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martes, 7 de abril de 2026

No solo de pan...

No solo de pan...

Alberto Di Matteo


"No sólo de pan vive el hombre... también come carne", ironizaba Julián Bustos mientras el último ternero culminaba de trepar al último vagón jaula de "FÉNIX". El cargamento debía llegar esa misma noche a Valentin Alsina, ya que desde allí partirían con rumbo urgente, aunque desconocido para Bustos. Más allá de donde finalizara su misión, el destino del ganado en pie sólo era determinado por los responsables del frigorífico "Santa Anita", quienes aguardaban con ansia aquel lote de vacunos desde hacía ya tres infinitos días.

Los terneros se agitaban inquietos a bordo de los tres vagones jaula, pero con el correr del tiempo Bustos ya se había acostumbrado a ese detalle. Con lo que no se podía familiarizar era con expresiones taciturnas y distantes como las que esa tarde presentaba el maquinista titular de "FÉNIX", un Leandro Benítez apagado y acaso rencoroso. Bustos había oído como al pasar que Benítez la "venía piloteando" bastante mal desde hacía un par de meses, cuando comenzaron a investigarlo por un crimen que parecía no haber cometido, vinculado con su trabajo... pero que nunca se aclaró del todo.

Sus compañeros habían ido apartándose de su lado, y Bustos sentía hasta cierta piedad por el pobre tipo. Sin embargo, ello no impedía que su talante sombrío le inspirara cierto temor, que crecía a medida que compartían las horas transcurridas durante los transportes.

Eran pasadas las siete cuando la formación reanudó la marcha hacia Valentin Alsina, luego de una breve parada en Estación Herrera Vegas. La tarde tenía un neto corte primaveral. Y Bustos disfrutaba en silencio del paisaje, mientras cebaba unos regios mates, que Benítez aceptaba sin despegar los ojos de la vía, ni acotar palabra alguna.

Los hechos que se sucedieron a partir de la mitad del trayecto le evocaron a Leandro Benítez la siniestra repetición de una escena traumática, que lo obligó a renunciar a su puesto sin titubeos, y a Julián Bustos lo embargaron de un miedo y una indignación que -a pesar de haberlo intentado infructuosamente- no se le borraron durante lo que le quedó de vida.

Lo primero que vieron, al doblar una curva, fue un par de vetustas y oxidadas camionetas Dodge que apenas si podían moverse, cruzadas sobre los rieles. Benítez movió la palanca con destreza, deteniendo a tiempo a "FÉNIX", haciendo chirriar los frenos con un estallido de chispas. La locomotora se quejó en un último estertor al detenerse, rozando apenas con su enorme parachoques uno de los abollados flancos de las camionetas.

-¿Pero quién mierda..? -, estalló Benítez, despertando de su letargo.

No consiguió terminar la frase. Una impensada horda de indigentes, entre quienes se hallaban varias decenas de infiltrados, evidentes punteros políticos que comandaban su errático y famélico accionar, surgió de la densa arboleda que se erigía sobre una de las cunetas y saltó hacia la formación armada de filosos cuchillos, trepando hacia los vagones jaula en medio de un colosal griterío de guerra, algunos con increíble agilidad, otros con notorias dificultades en la locomoción, producto de una vida plena de privaciones y falta de atención médica. Rostros desencajados, pieles escamadas, bocas desdentadas, miradas alucinadas. Todos ellos parecían vampiros, aunque sin la menor cuota de palidez, ávidos de sangre... y de carne, a fin de llevarse codiciosos hacia la olla o la parrilla. El ganado olfateó el peligro en el ambiente y comenzó a mugir desesperado, pataleando contra los flancos de los vagones y haciendo vibrar la formación, que al ser abordada por la horda amenazó con volcarse y descarrilar, arrastrando a "FÉNIX" consigo.

Bustos se asomó a la ventanilla de la locomotora sin conseguir articular palabra, estupefacto, dejando caer el mate recién cebado al piso de la cabina de "FÉNIX", intimidado ante tamaña aparición espectral. Sabía que su misión era proteger el cargamento vacuno de cualquier contratiempo, pero jamás lo habían preparado para repeler un ataque como aquél, y menos aún había podido imaginar por su cuenta algo por el estilo. Así como nunca se había sentido tan impotente frente a una situación de peligro como en aquél momento. Benítez, por su cuenta, reaccionó de manera inversa; con el pavoroso recuerdo del frustrado asalto de la caja fuerte británica del siglo pasado delante de sus ojos, se desbordó de furia, no tanto frente a la injusticia de aquel acto -su responsabilidad lo limitaba exclusivamente a conducir la formación hasta destino-, como ante su propia frustración, y el funesto panorama que inconscientemente avecinaba para sí mismo.

-¡Loco!!! ¿Qué mierda se creen que están haciendo?!!! -, chilló desde uno de los balcones laterales de "FÉNIX", dando un par de pasos hacia la multitud, que ni siquiera lo oyó.

-Quedate piola, chabón, que la cosa no es con vos -, le indicó a escasos cinco metros sobre la cuneta un tipo grueso, con una visera de la Municipalidad de La Matanza calzada hasta las cejas, mientras sopesaba un enorme palo entre sus manos, a manera de garrote.

-¡Pero me están cagando el laburo!!! -, protestó Benítez, deseoso de sacarse de encima con sólo chasquear sus dedos a toda aquella gentuza.

El tipo no le contestó, ni dejó de izar y dejar caer el garrote sobre su palma izquierda, mientras contemplaba parsimonioso el vibrante y efusivo accionar de la gente que habían trasladado hacia allí desde territorios no tan vecinos. La emboscada había sido todo un éxito. Quizá, todo respondiese a un brutal política asistencialista suscripta por el municipio -o por la provincia toda, quién sabe.-; sólo que esta vez no les regalaban empaquetada la carne para el guiso o el asado, sino que se la tenían que procurar de inmediato por sus propios medios.

Los chillidos de los animales, así como de los hombres y las mujeres que asestaban cuchilladas a diestra y siniestra, parecían similares.

La ferocidad de aquel ataque parecía denotar algo más que hambre; se asemejaba más a una venganza muda, cuyo destinatario principal ni siquiera era una persona o una corporación. El tren no hacía más que vibrar; varios terneros agonizantes trastabillaban y caían sobre el suelo irregular, cruzado por las vigas de acero de todo vagón jaula, generando temblores y estruendos que le ponían al maquinista y al encargado del frigorífico los nervios de punta. Luego de unos minutos, comprobaron que varias mujeres ensangrentadas se alejaban de la escena munidas por toscos trozos de carne faenada, aún con el peludo cuero pegado sobre sus costados. La sangre vacuna se derramaba indolente sobre los enrejados flancos de los vagones jaula, cayendo sobre los cantos rodados de la vía con un sello ciertamente horroroso.

Entonces, cuando la masacre parecía haber alcanzado su punto de mayor fragor, con el primaveral aire de la tarde impregnado por el fétido olor de la muerte -coronado por el de la sangre, el miedo y la bosta-, una abominación mayor tuvo lugar ante los incrédulos ojos de Julián Bustos y Leandro Benítez.

Los ángeles vengadores del sistema surgieron casi de la nada, sin que nadie reparase en su existencia, sobre la explanada opuesta a la arboleda. Cubiertos por el más cómplice de los silencios, habían llegado a bordo de sus patrulleros blancos y azules sin encender ninguna sirena o baliza, sabedores de su impunidad. Se habían apostado en hilera, protegidos detrás de sus vehículos, todos ellos enfundados en sus uniformes oficiales, sin pronunciar palabra, ejecutando órdenes tan precisas como los punteros que minutos antes comandaran el asalto. Como dos ejércitos enfrentados -uno de ellos probablemente financiado por el frigorífico "Santa Anita", encargado de hacer un seguimiento muy próximo al cargamento, ante los reiterados rumores de un ataque de cuatreros, según los rumores de pasillo que Bustos consiguió milagrosamente evocar en aquel instante-, aunque ambos bandos sostuvieran en alto la misma bandera de la pobreza.

Alguien gritó, de pie sobre el techo de uno de los camiones jaula, queriendo alertar a sus compañeros en el último segundo. Aunque pocos lo supieran, en la barrabrava de Boca Juniors y en su barrio de Rafael Castillo lo conocían como el Gordo Nacho, muchacho dispuesto como pocos para el desorden y el beneficio sin esfuerzo alguno; extraña clase de gato salvaje que siempre caía de pie, cualquiera fuese la situación que le tocase enfrentar. Sólo unos pocos consiguieron escucharlo, demasiado tarde para reaccionar.

En aquel último instante, lo único que consiguieron distinguir el maquinista y el encargado del frigorífico, en medio del caos y la confusión generados por el griterío humano y animal -aunque ya casi no pudiesen diferenciarse entre sí-, fue el sostenido pero breve pitido de un silbato, iniciando las maniobras consistentes en repeler a los invasores. Sólo que, evocando por su ausencia a las oscuras y anchas bocas de los lanza-gases antimotines, las decenas de cañones de pistolas y escopetas que se parapetaban detrás de los patrulleros, sumados a igual número de ojos fijos a través de sus miras sobre blancos móviles precisos, presagiaban mucho más que lo peor.

Las últimas luces de la tarde agonizaron en medio de un ensordecedor y sincopado estruendo de disparos, que vomitaron fuego y muerte a discreción sobre aquel malogrado convoy ferroviario. Cápsulas y cartuchos servidos volaron por doquier alrededor de las fuerzas del orden, impregnando el espacio de la cuneta de las vías por el acre aroma de la pólvora. Fue un fusilamiento casi a quemarropa, sin contemplaciones. Nadie preguntó ni se cuestionó nada; todos obedecieron en bloque, disparando y recargando sin pensar. Mientras sus víctimas, humanas y -por desgracia, en el fragor de la contienda- también animales, caían al suelo entre alaridos de sorpresa y de dolor, cubiertos de sangre de pies a cabeza, tajeados por las cuchilladas, agujerados por los balazos, con los brazos en alto en un inútil y postrero intento de rendición, derramando vísceras sobre cada camión jaula y los cantos rodados de las vías, implorando en vano como sus congéneres entre los desolados muros del matadero.

Bustos se arrojó al suelo de la cabina ni bien sonaron los primeros disparos, que derribaron al tipo del garrote y la visera casi de espaldas, sin que se diese cuenta que estaba muriendo, mientras Benítez se zambullía detrás del encargado del frigorífico desde el balconcito lateral de "FÉNIX".

Desesperados reptaron sobre sus vientres hasta alcanzar la puerta del otro lateral, abriéndola hacia la arboleda, donde parecían querer escapar los últimos asaltantes -entre ellos, un aterrado Gordo Nacho-, seguidos de cerca por el silbido de los proyectiles. Las balas arrancaban fragmentos de corteza de los árboles en busca de los recién fugados, mientras las fuerzas policiales avanzaban en bloque, abandonando la protección de los patrulleros sin dejar de apuntar hacia la ya abatida multitud, yendo a la caza de los escasos heridos y moribundos... y de todo aquel que pudiese oficiar como solitario pero peligroso testigo del hecho.

Varios cañones los apuntaron cuando ambos se arrojaban desde "FÉNIX" hacia la cuneta de la arboleda. Sólo una milagrosa orden del oficial a cargo consiguió salvarles el pellejo, al reconocer en el último segundo a Julián Bustos como uno de los empleados del frigorífico "Santa Anita". Algunos uniformados se adentraron entre los árboles disparando a ciegas, mientras la mayoría de los demás se encargaban de rematar a los caídos, y los pocos restantes se ocupaban de levantar a los empujones al maquinista y al encargado, apoyarlos de cara contra el costado de la locomotora, y esposarlos, a pesar de las vacilantes y quejumbrosas quejas de Benítez, sin apartar de sus cabezas los humeantes cañones de las armas.

Bustos se apoyó de espaldas contra la locomotora, dejándose caer al suelo hasta quedar sentado sobre el canto rodado, y vomitó hacia un costado, orinándose al mismo tiempo en los pantalones. Benítez temblaba, manteniéndose apenas en pie, con la mirada perdida a fin de evitar contemplar el rostro del horror, y el semblante desolado frente a su incierto futuro. Más allá, los últimos terneros mugían en estridente agonía, erizándoles la piel. Y decenas de cadáveres teñían de rojo la pampa húmeda.

Los orificios de bala de distintos calibres permanecieran sobre el lateral de "FÉNIX" durante el resto de su campaña ferroviaria, como cruel y mudo testimonio de aquella tarde de masacre. Sus eventos jamás se dieron a conocer en los medios de prensa, y sólo un par de aterrorizados testigos recordaron por siempre, aunque incapaces de relatarlos ante auditorio alguno.

"No sólo de pan vive el hombre... también come carne", recordó -muchos meses después, con unas cuantas copas encima- haber pensado aquella misma tarde, como en un sueño, antes de emprender el viaje, el empleado Julián Bustos.

"Carne de res faenada", musitó con un inconfundible vaho etílico, sobre una anónima mesa del almacén de ramos generales "La Frontera", antiguo boliche de los que se apeaban en la Estación Herrera Vegas, dos o tres décadas antes; "carne que nos alimenta a todos, y que nos acostumbramos a comer desde bien chicos".

Aunque, claro, rara vez esa carne faenada con la que se alimenta una nación... termine siendo humana.

martes, 17 de marzo de 2026

Estación San Sebastián


Estación San Sebastián

Jorge Lacuadra 


(Sobre la memoria, que reivindica los momentos en la distancia,

y sobre la posibilidad recurrente de una inversión en el tiempo)


Del pueblo solo queda un caserío exiguo, calles de fresco lodazal que acceden hasta la estación. He dejado el auto en una calle lateral, de esas que miran hacia un infinito sin árboles donde solo residen el horizonte y las nubes. Me reciben los perros, los guardianes incondicionales, como en todo lugar donde los edificios son bajos y se unen con los componentes básicos de la tierra. El único elemento del otro lado del endeble alambrado es la estación misma, San Sebastián. Yo tenía la curiosidad y toda la intención de acercarme al viejo andén y tomar algunas fotos. La fachada de chapa se conserva muy bien y me sorprende que esté habitada, una familia del lugar se ha afincado aquí a cambio de conservar lo edilicio y mantener a raya la naturaleza. Algunas gallinas, un par de cabras y tres perros componen la fauna doméstica. Un poco más alejado un pequeño edificio sanitario y leña, mucha leña y en una pared colgada una sierra de mano y unas sogas viejas, que dan cuenta de la obtención del combustible primario.

Parado en ese andén, hoy, quince de septiembre de 2014 al mediodía, observo, hacia Carhué la nada misma, no hay ni vías, solo pasto seco y el tendido de los viejos postes de un telégrafo prehistórico. La vía principal no existe, es la orientación típica de estas estaciones y mi brújula interna la que me indica la dirección de los perdidos puntos cardinales. Hacia Puente Alsina, unos galpones grandes de chapa gris, bien conservados, depósitos de vialidad quizás, y otros dos más chicos, un poco más alejadas también un par de viviendas de los empleados del Midland, estas si, aunque de piedra, ya hace mucho tiempo abandonadas, el moho verdinegro toma por asalto las viejas paredes. Al fondo antes de desaparecer de la vista, el tanque de agua, como un vagón alzado en el aire por una mano invisible hacia el cielo gris y más alejado aún la silueta de un pájaro delgado y extraño, el caño hidrante que hoy solo convoca al camión de la municipalidad.

Miro hacia la estación, que ya ni el nombre conserva, le han quitado las tablas o paneles donde estaba la denominación y observo que no hay nada que se parezca a una boletería, quizás estaba en alguna estancia o división interna. La estación cerró en septiembre de 1977, un día once de ese hermoso mes recorrió el tren de pasajeros estas poblaciones por última vez. Un día de septiembre cincuenta estaciones como esta, cuyos nombre de poco van muriendo, pasaron administrativamente al olvido, y Carhué, la orgullosa Carhué, punta de riel de un pasado turístico y esplendoroso, quedó a la deriva, un barco despojado, una ciudad que hacia el sur solo mostraría paramos desolados, cubiertos por la sal del desbordado Lago Epecuén. Nunca más oiría el trepidar de la maquinaria pesada de un tren, nunca más el vibrar de los durmientes de quebracho y el baile minúsculo de sus temblorosos clavos de hierro.

Pido permiso al actual habitante, padre de familia y este me permite el paso al interior de la estación, cruzo un umbral hollado por miles de pies antes que los míos. Observo la carencia de algún reloj como es común o lo dicta la memoria de otras estaciones entrevistas. Si hay, en un rincón de polvo y hojas secas, una balanza para pesaje de encomiendas, no de plataforma, sino de esas otras con pesos deslizables, ni tan vieja ni tan nueva. Un banco contra la pared solitaria y enfrente una ventanilla de boletería con enrejado marrón, semejante a un pequeño confesionario surgido entre las sombras. Olor a madera, a capas de pintura gris, a sellos postales, a monedas antiguas de bronce. Sobre el antepecho de la ventanilla, me aguarda un pequeño boleto amarillento con número de serie 18362, lo tomo entre mis dedos, dice en letras pequeñísimas: Servicio coche Motor - Ferrocarril Midland y en destacadas pone San Sebastián a Puente Alsina, clase única y el suculento precio de $ 0.40 de moneda nacional. Sonrío solo para mí y el corazón se me encabrita de pura nostalgia.

Aseguro la correa de mi cámara, la Kodak Instamatic es una fiel compañera de caminos y de rieles. Me doy vuelta para hacerle una pregunta al dueño de casa y descubro que he estado solo, ignoro cuanto tiempo ha pasado. El aire que ha ingresado por la puerta ha barrido el polvo y las hojas y el banco luce como si le hubieran aplicado una nueva capa de pintura marrón. Levanto la vista y localizo casi en las sombras un reloj que se me había pasado por alto, y también escucho su metálico corazón en movimiento. Salgo nuevamente o recuerdo haber salido una vez más, a la plataforma. Gente del pueblo se ha reunido en el andén, han llegado hasta el alambrado delimitador en Falcon Futura, en renoletas, en Rambler, en Renault 12, en cupés Chevys o Peugeot 504. Tomo algunas fotos de todos ellos y cambio el rollo, en el aire se siente algo así como una expectativa, un aire de ceremonia o despedida. Se acerca ahora, viniendo desde Puente Alsina una formación de coche motor bastante antigua, un gusano amarillo, rojo y azul que trepida ya cercano, lleva en su frente el número 2779, es un coche Ganz, le saco fotos, es un momento único. Me doy cuenta que todavía tengo el boleto entre mis dedos, pero algo ha cambiado, las letras grandes dicen: Puente Alsina a San Sebastián.

Abordamos el tren, a pesar de sus años de servicio las comodidades son más que buenas. Me arrellano en un asiento doble cubierto de cuerina marrón, he visto los del otro vagón, tal vez no pertenecientes a este coche motor, sino un arreglo de último momento y estos bancos eran de madera, como los de las plazas, también marrones. Partimos, y toda la cacofonía metálica del tren se armoniza y adopta una cadencia maravillosa y adormecedora al igual que las conversaciones de los pasajeros, todo se convierte en un murmullo continuo y conocido. Entreveo pasar las estaciones, mal recuerdo ahora algunos nombres: La Rica, Araujo, Dudignac, Corbett, Henderson, Casey, Saturno, son algunas, las demás las devorará el tiempo que es el depredador de la memoria. A las seis y cuarto de la tarde arribamos a Carhué partido de Adolfo Alsina.

Recuerdo Carhué como entre sombras de esa tarde a la salida de la estación. Un movimiento inusual me sorprende en la ciudad turística, innumerables coches circulan por calles prolijas y atiborradas de negocios, cuyos carteles multicolores comienzan a encenderse. Muchos de ellos son hoteles, hospedajes y pensiones: Hotel Azul, Hotel Americano, Hotel Las Familias, Hotel Horizonte, Hotel Plaza, el Hispano Argentino, también casas de regalos y fábricas de alfajores. Casa Bruni y sus electrodomésticos exhibiendo la nueva cocina marca Volcán. Me llama la atención un bellísimo coche estacionado como al descuido, un Pontiac Chieftain color arena que una delicia flamante para gente de buen respaldo económico y por las calles muchos otros: Pontiac BonnevilleFord 1950, el año del Libertador, inverosímiles colectivos de chasis Chevrolet cubiertos de propaganda local, extraños Kaiser ManhattanChevrolet Bell Air, y hasta un exclusivo y aerodinámico sedan Studebaker.

La ciudad es pujante y cosmopolita, está en su apogeo, todo el mundo y sobre todo la sociedad de Buenos Aires se da cita aquí para disfrutar de los baños termales y su acción terapéutica, reconocida en todo el mundo. En la sede de la Sociedad Italiana proyectan “El Seductor”, un estreno, con Luis Sandrini, Elina Colomer y la cubana Blanquita Amaro, que justamente trata de un jefe de una estación pueblerina que se enamora de una bella mujer que viaja en un tren, todo el argumento se presta a equívocos y alegres miradas, los espectadores festejan el lenguaje de gestos del personaje. Más por gastar un par de horas que por las risas, acudo a la función y después ceno unas pastas en la Sociedad. Luego, cansado, con los ojos llenos de imágenes busco un hospedaje modesto y me duermo en un sueño de viajes y pasajeros que se convierten en estatuas de sal.

A las siete y media de la mañana ya estoy en la estación, el tren ha sido invertido de sentido en la mesa giratoria y ahora reanudaremos el viaje. Una multitud de personas despide el tren agitando las manos y algunos pañuelos al abandonar la plataforma de Carhué a las ocho y cinco minutos exactos. Recorremos las estaciones a la inversa, San Fermín, Coronel Freyre, Coraceros, Hortensia, Morea, Ortiz de Rosas, Baudrix, Indacochea, por nombrar las omitidas en el viaje de ida. En cada una un puñado de pobladores nos despide, ellos saben que ya es la última vez que verán el tren de pasajeros, hasta los perros nos acompañan en el lento paso por los gastados andenes. Al pasar por San Sebastián observo el boleto en mis manos y ahora me muestra la información correcta, el destino cierto: leo a la luz del mediodía: San Sebastián a Puente Alsina. Acomodo mi traje de franela gris, el cuello de mi camisa y la delgada corbata negra, me subo el pantalón bien alto y me relajo para el viaje hacia Buenos Aires.

El viaje se hace torpe, traqueteante, las horas, los pensamientos y las estaciones se suceden lentamente, como un libro que se recorre despacio, hoja por hoja, con la yema de los dedos. Converso un momento con el guarda uniformado mientras me pica el boleto y me comenta que la formación es un coche motor Birmingham Gardner y que todos los asientos ahora son de madera, es más, casi toda la estructura de este vagón en que viajamos, por ejemplo, es categóricamente, de madera. Consulto mi Guía Peuser 1948 de Horarios del Ferrocarril Midland y voy apuntando mentalmente las estaciones que quedan atrás: Ingeniero Williams, Plomer, Km 38, Rafael Castillo, José Ingenieros, La Salada, La Noria, Villa Caraza ya ingresando al partido de Lanús. El tiempo está a nuestro favor, hemos hecho el recorrido con ventaja, los pasajeros descubren una algarabía contenida que comienza a explotar con el final del viaje. Son las tres y cuarto de la tarde y la formación llega a Puente Alsina.

Desciendo en la plataforma y me asombra la complejidad de estación mayor, acostumbrado a las humildes paradas de provincia. En vías secundarias veo la locomotora más extraña que rodara por rieles argentinos, una inmensa Sentinel Cammell de calderas revestidas de acero, un tren blindado, una bestia que devora ingentes cantidades de carbón y más agua aún. Recorro las dependencias y doy con la puerta que da al frente, desde allí veo las obras ya casi terminadas sobre el Riachuelo, del puente Uriburu con su estilo neoclásico, la estación tomaría el nombre de los sucesivos puentes que como este, fueron construidos desde la Avenida Saénz para salvar el brazo de agua hacia el sur, hacia donde entreveo los caserones del barrio Pompeya. En la rotonda cercana, tres líneas de tranvías se disputan el gentío hacia Constitución, Plaza Once o La Paternal, las líneas 9, 8 y 55 respectivamente. Para los que no gustan de lo motorizado, diversos carruajes te acercan hasta los barrios aledaños. Saco algunas fotos de la fabulosa arquitectura del puente y guardo mi pequeña cámara Agfa Billy Clack. Extraigo el reloj con su leontina de delicados eslabones del bolsillo de mi chaleco gris, de paso me acomodo el traje cruzado a rayas también de gris y mi sombrero de fieltro de ala ancha en la vidriera de un café. Un canillita pasa a las voces que se han iniciado los conflictos en el Chaco, la situación entre Bolivia y Paraguay no tiene otra solución que el uso de las armas, la guerra es inminente. Lo mismo sucede entre los hermanos peruanos y Colombia. El continente tiene varios frentes de batalla y el hombre solo siente el deseo de forjar países modernos.

Pernocto en un hospedaje de Valentín Alsina y escuchando en la radio los conflictos del norte me duermo. Temprano me levanta el traqueteo de los tranvías y salgo hacia la cortada Membrillar, son las siete de la mañana. Debo partir, el tren que me espera en la estación es un pequeño monstruo negro, una Kerr Stuart de cabina abierta. Solo dos vagones componen el convoy más un pequeño furgón de cola o Brake Van inglés, suficiente material rodante para el viaje hasta San Sebastián. Entre bufidos y chorros de vapor de agua como un animal de pesadilla parte el tren, nos restan unas siete horas de viaje. En Fiorito y en la Noria abordan operarios e ingenieros de la empresa constructora Hume Hnos, nos apretujamos un poco entre herramientas y vaivenes, mal agarrados a los fierros y los bancos de madera, aunque el tren se deslice tranquilo y rápido sobre los rieles nuevos. Vemos el campo ya amanecido y en sus labores, el sol nos persigue y en algunas estaciones los niños que marchan hacia las escuelas nos saludan con los ojos grandes y las sonrisas de la inocencia.

A las diez de la mañana llegamos a San Sebastián. La estación nueva, toda de chapones relucientes, hay quien dice que en algún futuro será de material, no es vano soñar con el futuro de los Ferrocarriles Argentinos, debería ser más que una utopía. Descienden los operarios de la constructora y todo se llena de voces y metálica melopea de clavijas y herramientas. Hoy es 15 de junio de 1909, en dirección a Carhué no hay vías todavía, cientos de durmientes nuevos de quebracho aguardan que las manos enguantadas los acarreen a sus sepulturas definitivas, quizás por un siglo o más, la carcoma y la fatiga dictaran sus años de tierra y sueño. A un costado una pirámide de rieles, buen acero británico calentándose al sol. San Sebastián esta febril e inquieta, inmensa de movimientos y vitalidad. Acomodo los operarios para una placa fotográfica y los inmortalizo para la posteridad. Aquí crecerá un pueblo, al amparo de estas venas de sangre de este tiempo de industria y avances industriales. Me siento en el banco de la plataforma y sueño, me adormezco, mi sombrero cubre mis ojos y escucho el grito eterno del tren.

lunes, 2 de febrero de 2026

Concédenos Buen Viaje


Concédenos Buen Viaje


Tarde o temprano, la tecnología llega a todos lados, che. ¡Qué lo parió!”, pensó el maquinista Leandro Benítez, al contemplar la reluciente locomotora alimentada a GNC que descansaba sobre los relucientes rieles del remozado y reciclado ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, ahora denominado Trochita Pampeana, en un simpático gesto realizado por los municipios vecinos que se abocaron a la tarea de revivir el antiguo servicio que unía estos pueblos bonaerenses. No por casualidad, la flamante locomotora –quizá, de procedencia japonesa, pensó Benítez- lucía sobre uno de sus flancos el portentoso nombre de “FÉNIX”…

El servicio funcionaba a pleno desde hacía ya un mes, cuando se realizara su viaje inaugural, en medio de los estridentes vítores de la multitud vecinal congregada en las inmediaciones de la Estación. Benítez difícilmente pueda olvidar la felicidad estampada en los rostros de los vecinos que se acercaban llorosos a la vera de las vías para verlo pasar, saludando con las manos, pañuelos al aire y sombreros o gorritas, dándole una bienvenida más que calurosa al antiguo y estrenado servicio, deseosos de no tener que presenciar otra lenta y frustrante agonía…

Desde entonces, Benítez realizaba un par de viajes semanales a bordo de “FÉNIX”, transportando cargas diversas, y pasajeros sólo en ocasiones, instaurando un nuevo servicio solidario entre las localidades vecinas. Las autoridades celebraban con satisfacción esta nueva iniciativa, respaldada por el gobierno nacional. Cada uno de los actores del emprendimiento sacaba réditos, por lo que el negocio cerraba en su totalidad.

En uno de estos viajes, ocurrió el desgraciado hecho delictivo. La formación salió de la Estación Carhue puntualmente, como de costumbre, rumbo a la Estación Puente Alsina. Mientras Benítez calzaba la palanca en los comandos de la cabina y comenzaba a acelerar, echó un vistazo como siempre a la pequeña silueta de la Virgen de Nuestra Señora de Luján, nítida en su zócalo de la pared de la Estación, junto al panel que indicaba los horarios de salida y llegada de cada formación. Por sobre todo, Benítez gustaba de recordar la leyenda del minúsculo letrero de cerámica que existía debajo de la Virgen, y que el maquinista consideraba un rezo casi sagrado: “Concédenos Buen Viaje”, podía leerse aún desde la cabina de “FÉNIX”, estampado en blanco sobre negro.

No habían transcurrido diez minutos desde la partida cuando la puerta de la cabina se abrió de golpe, y Benítez se encontró frente a frente con la enorme boca de una pistola, abierta como una siniestra “O” entre sus ojos. La impresión inicial demoró un par de segundos en devolverlo a la realidad, durante los cuales no pudo dar crédito a lo que veía; ¿cómo era posible que hubiera subido alguien a bordo si……?

Sólo después consiguió divisar, por detrás de aquel ominoso cañón, el pasamontañas negro con visos rojos, verdes y amarillos que le cubría el rostro al recién llegado.

-¡No te movás porque te quemo, hijo de puta!!! ¡Y frená esta mierda ya mismo!!!!

Benítez movió la palanca, casi por instinto, disminuyendo la velocidad, aunque una parte de sí mismo le dijo que no, que continuara con su trabajo, que prosiguiera la marcha pasara lo que pasase. Sin embargo, el miedo pudo más que el deber, y finalmente aminoró la marcha hasta detenerse con una mínima inercia. Una mano lo aferró por la espalda de su camisa de trabajo y tiró hacia atrás, alejándolo de los comandos.

Ambos salieron al pasillo exterior de “FÉNIX”, mientras su poderoso motor regulaba en automático, y Benítez saltó a tierra, escrutado continuamente por su captor. Apenas con un gesto de la pistola, le indicó que caminase hacia el furgón.

-¡Y con las manos separadas del cuerpo! ¡No te hagás el loquito!!!

Este no parecía ser un vulgar “pibe chorro”, aunque la pinta pareciera delatarlo; menos aún el clásico punguista de estación. ¿Quién detiene una formación de carga en medio del campo, a menos que tenga un dato sabido de antemano? Recorrieron el trayecto sobre la tosca con paso veloz, hasta arribar a la puerta lateral del furgón, abierta de par en par. Allí los aguardaban otros dos delincuentes, uno con un cuello polar calzado hasta los ojos, que le ocultaba el rostro, y otro también con pasamontañas, pero de color azul.

Ambos habían reducido a un guardia de seguridad, que yacía boca abajo sin sentido sobre el piso del vehículo. Benítez desconocía la existencia del mismo al partir de San Fermín, y el hecho de descubrirlo fue una sorpresa tan intensa como la certeza de estar siendo encañonado por una pistola sobre la nuca y otras dos hacia su pecho. La razón de la existencia del guardia lo desconcertó tanto como a los ladrones, ya que jamás hubiese pensado que algo como eso pudiese ser transportado por fuera de un museo, a bordo de un vehículo del siglo XXI.

-¡Hablá, puto! -, gritó el del cuello polar. -¿Cómo mierda se abre esto?

Ninguno había esperado encontrarse con una reluciente caja fuerte británica del siglo XIX, negra como la noche, con delgadas líneas cromadas junto a los bordes de la puerta, y una enorme ruleta de combinaciones numéricas en su centro, junto a la manija de acero inoxidable, también cromada. En pequeñas letras plateadas, alcanzaba a leerse la distintiva marca del dueño original: “Wells Fargo”.

-¡No puede ser, loco!!! -, gritó el tercero. -¡Hacemos esta movida para ganarnos buena guita, y nos recontracagan!

-¡Secuestremos el tren cuando lleguemos a Puente Alsina, y pidamos rescate! -, chilló el que se encontraba a su espalda.

-¡Pero no, animal!!! ¡Nos van a fusilar cuando vean que no hay rehenes!

-¿Y éste, qué es? -, volvió a chillar, golpeándole a Benítez levemente el parietal derecho con el cañón de la pistola.

-A éste lo fusilan con nosotros -, masculló el del cuello polar, mientras Benítez sudaba a mares, para perder todo interés en apuntarlo y ponerse a analizar en cuclillas el oscuro bloque de metal -: ¿Están seguros que no podemos conseguir dinamita?

-¡No seas cabeza! ¿De dónde mierda sacamos dinamita?

-¡Hagamos mierda a éste!!! -, chilló el que tenía a sus espaldas, aferrándolo por el hombro y comprimiendo el cañón de la pistola contra la nuca de Benítez. Con la cabeza echada hacia delante, el maquinista contuvo la respiración, apretando los dientes, rogando por el arrepentimiento del impulsivo delincuente.

-Dejate de joder, boludo. Acá no se muere nadie -, masculló otra vez el del cuello polar, sin dejar de contemplar la caja fuerte, meneando la cabeza. Al cabo de un rato, que a Benítez le resultó eterno -mientras su propio sudor resbalaba hasta enjugar la amenazante boca de la pistola-, se puso de pie, enfundó la pistola en el cinturón a la altura del ombligo, y contempló el horizonte con una intensa mirada de frustración: -Vámonos.
-¿Cómo??? -, chilló el tercero, a su lado. -¿Qué decís???

-¿Te volviste loco, chabón??? -, gritó el que apuntaba a Benítez en la nuca. -¿Qué mierda te pasa?

-Que aunque me dé toda la bronca, hay que saber irse a tiempo, sin hacer cagadas -, murmuró el del cuello polar, sin mirar a nadie, saltando a tierra. Tomó a Benítez por la mandíbula, lo obligó a mirarlo, y le dijo: -Y vos, vas a seguir viaje haciendo de cuenta que acá no pasó nada. ¿Está claro?

Benítez asintió varias veces, incapaz de decir palabra alguna, en el instante previo a escuchar decir al delincuente que lo apuntaba por la espalda:

-¡La concha de tu madre, puto! -, antes que el golpe en la cabeza lo sumergiese en un insondable pozo sin fondo.

Al despertar, contemplando miles de bailarinas lucecitas delante de sus ojos, los delincuentes ya no estaban. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero el guardia de seguridad aún no había vuelto en sí. Creyó por un segundo que estaba muerto, pero la urgencia por hallarse en el medio de la nada delante de una caja fuerte lo apartó de cualquier otro pensamiento.

Tomándose la nuca con una mano –palpando la escasa mancha de sangre que se extendiera por su cabello-, se incorporó tambaleante, apoyándose con la otra mano en el borde de la puerta del furgón, sin dejar de contemplar la hipnótica silueta del enorme cubo blindado. Y a pesar del miedo y el dolor, de un imperioso sentido del deber que le ordenaba trepar a "FÉNIX" y llegar cuanto antes a Casbas para denunciar el hecho ante el encargado de la Estación, un par de irreprimibles ideas lo asaltaron por sorpresa:

¿ESTARÁ LLENA DE PLATA……O VACÍA?”

¿¿¿Y SI ME LA LLEVO???”

De pronto, soñó que atravesaba la pampa a bordo de “FÉNIX” como si fuese un antiguo bandolero del Lejano Oeste, huyendo de la ley y los demás delincuentes, montado en su poderoso caballo de acero, dueño de la máquina y del botín. Sólo le haría falta la chica; rubia o morocha, le daba igual.

Pero la vana idea de independiente omnipotencia le duró muy poco…

……¿O no?……


Y el vago recuerdo de una frase escuchada hacía no mucho tiempo se le impuso en la cabeza, con un dolor mucho más punzante que el de la nuca:
Hay que saber irse a tiempo”.