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domingo, 2 de agosto de 2026

La vaca y el tío

La vaca y el tío


Eduardo Francisco Coiro


Eran los años 40. La fecha justa es imposible de reconstruir.

El tío abuelo Juan  trabajaba en La Vascongada visitando tambos por la zona de los partidos de Chivilcoy y Suipacha que enviaban leche para la usina láctea. No era vasco sino italiano, pero usó boina vasca en la inmensa pequeñez de cada recuerdo.

El tío abuelo al que su mujer llamaba "Joani" con una dulzura inigualable en su voz era un hombre de más de 30 años. Un tipo honesto para el cual la palabra valía más que cualquier papel firmado.

Entre sus tamberos amigos estaba Aitor.

El vasco Aitor quería que el tío dejara de ser un empleado o que además fuese tambero. En una de esas visitas donde el tío abuelo verificaba condiciones observables del tambo. Aitor que ya era un amigo entrañable consiguió que Juan aceptara un regalo al que le presento de un modo inolvidable:

-Se llama Aurora. Es una maravilla que puede darte mucha felicidad.

La vaca era una de las mejores que tenía en su plantel.

Entre ellos sabían que el tío Juan no cambiaría su firmeza de inspector de tambos ni dejarían de ser amigos que dejaron sus pueblos para vivir en la tierra de promesas que era la Argentina entonces.

El tío Juan había comprado o arrendado un campo en las cercanías de Rosario.

Aitor lo quería convencer que pusiera un tambo. Él lo podría ayudar con su experiencia. El primer gesto fue regalarle a "Aurora".

En aquella época los trenes llevaban granos, animales, encomiendas, también pasajeros con sus equipajes pues eran trenes mixtos.

El tambo de Aitor quedaba entre San Sebastián y Almeyra, pero San Sebastián era una estación importante de la cual salían como cabecera trenes directos para Puente Alsina.

El primer tramo del viaje era breve. En poco más de dos horas  la vaca estaría en la estación Plomer. La vaca no podía viajar sola, alguien debía bajarla en Plomer y ahí esperar horas hasta que llegue el tren de la Compañía General  Buenos  Aires hacia Rosario.

Allí fue cuando Joani le encargo la tarea a su sobrino Nicolás que a los 16 años ya trabajaba en lo que podía. Era un trabajo sencillo pero tenía una carga de responsabilidad. Debía partir de Puente Alsina, viajar hasta San Sebastián, Encontrarse con Aitor que le daría de almorzar y lo haría recorrer el tambo para hacer tiempo a la llegada del tren mixto horas más tarde. Subir a Aurora en el vagón de hacienda. Bajarla en Plomer. Volver a subirla en un tren del Compañía General. Cuidar que la vaca llegue bien a la terminal donde la esperaría un tal Rosendo Núñez con un peón para llevarla al  campito del tío Juan. Todo este paseo duraría tres días entre idas y vuelta.

El tío Nicolás estaba maravillado por la idea, acepto sin preguntar cuanto le pagarían además del pasaje y las comidas. Es posible que fuese su primer viaje largo en tren. Todavía usaba habitualmente pantalones cortos así que Dominga -su madre- tuvo que conseguirle unos que el abuelo no usaba más y llevarlos a doña Julia una vecina pantalonera para que los ajustara a las medidas de Nicolás.

Tenía un pasaje para viajar en vagones con asientos de madera con la obligación de bajar en cada estación y fijarse como estaba Aurora en el vagón del ganado.

El tío había empezado a conversar con una chica algunos años mayor que él mientras esperaba en Plomer. Se llamaba Manuela. Se acerco como otras personas ante la imagen pintoresca de un jovencito tan alto parado en el andén llevando atada a una vaca. Una hermosa vaca lechera que llevaba colgada del cuello su nombre "Aurora" en un cartel enorme.

Fueron muchas estaciones. El tío bajaba en cada una. Iba rápido a ver como estaba Aurora, luego corría al silbato del guarda para subir y seguir conversando con Manuela.

(….)

El tío Nicolás tenía  88 años cuando relató hasta este punto todo esto.

Suspiró. Entró en una especie de limbo que duró largos minutos hasta que volvió a hablar con un tono de repentina tristeza:

-Nunca más pude estar con una mujer tan hermosa.

Entonces fue cuando le pregunté:

-¿Cómo siguió la historia de la vaca?

-De eso ya no me acuerdo.

-Te llamé para que vengas urgente porque anoche soñé con el tío Joani.

(El tío abuelo Juan era para todos una especie de santo en los cielos de nuestra memoria.)

-Tengo miedo. Creo que cuando muera no voy a entrar al cielo.

El tío Nicolás estaba pálido. 

-Juan me hablaba.

-¿Qué te decía?

-Querido Nicolás, pronto nos veremos. ¿Dónde esta la vaca?

jueves, 30 de julio de 2026

La razón centrífuga

La razón centrífuga


Mónica Russomanno


Llegué a Roque Pérez. Desde aquí no me queda otra opción que hacer dedo. Pedir aventón traducen los españoles, pero aquí no aventamos las cosas, las tiramos, las revoleamos como quien dice que se saca algo de encima, lo agarra de una esquina, mueve el brazo en redondo por sobre la cabeza, suelta y la cosa sale disparada hacia una esquina del mundo, y se queda ahí donde ya no hace daño. No aventamos ni arrojamos, en nuestro tirar hay una desesperación de revoleo, y me pongo a discurrir sobre temas tangenciales para evadirme de este presente, de este haber llegado casi, de estar tan cerca aunque falte el último tramo.

No hago dedo entonces. Podría ponerme a la vera de la ruta y con el clásico gesto de los mochileros indicar mi deseo de que algún buen samaritano me recoja, pero en este lugar y en estos tiempos podría pasar días esperando que alguien me levante.

En un barcito pregunto si hay forma de viajar a la Estación Juan Tronconi. El hombre detrás de la barra lo piensa un momento mientras pasa la rejilla borrando las gotitas que ha dejado la bandeja de latón que se ha llevado el mozo. Dieciséis kilómetros, me informa. No me pregunta para qué quiero ir a una estación que ha dejado de recibir trenes desde hace más de cincuenta años, su orgullo masculino lo insta a resolverme el problema. Se nota que es uno de esos hombres acostumbrados a solucionar desperfectos, y lo veo dando vueltas un mapa mental de caminos rurales y alambradas, adornado con vagas referencias de tendidos eléctricos repletos de gigantescos nidos de loros.

La maestra. Me dice que la maestra de la escuela número ocho va hasta ahí cerquita de la estación. Que la escuela está a un tiro de piedra. Después si, ahora que me dijo cómo llegar, me pregunta para qué voy. Quiere seguir demostrando eficacia, intenta adivinar, supone que hago un relevo fotográfico de sitios históricos, pero me advierte que la estación ha quedado en un campo privado, y sólo se ve de lejos, detrás de una alambrada.

Me dice que la maestra vive ahí a unos trescientos metros del bar, que si camino hacia la izquierda voy a encontrar una casa con una reja blanca y un ficus en la vereda. Me dice que no me puedo equivocar, que el árbol es enorme y las raíces están tirando la pared que sostiene la reja.

Tuve suerte, encontré la casa, la mujer se mostró amable y accedió a llevarme hasta la escuela. Eso sí, me dijo, tendría que compartir el automóvil con sus hijos y una enorme cantidad de cachivaches. Pilas de cuadernos, rollos de láminas, cajas de diferentes tamaños, un chico de unos nueve años y una nena de siete que fueron todo el camino disputando un celular con el que uno intentaba escuchar una música mientas la niña lo acusaba a la madre y viceversa.

No podíamos mantener la conversación sin gritar, por lo que tras vanos intentos de preguntar o responder superficialidades, pude mirar lo poco que había para ver mientras el auto traqueteaba en el camino de tierra. Vacas, postes, alambradas, pájaros, sembrados que para mi ignorancia podían ser cualquier cosa entre soja o alfalfa.

La escuela consta de dos edificios celestes, uno más grande y con una enorme puerta con arco de medio punto, de hierro, con grandes cuadrados de vidrio repartido. No pude evitar pensar que en la ciudad los vidrios ya estarían rotos, y por la noche habrían vandalizado la escuela aprovechando esos grandes espacios sin rejas. Pero estamos en el medio del campo, aquí se respetan los objetos construidos con esfuerzo humano.

Todavía no llegan los chicos ni las otras señoritas, la maestra abre la escuela media hora antes del inicio del turno para preparar los salones, abrir las ventanas, regar las plantas de las macetas. Me dice que está reemplazando a la directora, que tiene muchas ocupaciones, desaparece con los hijos ofreciéndose a llevarme de vuelta a la ciudad cuando finalice el horario escolar.

Voy hasta la estación. Camino en un silencio maravilloso. Las retamas rojas salpican el pasto que a esta hora tiene un color precioso, brillante, favorecido por la lluvia de ayer. Claro que me detiene el alambrado. Cerca, a unos cincuenta metros quizás, el edificio de la estación con su techo rojo a dos aguas todavía parece vivo. Veo el andén, con las cenefas de madera, las paredes de ladrillo típicamente inglesas como el verde de las aberturas. Allá el galpón de carga, largo y tan hermoso acostado bajo su cielo perfectamente azul. La hilera de altos plátanos retorcidos, el molino dibujado finamente, haciendo contrapunto con el tanque de agua macizo. Todo igual. Faltan los Sosa en la carnicería, la gente llegando con paquetes en sus verduleras, el guarda y su silbato. Falta, claro, la gente. Pero la ilusión de realidad es tan fuerte que creo escuchar las voces entremezcladas con el grito de los teros y ladridos lejanos.

No pertenezco a este paisaje. Me lo contaron. A pesar de mi edad, que ya me funde con todos los paisajes en sepia, no conocí los acopios de cereales de los planes quinquenales cuando se nacionalizaron los ferrocarriles, ni tampoco vi pasar la última formación en 1961. No estuve cuando levantaron las vías, cuando desapareció el puente que unía Roque Pérez con Carlos Beguerie. No estaba yo sobre este andén borrado, cuando esto dejó de ser una estación de trenes para ser testimonio de fracaso.

Vengo a despedirme. Por qué aquí, bueno, porque en algún lugar se derrumbaron las ilusiones, y éste fue uno de esos lugares. Recóndito, centrado en su telaraña de caminos polvorientos, posesión inglesa primero, argentino luego, propiedad privada ahora, desaparecido, inútil, lugar de fantasmas, mancha de lo que no fue.

Recostada contra uno de los postes del alambrado, llorando sin mucha lágrima pero a corazón desollado. En soledad, pequeña, despeinada, con las piernas cansadas, consciente del polvo en los zapatos y de que empiezo a tener hambre. Con pena de tener hambre, porque las ocasiones solemnes no debiesen opacarse con estas cosas. Triste, triste, muy triste. Sintiendo el planeta esférico bajo mis pies, henchida de amor por esta Argentina que me defrauda hasta el vértigo, a punto de ahogarme por la bronca contra esta Argentina que me defrauda. Sabiendo que estoy haciendo un recuerdo, que estoy plantando una bandera en mi memoria, un momento iluminado por el relámpago, una quemadura desgarradora.

Mañana será Ezeiza, el vuelo, la partida.

Aquí, en el medio del campo, que es el medio de la nada o sea el centro del alma y el centro de mi Patria, mirando de lejos las ruinas de una promesa, viendo el puente que falta, las huellas de vías que se desvanecieron, la caída de un enorme toro que desapareció en su propia polvareda. Aquí, antes de volver a subir al automóvil de la maestra, me despido.

Una figura aparece en el andén. No distingo si es una mujer o un niño, la saludo con un amplio gesto de mi mano por sobre la cabeza. Permanece inmóvil un instante y luego, despacio, me devuelve el saludo con lentitud, dibujando un arco ampliamente con el brazo derecho.

¿Soy yo, de joven? Un escalofrío bajo el sol. Quien se va se deja, me digo. Aquí queda mi juventud. Me marcho.

domingo, 26 de julio de 2026

Estación Los Eucaliptos

Estación Los Eucaliptos

Alberto Di Matteo 

El amigo Coiro acaba de enviarme otro mail, encargándome un nuevo texto para InvenTren. Luego de la grata experiencia de volver al ruedo literario hace quince días, la tarea no amenaza ser dolorosa. Siento los dedos más sueltos que cuando encarase la fantasía cómica de Estación Funke, pero el ojo de la imaginación no me encuentra en mi mejor momento. Por lo tanto, releo el título de la Estación y me dejo llevar una vez más por la asociación libre.

Coiro me envía videos de YouTube donde un par de nostálgicos han filmado los actuales paisajes de la ex Parada Los Eucaliptos, perteneciente al extinto Ferrocarril Provincial. Lugares campestres que apenas dejan vislumbrar la presencia del hombre a través de algunas casas, varias tranqueras, y mucha ruina. Al menos, reconforta ver que las imágenes brillan bajo un sol pampeano que se intuye cálido y esperanzador.

Entonces recuerdo algo que me retrotrae en el tiempo, quizá imbuido por el aura desoladora de lo que fuera y ya no es, del pegajoso ámbito de precariedad que me transmiten los espacios vacíos del terreno donde alguna vez existió una estación, con telégrafo incorporado. Los Eucaliptos también se llama un barrio del conurbano bonaerense emplazado en el Municipio de Quilmes, donde hace casi diez años realicé visitas domiciliaras motivadas por mi trabajo como psicólogo perteneciente a la Secretaría de Niñez y Adolescencia de la Provincia de Buenos Aires.

En aquel entonces, tomé otro ramal ferroviario, el eléctrico hacia Florencio Varela, desde donde combiné con un colectivo para llegar hasta la esquina del semáforo de Avenida La Plata y Lamadrid. Mi compañera Natalia arriba pocos minutos después con su auto, y una vez que estaciona, nos saludamos en la vereda, subiéndonos hasta el cuello los cierres de las camperas.

¿De veras estás listo, Albertito? ¿O vas a arrugar antes de entrar? —me provoca ella, con una risita. —¿La verdad? Ni sé cómo te animás a venir.

Si llegamos hasta acá, no me voy a echar atrás. Además, si nos pasa algo malo, me vas a defender vos…

Caminamos con sigilo hacia el hueco entre ambos edificios de tres plantas, donde se abre la entrada hacia la villa, sita en el corazón de la manzana: la mayor cocina de paco del conurbano.

El panorama es decadente. Mugre y abandono impactan a la vista, así como los jóvenes tirados contra los cimientos de las casas, hundidos en el tanático sopor del consumo. Naty ahoga por un rato el buen humor y avanza segura sin mirar demasiado alrededor, sabiendo de antemano cuál es la casa en la que debemos entrar. Yo espío de reojo, sin perder detalle, pero al mismo tiempo queriendo pasar desapercibido a cada paso que damos, mientras nos internamos en terreno desconocido.

En el domicilio señalado, ya hay gente de pie junto a la puerta. Con Naty nos ponemos en guardia, pero disimulando. Estos de la puerta deberían estar durmiendo, y no amanecidos. Los rumores acerca de la proliferación de los “tranzas” en el domicilio de arresto del joven posiblemente sean ciertos.

Buen día —saluda Naty, sin cordialidad, ni vacilación. —¿Christopher se encuentra?

¿Quién lo busca? —desafía un morocho, con una gorra de Boca y mirada torcida.

Somos del Centro de Referencia. Venimos por una entrevista.

¿Para qué? —insiste el de la puerta.

Para ayudarlo antes de que vaya preso —sostiene Naty. —¿Vos sos el padre?

Con un movimiento de cabeza, el de la gorra de Boca le indica al otro, con camiseta del Barcelona y ojos irritados, que entre en la casa, sin quitarnos la vista de encima. Naty me mira, yo arqueo las cejas, dudando. ¿Será factible realizar la visita, o mejor volvemos en otro momento? ¿Qué nos diría Liliana, nuestra coordinadora? Que no salgamos con un día de tormenta como éste, eso seguro.

El de la camiseta del Barcelona vuelve enseguida, acompañado por una mujer teñida de rubio y con anteojos recetados, ajenos a este entorno social.

Buen día, ¿cómo están? —nos saluda la madre, afable. —Pasen, sin vergüenza.

¿Podemos? —dice Naty, mirando de arriba abajo a los “custodios” de la entrada.

Sí. Déjenlos pasar, son de confianza —informa ella, y los jóvenes se apartan.

Ingresamos en una habitación indescriptible, oscura y desordenada más allá de cualquier imaginación. Nos acercamos a una mesa pero permanecemos de pie. No hay niños a la vista. La inquietud (y el aroma de la marihuana) impregnan el ambiente.

¿Y su hijo? ¿Se levantó? —dice Naty, intentando contener la respiración, creyendo que sería mala idea sacar el celular para tomar con discreción una foto de la escena.

Ya le aviso que están acá —señala la madre, antes de retirarse por un recodo.

Miro por sobre mi hombro; ambos “custodios” han entrado y nos vigilan la espalda. De pronto, maldigo la idea de acompañar a Naty a hacer justamente esta visita, maldigo la idea de que cualquiera de nuestras compañeras deba internarse en lugares riesgosos como éste, maldigo la idea de estar a punto de padecer la peor experiencia de vida desde que ingresara a este trabajo.

Esmirriado y ojeroso, Christopher se levanta de mala gana, belicoso y angustiado a la vez. Nos contempla extrañado, repudiando la visita.

¿Otra vez? —increpa a Natalia, al verla de nuevo en su casa.

Esta, y muchas otras veces —responde ella. —Te recuerdo que por esta causa debes cumplir un arresto domiciliario, por el que tengo que visitarte todas las semanas.

¿Y por qué no me hace todas las preguntas juntas? Así la veo una vez por mes.

Porque tengo que saber cómo estás llevando el arresto, todas las semanas —reitera Naty, segura. —¿Te molesta mucho que venga?

Por favor, señora —concilia la madre. —No le haga caso. Su presencia no molesta.

A su hijo parece que sí.

¡A mí me jode que vengan a molestar a cada rato por algo que yo no hice! —estalla Christopher.

Si no hiciste nada, ¿por qué no colaborás? Así se te hace más fácil transitar esta causa —intercedo yo, casi con suavidad. —¿Cómo la venís pasando?

¡Me tienen todos harto!!! —grita Christopher. —¡La yuta por pegarme, los jueces por acusarme, mi viejo por dejarme, y mi vieja por querer internarme por drogón!!! ¡No le importo a nadie!!! ¡Encima vienen Uds. a cada rato, a joderme por las cosas que hago!!!

Pero dijiste que no habías hecho nada… —le señalo, sin rematar la frase.

Él siempre se pone así… —lo disculpa la madre. —Ya no sé qué hacer…

¡Pitu!!! —exclama el de la gorra de Boca, por sobre el hombro de los agentes de la Secretaría de Niñez y Adolescencia. —¡Vos sabés que te bancamos a muerte!!!

Bueeenooo… ¿Qué tal si nos calmamos? —advierte Naty, mirando a todos en derredor, y dirigiéndose hacia los “custodios”: —¿Uds. podrían dejarnos un ratito a solas con la familia? Cuanto antes terminemos, antes nos vamos.

Chicos, por favor… —comienza la madre, pero la interrumpe el de la gorra de Boca.

¡No le rompan más las pelotas al Pitu!!! ¡Que acá en el barrio tiene aguante!!!

Nos miramos con Natalia; será mejor que nos vayamos. Esto no da para más.

Muy bien; como Uds. quieran —dice Naty, bajando la mirada y extrayendo de su carpeta verde claro la planilla de visita que debe firmar el joven de referencia.

¿No entendés, rubia? —exclama el de la gorra, cada vez más exaltado, y le quita la planilla de un manotazo, haciendo un bollo y arrojándola a un costado. —¡Tomatelás!!!

Está bien, tranquilo… —retrocedo, con las palmas de mis manos en alto. —No jodemos más, ya nos vamos.

¡Sí: andate vos también, anteojito!!! —exclama el de la gorra, tirando otro manotazo con la palma abierta, impactando sobre la pechera de mi campera.

El de la camiseta del Barcelona parece despertarse de golpe, queriendo sumarse a la provocación. La madre del joven quiere interceder, dirigiéndose alternativamente a cada uno de los jóvenes y a su hijo, pero nadie la escucha, ni siquiera yo, concentrado en ambos “custodios”, con mirada penetrante, bajando ambas palmas, preparado para lo que sea.

De pronto, el clima de tensión se quiebra al arrojar Christopher la primera piedra, al grito de:

¡Váyanse de una puta veeez!!! —empujando a Natalia, quien trastabilla, agitando los brazos, y cae de costado en manos de los “custodios”.

El tiempo parece detenerse. Comienzo a registrar la escena a mi alrededor como si transcurriese en cámara lenta, sin perder detalle. De una rápida reacción dependerá la integridad de ambos. Si pienso demasiado, quedaré paralizado en el lugar, expuesto a cualquier ataque. Por eso, me obligo a liberar la tensión acumulada, y salir de allí a como dé lugar.

Lejos de cualquier fantasía, ajeno a mi particular pantalla profesional, doy un veloz paso adelante y lanzo un puñetazo con la derecha, directo a la nariz del de la gorra de Boca, sintiendo el crujido del tabique, mientras abro la mano izquierda y empujo la cabeza del de la camiseta del Barcelona contra la pared, mientras Naty se escurre hacia el piso, logrando zafarse de los brazos de ambos “custodios”. Christopher se lanza hacia nosotros en medio de un aullido, y antes de que yo consiga girar para enfrentarlo, Naty salta desde el piso, embistiendo al joven con ambas manos, para que ambos caigan de rodillas.

Vuelvo a mirar a los “custodios”: el de la camiseta del Barcelona vacila, aturdido por el golpe y el consumo; el de la gorra de Boca se tambalea con la nariz rota, la boca llena de sangre, y mirada de odio. Antes de que siga reaccionando, vuelvo a pegarle, esta vez en la mandíbula, sintiendo un intenso dolor en los nudillos, pero logrando noquear al joven, quien cae de espaldas contra la pared.

Christopher intenta ponerse de pie; Naty, de rodillas, aferra un vaso de la mesa y lo impacta contra la cabeza del joven, mientras se incorpora, dispuesta a correr. De costado, yo percibo su movimiento y la tomo de un brazo, tirando de ella hacia la puerta, mientras manoteo el picaporte y salimos a los tropezones, intentando recuperar el equilibrio.

¡Los voy a denunciar!!! —grita la madre de Christopher, mientras escapamos.

Afuera, negras y amenazantes, las nubes de tormenta se aplastan sobre los techos de los edificios, rasgadas por los primeros relámpagos, convirtiendo la escena en un espectáculo de pesadilla. El miedo, los nervios, la frustración, se conjugan para impulsarnos a correr, rogando que nadie se levante de ningún zaguán para salirnos al cruce. El terreno irregular de los cincuenta metros que nos separan de la calle nos hace tambalear en la carrera, sin soltarnos de las manos, llevando un ritmo que intenta ser parejo, sintiendo el mayor deseo de escapar que hayamos imaginado jamás.

El primer cascotazo impacta sobre mi hombro derecho, muy cerca de mi cabeza. El segundo contra la pantorrilla izquierda de Natalia. Los últimos impactos nos pican cerca, sin alcanzarnos, pero ambos, entre insultos y sin dejar de correr, oteamos hacia atrás, buscando a nuestros agresores. Es el “custodio” de la camiseta del Barcelona, aún mareado, cuya figura se destaca en la penumbra de la mañana por un fogonazo estelar.

Un trueno descomunal nos aturde al llegar a la vereda, girando en un recodo y quedando bajo la protección de los edificios lindantes a Lamadrid. Seguimos corriendo hasta el semáforo, volviendo la cabeza para vigilar que nadie nos siga. El contacto con los vehículos y las luces de la avenida parece devolvernos a la realidad, aunque no tanto como para detener la carrera: intento cruzar Avenida La Plata sin mirar, y casi soy arrollado por un auto blanco, que frena con un chirrido, sin golpear mis pantorrillas.

¿Dónde vas, boludo??? —grita Naty, tirando de mi brazo, a fin de retenerme cerca de la vereda, y liberando toda la angustia. —¡Lo que me faltaba para completar este puto día!!! ¡Que te me mueras!!!

Yo respiro agitado al borde de la vereda, mientras ella saca su celular para llamar al Centro. Y aturdido, con la boca pastosa, intentando una sonrisa, flexionando el torso y tomándome de las rodillas a fin de recuperar el aliento, le susurro:

Yo con vos no salgo más…

La imagen se va desdibujando, mientras regresan las tomas de video captadas por el celular del youtuber, el rasguido del viento contra el micrófono de ese celular, la voz del ignoto narrador… Y los eucaliptos de la pampa, mudos testigos de una zona ferroviaria donde otro país fuera posible, en el que (entre muchas otras cosas) el consumo de sustancias problemáticas no hundiese a los adolescentes en el cruel manotazo de ahogado del delito.

jueves, 23 de julio de 2026

KM. 55

KM. 55

Sergio Borao Llop

Y pensar que antes aquí paraba el tren. Aunque de eso hace ya muchos años. El tiempo pasa, arrasando con todo. A la vista del aparente abandono, me parece un milagro que algo de todo esto se mantenga en pie. Me pregunto cuánto hace que un ser humano no espera al tren en este andén. Y me pregunto también qué me impulsó a mí a aceptar el encuentro en este lugar perdido.

Claro que yo no sabía que esto era un desierto. Solo ahora me percato de la inmensa soledad de este sitio. Si el asunto no fuera tan serio, pensaría que me gastaron una broma pesada. Ahora no me queda más que esperar. Pronto llegarán. El hecho de que yo ya esté aquí sentado, a la sombra de esta vieja pared semiderruida, solo significa que me adelanté, como siempre hago. Debo dejar ya esa vieja costumbre. Luego la espera se me hace eterna y empieza a afectar a mis nervios.

Era diferente en mi juventud. Entonces esperar no era más que una de las coordenadas de la cita. Me ubicaba en el sitio convenido y prestaba atención a todo el mundo. Bueno, en verdad, tan solo a aquellos que encajaban en el perfil de la persona con la que yo hubiese quedado. Inventariaba rostros, gestos, peculiaridades. Uno nunca sabe cuándo pueden servirle esas cosas. Eso me ofrecía un entretenimiento y amenizaba la espera. Naturalmente, hablo de encuentros con gente desconocida.

Como este.

Mentiría si dijese que estoy tranquilo. La naturaleza del asunto que me ha traído hasta este lugar no es como para estarlo. Pero ya no me quedaba otra opción. Todos los caminos han sido ya recorridos; todos los puentes, quemados. Frente a mí solo hay un precipicio y el consecuente salto. Despeñarse o volar. En eso consiste todo. En uno u otro caso, la opinión de mis allegados –si he de suponer que aún queda alguien que pueda ser considerado como tal- caerá sobre mí. Se me considerará un pusilánime o un malvado. Nada puedo hacer ante eso, salvo encogerme de hombros y mirar el reloj. Ya casi es la hora.

Todo esto no hubiese sucedido en otras circunstancias.

Si yo hubiese tenido un empleo, por ejemplo. O ingresos de cualquier tipo. Pero no. Lo determinante fue que me despidieran de la empresa en la que llevaba más de veinte años trabajando. La crisis, alegaron. Que no había trabajo para todos. Que yo ya no era joven y no podía rendir como antes. Que los tiempos habían cambiado y nada podía hacerse por remediar eso. Y así, de la noche a la mañana me vi en la calle. Demasiado viejo para optar a un trabajo y demasiado joven para acogerme a los beneficios de la jubilación. No obstante, no quise rendirme todavía. Aunque de nada sirvieron las incontables horas pasadas en busca de un empleo, de nada las fatigosas caminatas, de empresa en empresa, ofreciendo mis servicios a cambio de un mísero salario; de nada los centenares de currículos entregados en mano o enviados por correo electrónico; de nada las escasas entrevistas en las que ya todo estaba decidido de antemano en cuanto el empleador vislumbraba mis ya numerosas canas.

Así pues, no me quedó otra que tratar de obtener algún dinero por el medio que fuese. Debo admitir que fui engañado en tres o cuatro ocasiones por alguno de esos anuncios de los diarios en los que se aseguran grandes ganancias a cambio de unas pocas horas de trabajo en tu propio domicilio. A la hora de la verdad, todo es humo. Consideré la opción de fabricar manualidades y poner un puestecito en el mercado, pero todo eso exigía un gasto (en materiales e impuestos) que ya no podía permitirme. Estaba en las últimas. También hice imprimir un librito con algunos de mis mejores poemas y traté de venderlo de puerta en puerta. Pero descubrí que la gente no lee poesía. Entonces, tras una de esas puertas a las que llamé durante mi obstinado y casi inútil periplo, fue cuando los conocí. A ellos.

Miro mi reloj. Parece que se retrasan. Según he oído, retrasarse es uno de sus métodos favoritos para poner nerviosa a la gente. Y verdaderamente lo están consiguiendo.

Como sin duda lo consiguieron aquel día, cuando yo me presenté en su casa tratando de venderles mi poesía. El que me abrió la puerta me miró fijamente durante un segundo. Luego echó un rápido vistazo por encima de mi hombro, a uno y otro lado del estrecho pasillo. Al ver que no había nadie más, me agarró bruscamente por el brazo y me introdujo a la fuerza en su vivienda.

Sin soltarme, y haciendo caso omiso de mis protestas, me arrastró hasta un salón escasamente iluminado donde había otro tipo, me lanzó sobre un sofá no demasiado limpio y fijó su vista en el otro. Intercambiaron unas pocas palabras en un idioma que no entendí. Luego se acercaron uno por cada lado, amenazantes, y el más bajo sacó una navaja del bolsillo de su pantalón.

  • ¿Qué haces aquí? – preguntó. Yo tardé unos segundos en responder, lo que provocó un peligroso acercamiento de la punta de la navaja a mi cuello.

  • Yo… Yo… Solo vendo libros… No he hecho nada.

Entonces vieron el librito en mi mano derecha. Uno de ellos agarró la pequeña mochila en la que llevaba varios ejemplares más y la vació sobre el sofá. La volteó y la registró con esmero. A saber qué estará buscando ahí, me pregunté. Luego me hicieron incorporarme y me manosearon todo el cuerpo. Como en un registro de los que hace la policía en las películas norteamericanas. Al terminar, parecían más satisfechos. Volvieron a hablar entre ellos. Después, todos nos sentamos en el sofá y empezaron a hacerme preguntas. Montones de ellas. Yo, encogido por la estrechez del mueble y por el miedo, di todas las explicaciones que se me solicitaron. Temía equivocarme, dar una respuesta que no fuese de su agrado y terminar así mis días en aquel antro oscuro. Finalizado el interrogatorio, el calvo se levantó y paseó como ensimismado por la habitación, mientras el otro guardaba la navaja nuevamente. Respiré, presumiendo o más bien deseando que lo peor hubiera pasado.

Se produjo un nuevo intercambio verbal entre ellos, con abundante movimiento de manos, y luego se quedaron mirándome, como sopesando algo.

  • Dices que estás sin blanca, ¿no? – preguntó uno.

  • Así es. – respondí con franqueza.

  • ¿Te gustaría ganar un dinero trabajando para nosotros?

  • Haré lo que sea. No tengo elección.

  • Bien. Esto es lo que queremos que hagas…


Cruzar a Bolivia no fue difícil. Dicen que nada lo es si uno sabe medir bien sus opciones y los riesgos. Una vez allí, me presenté en la dirección indicada y recogí el paquete. Pesaba. Lo introduje en el maletero del auto, bajo la rueda de repuesto, tal y como se me había indicado. Los tipos del otro lado me miraban con mal disimulada suspicacia. Al parecer, yo no daba el perfil para llevar a cabo ese encargo. No fueron simpáticos. Yo lo único que quería era salir de allí, regresar y cobrar el dinero que se me había prometido. El retorno fue más complicado, siquiera por mi sentimiento de culpa. En todas partes me parecía ver patrullas de carretera. Los faros de los coches que circulaban en dirección contraria me angustiaban. Cualquier construcción al borde de la ruta se me figuraba un cuartel policial. En un momento todo podía derrumbarse.

Pero no fue así. Tras un trayecto que se me antojó eterno, conseguí atravesar la frontera, sudoroso y agotado. Luego emprendí el camino hasta aquí.

Y aquí estoy ahora, esperando. La espera me ha hecho tener pensamientos negativos. Y si… Pero ahí se ven los faros de un auto. Ya vienen. Solo espero que recojan su mercancía y me den lo acordado. Ojalá que no me maten. Que no me maten y dejen mi cuerpo aquí tirado, en este kilómetro 55, en este lugar abandonado por los hombres donde no queda ni la memoria de lo que un día fue.

martes, 21 de julio de 2026

La Murra

La Murra


Urbano & Coiro


Volvíamos en tren con mi padre. Mi viejo trataba de enseñarme como se jugaba a la Murra. Era algo así como piedra, papel y tijera pero distinto, cada jugador debía mostrar un número con sus dedos de la mano derecha arrojados al aire como dados y adivinar la suma total. El vagón estaba a oscuras, las manos de mi padre se iluminaban con la luz de luna que entraba a ráfagas desde la ventanilla. Desde el otro lado de la fila de asientos una mujer -italiana como él- se emocionó: comenzó a contar como se jugaba a la Murra en el bar de su padre. Hablaban a medias en italiano, a veces mezclaban palabras en dialecto y ellos solos se entendían. Hamacado por el movimiento del tren empecé escuchar esa conversación sobre un mundo que ellos conocieron y que seguramente ya no existía en Italia como parte de un sueño.


La animada conversación entre la señora y mi padre en la oscuridad del tren sería en el futuro sólo un suspiro imposible en mi memoria. 

sábado, 18 de julio de 2026

Luces en la noche

Luces en la noche

Cecilia Zanelli

¿Vamos?

La pregunta de Fabio la sorprendió. Su hermano había planificado una noche diferente, para cortar la aburrida rutina que era habitual en aquel paraje casi desértico.

Los niños habían decidido llegar hasta las vías del tren, distantes a unas cuadras de su casa, una vez que sus abuelos se durmieran.

El pueblito (tal vez ni llegaba a ser eso) en el que vivían no era muy divertido los días de semana para ellos. Casi adolescentes, vivían desde pequeños con sus abuelos. El único entretenimiento era la televisión, que se interrumpía indefectiblemente a las 12 de la noche, cuando la repetidora del canal dejaba de funcionar. Los abuelos cenaban y se iban a dormir temprano pero los niños tenían demasiada energía para imitarlos.

Minutos antes de la medianoche podían escuchar la sirena del tren de pasajeros que cruzaba sin detenerse por ese lugar, atravesando con rapidez el campo oscuro.

A Fabio se le había ocurrido que podía asustar a algún pasajero insomne. Desde el tren, sólo podía verse un paisaje oscuro. Las luces del pueblo estaban lejos.

Salieron silenciosamente de la casa y cruzaron el alambrado, cada uno con su linterna. Fabio había asustado a algunos niños en las reuniones familiares, colocándose una luz bajo el mentón. El resplandor, que iluminaba la cara desde abajo, distorsionaba sus rasgos y causaba un poco de sobresalto a quien era sorprendido por esa aparición.

¿Algún desprevenido pasajero vería la cara de los niños al pasar? Era poco probable, pero Fabio no se desanimaba fácilmente y con tal de hacer algo distinto aquella noche, lo intentaría.

Mara sintió un poco de temor al ver la roja luz del tren que se acercaba rápidamente, emergiendo desde la lejana negrura de la noche.

De todas formas hizo lo mismo que su hermano. Se ubicaron cerca de las vías, donde podían ser divisados desde las ventanillas y prendieron sus linternas.

El tren pasó con indiferente velocidad frente a ellos. Fabio gritó, pero Mara sabía que no podía ser oído. Había terminado el juego. No fue tan apasionante como ella imaginaba pero valió la pena intentarlo.

Decidieron volver a casa, pero Fabio empezó a correr. Una broma que le hacía a menudo, salvo que en esta circunstancia era de noche y no había luna.

Mara le gritó: no podía alcanzarlo. Él era mayor y más rápido.

El pasto estaba alto y no se veía casi nada. Mara pensó en los grillos, los sapos y las aves nocturnas y se estremeció.

Se esforzó por correr más rápido. Una lejana luz mostraba la dirección de la casa. Sorpresivamente, algo cubrió su boca y su nariz.

Entre el terror y la sorpresa, trató de liberarse, pero era tanta la presión que se asfixiaba. Comenzó a desvanecerse.

Me muero”, pensó.

En el tren viajaba una mujer que, aunque había jurado no volver más a su pueblo, regresaba.

Los trámites de la sucesión de la casa de sus padres exigían que retorne a ese triste lugar, lejano en la distancia y el tiempo. Había que tomar decisiones, firmar papeles.

Sólo usted puede”, le dijo el abogado por teléfono.

El vagón estaba oscuro. Todos parecían estar durmiendo. Seguramente ella sería la única que continuaba despierta. No tenía ni el cansancio ni la tranquilidad necesaria para dormir.

Cada tanto, una luz en el camino iluminaba el vidrio de su ventanilla y podía ver su reflejo.

¿Tanto envejecí?”, se preguntaba. Tal vez fuese el cristal que cambiaba sus rasgos o realmente el paso del tiempo le mostrara un rostro un poco extraño, que no había advertido   antes.

Sólo había oscuridad afuera. Algunas luces lejanas anunciaban la existencia de pequeños grupos de casas o poblados.

De pronto un diminuto destello le llamó la atención. A medida que se iba acercando, Laura intentó comprender qué era esa pequeña luminosidad en medio del negro campo. Pronto estuvo cerca, cada vez más y cuando pasó el tren junto a ella fue tan veloz que no pudo distinguir bien de qué se trataba, pero advirtió a varias personas jugando con luces. Algo la inquietó. No pudo ver bien las siluetas ni sus caras. Tal vez estaban casualmente en ese lugar, pero no se sintió tranquila.

El tren siguió, imperturbable, atravesando la noche.

Laura sentía que habían pasado horas desde que había subido a él. El viaje era más largo de lo calculado.

Dormitó unos minutos y despertó. ¿Adónde estaría? Su celular se había apagado hacía rato y eso la alarmó. ¿Cuánto hacía que estaba viajando? Todos dormían… No se atrevió a despertar a nadie para preguntarle.

De pronto, y para su alivio, el tren comenzó a disminuir la velocidad. Estaban llegando a alguna estación. Increíblemente, no había luces cercanas y cuando al fin la máquina paró, no pudo ver el nombre del sitio. En el oscuro andén, sólo estaba sentada una niña con una linterna en la mano, y esa era la única luz existente.

Laura decidió bajar y acercarse a ella.

¿Dónde estamos?”, le preguntó.

La niña la miró con ojos abatidos. “No lo sé. Yo sólo estoy esperando un tren que me lleve de vuelta a casa”.

La sirena de la locomotora las aturdió. Su tren se iba. Laura sintió un gran desasosiego.

¿Cómo podía estar sola una niña en ese lugar? Entre tanta oscuridad, con tantos peligros…

Una dolorosa visión inundó su mente.

Si alguien la hubiese acompañado aquella noche, en el paraje Los Eucaliptus…

Si su padre no se hubiese quedado bebiendo con sus amigos…

Si hubiese podido gritar…

Ya no importaba la condena ni el castigo a quien cometió el delito. Ella lo único que quería era olvidar, sacar esas escenas de su memoria.

Pero ¿Se pueden eliminar los recuerdos dolorosos? ¿Alguien puede borrarlos?

Sólo usted puede” había dicho el abogado.

Se sentó junto a la niña y le tomó la mano, sin saber lo que hacía, impulsada solamente por una fuerza interna, eterna, la de su corazón.

A lo lejos se veía la luz blanca de un nuevo tren que se acercaba.

 

Mara se despertó. Todavía era de noche y el rocío había mojado su ropa y su piel. Fabio se las pagaría. Le iba a contar todo a los abuelos. Esas bromas no se hacen. Fue dando zancadas hasta la pequeña casa y, furiosa, entró.

¡Fabio!” llamó sin alzar demasiado la voz. “¡Salí, idiota!”

La puerta del dormitorio se abrió despacio y la cara de Fabio expresó asombro y culpa: “¡Mara!” gritó.

Desde el otro dormitorio salió el abuelo y comenzó a llorar.

¡Fue su culpa!, se defendió Mara “Él me dejó sola, junto a las vías del tren”.

Fabio se acercó a ella y agarrándole las manos, le dijo despacio: “Eso fue hace tres años, Mara”.

 

Laura despertó justo cuando llegaba a su destino. Se bajó del tren despacio. El pueblo no había cambiado mucho. Algunas calles asfaltadas, algunas casas más. Nada sorprendente. Caminó unas cuadras hasta la oficina del abogado.

Lo atendió su secretaria. No esperaba a nadie, le dijo.

Laura se sentía desconcertada. ¡Él la había citado allí! Cuando le dijo su nombre, la secretaria la miró asombrada.

Él la citó aquí, pero hace tres años!”, le respondió. Como ella no se había presentado, todos los trámites quedaron suspendidos.

Laura estaba confundida.

Bueno, aquí estoy”, pensó.  “Tal vez sea un error, pero estoy aquí y puedo terminar con todo esto”.

Mientras esperaba al abogado, se asomó a la ventana y, tranquila, se preguntó por qué no había regresado antes a su querido pueblo.