulpería campestre, donde José Arrueda, labriego de ley, hombre recto y padre de familia, admitió haber visto, por la luz que lo alumbra y la vida de sus propios hijos, no sólo esas luces brillantes de las que se mofaron los oficiales de la Bonaerense, sino también la presencia de personas extrañas en torno a las ruinas de la estación. A pesar del inicial desinterés de la concurrencia, Arrueda describió a estas personas como de estatura muy baja, de contextura delgada, y con unas cabezas prominentes y puntudas. No faltó el gracioso que lo tildó de haberse insolado por pasarse tantas horas con la espalda curvada sobre el surco de la huerta.

En medio de un coro de risas y burlas inmerecidas, José Arrueda se alejó de la cantina y ya no volvió más. A nadie se le ocurrió que su testimonio podría ser de ayuda en una posterior investigación. Y por más que después se lo buscó para que atestiguara, José Arrueda parecía haberse extinguido de la misma manera que la estación desaparecida. Algunos dijeron que, incapaz de soportar el escarnio de los vecinos, avergonzado por sus dichos, se había marchado con su familia a probar suerte en otra provincia. Otros, hasta llegaron a arriesgar que su contacto con aquellos seres podía ser sospechoso, como si formara parte de la Gran Familia Misteriosa, oriunda del resbaladizo terreno de Lo Oculto; pero quienes afirmaban esto ya estaban demasiado bebidos como para que su testimonio fuera tomado seriamente.

Hasta que Don Esteban Irigoyen, hacendado del lugar, afirmó en una reunión de la Sociedad Rural de 25 de Mayo haber visto, mientras recorría sus campos, huellas extrañas en las inmediaciones de la Laguna Todos Los Santos, lindante con sus cultivos cerealeros, hoy semi-inundados. En el escaso terreno elevado que se había preservado del avance de las aguas, Don Irigoyen pudo apreciar marcas oscuras de aspecto circular, distribuidas en el lugar a distancias extremadamente regulares, como si una enorme máquina se hubiera posado en las inmediaciones, y el terreno hubiese sido sometido a temperaturas en extremo elevadas, calcinando la tierra y los pastizales. Nadie podía dudar de la palabra de Don Irigoyen, por lo que ese mismo día se organizó una partida para acercarse al lugar e investigar el asunto.
Lamentablemente, esa misma tarde arreció la tormenta que se venía descargando sobre la zona desde hacía ya varios días, y la densa precipitación elevó el nivel de las aguas, por lo que las supuestas marcas quedaron veladas bajo una oscura capa de inundación.

El relato del avistamiento de luces extrañas se mantuvo durante un par de semanas, manifestado por parte de los lugareños como así también por los camioneros o fugaces automovilistas que se detenían en la estación de la YPF situada a la vera de la ruta provincial 46, y comentaban con extrañeza lo ocurrido. Muy pronto circuló la versión en el pueblo, algunos pocos reconsideraron las burlas proferidas tiempo atrás hacia Don Tobías Mureño o -sobre todo- José Arrueda, y como no podía ser de otra forma, llegaron los medios televisivos, oliendo el escándalo como la abeja al polen.

Hasta allí llegó Damián Adonis, animador estrella de la TV, aún vapuleado por la opinión pública ante el estrepitoso fracaso acaecido junto a la antigua estación Comodoro Py. El pueblo se conmocionó durante días, invadido por la frivolidad, y los opinadores poblaron las pantallas de TV, transmitiendo desde el mismo lugar de los hechos, afirmando que los OVNIS -porque no cabía duda que se trataba de una visita extraterrestre- se acercaban a la zona en busca de agua potable para alimentar sus naves. Y si había algo que abundaba en la zona, era agua estancada. Aunque no tan pestilente como los personajes que se acercaron al pueblo munidos de sus respectivas cámaras de video.

Precavido, descollando toda su personalidad pero reservándose el derecho de corroborar cualquier información que pudiera hundirlo en el descrédito, Damián Adonis recogía datos de los pobladores, grabador en mano, ideando posibles notas para transmitir en su propio bloque del programa. Hasta que, desbordado por los recurrentes comentarios, decidió que la mejor opción era crear algo por su cuenta, como había sido su costumbre; para ello, debía pernoctar en el lugar de los hechos, a fin de inspirarse. A diferencia de la experiencia anterior en Comodoro Py, decidió ir solo, sin el equipo del canal, apenas llevando una cámara manual y su grabador, escabulléndose del hotel en medio de la noche a la manera de un anónimo ladrón de gallinas.

Al arribar al lugar, con los faros del auto apagados, notó que aquel espectáculo referido por tantos testigos -presenciales o no- era cierto.

Tres o cuatro luces giraban sobre los restos de la estación ferroviaria, a la manera de luminosas bochitas de Árbol de Navidad, describiendo giros regulares. Adonis, con cierta precaución, aunque anonadado ante su primer avistamiento, apagó el motor del auto y comenzó a filmar la escena a través de la ventanilla, rogando que la película de alta sensibilidad que consiguiera encontrar en el móvil del canal no estuviese vencida ni en mal estado.

Hasta que por fin, luego de unos minutos de monótona navegación aérea, las luces se reunieron en un solo punto en el cenit de la ruinosa estación, conformando una misma esencia, revelando la inconfundible silueta de una nave espacial, o como suelen decir los legos, un "plato volador". Adonis profirió un grito de júbilo, sin apartar el ojo del visor de su camarita, mientras continuaba filmando, imaginando las mayores posibilidades de satisfacción ante el supuesto rédito que podría extraer del material.

Entonces, del vientre de la nave emergió un potente haz de luz que cubrió la totalidad de la estación, así como el derruido cartel con el nombre de Araujo, algunas señales ferroviarias que aún se mantenían en pie. Adonis contuvo la respiración, a punto de aullar de alegría, cuando de pronto la camarita dejó de filmar.

-¡La reputa madre que los parió! -vociferó. -¡Estas pilas de mierda!

Pero no eran las pilas, porque quiso grabar el relato de lo que allí ocurría, y su grabador tampoco funcionaba. Miró la hora en el tablero del auto: el reloj digital se había apagado. Su propio reloj de pulsera estaba detenido. El teléfono celular había perdido la señal. Quiso darle encendido al coche, en un desesperado intento por huir de allí, pero el motor se negó a responder. Adonis, de pronto, se sintió completamente solo, y lo que es peor, aterrado.

La potencia del rayo lumínico del OVNI aumentó considerablemente, generando un molesto sonido de estática en el ambiente, así como una momentánea ceguera en Adonis a causa del brillo. Y de pronto, aunque el notero estrella -aunque de imagen devaluada- de lo paranormal hubiera escuchado hablar de las abducciones de personas por parte de los extraterrestres, jamás hubiese pensado que algo así podría suceder. Hasta llegó a pensar si no habría abusado de las pastillas de éxtasis en la gigantesca "rave" a la que acudiera el pasado fin de semana.

El rayo hizo vibrar a la estación, la extrajo de raíz entre sus cimentos, la elevó en el aire, y se la tragó completa, junto al cartel, las señales y los fragmentos de vía, como si se llevara de paseo un fragmento del paisaje ferroviario, una especie de maqueta en tamaño natural de la tecnología humana.

Una vez desaparecida la estación dentro del vientre del OVNI, el rayo se extinguió, la nave volvió a fragmentarse en varias luces que se agitaron en círculos concéntricos en medio de la noche, y un segundo después desaparecieron a una velocidad imposible rumbo al horizonte estrellado.

La camarita se encendió sola y continuó filmando, los números del reloj digital parpadearon en el tablero del auto, se oyó la señal del teléfono celular al ser recuperada, pero la atención consciente de Damián Adonis estaba muy lejos de allí.
Tal vez, fuera el momento de dedicarse a otra cosa.
 

jueves, 21 de mayo de 2026

Una ráfaga de viento

Una ráfaga de viento


Alberto Di Matteo


Una ráfaga de viento helado cruza el andén desierto, llevándose consigo un caótico remolino de hojas secas. El golpeteo metálico de un cartel se deja oír, perturbador, a lo lejos. Apenas se vislumbran aisladas luces de alumbrado público; al notarlo, Don Tomás se estremece. Mala noche para quedarse solo, de guardia en la boletería.

¿Cuándo tendría el valor para decir que no? Ya es un hombre mayor, ¡qué joder! El reuma lo está matando desde hace rato, apenas si se puede mantener erguido en este gastado banquito de madera, y la vista le falla cada día más. ¿Por qué no designan a un muchacho en este puesto? Sus días de "hacer mérito" han pasado ya; cuando descubrió que, por más que se esforzara, le seguirían pagando este magro sueldito hasta el día en que se jubilase. Y ese día, aunque cercano en el calendario, parecía no llegar más.

Aunque, en noches destempladas y borrascosas como ésta, Don Tomás se amarga intuyendo que ese día .. quizá jamás llegue para él.

-Estupideces -, murmura, mientras vuelve a acomodar sus elementos de trabajo sobre el mostrador de la boletería: los sellos, los cartoncitos, los lápices. ¡Como si hiciera falta! Don Tomás es el empleado más eficiente de la estación, y eso lo saben hasta en el barrio que rodea la estación. Lo sabe Rosario, por supuesto, y eso es lo que más le importa. Rosario. El rostro se le ilumina con una sonrisa. Ese ángel de mujer, siempre alegre, desbordante de ternura, que regularmente suele traerle alguna confitura amasada en la panadería de su hijo, sólo para que él no pase hambre en sus largas horas de vigilia dentro de la boletería. Desde la muerte de su esposa, Don Tomás ha quedado escorado, como los barcos moribundos, tumbado anímicamente sobre el costado de la responsabilidad. El trabajo es su único sostén, y evita que caiga en la depresión. Claro que eso tampoco justifica que tenga que padecer este frío y esta incomodidad, sólo por no quedarse a solas en una enorme casa vacía. Treinta años de convivencia no son moco de pavo, solía decir durante el velorio, cuando la ausencia le pesaba hondo en el corazón. Hasta que aparece Rosario, un poco más joven que su difunta esposa, a presentarle sus respetos, acompañados por una tarta de ricota. ¡Con lo que le gustan a él esas cosas ricas! La alegría por el regalo fue tan intensa, que recién cuando limpió las últimas migas de la tarta reparó en que era la primera vez que sonreía con sinceridad desde el sepelio de su mujer. Todo gracias a Rosario.

Ella también es viuda, aunque su viudez no sea reciente. Pero Don Tomás está criado a la antigua: no puede pedirle nada extravagante. Lo mirarían mal; y tampoco está seguro, además, de que Rosario fuese tan amable con él sólo porque oculte aviesas intenciones. ¡Pero cómo se le ocurre! Actitudes como ésas son propias de las jovencitas, cuyas hormonas estallan sin asidero, más no de una señora digna y respetable como ella. Por lo tanto, Don Tomás se contenta -y hasta aguarda ansioso- con verla aparecer por el pasillo de la boletería trayendo un paquetito envuelto en papel madera entre las manos, símbolo de su desinteresada amistad. ¿Acaso piensa en otra cosa? Son –simple y afortunadamente- amigos, y él le está eternamente agradecido por el favor que le hace. Alguna vez intentó retribuírselo de alguna manera, pero ella dijo que por favor, que para qué, que no la ofendiese. El vínculo establecido entre ellos se ha ido consolidando así, ¿para qué estropearlo, entonces?

Sin embargo, hay noches -como ésta, quizá- en que Don Tomás suele sentirse solo, y desea quedarse en casa, al abrigo de la estufa, saboreando una humeante taza de té, en compañía de una tierna mujercita que lo atienda y quiera tan profundamente como él a ella. Y abrazarse en el sofá, mirar la programación televisiva nocturna, quedarse dormidos uno junto al otro, y despertar pasada la medianoche para darse cuenta que ya es momento de irse a la cama. ¡Quedarse dormidos delante del televisor, habrá que ser cabeza fresca!

Un crujido en el pasillo le hace emerger de sus ensoñaciones. Presta atención. Un sonido apagado se vuelve reconocible: pasos. Consulta el reloj, aunque de memoria sabe que ninguna formación se desplazaría sobre los rieles hasta bien entrada la madrugada. Apenas han transcurrido unos minutos desde la medianoche. ¿Quién será? Una filosa ráfaga de viento ulula entre los aleros de la estación desierta.

Una oscura silueta se recorta contra los barrotes de la ventanilla de la boletería, y con la escasa luz imperante en el ambiente, sumado a su creciente falla visual, Don Tomás supone que se trata de un fantasma. Ahoga un grito, hasta que el recién llegado se acerca aún más a los barrotes, lo mira a los ojos y dice:

-¡Vamos, hombre! ¡No se asuste! ¿Acaso no me reconoce?

Al contemplarlo una vez más, e identificar aquella voz tan conocida, Don Tomás se relaja y suspira:

-¡Jefe! ¡Qué susto me dio! ¡Por poco me mata!

-Vamos, Don Tomás. No me diga que lo agarré cometiendo algún delito. Esas reacciones de temor son propias de quienes son apresados con las manos en la masa.

-No señor, para nada -, se apura a contestar él, asociando la masa del delito con el recuerdo pastelero de Rosario, pero sin agregar nada más. -Sólo que usted se apareció así, de improviso. Y qué quiere que le diga, las noches como éstas me ponen nervioso. Ese chiflido del viento, las hojas que corren de acá para allá.. ¡Brrr, me aterra!

-¡No le puedo creer! ¡Un hombre grande! ¡Ni que le hubieran estado contando historias de aparecidos hasta reciencito nomás.!

-Tampoco es para tanto, pero. Capaz que ya estoy viejo para andar haciendo estas guardias. Muy... susceptible., como dicen los que saben.

-No me afloooooje, Don Tomáááás -, canturrea el Jefe de Estación, con tono admonitorio. - Usted bien sabe que la función que cumple figura en el reglamento.

-Pero, Jefe. ¿Soy el único que puede quedarse? ¿No tiene a alguien más que necesite unos pesos extra?

-Por el momento, no. La guardia hay que hacerla, le guste o no le guste -.

Se mete las manos en los bolsillos, mira hacia un lado y el otro en una especie de tic nervioso, arrebujado dentro de su abrigo, y luego agrega: -¿Se enteró de lo que andan diciendo en la Terminal?

-Últimamente se dicen tantas cosas.

-Parece que el rumor viene de arriba: dicen que van a cerrar el ramal.

-¿Cuál? -, se asusta Don Tomás. -¡¿Éste?!

-¿Y cuál le parece que puede ser? ¿El tramo que une La Plata-Constitución? No, ése rinde muchos beneficios todavía ; es el nuestro, que sin tener reparaciones desde hace unos cuantos años, bien que les da pérdidas.

-Eso no puede ser -, se lamenta él. -Con la cantidad de gente que viaja todos los días al trabajo.

-Son cada vez menos, hombre. Y usted lo sabe mejor que yo. Entre la desocupación y los nuevos servicios de ómnibus diferenciales que cubren el mismo trayecto en menos tiempo, esto se viene a pique a ritmo parejo.

-Con todo respeto, Jefe, pero. ¿No le parece que exagera? ¡Cómo van a cerrar los ramales del ferrocarril! ¡Eso es una locura!

-Entonces dígale loco a nuestro flamante Presidente de la Nación, porque parece que la orden viene de allá arriba. De bien arriba.

Don Tomás enmudece. La jubilación es algo deseable, claro; pero nunca a este precio. ¿Qué pasará desde ahora con él? ¿Y con el ferrocarril en su conjunto? Si empiezan con este ramal, ¿con cuál se detendrán? ¿Dejarán al país incomunicado? ¿Quién ha sido el genio que despertara iluminado con semejante decisión? ¿Condenarán al servicio de transporte más seguro y económico del país a un olvido tan injusto como tenaz? Una sombra de muerte se posa sobre su corazón, y de pronto la ausencia de su finada esposa se le torna en extremo pesada para cargarla sobre sus hombros.

Siente que él, como tantas otras personas, pertenecen a este lugar. Cerrarlo será como ir matándolos poco a poco, dejando que todos ellos se vayan consumiendo muy lentamente en ese siniestro marasmo que significa el retiro voluntario. La idea de marchitarse encerrado en su casa le genera aún más escalofríos.

-¿Y para cuándo ..se supone ..que van a…? -, tartamudea, incapaz de formular la pregunta fatal.

-Pronto, aunque todavía no hay una fecha definida -. Hace una pausa, se mira los pies, y agrega, evitando el cruce de miradas con el boletero: -Habrá que ir buscándose otra cosa, para los que quieran seguir comiendo. O como en su caso, disponerse a descansar como jubilado.

-¡Eso jamás! -, exclama él, de pronto. El Jefe lo contempla, sin entender.

Don Tomás agrega, con menor vehemencia: -Quiero decir, que me niego a ser un jubilado inservible. Mire lo que le digo: prefiero quedarme a vivir en esta estación, si es necesario. Aunque me tilden de loco.

-¡No diga pavadas, hombre! A todos nos llega el momento de declinar las fuerzas y abandonar lo que hasta ahora veníamos haciendo. Usted también dejará de existir como boletero, ya sea que cierren el ramal o no. Lo que haga con su vida fuera de esta estación, es asunto suyo. Disfrútelo lo mejor posible, se lo aconsejo. Comida seguro que no le habrá de faltar: la panadería viene trabajando a pleno.

Don Tomás se niega a levantar el guante de la ironía. Pero muy dentro suyo, se siente desahuciado. El Jefe se estremece de frío otra vez, zapatea sobre el percudido suelo del pasillo, y saluda con un gesto de cabeza:

-Bueno, hasta mañana, entonces. Y no se duerma. Al menos, ya tiene algo en qué pensar hasta que llegue la primera formación.

Don Tomás lejos está de agradecerle semejante preocupación, mientras escucha alejarse los rítmicos pasos hacia la calle. Deprimido como está, se le ocurre imaginar cómo sería su vida si se cumpliera ese espontáneo y caprichoso deseo de quedarse a vivir allí, dentro de la boletería. Cómo sería que nada le hiciera falta, más que continuar con su rutina, y recibir cotidianamente la visita de Rosario con su milagrero y sabroso paquetito.

Alejado del dolor de vivir en una casa vacía, sin hijos que lo vengan a visitar a uno los fines de semana, contemplando todas las mañanas la gloria ferroviaria de un país que parece estar extinguiéndose, y que, al igual que aquella estación, se iría desmoronando inevitablemente con el paso del tiempo. Y la negligencia de sus gobernantes..

Pero quizás... él no. Quizás, de cierta extraña manera, sus deseos puedan llegar a cumplirse alguna vez.

Una ráfaga de viento helado penetra insolente a través de la ventanilla enrejada, arrastrando consigo vanos fragmentos de hojas muertas. Pero Don Tomás ya no se encuentra allí para estremecerse, ni para asustarse, ni para sentir nada. Don Tomás hace rato que ha partido.

La boletería, luego de aquella espectral visita, yace nuevamente vacía, como lo está desde que cerraron el ramal La Plata- Mirapampa, hace ya más de cuarenta años.