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lunes, 6 de julio de 2026

Después de la película


 Después de la película

Sergio Borao Llop

El jueves pasado fui al cine con mi amigo Marco. Me había llamado unas horas antes, muy excitado porque en el cineclub de la Universidad ponían El maquinista de la general, todo un clásico. Vimos la película y luego nos quedamos a la tertulia, que tradicionalmente se arma en torno a la emisión del día, aunque ni mi amigo ni yo intervinimos en ella. Solo escuchamos. Se habló de Buster Keaton, del origen de su nombre artístico –nacido de un comentario del gran Houdini-, de la guerra de secesión y de otras películas relacionadas con la que acabábamos de presenciar. Al final todos los asistentes fuimos saliendo lentamente, más o menos, según me pareció, satisfechos con el espectáculo.

Marco y yo nos quedamos unos minutos afuera, cerca de la puerta del local, conversando, aunque no sabría explicar el desarrollo de la conversación ni su contenido. Cabe suponer que nuestras palabras versasen sobre el film, sobre Keaton o quizá sobre alguna otra ocasión en la que hubiésemos ido juntos al cine. Lo que recuerdo perfectamente (casi con un escalofrío ahora al contarlo), es lo que ocurrió al separarnos. Me quedé mirando como mi amigo se alejaba por la calle hacia el sur, en dirección a su barrio. Cuando lo perdí de vista, apagué mi cigarrillo y me dispuse a partir en sentido contrario. Justo entonces, de la pared más cercana (así lo sentí, como si el sonido proviniese del propio muro) me llegaron unas palabras:

- Mucha gente no lo sabe, pero…

Al principio me sobresalté. Después miré con atención en dirección al lugar de donde provenía la voz. Un tipo estaba apoyado sobre la fachada. Apenas me era posible distinguirle. Era poco más que una sombra. Dudé si ignorarle y marcharme o, por el contrario, averiguar qué quería de mí. Opté por lo segundo. Me acerqué dos pasos, hasta estar casi junto a él. Pregunté:

- ¿Nos conocemos?

Tardó en responder. Su rostro se veía oscuro, tal vez debido, en parte, a la barba de tres días, pero era más que eso, como una oscuridad procedente del interior de sus ojos impasibles. Su semblante no reflejaba la menor emoción.

- No. Sin embargo, le contaré un secreto.

Me pareció incongruente que un completo desconocido fuese a contarme algo sin motivo alguno. Seguro que después de su revelación iba a pedirme dinero. Por un momento pensé en reanudar mi camino, pero pudo más la curiosidad.

- Usted dirá, entonces.

Me miró con esos ojos fríos, un momento que me pareció muy largo. Después inició su relato:

- Mucha gente no lo sabe, pero Buster Keaton estuvo a punto de rodar una película aquí, en Argentina.

Me pareció muy improbable, pero podría ser divertido escucharle. Involuntariamente, sonreí. Él siguió narrando con lentitud, imperturbable.

- El maquinista, hoy es un clásico, pero en su momento fue un auténtico fracaso en taquilla. Tras aquel fiasco, y en vista de lo caros que resultaban los rodajes de sus películas, la productora decidió que, a partir de ese momento, Keaton ya no gozaría de libertad absoluta. Durante algún tiempo estuvo rodando películas que a él mismo le parecían indignas de su genio.

- Sí, sabía eso. Lo leí en alguna parte – interrumpí.

- Fue entonces – continuó el tipo sin inmutarse - cuando entró en contacto, no se sabe muy bien cómo, con un magnate argentino, un pez gordo de Buenos Aires, que le prometió invertir en su siguiente film. Así que Stone Face (como ya se le conocía en todas partes) se vino a la Argentina, dispuesto a rodar en cuanto todo estuviese listo.

Pensé que la narración se había terminado, pero solo se trataba de una pausa, no sé si dramática o para tomar aire.

- El millonario puso como condición que parte del rodaje tuviese lugar en la estación Juan Atucha, sus razones tendría y nadie le discutió ese punto. Para Keaton, tan bueno era un sitio como otro, siempre y cuando tuviera una buena porción de pampa que atravesar con su tren… Sí, lo ha adivinado. La cosa iba otra vez de trenes. Buster Keaton era un enamorado de los trenes. En el fondo, ya sabe usted… La vida es un tren que circula hacia alguna parte cuyos contornos no son nunca visibles…

- Y ¿qué pasó?

- Durante un tiempo, Keaton estuvo recorriendo diversas partes del país, sobre todo los alrededores de la estación en la que iba a iniciarse el viaje que tendría lugar en la filmación. Cuidaba mucho los detalles y le gustaba hacerlo todo en persona. Así que, acompañado de un guía local, que a la vez le servía de traductor y de secretario, fue encontrando escenarios en los que desarrollar su idea. ¿Le gustaría conocer la idea que tenía para esa película?

- Por supuesto – repuse. A esa altura ya estaba más que interesado en lo que el tipo me contaba, fuese verdad o no.

- Bien. El tema es el desierto.

Tras esa contundente frase, casi una sentencia, el hombre guardó silencio. Creí que ahora venía el momento en que iba a pedirme la voluntad a cambio de su relato. Yo tenía en la cartera algunos pesos y estaba dispuesto a ofrecérselos con tal de seguir escuchando. Pero no demandó nada. Solo había parado un momento para tomar aliento, repasar en su mente toda la historia o cualquier otra cosa. Luego continuó como si ese breve lapso –que se me hizo interminable- jamás hubiese tenido lugar:

- El tema es el desierto. Un tren va avanzando a velocidad reducida por parajes desolados. Afuera, nada parece suceder. En el interior, una mujer y un hombre conversan desapasionadamente. Poco a poco vamos averiguando que se trata de un matrimonio. Hay fragmentos de conversaciones mientras por las ventanillas va pasando un paisaje yermo. Tan yermo, adivinamos, como la relación que vincula a esas dos personas que conversan, unidas acaso por el amor en otro tiempo, pero ahora enormemente distanciadas. Hablan por llenar con algo el viaje. Viajan por llenar con algo sus vidas. Si hubo ilusión en su pasado, ahora yace tras un alud de años compartidos. El presente, cada una de sus palabras lo confirma, es la nada. Desempolvan recuerdos, comentan el clima, las últimas noticias leídas en el diario. En sus voces no hay futuro. El futuro no existe. Es la laguna muerta de un páramo casi idéntico a aquel por el que el tren va discurriendo. Ocasionalmente, un revisor atraviesa el compartimento. Nada más. Finalmente, el tren llega al borde de un barranco (no se sabe qué hace exactamente un barranco en medio del trayecto ferroviario y, en realidad, no importa) y sin que nadie pueda o quiera evitarlo, se despeña. Esa escena final, por medio de la edición, iba a durar más de un minuto. Más de un minuto ese tren despeñándose, cayendo verticalmente sin visos de llegar jamás al final de su caída (metáfora de la relación de los dos personajes).

El tipo hizo una nueva pausa. Le miré, expectante, casi suplicando que continuara.

- Al final no hubo acuerdo porque el coste de esa última escena era inasumible para el presunto mecenas. Después de esa negativa, Keaton se entrevistó con mucha gente en Buenos Aires y otras ciudades, pero no consiguió la financiación imprescindible. La película nunca se hizo, así que supongo que tampoco en su país le avalaron. Eso fue todo. Un proyecto jamás realizado. Un sueño nomás.

Ahí terminó el relato. Su voz dejó de sonar y él desapareció, como una sombra. Pestañeé un par de veces, pero no había rastro de él. Como si se hubiese esfumado. Traté de recuperar sus rasgos, la seriedad de su rostro, la impasibilidad de sus ojos, pero me fue imposible. La noche se transformó en una escena de cine mudo mientras caminaba hacia mi casa.

Al día siguiente llamé a Marco, muy excitado, para contarle todo lo sucedido. Él me escuchó atentamente. Luego, con un tono de confusión, dijo:

- Ayer no nos vimos. No fuimos al cine. Tal vez fuiste con otra persona…

- No, no. Recuerdo perfectamente que fui contigo.

- Hace casi un mes que fuimos por última vez al cine… Y fue a una reposición de Portero de noche, donde Charlotte Rampling está espléndida, por cierto... Lo estuvimos comentando largamente a la salida…

Guardé silencio. Pensé que, sin duda, Marco me estaba embromando. Entonces añadió:

- Y la última vez que pasaron El maquinista, que yo sepa, fue hace treinta años.

Colgué. Unos ojos inexistentes me miraban desde el recuerdo de una escena que, al parecer, nunca tuvo lugar, o lo tuvo de algún modo que no me es posible siquiera imaginar. Volví a la cama. Traté de dormir. Soñar escenas de cine mudo. Tal vez al despertar el mundo hubiera cambiado nuevamente.

domingo, 11 de enero de 2026

El invisible


El invisible


Cuando Silvia, la mamá de Matías, dijo en la puerta de la escuela:

-Mi hijo puede ver seres invisibles.

Escuché asombrado. Quedé en silencio.

Pasaron días. Seguimos esperando cada cual a sus hijos.

Volví a preguntar. Ella me invitó a que lo comprobara con mis propios ojos. Así que los seguí con mi hija de la mano rumbo a la estación de tren.

Antes de cruzar la calle que separa del acceso a la estación hay un muro alto blanqueado, luego una carnicería situada por debajo de la escalera que eleva los pasos para poder cruzar sobre las vías y acceder a los andenes. Por allí muchas personas desconocidas se entrecruzan a toda hora.

Matías, señaló al hombre sentado sobre un cajón de madera.

Era evidentemente visible. Podía verlo, aunque siendo éste mi camino habitual de retorno a casa nunca antes lo había visto. Observé a la gente que pasaba apurada, que como en un hormiguero entra o sale de la estación. Era invisible. O la muchedumbre fingía no verlo.

Estuvimos un rato haciendo comentarios. Los chicos con una paciencia inusual.
Al final cruzamos.

El hombre parecía un ejecutivo u oficinista caído en desgracia de los que hay durmiendo en las plazas de Barrio Norte o Recoleta. Unos ojos muy claros en un rostro que podría ser galés, escocés, irlandés, quizá celta. Portaba una mirada perdida en lejanías, como buscando un horizonte inexistente.

Sólo le habló a Matías.

El niño y ese hombre casi anciano parecían conocerse desde siempre y no por saludos de minutos a la salida de la escuela.

-Viste que hermoso es Eduardo. -Dijo Matías a su madre.

Sólo la mirada de un niño de 8 años podía transformar a ese hombre arruinado, sucio y seguramente maloliente en alguien hermoso.

En el invierno, Matías le llevó un gorro rojo de lana tejida.

Un día, cuando pasaba por la estación pude verlo por una vez del otro lado del muro. El hombre estaba al costado de la vía de maniobras y saludaba inclinando el cuerpo, quitándose la gorra con una reverencia de caballero antiguo al paso majestuoso de una locomotora. El maquinista le respondió con un toque de sirena de cortesía.

Cada tanto me llegaron noticias. Un día me contaron que llevaba el apellido Casey.
El hombre les había contado que un antepasado suyo pasó de amasar una fortuna con buenos negocios a la miseria. Toda su familia había quedado marcada por ese destino. El mismo lo había perdido todo en la crisis del 2001. Desde entonces eran él y su sombra sobre el muro blanco.

Como suele ocurrir a cada paso que se da en la vida, esta historia quedo inconclusa.
Creo que fue en noviembre. Llegaron unos vendedores de películas piratas, pusieron su puesto allí donde se sentaba el viejo Eduardo Casey, y de un día para otro lo echaron del único lugar que él había elegido para compartir con su sombra a la intemperie.

Matías preguntó, lo buscó por la estación y aledaños. Volvió a ser invisible.

Después finalizó el año escolar, a Matías lo cambiaron de escuela. Cerca de su casa, sin tanto viaje ni estación de tren. Creo que mantendrá por donde vaya su sorprendente sensibilidad para descubrir seres invisibles.