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sábado, 18 de julio de 2026

Luces en la noche

Luces en la noche

Cecilia Zanelli

¿Vamos?

La pregunta de Fabio la sorprendió. Su hermano había planificado una noche diferente, para cortar la aburrida rutina que era habitual en aquel paraje casi desértico.

Los niños habían decidido llegar hasta las vías del tren, distantes a unas cuadras de su casa, una vez que sus abuelos se durmieran.

El pueblito (tal vez ni llegaba a ser eso) en el que vivían no era muy divertido los días de semana para ellos. Casi adolescentes, vivían desde pequeños con sus abuelos. El único entretenimiento era la televisión, que se interrumpía indefectiblemente a las 12 de la noche, cuando la repetidora del canal dejaba de funcionar. Los abuelos cenaban y se iban a dormir temprano pero los niños tenían demasiada energía para imitarlos.

Minutos antes de la medianoche podían escuchar la sirena del tren de pasajeros que cruzaba sin detenerse por ese lugar, atravesando con rapidez el campo oscuro.

A Fabio se le había ocurrido que podía asustar a algún pasajero insomne. Desde el tren, sólo podía verse un paisaje oscuro. Las luces del pueblo estaban lejos.

Salieron silenciosamente de la casa y cruzaron el alambrado, cada uno con su linterna. Fabio había asustado a algunos niños en las reuniones familiares, colocándose una luz bajo el mentón. El resplandor, que iluminaba la cara desde abajo, distorsionaba sus rasgos y causaba un poco de sobresalto a quien era sorprendido por esa aparición.

¿Algún desprevenido pasajero vería la cara de los niños al pasar? Era poco probable, pero Fabio no se desanimaba fácilmente y con tal de hacer algo distinto aquella noche, lo intentaría.

Mara sintió un poco de temor al ver la roja luz del tren que se acercaba rápidamente, emergiendo desde la lejana negrura de la noche.

De todas formas hizo lo mismo que su hermano. Se ubicaron cerca de las vías, donde podían ser divisados desde las ventanillas y prendieron sus linternas.

El tren pasó con indiferente velocidad frente a ellos. Fabio gritó, pero Mara sabía que no podía ser oído. Había terminado el juego. No fue tan apasionante como ella imaginaba pero valió la pena intentarlo.

Decidieron volver a casa, pero Fabio empezó a correr. Una broma que le hacía a menudo, salvo que en esta circunstancia era de noche y no había luna.

Mara le gritó: no podía alcanzarlo. Él era mayor y más rápido.

El pasto estaba alto y no se veía casi nada. Mara pensó en los grillos, los sapos y las aves nocturnas y se estremeció.

Se esforzó por correr más rápido. Una lejana luz mostraba la dirección de la casa. Sorpresivamente, algo cubrió su boca y su nariz.

Entre el terror y la sorpresa, trató de liberarse, pero era tanta la presión que se asfixiaba. Comenzó a desvanecerse.

Me muero”, pensó.

En el tren viajaba una mujer que, aunque había jurado no volver más a su pueblo, regresaba.

Los trámites de la sucesión de la casa de sus padres exigían que retorne a ese triste lugar, lejano en la distancia y el tiempo. Había que tomar decisiones, firmar papeles.

Sólo usted puede”, le dijo el abogado por teléfono.

El vagón estaba oscuro. Todos parecían estar durmiendo. Seguramente ella sería la única que continuaba despierta. No tenía ni el cansancio ni la tranquilidad necesaria para dormir.

Cada tanto, una luz en el camino iluminaba el vidrio de su ventanilla y podía ver su reflejo.

¿Tanto envejecí?”, se preguntaba. Tal vez fuese el cristal que cambiaba sus rasgos o realmente el paso del tiempo le mostrara un rostro un poco extraño, que no había advertido   antes.

Sólo había oscuridad afuera. Algunas luces lejanas anunciaban la existencia de pequeños grupos de casas o poblados.

De pronto un diminuto destello le llamó la atención. A medida que se iba acercando, Laura intentó comprender qué era esa pequeña luminosidad en medio del negro campo. Pronto estuvo cerca, cada vez más y cuando pasó el tren junto a ella fue tan veloz que no pudo distinguir bien de qué se trataba, pero advirtió a varias personas jugando con luces. Algo la inquietó. No pudo ver bien las siluetas ni sus caras. Tal vez estaban casualmente en ese lugar, pero no se sintió tranquila.

El tren siguió, imperturbable, atravesando la noche.

Laura sentía que habían pasado horas desde que había subido a él. El viaje era más largo de lo calculado.

Dormitó unos minutos y despertó. ¿Adónde estaría? Su celular se había apagado hacía rato y eso la alarmó. ¿Cuánto hacía que estaba viajando? Todos dormían… No se atrevió a despertar a nadie para preguntarle.

De pronto, y para su alivio, el tren comenzó a disminuir la velocidad. Estaban llegando a alguna estación. Increíblemente, no había luces cercanas y cuando al fin la máquina paró, no pudo ver el nombre del sitio. En el oscuro andén, sólo estaba sentada una niña con una linterna en la mano, y esa era la única luz existente.

Laura decidió bajar y acercarse a ella.

¿Dónde estamos?”, le preguntó.

La niña la miró con ojos abatidos. “No lo sé. Yo sólo estoy esperando un tren que me lleve de vuelta a casa”.

La sirena de la locomotora las aturdió. Su tren se iba. Laura sintió un gran desasosiego.

¿Cómo podía estar sola una niña en ese lugar? Entre tanta oscuridad, con tantos peligros…

Una dolorosa visión inundó su mente.

Si alguien la hubiese acompañado aquella noche, en el paraje Los Eucaliptus…

Si su padre no se hubiese quedado bebiendo con sus amigos…

Si hubiese podido gritar…

Ya no importaba la condena ni el castigo a quien cometió el delito. Ella lo único que quería era olvidar, sacar esas escenas de su memoria.

Pero ¿Se pueden eliminar los recuerdos dolorosos? ¿Alguien puede borrarlos?

Sólo usted puede” había dicho el abogado.

Se sentó junto a la niña y le tomó la mano, sin saber lo que hacía, impulsada solamente por una fuerza interna, eterna, la de su corazón.

A lo lejos se veía la luz blanca de un nuevo tren que se acercaba.

 

Mara se despertó. Todavía era de noche y el rocío había mojado su ropa y su piel. Fabio se las pagaría. Le iba a contar todo a los abuelos. Esas bromas no se hacen. Fue dando zancadas hasta la pequeña casa y, furiosa, entró.

¡Fabio!” llamó sin alzar demasiado la voz. “¡Salí, idiota!”

La puerta del dormitorio se abrió despacio y la cara de Fabio expresó asombro y culpa: “¡Mara!” gritó.

Desde el otro dormitorio salió el abuelo y comenzó a llorar.

¡Fue su culpa!, se defendió Mara “Él me dejó sola, junto a las vías del tren”.

Fabio se acercó a ella y agarrándole las manos, le dijo despacio: “Eso fue hace tres años, Mara”.

 

Laura despertó justo cuando llegaba a su destino. Se bajó del tren despacio. El pueblo no había cambiado mucho. Algunas calles asfaltadas, algunas casas más. Nada sorprendente. Caminó unas cuadras hasta la oficina del abogado.

Lo atendió su secretaria. No esperaba a nadie, le dijo.

Laura se sentía desconcertada. ¡Él la había citado allí! Cuando le dijo su nombre, la secretaria la miró asombrada.

Él la citó aquí, pero hace tres años!”, le respondió. Como ella no se había presentado, todos los trámites quedaron suspendidos.

Laura estaba confundida.

Bueno, aquí estoy”, pensó.  “Tal vez sea un error, pero estoy aquí y puedo terminar con todo esto”.

Mientras esperaba al abogado, se asomó a la ventana y, tranquila, se preguntó por qué no había regresado antes a su querido pueblo.

sábado, 20 de junio de 2026

Vías imposibles

 


Vías Imposibles

Urbano & Coiro


La vaporera se detiene. Faltan –a la vista de quien baje a verlo con sus propios ojos- las vías y los durmientes. El maquinista con las antiparras levantadas y el rostro tiznado de hollín conversa con el guarda que lleva su impecable chaqueta color beige y la gorra con visera, conversan y piensan. El guarda acaba de colocar el teléfono en el hilo del telégrafo, habla con el capataz de obra. Se ríen por la respuesta.


-Dice que sigamos, que él va a poner vías imposibles de remover.


El maquinista se conmueve, esta aturdido por lo que escucha desde la voz del guarda:


-Dice Don Nicolás que no tengamos miedo, que sigamos sin temer un descarrilamiento, que el pondrá rieles de letras, durmientes de palabras que echarán raíces de acero en los terraplenes. Que hará balasto con vocales duras como piedras.


El maquinista y el guarda se cruzan una breve sonrisa, aceptan la irrealidad absoluta de la situación, van a seguir como debe seguir la vida misma.


El hombre vuelve a subir pero esta vez en un primer vagón casi desierto de pasajeros, se sienta, se promete a si mismo quedarse allí sólo hasta llegar a la próxima estación. Del afuera solo puede ver nubes de vapor que se disipan contra el celeste cielo y un sol tibio que anuncia primaveras. Un grupo de golondrinas tempranas planea como descansando en el aire.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Cazadores

Cazadores


Jorge Isaías


  Los chicos venían haciendo equilibrio sobre las vías brillantes.

  Venían seguidos por la sangre del último crepúsculo, y al llegar al paso a nivel, algunos pasaron pisando cuidadosamente los listones de hierro del guardaganado, y no leyeron (o si lo leyeron lo hicieron con toda inconsciencia) ese gran cartel que decía: "Prohibido transitar por las vías".

  Era el comienzo del pueblo y no sabían ‑y si lo sabían no les importaba‑ que esas casas puestas en esa calle paralela a las vías fueron las primeras del pueblo. Las había hecho construir un suizo visionario a fines del siglo XIX, como también esos galpones de chapa que guardaba el cereal año a año, vecinos a ese altísimo elevador que alguna vez treparon por una interminable escalera con los chicos de la escuela, acompañados todos por una maestra paciente y gentil.

  Ese elevador ‑la torre más alta del pueblo‑ fue devastado mucho después por un incendio casual y todos se quedaron sin mirador, tal vez para siempre. Era bueno subirse allí para ver el caserío y más allá las quintas, el campo tranquilo, con los sembrados como cuadriculados perfectos. Y los pájaros, que en ese tiempo tan alto eran numerosísimos.

  Esa barrita desflecada, compuesta por chicos que no pasaban de diez años, portaba su infaltable gomera –potencialmente fatal para todo pajarito que se creyera dueño del cielo‑, su bolsito de género para guardar piedrecitas a guisa de proyectil y alguna pieza que venía manchando con sangre el género basto.

  Venían dando voces, chuscadas, silbidos un poco vagos que se tragaba el aire de marzo, y los menos, desafinando una canción de moda. Venían sin diálogo, como dispersos fragmentos de voces y ruidos que se enseñoreaban en la tarde. Venían distendidos, como la pequeña patrulla de un ejército ignoto que nunca entraría en batalla, porque el azar los dejó a retaguardia.

  Así venían, caminando desde el bajo de La Portada, un par de kilómetros al Este, donde ya se humedecían los pastos y el sol se arrastraba como una serpiente de ceniza violeta. La caza había sido magra, pero la diversión muy grata, como son a esa edad todas las actividades decididas en grupo y los juegos que alejan de la obligación de la escuela.

  En esa esquina miraron a lo alto y vieron ese inmenso águila de cemento pintado de negro, en el frente del almacén de "ramos generales" que fundara don Antonio Pozzi ‑uno de los primeros pobladores‑ y que ahora regenteaba algún descendiente. Vieron una vez más ese águila y lo miraron con renovada admiración, tal vez porque lo compararan con su propia imaginación ganada leyendo profusas revistas de historietas o tal vez porque era un animal que en la realidad nunca habían visto.

  Tal vez cruzó un sulky traqueteante en la tarde, con los ejes chirriantes, pidiendo ser engrasado de urgencia.

  Tal vez un jinete se internara por ese callejón que bordeaba las vías, en busca del sol del ocaso, apurando el tranco para llegar a algunas de las estancias lejanas.

  Tal vez un camioncito rojizo cruzara ya resignado en su último viaje, con su carga de sifones vacíos, con su listón de madera pintada de blanco: "Cerveza Schlau", y más abajo: "Sodería y licorería de Juan Sepperizza".

  Es improbable que alguno recordara después esa tarde remota, pero eso ya no tiene ninguna importancia.

  También es improbable ‑porque habrá muchos años después discusiones inútiles- saber si allí estuvo la casa de la guardabarrera pelirroja, que cuidaba el paso en las vías del tren de la tarde.

  Ilusión del cronista o realidad tangible como sus grandes pechos que escondían esos pulóveres de gruesa lana amarilla.

  Lo cierto es que según se dice ‑algunos dudan‑ esa mujer existió y se le encontró un nombre y un apellido, una condición civil: viuda, dos hijos y una tarea precisa: guardabarrera en el cruce del Boulevard Vollenweider, frente a la antigua casa "El Águila" de don Antonio Pozzi, la que hoy está en ruinas.

  Y con ellos habrá sucedido lo mismo: la habrán saludado. Pero casi ninguno habrá registrado, no su saludo, sino su propia existencia, ya que años después algunos de ellos ‑ya calvos, ya canos‑ discutirán en la mesa de un bar esa existencia. Pero el cronista que todo lo indaga, ha averiguado, porque sí, porque es su oficio.

  ¿No es cierto que usted existió Ana Zarza, y que hoy en algún lugar recuerda a esa barrita dispersa por el vendaval de los años, indiferente a otra cosa que no fueran los juegos, o el inminente fervor de la caza?

sábado, 21 de febrero de 2026

El puente de la vía 

El puente de la vía 


Celso H. Agretti

Si no tuviéramos recuerdos,

no tendríamos conocimientos.


I


El puente estaba a una docena de cuadras, no más, de dónde vivíamos cuándo éramos niños, pero a nosotros nos parecía que la distancia era enorrrme, y siempre tentaba con su sabor de aventura.-

Teníamos necesariamente que hacer un tramo caminando por las vías, después de andar las últimas tres o cuatro cuadras del pueblo hasta el paso a nivel donde ahora estoy parado; contemplando y recordando esas vivencias infantiles, que pasaron hace ya varias y largas décadas.-

Estoy justamente en el cruce de la vieja vía con el camino.- El que saliendo del pueblo va recto al norte, pasando por las chacras sembradas.- El lugar está en parte casi igual; los grandes eucaliptos viejos, enormes y retorcidos siguen allí adelante, al borde, a mi izquierda.-

Claro que están más viejos que entonces, y faltan algunos, tumbados poco a poco por los vientos de tantas tormentas y algunos talados sin mayor conciencia. También falta enfrente un gigantesco Ombú, pero allí ahora fue avanzando el borde urbano, por lo que lo que era campo, hoy son calles vestidas de casas.-

Incluso desde aquí vislumbro a través de los rugosos troncos y altos pastos la vieja casona donde entonces íbamos los domingos con Audino, mi hermano mayor, a escuchar los partidos del campeonato por la Radio, cosa que nosotros aún no teníamos, y allí vivían varios chicos de la edad de él, primos entre sí, que eran compañeros en el Colegio.-

Ellos no eran ni amigos míos, ni compañeros, y hasta les tenía algo de temor, o recelo. Incluso los mayores, que se sumaban al grupo, eran para mí extraños. Uno tenía largos bigotes como ya no se veían, de otra época, retorcidos y puntiagudos. En esos años tuvo un trágico final este hombre imponente. Una noche lluviosa murió de un tiro de revólver en la ladrillería que tenían cerca de la amplia casona; un peón ebrio, de turno en el horno, puso fin a su vida, parece que por problemas pasionales o tal vez sólo por el vino.

Otro era tullido y usaba muletas, y era muy apacible y amistoso y a él sí le agarré mucho cariño. Siempre tocaba las conexiones de los cables con la batería, cuando la radio chirriaba o enmudecía.

Yo trataba de tener claro en qué constituía el equipo y cuál era su magia. El receptor, que en sí era todo un mueble, los cables con sus bornes, la batería o acumulador, el molinillo de viento que proveía la recarga, y la antena aérea, de altas picanas como mástiles, con sus riendas y blancos aisladores y el oscilante hilo de cobre con su bajada. Toda una instalación. Y... , las estaciones estaban a gran distancia. Se escuchaban pocas y eran casi todas de Buenos Aires, pero todavía no eran muchas las casas que podían tener una.

Pero no era sólo la pasión del fútbol ni las tardes de radio, sino recorrer este camino y su entorno, salir de nuestro pequeño mundo, y alejarnos de las últimas casas del pueblo, cruzar la vía, y adentrarnos en lo que había más allá. Cruzar la vía era el comienzo de la aventura. Más allá era otra cosa, el camino era largo, infinito, y hablaba de otros lugares que conocíamos sí, pero que estaban cargados de encanto. Hasta ese pequeño tramo era un viaje, un verdadero viaje, donde pasaban tantas cosas lindas: las llamativas alas pintadas del pájaro que nos rozó volando, el otro que estaba cerquita en un arbusto del alambrado, o la liebre que descubríamos en su carrera por las puntas de las largas orejas que asomaban zigzagueando en los pastos, o de pronto, una perdiz que nos mató de susto al alzar vuelo casi debajo del pie.- ¡ PPPPRRRR rrrrrr ...!

O la forma de aquel Tala, con su copa ahuecada y tupida como una techumbre, o aquella rama perfecta para una honda, o el ulular del viento, la frescura de una sombra, el flamear de los pastos; o los vertiginosos y traviesos remolinos de verano, levantando polvo, pastos, y papeles que quedaban girando, y se descolgaban lentamente del cielo, revoloteando como desilusionados, mientras que del remolino no quedaba ni rastros... 

 

II 

O sea: contemplo lo que queda y me transporto en el tiempo; mientras piso los rieles enterrados, soñando. Pero si bien detrás de mí el pueblo se convirtió en ciudad y el pavimento llega precisamente hasta la vía, hacia el norte el camino sigue polvoriento; pero en la vía el tren no pasa desde hace muchos años, veinte al menos.

Aquí el polvo del camino le puso una capa ya permanente y cada vez más compacta, dura como una lápida, y triste como una mortaja. A un lado y otro del camino los rieles abandonados duermen entre el pasto que los ha ido tapando casi por completo, y por momentos se dejan entrever entre la fronda de la gramilla por el pálido brillo que reflejan del sol de la tarde en el dorso casi opaco, y más adelante se adivina la vía y la curva que aquí comienza, redondeada y suave, más por la memoria que por la evidencia.-

Antes, ese brillo nos cegaba cuando caminábamos contra el sol, ya que el tren al pasar una y otra vez los mantenía pulidos como espejos, y la gramilla y otros pastos se mantenían prolijamente fuera de la franja que formaba la vía con el ancho de los durmientes a flor de tierra. A cada lado del cruce, en la línea del alambrado, los guarda-ganados impedían que los caballos, vacunos u otros animales grandes, ingresaran a las vías por obvias razones de seguridad.

No eran profundos, pero a nosotros nos atraían y nos demorábamos en pasar pisando, una y otra vez sobre las rejas, como demostrando el valor que teníamos, especialmente cuando los domingos estábamos acompañados por los demás chicos, con los que solíamos ir a jugar. Hoy están tapados en tierra, o quizás ni estén allí, porque no se ven ni rastros, al menos a simple vista.

 

III

Hacia el este del paso a nivel, la Estación quedaba a unas veinte cuadras, y la vía terminaba de hacer la curva y seguía recta unas diez cuadras hasta otro paso a nivel; pero aquello estaba fuera de nuestro alcance, al menos en esa etapa. Aquí teníamos suficiente. Aquí mismo a la derecha están todavía los galpones de una fundición de hierro, y enfrente una ruidosa desmotadora de algodón, que nos tapaba en polvo y humo, además de un constante zumbido de sus extractores, ventiladores y ciclones, que nos arrullaba y nos despertaba, una u otra.-

Al costado de la vía, formaban montones los residuos de borra y metal fundido, entre los que encontrábamos enorme cantidad de municiones de hierro, más o menos redondeadas, especiales para tirar con las gomeras, que justamente por su peso y su redondez, aseguraban una trayectoria de verdaderas balas; hoy diría que hasta sumamente peligrosas… Ese montón de desecho tenía incontables buscadores de proyectiles, que nosotros almacenábamos para nuestras correrías.-

También era campo de pruebas, porque la tentación era ver como se tiraba con estos o con aquellos, y los blancos predilectos eran los aislantes de porcelana del telégrafo, que bordeaba la vía junto al alambrado. Algunos chicos de nuestra edad, o un poco mayores eran unos verdaderos inadaptados, capaces de cualquier maldad, por lo que eso, era una nadería.-

Eso, o matar inofensivas palomitas, horneros, cuises, etc., que hoy horrorizaría a cualquiera, aquella vez pasaba desapercibido. Aún no se hablaba de ecología ni de especies protegidas, y casi, casi, ni de amor a los animales; al menos, no con la conciencia conque hoy se está asumiendo, y menos a los niños, y menos que menos a esos niños...

 

IV 

A una calle de la vía vivíamos nosotros, y ver pasar el tren era una diversión que no menguaba por más que lo hacíamos todos los días, mañana y tarde. El más interesante era el tren de carga. No tenía un horario, como el de pasajeros, pero pasaba después de media tarde y en el invierno, durante la temporada de la caña de azúcar, íbamos al borde a esperar su paso, y nos solían arrojar cañas enteras o trozos, y para nosotros eran trofeos tan valiosos, que volver con cierta carga nos llenaba de gloria.

Recuerdo las emociones de la espera. Ver al maquinista o al foguista esconder o balancear las cañas que nos arrojarían, tras elegirnos; porqué a veces éramos varios los chicos que esperábamos junto al alambrado. Era todo un juego, para ellos seguramente divertido, para nosotros, angustioso. Si el tren era largo siempre había más gente en los vagones o en las chatas, que hacían otro tanto.

Pero no era necesariamente pareja la cosecha, era más bien cosa del azar. Todos guardábamos una estratégica distancia uno de otro, asignándonos en el momento un territorio; y desde nuestra posición aguardábamos expectantes. Ver que se fijaban en uno y revoleaban el trofeo en nuestra dirección, y caía más o menos cerca, pero entre las matas de paja brava, y había que encontrarla, a veces disputándola fieramente con el chico vecino; y otras veces con la poca luz del ocaso, se terminaban perdiendo y proseguíamos la búsqueda al día siguiente. No era seguro que la caña nos esperara, quizás el ocasional vecino nos habría madrugado.

 

V 

Justo enfrente, cruzando la vía, había una pequeña franja de monte. Un montecito. No tendría más de media cuadra de ancho, y una cuadra de largo. Pero tenía todos los tonos de verde, y bastaba para que a nosotros nos pareciera una selva virgen, inhóspita, y cuajada de peligros...

Aromos, chañares, espinacoronas, arbustos y enredaderas, tunas con sus tentadoras frutas, pero erizadas de púas, cardos con sus varas floridas, insectos que zumbaban, diversos pájaros que anidaban allí, y un sendero bastante sinuoso que lo atravesaba; en una punta una lagunita, donde solíamos sentarnos por horas, con mi hermanito menor, Reinaldo, y a veces algún vecinito, a la sombra de los algarrobos que la bordeaban y hacíamos que pescábamos tirando los "bogueritos" entre los juncos , mientras observábamos las ranas o los sapitos, y los caracoles y los rojos racimos de huevos pegados a las pajas sobre la línea del agua.

Nunca la he visto seca a la pequeña laguna, ni en tiempos de sequías, y eso que no era más que un charco. Hoy me parece increíble, pero entonces hasta contemplaba hipnotizado las larvas de los mosquitos que tras la lluvia pululaban en la superficie, y minúsculas arañas que tejían redes entre las ramitas de la orilla.

Llegar al montecito, entrar en él bastaba para convertirnos en legendarios exploradores, arrojados cazadores, o valientes e intrépidos personajes como el mismísimo Tarzán de los monos... Como tenía inventiva fabriqué una pequeña ballesta, con su travesa, su tensor, su gatillo; y con unas afiladas varillitas metálicas como flechas.

Eufórico, tras comprobar su funcionamiento y su eficacia, me fui al monte, a la jungla, en busca de aventuras... Buscaba una pequeña pieza de caza, quizás algo peligroso, algo que valiera un tiro de mi portentosa ballesta... Tras moverme con cautela , despacio y sin ruido, al acecho, por más que estuve quieto largo rato, no he visto nada que se moviera; a no ser una rana verde que saltó entre las ramas de un árbol bajo y no dudé, casi diría que fue sin querer, disparé la flecha-varilla y la rana quedó atravesada, ensartada entre las ramas.-

Me quedé duro.

Si le tenía repugnancia a las ranas y a los sapos, al menos vivos los veía sólo un instante y a cierta distancia; pero ahora tendría que arrimarme y recuperar la flecha, pese a todo no estaba dispuesto a perder una de mis valiosas varillas de metal con un filo tan trabajado, no; para nada. Así que formé de tripas corazón y lo hice, me sobrepuse al asco, tomé al pobre batracio muerto y le saqué la flecha, y allí terminó la cacería, y con el estómago revuelto volví a casa. Nunca volví a tirar ni al blanco con el artefacto, y no supe decir en casa, porque no probé bocado en la mesa, ese día al menos.-

 

VI 

El puente de la vía me queda al oeste. Solíamos venir por varios motivos. Indudablemente tenía su magia. Uno era la pesca. Y de tanto en tanto sacábamos alguna pequeña tararira, tanto para dejarnos con ganas. Si bien bajo el puente siempre había agua, y era bastante honda, no era más que un zanjón, que provenía de una cañada de las cercanías y que solo traía agua cuando llovía, que a su vez volvía a formarse cañada más adelante en el bajo, antes del puente del camino, y así sucesivamente.

Una vez, estando en primer o segundo grado, un compañero, más grande y muy corajudo ya de pequeño, porqué después estando él siempre era el líder de nuestro grupo; me convenció que lo acompañara a la casa de uno de nuestros compañeritos de la escuela que vivía en la zona rural. De ida fuimos por el camino, pero de regreso dispuso que regresáramos cruzando el bajo, a campo traviesa.-

El asunto es que había llovido hacía poco y la cañada tenía agua y si bien corría bastante no parecía honda. Además era como una maraña cruzada de pequeños zanjones y se podían pasar pisando los islotes que formaban. Todo a pequeña escala. Pero a poco era más ancha de lo esperado y más correntosa. Los pequeños canales se hacían difíciles de sortear, y un par de veces caímos y trepamos. Además yo era más chico y se me hacía difícil.

El no hablaba de volver.

Era aguerrido.

Pero sentí realmente miedo y tuvimos momentos difíciles, hasta que finalmente pasamos lo peor, terminamos volviendo a casa, mojados y temblando. No sé a él, porque era muy corajudo, pero a mí no se me borró nunca el miedo que pasamos aquel día.

 

VII 

Ir por la vía hacia el puente era de por sí un paseo.

Tratábamos de caminar haciendo equilibrio por los rieles y pisar sólo de tanto en tanto el suelo para mantenerse, ya que los durmientes hacían desparejo el piso, además llevaba una zanja de desagüe cada dos durmientes a un lado y a otro alternativamente. Por lo que caminar requería atención y un paso coordinado.

Aunque para nosotros era un juego.

A la izquierda había un viejo aserradero, con una playa llena de grandes troncos, o piezas de madera, que llegaba hasta el borde de la vía. A la derecha había una excavación profunda, de donde sacaban tierra arcillosa para la ladrillería. Esta era la misma que correspondía a la casona de los grandes eucaliptos. Era frecuente que aquí viniéramos a bañarnos en los días de calor, especialmente a la siesta.

Todos sentíamos temor a que llegara la gente de la ladrillería, aunque estaba la cava al borde de la vía y además no hacíamos ningún daño. Nos bañábamos desnudos, y sabiendo lo vulnerables que quedábamos, dejábamos la ropa muy a mano, aunque salir del agua no era fácil ya que era barrancoso y la arcilla de por sí resbalosa.

En una de esas, en lo mejor del baño refrescante, sentimos el galopar de caballos y un griterío que asustaba. Verlos y tenerlos encima fue todo uno. Cada cual salió como pudo manoteando la ropa y cruzando el alambrado, y por las dudas correr a más no poder...

Nos vestíamos mientras corríamos. Tampoco era para tanto. Ellos no habrían estado más que divirtiéndose, pero nadie se quedó a averiguarlo. Había un chico nuevo en el grupo. Siempre estaba muy bien vestido.

Cuando todos nos juntamos en el paso a nivel él aún estaba desnudo con las ropas en la mano, temblaba de miedo, además había dejado el sombrero al borde del agua, y decía llorando que no podía volver a la casa sin el preciado sombrero. ¿Volver a buscarlo?... - ¡Ni locos!,- y el grupo se disolvió mientras él aún no lograba vestirse...

Quedé con él, y él allí firme, temblando; encima yo lo había invitado...

- ¡Bueno, vamos! – dije en un arrebato cargado de súbito coraje…

Y nos volvimos los dos solos. ¡Además los ladrilleros no iban a estar allí esperándonos! La verdad es que no podíamos estar seguros si se habían ido, porque el borde de la cava tenía una zona de arbustos, que nos impedía ver hasta que la trasponíamos, y ahí ya estaríamos adentro...

Pero sí, media docena de chicos y no tan chicos, estaban con sus caballos aún allí. Nos quedamos un momento duros, luego usé mi salvoconducto, que esperaba me sirviera: Yo era conocido de ellos, al menos de algunos. Así que me animé y les mostré el sombrero en el suelo, y le dije que era de mi amigo, y que veníamos a buscarlo.

No hicieron gran cosa, así que alcé el sombrero, los saludé con el sombrero mismo, y rápidamente me volví alcanzando a mi compañero, que ya se me había adelantado bastante, y estaba en medio de la vía; y aliviado, me vine riendo porqué yo creía, que no teníamos que haber disparado de ese modo.-

Al fin me había portado como un pequeño y valiente quijote.

 

VIII 

Más adelante había sendas ladrillerías a ambos lados, y aún más adelante el puente. El puente era de hierro, y ladrillos, de cuando hicieron el ferrocarril. A veces veníamos a bañarnos, aunque yo siempre conseguí zafar porqué me daba miedo. Otras a pescar. O solamente a divertirnos. Pero el lugar era fascinante. El terraplén bajaba en un declive abrupto, con tortuosos caminitos que bajábamos a trompicones, entre tupidas matas y verdes plantas de ombúes nudosos.

A los costados había chacras sembradas.

Una siesta de domingo, muy calurosa, mientras el pueblo quieto y somnoliento, descansaba de los sudorosos días de la semana; nosotros, media docena de compañeros, llegábamos una vez más de excursión al puente. A lo lejos, un horizonte azulado y difuso, que el calor hacía reverberar, se veía como a través de un cristal ondulado y movedizo; mientras el silencio que nos envolvía contenía un mundo de pequeños zumbidos, chirridos y silbidos, propios del verano y de la hora, en que imperaban las chicharras y los pequeños insectos.

Nos sentíamos felices por estar allí; libres, aventureros, ansiosos…

Unos bajaron del terraplén antes del puente, y otros lo traspasamos, bajando al otro lado de la ancha y lagunosa poza, repartiéndonos así las orillas de pesca.

El más corajudo lideraba como siempre las acciones. Atento por encontrar en qué demostrar su liderazgo, además de tener una inclinación a vencer obstáculos o pequeños peligros.

Se le ocurrió venir a nuestra orilla, atravesando el estrecho pero profundo curso de agua que bajaba a la cañada; sosteniéndose sobre el alambrado, aunque faltaba algún poste, y los hilos sólo unidos por las varillas, se balanceaban peligrosamente a medida que avanzaba. Llegado a la mitad, el alambrado se volcó aún más, haciéndole casi tocar la espalda en el agua, lo que lo obligó a apoyarse pisando un trozo de tronco medio podrido, que flotaba junto a camalotes y deshechos, y la correntada empujaba, manteniéndolo contra lo que quedaba del inestable tendido…

El tronco, que era en parte hueco, se hundió en la punta que pisaba, y de la otra comenzaron a salir víboras en cantidad, tan asustadas como él, subiendo a los camalotes y palos, y otras nadaron zigzagueantes buscando la costa más cercana.

Gritamos o saltamos, y corrimos, no recuerdo bien. Sé que después nos organizamos y entre todos lo ayudamos a salir.

Era el precio que a veces le tocaba pagar. 



IX 

A veces cuando no tenía clases y en casa me permitían, llevaba a mi hermano menor a que me acompañara. Una mañana de sol pero con mucho viento, volvíamos a casa ya cerca del mediodía, embelesados con el ondular de las cañas y el silbido de las ramas, con los mechones de hojas flameando hacia el sur, por efectos del fuerte viento norte.

Un silbido me pareció más fuerte y me volví, justo a tiempo para ver casi encima nuestro, la tremenda mole de la locomotora del tren de pasajeros, que nos pitaba seguramente desde hacía rato, resoplando vapor y humo negro. Empujé a mi hermano violentamente a un costado, y yo alcancé a saltar al otro, y desde el suelo vimos pasar a un metro, semejante monstruo, con su diabólico movimiento de cigüeñales y de bielas, entre quejidos y bufidos de horrenda bestia metálica.- Sentados vimos como se alejaba el último vagón, en una humareda y pitidos anunciando como siempre, que estaba llegando una vez más.

No hablamos en todo el camino, y el susto no se nos iba por mucho tiempo. No podíamos creer de lo que nos habíamos salvado. De esto ni una palabra en casa, no sea que nos merme el permiso para volver otro día.

 

X 

De todo esto me voy acordando mientras camino lentamente por la vía, o lo que queda de ella, mirando absorto el piso, los desagües borrados, los rieles semiocultos en el yuyo, los durmientes que sólo asoman alguna esquina de tanto en tanto, me paro antes de llegar al puente, me acuerdo de la excavación y me cuesta encontrar el lugar donde estaría; una irregularidad del terreno, con las barrancas borradas y cubierta de chañares, todo el terreno aledaño cubierto de ramas, en un verdadero abandono. Por aquí más o menos habrá sido, cuando el tren casi nos atropella.

Me siento un rato y sueño.

Cuando me incorporo veo semi-enterrada contra el borde de un durmiente, una bolita de vidrio de colores, un "bochón", como le decíamos entonces..., y no sé si en serio o en broma, me parece igual al que mi hermano siempre llevada, en el bolsillo de su pequeño "jardinero". - ¿Puede ser? ¡Claro que no! ¡A quién se le ocurre! - Encontrar una bolita así de aquel tiempo, así sin más...

Pero no sé, me quedo pensando en eso, y por las dudas, guardo muy bien el bochón colorido de vidrio, y me pregunto: - Pero; ¿Y ahora, habrá bolitas así?-

Un poco más y llego al puente.

Sigue estando, incluso tiene agua, pero no están los ombúes y un ramerío de espinas cubre los costados del terraplén.- Espinas y cardos y rameríos enmarañados, después de dos o más décadas de abandono.-

No es más que una ruina, nada que ver con aquello.