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miércoles, 8 de julio de 2026

Patricios, sin tren

Patricios, sin tren

Gabriela Delgado

"Pienso que al fin ha llegado el momento
de decir adiós a algunas presunciones,
de alejarse tal vez y hablar otros idiomas
donde la indiferencia sea una palabra obscena..."
Mario Benedetti


Se asoma un rayo de sol por el ojo de una chapa perforada.
Ilumina un viejo galpón, donde hasta no hace tanto
se construía la historia de un pueblo.
Sin un antes, apareció un camino. Líneas de acero y humo.
Prometió semillas de futuro y germinó la vida.
En torno al galpón, a la estación y a las esperanzas.
Los brazos se hicieron fuertes a fuerza de yunque y brasas,
a costa de días ardientes y noches heladas.
Trabajo de soles y lunas, círculo incansable
reparando el corazón de cada máquina.

No hace tanto la última locomotora
partió llevándose a la fuerza el futuro.
Se apagaron las brasas, se enfrió el sudor.
Los fantasmas del olvido se instalaron.
Restos de engranajes atestiguan que allí hubo vida.
Hoy esqueletos del pasado.
Un pueblo de piedra mira el horizonte derretido de ira,
esperando que la llegada de una máquina les devuelva el viento.
Pero... ¿a quién le importa si pasan los días,
las semanas, los años? El pueblo sigue de piedra,
las manos vacías, la mirada herida. No son noticia.
Pero se mueren de a poco, faltos de camino.
Sin un después, destino trunco, abandonado.


Patricios, sin tren II


Codicioso reloj de pared
que aprisiona puntualmente cada hora
en la siesta fantasma del pueblo.
Son manos de piedra y esfuerzo
las que se ocupan de mantenerlo latiendo,
pese a que hace tiempo decretaron su muerte.

Cada paso del minutero hacia adelante
resiste la soledad de la añoranza.
La estación sigue coleccionando ausencias,
apilando averías, cobijando recuerdos,
mientras el tren, que parece estar más allá de la curva,
atrasa tanto que no llegará nunca.

Es cada paso que retrocede en la historia
que, color sepia, dibuja tiempos mejores.
Fiebre en el andén, de impecable uniforme.
Ileso el corazón de Patricios
sigue mascullando su tic tac,
sosteniendo en pie a un pueblo
que cuida su historia, rehén de inútiles vías.


Patricios sin tren III


Llega la primera escarcha sin brasas.
El taller predice un insondable silencio.
Entumecidas las manos, sin herramientas.
Encorvado el pueblo por el peso de la sentencia.
Cada uno la suya, mártires de la incoherencia.
Tan pequeño el pueblo sin su alma,
sin su tren, sin su galpón, sin sonido de rieles y ruedas.
Hasta el reloj ha cambiado la marcha de su tiempo
y su partitura suena a olvido, a miedo.

Ajados los sueños de antaño, Patricios se recupera.
Ya no hay pasajeros en su andén, es cierto, pero la estación florece.
Florece de memoria y esfuerzo. Rescata el futuro.
Ya no hay tren, es cierto pero el pueblo palpita
sembrando proyectos nuevos.
Hace de su estación el imán de su arraigo,
de su identidad, de su fuerza.
Se ramifica como enredadera
en cada visitante que involuntariamente captura
en la telaraña de su hechizo, en la red de su leyenda.

miércoles, 1 de julio de 2026

Esa gran patada al futuro

Esa gran patada al futuro


Eduardo Francisco Coiro


El tío abuelo de Kalman bajó en Polvaredas de "El pampeano" a las 0.35 del viernes 26 de septiembre de 1947. Al día siguiente era su cumpleaños número 58.

Unos minutos antes el tren había salido de la estación Atucha. El tío no podía conciliar el sueño. Miraba por la ventanilla ese cielo tremendo tan diáfanamente estrellado. Tan derramado en estrellas sobre un campo que se parecía al infinito.

El tío tenía como objetivo ver loteos después de la estación 9 de julio, había sacado pasaje hasta Mirapampa pero pensaba bajarse donde viera anuncios de lotes en venta. En un parpadeo se borró en sus ojos la continuidad del paisaje de cielo a campo que venía admirando. Cuando abrió la ventanilla recibió en su rostro el golpe de esa nube de polvo con brillos de la que no se olvidaría jamás.

Era polvo con brillos -como de luciérnagas- que se encendían y apagaban velozmente. Quizás era polvo de estrellas que impactaban en una velocidad incalculable en relación a la marcha del tren.

El tío se atemorizó. Cerró la ventanilla. Pensó que quedaría ciego pero tras unos instantes su vista se volvió normal. Afuera la nube oscura con estrellas siguió unos parpadeos más, y de golpe de nuevo la noche estrellada, ni rastros de esa polvareda. Fuese lo que fuese lo que había rodeado al tren había desaparecido.

Miró al interior del vagón, los pasajeros dormían o no habían notado nada anormal en ese transcurrir del tren.

Algo que no supo explicar bien le dijo que tenía que salir de ese tren lo antes posible. En la primera estación en que el tren se detuvo tomó su pequeña valija y bajó. Casi al pie de los peldaños vio dos hombres que se aprestaban a subir. "No suban. Este tren esta maldito" les dijo con ojos seguramente desorbitados por el miedo.

No sabe si les habló en un español que no manejaba bien o en su lengua madre polaca.

La cuestión es que los tipos lo miraron como si fuese un borracho trasnochado y subieron por los mismos peldaños que el tío había pisado instantes antes para sentir la solidez del andén.

El asombro del tío siguió cuando al verse en el espejo de la sala de espera vio su cabellera tiznada de polvillo. Se sacudió y así fue como descubrió sus pelos poblados de canas que no tenía al subir en La Plata.

Lo asombroso -según Kalman- es la flexibilidad demencial con la cual su tío abuelo se adapto a una situación totalmente impensable.

Se quedo un tiempo en Polvaredas, busco trabajo en un campo cercano. Decidió no decir ni palabra de lo ocurrido en ese tren.

Más o menos dos años después de bajar en Polvaredas el tío reencontró a su hermana menor con marido e hijos recién instalados en la Argentina. Hartos de guerras y miserias humanas arribaron a Ensenada, última referencia que tenían por una antigua carta donde el tío les dejaba un domicilio. No esperaban encontrarlo con vida. A ese tío abuelo además de llegarle familia le llovieron lágrimas, abrazos y reproches.

Las lágrimas se secaron con el paso de los meses, los abrazos se aflojaron por costumbre, pero los reproches de su hermana siguieron y hasta se hicieron encarnizados. El tío escuchaba todo sin enojarse ni justificarse.

-¿Por qué no contestaste las cartas? -Papá y mamá murieron sin tener noticia tuya, pensaron que habías muerto o lo que es peor que no te interesaba saber nada de tu familia.

Un día, quizás cansado de visitar a su hermana en la casita de Ensenada para recibir ese clima tenso de reproche hasta en los silencios. De no poder ni sostenerle la mirada. El tío abuelo de Kalman habló. Llevó una valijita de cuero rígido - la misma con la que había subido al tren aquella noche en la terminal de La Plata y la abrió.

Primero puso sobre la mesa un pasaje de tren: que decía La Plata - Mirapampa fechado claramente el 24 de septiembre de 1917.

Ese día fue un Lunes -se extendió en un detalle al que nadie le dio importancia-.

Luego puso un ejemplar del diario La Nación sobre la mesa con la misma fecha.

-¡Que me queres decir, le dijo su hermana con una mirada que pasó de ser severa a echar chispas de indignación... que desde que subiste a ese tren decidiste olvidarnos. No contestar cartas o irte a vivir a otro planeta...!

-Estuve viajando adentro de ese tren 30 años. Seguí con mi vida como pude o mejor aún -aclaró-: agradecido de no seguir allí adentro vaya a saber por cuantos años más. No le creyeron. Era como decirles que las hojas alguna vez fueron plumas. Que lo trataran como un mentiroso absurdo generó una pelea familiar que duro largo tiempo.

Muchos años después Kalman recibió de manos de su tío las únicas pruebas de no haber faltado a la verdad aquel día con su familia. El pasaje del tren y ese diario donde se leía entre las noticias destacadas que el ministro de defensa Elpidio González solicitaba el estado de excepción para enfrentar la huelga ferroviaria de 1917.

La madre de Kalman, sobrina menor del tío, siempre le creyó. El misterio de los 30 años fue algo que Kalman reconoció como fuente iniciática de dos vocaciones: tanto de investigador científico como de escritor vocacional. Si hubiese sido una verdad comprobable  la experiencia del tío merecía un libro similar al de "Física de lo imposible". Si era una mentira urdida para encubrir su desamor o el desapego a su gente era un portal a literatura pura.

En sus indagaciones Kalman encontró unos pocos elementos a favor de la historia tal como la relataba el tío: No había ningún rastro de su permanencia en esas tres décadas previas a establecerse en Polvaredas, de 1917 a 1947 no había nada de nada. A pesar de estar encanecido era inusualmente joven por tener los años que tenía. Los que lo conocieron en esa época posterior a su viaje en tren no le daban no mucho más de 30 y pico de años.

De tanto ir a visitar a su hermana conoció a una muchacha llamada Haydee y se casó. Se los veía felices, se prodigaban en arrumacos con palabras de amor. Después unos meses surgió algo que el tío se había esmerado por negar: había una secuela o una rareza más atribuible a su experiencia en el tren. La mujer le decía cariñosamente "mi bichito de luz".  En confianza le dijo a su cuñada que en la intimidad de la noche, cuando se emocionaba o excitaba el tío se encendía como una luciérnaga.

El tío se instalo con su mujer en Ensenada pero cerca del río pues amaba pescar. Hizo amigos raros como él con los cuales compartía noche de pesca con charla hasta amanecer. Ellos le aceptaban su historia, cada tanto, si el tío se emocionaba con algún recuerdo fuerte se encendía e iluminaba como un foquito hacia la lejana oscuridad del río. Sus amigos le decían señor de la luz o iluminado según la ocasión.

Ya ostensiblemente viejo, hablaba mucho de su infancia en aquel pueblo de Europa central del cual partió antes de llegar a la edad necesaria para ser convocado al servicio militar. Su padre era carpintero pero quería un futuro militar en la familia. Más aun siendo el hijo mayor. Una vez, caminando con su padre por el bosque mientras iban a elegir un roble para hacerlo madera de un futuro mueble. Su padre lo obligo a marchar delante de él como lo hacen los soldados. El tío era apenas un muchacho de 14 años que intentó cumplir pero de mala gana. Esa falta de vocación enfureció a su padre que comenzó a patearle los talones cuando no marchaba correctamente llevando la punta del pie bien alto. Así. A pataditas correctoras tuvo que marchar hasta retornar a las afueras del pueblo donde seguramente por vergüenza su padre suspendió la instrucción de marcha para su futuro militar al servicio del imperio.

Desde aquella tarde detestó para siempre a su padre, a los militares, al imperio austrohúngaro. Ese día empezó a gestarse su idea de irse bien lejos donde no hubiera ni imperio ni guerras ni un padre que esperara tener un buen hijo militar en la familia. Así fue. Dos años antes del comienzo de la primera gran guerra dejó una nota "me voy, ya escribiré cuando este establecido".

Según parece trabajo embarcado apenas un año hasta que llego a un puerto argentino. Se quedó.

***

Kalman siguió pensando en lo sucedido con su tío abuelo hasta que él mismo cumplió sus 58 años.

Ese día se dijo que ya era el momento, la edad para aceptar lo inexplicable en esta historia de su tío.

Era muy pobre como explicación decir que había sucedido una anomalía en el espacio-tiempo. Que su tío abuelo había sido un testigo privilegiado cuya mayor maravilla era haber desplegado una enorme fuerza psíquica para adaptarse, como el mismo decía a "esa gran patada al futuro" que había recibido.

En esos 30 años en el tren evitó enterarse de dos guerras tremendas e increíbles matanzas. El siglo XX se desplegaba en horrores. Su pueblo natal fue devastado. Padres e hijos, muchos de sus vecinos fueron enviados a campos de exterminio por los nazis.

De última, cuanta gente que vivió realmente día por día todos esos años que el tío abuelo pasó por alto adentro de un tren dirán si les preguntan que todo paso muy rápido. Que  30 años de vida fueron parpadeos.  Unos pocos suspiros. Kalman mismo sintió eso al cumplir sus 58 años cuando decidió abandonar las investigaciones teóricas que había intentado construir obstinada e inútilmente por años y años. Hasta una vez -ridículamente- llevó un diente de su tío a un amigo científico para hacer una prueba con isótopos de estroncio y así rastrear las geografías por donde transcurrió la vida del tío en esas décadas adentro del limbo.

Lo que Kalman aprendió. Lo que pudo comprender seria de ahí en más fruto de la tarea literaria. Ejercitar alguna ficción contra lo real que va muy adelante sorprendiendo con su implacable soberanía del acontecimiento.

Le quedó una imagen grabada por otras tantas que irán al olvido: Era fin de año. Cuando todos estuvieron de acuerdo con el reloj en que comenzaba un año nuevo.

El tío -que ya era un ancianito sin dientes- levantó la copa de sidra  y mientras la chocaba en el aire con otras copas pidió con su voz por encima de otras voces

paz y felicidad para el mundo”.

lunes, 29 de junio de 2026

Un misterioso tren


Un misterioso tren

Lautaro Lobbosco

De repente me encontraba en un tren. No sabía cómo había llegado, ni me acordaba de nada de lo acontecido en mi vida hasta ese instante. Sin embargo me encontraba muy lúcido, con el único detalle que no tenía conocimiento de quién era.

Lo más curioso de aquel peculiar tren eran sus pasajeros. Estaban allí, pero parecían ausentes con sus miradas convergiendo respectivos vacíos. Nadie se miraba. Daba la impresión que tenían la inocencia de un recién nacido, con la excepción que no tenían esa curiosidad característica. Algunos leían diarios, libros o revistas; si a eso se le puede llamar leer, porque en sus ojos observé una inmovilidad de la que nunca había sido testigo.

De súbito me dio la impresión de que ellos tampoco sabían de dónde venían, ni adónde iban, ni siquiera quiénes eran. Eran como yo, en principio, ya que no tomaban estos hechos como sorprendentes, más bien lo tomaban como algo habitual e indiferente. Concentré la vista en un viejo que estaba acostado sobre los asientos. Me di cuenta que habían centenares de moscas e insectos en su piel, devorándolo. No pude distinguir si aún seguía con vida.

Luego de esto, miré a las ventanas. Estaba muy oscuro afuera. Era la definición perfecta de oscuridad. ¿Sería un túnel, una noche de la más lúgubre o simplemente vagábamos por el vacío? Pensé en preguntarle a algún pasajero sobre el paradero de este misterioso tren, pero rechacé esta idea al instante. ¿Qué podían saber ellos? Traté de ver mi reflejo en la ventana, para así, quizás, recordar algo. Fue en vano, se reflejaba mi traje azul oscuro, mi corbata, pero en lugar de mi cara había un negro que se mezclaba con aquel extraño fondo. Las preguntas me inundaban la cabeza hasta tal punto que sentí que me iba a explotar. Traté de relajarme, aunque se me hizo bastante difícil. Esto simplemente no podía estar pasando. Era todo un sueño, una pesadilla, una alucinación. Pero las pesadillas siempre terminan. Acá, sea lo que fuese, estaba totalmente atrapado por el resto de la eternidad. Lo sabía perfectamente. De hecho era lo único que sabía con certeza.

Bueno, algo tenía que hacer. Si me quedaba quieto por un segundo más, las piernas ya no me responderían. Me moví. Fue sólo un paso, pero qué paso. Lo relacioné con el paso que hizo Neil Armstrong en la luna. Como era que me acordaba de aquello me resultaba imposible de responder. En fin, alguna pista de mi pasado tenía. Pero, ¿había llegado el hombre a la luna realmente? Bueno cómo se supone que iba a saberlo. Hice un gran esfuerzo por frenar mis pensamientos. Ya habría tiempo de pensar. Y demasiado.

Fui hacia otro vagón. Todo igual. Me refiero al tipo de miradas, las personas eran distintas, pero tampoco ayudaba demasiado. Seguí pasando vagones, con los mismos resultados. Durante horas, días, en realidad no sé cómo se mide el tiempo en la eternidad. Llegué a la conclusión que no habría caso, pero lo seguí haciendo por inercia. Capaz que todos los pasajeros habían hecho lo mismo hasta darse por vencido. Y yo llegué a lo mismo. Me estaba por perder en el abismo. No. No podía. No aún. Y puse mi mente en funcionamiento. Pensar en cosas absurdas y sin sentido no era muy útil, pero no me quería convertir en uno más de ellos. Al fin y al cabo en qué otra cosa se podía pensar en este tren. En un lugar donde no existe la lógica ni la razón. ¿Qué era aquello? ¿El purgatorio, el infierno, o simplemente este tren abarcaba toda la inmensidad del universo?

De repente un sonido musical llegó a mi oído. Era frío y distante, pero inconfundible. Se trataba, según creía, de una banda de jazz interpretando “Take Five”. Fue comparable a los cantos angelicales, o a un canto de sirena. Me hipnotizó. Emprendí la persecución a aquel increíble saxo. Pero cuando lo tenía más cerca, el sonido cambió de dirección. Justamente el solo provenía del lado en que yo venía. No podía ser que me haya confundido. Me estaba volviendo loco. No tuve más opción que correr a la dirección de la cual había venido. Y de nuevo cambió. Y así se repitió. ¿El sonido estaba en mi cabeza? ¿Me lo había inventado con el fin de tener esperanza en algo? Otra sensación extraña me atacó justo en la espina dorsal, como un rápido látigo. Esta vez no oí el sonido del saxo, sino que lo sentí. En todo el cuerpo y con todos los demás sentidos. En el ambiente se palpaba, se saboreaba, se olía a jazz. Estaba más presente que todas las personas del vagón juntas, aunque eso no era tan difícil. Decidí abstraerme de todas aquellas sensaciones. Traté de volver al vagón inicial. Ahí iba a poder poner en funcionamiento a mi memoria. Pensaba que podría ser como ir al inicio de mi vida, aunque estaba claro que no había nacido ahí en el tren, aunque nada estaba claro.

Repentinamente vi a una chica. Había muchas muchachas, pero esta era claramente diferente. Su mirada era de otro mundo. No tenía el tinte gris que se encontraba en resto del tren. Sus ojos parecían un arco iris. Luego de cruzar miradas, comprendí que ella sentía lo que yo. O ella era yo, no lo sabía. Aquella sensación me calmó inmensamente. Por primera vez me encontraba totalmente relajado, en aguas calmas. Teníamos dudas de si era o no necesario hablarnos. Yo tenía esa duda. Pero de lo que tenía duda es que ella dudaba lo mismo. Mirarla durante tanto tiempo me había alejado de la realidad. Simplemente tendría que volver la cabeza hacia la ventana y la realidad se haría presente al instante. Pero aquel negro profundo que antes inundaba el exterior del tren, ya no se encontraba. A cambio había una luz blanca que me encegueció por completo. No distinguía si la ceguera era momentánea, a causa de la diferencia de luz con el anterior fondo, o por el contrario, se quedaría en esta condición para siempre. El hecho me estremeció. ¿Por qué fui tan estúpido de desviar la mirada de lo único que valía la pena en aquel asqueroso tren? Un segundo fue suficiente para perderlo. Ya no quería saber nada más. Quería olvidarme de todo. Me eché en el suelo a dormir. Nunca lo había hecho. Era lógico, de esta forma despertaría en el mundo al que pertenecía. Y todo aquel tormento que sufrió desaparecería tan de repente como había llegado. Soñé. Estaba en un inmenso desierto. El calor era abrumador. El sol estaba en la cúspide. No lo miré. No quería perder de nuevo la visión. Por lo menos la retendría en sueños. No me encontraba ni bien ni mal, aunque ciertamente era mejor que el tren. Aún así, mis pensamientos sólo se encargaban de recordarme de los ojos de aquella mujer. Estaba allí. Reitero que no me encontraba incómodo en la infinitud del desierto, al contrario, era un respiro que me daba. Pero era consciente de que me encontraba en un sueño. El dilema era si tenía que despertar o no. Había varias posibilidades. Despertarme en una cama, en mi antigua vida. Quizá al lado de mi esposa, o sólo, daba igual. Pero la posibilidad de despertar en la nueva blancura del tren, me hacía no querer despertar nunca. Si la realidad era aquel tren, no la quería seguir viviendo. ¿Por qué el hecho de que la realidad fuese mala es mejor que una irrealidad mejor? Era un sueño. Yo lo manejaba. Podía tener lo que quisiese. Probé hacer aparecer una botella de agua. Excavé un poco en la arena y la encontré. Me la bebí de un largo y refrescante sorbo. Repetí esta acción como seis veces. Pero aquellas percepciones no eran más imaginaciones de mi mente. Me estaba engañando a mí mismo. Tendría que enfrentar la realidad, fuese cual fuese. A lo mejor me despertaría en el tren, pero con mi vista, y me encontraría con la chica de mis sueños. Había que ser optimista.

En fin, desperté. Seguía en el tren. Mi vista estaba intacta, aunque difusa a causa del sueño. Pero el tren era distinto, algo había cambiado. Tardé en darme cuenta que no era el tren en sí lo que había cambiado, sino el exterior de las ventanas. Esta vez no era ni blanco ni negro. Era un paisaje montañoso. También había lagos. Era realmente bonito y agradable. Esto sin dudas me había cambiado el ánimo. Lo que podía hacer una simple imagen del afuera.

Sentí una mano en mi hombro. Al instante supe de quién se trataba, quién sino. Me di vuelta. Y esta vez la cara no sólo eran sus ojos, también había una sonrisa de oreja a oreja. Me preguntó si estaba bien. Sí, me habló. Era la primera vez que escuchaba una voz humana. Le respondí que sí, y no mentía, estaba mejor que nunca.

sábado, 27 de junio de 2026

Territorio de las pequeñas cosas

Territorio de las pequeñas cosas

Amelia Arellano

 

Buen día. ¿Cómo estás? ¿Has tenido un buen día?

¿Cómo está tu familia? ¿La canción, el lamento?

¿Qué te dice el territorio de las pequeñas cosas?

¿La plancha, la mesa, la taza con café?

¿La alegría descansa esperando en tu silla?

¿Cómo ensamblas el corazón y las palabras?

¿Has descubierto el sortilegio del pan, el canto de las letras?

¿Puedes entender que la vida da pequeñas treguas?

¿Qué mar no se detiene, ni el carrusel ni los planetas?

Llevamos un blanco infalible en el pecho

Un blanco color escarapela y allí apuntan, certeramente.

 

Pero hay un exorcismo de hierbas.

Podemos sembrar peces, trenes, veleros.

El beso aguarda, como aguarda el valle de tu lámpara clara.

No importa la cosecha, si, la siembra

Espera en los andenes.

El tren que ha de llegar puede ser el último... o el primero.

El primero. Amor de viento, reloj, fatigado viajero. Niño.

jueves, 4 de junio de 2026

El   tren   de   los   sueños

El   tren   de   los   sueños

Andrés Bohoslavsky

 

Aquí, en el tren de los sueños, las cosas son un tanto diferentes

a los trenes que vos conoces. La diferencia fundamental

es que entre el momento de partir y llegar a algún lugar

los sueños se materializan.

 

El trámite es por demás sencillo. Una vez que tenés el ticket

en el que constan esos detalles similares a otros, debes ubicar el vagón que corresponde a tu sueño.

Unos carteles sobre los laterales los identifican:

sueños de amor / de heroísmo / de guerra / de aventuras / de gloria

de fama / de prestigio / de hazañas / deportivos, etc.

 

Estos vagones siempre parten llenos y las personas al bajar,

inflamadas de felicidad por haber obtenido aquello

 que tanto se les negara,

me envían fotos de lugares exóticos donde se los observa

con una sonrisa amplia en sus rostros

y el brillo propio de quien vive una existencia plena.

 

Entre los casos más notables ahora que reviso la caja de fotos

encuentro al oficinista gris que es monje budista en el Tibet

al vendedor callejero de golosinas que escaló el monte Everest

la jueza que escapó con su gran amor a un pueblito en Italia

y atiende un kiosco, o el caso de la chica más fea del barrio que se

convirtió en estrella de Hollywood y rompió miles de corazones

desde la pantalla del cine.

 

Así podría seguir enumerando varios más, pero no tendría mayor sentido

ni agregaría nada sustancial al relato.

 

El que, sin dudas, es el suceso que hoy recuerdo más extraño

es este que va a continuación y que tal vez puedas ayudarme

a interpretarlo:

 

Una tarde cuando ya me disponía a cerrar la boletería

y pensaba llegar pronto a la cabaña, tomar mi caña de pescar

e irme al río llegó un anciano que con voz casi imperceptible

me pidió un boleto para cumplir su sueño

 

Pero algo lo llevó a hablarme de su vida, a relatarme con detalles

lo que había hecho con ella.

 

No encontré nada llamativo, es verdad, una existencia monótona

atiborrada de anécdotas comunes: familia, trabajos, dineros ganados

o perdidos y finalmente la llegada de esto que aquí veo:

la vejez

 

Le pedí, pensando en mis planes que fuera al grano

que me dijera que clase de sueño era el suyo

así lo emitía y me liberaba de mis obligaciones cotidianas

 

- Hijo, me dijo

lo que necesito no es un sueño en particular,

necesito una vida nueva o mejor dicho: otra oportunidad

donde pueda volver a elegir, donde sea el dueño de mi destino,

pero no a partir de ahora sino desde mi juventud –

 

Me quedé callado, sin poder decir palabra alguna

luego le expliqué que yo solamente vendía sueños:

aquellos que no se habían concretado por alguna extraña razón

pero que no poseía la capacidad de volver el tiempo atrás

ni nada de eso.

El anciano me miró decepcionado, supongo por mis palabras

y me soltó:

 

- Entonces, dame un pasaje para cualquier vagón,

seré muy feliz al estar entre gente que todavía sueña.

martes, 2 de junio de 2026

Lo inmediato

 

Lo inmediato


El hombre, casi un anciano, camina erguido por la acera.

El papelito en la mano.

En él, esas extrañas palabras: “Estación Polvaredas”.

La sensación de libertad y de vértigo.

La multitud pasando junto a él sin prestarle atención. Al mismo tiempo, el recuerdo de una institución. ¿De qué clase? ¿Una cárcel? ¿Un cuartel? ¿Un claustro? ¿Una Universidad? No. Esto último no. La sensación recordada, o más bien vagamente intuida, es opresiva, de encierro. Pero ya se ha ido. De nuevo es la gente que pasa. Un joven trajeado le sonríe. ¿Tal vez le conoce? No va a ser posible saberlo, porque el joven continúa su veloz marcha entre los demás viandantes y se pierde tras un grupo de jovencitas que conversan con gran estrépito.

Volvamos al papel. ¿Qué hace ahí? ¿Qué significa? Estación… ¿De tren? ¿De autobús? Y ¿Quién escribió la nota? Porque esa no es su letra. ¿O sí? Vuelve a mirar alrededor. Palpa sus bolsillos, mas no hay nada en ellos. ¿Es un indocumentado? No sabría decirlo. El dolor en el costado le hace pensar que tal vez alguien le asaltó para robarle, pero no puede recordarlo. Quizá no sea más que una dolencia propia de la edad. Las risas de unos niños le distraen. Mira hacia ellos. Juegan. ¡Qué cosa grande ser niño y jugar con esa alegría, esa despreocupación! Por fin una certeza: Es un adulto. Si pudiera mirarse en un espejo… Justo entonces ve la entrada a unos grandes almacenes. Se dirige hacia ellos. Tiene la impresión de que encontrará allí alguna respuesta, aunque ignora a qué pregunta. Al entrar al sitio, junto a las escaleras mecánicas, ve el espejo y se acerca. Se mira en él, pero no reconoce a ninguno de todos esos reflejos. Tras unos segundos, logra identificarse, pero su aspecto no le resulta familiar. Ese no puede ser él. Y ahí surge una nueva pregunta: ¿Quién es él? E inevitablemente, una segunda: ¿Qué aspecto tiene o debería tener? Ambas respuestas le están vedadas. No puede recordarlo. Vuelve a mirar el papelito y esas dos palabras escritas, como si allí pudiese existir alguna clave para desentrañar el misterio.

Una empleada sonriente se le acerca y pregunta si puede ayudarle en algo. Le gustaría responder afirmativamente, pero en el fondo sospecha que si le hace a ella las preguntas que él mismo no logra responder, muy bien puede tomarle por un desequilibrado. ¿Será eso? ¿Estará loco? No quiere ni pensarlo. Más bien entrevé otra cosa: Un olvido momentáneo, la urgencia de hacer algo, de ir a algún sitio… ¿Será ese el sitio? se pregunta mirando de nuevo el papelito. La empleada sigue ahí y el hombre niega con la cabeza, tratando de devolver una sonrisa cordial, pero consiguiendo apenas una mueca que inquieta ligeramente a la vendedora, quien se propone no perderle de vista, al menos mientras deambule por esa planta.

Tal vez el hombre haya percibido, de algún modo, esos pensamientos, porque se dirige hacia la escalera mecánica y, mediante ella, al piso superior: “Moda caballero”, desapareciendo en unos segundos del campo de visión de la empleada recelosa. La segunda planta está llena de trajes, pantalones, corbatas, zapatos y demás prendas de vestir. Un par de vendedores, de esos cuyas sonrisas parecen talladas en piedra, se le acercan ofreciéndole algún producto, pero el hombre niega con la cabeza y camina sin prisa por entre los innumerables pasillos. ¿Busca algo? Sí. Un recuerdo que no llega. Su presencia, en un lugar tan grande, debería pasar desapercibida, pero no es así. En todo momento hay alguien pendiente de sus actos. Como si ese inocente papelito en su mano fuese un artefacto explosivo o la revelación de un secreto abominable.

Ha debido cambiar nuevamente de planta, porque ahora se encuentra rodeado de artículos deportivos. La visión de los balones, las canastas, las raquetas, le transportan muy lejos, hacia atrás, en el recuerdo. Pero es solo un instante. Las escenas de esa lejana juventud ni siquiera llegan a concretarse. Pasea por la sección de artes marciales bajo la atenta mirada del encargado de la misma. Ya no le preguntan si desea algo. Se ha debido correr la voz. Un intruso recorre los almacenes sin objeto alguno. No parece peligroso, pero hay que mantenerle vigilado.

Con la mano libre, sopesa una pelota de tenis. Mira hacia arriba, como tratando de apresar un instante en su pasado, pero no hay nada. Solo el contacto suave de ese objeto, que le resulta grato. Resignado, la deja junto a las otras pelotas y continúa su peregrinaje por el edificio. En la sección de moda femenina siente como un pinchazo, una revelación. Sin embargo, se va tan velozmente como vino. Cabecea dos o tres veces, como negando algo a un interlocutor invisible y sigue subiendo.

Se detiene en la sección de juguetería, con una indefinible pero agradable sensación. Pasea entre los múltiples estantes repletos de artículos hechos para el ocio. Algunos le traen vagos efluvios de un pasado remoto. Otros no. Se pregunta cómo funciona uno u otro de los que están a la vista. En cualquier caso, son siempre instantes. Instantes desgajados de su empresa principal, que es una búsqueda, aunque él mismo ignore el objeto de la misma.

De pronto ve un tren: una maqueta hecha a escala. Una de esas maquetas tan perfectas que cualquiera tomaría por trenes reales. Y lo recuerda todo: Mira el papelito. Sabe que debe reunirse allí con… ¿Con quién? ¿Con quién? Pero ¿y la fecha? ¿Qué fecha es? Es urgente encontrar un calendario, preguntar a alguien… En ese momento ve los ojos. Unos ojos grandes que le miran con simpatía. Los reconoce, aunque no pueda precisar a quién pertenecen. Solo sabe que no son esos los ojos que hay tras el papelito. Ella se le acerca, le habla en susurros, le dice que ya todo está bien, que ella va a llevarle al sitio donde debe ir. Él, olvidado ya de todo, se deja llevar. Tras la extraña pareja (él con su traje raído, ella con su uniforme blanco), dos fornidos enfermeros caminan en silencio, paralelos, clones de sí mismos. El papelito descansa ahora en el bolsillo de la camisa del hombre. Los recuerdos, la entrevisión de esa estación perdida en el misterio, como cada tarde, se han desvanecido nuevamente.