Destiempos
Hace
tiempo que perdí la cuenta de las veces que alguien me acusó de
soberbia, sin más motivo que unas palabras leídas o escuchadas en
alguna parte. Las más de las veces -no deja de ser curioso- fue por
tratar de desenmascarar a cerdos con piel de cordero (en contra del
dicho popular, no son los lobos quienes se disfrazan de cordero, sino
los cerdos. Miles de mujeres de todos los lugares del mundo podrán
corroborar esta afirmación). Nunca me defendí de esas acusaciones:
probablemente no sean del todo infundadas. No obstante, siempre me he
preguntado si esta soberbia que me achacan -y de la que soy culpable-
es realmente un defecto más terrible que la falsa modestia de
quienes lanzan dichas acusaciones. Cuestión de poca importancia es
esta, tienen ustedes razón. Si lo mencioné es porque de algún modo
está relacionado con lo que vine a hacer a esta parte del mundo.
He viajado algo. No demasiado, pero lo suficiente para comprender que un
viaje es algo que sucede dentro de uno, no fuera. Por eso, ahora,
cuando me dispongo a bajar del tren que me ha traído hasta aquí, sé
que el tren, el pueblo, los páramos atravesados, la tierra
amarillenta, los viajeros sonrientes y los viajeros huraños, son
algo que está dentro de mí, que forma parte de mí. Por eso, a
pesar de todo, no tengo miedo.
¿Por
qué habría de tener miedo? se preguntará quien hasta aquí haya
llegado. Pronto iremos con eso. Pero antes deberé explicar los
sucesos que se encadenaron para traerme hasta Indacochea. Y ahí es
donde entra la soberbia.
Sucedió
que un desconocido me envió un mail. Se confesaba argentino y
detallaba la ubicación exacta del lugar donde habitaba, así como
algunas particularidades del mismo. Tras estas formalidades, a las
que presté poca o ninguna atención, de forma amable pero inequívoca
me acusaba de haberle plagiado. Según su parecer, mi relato "La
transición del hielo" se asemejaba sospechosamente a uno que él
había escrito años atrás y cuyo título era "Labio mudo".
Añadía una serie de datos complementarios, tales como fecha de
publicación, editor, etc. Y como colofón adjuntaba ambos relatos,
el suyo y el mío, en archivos de texto separados.
De
entrada me indigné porque la acusación era falsa. Después pensé
que no merecía la pena hacerse mala sangre y borré el mensaje sin
la menor intención de responder a él. No obstante, tras una ducha,
un buen paseo y el posterior descanso a la sombra contemplando los
patos, me pareció que al menos debería leer su relato para saber en
qué se basaba la ridícula infamia.
Y
así lo hice nada más regresar. Recuperé el mensaje (por suerte
siempre me demoro un tiempo en vaciar la papelera de reciclaje),
descargué los adjuntos y leí. Ciertamente, existían un par de
similitudes superficiales, pero nada más. Me pareció tan absurdo
como si el tipo hubiese argumentado que la acción de ambas historias
transcurría en una misma ciudad no inventada. Justamente así -con
cierto grado de ironía- se lo hice saber en mi respuesta (que,
después de todo, no podía dejar de producirse) añadiendo que ni lo
conocía a él ni conocía su obra, por lo que sus acusaciones no
solo carecían de fundamento, sino que eran completamente
descabelladas. También le rogaba que antes de calumniar a otra
persona, en especial si esa persona era yo, leyese con atención y
cautela para, de ese modo, no caer en el error de confundir una cosa
con otra. Creí que mi mensaje era lo bastante severo para que el
asunto quedase zanjado ahí.
Me
equivoqué. Unos días más tarde, llegó su respuesta. En esta
ocasión se trataba de otro relato: "Los días del perro",
que según su versión yo habría convertido en mi "Ópera con
lluvia". El tono del mensaje era seco y pretendía ser hiriente.
Al principio me hizo gracia, la verdad. Pero en cuanto empecé a
leer, me invadió una sensación de desasosiego que en algunos
momentos se teñía de incredulidad. En efecto, ambos relatos se
parecían. No se trataba ya de dos o tres detalles nimios como en el
caso anterior. El lenguaje y el estilo eran diferentes, los lugares
no eran los mismos, los nombres de los protagonistas eran distintos,
pero lo que se contaba en uno y otro difería muy poco. Yo estaba
seguro de no haber leído jamás aquel cuento. ¿O tal vez lo leyese
mucho tiempo atrás y lo olvidase luego, como confiesa Borges en
relación a un cuento de Papini? Eso me hizo pensar en la fecha, que
me apresuré a comprobar.
Mi
confusión no disminuyó al averiguar que en este caso su cuento era
más reciente que el mío. Lógicamente (¿lógicamente?) sospeché
que era él quien me estaba plagiando a mí. Pero entonces -era
inevitable preguntárselo- ¿por qué me acusaba? Pospuse esta duda
para más adelante y contesté al mensaje en un tono todavía más
arrogante que el empleado por mi interlocutor. Le hice notar el
detalle de las fechas y le acusé de ser él quien plagiaba. También
manifesté mi estupor ante sus injustificables acusaciones y hasta
insinué la posibilidad de presentar una denuncia contra él.
Su
posterior respuesta (que apenas tardó un par de días) rebosaba
incredulidad. Jamás -afirmaba- se le había pasado por la cabeza la
idea de plagiar a nadie. Y menos -añadía- a alguien a quien estaba
seguro de no haber leído nunca antes. Obviamente, había algún
error en las fechas -el obviamente quedaba atenuado por el tono
inseguro de algunas otras afirmaciones- pero lo que era seguro
-insistía- era que si había un plagiador -no dejé de notar ese
condicional que significaba una nueva vía de comunicación, ajena
tal vez a la disputa que cabía prever teniendo en cuenta el curso
que estaba tomando todo el asunto- no era él.
Porque
la historia empezaba a cansarme, mi respuesta fue escueta. "Lo
que vale para usted -escribí- vale para mí. Yo no plagio. Tal vez
sí me haya leído antes y no lo recuerde" -brevemente introduje
la anécdota de Borges y Papini- "En cualquier caso, le rogaría
que retirase ese cuento que tanto se parece a mi "Ópera con
lluvia" de la web donde se publicó. Atentamente."
Pasó
una semana y creí que todo se normalizaba. Además, otros asuntos
más agradables habían ocupado mis horas en esos días y tenía el
tema bastante olvidado. Hasta que llegó el siguiente correo. En él
se hacía referencia a otros seis cuentos (tres suyos y tres míos).
Su "Endiablado fagot" era calcado a mi "Musa
abandonada", salvo por el estilo, naturalmente. En los otros dos
casos, los cuentos eran aparentemente distintos, pero poniendo
atención a sus símbolos y al significado oculto, no quedaban dudas:
Unos eran clones de los otros. Pensé que el tipo trataba de tomarme
el pelo; pensé que lo hacía simplemente por aburrimiento; luego
pensé que estaba loco y que mejor sería olvidarse de todo ese
embrollo. Tomé un analgésico y me puse a navegar por Internet,
tratando de borrar acaso la desagradable sensación que me había
dejado la lectura de aquellos cuentos.
Después
de un rato leyendo noticias increíblemente parecidas a las noticias
del día anterior y del mes anterior (crisis económica, corrupción,
tornados, USA planeando bombardear algún país, mucho deporte
–eficaz antídoto contra el nocivo vicio de pensar– y más
corrupción), sin darme cuenta puse el nombre del tipo en el buscador
y comencé a adentrarme en su mundo. Comprobé que muchos de sus
relatos habían sido publicados en revistas electrónicas o en
páginas de contenido literario. Leí uno al azar, por puro
aburrimiento (o eso me hice creer entonces). Ya sin sorpresa, fui
redescubriendo mis propios relatos en los de aquel desconocido. Leí
durante horas. Creo que ya sólo me movía la curiosidad de saber si
ese reflejo era infinito, el anhelo de hallar un relato que rompiese
ese patrón. No sucedió. Pensé (quise pensar) que alguien dijo –o
escribió- en una ocasión que todo ya había sido escrito y ahora
solo reescribíamos; que tal vez, después de todo, la originalidad
no existe. Pero todo fue en vano. Se apoderó de mí una intensa
tristeza, y melancólicamente me dije que también eso era un
reflejo.
Rescaté
entonces el mensaje original del desconocido y lo leí con atención.
En él narra que vive en un lugar llamado Indacochea, en la provincia
de Buenos Aires. Lo llama lugar, -aclara- porque "tal vez pueblo
sea un término exagerado para definir esos escasos edificios bajos y
esa estación abandonada". Dice que habita una casa de dos
plantas que no comparte con nadie. Que las pocas personas que hay por
allí se dedican a pescar. Pero él no pesca ni hace nada. Salvo
escribir. A veces. O sentarse a la orilla del Río Salado y pensar. O
simplemente contemplar las aguas y las riberas mientras transcurre el
tiempo que se lo va llevando, igual que la corriente se lleva las
ramitas que en él flotan río abajo. De su explicación se desprende
la idea de que habita un desierto que es más grande que el nombre
que lo define.
Yo
vivo en una gran ciudad que se asemeja pavorosamente a un desierto.
Escribo o me siento a la orilla del río Ebro a contemplar las aguas
y los patos. Mientras el tiempo fluye. Al leer me doy cuenta: No
somos dos personas diferentes, sino una misma persona viviendo dos
vidas paralelas en lugares distintos. ¡Cómo no íbamos a escribir
lo mismo, aunque de otro modo!
Mandé
un mail expresando estas ideas un tanto confusas. Fui tajante. Había
que solucionar esto de un modo u otro. "Sería conveniente
(eufemismo que muy bien podría cambiarse por imprescindible)
-aclaré- que nos viésemos. Allá o acá. Donde sea". El habló
de la completa imposibilidad de emprender un viaje. Imposible para él
conseguir la plata necesaria para el pasaje de avión. Demasiados
kilómetros…
Mi
dificultad no era menor; la única diferencia era mi resolución para
zanjar el asunto definitivamente. Conté el poco dinero que tenía;
vendí las dos o tres cosas de valor que me restaban; pedí prestado.
Con todo, pude juntar la plata necesaria. Sabía que nunca podría
devolver los favores ni el dinero, pero ¿qué importancia podía
tener todo eso? Si alguna vez regresaba…
Escribir
no es gratis -pensé mientras hacía el escueto equipaje-. Entraña
un riesgo. Uno puede encontrarse de repente o perderse para siempre
entre esas encrucijadas. Los pensamientos son trenes que se niegan a
seguir el itinerario de las vías. ¿Puede haber algo más peligroso
en estos tiempos?
Y
ahora estoy acá. En Indacochea. La estación quedó atrás. Una
vereda de tierra me conduce hacia donde debo ir. Es como si mi
voluntad, ahora, no contase. Mientras camino no puedo evadirme al
sentimiento de familiaridad que me despierta todo esto. Los árboles
son como los árboles bajo los que alguna vez he paseado; el rumor
del río resuena igual que el río que pervive en mi memoria y que
acaso es la suma o la yuxtaposición de todos los ríos que en mi
vida atravesé o bordeé; los pájaros entonan las mismas melodías
que en otro tiempo escuché...
-El
lector atento no habrá pasado por alto un detalle: Lo que estoy
contando, según las evidencias, sucede hacia los años finales de la
primera década del siglo XXI o los iniciales de la segunda. Pero el
último tren a Indacochea vino en 1977. Dejaré que sea ese mismo
lector quien aclare este modesto entuerto, porque el tiempo ya no me
da para más: Estoy llegando ante la casa a la que me dirijo.-
Me
detengo a unos metros. Respiro profundamente mientras contemplo la
fachada. Una inmensa quietud me rodea. Dejo la maleta en el suelo,
junto al umbral, y golpeo la puerta.
Lentamente,
como las campanas de las iglesias en el toque de difuntos, los golpes
resuenan en la hoja de madera vieja.
Lentamente,
con esa lentitud que sólo es posible en el Sur, la puerta se abre.