Esa
gran patada al futuro
Eduardo Francisco Coiro
El
tío abuelo de Kalman bajó en Polvaredas de "El pampeano"
a las 0.35 del viernes 26 de septiembre de 1947. Al día siguiente
era su cumpleaños número 58.
Unos
minutos antes el tren había salido de la estación Atucha. El tío
no podía conciliar el sueño. Miraba por la ventanilla ese cielo
tremendo tan diáfanamente estrellado. Tan derramado en estrellas
sobre un campo que se parecía al infinito.
El
tío tenía como objetivo ver loteos después de la estación 9 de
julio, había sacado pasaje hasta Mirapampa pero pensaba bajarse
donde viera anuncios de lotes en venta. En un parpadeo se borró en
sus ojos la continuidad del paisaje de cielo a campo que venía
admirando. Cuando abrió la ventanilla recibió en su rostro el golpe
de esa nube de polvo con brillos de la que no se olvidaría jamás.
Era
polvo con brillos -como de luciérnagas- que se encendían y apagaban
velozmente. Quizás era polvo de estrellas que impactaban en una
velocidad incalculable en relación a la marcha del tren.
El
tío se atemorizó. Cerró la ventanilla. Pensó que quedaría ciego
pero tras unos instantes su vista se volvió normal. Afuera la nube
oscura con estrellas siguió unos parpadeos más, y de golpe de nuevo
la noche estrellada, ni rastros de esa polvareda. Fuese lo que fuese
lo que había rodeado al tren había desaparecido.
Miró
al interior del vagón, los pasajeros dormían o no habían notado
nada anormal en ese transcurrir del tren.
Algo
que no supo explicar bien le dijo que tenía que salir de ese tren lo
antes posible. En la primera estación en que el tren se detuvo tomó
su pequeña valija y bajó. Casi al pie de los peldaños vio dos
hombres que se aprestaban a subir. "No suban. Este tren esta
maldito" les dijo con ojos seguramente desorbitados por el
miedo.
No
sabe si les habló en un español que no manejaba bien o en su lengua
madre polaca.
La
cuestión es que los tipos lo miraron como si fuese un borracho
trasnochado y subieron por los mismos peldaños que el tío había
pisado instantes antes para sentir la solidez del andén.
El
asombro del tío siguió cuando al verse en el espejo de la sala de
espera vio su cabellera tiznada de polvillo. Se sacudió y así fue
como descubrió sus pelos poblados de canas que no tenía al subir en
La Plata.
Lo
asombroso -según Kalman- es la flexibilidad demencial con la cual su
tío abuelo se adapto a una situación totalmente impensable.
Se
quedo un tiempo en Polvaredas, busco trabajo en un campo cercano.
Decidió no decir ni palabra de lo ocurrido en ese tren.
Más
o menos dos años después de bajar en Polvaredas el tío reencontró
a su hermana menor con marido e hijos recién instalados en la
Argentina. Hartos de guerras y miserias humanas arribaron a Ensenada,
última referencia que tenían por una antigua carta donde el tío
les dejaba un domicilio. No esperaban encontrarlo con vida. A ese tío
abuelo además de llegarle familia le llovieron lágrimas, abrazos y
reproches.
Las
lágrimas se secaron con el paso de los meses, los abrazos se
aflojaron por costumbre, pero los reproches de su hermana siguieron y
hasta se hicieron encarnizados. El tío escuchaba todo sin enojarse
ni justificarse.
-¿Por
qué no contestaste las cartas? -Papá y mamá murieron sin tener
noticia tuya, pensaron que habías muerto o lo que es peor que no te
interesaba saber nada de tu familia.
Un
día, quizás cansado de visitar a su hermana en la casita de
Ensenada para recibir ese clima tenso de reproche hasta en los
silencios. De no poder ni sostenerle la mirada. El tío abuelo de
Kalman habló. Llevó una valijita de cuero rígido - la misma con la
que había subido al tren aquella noche en la terminal de La Plata y
la abrió.
Primero
puso sobre la mesa un pasaje de tren: que decía La Plata - Mirapampa
fechado claramente el 24 de septiembre de 1917.
Ese
día fue un Lunes -se extendió en un detalle al que nadie le dio
importancia-.
Luego
puso un ejemplar del diario La Nación sobre la mesa con la misma
fecha.
-¡Que
me queres decir, le dijo su hermana con una mirada que pasó de ser
severa a echar chispas de indignación... que desde que subiste a ese
tren decidiste olvidarnos. No contestar cartas o irte a vivir a otro
planeta...!
-Estuve
viajando adentro de ese tren 30 años. Seguí con mi vida como pude o
mejor aún -aclaró-: agradecido de no seguir allí adentro vaya a
saber por cuantos años más. No le creyeron. Era
como decirles que las hojas alguna vez fueron plumas.
Que lo trataran como un mentiroso absurdo generó una pelea familiar
que duro largo tiempo.
Muchos
años después Kalman recibió de manos de su tío las únicas
pruebas de no haber faltado a la verdad aquel día con su familia. El
pasaje del tren y ese diario donde se leía entre las noticias
destacadas que el ministro de defensa Elpidio González solicitaba el
estado de excepción para enfrentar la huelga ferroviaria de 1917.
La
madre de Kalman, sobrina menor del tío, siempre le creyó. El
misterio de los 30 años fue algo que Kalman reconoció como fuente
iniciática de dos vocaciones: tanto de investigador científico como
de escritor vocacional. Si hubiese sido una verdad comprobable la
experiencia del tío merecía un libro similar al de "Física de
lo imposible". Si era una mentira urdida para encubrir su
desamor o el desapego a su gente era un portal a literatura pura.
En
sus indagaciones Kalman encontró unos pocos elementos a favor de la
historia tal como la relataba el tío: No había ningún rastro de su
permanencia en esas tres décadas previas a establecerse en
Polvaredas, de 1917 a 1947 no había nada de nada. A pesar de estar
encanecido era inusualmente joven por tener los años que tenía. Los
que lo conocieron en esa época posterior a su viaje en tren no le
daban no mucho más de 30 y pico de años.
De
tanto ir a visitar a su hermana conoció a una muchacha llamada
Haydee y se casó. Se los veía felices, se prodigaban en arrumacos
con palabras de amor. Después unos meses surgió algo que el tío se
había esmerado por negar: había una secuela o una rareza más
atribuible a su experiencia en el tren. La mujer le decía
cariñosamente "mi bichito de luz". En confianza le
dijo a su cuñada que en la intimidad de la noche, cuando se
emocionaba o excitaba el tío se encendía como una luciérnaga.
El
tío se instalo con su mujer en Ensenada pero cerca del río pues
amaba pescar. Hizo amigos raros como él con los cuales compartía
noche de pesca con charla hasta amanecer. Ellos le aceptaban su
historia, cada tanto, si el tío se emocionaba con algún recuerdo
fuerte se encendía e iluminaba como un foquito hacia la lejana
oscuridad del río. Sus amigos le decían señor
de la luz o iluminado según
la ocasión.
Ya
ostensiblemente viejo, hablaba mucho de su infancia en aquel pueblo
de Europa central del cual partió antes de llegar a la edad
necesaria para ser convocado al servicio militar. Su padre era
carpintero pero quería un futuro militar en la familia. Más aun
siendo el hijo mayor. Una vez, caminando con su padre por el bosque
mientras iban a elegir un roble para hacerlo madera de un futuro
mueble. Su padre lo obligo a marchar delante de él como lo hacen los
soldados. El tío era apenas un muchacho de 14 años que intentó
cumplir pero de mala gana. Esa falta de vocación enfureció a su
padre que comenzó a patearle los talones cuando no marchaba
correctamente llevando la punta del pie bien alto. Así. A pataditas
correctoras tuvo que marchar hasta retornar a las afueras del pueblo
donde seguramente por vergüenza su padre suspendió la instrucción
de marcha para su futuro militar al servicio del imperio.
Desde
aquella tarde detestó para siempre a su padre, a los militares, al
imperio austrohúngaro. Ese día empezó a gestarse su idea de irse
bien lejos donde no hubiera ni imperio ni guerras ni un padre que
esperara tener un buen hijo militar en la familia. Así fue. Dos años
antes del comienzo de la primera gran guerra dejó una nota "me
voy, ya escribiré cuando este establecido".
Según
parece trabajo embarcado apenas un año hasta que llego a un puerto
argentino. Se quedó.
***
Kalman
siguió pensando en lo sucedido con su tío abuelo hasta que él
mismo cumplió sus 58 años.
Ese
día se dijo que ya era el momento, la edad para aceptar lo
inexplicable en esta historia de su tío.
Era
muy pobre como explicación decir que había sucedido una anomalía
en el espacio-tiempo. Que su tío abuelo había sido un testigo
privilegiado cuya mayor maravilla era haber desplegado una enorme
fuerza psíquica para adaptarse, como el mismo decía a "esa
gran patada al futuro" que había recibido.
En
esos 30 años en el tren evitó enterarse de dos guerras tremendas e
increíbles matanzas. El siglo XX se desplegaba en horrores. Su
pueblo natal fue devastado. Padres e hijos, muchos de sus vecinos
fueron enviados a campos de exterminio por los nazis.
De
última, cuanta gente que vivió realmente día por día todos esos
años que el tío abuelo pasó por alto adentro de un tren dirán si
les preguntan que todo paso muy rápido. Que 30 años de vida
fueron parpadeos. Unos pocos suspiros. Kalman mismo sintió eso
al cumplir sus 58 años cuando decidió abandonar las investigaciones
teóricas que había intentado construir obstinada e inútilmente por
años y años. Hasta una vez -ridículamente- llevó un diente de su
tío a un amigo científico para hacer una prueba con isótopos de
estroncio y así rastrear las geografías por donde transcurrió la
vida del tío en esas décadas adentro del limbo.
Lo
que Kalman aprendió. Lo que pudo comprender seria de ahí en más
fruto de la tarea literaria. Ejercitar alguna ficción contra lo real
que va muy adelante sorprendiendo con su implacable soberanía del
acontecimiento.
Le
quedó una imagen grabada por otras tantas que irán al olvido: Era
fin de año. Cuando todos estuvieron de acuerdo con el reloj en que
comenzaba un año nuevo.
El
tío -que ya era un ancianito sin dientes- levantó la copa de sidra
y mientras la chocaba en el aire con otras copas pidió con su
voz por encima de otras voces
“paz
y felicidad para el mundo”.