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viernes, 10 de julio de 2026

Corbett

Corbett


Urbano & Coiro


Antes de partir a Corbett, su gran obra, había recibido de su amiga Irene una caja con planos, dibujos de esculturas y cuadernos donde Jerome anotaba frases o explicaba el significado de sus obras.

Mientras viajaba en el tren me daba cuenta que el arquitecto Klepka tenia lúdica creatividad: se permitió colocar sus esculturas "Como los 109 trofeos que debía cazar un Maharajá". En su cuaderno explicaba: “esta es una cacería de recuerdos propios a los que debo darles una materialidad”.

El hotel se llama "Edward James Corbett Resort" y queda a metros de la estación de tren. Es un hotel de tres estrellas con baño privado. Pedí una habitación sin saber cuanto tiempo necesitaría para recorrer el parque natural y las obras de arte que Jerome había dejado allí plantadas para que sean vistas e interpretadas por los visitantes.

Ni bien entré pude escuchar del conserje una historia que habla de la personalidad del arquitecto. Durante la obra del reciclado del hotel, el hombre había tenido una fuerte discusión con el contratista que colocaba el parquet. La discusión había llegado al punto de la furia y los hombres iban a arreglar sus diferencias a trompadas. Hasta que el parquetista lo insultó en ruso y Klepka le contesto con otro insulto similar también en idioma ruso. -Irene me había contado que Jerome había aprendido ruso porque su padre lo hablaba como segundo idioma; ya en su adolescencia había decidido estudiarlo bien para leer a Gorki en su idioma madre.-

La cosa es que el conocimiento común de un idioma y de cultura eslava los amigó. El contratista y el arquitecto comenzaron a cantar juntos canciones tradicionales. Para festejar el descubrimiento, Jerome fue hasta su auto, trajo una botella de Grappa Chizzotti y brindaron con los obreros presentes en la obra.

-Como Ud. mismo podrá observar, el parquet de pinotea ha quedado impecable. -Remató el conserje.

Me di cuenta durante un buen rato antes de lograr dormir en una cama desconocida que la idea de escribir sobre un hombre y su obra no es tarea sencilla -al menos con Klepka- . Una segunda idea que había tenido durante el viaje en tren estaba en cuestión, ¿Podría escribir algo más que una crónica sobre lo visto en Corbett? No quería -como muchas otras veces- plantearme objetivos demasiados alejados, tenía certeza sobre las limitaciones de mi escritura. Sin respuesta, lo mejor fue dormirme y esperar que el día siguiente aclarara con su luz las cosas.

Desayune mirando al verde del parque un cielo amplio y celeste hasta el horizonte. El día se mostraba como una promesa esplendida. Como muchas otras veces sentía incomodidad con la soledad. Casi siempre mi trabajo me llevaba a llegar y permanecer solo en diferentes hoteles, la soledad me convertía en un observador o en un cazador de imágenes más precisamente. Me llamó la atención la leyenda impresa en la remera que del hombre de la cabeza afeitada. Tenía menos de cuarenta años, un cuerpo trabajado en horas de gimnasio. Parecía estar en gira de negocios desayunando con socios o clientes. La remera decía en letra enorme: "Y si la mujer del prójimo me desea a mí".

No quise distraerme más. Llevaba en mi bolso un par de cuadernos donde Jerome Klepka describía el origen de las obras que iba a ver ni bien me animara a salir al afuera del hotel.

En el pequeño parque lindero al que miran los ventanales del comedor esta el monumento a Edward J. Corbett. Es una escultura de hierro negro. Teriántropos en lucha: Cuerpo humano con cabeza de Tigre. Arriba de la cabeza lleva el sombrero clásico que hemos visto en las películas llevar a los cazadores. Esa figura lucha con una enorme víbora que se enrosca por su cuerpo desde su pie izquierdo. La serpiente termina en una cabeza humana que mantenía colmillos y lengua de serpiente.

La estatua tiene el subtítulo de "Metamorfosis". Se lee en su enorme base de cemento la inscripción de autoría: JEROME RICARDO KLEPKA. ESTATUARIO. ARQUITECTO. CLONADOR PAISAJISTA.

En el cuaderno dice -textual- : "Metamorfosis". Fue con la infección del colmillo izquierdo. Tenía la mitad del rostro con aspecto felino. Sentía que la fiebre era una enorme serpiente que se enroscaba. Deliraba. Lo más lógico es que la serpiente tuviera en su rostro el aspecto de la serpiente a la que llamamos, afiebrados de autoengaño, "ser humano".

Alejándose de la estación y el hotel hacia el norte esta la entrada al Parque Natural, situado en las tierras de la antigua estancia de los Corbett. Allí quedaron al aire libre las obras de arte de Klepka. La primera obra que pude observar se titula: "El rollo del tiempo".

Escribe: "Después de la salud, el tiempo es lo más valioso que posee una persona. (...) Pensé en las manos de mi padre, en los objetos que había dejado abandonados en el galpón de la casa. Había dos lavarropas oxidados, una heladera Siam. Los alambres que sostenían la antigua parra habían quedado formando un rollo, una nebulosa galaxia que ya no podría volver a extenderse. Fue mi hijo quien lo bautizó como rollo del tiempo".

Me gusto mucho la obra dedicada a Kurt Vonnegut. "Insectos atrapados en ámbar" Son piedras traslucidas apiladas como un muro adentro hay cuerpos de insectos con cabeza humana. Arriba del muro desfila un soldado con un uniforme alemán de la segunda guerra.

Jerome anotó: están mi padre y mi tío en la guerra, nunca saldrán del todo. En el oído les quedara el zumbido de los proyectiles que reventaban el tímpano. Por instantes puedo volver a ver los ojos vivaces de mi padre cuando recordaba la noche iluminada por los proyectiles en la batalla de Montecassino.

**

Cuando retorné del parque estaba bastante cansado, era de noche, había comido algo en un pequeño restaurante ubicado en la antigua residencia del comisionado inglés. Volví a la habitación, me bañe con una ducha que no logre regular bien, con el agua casi fría afloje el cansancio y me dispuse a dormir. La cercanía al campo convertía al hotel en un espacio de resonancia de lo lejano y lo inmediato a la vez. En la habitación contigua –que daba a la cabecera de mi cama- una pareja había comenzado a hacer el amor. Se escuchaba como la mujer jadeaba. Mi primera idea no fue nada romántica: este Jerome, ha sido un gran artista, pero como puede ser que haya construido estas paredes con paneles de yeso que no aíslan nada.

Desde el campo empezó a ganar espacio un tren acercándose con el inconfundible sonido de las vaporeras. ¿Será una North British o una Vulcan Iron Works?

Por momentos la furia del vapor de la locomotora se mezclaba con los jadeos de la pareja.

En cualquier lugar una locomotora atraviesa la noche. Otra mujer que se enciende, hecha vapor, jadea. Hay viajes que crean la vida y otros que la llevan desde un sitio a otro. Antes de conciliar con el sueño se imponía una y otra vez una frase que había leído en mi recorrida. Pensé en lo apropiado que era el título de una de las obras de Klepka: "Lo erótico es la vida".

lunes, 27 de abril de 2026

Reflejo en la niebla

Reflejo en la niebla

Sergio Borao Llop

Yo era un buen tío. Lo que coloquialmente se entiende por un buen tío. Siempre ayudaba a mis amigos. Hacía buenas obras… Ya sabe: Dar limosna, indicaciones a desconocidos para encontrar tal o cual sitio, consejo a quien lo necesitase. Nunca volví la espalda a nadie. Nunca me faltó una sonrisa o una palabra de aliento. Igualmente fui generoso en el esfuerzo. No es por jactarme, pero fui el mejor en lo mío. En mi oficio, quiero decir. Hubo un tiempo en que no dejaba de recibir ofertas para cambiar de empresa. Acepté unas y rechacé otras, siempre en busca de algo mejor, en el más amplio de los sentidos. Pero ocurrió como tantas veces: Llegó el cambio de siglo y mi oficio empezó a desvanecerse. Hoy apenas quedan unas pocas empresas del gremio, en las que, como es natural, importan mucho más los resultados económicos que la calidad del trabajo en sí. Por eso un día amanecí desempleado y pobre. Y, para peor, viejo. Otros venden su cuerpo o venden su alma. Quizá ni siquiera aprecian la diferencia entre una cosa u otra. Pero yo no sirvo para eso. De haber servido, otro hubiera sido sin duda mi destino. Oportunidades no me faltaron. Pero hace falta un talante especial para mirarse en el espejo la mañana siguiente y no arrojarse de cabeza contra el propio reflejo. Sé que usted me comprende. Y sabe que sólo por eso le estoy apuntando con esta pistola, instándole a que me dé su dinero y objetos de valor. No hay nada personal en ello. Son negocios, como suele decirse.

Me cuenta todo esto mientras me mira con unos ojos que no delatan a un criminal, sino, más bien, a una persona atrapada en un pantano o encerrada en una prisión de barrotes invisibles. Así que le doy cuanto me pide (no todo lo que llevo, sino más o menos la mitad, siguiendo sus instrucciones: Un poco de dinero y un reloj de escaso valor) y el tipo me agradece, guarda la pistola, dice que ha sido un placer tratar conmigo, que no me mueva de ahí hasta que él haya desaparecido por la esquina de la plaza.

Miro en la dirección que señala. De allí viene un eco sordo: el estrépito lejano de un tren a poca velocidad, tal vez entrando en la estación, sonido que irremediablemente me recuerda “Bailando en la oscuridad”, la estremecedora película de Lars Von Trier.

Todavía estoy atontado por el sobresalto de verle aparecer frente a mí con el arma en la mano. Quizá por eso me pregunto qué tren, qué estación. No recuerdo que haya una cercana. Él sigue hablando, con la misma calma. Me aconseja no denunciarle. No por posibles represalias suyas, que desde ese momento se compromete a que no las haya en cualquier caso, sino por la conocida inefectividad de la policía. "Perderá usted una mañana entera poniendo la denuncia y no recuperará nada de esto. Y no se le ocurra preguntar por la causa de tanta espera. Si lo hiciera, lo mismo termina usted investigado o algo peor", me dice. Luego se disculpa, hace un gesto que podría significar cualquier cosa y se aleja hacia la estatua medio oculta entre la bruma.

Al principio me sentí enfadado. No mucho, pero lo bastante como para haberle dado un buen mamporro al tipo si no hubiese sido por el contundente detalle de la pistola. Pero mientras lo veía alejarse, me invadió una especie de nostalgia inexplicable y pensé que tal vez, en el fondo, ambos éramos la misma luz descuartizada por el tiempo y las circunstancias. Pensé que, en un país como este, repleto de desempleados y azotado por la injusticia social y la corrupción del poder, casi era una suerte haber topado con este individuo y no con otro más violento, o peor: Una multinacional dispuesta a extraerme hasta la última gota de sangre para venderla en el mercado y después arrojar mi cadáver a las alcantarillas de la miseria.

Comencé a frecuentar el parque todos los días, me habitué al ruido de los trenes -había una estación, después de todo-, me convertí en una presencia habitual, como tantas otras irreconocibles al otro lado de la niebla, acaso esperando repetir el encuentro, tener la oportunidad de explicar con detalle -y ser escuchado- las circunstancias de mi propia deriva, de la resaca que me va llevando, lentamente, hacia lo tenebroso.