Una
ráfaga de viento
Alberto Di Matteo
Una
ráfaga de viento helado cruza el andén desierto, llevándose
consigo un caótico remolino de hojas secas. El golpeteo metálico de
un cartel se deja oír, perturbador, a lo lejos. Apenas se
vislumbran aisladas luces de alumbrado público; al notarlo, Don
Tomás se estremece. Mala noche para quedarse solo, de guardia en la
boletería.
¿Cuándo
tendría el valor para decir que no? Ya es un hombre mayor, ¡qué
joder! El reuma lo está matando desde hace rato, apenas si se puede
mantener erguido en este gastado banquito de madera, y la vista
le falla cada día más. ¿Por qué no designan a un muchacho en este
puesto? Sus días de "hacer mérito" han pasado ya; cuando
descubrió que, por más que se esforzara, le seguirían pagando este
magro sueldito hasta el día en que se jubilase. Y ese día, aunque
cercano en el calendario, parecía no llegar más.
Aunque,
en noches destempladas y borrascosas como ésta, Don Tomás se amarga
intuyendo que ese día .. quizá jamás llegue para él.
-Estupideces
-, murmura, mientras vuelve a acomodar sus elementos de trabajo sobre
el mostrador de la boletería: los sellos, los cartoncitos, los
lápices. ¡Como si hiciera falta! Don Tomás es el empleado más
eficiente de la estación, y eso lo saben hasta en el barrio que
rodea la estación. Lo sabe Rosario, por supuesto, y eso es lo que
más le importa. Rosario. El rostro se le ilumina con una sonrisa.
Ese ángel de mujer, siempre alegre, desbordante de ternura, que
regularmente suele traerle alguna confitura amasada en la panadería
de su hijo, sólo para que él no pase hambre en sus largas horas de
vigilia dentro de la boletería. Desde la muerte de su esposa,
Don Tomás ha quedado escorado, como los barcos moribundos, tumbado
anímicamente sobre el costado de la responsabilidad. El trabajo es
su único sostén, y evita que caiga en la depresión. Claro que eso
tampoco justifica que tenga que padecer este frío y esta
incomodidad, sólo por no quedarse a solas en una enorme casa vacía.
Treinta años de convivencia no son moco de pavo, solía decir
durante el velorio, cuando la ausencia le pesaba hondo en el corazón.
Hasta que aparece Rosario, un poco más joven que su difunta esposa,
a presentarle sus respetos, acompañados por una tarta de ricota.
¡Con lo que le gustan a él esas cosas ricas! La alegría por el
regalo fue tan intensa, que recién cuando limpió las últimas migas
de la tarta reparó en que era la primera vez que sonreía con
sinceridad desde el sepelio de su mujer. Todo gracias a Rosario.
Ella
también es viuda, aunque su viudez no sea reciente. Pero Don Tomás
está criado a la antigua: no puede pedirle nada extravagante. Lo
mirarían mal; y tampoco está seguro, además, de que Rosario fuese
tan amable con él sólo porque oculte aviesas intenciones. ¡Pero
cómo se le ocurre! Actitudes como ésas son propias de las
jovencitas, cuyas hormonas estallan sin asidero, más no de una
señora digna y respetable como ella. Por lo tanto, Don Tomás se
contenta -y hasta aguarda ansioso- con verla aparecer por el pasillo
de la boletería trayendo un paquetito envuelto en papel madera entre
las manos, símbolo de su desinteresada amistad. ¿Acaso piensa en
otra cosa? Son –simple y afortunadamente- amigos, y él le está
eternamente agradecido por el favor que le hace. Alguna vez intentó
retribuírselo de alguna manera, pero ella dijo que por favor, que
para qué, que no la ofendiese. El vínculo establecido entre ellos
se ha ido consolidando así, ¿para qué estropearlo, entonces?
Sin
embargo, hay noches -como ésta, quizá- en que Don Tomás suele
sentirse solo, y desea quedarse en casa, al abrigo de la estufa,
saboreando una humeante taza de té, en compañía de una tierna
mujercita que lo atienda y quiera tan profundamente como él a ella.
Y abrazarse en el sofá, mirar la programación televisiva nocturna,
quedarse dormidos uno junto al otro, y despertar pasada la medianoche
para darse cuenta que ya es momento de irse a la cama. ¡Quedarse
dormidos delante del televisor, habrá que ser cabeza fresca!
Un
crujido en el pasillo le hace emerger de sus ensoñaciones. Presta
atención. Un sonido apagado se vuelve reconocible: pasos. Consulta
el reloj, aunque de memoria sabe que ninguna formación se
desplazaría sobre los rieles hasta bien entrada la madrugada. Apenas
han transcurrido unos minutos desde la medianoche. ¿Quién será?
Una filosa ráfaga de viento ulula entre los aleros de la estación
desierta.
Una
oscura silueta se recorta contra los barrotes de la ventanilla de la
boletería, y con la escasa luz imperante en el ambiente, sumado a su
creciente falla visual, Don Tomás supone que se trata de un
fantasma. Ahoga un grito, hasta que el recién llegado se acerca aún
más a los barrotes, lo mira a los ojos y dice:
-¡Vamos,
hombre! ¡No se asuste! ¿Acaso no me reconoce?
Al
contemplarlo una vez más, e identificar aquella voz tan conocida,
Don Tomás se relaja y suspira:
-¡Jefe!
¡Qué susto me dio! ¡Por poco me mata!
-Vamos,
Don Tomás. No me diga que lo agarré cometiendo algún delito. Esas
reacciones de temor son propias de quienes son apresados con las
manos en la masa.
-No
señor, para nada -, se apura a contestar él, asociando la masa del
delito con el recuerdo pastelero de Rosario, pero sin agregar nada
más. -Sólo que usted se apareció así, de improviso. Y qué quiere
que le diga, las noches como éstas me ponen nervioso. Ese chiflido
del viento, las hojas que corren de acá para allá.. ¡Brrr, me
aterra!
-¡No
le puedo creer! ¡Un hombre grande! ¡Ni que le hubieran estado
contando historias de aparecidos hasta reciencito nomás.!
-Tampoco
es para tanto, pero. Capaz que ya estoy viejo para andar haciendo
estas guardias. Muy... susceptible., como dicen los que saben.
-No
me afloooooje, Don Tomáááás -, canturrea el Jefe de Estación,
con tono admonitorio. - Usted bien sabe que la función que cumple
figura en el reglamento.
-Pero,
Jefe. ¿Soy el único que puede quedarse? ¿No tiene a alguien más
que necesite unos pesos extra?
-Por
el momento, no. La guardia hay que hacerla, le guste o no le guste -.
Se
mete las manos en los bolsillos, mira hacia un lado y el otro en una
especie de tic nervioso, arrebujado dentro de su abrigo, y
luego agrega: -¿Se enteró de lo que andan diciendo en la
Terminal?
-Últimamente
se dicen tantas cosas.
-Parece
que el rumor viene de arriba: dicen que van a cerrar el ramal.
-¿Cuál?
-, se asusta Don Tomás. -¡¿Éste?!
-¿Y
cuál le parece que puede ser? ¿El tramo que une La Plata-Constitución? No,
ése rinde muchos beneficios todavía ; es el nuestro, que sin tener
reparaciones desde hace unos cuantos años, bien que les da pérdidas.
-Eso
no puede ser -, se lamenta él. -Con la cantidad de gente que viaja
todos los días al trabajo.
-Son
cada vez menos, hombre. Y usted lo sabe mejor que yo. Entre la
desocupación y los nuevos servicios de ómnibus diferenciales que
cubren el mismo trayecto en menos tiempo, esto se viene a pique
a ritmo parejo.
-Con
todo respeto, Jefe, pero. ¿No le parece que exagera? ¡Cómo van a
cerrar los ramales del ferrocarril! ¡Eso es una locura!
-Entonces
dígale loco a nuestro flamante Presidente de la Nación, porque
parece que la orden viene de allá arriba. De bien arriba.
Don
Tomás enmudece. La jubilación es algo deseable, claro; pero nunca a
este precio. ¿Qué pasará desde ahora con él? ¿Y con el
ferrocarril en su conjunto? Si empiezan con este ramal, ¿con
cuál se detendrán? ¿Dejarán al país incomunicado? ¿Quién ha
sido el genio que despertara iluminado con semejante decisión?
¿Condenarán al servicio de transporte más seguro y económico del
país a un olvido tan injusto como tenaz? Una sombra de muerte se
posa sobre su corazón, y de pronto la ausencia de su finada esposa
se le torna en extremo pesada para cargarla sobre sus hombros.
Siente
que él, como tantas otras personas, pertenecen a este lugar.
Cerrarlo será como ir matándolos poco a poco, dejando que todos
ellos se vayan consumiendo muy lentamente en ese siniestro
marasmo que significa el retiro voluntario. La idea de marchitarse
encerrado en su casa le genera aún más escalofríos.
-¿Y
para cuándo ..se supone ..que van a…? -, tartamudea, incapaz de
formular la pregunta fatal.
-Pronto,
aunque todavía no hay una fecha definida -. Hace una pausa, se mira
los pies, y agrega, evitando el cruce de miradas con el boletero:
-Habrá que ir buscándose otra cosa, para los que quieran
seguir comiendo. O como en su caso, disponerse a descansar como
jubilado.
-¡Eso
jamás! -, exclama él, de pronto. El Jefe lo contempla, sin
entender.
Don
Tomás agrega, con menor vehemencia: -Quiero decir, que me niego a
ser un jubilado inservible. Mire lo que le digo: prefiero quedarme a
vivir en esta estación, si es necesario. Aunque me tilden de
loco.
-¡No
diga pavadas, hombre! A todos nos llega el momento de declinar las
fuerzas y abandonar lo que hasta ahora veníamos haciendo. Usted
también dejará de existir como boletero, ya sea que cierren el
ramal o no. Lo que haga con su vida fuera de esta estación, es
asunto suyo. Disfrútelo lo mejor posible, se lo aconsejo. Comida
seguro que no le habrá de faltar: la panadería viene trabajando a
pleno.
Don
Tomás se niega a levantar el guante de la ironía. Pero muy dentro
suyo, se siente desahuciado. El Jefe se estremece de frío otra vez,
zapatea sobre el percudido suelo del pasillo, y saluda con un
gesto de cabeza:
-Bueno,
hasta mañana, entonces. Y no se duerma. Al menos, ya tiene algo en
qué pensar hasta que llegue la primera formación.
Don
Tomás lejos está de agradecerle semejante preocupación, mientras
escucha alejarse los rítmicos pasos hacia la calle. Deprimido como
está, se le ocurre imaginar cómo sería su vida si se
cumpliera ese espontáneo y caprichoso deseo de quedarse a vivir
allí, dentro de la boletería. Cómo sería que nada le hiciera
falta, más que continuar con su rutina, y recibir cotidianamente la
visita de Rosario con su milagrero y sabroso paquetito.
Alejado
del dolor de vivir en una casa vacía, sin hijos que lo vengan a
visitar a uno los fines de semana, contemplando todas las mañanas la
gloria ferroviaria de un país que parece estar extinguiéndose, y
que, al igual que aquella estación, se iría desmoronando
inevitablemente con el paso del tiempo. Y la negligencia de sus
gobernantes..
Pero
quizás... él no. Quizás, de cierta extraña manera, sus deseos
puedan llegar a cumplirse alguna vez.
Una
ráfaga de viento helado penetra insolente a través de la ventanilla
enrejada, arrastrando consigo vanos fragmentos de hojas muertas. Pero
Don Tomás ya no se encuentra allí para estremecerse, ni para
asustarse, ni para sentir nada. Don Tomás hace rato que ha partido.
La
boletería, luego de aquella espectral visita, yace nuevamente vacía,
como lo está desde que cerraron el ramal La Plata- Mirapampa, hace
ya más de cuarenta años.