KronoX
Sergio Borao Llop
Las
generaciones futuras no recordarán mi nombre (y en el fondo, quizá
sea mejor así), pero yo inventé una máquina del tiempo (a
esta altura, utilizar el artículo la sería –probablemente-
inexacto. Y algo pedante por mi parte). Por otra parte, esta
denominación –máquina del tiempo- quizá tampoco sea del todo
correcta. El lector juzgará una vez conozca los hechos. Sin más
preámbulos, procedo a relatar la historia.
Mi
pretensión, en pocas palabras, era crear un nuevo software, capaz de
recrear el pasado y actuar sobre él. Solo virtualmente, claro (o eso
me decía a mí mismo, pero la esperanza, esa maldita…). Tardé
años en definirlo, en atreverme a postular una ecuación
irresoluble. En el transcurso de mis investigaciones hubo altibajos.
Tan pronto creía haber hecho un descubrimiento asombroso, como me
abandonaba a la desesperación por no sentirme preparado para llevar
a cabo tan magna empresa. Una de esas veces, en medio de la fiebre
nocturna, producto, sin duda, de una indigestión, soñé o imaginé
que el viaje podría ser real y tener lugar en un único
sentido –al pasado- y solo una vez. Es decir: sin regreso.
Al
día siguiente, sin embargo, no me atreví a reírme de tal
disparate. Algo había en mi planteamiento –algo que no era capaz
de recordar y, no obstante, me corroía por dentro. Aun así, no
quise pensar más en ello: Tener una única oportunidad me pareció
estadísticamente arriesgado. Ese fue un inconveniente que no supe
solventar en la vigilia. El desánimo de esas horas posteriores
estuvo cerca de hacerme desistir. Luego, pensé que no tenía derecho
a renunciar. Tal vez con base en mi proyecto, me dije, alguien
conseguiría solucionar ese defecto formal. (Entonces era joven e
irresponsable. Lo sé ahora. Solo descubrimos eso cuando ya es tarde.
Un motivo más para implicarse en la invención de mi máquina).
Pero
la amargura no desapareció. Durante unos meses, el vodka y los
antidepresivos fueron mis más cercanos compañeros. Con ayuda de una
mujer cuyo nombre y rostro (me avergüenza confesarlo) se mezclan en
mi memoria con otros muchos nombres y rostros, de otras muchas
mujeres, todas ellas memorables sin duda, conseguí salir de ese vil
estado y retomar mi trabajo.
Comento
ahora otro punto sobre el que medité mucho: El ser humano es capaz
de darle un mal uso al mejor de los inventos, es sabido. La Historia
lo atestigua sobradamente. ¿Debería eso detenerme? La respuesta
lógica, racional (más aún si lo pienso ahora, cuando ya nada tiene
remedio), hubiera sido: SÍ. Pero el deseo del inventor es
impermeable a razones que le alejen de su objetivo. De nada sirve
pensar en Hiroshima.
Así
pues, emprendí la tarea. Fueron años de caos, esfuerzo, dedicación,
fiebre, noches en vela, soledad (porque hube de alejarme de todo
cuanto pudiese distraerme de mi meta), multitud de preguntas cuya
respuesta sabía informulable, fracasos, depresión y cansancio. Pero
lo logré.
Antes
de continuar escribiendo este relato de los hechos –o cualquier
otro, en cualquier otro lugar-, debería hablarles de la máquina,
detallar su funcionamiento, explicar las fases de su construcción…
Pero no lo haré. No sé si esta omisión es una especie de escudo
ante mi mala conciencia, aunque de sobra sé –ahora- que nada me
justifica. Esta narración solo es informativa. Ni espero ni deseo
ser perdonado o comprendido. El perdón o incluso la tolerancia ante
mis actos, lo confieso, me parecería injusta.
Voy
pues, a los hechos: El día señalado llegó. El momento definitivo
–eso creía yo en mi ingenuidad. Me coloqué el casco, programé
una fecha y un lugar y presioné el botón Play.
Ese
instante se eternizó. Cerré los ojos, asustado, esperanzado,
ansioso. Muchas imágenes pasaron por mi cabeza. Muchas posibilidades
entrecruzándose, como trenes en la estación de una metrópoli.
Respiré hondo y abrí los ojos.
Había
funcionado.
Estaba
en el lugar y tiempo programados. Con precisión cronométrica. Para
esta primera prueba, es obvio, había buscado una fecha lo más
próxima posible y un lugar conocido: El día de ayer, en mi taller.
En la pared oriental, el reloj marcaba la hora exacta que yo había
previsto. Podía moverme, tocar los objetos (el tacto de la mesa me
resultó extraño, como si en lugar de madera se tratase de plástico
o algún material sintético), oír los sonidos provenientes de
afuera. También sentía los diferentes olores. Sopesé tomar un
trago de agua; la botella estaba ahí, sobre la nevera. Pero no me
atreví. El deseo fue más débil que el miedo. No sabía qué podría
ocurrir (Durante la ejecución del programa, uno no es consciente de
estar viviendo una simulación. Esa agua, para mí, era real. Pensé
que beber de ella podría acarrearme algún efecto secundario
indeseado). Solo fue un acto instintivo, irracional. Seguí
moviéndome por la sala. Reconociendo los objetos. Algunos de ellos
estaban marcados (para comprobar si la simulación funcionaba, había
señalado con tiza roja algunas cosas y luego las había cambiado de
sitio) y ocupaban el lugar donde ayer mismo habían estado. Lo
maravilloso era la sensación de realidad. Me asomé a la
ventanita y pude contemplar el paisaje ya conocido, solo un poco
ensombrecido por las nubes (ayer estuvo nublado todo el día, aunque
no llovió), pero tan nítido como en cualquier otro momento. Después
de un rato dando vueltas por toda la habitación, satisfecho y
moderadamente feliz, decidí regresar (por así decirlo).
Me
quité el casco, abrí los ojos. Fui a la nevera y descorché la
botella de champán. Es triste beber solo, ya se dijo. Pero me sentía
eufórico. A la embriaguez por el descubrimiento, se unió la otra,
más concreta: la etílica. Terminé tirado en el sofá, en una
posición ridícula e incómoda. En medio de la exaltación y las
burbujas, yo tenía un algo removiéndose en mis entrañas y no sabía
qué. Lo achaqué a la emoción del momento y me dormí, entreviendo
con detalle una sala de variedades parisina que jamás había
visitado.
Repetí
el experimento varias veces, siempre satisfactoriamente. Al principio
fueron “viajes” (los llamo así porque no se me ocurre otra
manera mejor) cortos: Unos pocos días atrás, lugares cercanos. Como
si esa prudencia fuese necesaria. Como temiendo perderme y
previniendo ese azar mediante la proximidad geográfica y temporal.
Poco a poco, previsiblemente, extendí el campo de mi experimento.
Quise ir cada vez más lejos, tanto en el espacio como en el tiempo.
Visité (¿de qué otro modo llamarlo?) Rosario a finales del
siglo XX, cuando el Museo de Arte Contemporáneo todavía no estaba
ahí. Cuanto más lejos iba, más extraña era la sensación
que experimentaba dentro de esa realidad virtual. Cada una de estas
recreaciones era como una victoria. ¿Una victoria sobre el tiempo?
Creo que mi vanidad no era tanta. Más bien me sentía un jugador
inmerso en una partida que no terminaba de comprender. Y ganaba
siempre. Embriagado por el éxito, me planteé retos cada vez más
difíciles. Fui a Mendoza meses antes de la construcción del
Arco del Desaguadero. Y en efecto, no estaba. A Buenos Aires hacia
finales del siglo XIX, cuando aún no existía la Avenida de Mayo.
Yo
esperaba que al irme alejando en el tiempo, y teniendo en cuenta que
los datos suministrados al programa eran, en muchos casos, fotos en
sepia y documentos sacados de archivos municipales, no del todo bien
administrados –es el caso decirlo-, los objetos, los lugares, irían
perdiendo nitidez. Es decir: Se verían como en esas fotos y esas
descripciones. Pero (esto debió alertarme) no era así en absoluto.
Todo era como debió ser en realidad. Algunos edificios, algunas
esculturas, hoy corroídos por la erosión implacable, se veían
nuevos, radiantes, en la recreación. Mi juguete cada vez me
emocionaba más.
Una
tarde de 1876 me encontré paseando por Barcelona. La Sagrada Familia
aún era un proyecto en la mente del gran Gaudí. También me
aventuré en París, en New York, en Londres, siempre buscando fechas
anteriores a la construcción de edificios o monumentos emblemáticos,
solo por el placer de ver cómo fue aquello antes de ser como es
ahora (si es que aún puedo pronunciar la palabra ahora sin cometer
un terrible anacronismo). Mi ambición me llevó a Granada en el
siglo XII, Pisa en el XI y hasta la China anterior a la Gran Muralla.
Me sentí colmado. Salí del taller y me di cuenta de que llevaba
allí encerrado más de un mes, comiendo mal y durmiendo peor. Pero
era feliz.
Decidí
dejar de lado mi pasatiempo, al menos durante unas semanas. Ver a
unos pocos amigos, salir con una mujer, distraerme. Fue en vano: Dos
días más tarde estaba de nuevo sentado en el sillón de terciopelo
rojo, con el casco en mi cabeza y viviendo momentos de otro siglo y
otro lugar. Me había vuelto un adicto.
Entonces
recordé –cegado por la euforia, había llegado a perder de vista
el objetivo principal- el motivo que me empujó a emprender este
proyecto.
Los
hechos capitales en la vida de todo ser humano son pocos. El
descubrimiento del amor, la primera visión del mar, la pérdida de
un ser querido, un éxito de tipo deportivo o social… En la mía,
el hecho trascendental fue una despedida. Ocurrió en el año 1960,
en la estación José Ramón Sojo, cerca de Saladillo, en la
provincia de Buenos Aires. Era invierno o así lo he recordado
siempre. Ahora ya no sé qué pensar. Ni sé si invierno y verano son
conceptos diferentes. Ella (una mujer, sí; no podía ser de otro
modo. Ya lo dijo Aristóteles) se llamaba Natalia y durante los
cuatro años anteriores a ese momento crucial había ocupado cada
minuto de mi vida y también de mis pensamientos. Por ello, su marcha
me resultó inconcebible. Como un mal sueño del que muy pronto iba a
despertar. Desde entonces habían transcurrido más de cuarenta años
y la pesadilla continuaba.
Otro,
tal vez, se hubiese abandonado a la locura. Yo, en cambio, diseñé
una máquina para reparar ese instante del pasado. Si se mira bien,
quizá ambas cosas vengan a ser equivalentes, después de todo. Ese
fue, es preciso contarlo –por más que la vergüenza me oprima al
confesarlo-, el único objetivo de mi invención.
Al
pensar con espíritu crítico en ese olvido, no me fue difícil
llegar a la conclusión obvia: No es que hubiese olvidado el porqué
del experimento. Simplemente, había ido posponiendo el viaje
importante. Por miedo, sin duda. Tememos enfrentarnos a nuestros más
fervientes deseos, casi tanto como desafiar a nuestras fobias
crónicas. Mientras visitaba otras ciudades y otras épocas remotas,
mientras me maravillaba ante la visión de lugares que ningún otro
ser humano vivo había podido contemplar, ese invierno de 1960 y esa
estación casi jubilada (un año después –si la palabra año
todavía significa algo para mí- dejó de utilizarse) estaban
siempre ahí, esperándome. Como la musiquilla pertinaz que siempre
retorna y nos acompaña, sin que acertemos a recordar dónde la oímos
o a que hecho va asociada.
La
partida de Natalia fue más dolorosa porque me quedó la sensación
de haber podido hacer algo para evitarla. No pensé entonces (lo
repito, era joven, era inexperto) que tal vez se fue solamente porque
ya no encontraba ningún aliciente en nuestra relación. Más bien
creí que todo fue culpa mía y, de haber actuado de otro modo, las
cosas se hubieran arreglado y la tan amarga separación nunca hubiese
tenido lugar. Por eso, debía volver. Para saber. Siempre queremos
saber, encontrar una respuesta, aun cuando sepamos que esta no va a
ser satisfactoria. Me obsesioné con esa idea en el pasado. Después
no sé. Quizá simplemente actuaba por inercia. O por obstinación.
Había
llegado, pues, el momento: Con ansiedad, con temor, introduje la
fecha y las coordenadas de la estación. Pulsé el botón. Esperé.
Abrí los ojos. Natalia estaba a pocos pasos, mirándome, como
extrañada.
Sentí
que estaba de nuevo allí. Reviviendo –en toda su magnitud- el
momento atroz de la despedida. Me acerqué a ella, pronuncié algunas
palabras –imposible recordar cuáles desde este presente borroso,
si presente es
la palabra, si recordar es
el verbo-. Ella –igual que entonces- meneó la cabeza a izquierda y
derecha un par de veces. En sus ojos se apreciaba el dolor producido
por esa negativa inevitable. Regresé. Abatido, con el peso de los
muchos años transcurridos oprimiendo mi corazón. Desolado. Bebí,
dormí. Después amaneció y volví a intentarlo. El resultado fue
idéntico. Aplaqué mi decepción con otros viajes, pero cada mañana
volvía a ese invierno, a esa estación, a Natalia negando, al tren
moviéndose, lento, sobre las vías, iniciando el viaje sin retorno.
El
dolor por esa separación multiplicada no me dejó ver, al principio,
otro detalle más atroz. En alguna parte había leído que todo acto
conlleva consecuencias que ni alcanzamos a sospechar. Yo había
actuado, sin saberlo, de forma imprudente. Pronto iba a darme cuenta.
El
primer indicio me causó perplejidad. Fue en una cafetería, a media
tarde. Estaba leyendo el periódico cuando mis ojos se posaron en una
imagen: Era París y el lugar de la Torre Eiffel estaba ocupado por
un edificio de ladrillo claro. Alrededor todo tenía unos colores
mortecinos. Parpadeé un par de veces, incrédulo. Examiné la foto
con atención. No había dudas: Ese era el sitio de la Torre y no
estaba. Supuse que se trataba de una imagen trucada; ahora todo el
mundo maneja programas de retoque fotográfico. Pero ¿en el diario?
No me quedó otra que leer todo el artículo, para averiguar el
motivo de esa usurpación. En vano. No había allí la menor
explicación. Me encogí de hombros. Ni siquiera me dio por pensar
que yo tuviese algo que ver con tal misterio.
Unos
días más tarde, escuché una conversación en el metro. Eran dos
hombres y hablaban en voz muy alta; era imposible sustraerse a sus
palabras. Todo el vagón fue testigo de la discusión. Esta versaba
sobre política y en ella se mencionaba el nombre de algunos
dirigentes de países vecinos. No reconocí ni uno solo. Tampoco esto
me pareció relevante, porque no suelo prestar mucha atención a las
noticias relacionadas con asuntos políticos. No era extraña mi
ignorancia acerca de tales nombres. Pero mentiría si afirmase que
ese desconocimiento no me causó cierto desasosiego. Podría ser
simple desidia, pero tal vez otra cosa. En mi estómago se cocía una
verdad que no estaba dispuesto a admitir sin resistencia.
El
hecho definitivo, el que me abocó a esta sinrazón que hoy es mi
vida, fue algo en apariencia trivial: Marqué el número de mi amigo
Celso, a quien llevaba tiempo sin ver, y una voz agria me respondió
que no había allí nadie con ese nombre. Revisé mi agenda. Volví a
marcar, uno a uno, los números allí anotados. Con sumo cuidado,
para no equivocarme. La misma voz. Esta vez acompañó la negativa
con un insulto. Desistí. Conjeturé un cambio de número, nada más
lógico. Llamé a información telefónica y pregunté: Nadie así
llamado tenía vinculado un número de teléfono en toda la ciudad,
ni siquiera en la provincia. ¿Deseaba consultar la guía nacional?,
me preguntaron. En otras circunstancias, me hubiese mostrado irónico
y dudado de la eficiencia del operador que me suministró la
información, tal vez hubiera insistido o vuelto a llamar, por ver si
esta vez daba con un telefonista más eficaz. Pero de pronto, la
verdad me explotó en pleno rostro: En mi ventana, el paisaje no era
el de siempre. No supe precisar qué era, pero no hizo falta: Algo no
era igual, algo había cambiado. Las imágenes, las palabras, se
agolparon en mi cabeza. Esta realidad ¡cómo admitirlo! era otra.
Salí
a la calle, poseído por la fiebre. A causa de mi despiste, no me
había dado cuenta antes, pero era cierto. Nada estaba en su lugar.
Me pregunté cómo, cuándo, qué… pero ni siquiera atinaba a
formular las preguntas. Todo era demasiado inverosímil. Un tipo que
no reconocí me dio un abrazo en la entrada a un pasaje que nunca
había visto. En un cine daban Terciopelo azul, pero en los carteles
el director no era David Lynch. Recorrí la ciudad hasta el
cansancio. Quizá era solo eso lo que buscaba: Agotarme hasta caer
rendido, evitando así el caos reinante en mi mente.
Caminé
y bebí. Hice preguntas estúpidas, solo para comprobar que las
respuestas no eran las ya conocidas por mí. En algún momento quise
creer que todo era un complot de mis conciudadanos para volverme
loco. Llegué a casa -¿De verdad podía aún llamar casa a algún
lugar?- y me dejé caer en el sofá.
La
frontera entre el mundo virtual y el llamado, tal vez erróneamente,
real, es más fina de lo que jamás hubiésemos sospechado. Sabemos
que son posibles múltiples mundos virtuales, por así llamarlos.
Pero nunca imaginamos que pudiesen combinarse o invadir el mundo
real. Yo ¡irresponsable! lo había hecho. Al despertar lo vi claro.
Cada recreación erigía una nueva realidad -o una nueva ficción,
ahora ambos términos vienen a ser sinónimos- y yo iba saltando de
una a otra sin percibirlo. Me pregunté si en verdad estaba mirando
el río desde mi ventana o permanecía sentado en el sillón, con el
casco puesto y buscando una salida.
Desde
entonces –y ahora la palabra entonces ha perdido su
significado, lo mismo que la palabra ahora- vivo recreando esa
escena ocurrida en la estación, sin impaciencia, porque la verdad
desplegada ante mis ojos –la coexistencia de múltiples vidas (o
reflejos)-, me dice que hay una esperanza. Y sueño con Natalia
cambiando ese gesto de negación. Sueño su sonrisa y su mano
aferrando la mía, sus palabras diciendo que todo es aún posible,
sueño ese tren partiendo sin ella…
Solo
una cosa me inquieta: Si eso llega a suceder, ¿Tendrá esa Natalia
algo que ver con la original? ¿Será la misma de quien tanto tiempo
estuve enamorado? Y yo mismo: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Soy
acaso aquel que sufrió la decepción y el abandono? ¿El autor de
estas líneas? ¿La misma persona que proyectó la máquina? ¿O solo
el fantasma de alguien, vagando por dimensiones infinitas y
haciéndose preguntas sin respuesta?