domingo, 31 de mayo de 2026

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Esther Andradi 

Llegué a la estación cuando estaba cayendo el sol. Restos de comida esparcidos por el piso, paquetes de basura, botellas de plástico vacías testimoniaban que antes alguien había estado allí. ¿Fue acaso muy concurrida? ¿Hubo una feria? ¿Autitos de juguete? ¿Una niña corriendo a los brazos de su madre? ¿Castillos en el aire?

Todo eso hubo y más, que no vi, porque llegué cuando el tren había partido. Lo adiviné diluyéndose en el horizonte, mientras el andén se volvía gris, el monte se hacía cargo de los rieles, las vías eran lentamente abrazadas por la maleza. Y dejé que la hierba creciera en mí.

viernes, 29 de mayo de 2026

El paso del tren

El paso del tren

Patricia Dajruch

En aquellos años solía oír (sobre todo en verano) el paso del tren a pocas cuadras de mi casa. Pasaba justo a la hora en que el cielo se volvía rojo. A veces lo veía pasar sobre las vías con las luces encendidas, otras veces era un tren de carga en cuyos vagones cargaban piedras.

Sentada en la ventana de mi cuarto imaginaba que ocupaba un asiento junto a la ventanilla para mirar el paisaje yéndome hacia lugares desconocidos.

Años más tarde mi gusto por los trenes me llevaría a la estación sólo para verlos llegar y partir. Son muchas las historias que se tejen en el andén y uno sin querer es testigo de partidas y llegadas, llantos y risas. Recuerdo a novias despedir a su amado que partía rumbo al servicio militar obligatorio, así también los he visto volver a casa con una etapa terminada y comenzando otra, los niños vendiendo flores, o aquellos que simplemente pedían.

Las historias parecían repetirse, pero descubrí que cada una era distinta porque sonaban distintos los llantos y también las risas. Incluso las voces de los niños que pedían o vendían era diferente cada día, a veces más angustiosa y otras indiferentes. 

Siempre de partidas y llegadas, el tiempo transcurrido de un viaje equivale el manar de los días en nuestras vidas. A veces una parada en la estación es la transformación de algo, otras simplemente un descanso.

Y en cualquier momento subo a un tren (no sé a cuál) e iniciaré un viaje (no sé a dónde) sólo sé que cuando llegue a la estación que el destino me depare no habrá nadie esperándome.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Al final de la calle

Al final de la calle

Cecilia Zanelli


Cuando cumplí los diez años mis tíos me hicieron un regalo maravilloso: me invitaban a pasar las vacaciones en su casa, en un pequeño pueblo de la provincia.

El lugar no tenía ningún atractivo turístico; creo que no llegaba a los cinco mil habitantes. Pero mis primos y yo nos llevábamos tan bien que era grandioso pensar en un verano juntos.

En el pueblo no existía el pavimento; tampoco era muy necesario: pocos autos transitaban por esos desolados caminos de tierra, todos iguales.

Cada calle no tenía más de diez cuadras de largo y al fondo, el campo.

Los chicos disfrutábamos jugando en ellas, generalmente descalzos, sintiendo deshacerse los terrones secos bajo la planta de nuestros pies. Nos subíamos a las veredas de ladrillos cuando se aproximaba algún auto solitario, avisados por la nube de polvo que se acercaba desde lo lejos.

Una vez a la semana pasaba un tren, que paraba sólo unos minutos y partía rápido, escapando de aquel aburrido lugar. Nos apurábamos a llegar hasta la pequeña estación y lo despedíamos con gritos, aplausos y saludos a inexistentes pasajeros. Después el andén quedaba silencioso y vacío, salvo por la visita de algunos muchachos que buscaban cuises en las interminables siestas de verano.

En la cuadra en que vivían mis tíos había una familia de la cual no conocíamos a nadie, salvo a un viejo  paralítico que todas las tardes sacaban a la vereda en una silla de ruedas. Lo dejaban una o dos horas solo,  sentado sobre un gran almohadón verde y allí se quedaba, inmóvil, todo el tiempo mirando hacia el final de la calle.

Pensábamos que tal vez no quería vernos saltar, correr o hacer equilibrio sobre alguna rama. Tal vez no le gustaran los niños, o no quisiera recordar cuando podía hacer lo mismo que nosotros.

La verdad es que no nos importaba demasiado y al poco tiempo ya era como parte del paisaje. A veces lo tomábamos como un límite –“Corremos hasta el viejo y volvemos”– y nunca tuvimos un intercambio  con él, ni un gesto, ni una palabra. Lo ignorábamos y pienso que también él a nosotros, pero me intrigaba saber que buscaba ver al final de la calle.

En esas horas se adueñaban de la tarde los grillos, las chicharras y las ranas. Imposible encontrar alguno de esos bichos para atraparlo. Se callaban cuando nos acercábamos.

Era su momento en el día. Era su lugar en la Tierra, y gritaban. Tal vez nos gritaban a nosotros, intrusos en su mundo. Quizás se comunicaban entre ellos con algún lenguaje natural y desconocido para los hombres.

En las cunetas, entre las flores de sapo, en los baldíos con aroma a alfalfa y manzanilla, un universo de insectos esperaba la noche.

Pero mientras reíamos y corríamos por la tierra el viejo miraba, insistentemente, al final de la calle.

Yo no me había animado a aventurarme más lejos de dos o tres cuadras. Me daba miedo el campo oscuro. Pero una tarde les propuse a mis primos que vayamos un poco más allá, tratando de descubrir lo que el viejo veía y nosotros no.

Sabíamos que después vendría el reto, pero éramos varios para soportarlo. Y la curiosidad ya no se aguantaba.

Comenzó a bajar el sol y escuchamos a mi tía lejos, ocupada en la cocina.

Cuando empezó el canto del primer grillo, nos dimos la mano y emprendimos la caminata  hacia el final de la calle. Las luces de las esquinas comenzaban  a prenderse, pero donde íbamos nosotros la oscuridad llenaba todo.

Llegamos adonde terminaba la calle y nos topamos con un alambrado. Más allá, el campo. Los minutos pasaban, la noche se ponía más negra.

De pronto, primero una, luego tres, luego cinco. Luciérnagas. Lucecitas que no podíamos decidir si eran verdes o amarillas. Por todos lados. Apareciendo y desapareciendo. Cientos, tal vez miles, encima del campo. Algunas venían hacia la calle y tratamos de agarrarlas.

Parecían jugar con nosotros. Cada vez que estábamos a punto de atrapar alguna, desaparecía como el sonido de las ranas y los grillos.

Mi primo logró la hazaña. Cazó una y la encerró en el hueco de su mano. Todos nos asomamos para verla: ¡Imposible perderse ese pequeño tesoro que irradiaba una luz que podía verse desde lejos!.

Empezamos a correr volviendo a casa: nos acordamos de la cena.

Pero un presentimiento, o intuición, no sé, hizo que Víctor se parara junto al viejo con el bichito dentro de su mano.

Por primera vez en todo el verano el viejo giró la cabeza y miró las manos de mi primo. La luz de la luciérnaga se escapaba entre los dedos y llegó hasta la cara arrugada, iluminándola.

En eso escuchamos la voz de mi tía, llamándonos a los gritos.

Corrimos hacia la casa y mi primo abrió la mano. La luciérnaga salió volando. Pensábamos que estaría averiada, pero no. Prendió su luz dos o tres veces y se volvió hacia el final de la calle, perdiéndose en la oscuridad.

El viejo la siguió con la mirada y trató de mover su mano. Solamente pudo abrir los dedos.

Mi prima creyó que quería agarrarla.

Yo estoy segura que le dijo adiós.

domingo, 24 de mayo de 2026

Carta encontrada en la estación

Carta encontrada en la estación


Urbano Powell


He jurado irme y olvidar, soy el último habitante de este pueblo y ya me voy, pero quiero que quien tenga en su mano esta carta -que he escrito con verdadera desesperación- sepa algo de este final previsible. Pasaron todas las calamidades posibles. Primero fue el cierre del ferrocarril, allí se fueron las familias de los ferroviarios, un poco antes de fugo nuestro jefe de estación con rumbo desconocido. Más tarde alternaron sequías e inundaciones, hasta que algunos campos quedaron en lagunas que solo sirven para pescar o cazar patos.

Unos años antes, -me olvido de lo fundamental- instalaron una repetidora de televisión y a partir de allí la gente empezó a encerrarse. Las mujeres a la hora de la siesta veían novelas y los hombres a la noche se reunían a ver los programas de Tinelli. Sin trabajo y con televisión la vida del pueblo fue cambiando paulatinamente, la gente seguía partiendo, en especial los jóvenes. Los viejos se morían y con ellos su saber ante la subsistencia. Al año pasado mi mujer y yo éramos los últimos habitantes del pueblo, pero ella ya no hablaba de nada, la tristeza del pueblo la llevo a encerrarse con las novelas que le iban llegando, y fueron años de novelas y soledad creciente: AntonellaSodero de mi vidaPoliladroLa ElegidaFranco BuenaventuraGasolerosLuna SalvajeSoy GitanoCulpable de este amor....

Hace unos meses se rompió el televisor y mi mujer quedo de pronto con las pupilas muertas, tan inerte la mirada del Espantapájaros que ocupa en el andén el lugar del Jefe de Estación. Así que un día, al retornar de mi trabajo de peón en la estancia grande me encontré con una carta de Rita:

Hace mucho que sueño con Juan Darthes. Hoy partiré a buscarlo en Buenos Aires. Perdoname’.

Me parece imaginar el verla irse con una pequeña valija de mano, caminando varios kilómetros hasta la ruta y de allí a dedo hasta el primer pueblo, luego no puedo imaginar más. Disculpe usted que ha venido hasta esta lejanía buscando entender el final de este pueblo y se encuentra con esta historia dolorosamente intrascendente”.

Sinceramente,

Javier Ortiz.

sábado, 23 de mayo de 2026

Lo que hacemos en la obscuridad

Lo que hacemos en la obscuridad


Mónica Russomanno


Cuánto Tiempo, me digo, mientras espero en el andén. Es la primera vez que subo al tren desde aquello, y todavía es todo inseguridad y temor a no poder, a encontrar obstáculos infranqueables, a caerme.

Cuando se acerca el tren me afirmo en las muletas y no miro a mi alrededor, porque sé que todas las disimuladas miradas están en el tutor de metal y plástico negro que llevo atornillado a los huesos de la pierna izquierda. Me dejan pasar primero, un muchacho me ofrece ayuda pero le digo que puedo sola con una sonrisa forzada, con esa terquedad de los débiles.

Me siento primero al lado del pasillo y me arrastro para quedar junto a la ventanilla, golpeándome la cara con una de las muletas. Hago como si no lo hubiese notado, y la gente se acomoda en el vagón. Nadie se sienta a mi lado, hay cierto horror por desfiguraciones, cegueras o muletas.

Espero que estemos en movimiento, me levanto y con extremo cuidado avanzo por los vagones buscando la seguridad del coche cine club, la cálida obscuridad que me permita sustraerme a la curiosidad de las personas que simulan no verme.

Me voy apoyando en los asientos con los codos, camino afirmando la pierna sana, llego por fortuna al vagón cine club. Al ingresar recibo la primera felicidad con el olor conocido a humedad, a polvo y al whisky de Oliver Reed, que está fumando aunque supongo que está prohibido. Me siento como antes, ya en mi butaca y en penumbras es como si todo estuviese bien y en su sitio, como si hubiese llegado a algún lado en donde me estuviesen esperando.

En la pantalla hay un documental sobre la vida de cuatro vampiros. Veo cómo se despiertan en la última brizna de la tarde, cómo se reúnen a discutir la asignación de las tareas hogareñas, las salidas nocturnas, cómo los hombres lobo son un grupo opuesto con cual intercambian burlas y amenazas.

Los vampiros son perfectamente reales y posibles mientras la luz del proyector los hace aparecer en la pantalla. Les creo, me encariño con uno, me río de los gestos con los cuales me familiarizo de inmediato y me introducen en una complicidad gozosa. Sonrío todo el tiempo. Qué bueno estar aquí y qué ganas de que vieses la película para después reírnos de nuevo recordando una frase, una situación feliz, esas escenas que son graciosas por ser tan comunes y cotidianas transformadas en mágicas porque los protagonistas son vampiros.

La ilusión de ser un documental real es perfecta. Ya quisiera volver a verlo antes de que termine. No quiero que termine. No quiero despedirme de ellos. Viago, Deacon, Vladislav y Peter ya son personas en mi imaginación y mi memoria. Vivimos juntos en la obscuridad, donde todo puede ocurrir y todo es confuso. Donde no tenemos edad, el cuerpo se disuelve a negro y las voces ocupan los espacios.

Me quedo sentada, por qué si es un film cómico tengo esta extendida tristeza. Por qué.

jueves, 21 de mayo de 2026

Una ráfaga de viento

Una ráfaga de viento


Alberto Di Matteo


Una ráfaga de viento helado cruza el andén desierto, llevándose consigo un caótico remolino de hojas secas. El golpeteo metálico de un cartel se deja oír, perturbador, a lo lejos. Apenas se vislumbran aisladas luces de alumbrado público; al notarlo, Don Tomás se estremece. Mala noche para quedarse solo, de guardia en la boletería.

¿Cuándo tendría el valor para decir que no? Ya es un hombre mayor, ¡qué joder! El reuma lo está matando desde hace rato, apenas si se puede mantener erguido en este gastado banquito de madera, y la vista le falla cada día más. ¿Por qué no designan a un muchacho en este puesto? Sus días de "hacer mérito" han pasado ya; cuando descubrió que, por más que se esforzara, le seguirían pagando este magro sueldito hasta el día en que se jubilase. Y ese día, aunque cercano en el calendario, parecía no llegar más.

Aunque, en noches destempladas y borrascosas como ésta, Don Tomás se amarga intuyendo que ese día .. quizá jamás llegue para él.

-Estupideces -, murmura, mientras vuelve a acomodar sus elementos de trabajo sobre el mostrador de la boletería: los sellos, los cartoncitos, los lápices. ¡Como si hiciera falta! Don Tomás es el empleado más eficiente de la estación, y eso lo saben hasta en el barrio que rodea la estación. Lo sabe Rosario, por supuesto, y eso es lo que más le importa. Rosario. El rostro se le ilumina con una sonrisa. Ese ángel de mujer, siempre alegre, desbordante de ternura, que regularmente suele traerle alguna confitura amasada en la panadería de su hijo, sólo para que él no pase hambre en sus largas horas de vigilia dentro de la boletería. Desde la muerte de su esposa, Don Tomás ha quedado escorado, como los barcos moribundos, tumbado anímicamente sobre el costado de la responsabilidad. El trabajo es su único sostén, y evita que caiga en la depresión. Claro que eso tampoco justifica que tenga que padecer este frío y esta incomodidad, sólo por no quedarse a solas en una enorme casa vacía. Treinta años de convivencia no son moco de pavo, solía decir durante el velorio, cuando la ausencia le pesaba hondo en el corazón. Hasta que aparece Rosario, un poco más joven que su difunta esposa, a presentarle sus respetos, acompañados por una tarta de ricota. ¡Con lo que le gustan a él esas cosas ricas! La alegría por el regalo fue tan intensa, que recién cuando limpió las últimas migas de la tarta reparó en que era la primera vez que sonreía con sinceridad desde el sepelio de su mujer. Todo gracias a Rosario.

Ella también es viuda, aunque su viudez no sea reciente. Pero Don Tomás está criado a la antigua: no puede pedirle nada extravagante. Lo mirarían mal; y tampoco está seguro, además, de que Rosario fuese tan amable con él sólo porque oculte aviesas intenciones. ¡Pero cómo se le ocurre! Actitudes como ésas son propias de las jovencitas, cuyas hormonas estallan sin asidero, más no de una señora digna y respetable como ella. Por lo tanto, Don Tomás se contenta -y hasta aguarda ansioso- con verla aparecer por el pasillo de la boletería trayendo un paquetito envuelto en papel madera entre las manos, símbolo de su desinteresada amistad. ¿Acaso piensa en otra cosa? Son –simple y afortunadamente- amigos, y él le está eternamente agradecido por el favor que le hace. Alguna vez intentó retribuírselo de alguna manera, pero ella dijo que por favor, que para qué, que no la ofendiese. El vínculo establecido entre ellos se ha ido consolidando así, ¿para qué estropearlo, entonces?

Sin embargo, hay noches -como ésta, quizá- en que Don Tomás suele sentirse solo, y desea quedarse en casa, al abrigo de la estufa, saboreando una humeante taza de té, en compañía de una tierna mujercita que lo atienda y quiera tan profundamente como él a ella. Y abrazarse en el sofá, mirar la programación televisiva nocturna, quedarse dormidos uno junto al otro, y despertar pasada la medianoche para darse cuenta que ya es momento de irse a la cama. ¡Quedarse dormidos delante del televisor, habrá que ser cabeza fresca!

Un crujido en el pasillo le hace emerger de sus ensoñaciones. Presta atención. Un sonido apagado se vuelve reconocible: pasos. Consulta el reloj, aunque de memoria sabe que ninguna formación se desplazaría sobre los rieles hasta bien entrada la madrugada. Apenas han transcurrido unos minutos desde la medianoche. ¿Quién será? Una filosa ráfaga de viento ulula entre los aleros de la estación desierta.

Una oscura silueta se recorta contra los barrotes de la ventanilla de la boletería, y con la escasa luz imperante en el ambiente, sumado a su creciente falla visual, Don Tomás supone que se trata de un fantasma. Ahoga un grito, hasta que el recién llegado se acerca aún más a los barrotes, lo mira a los ojos y dice:

-¡Vamos, hombre! ¡No se asuste! ¿Acaso no me reconoce?

Al contemplarlo una vez más, e identificar aquella voz tan conocida, Don Tomás se relaja y suspira:

-¡Jefe! ¡Qué susto me dio! ¡Por poco me mata!

-Vamos, Don Tomás. No me diga que lo agarré cometiendo algún delito. Esas reacciones de temor son propias de quienes son apresados con las manos en la masa.

-No señor, para nada -, se apura a contestar él, asociando la masa del delito con el recuerdo pastelero de Rosario, pero sin agregar nada más. -Sólo que usted se apareció así, de improviso. Y qué quiere que le diga, las noches como éstas me ponen nervioso. Ese chiflido del viento, las hojas que corren de acá para allá.. ¡Brrr, me aterra!

-¡No le puedo creer! ¡Un hombre grande! ¡Ni que le hubieran estado contando historias de aparecidos hasta reciencito nomás.!

-Tampoco es para tanto, pero. Capaz que ya estoy viejo para andar haciendo estas guardias. Muy... susceptible., como dicen los que saben.

-No me afloooooje, Don Tomáááás -, canturrea el Jefe de Estación, con tono admonitorio. - Usted bien sabe que la función que cumple figura en el reglamento.

-Pero, Jefe. ¿Soy el único que puede quedarse? ¿No tiene a alguien más que necesite unos pesos extra?

-Por el momento, no. La guardia hay que hacerla, le guste o no le guste -.

Se mete las manos en los bolsillos, mira hacia un lado y el otro en una especie de tic nervioso, arrebujado dentro de su abrigo, y luego agrega: -¿Se enteró de lo que andan diciendo en la Terminal?

-Últimamente se dicen tantas cosas.

-Parece que el rumor viene de arriba: dicen que van a cerrar el ramal.

-¿Cuál? -, se asusta Don Tomás. -¡¿Éste?!

-¿Y cuál le parece que puede ser? ¿El tramo que une La Plata-Constitución? No, ése rinde muchos beneficios todavía ; es el nuestro, que sin tener reparaciones desde hace unos cuantos años, bien que les da pérdidas.

-Eso no puede ser -, se lamenta él. -Con la cantidad de gente que viaja todos los días al trabajo.

-Son cada vez menos, hombre. Y usted lo sabe mejor que yo. Entre la desocupación y los nuevos servicios de ómnibus diferenciales que cubren el mismo trayecto en menos tiempo, esto se viene a pique a ritmo parejo.

-Con todo respeto, Jefe, pero. ¿No le parece que exagera? ¡Cómo van a cerrar los ramales del ferrocarril! ¡Eso es una locura!

-Entonces dígale loco a nuestro flamante Presidente de la Nación, porque parece que la orden viene de allá arriba. De bien arriba.

Don Tomás enmudece. La jubilación es algo deseable, claro; pero nunca a este precio. ¿Qué pasará desde ahora con él? ¿Y con el ferrocarril en su conjunto? Si empiezan con este ramal, ¿con cuál se detendrán? ¿Dejarán al país incomunicado? ¿Quién ha sido el genio que despertara iluminado con semejante decisión? ¿Condenarán al servicio de transporte más seguro y económico del país a un olvido tan injusto como tenaz? Una sombra de muerte se posa sobre su corazón, y de pronto la ausencia de su finada esposa se le torna en extremo pesada para cargarla sobre sus hombros.

Siente que él, como tantas otras personas, pertenecen a este lugar. Cerrarlo será como ir matándolos poco a poco, dejando que todos ellos se vayan consumiendo muy lentamente en ese siniestro marasmo que significa el retiro voluntario. La idea de marchitarse encerrado en su casa le genera aún más escalofríos.

-¿Y para cuándo ..se supone ..que van a…? -, tartamudea, incapaz de formular la pregunta fatal.

-Pronto, aunque todavía no hay una fecha definida -. Hace una pausa, se mira los pies, y agrega, evitando el cruce de miradas con el boletero: -Habrá que ir buscándose otra cosa, para los que quieran seguir comiendo. O como en su caso, disponerse a descansar como jubilado.

-¡Eso jamás! -, exclama él, de pronto. El Jefe lo contempla, sin entender.

Don Tomás agrega, con menor vehemencia: -Quiero decir, que me niego a ser un jubilado inservible. Mire lo que le digo: prefiero quedarme a vivir en esta estación, si es necesario. Aunque me tilden de loco.

-¡No diga pavadas, hombre! A todos nos llega el momento de declinar las fuerzas y abandonar lo que hasta ahora veníamos haciendo. Usted también dejará de existir como boletero, ya sea que cierren el ramal o no. Lo que haga con su vida fuera de esta estación, es asunto suyo. Disfrútelo lo mejor posible, se lo aconsejo. Comida seguro que no le habrá de faltar: la panadería viene trabajando a pleno.

Don Tomás se niega a levantar el guante de la ironía. Pero muy dentro suyo, se siente desahuciado. El Jefe se estremece de frío otra vez, zapatea sobre el percudido suelo del pasillo, y saluda con un gesto de cabeza:

-Bueno, hasta mañana, entonces. Y no se duerma. Al menos, ya tiene algo en qué pensar hasta que llegue la primera formación.

Don Tomás lejos está de agradecerle semejante preocupación, mientras escucha alejarse los rítmicos pasos hacia la calle. Deprimido como está, se le ocurre imaginar cómo sería su vida si se cumpliera ese espontáneo y caprichoso deseo de quedarse a vivir allí, dentro de la boletería. Cómo sería que nada le hiciera falta, más que continuar con su rutina, y recibir cotidianamente la visita de Rosario con su milagrero y sabroso paquetito.

Alejado del dolor de vivir en una casa vacía, sin hijos que lo vengan a visitar a uno los fines de semana, contemplando todas las mañanas la gloria ferroviaria de un país que parece estar extinguiéndose, y que, al igual que aquella estación, se iría desmoronando inevitablemente con el paso del tiempo. Y la negligencia de sus gobernantes..

Pero quizás... él no. Quizás, de cierta extraña manera, sus deseos puedan llegar a cumplirse alguna vez.

Una ráfaga de viento helado penetra insolente a través de la ventanilla enrejada, arrastrando consigo vanos fragmentos de hojas muertas. Pero Don Tomás ya no se encuentra allí para estremecerse, ni para asustarse, ni para sentir nada. Don Tomás hace rato que ha partido.

La boletería, luego de aquella espectral visita, yace nuevamente vacía, como lo está desde que cerraron el ramal La Plata- Mirapampa, hace ya más de cuarenta años.

martes, 19 de mayo de 2026

Solos en el Universo

Solos en el Universo

Ana María Broglio


El traqueteo del tren, su rutina, el murmullo del viento y la voz de los pasajeros, servían para que, durante el trayecto, entre en un adormecimiento placentero. Adoraba esos viajes y no me molestaba que algún vendedor de estampitas me quitara el sueño. No, para nada. Yo era feliz así, viajando, una o dos veces por semana, de Polvaredas a La Plata, de La Plata a Polvaredas, a cumplir con mí trabajo.

Para los momentos aburridos, leía libros de ciencia ficción y llevaba mi tejido. Por aquellos años se usaban los pulóveres haciendo juego con los gorros de lana. El tren tardaba, más o menos, dos horas, 43 minutos, sin contar el tiempo de demora que ocasionaban las distintas estaciones, en que se detenía a cargar gente.

Otras veces, mi entretenimiento era el juego de adivinar, si entre los viajeros, podría  confundirse o no, algún extraterrestre. Cosa que creía posible pero que nunca logré comprobar.

-Hay que creer, para ver a los O.V.N.IS hay que creer- le decía a un amigo que se debatía en la impotencia- porque yo los veía surcar la bóveda celeste y él no. Si no crees, pues no los ves, insistía con vehemencia, defendiendo mis aseveraciones.

-Mira que he atravesado la Patagonia, noches enteras escudriñando el cielo, mientras el auto avanzaba en la oscuridad. Jamás vi nada extraño, ni siquiera luces sospechosas. Recorrí La Pampa, fui a Córdoba, acampé en las cercanías del Uritorco pero tampoco, nada.

- En el año 86 fue el primer avistamiento en ese lugar, aseguran pero deberían decir, cuando se hizo conocido a nivel país,  porque  el descenso viene de  décadas atrás,  aún era niña y mi padre me habló por primera vez del tema. Tú debes de haber  ido por esos años, seguramente, cuando el cerro se hizo famoso y comenzaron a visitarlo. Una quemazón de 122 metros de largo por 64 de ancho, de forma ovoide.

En mi pueblo, Polvaredas, se dejaban ver detrás de la estación del ferrocarril. Tal vez para despistar observadores,  las naves parecían descender cuando menos lo esperaba. Era sencillo descubrir el disco rojo en picada entre los árboles. Cuando pensaba que iba a estrellarse contra el suelo, subía con una plasticidad envidiable y volvía a perderse en el cielo.

Mi primer avistamiento lo tuve en mal momento. Justo el conocido “Pirincho” Cicaré, con solo 14 años,  había inventado su primer helicóptero con el elástico de una cama ¿quién iba a prestar atención a los dichos de una mujer y menos, joven como yo lo era en aquella época? El pueblo estaba convulsionado por la enorme creatividad del muchacho que no paraba de mostrar su invento. Por entonces tampoco se les daba a los extraterrestres la importancia de hoy, el miedo lo impedía y la falta de medios de comunicación avanzados.

Más adelante mi padre murió y a  madre no le interesaban esos temas, de modo que no tenía con quien conversar sobre el asunto. Pensé en acercarme a Cicaré pero su genialidad me amedrentó y decidí seguir mostrando, mis hermosos tejidos pero guardar el secreto de los platos voladores,  estudiarlo en soledad. Con eso quiero decir que, si bien son sabidos los numerosos avistamientos en distintos lugares del país y del mundo, no se conoce todavía que hayan aparecido en Polvaredas, mi pueblo.

Usted preguntará por qué los doy a conocer ahora y no antes, cuando me enfrenté a las primeras evidencias.

En el período en que sucedieron los viajes en tren, yo trabajaba para una agencia de ventas y eran muy meticulosos con el personal, digamos, en cuanto a seriedad y a equilibrio emocional. Seguramente, de haber mostrado mis experiencias, hubiese perdido mi medio de vida sin ninguna contemplación. Mi tarea era colocar productos de diversas empresas, en mi zona.

Lo que yo he podido saber es que todavía no se ha comprobado científicamente si la detección es real o es una ilusión óptica- suele ser colectiva- de gente con acentuada inclinación a creer en los objetos no identificados.

Que determinadas personas afirman haber sufrido abducción  y luego devueltas al ejido de su propio pueblo o de otros más lejanos. Que si bien afirman que ciertos indicios dejados en la piel se deben a extracciones de sangre y a otros actos experimentales sobre esos cuerpos, no se ha comprobado ningún signo de materiales, distintos a la normalidad de nuestro orbe que pudieran estar involucrados en  acciones de extraterrestres.

Que los rastros de supuestas naves, decantados en pasto quemado y círculos perfectos, no ha dado tampoco presencia de elementos extraños a este planeta.

Que si bien deberíamos estar preparados para un encuentro con otra civilización ya sea, porque ellos se acerquen a nosotros o porque nosotros descubramos su mundo, en nuestros viajes por el espacio, esto podría resultar de dimensiones beneficiosas o terriblemente dramáticas.

Podría ser que fueran seres marcadamente ecológicos. En este caso, siendo nosotros casi una plaga en nuestro hábitat, para evitar males mayores,  la tendencia de los alienígenas podría ser corregirnos o destruirnos.

Por el contrario, si esas civilizaciones desconocidas fueran de tipo expansivo, tal vez no solo ya habrían abordado nuestro territorio sino que nos hubiesen doblegado y hoy seríamos, probablemente, sus esclavos o su alimento como las vacas para nosotros.

Lo concreto es que si bien no tengo pruebas, más que un par de fotografías sacadas de apuro, en las que no puedo siquiera demostrar que sean naves, descendiendo en las cercanías de la estación de ferrocarril de mi pueblo, he visto numerosas luces extrañas surcando el cielo, contundentes y a veces terroríficas. Luces formando círculos, destellantes, turbadoras, casi irreales que han logrado, sean verdaderas o no, conmover mi espíritu y mantenerlo atento a cualquier signo que pueda demostrar, con el tiempo, que no estamos solos en el Universo.

sábado, 16 de mayo de 2026

La huida

La huida


Un tren en movimiento es una cárcel.

Con más razón para quien está huyendo.

Como a tantos otros, me acusan de un crimen que no cometí. No importa la verdad: Estoy sentenciado desde que tuve aquel desencuentro con el diputado. Lo vi claramente en su mirada. Antes o después, iba a pagar mi atrevimiento. Ignoro qué destino me tienen preparado, pero, en cualquier caso, las opciones de escapar a él son mínimas.

Por eso, cada par de ojos que se posan en mí representan un peligro. Son muchos quienes me buscan. El poder encuentra aliados en todas partes. La única realidad posible es la huida. Ningún rincón del país es seguro ahora. Solo en el extranjero, lejos, podré eludir los largos tentáculos de mi enemigo. Mas no debo pensar en el futuro lejano cuando en un instante todo puede irse al carajo. Lo urgente es salir de aquí.

Todos los rostros que me rodean son una amenaza. Por desconocidos, por multiplicados.

Vine a la estación porque me pareció el mejor lugar para pasar desapercibido. En principio, solo tomé el tren por alejarme de aquí. El destino fue casual –era el tren que en ese momento se disponía a partir-, pero en Enrique Fynn tengo amigos que tal vez puedan ayudarme.

Ahora, cuando el tren ya abandona la ciudad y avanza hacia la interminable llanura, solo ahora he caído en la enorme indefensión del proscrito que toma la decisión de subirse a un tren –un avión, un autobús, cualquier medio de transporte colectivo, en definitiva-. Por eso, trato de evitar las miradas de los otros pasajeros. Las gafas de sol ayudan, pero no son un muro tras el que esconderse. Solo un diminuto camuflaje. Si alguno de mis perseguidores está a bordo, soy hombre muerto.

Haría bien, lo sé, en ocupar mi mente con otro tipo de pensamientos. La forma de burlar la vigilancia a que estoy sometido, por ejemplo. La acción que debería llevar a cabo si descubro a uno de ellos… esas cosas. Pero el temor me impide pensar: Un indicio claro de ello es que, justo antes de tomar el tren, he llamado a mis amigos para avisarles de mi llegada. Solo un minuto más tarde he caído en la cuenta de lo inoportuno de mi visita. Por nada del mundo desearía meter en líos a mis amigos. Pero ya está hecho. No puedo volver atrás. Dejo mi destino en manos de este enorme artefacto que me traslada con rapidez entre campos y pueblos que, a esta hora, parecen abandonados.

A pesar del miedo, el cansancio acumulado en las últimas horas me induce a dormitar. Breves cabezadas de las que salgo con un sobresalto. Cada vez, miro alrededor con aprensión. Nada en el vagón parece amenazarme, pero con esta gente nunca se sabe.

Para un prófugo, todo son ojos. Ojos expectantes, acusadores, irónicos, traicioneros. Ojos enemigos.

Cuando, al volver de alguna de esas ensoñaciones, distingo una sombra en algún punto inconcreto del vagón, mi corazón se acelera. Cada vez que el tren se detiene, temo que suban, que me busquen, que me saquen esposado y vencido a la vista de todos y me metan en un auto verde, uno de esos autos verdes de los que no se regresa…

Una mirada fija es una alarma causando un estruendo insoportable en mi interior. Una inocente sonrisa se me antoja como la señal inequívoca de mi perdición.

Los kilómetros y las estaciones se suceden, pero mi angustia no mengua. No obstante, si he de ser sincero, no hay la menor señal de los sicarios. Se trata solo de la sensación de ahogo propia de quien se sospecha rodeado.

Miro hacia afuera y percibo que ya estamos llegando. La próxima estación es Enrique Fynn. Allí tal vez pueda estar seguro uno o dos días, mientras decido qué hacer, hacia donde seguir huyendo…

Con suma precaución, la misma que he empleado en las últimas horas o días (en la huida llega a perderse la noción del tiempo), me preparo para salir de este encierro rodante. Abajo todo será distinto.

Sin embargo, la frecuencia de mis latidos no disminuye. Mientras el tren va reduciendo su velocidad y la silueta de la estación se perfila en el horizonte cercano, me asalta una revelación: Ellos están ahí, esperándome. Esta vez no se trata del pánico, sino de una fría certeza. No necesito verlos. Lo sé. Conocían mis planes y no han hecho otra cosa que alimentar mi esperanza, dejando que el viaje llegue a su fin. No habrá escándalo ni una persecución cinematográfica. Simplemente, alguien se acercará a mí y me susurrará al oído unas pocas palabras. Yo le seguiré en silencio, velando así por la seguridad de mis amigos, a quienes me prometerán no hacer el menor daño si colaboro. No me hará falta ver a uno de mis antiguos compañeros, quizá el más joven o aquel que siempre enrojecía al mirarte a los ojos, escondido tras una columna, observando con el corazón en un puño mi detención y, tal vez, respirando aliviado al comprobar mi sumisión. Después, el protocolo se cumplirá con precisión geométrica, del mismo modo que siempre. Y el mundo me olvidará como se olvida todo.