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jueves, 14 de mayo de 2026

Esa melancolía era una feroz compañía

Esa melancolía era una feroz compañía


Eduardo Francisco Coiro


La foto de los galpones sin techo, donde se guardaban las locomotoras.

Fotografía de la remota época donde el humo, las neblinas y los tonos de gris en las películas se llevaban de la mano.  Como su padre que lo llevaba de la mano con el cigarrillo colgando de la boca, mientras se tomaba un descanso de su mundo de trabajo donde casi todo era un “hacer” concreto.

Entonces el hombre volvió a ver otras fotos de su padre, el cigarrillo colgante, esa fuerza de lucha que parecía imposible de doblegar aún por el tiempo, ese gigante. En ese día que era el del cumpleaños de su padre siguió pensando en esa época de la sociedad del humo, donde en las fábricas se trabajaba. Donde el trabajo era tan visible como el hollín en la ropa de los trabajadores. Usando esa vaga excusa para seguir con su mente apresada por la feroz melancolía, el hombre se subió al tren con destino a José Ramón Sojo. Sentía la vocación del paleontólogo que quiere reconstruir al dinosaurio a partir de unos huesos enterrados. Quiso entonces imaginar al ferrocarril y quizás al mundo de su padre y de muchos hombres como su padre, desde ese edificio que en la foto son paredes sin techo, con cardos y pastos crecidos en su interior donde antes descansaban las bestias negras de panza de fuego que vio pasar en su infancia.

Como cualquier otro, el hombre teme a la frustración y más aún al desencanto. Teme que ni siquiera eso exista, que la ceremonia inconsciente que lo motiva ni siquiera pueda concretarse. Arrastra demasiados caminos equivocados, y una edad en que la ilusión ya no lo lleva, como acaso antes ocurrió, todos los días a deseos posibles.

Él sabe que los días de lluvia son sus días libres, para viajar o para intentar alguna aventura como la de aquel día, visitar un galpón abandonado en un lugar donde años antes de la vuelta del tren sólo había campos, "población rural dispersa" según leyó en el último censo.

Al menos, aunque no lograse realizar su trabajo de resucitador de pasados fabriles, si la tormenta no amainaba, el hombre esperaba al menos encontrar un bar en la estación para hacer notas en su cuaderno de andanzas.

El tren y el viaje son un modo de suspender algo y entregarse al azar del destino.

Hay cosas muy locas, piensa, mientras anota en su cuaderno la pintada que ve al bajar del tren con mirada de recién llegado:

"No dejes que tu vida la maneje un robot: Karel Čapek"

Decidió bajar del tren, a pesar de la decepción de hallar un andén devastado por una vejez que no distorsionaba ni la cortina de lluvia de esa tarde de abril. Con lentitud el hombre siguió caminando bajo la lluvia en un sendero asediado por el barro y el pastizal.

Estos tipos al menos podrían haber construido una vereda desde la estación”, pensó, “o quizás es a propósito, no les interesa”.

Pensó que si hubiera sabido que estaría caminando bajo la lluvia, solo, en un sendero donde iba embarrando los zapatos, si lo hubiese sabido de antemano, quizás hubiera seguido arriba del tren hasta un pueblo amable, que al menos tuviera un bar para tomar un café protegido de la lluvia, y donde pudiese intentar escribir algún título (al hombre sólo le salen títulos, los escritos nunca los logra).

Al final del sendero hay una edificación. Hay un portal de entrada con grandes carteles, y una garita donde una especie de portero o vigilante le hace señas de que pase, que vaya hacia el interior, que las visitas son bienvenidas.

Ojalá fuera un museo ferroviario, se dice el hombre, pero es un templo de alguna forma de esas modernas religiones que intentan reemplazar a las antiguas.

Hay una consigna que se lee a poco de entrar, en un cartel que se prende y apaga en múltiples lucecitas de colores como las de los bingos:

"NUESTRO DIOS NO CASTIGA, SÓLO LIBERA"

Y más abajo, en letras luminosas algo más pequeñas: "Todos son bienvenidos".

En la gran nave silenciosa  ve un pastor electrónico parado detrás de un atril, con un dispositivo para comenzar en el momento justo en que ingresen fieles. El buen robot de aspecto humanoide comenzó a darle palabras de bienvenida al percibir su presencia. El hombre no quiso oírlo y se hubiese ido en ese momento, si no fuera por la curiosidad de observar que hay filas de bancos provistos con anteojos de realidad virtual para cada fiel que se siente allí. Frente a la línea de bancos también se despliegan tableros verticales con botones que dan opciones para elegir diferentes tipos de sermón del robot pastor:

La misión universal del señor.

Sanación angelical.

Oraciones a los 7 arcángeles.

(Y otros a los que el hombre elige negarles el acento de una mirada).

En un lateral, por encima de ornamentos e imágenes sagradas hay un cartel que advierte: absolutamente prohibido fumar en el interior del templo.

Ahora si siente, sin tener claro un por qué,  cómo se derrumba en su interior la edad del humo. Siente de súbito cómo caen las chimeneas, desaparece el hollín, se precipita el cigarrillo colgado de la comisura de la boca de su padre mientras no para de trabajar. Es el fin de este lugar que nunca más tendrá vaporeras. El símbolo que anuncia la muerte de la época en que el hombre nació y creció.

 **

Lo único humano era el portero de la entrada grande que saludaba en su garita, y ese hombre está tan solo, que por hablar un poco y sin que le pregunte, le dice que el pastor emprendedor que construyó el templo con un dinero llegado desde otro país vive en Saladillo. Los fieles vienen de todas partes, dice, pero hay horarios de reuniones que usted puede ver en la tablet.

Sin que el visitante lo pida, el portero despliega en su ordenador portátil una grilla de horarios y descripción de eventos, entre los que el hombre pude leer:

-Reunión de casos imposibles: Todos los sábados a las 18 horas.

Ahora el hombre puede levantar la mirada y terminar de aceptar lo que leyó en el gran cartel del pórtico de entrada a la nave del antiguo galpón de locomotoras devenido en iglesia robótica: "Pare de sufrir en José Ramón Sojo".

lunes, 2 de febrero de 2026

Concédenos Buen Viaje


Concédenos Buen Viaje


Tarde o temprano, la tecnología llega a todos lados, che. ¡Qué lo parió!”, pensó el maquinista Leandro Benítez, al contemplar la reluciente locomotora alimentada a GNC que descansaba sobre los relucientes rieles del remozado y reciclado ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, ahora denominado Trochita Pampeana, en un simpático gesto realizado por los municipios vecinos que se abocaron a la tarea de revivir el antiguo servicio que unía estos pueblos bonaerenses. No por casualidad, la flamante locomotora –quizá, de procedencia japonesa, pensó Benítez- lucía sobre uno de sus flancos el portentoso nombre de “FÉNIX”…

El servicio funcionaba a pleno desde hacía ya un mes, cuando se realizara su viaje inaugural, en medio de los estridentes vítores de la multitud vecinal congregada en las inmediaciones de la Estación. Benítez difícilmente pueda olvidar la felicidad estampada en los rostros de los vecinos que se acercaban llorosos a la vera de las vías para verlo pasar, saludando con las manos, pañuelos al aire y sombreros o gorritas, dándole una bienvenida más que calurosa al antiguo y estrenado servicio, deseosos de no tener que presenciar otra lenta y frustrante agonía…

Desde entonces, Benítez realizaba un par de viajes semanales a bordo de “FÉNIX”, transportando cargas diversas, y pasajeros sólo en ocasiones, instaurando un nuevo servicio solidario entre las localidades vecinas. Las autoridades celebraban con satisfacción esta nueva iniciativa, respaldada por el gobierno nacional. Cada uno de los actores del emprendimiento sacaba réditos, por lo que el negocio cerraba en su totalidad.

En uno de estos viajes, ocurrió el desgraciado hecho delictivo. La formación salió de la Estación Carhue puntualmente, como de costumbre, rumbo a la Estación Puente Alsina. Mientras Benítez calzaba la palanca en los comandos de la cabina y comenzaba a acelerar, echó un vistazo como siempre a la pequeña silueta de la Virgen de Nuestra Señora de Luján, nítida en su zócalo de la pared de la Estación, junto al panel que indicaba los horarios de salida y llegada de cada formación. Por sobre todo, Benítez gustaba de recordar la leyenda del minúsculo letrero de cerámica que existía debajo de la Virgen, y que el maquinista consideraba un rezo casi sagrado: “Concédenos Buen Viaje”, podía leerse aún desde la cabina de “FÉNIX”, estampado en blanco sobre negro.

No habían transcurrido diez minutos desde la partida cuando la puerta de la cabina se abrió de golpe, y Benítez se encontró frente a frente con la enorme boca de una pistola, abierta como una siniestra “O” entre sus ojos. La impresión inicial demoró un par de segundos en devolverlo a la realidad, durante los cuales no pudo dar crédito a lo que veía; ¿cómo era posible que hubiera subido alguien a bordo si……?

Sólo después consiguió divisar, por detrás de aquel ominoso cañón, el pasamontañas negro con visos rojos, verdes y amarillos que le cubría el rostro al recién llegado.

-¡No te movás porque te quemo, hijo de puta!!! ¡Y frená esta mierda ya mismo!!!!

Benítez movió la palanca, casi por instinto, disminuyendo la velocidad, aunque una parte de sí mismo le dijo que no, que continuara con su trabajo, que prosiguiera la marcha pasara lo que pasase. Sin embargo, el miedo pudo más que el deber, y finalmente aminoró la marcha hasta detenerse con una mínima inercia. Una mano lo aferró por la espalda de su camisa de trabajo y tiró hacia atrás, alejándolo de los comandos.

Ambos salieron al pasillo exterior de “FÉNIX”, mientras su poderoso motor regulaba en automático, y Benítez saltó a tierra, escrutado continuamente por su captor. Apenas con un gesto de la pistola, le indicó que caminase hacia el furgón.

-¡Y con las manos separadas del cuerpo! ¡No te hagás el loquito!!!

Este no parecía ser un vulgar “pibe chorro”, aunque la pinta pareciera delatarlo; menos aún el clásico punguista de estación. ¿Quién detiene una formación de carga en medio del campo, a menos que tenga un dato sabido de antemano? Recorrieron el trayecto sobre la tosca con paso veloz, hasta arribar a la puerta lateral del furgón, abierta de par en par. Allí los aguardaban otros dos delincuentes, uno con un cuello polar calzado hasta los ojos, que le ocultaba el rostro, y otro también con pasamontañas, pero de color azul.

Ambos habían reducido a un guardia de seguridad, que yacía boca abajo sin sentido sobre el piso del vehículo. Benítez desconocía la existencia del mismo al partir de San Fermín, y el hecho de descubrirlo fue una sorpresa tan intensa como la certeza de estar siendo encañonado por una pistola sobre la nuca y otras dos hacia su pecho. La razón de la existencia del guardia lo desconcertó tanto como a los ladrones, ya que jamás hubiese pensado que algo como eso pudiese ser transportado por fuera de un museo, a bordo de un vehículo del siglo XXI.

-¡Hablá, puto! -, gritó el del cuello polar. -¿Cómo mierda se abre esto?

Ninguno había esperado encontrarse con una reluciente caja fuerte británica del siglo XIX, negra como la noche, con delgadas líneas cromadas junto a los bordes de la puerta, y una enorme ruleta de combinaciones numéricas en su centro, junto a la manija de acero inoxidable, también cromada. En pequeñas letras plateadas, alcanzaba a leerse la distintiva marca del dueño original: “Wells Fargo”.

-¡No puede ser, loco!!! -, gritó el tercero. -¡Hacemos esta movida para ganarnos buena guita, y nos recontracagan!

-¡Secuestremos el tren cuando lleguemos a Puente Alsina, y pidamos rescate! -, chilló el que se encontraba a su espalda.

-¡Pero no, animal!!! ¡Nos van a fusilar cuando vean que no hay rehenes!

-¿Y éste, qué es? -, volvió a chillar, golpeándole a Benítez levemente el parietal derecho con el cañón de la pistola.

-A éste lo fusilan con nosotros -, masculló el del cuello polar, mientras Benítez sudaba a mares, para perder todo interés en apuntarlo y ponerse a analizar en cuclillas el oscuro bloque de metal -: ¿Están seguros que no podemos conseguir dinamita?

-¡No seas cabeza! ¿De dónde mierda sacamos dinamita?

-¡Hagamos mierda a éste!!! -, chilló el que tenía a sus espaldas, aferrándolo por el hombro y comprimiendo el cañón de la pistola contra la nuca de Benítez. Con la cabeza echada hacia delante, el maquinista contuvo la respiración, apretando los dientes, rogando por el arrepentimiento del impulsivo delincuente.

-Dejate de joder, boludo. Acá no se muere nadie -, masculló otra vez el del cuello polar, sin dejar de contemplar la caja fuerte, meneando la cabeza. Al cabo de un rato, que a Benítez le resultó eterno -mientras su propio sudor resbalaba hasta enjugar la amenazante boca de la pistola-, se puso de pie, enfundó la pistola en el cinturón a la altura del ombligo, y contempló el horizonte con una intensa mirada de frustración: -Vámonos.
-¿Cómo??? -, chilló el tercero, a su lado. -¿Qué decís???

-¿Te volviste loco, chabón??? -, gritó el que apuntaba a Benítez en la nuca. -¿Qué mierda te pasa?

-Que aunque me dé toda la bronca, hay que saber irse a tiempo, sin hacer cagadas -, murmuró el del cuello polar, sin mirar a nadie, saltando a tierra. Tomó a Benítez por la mandíbula, lo obligó a mirarlo, y le dijo: -Y vos, vas a seguir viaje haciendo de cuenta que acá no pasó nada. ¿Está claro?

Benítez asintió varias veces, incapaz de decir palabra alguna, en el instante previo a escuchar decir al delincuente que lo apuntaba por la espalda:

-¡La concha de tu madre, puto! -, antes que el golpe en la cabeza lo sumergiese en un insondable pozo sin fondo.

Al despertar, contemplando miles de bailarinas lucecitas delante de sus ojos, los delincuentes ya no estaban. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero el guardia de seguridad aún no había vuelto en sí. Creyó por un segundo que estaba muerto, pero la urgencia por hallarse en el medio de la nada delante de una caja fuerte lo apartó de cualquier otro pensamiento.

Tomándose la nuca con una mano –palpando la escasa mancha de sangre que se extendiera por su cabello-, se incorporó tambaleante, apoyándose con la otra mano en el borde de la puerta del furgón, sin dejar de contemplar la hipnótica silueta del enorme cubo blindado. Y a pesar del miedo y el dolor, de un imperioso sentido del deber que le ordenaba trepar a "FÉNIX" y llegar cuanto antes a Casbas para denunciar el hecho ante el encargado de la Estación, un par de irreprimibles ideas lo asaltaron por sorpresa:

¿ESTARÁ LLENA DE PLATA……O VACÍA?”

¿¿¿Y SI ME LA LLEVO???”

De pronto, soñó que atravesaba la pampa a bordo de “FÉNIX” como si fuese un antiguo bandolero del Lejano Oeste, huyendo de la ley y los demás delincuentes, montado en su poderoso caballo de acero, dueño de la máquina y del botín. Sólo le haría falta la chica; rubia o morocha, le daba igual.

Pero la vana idea de independiente omnipotencia le duró muy poco…

……¿O no?……


Y el vago recuerdo de una frase escuchada hacía no mucho tiempo se le impuso en la cabeza, con un dolor mucho más punzante que el de la nuca:
Hay que saber irse a tiempo”.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Estación Tapiales

 

Estación Tapiales

Alberto Di Matteo


Para Rulo, la vida ha sido así desde siempre. Con sus 8 años, su cara llena de pecas y un cabello rubio opaco ensortijado al extremo –ajena herencia de algún misterioso ancestro familiar, perdido en la memoria de su madre o su abuela-, contempla el acostumbrado paisaje desde la ventanilla del vagón ferroviario donde vive su familia desde antes de su nacimiento, y piensa: “¿Adónde podría viajar yo en esa locomotora?”.

Ahí nomás, a una cuadra de distancia, en medio del campo, asentada sobre unos rieles oxidados que ya no la llevarán a ningún lado, se recorta la opaca silueta de una antigua locomotora a vapor, desvencijada y polvorienta, cubierta de óxido en plenitud, en compañía de otras dos máquinas, éstas diesel, tan deterioradas como la vaporera. El conjunto se halla a unos 300 metros de las ruinas de la antigua estación ferroviaria. Su papá alguna vez, uno de esos raros días en que no estaba tomado, le contó que antes, hacía muchos años, allí había una estación, como ésas donde a veces él y sus hermanitos van a repartir estampitas, calendarios o señaladores.

¡Trenes…! ¡Y tan cerca de su casa! Pero…, su casa, hoy llena de cosas propias de la familia –catres, sillas, cortinas que dividen ambientes, ropa colgada, una garrafa para cocinar y calentar el agua del mate…- había sido parte del tren, ¿no? Algo al respecto no le cierra. Quizá sea muy complicado de entender a su edad, o quizá también lo sea para su papá, que es más grande. Pero claro, Rulo no puede saber si entiende bien o no, porque toma…

Y entonces, ¿dónde podría viajar él a bordo de una de esas máquinas, tan decadentes en la actualidad, pero que habrán sido portentosas en el ayer? ¿Hacia dónde podría conducirlas a toda velocidad, para llegar mucho más rápido y seguro, sin necesidad de colarse en el colectivo cuando sube toda la gente en las horas pico, ni tener que mendigarle un lugarcito en la caja del camión al puto ése del Colombiano, cada vez que vuelven de Constitución, Once o Retiro?

El particular sonido de las sirenas o los vapores de las chimeneas, los poderosos motores bramando en medio de la inmensidad pampeana, el rechinar de los aceros sobre las vías, todo ello se dibuja en la colorida imaginación de Rulo, ansioso por participar alguna vez de una aventura semejante. ¡Iuuupiiiiiiiii!

Y en un singular ataque de espontaneidad, muy propio de los que desarrollara para sobrevivir en la calle, solo o junto a sus hermanitos, salta del antiguo asiento que transportara pasajeros y se lanza a correr, desciende por los escalones de metal y atraviesa el pajonal, alejándose de los árboles donde se encuentra asentada su casa, rumbo al mítico lugar donde se hallan las locomotoras. Ahora que sabe o imagina -¿acaso no es lo mismo?- para qué servían aquellas máquinas, ¿por qué no disfrutarlas para él solo, aunque ya no puedan moverse de donde están?

Corre como el viento hacia esos dinosaurios de metal echados en tierra, casi fosilizados entre el pajonal. ¿Cuándo habrán hecho su último viaje? ¿Las habrán extrañado sus maquinistas? ¿Sería posible hacerlas funcionar otra vez? Con tales dudas surcando su cabecita, Rulo se aferra de unos pasamanos que ya habían olvidado el contacto humano y trepa a la cabina de la vaporera, con los ojos enormes como platos.

Aunque cubiertas por la mugre, las palancas de conducción aún se encuentran allí, sin que nadie hubiese reparado en su presencia ni se las haya llevado para reducir. Rulo las acaricia deslumbrado, arrastrando un polvo ancestral con la yema de sus delgados deditos. Y de pronto, tomando con fuerza aquellos comandos, se siente trasladado hacia otro mundo, hacia paisajes desconocidos, hacia un lugar mucho mejor que éste, un rincón donde cualquier fantasía es posible…

La caldera se enciende de repente, con un fragor propio de dragones medievales. Toda la estructura vibra con un empuje contenido, deseoso de ser liberado cuanto antes, hastiado de tantos años de demora e inmovilidad. Los relojes del tablero se iluminan con un resplandor espectral, y con un brutal sacudón, la vaporera se desprende del suelo, alejándose de los rieles con un chillido maléfico, elevándose en el aire como si fuese transportada por los despóticos e irracionales brazos de un huracán.

Rulo se descubre fascinado, con una luminosa sonrisa que le ensancha la carita, ajeno al temor que la experiencia pudiera causarle a cualquier otro en su lugar. Sin saber cómo, se siente dueño de la situación, y esgrime las palancas con seguridad, sabedor del destino que les espera.

Estira la cabeza, con el viento refregándose contra sus rulos, y contempla el paisaje a su paso. Ahí está Villa Chrysler, con sus casillas de material improvisado y cientos de sogas donde cuelga ropa más que humilde, preciso lugar donde muchos años antes hubiera una enorme fábrica de automóviles –según le contase el Colombiano, que a su vez le contara el Ñato Ardiles-. Y más allá del paredón, el Cementerio de La Tablada, con sus monolíticos panteones, sus cruces de mármol y madera, sus estatuas y monumentos, su impiadosa tristeza. Y hacia atrás, la imponente y mafiosa mole del Mercado Central, donde deambulara más de una vez en compañía de su papá y alguno de sus hermanos mayores, en busca de las sobras de los cajones que no se vendían.

La vaporera asciende vertiginosa, en medio de una nube de polvo acumulado durante décadas. Entonces Rulo consigue divisar el perfil de Ciudad Evita, esa señora que según su mamá “era tan pero tan buena; casi una santa, mire… Ya no existen seres así, aunque debería haberlos cada tanto. Seres que se acuerden de los pobres, que nada tenemos, ni esperamos casi…” Rulo apenas entiende lo que quiere decir eso, pero no importa; hay que disfrutar del paseo. ¡Cuando se lo cuente a los pibes en la escuela, la cara que van a poner!

El calor de la caldera lo hace transpirar como si fuera verano, sin que suelte las palancas por nada del mundo; el esfuerzo bien vale la pena. ¿Cuándo podrá volver a subirse? ¡Quién sabe! Y otra pregunta se formula delante de los ojos, aunque signifique algo menos interesante que lo que está disfrutando: ¿Y cómo va a hacer para volver a su casa? ¡Qué importa! Ya encontrará la manera de colarse en algún colectivo…

Entonces siente algo contra su pierna, tan adherente como el roce del viento sobre su cabeza y sus brazos desnudos. Y al mirar hacia abajo, el mundo a su alrededor parece desmoronarse. Hasta casi percibe que la vibración de la caldera de la vaporera comienza a disminuir drásticamente, hasta casi desaparecer, y la sensación de vuelo comienza a aquietarse, como si jamás se hubiesen movido del lugar en el que se encuentran varados… Todo por mirar hacia abajo, hacia esa cosa que trepa por su piernita en completo silencio, enmudeciendo a su paso el rugido del viento y del motor a vapor. Hacia esa culebra oscura y viscosa que saca la lengüita y lo contempla con ojos fríos y letales…

La sonrisa de Rulo se extingue de inmediato, asustándose como si nunca hubiese conocido un bicharraco semejante. Claro, las que conoce siempre fueron vistas de lejos, en alguna charca, y con una vara de por medio que lo mantuviese a resguardo. Pero esto para él era tan desconocido como peligroso. Y lo impactaba con una única y lacerante duda…

¿Lo picaría?

La vaporera yacía en el mismo lugar de siempre, la cabina seguía estando cubierta de mugre, y el mundo no se había movido un centímetro. La realidad seguía siendo tan cruda como siempre. Pero ahora, mucho más amenazante…

Entonces, emergiendo de lleno de su propio ensueño, y antes de que la culebra alcanzase a llegarle a la ingle, giró con violencia la cabeza hacia atrás y aulló:

-¡MAAAMÁÁÁÁÁÁÁÁ!