Estación
Los Eucaliptos
Alberto Di Matteo
El
amigo Coiro acaba de enviarme otro mail, encargándome un nuevo texto
para InvenTren.
Luego de la grata experiencia de volver al ruedo literario hace
quince días, la tarea no amenaza ser dolorosa. Siento los dedos más
sueltos que cuando encarase la fantasía cómica de Estación Funke,
pero el ojo de la imaginación no me encuentra en mi mejor momento.
Por lo tanto, releo el título de la Estación y me dejo llevar una
vez más por la asociación libre.
Coiro
me envía videos de YouTube donde un par de nostálgicos han filmado
los actuales paisajes de la ex Parada Los Eucaliptos, perteneciente
al extinto Ferrocarril Provincial. Lugares campestres que apenas
dejan vislumbrar la presencia del hombre a través de algunas casas,
varias tranqueras, y mucha ruina. Al menos, reconforta ver que las
imágenes brillan bajo un sol pampeano que se intuye cálido y
esperanzador.
Entonces
recuerdo algo que me retrotrae en el tiempo, quizá imbuido por el
aura desoladora de lo que fuera y ya no es, del pegajoso ámbito de
precariedad que me transmiten los espacios vacíos del terreno donde
alguna vez existió una estación, con telégrafo incorporado. Los
Eucaliptos también se llama un barrio del conurbano bonaerense
emplazado en el Municipio de Quilmes, donde hace casi diez años
realicé visitas domiciliaras motivadas por mi trabajo como psicólogo
perteneciente a la Secretaría de Niñez y Adolescencia de la
Provincia de Buenos Aires.
En
aquel entonces, tomé otro ramal ferroviario, el eléctrico hacia
Florencio Varela, desde donde combiné con un colectivo para llegar
hasta la esquina del semáforo de Avenida La Plata y Lamadrid. Mi
compañera Natalia arriba pocos minutos después con su auto, y una
vez que estaciona, nos saludamos en la vereda, subiéndonos hasta el
cuello los cierres de las camperas.
—¿De
veras estás listo, Albertito? ¿O vas a arrugar antes de entrar? —me
provoca ella, con una risita. —¿La verdad? Ni sé cómo te animás
a venir.
—Si
llegamos hasta acá, no me voy a echar atrás. Además, si nos pasa
algo malo, me vas a defender vos…
Caminamos
con sigilo hacia el hueco entre ambos edificios de tres plantas,
donde se abre la entrada hacia la villa, sita en el corazón de la
manzana: la mayor cocina de paco del conurbano.
El
panorama es decadente. Mugre y abandono impactan a la vista, así
como los jóvenes tirados contra los cimientos de las casas, hundidos
en el tanático sopor del consumo. Naty ahoga por un rato el buen
humor y avanza segura sin mirar demasiado alrededor, sabiendo de
antemano cuál es la casa en la que debemos entrar. Yo espío de
reojo, sin perder detalle, pero al mismo tiempo queriendo pasar
desapercibido a cada paso que damos, mientras nos internamos en
terreno desconocido.
En
el domicilio señalado, ya hay gente de pie junto a la puerta. Con
Naty nos ponemos en guardia, pero disimulando. Estos de la puerta
deberían estar durmiendo, y no amanecidos. Los rumores acerca de la
proliferación de los “tranzas” en el domicilio de arresto del
joven posiblemente sean ciertos.
—Buen
día —saluda Naty, sin cordialidad, ni vacilación. —¿Christopher
se encuentra?
—¿Quién
lo busca? —desafía un morocho, con una gorra de Boca y mirada
torcida.
—Somos
del Centro de Referencia. Venimos por una entrevista.
—¿Para
qué? —insiste el de la puerta.
—Para
ayudarlo antes de que vaya preso —sostiene Naty. —¿Vos sos el
padre?
Con
un movimiento de cabeza, el de la gorra de Boca le indica al otro,
con camiseta del Barcelona y ojos irritados, que entre en la casa,
sin quitarnos la vista de encima. Naty me mira, yo arqueo las cejas,
dudando. ¿Será factible realizar la visita, o mejor volvemos en
otro momento? ¿Qué nos diría Liliana, nuestra coordinadora? Que no
salgamos con un día de tormenta como éste, eso seguro.
El
de la camiseta del Barcelona vuelve enseguida, acompañado por una
mujer teñida de rubio y con anteojos recetados, ajenos a este
entorno social.
—Buen
día, ¿cómo están? —nos saluda la madre, afable. —Pasen, sin
vergüenza.
—¿Podemos?
—dice Naty, mirando de arriba abajo a los “custodios” de la
entrada.
—Sí.
Déjenlos pasar, son de confianza —informa ella, y los jóvenes se
apartan.
Ingresamos
en una habitación indescriptible, oscura y desordenada más allá de
cualquier imaginación. Nos acercamos a una mesa pero permanecemos de
pie. No hay niños a la vista. La inquietud (y el aroma de la
marihuana) impregnan el ambiente.
—¿Y
su hijo? ¿Se levantó? —dice Naty, intentando contener la
respiración, creyendo que sería mala idea sacar el celular para
tomar con discreción una foto de la escena.
—Ya
le aviso que están acá —señala la madre, antes de retirarse por
un recodo.
Miro
por sobre mi hombro; ambos “custodios” han entrado y nos vigilan
la espalda. De pronto, maldigo la idea de acompañar a Naty a hacer
justamente esta visita, maldigo la idea de que cualquiera de nuestras
compañeras deba internarse en lugares riesgosos como éste, maldigo
la idea de estar a punto de padecer la peor experiencia de vida desde
que ingresara a este trabajo.
Esmirriado
y ojeroso, Christopher se levanta de mala gana, belicoso y angustiado
a la vez. Nos contempla extrañado, repudiando la visita.
—¿Otra
vez? —increpa a Natalia, al verla de nuevo en su casa.
—Esta,
y muchas otras veces —responde ella. —Te recuerdo que por esta
causa debes cumplir un arresto domiciliario, por el que tengo que
visitarte todas las semanas.
—¿Y
por qué no me hace todas las preguntas juntas? Así la veo una vez
por mes.
—Porque
tengo que saber cómo estás llevando el arresto, todas las semanas
—reitera Naty, segura. —¿Te molesta mucho que venga?
—Por
favor, señora —concilia la madre. —No le haga caso. Su presencia
no molesta.
—A
su hijo parece que sí.
—¡A
mí me jode que vengan a molestar a cada rato por algo que yo no
hice! —estalla Christopher.
—Si
no hiciste nada, ¿por qué no colaborás? Así se te hace más fácil
transitar esta causa —intercedo yo, casi con suavidad. —¿Cómo
la venís pasando?
—¡Me
tienen todos harto!!! —grita Christopher. —¡La yuta por pegarme,
los jueces por acusarme, mi viejo por dejarme, y mi vieja por querer
internarme por drogón!!! ¡No le importo a nadie!!! ¡Encima vienen
Uds. a cada rato, a joderme por las cosas que hago!!!
—Pero
dijiste que no habías hecho nada… —le señalo, sin rematar la
frase.
—Él
siempre se pone así… —lo disculpa la madre. —Ya no sé qué
hacer…
—¡Pitu!!!
—exclama el de la gorra de Boca, por sobre el hombro de los agentes
de la Secretaría de Niñez y Adolescencia. —¡Vos sabés que te
bancamos a muerte!!!
—Bueeenooo…
¿Qué tal si nos calmamos? —advierte Naty, mirando a todos en
derredor, y dirigiéndose hacia los “custodios”: —¿Uds.
podrían dejarnos un ratito a solas con la familia? Cuanto antes
terminemos, antes nos vamos.
—Chicos,
por favor… —comienza la madre, pero la interrumpe el de la gorra
de Boca.
—¡No
le rompan más las pelotas al Pitu!!! ¡Que acá en el barrio tiene
aguante!!!
Nos
miramos con Natalia; será mejor que nos vayamos. Esto no da para
más.
—Muy
bien; como Uds. quieran —dice Naty, bajando la mirada y extrayendo
de su carpeta verde claro la planilla de visita que debe firmar el
joven de referencia.
—¿No
entendés, rubia? —exclama el de la gorra, cada vez más exaltado,
y le quita la planilla de un manotazo, haciendo un bollo y
arrojándola a un costado. —¡Tomatelás!!!
—Está
bien, tranquilo… —retrocedo, con las palmas de mis manos en alto.
—No jodemos más, ya nos vamos.
—¡Sí:
andate vos también, anteojito!!! —exclama el de la gorra, tirando
otro manotazo con la palma abierta, impactando sobre la pechera de mi
campera.
El
de la camiseta del Barcelona parece despertarse de golpe, queriendo
sumarse a la provocación. La madre del joven quiere interceder,
dirigiéndose alternativamente a cada uno de los jóvenes y a su
hijo, pero nadie la escucha, ni siquiera yo, concentrado en ambos
“custodios”, con mirada penetrante, bajando ambas palmas,
preparado para lo que sea.
De
pronto, el clima de tensión se quiebra al arrojar Christopher la
primera piedra, al grito de:
—¡Váyanse
de una puta veeez!!! —empujando a Natalia, quien trastabilla,
agitando los brazos, y cae de costado en manos de los “custodios”.
El
tiempo parece detenerse. Comienzo a registrar la escena a mi
alrededor como si transcurriese en cámara lenta, sin perder detalle.
De una rápida reacción dependerá la integridad de ambos. Si pienso
demasiado, quedaré paralizado en el lugar, expuesto a cualquier
ataque. Por eso, me obligo a liberar la tensión acumulada, y salir
de allí a como dé lugar.
Lejos
de cualquier fantasía, ajeno a mi particular pantalla profesional,
doy un veloz paso adelante y lanzo un puñetazo con la derecha,
directo a la nariz del de la gorra de Boca, sintiendo el crujido del
tabique, mientras abro la mano izquierda y empujo la cabeza del de la
camiseta del Barcelona contra la pared, mientras Naty se escurre
hacia el piso, logrando zafarse de los brazos de ambos “custodios”.
Christopher se lanza hacia nosotros en medio de un aullido, y antes
de que yo consiga girar para enfrentarlo, Naty salta desde el piso,
embistiendo al joven con ambas manos, para que ambos caigan de
rodillas.
Vuelvo
a mirar a los “custodios”: el de la camiseta del Barcelona
vacila, aturdido por el golpe y el consumo; el de la gorra de Boca se
tambalea con la nariz rota, la boca llena de sangre, y mirada de
odio. Antes de que siga reaccionando, vuelvo a pegarle, esta vez en
la mandíbula, sintiendo un intenso dolor en los nudillos, pero
logrando noquear al joven, quien cae de espaldas contra la pared.
Christopher
intenta ponerse de pie; Naty, de rodillas, aferra un vaso de la mesa
y lo impacta contra la cabeza del joven, mientras se incorpora,
dispuesta a correr. De costado, yo percibo su movimiento y la tomo de
un brazo, tirando de ella hacia la puerta, mientras manoteo el
picaporte y salimos a los tropezones, intentando recuperar el
equilibrio.
—¡Los
voy a denunciar!!! —grita la madre de Christopher, mientras
escapamos.
Afuera,
negras y amenazantes, las nubes de tormenta se aplastan sobre los
techos de los edificios, rasgadas por los primeros relámpagos,
convirtiendo la escena en un espectáculo de pesadilla. El miedo, los
nervios, la frustración, se conjugan para impulsarnos a correr,
rogando que nadie se levante de ningún zaguán para salirnos al
cruce. El terreno irregular de los cincuenta metros que nos separan
de la calle nos hace tambalear en la carrera, sin soltarnos de las
manos, llevando un ritmo que intenta ser parejo, sintiendo el mayor
deseo de escapar que hayamos imaginado jamás.
El
primer cascotazo impacta sobre mi hombro derecho, muy cerca de mi
cabeza. El segundo contra la pantorrilla izquierda de Natalia. Los
últimos impactos nos pican cerca, sin alcanzarnos, pero ambos, entre
insultos y sin dejar de correr, oteamos hacia atrás, buscando a
nuestros agresores. Es el “custodio” de la camiseta del
Barcelona, aún mareado, cuya figura se destaca en la penumbra de la
mañana por un fogonazo estelar.
Un
trueno descomunal nos aturde al llegar a la vereda, girando en un
recodo y quedando bajo la protección de los edificios lindantes a
Lamadrid. Seguimos corriendo hasta el semáforo, volviendo la cabeza
para vigilar que nadie nos siga. El contacto con los vehículos y las
luces de la avenida parece devolvernos a la realidad, aunque no tanto
como para detener la carrera: intento cruzar Avenida La Plata sin
mirar, y casi soy arrollado por un auto blanco, que frena con un
chirrido, sin golpear mis pantorrillas.
—¿Dónde
vas, boludo??? —grita Naty, tirando de mi brazo, a fin de retenerme
cerca de la vereda, y liberando toda la angustia. —¡Lo que me
faltaba para completar este puto día!!! ¡Que te me mueras!!!
Yo
respiro agitado al borde de la vereda, mientras ella saca su celular
para llamar al Centro. Y aturdido, con la boca pastosa, intentando
una sonrisa, flexionando el torso y tomándome de las rodillas a fin
de recuperar el aliento, le susurro:
—Yo
con vos no salgo más…
La
imagen se va desdibujando, mientras regresan las tomas de video
captadas por el celular del youtuber, el rasguido del viento contra
el micrófono de ese celular, la voz del ignoto narrador… Y los
eucaliptos de la pampa, mudos testigos de una zona ferroviaria donde
otro país fuera posible, en el que (entre muchas otras cosas) el
consumo de sustancias problemáticas no hundiese a los adolescentes
en el cruel manotazo de ahogado del delito.