lunes, 29 de junio de 2026

Un misterioso tren


Un misterioso tren

Lautaro Lobbosco

De repente me encontraba en un tren. No sabía cómo había llegado, ni me acordaba de nada de lo acontecido en mi vida hasta ese instante. Sin embargo me encontraba muy lúcido, con el único detalle que no tenía conocimiento de quién era.

Lo más curioso de aquel peculiar tren eran sus pasajeros. Estaban allí, pero parecían ausentes con sus miradas convergiendo respectivos vacíos. Nadie se miraba. Daba la impresión que tenían la inocencia de un recién nacido, con la excepción que no tenían esa curiosidad característica. Algunos leían diarios, libros o revistas; si a eso se le puede llamar leer, porque en sus ojos observé una inmovilidad de la que nunca había sido testigo.

De súbito me dio la impresión de que ellos tampoco sabían de dónde venían, ni adónde iban, ni siquiera quiénes eran. Eran como yo, en principio, ya que no tomaban estos hechos como sorprendentes, más bien lo tomaban como algo habitual e indiferente. Concentré la vista en un viejo que estaba acostado sobre los asientos. Me di cuenta que habían centenares de moscas e insectos en su piel, devorándolo. No pude distinguir si aún seguía con vida.

Luego de esto, miré a las ventanas. Estaba muy oscuro afuera. Era la definición perfecta de oscuridad. ¿Sería un túnel, una noche de la más lúgubre o simplemente vagábamos por el vacío? Pensé en preguntarle a algún pasajero sobre el paradero de este misterioso tren, pero rechacé esta idea al instante. ¿Qué podían saber ellos? Traté de ver mi reflejo en la ventana, para así, quizás, recordar algo. Fue en vano, se reflejaba mi traje azul oscuro, mi corbata, pero en lugar de mi cara había un negro que se mezclaba con aquel extraño fondo. Las preguntas me inundaban la cabeza hasta tal punto que sentí que me iba a explotar. Traté de relajarme, aunque se me hizo bastante difícil. Esto simplemente no podía estar pasando. Era todo un sueño, una pesadilla, una alucinación. Pero las pesadillas siempre terminan. Acá, sea lo que fuese, estaba totalmente atrapado por el resto de la eternidad. Lo sabía perfectamente. De hecho era lo único que sabía con certeza.

Bueno, algo tenía que hacer. Si me quedaba quieto por un segundo más, las piernas ya no me responderían. Me moví. Fue sólo un paso, pero qué paso. Lo relacioné con el paso que hizo Neil Armstrong en la luna. Como era que me acordaba de aquello me resultaba imposible de responder. En fin, alguna pista de mi pasado tenía. Pero, ¿había llegado el hombre a la luna realmente? Bueno cómo se supone que iba a saberlo. Hice un gran esfuerzo por frenar mis pensamientos. Ya habría tiempo de pensar. Y demasiado.

Fui hacia otro vagón. Todo igual. Me refiero al tipo de miradas, las personas eran distintas, pero tampoco ayudaba demasiado. Seguí pasando vagones, con los mismos resultados. Durante horas, días, en realidad no sé cómo se mide el tiempo en la eternidad. Llegué a la conclusión que no habría caso, pero lo seguí haciendo por inercia. Capaz que todos los pasajeros habían hecho lo mismo hasta darse por vencido. Y yo llegué a lo mismo. Me estaba por perder en el abismo. No. No podía. No aún. Y puse mi mente en funcionamiento. Pensar en cosas absurdas y sin sentido no era muy útil, pero no me quería convertir en uno más de ellos. Al fin y al cabo en qué otra cosa se podía pensar en este tren. En un lugar donde no existe la lógica ni la razón. ¿Qué era aquello? ¿El purgatorio, el infierno, o simplemente este tren abarcaba toda la inmensidad del universo?

De repente un sonido musical llegó a mi oído. Era frío y distante, pero inconfundible. Se trataba, según creía, de una banda de jazz interpretando “Take Five”. Fue comparable a los cantos angelicales, o a un canto de sirena. Me hipnotizó. Emprendí la persecución a aquel increíble saxo. Pero cuando lo tenía más cerca, el sonido cambió de dirección. Justamente el solo provenía del lado en que yo venía. No podía ser que me haya confundido. Me estaba volviendo loco. No tuve más opción que correr a la dirección de la cual había venido. Y de nuevo cambió. Y así se repitió. ¿El sonido estaba en mi cabeza? ¿Me lo había inventado con el fin de tener esperanza en algo? Otra sensación extraña me atacó justo en la espina dorsal, como un rápido látigo. Esta vez no oí el sonido del saxo, sino que lo sentí. En todo el cuerpo y con todos los demás sentidos. En el ambiente se palpaba, se saboreaba, se olía a jazz. Estaba más presente que todas las personas del vagón juntas, aunque eso no era tan difícil. Decidí abstraerme de todas aquellas sensaciones. Traté de volver al vagón inicial. Ahí iba a poder poner en funcionamiento a mi memoria. Pensaba que podría ser como ir al inicio de mi vida, aunque estaba claro que no había nacido ahí en el tren, aunque nada estaba claro.

Repentinamente vi a una chica. Había muchas muchachas, pero esta era claramente diferente. Su mirada era de otro mundo. No tenía el tinte gris que se encontraba en resto del tren. Sus ojos parecían un arco iris. Luego de cruzar miradas, comprendí que ella sentía lo que yo. O ella era yo, no lo sabía. Aquella sensación me calmó inmensamente. Por primera vez me encontraba totalmente relajado, en aguas calmas. Teníamos dudas de si era o no necesario hablarnos. Yo tenía esa duda. Pero de lo que tenía duda es que ella dudaba lo mismo. Mirarla durante tanto tiempo me había alejado de la realidad. Simplemente tendría que volver la cabeza hacia la ventana y la realidad se haría presente al instante. Pero aquel negro profundo que antes inundaba el exterior del tren, ya no se encontraba. A cambio había una luz blanca que me encegueció por completo. No distinguía si la ceguera era momentánea, a causa de la diferencia de luz con el anterior fondo, o por el contrario, se quedaría en esta condición para siempre. El hecho me estremeció. ¿Por qué fui tan estúpido de desviar la mirada de lo único que valía la pena en aquel asqueroso tren? Un segundo fue suficiente para perderlo. Ya no quería saber nada más. Quería olvidarme de todo. Me eché en el suelo a dormir. Nunca lo había hecho. Era lógico, de esta forma despertaría en el mundo al que pertenecía. Y todo aquel tormento que sufrió desaparecería tan de repente como había llegado. Soñé. Estaba en un inmenso desierto. El calor era abrumador. El sol estaba en la cúspide. No lo miré. No quería perder de nuevo la visión. Por lo menos la retendría en sueños. No me encontraba ni bien ni mal, aunque ciertamente era mejor que el tren. Aún así, mis pensamientos sólo se encargaban de recordarme de los ojos de aquella mujer. Estaba allí. Reitero que no me encontraba incómodo en la infinitud del desierto, al contrario, era un respiro que me daba. Pero era consciente de que me encontraba en un sueño. El dilema era si tenía que despertar o no. Había varias posibilidades. Despertarme en una cama, en mi antigua vida. Quizá al lado de mi esposa, o sólo, daba igual. Pero la posibilidad de despertar en la nueva blancura del tren, me hacía no querer despertar nunca. Si la realidad era aquel tren, no la quería seguir viviendo. ¿Por qué el hecho de que la realidad fuese mala es mejor que una irrealidad mejor? Era un sueño. Yo lo manejaba. Podía tener lo que quisiese. Probé hacer aparecer una botella de agua. Excavé un poco en la arena y la encontré. Me la bebí de un largo y refrescante sorbo. Repetí esta acción como seis veces. Pero aquellas percepciones no eran más imaginaciones de mi mente. Me estaba engañando a mí mismo. Tendría que enfrentar la realidad, fuese cual fuese. A lo mejor me despertaría en el tren, pero con mi vista, y me encontraría con la chica de mis sueños. Había que ser optimista.

En fin, desperté. Seguía en el tren. Mi vista estaba intacta, aunque difusa a causa del sueño. Pero el tren era distinto, algo había cambiado. Tardé en darme cuenta que no era el tren en sí lo que había cambiado, sino el exterior de las ventanas. Esta vez no era ni blanco ni negro. Era un paisaje montañoso. También había lagos. Era realmente bonito y agradable. Esto sin dudas me había cambiado el ánimo. Lo que podía hacer una simple imagen del afuera.

Sentí una mano en mi hombro. Al instante supe de quién se trataba, quién sino. Me di vuelta. Y esta vez la cara no sólo eran sus ojos, también había una sonrisa de oreja a oreja. Me preguntó si estaba bien. Sí, me habló. Era la primera vez que escuchaba una voz humana. Le respondí que sí, y no mentía, estaba mejor que nunca.

sábado, 27 de junio de 2026

Territorio de las pequeñas cosas

Territorio de las pequeñas cosas

Amelia Arellano

 

Buen día. ¿Cómo estás? ¿Has tenido un buen día?

¿Cómo está tu familia? ¿La canción, el lamento?

¿Qué te dice el territorio de las pequeñas cosas?

¿La plancha, la mesa, la taza con café?

¿La alegría descansa esperando en tu silla?

¿Cómo ensamblas el corazón y las palabras?

¿Has descubierto el sortilegio del pan, el canto de las letras?

¿Puedes entender que la vida da pequeñas treguas?

¿Qué mar no se detiene, ni el carrusel ni los planetas?

Llevamos un blanco infalible en el pecho

Un blanco color escarapela y allí apuntan, certeramente.

 

Pero hay un exorcismo de hierbas.

Podemos sembrar peces, trenes, veleros.

El beso aguarda, como aguarda el valle de tu lámpara clara.

No importa la cosecha, si, la siembra

Espera en los andenes.

El tren que ha de llegar puede ser el último... o el primero.

El primero. Amor de viento, reloj, fatigado viajero. Niño.

jueves, 25 de junio de 2026

Estación Plomer


Estación Plomer


Mónica Russomanno


Plomer, me dijo. Campo, venir en el tren hasta acá, cambiar de andén y tomar otro tren de trocha angosta hasta Rosario.

No entendí demasiado bien las instrucciones, nunca le entiendo al Coiro demasiado de lo que trata de explicar. Empieza con cierta firmeza pero se va enredando, y por no preguntar mil veces me quedo con esas dudas pequeñas que finalizan en una nebulosa concentrada, blanquecina, clara batida a nieve.

Lo peor fue el tema de la vaca. Pensé que estaba bromeando, pero el tipo no entiende lo que es un chiste. De veras, se queda en suspenso y parece que no escuchó pero es que no entiende los chistes. Ansiosamente me decía que el tío estaba en el limbo pero que al limbo lo cerraron hace varios años, y que ahora con el tema del infierno… y ahí se detenía con una mirada significativa, como si una pudiese sacar algo de ese galimatías. Ahora con el tema del infierno…

La cosa es que había una vaca en San Sebastián, que fue del tío o no, no sé, una vaca que había que llevar en el tren desde San Sebastián hasta Plomer, y desde Plomer hasta Rosario, y algo tenía que ver con el infierno ¿Tiene que ver con el infierno por los cuernos? No se reía el Coiro, cuando está lanzado a alguna cosa no mira a los lados. Le dije que era imposible que el tren venga por el océano desde San Sebastián, y el Coiro me explicó que no, que no es la San Sebastián del País Vasco. “No mire, no es la San Sebastián…”

Si Coiro, claro, ya sé, es un chiste. Ja ja, entiende. Un chiste, como lo de los cuernos y el infierno.

Pasado un ratito buscando desesperado algo de qué aferrarse en mis palabras, en mis ojos, de pronto se reía, sin convicción. Estaba centrado en la idea de la vaca y el traslado. No había lugar para chistes, esto era serio. Es más, estaba garabateando un planito en su libreta, anotando todas las cosas accesorias que no me iban a prestar ninguna ayuda, y obviando lo importante con una capacidad de selección impresionante.

Yo por alguna razón me siento obligada a hacerle caso. Hace unos años le había entrado la urgencia de conocer a un amigo de internet. Me dijo que el hombre estaba enfermo, no me acuerdo muy bien de cómo me convenció, pero recuerdo el patetismo. En definitiva, conseguí la posibilidad de que nos llevara un amigo gratis, armé la valija, pedí días en el trabajo, pero en el último momento le dio la corazonada de que ir sería funesto, le dio dolor de estómago, le dio la urticaria, le dio gastritis, y me tuve que ir de vacaciones a un lugar olvidado de dios, sola, a conocer a un poeta del que no tenía noticias. Esas aventuras de otros que son una imposición por la poca voluntad o el exceso de empatía. Lo pasé bien al final, pero buena rabieta me llevé.

Yo en estos días tenía que ir a una ciudad cercana a San Sebastián, así que le dije al Coiro que le llevaría la vaca a Rosario. No lo puedo explicar, pero siempre me arrepiento después, ya tarde.

Cuando llegué a la estación de San Sebastián, una vaca estaba atada a una tranquera. No había nadie. Cosas del Coiro, los planes son confusos y más bien espiralados. Horror a las líneas rectas. La cosa es que mi amigo el camionero que me había llevado la otra vez a lo del poeta me dijo que pasaba por la zona, y que si yo quería en vez de esperar el tren podía cargar el animal y llevarnos hasta Plomer.

Yo acepté nada más que por no tener que lidiar con el bicho. No entiendo nada de vacas, y por más pacíficas que se vean me inspiran el temor de lo voluminoso. Son en general bien intencionadas, pero pueden tener ideas propias difíciles de prever detrás de esa mirada bovina inescrutable.

Subimos la vaca al camión. El camino fue agradable, con mate y bizcochitos de grasa.

El estado de abandono de la estación San Sebastián no me hizo sospechar, el estado de abandono de Plomer tampoco me dio indicio suficiente como para no descargar la vaca que se entregó, como yo, a un destino desconcertante.

Hace varias horas que se fue el camionero. Noté que la estación carece de personal, que los yuyos la sofocan, que no hay pasajeros ni horarios.

Según el Coiro debería subir al tren de trocha angosta a Rosario, pero aquí estamos la vaca y yo, ella comiendo pastito, yo llamando al Coiro que después de una hora me atiende, me dice que estaba en el súper chino y me cuenta la lista de compra entre lo que figura una pomada para los dolores reumáticos, milanesas de pollo, lavandina.

Consigo atraer su atención hacia mi situación que se va haciendo cada vez más preocupante dado que atardece. Me pide que le cuente el estado del cielo, la forma de las nubes, si la trocha angosta es efectivamente angosta. Su voz es soñadora y se siente su satisfacción cuando describo el edificio, los rieles, las señales oxidadas.

El tren no funciona más hace años, me dice. Pero claro, quién puede no saber que ya no hay tren de trocha angosta a Rosario. Y me lo dice como si tal cosa, yo situada en territorio, metida de veras en el ensueño del Coiro, yo de veras con el olor a campo y con la vaca que acaba de restregar la cabezota contra un poste.

Qué ilusión me dice. Me dice que se vive de ilusiones y no se qué del limbo y del tío y otras cosas que no escucho porque entonces de dónde salió la vaca, y qué hago ahora acá en el campo en una estación abandonada con los chillidos de los pájaros que se van a dormir.

Qué ilusión, llevar una vaca, el tren, los alambrados, el pasado ferroviario. El limbo, el tío, el infierno, un revoltijo inconexo. Y yo acá que me robé una vaca sin saberlo, esperando el tren que no va a llegar nunca más. La brisa suave de la tarde, los pastos que cabecean y hacen olas tiernas, un rosado que gana los bordes de nubes barrocas.

Me animo a acariciar levemente la cabeza de la vaca. Me hociquea humedeciéndome la mano. Supongo que es una despedida, espero que el destino que le proporciono no sea peor que el que torcí con su rapto involuntario. La suelto en el campo sin poder sustraerme a hablarle como a un ser humano al que ya le profeso afecto. Me voy.

Cuando estoy haciendo dedo en la ruta, pienso que el Coiro ya debe de estar dormido en su cama, y estará soñando con historias sin principio ni final, sin sustancia, con la falta de lógica que las torne más ligeras, más tenues, menos cargadas de aristas filosas.

lunes, 22 de junio de 2026

Durañona

Durañona


Alberto Di Matteo


Siempre le gustaron las plantas y los jardines, y aunque también se daba maña para hacer arreglos de albañilería y así ganarse unos mangos con la changa, Néstor decidió que tomaría la podadora, la pala y el rastrillo para ganarse "el pan nuestro de cada día". Por esas cosas de la vida, alguien lo puso en contacto con las autoridades del club de campo "Arboleda del Monte" donde, entrevista mediante, tuvo que dar cuenta de sus habilidades cortando el pasto y arreglando el jardín de una de las casas, bastante descuidado después de algunos meses de ausencia vacacional de sus inquilinos. Su trabajo agradó mucho a las autoridades, y muy pronto quedó contratado en forma efectiva para el mantenimiento general del predio.

En un principio le costó acostumbrarse al entorno. La imagen de las casas recortadas contra el horizonte le parecía extraída de alguna revista de decoración que viera en la sala de espera del traumatólogo de su hija. Esos colores chillones que herían la vista, modeladas con el antiguo estilo de los ladrillitos de juguete, y unas puertas y ventanas que parecían construidas en plástico, aunque al tocarlas uno tuviera la desagradable sensación de percibir la consistencia y el sonido del metal. Néstor sentía cierto escozor al contemplarlas, como si fueran ajenas al lugar donde se encontraban. Pero la tarea era abundante, y con el correr del tiempo se fue tornando indiferente a ciertos detalles, concentrándose exclusivamente en los parques y jardines.

Se fue haciendo conocer por todos. Y si bien le pagaban un sueldo fijo por mes, fue haciendo una diferencia al aceptar distinta clase de changuitas de parte de los residentes: cambiar el cuerito de una canilla, encolar una silla, reparar una ventana de enrollar… Tareas que hasta hacía unos años parecían impensables en un country, hoy se habían tornado cosa de todos los días. Había que contemplar la posibilidad de ahorrar unos pesos, con el dólar tan alto…

Pero también recibía algunas donaciones, de ropa que los dueños de casa ya no usaban, o de libros que podían servirle para sus hijos en la escuela, elementos que agradecido guardaba en el carrito que arrastraba detrás de la bicicleta, y que generalmente representaban una alegría cuando llegaba a su casa. Apenas le servía la mitad de las cosas que llevaba, pero nada era despreciable; su mujer bien que sabía darse corte con la aguja y el hilo, y si no, su cuñado sabría vender bien los libros usados. Todo funcionaba en equilibrio.

Néstor vivía cruzando el antiguo terraplén donde, casi treinta años antes, existiera la vía del Ferrocarril Provincial, que unía La Plata con Mirapampa, y del cual hoy no quedaban ni rastros; los rieles y los durmientes habían desaparecido, robados por manos anónimas, o bien sepultados por el paso del tiempo. Cada vez que pasaba en bicicleta por aquel lugar, abundante de ralos pastizales, evocaba aquellas entrañables épocas de su infancia, cuando se escondía entre la maleza que circundaba la vía, para ver pasar aquellos imponentes trenes cargueros, arrastrando una fila infinita de vagones, transportando las más diversas y a la vez misteriosas mercancías.

Recordaba con nostalgia ciertos juegos: cómo solía depositar monedas de cinco o diez centavos sobre los ardientes rieles de la tarde, esperando que el mastodonte metálico llegara en hora y aplastara con su potencia colosal aquella diminuta monedita, revoleándola en el aire y –en caso de encontrarla, luego del impacto- palpando la cruel curvatura que le había impreso a su superficie. Lo mismo hacía con las latas de conserva vacías que encontraba por ahí, contemplando luego con sumo interés el efecto devastador que podían producir tantas toneladas de metal lanzadas a toda velocidad.

Ignoraba por qué, pero esas imágenes habían ido resurgiendo del fondo de sus recuerdos en los últimos días. "Me estaré volviendo viejo", pensaba, con una tenue sonrisa asomando entre sus labios, y la profunda sensación de evocar un pequeño fragmento de su vida donde recordaba haber sido feliz, sin preocupaciones ni dolores en el alma. Esas angustias que luego sedimentan en el corazón, provocando la -quizá inevitable- pérdida de cierta infantil ingenuidad.

Hasta que una fría tarde de invierno lo comprendió todo.

Estaba casi terminando de quitar los yuyos de un cantero, luego de podar una planta que Miss Mary, la dueña de casa, ya no quería ver más, cuando vio llegar a Mister Steven Durañona, a bordo de su flamante Jaguar color azul. Se saludaron cortésmente, y apenas unos minutos después, Néstor lo vio salir otra vez. Se dirigió hacia el cobertizo, luciendo un impecable tweed bordeaux, contrastando con la circunstancial desprolijidad de las ramas de la planta recién podada, desperdigadas a su alrededor, y un par de minutos después regresó, cargando algo bastante pesado.

-Néstor, ¿sería tan amable de ayudarme? -, preguntó al pasar junto a él. –El estudio está helado, y quisiera prender la salamandra…

Él estuvo a punto de aceptar, como de costumbre, cuando vio lo que aquel hombre llevaba entre sus manos: un taco perteneciente a un aserrado durmiente de ferrocarril.

Se quedó petrificado; un escalofrío le recorrió la espalda. Quebracho puro; como el que aserraban cuando era chico cerca de su casa, una vez concluidas las tareas de reparación del ramal, que no tardó mucho en cerrarse, ante la inminencia del cambio económico generado por la dictadura militar. El estupor se vio reflejado en su cara, porque Mister Steven volvió a pedirle:

-¡Néstor! ¿Sería tan amable? Hace mucho frío acá afuera, y esto está muy pesado…
Él actuó de manera automática; le quitó el taco de entre las manos y lo entró en la casa, dejándolo junto a la salamandra del estudio. Mister Steven le pidió que hiciera un par de viajes más, y finalmente, encendieron juntos el primer fuego. Una vez que comenzó a arder, Mister Steven Durañona encendió su pipa y le dio las gracias, además de un módico billete por el servicio.

-Gracias -, dijo él, y señaló hacia los tacos restantes. -¿Dónde la consiguió? Es buena madera.

-Me la vendió un pibe por acá cerca, a unos metros de la autopista. Dijo que la conseguía fácil. Era mucho más barata que comprarla en otro lado. Y por lo que vi, me pareció que prendería bien.

Al salir, pleno de congoja, recogió sus enseres de manera mecánica, juntó las ramas con el rastrillo, limpió todo con rapidez, y se alejó. Mientras avanzaba por el parque, en las últimas luces de la tarde, reparó en unos juegos infantiles que regularmente había visto desde hacía meses, pero que recién ahora le llamaban la atención. Sobre todo, su estructura.

Tanto en las hamacas, como en la viga del tobogán, o el conjunto entero de las vigas paralelas para colgarse, habían utilizado rieles de ferrocarril. Pulidos y sin óxido, pintados de diversos colores, pero rieles al fin y al cabo. Preservados de la muerte, más no de la rapiña…

Desde esa tarde, aceptó muy poco, casi nada, de las tareas que pudieran ofrecerle como changa. Menos aún, las dádivas que solía agradecer con tanto entusiasmo, pensando en sus hijos. Notó que comenzaba a trabajar con menor entusiasmo, así como a faltar bastante, pretextando cualquier excusa.

Y a pensar seriamente que debería buscarse otro pueblo donde poder trabajar en paz. Bien lejos de ese club de campo.

sábado, 20 de junio de 2026

Vías imposibles

 


Vías Imposibles

Urbano & Coiro


La vaporera se detiene. Faltan –a la vista de quien baje a verlo con sus propios ojos- las vías y los durmientes. El maquinista con las antiparras levantadas y el rostro tiznado de hollín conversa con el guarda que lleva su impecable chaqueta color beige y la gorra con visera, conversan y piensan. El guarda acaba de colocar el teléfono en el hilo del telégrafo, habla con el capataz de obra. Se ríen por la respuesta.


-Dice que sigamos, que él va a poner vías imposibles de remover.


El maquinista se conmueve, esta aturdido por lo que escucha desde la voz del guarda:


-Dice Don Nicolás que no tengamos miedo, que sigamos sin temer un descarrilamiento, que el pondrá rieles de letras, durmientes de palabras que echarán raíces de acero en los terraplenes. Que hará balasto con vocales duras como piedras.


El maquinista y el guarda se cruzan una breve sonrisa, aceptan la irrealidad absoluta de la situación, van a seguir como debe seguir la vida misma.


El hombre vuelve a subir pero esta vez en un primer vagón casi desierto de pasajeros, se sienta, se promete a si mismo quedarse allí sólo hasta llegar a la próxima estación. Del afuera solo puede ver nubes de vapor que se disipan contra el celeste cielo y un sol tibio que anuncia primaveras. Un grupo de golondrinas tempranas planea como descansando en el aire.

miércoles, 17 de junio de 2026

Fantasmas en una estación


 Fantasmas en una estación

Sergio Borao Llop


Sentado en el andén, veo acercarse al viejo Nicolás, con su maleta raída por el tiempo. Igual que ayer.

Cuando llegue hasta aquí, se dejará caer en este mismo banco, no demasiado cerca, pero sí lo suficiente para intercambiar unas palabras.

Preguntará, ignorando la evidencia mostrada por sus propios ojos, si el tren no llegó todavía. Yo le responderé que no, que todavía no, pero que ya no debe tardar.

Entonces él hará un gesto de resignación y acomodará la maleta a su lado, en el extremo del banco. Luego cerrará los ojos y cualquiera que lo viese pensaría que duerme. Pero no lo hace: Solo piensa.

La primera vez que coincidimos, me contó su historia. Detalles al margen, supe que una mujer lo estaba esperando en alguna parte (no capté bien el nombre del sitio y después no me atreví a preguntar), o más bien que él albergaba esa esperanza, aunque, según deduje, no tenía la menor certeza al respecto. Ese día me quedé muy sorprendido cuando llegó el tren y el viejo, tras despedirse de mí con una breve frase y un gesto, agarró con fuerza la maleta, se dirigió hacia uno de los vagones, se detuvo antes de llegar, se quedó inmóvil, mirando algo que tal vez estaba más allá del tren y de la propia estación. Luego dejó la maleta en el suelo y se cruzó de brazos. Cuando el tren se puso en movimiento, lo miró alejarse durante un buen rato. Después, volvió a tomar la maleta y se fue caminando muy lentamente hasta perderse de vista. De más está decir que la escena descrita se ha venido repitiendo con regularidad desde entonces.

Lo sé porque, aparte de los funcionarios que trabajan en la estación, soy el único que está aquí siempre a esa hora. Lo veo cada día y me pregunto ¿hasta cuándo? Claro que esa pregunta también es aplicable a mí. Porque ¿qué hago yo todos los días sentado en ese gastado banco, mirando con impaciencia hacia el punto por el que ha de llegar el tren? No hay ningún misterio: Solo espero. ¿Qué es lo que estoy esperando? En realidad, después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión de que espero un instante. Me es imposible ver más allá de ese preciso y minúsculo punto en el tiempo. La escena la he contemplado miles de veces en mi imaginación: Isabel, radiante, se apea del tren, mira alrededor, me ve, sonríe y camina hacia mí. Yo voy a su encuentro. Sería el final perfecto para una de esas películas antiguas. Solo que esto no es una película, sino una secuencia que, a estas alturas, juzgo imposible. Y a pesar de todo, contra toda lógica, sigo esperando.

Es sabido que la repetición incesante de los mismos rituales conduce, inexorable, a la locura; o a una suerte de locura que tendemos a confundir con la normalidad –lo cual es, en sí mismo, terrible.

Por eso, cabe preguntarse: ¿Qué obstinación es más patética, más trágica: La del viejo Nicolás, esperando inútilmente reunir el valor para partir en busca de su sueño, o la mía, anhelando un hecho que no sucederá?

En medio de esas reflexiones llega el tren. Ambos nos levantamos para cumplir con el protocolo habitual, ya casi un automatismo. Uno de los funcionarios nos contempla con tristeza -¿Tal vez también con algo de expectación?- desde su puesto. De fondo, solo el sonido de la locomotora.

lunes, 15 de junio de 2026

Estación Juan Tronconi

Estación Juan Tronconi


Cecilia Zanelli


Como consecuencia  de  un desastroso año escolar, a los 14 me enviaron a la casa de mi abuela en las vacaciones de verano. Era el exilio: un paraje desconocido en el centro de la provincia,  cerca de Roque Pérez, en donde lo único que se destacaba era la estación de tren Juan Tronconi.

Yo estaba convencida de que era un castigo, pero en realidad había sido la solución desesperada que se le ocurrió a mi madre: Las peleas con su esposo eran cada vez más frecuentes y violentas y quería alejarme de ese ambiente hasta que encontrase alguna salida.  En esa época la casa de mi abuela era como el desierto. La única posible diversión: televisión con un solo canal, que caprichosamente nos obligaba a mirar lo que la repetidora transmitía.  Por suerte encontré los libros que mi madre había comprado en su adolescencia, lo que me dio un poco de esperanza.

No sabía quién era Juan Tronconi. Pensaba que era un prócer, un militar o algún ingeniero relacionado con trenes, pero después me contaron que había sido el dueño de las tierras en donde estaba la estación, un inmigrante que llegó a fines del 1800 y tenía una fábrica de chacinados. El tren había dejado de pasar ya hacía varios años y con él se había ido también el poco movimiento que tenía el lugar. Un conocido  de mi madre me había dejado en la estación, desierta en medio de altos pastizales y me indicó el camino, al costado, por una calle de tierra.

Mi abuela vivía sola y estaba enferma. No tanto como para internarla, pero sí como para haber suspendido varias de sus labores domésticas y prolongar sus descansos en la cama.

Su casa había enfermado también, Húmeda, oscura, silenciosa. Desde el día en que llegué empecé a abrir las ventanas para que entre el sol. Todas las mañanas, él le daba un poco de vida a los muebles gastados, las  cortinas añejas  y  vetustos retratos familiares.  Si no hubiese tenido 14 años tal vez me hubiera deprimido el imaginar todas las vacaciones en aquel lugar, pero  mi curiosidad siempre me había ayudado  en situaciones y lugares difíciles.

Pocos vecinos tenía mi abuela: dos o tres casas, a más de 50 metros de la suya. Por supuesto, no pasaba nada interesante en ese lugar. Me di cuenta con sólo verlo.  Pero en una de las casas vecinas algo me había llamado la atención. La ventana de la cocina de mi abuela daba a su patio, en donde cuatro o cinco durazneros estaban totalmente florecidos. Los primeros días me maravillaba verlos, mientras tomaba mi café y  corría la cortina para que entre el sol. No había visto nunca, en mi ciudad, algo tan hermoso. Mi abuela notó esa fascinación y al pasar a mi lado dijo susurrando: “Aprovechá a verlos. No durarán mucho”.  Mientras la escuchaba,   pensé cómo podía obtener una ramita, aunque sea, cubierta de flores, para el jarrón de nuestra mesa.

Ese día fui caminando despacio hasta el tejido de alambre que nos separaba del vecino y me quedé mirando los árboles. No había una sola hoja en los durazneros. Sólo el rosa indescriptible de las delicadas flores que cubrían las ramas.

Alguien salió de la casa y se acercó. Era un muchacho un poco mayor que yo, como de 16 años. Alto, delgado, moreno. Le pregunté si podría darme una ramita y cortó varias. Cuando  me alcanzó ese precioso ramo una tímida sonrisa iluminó sus ojos negros.  Le pregunté su nombre y él el mío y nos saludamos estrechándonos las manos. Así empezó todo.

Una tarde, harta del aburrimiento, salí a caminar. Mi abuela se había acostado y yo sabía que hasta las cuatro, hora en que empezaba la novela, no se levantaría. Ella me había hablado de una enorme planta de tunas que estaba al lado de la estación Juan Tronconi y fui a buscarla, para ver si podía conseguir algunas.

El sol ardía. Caminé un buen rato  por ese monótono terreno: pastos secos,  unos pocos arbustos, algún pájaro solitario, hasta que llegué a la desolada estación de tren.  Algunas de las tablas del andén estaban rotas y la pintura de los bancos  ya no brillaba. Pero todo parecía  haber quedado en suspenso. Hasta el viejo pizarrón en la pared donde se anotaban los horarios del tren estaba intacto.

Ahí lo vi. El muchacho de los durazneros apareció por el otro lado del andén, como si estuviese esperándome.  Me contó algunas cosas sobre la estación. Él era muy chico cuando el tren dejó de pasar y sólo recordaba su silbato. Me relató también que poco a poco la estación había ido agonizando, sin gente, sin vida. Un antiguo empleado del ferrocarril iba una vez por semana a controlar que todo estuviera en orden  y que  nadie hubiese violentado  el cuarto de depósito, él único que estaba cerrado  y contenía papeles, muebles y algunas máquinas y herramientas  que esperaban un destino aún incierto, como un museo o su destrucción.

Recorrimos todas las dependencias de la solitaria estación. Algunos lugares ya tenían moho, telarañas y habían sido visitados por  gatos o perros sin dueño, buscando albergue o comida. Matas de gramilla y Dientes de León asomaban entre las baldosas. Aún así, era un hermoso lugar. Yo temía que hubiese ratas, pero Manuel me tranquilizó: Si estuvieran, se esconderían  o o escaparían al oír nuestros pasos.

El último cuarto al que entramos era pequeño y estaba totalmente vacío. Sus paredes habían sido pintadas de color verde oscuro, como las columnas del andén y por lo reducido y apartado pensamos que tal vez  sería la oficina del Jefe de Estación o algo así. Había un ligero aroma dulzón; parecía imposible que hubiese  quedado en las paredes tantos años.

Cerré la puerta y puse el pasador y le tendí la mano. Manuel vino hacia mí.

No habíamos planeado nada, ni siquiera hablamos. Sus manos, su boca, todo su cuerpo era mío. ¿Para qué hablar? La calidez de nuestro aliento decía todo. El abrazo era un discurso, el corazón estaba en la palma de nuestras manos y se deslizaba por la piel, enrojecida por el implacable sol de la siesta.  Nos encontramos allí así, sin saber qué hacíamos ni qué teníamos, sin preguntar ni prometer. ¿Hay amor más honesto que ése?.

Así pasaron varias semanas. Él observaba el movimiento en la estación y el día después de la inspección del encargado ataba una cinta en la más alta rama del más alto de los durazneros, que ya estaban cubiertos de hojas verdes y frutos dorados.

Nadie lo sabía, nadie lo imaginaba. Jamás podría llevarlo a mi casa, presentarlo a mis amigas. No era un “buen candidato”, como decía mi tía. Ni siquiera era un candidato. Sin pasado y sin futuro. ¿Qué importaba?. Entre mis manos, adentro mío, no era lo soñado: era lo real.

A fines de febrero nos descubrieron. Estábamos en el cuarto, casi dormidos. Yo había estirado mi mano para secar el sudor de su cara cuando escuchamos pasos y el ladrido de un perro. Con urgencia nos vestimos, mientras el picaporte subía y bajaba furiosamente y  los golpes en la puerta sacudieron el silencio de la estación.

Manuel abrió y el hombre, empuñando una escopeta, nos miró con asombro. El disgusto en su cara era notable. Manuel lo encaró cortante “No haga nada, don. No volveremos aquí”.  El hombre había descartado ya la posibilidad de que fuésemos ladrones y me miró con enojo. Asustada, recurrí  a su comprensión:

- Por favor, no diga nada. Mi abuela es una mujer mayor y podría afectarla este disgusto…

Nos salvó que mi abuela era la curandera del lugar. Había aliviado durante años los empachos y mal de ojo de casi todos los habitantes de la zona y muchos le debían favores y gratitud.

Con la promesa de no volver a acercarnos a la estación Juan Tronconi, nos dejó ir.

Nos despedimos unos metros antes de llegar a casa, todavía conmocionados por el suceso. Vi  un lamento en sus ojos oscuros, pero me acercó hacia él  por última vez con ese brazo que tantas veces había envuelto mi espalda, que me había sostenido  vibrante cuando lo amaba.

No lo vi más. A los pocos días volví a mi ciudad, a comenzar un nuevo año de escuela, a las interminables peleas domésticas, y a las pavadas de mis compañeras.

Unos meses después murió mi abuela. Mi madre viajó sola hacia allá y la enterró en el cementerio de  Roque Pérez.

La casa se vendió al poco tiempo, con los muebles y lo poco de valor que había adentro. Mi mamá trajo algunos libros, fotografías y otras cosas que no tuvo la frialdad de regalar o tirar. Ese año se separó finalmente de su marido  y nos fuimos a vivir, las dos solas, a un departamento más chico.


Diez años después volví a Juan Tronconi.

Acababa de comprar mi primer auto. Usado, por supuesto. Recién hacía diez meses que trabajaba y había abandonado la facultad definitivamente. Manejé mucho más de lo que pensaba. Había olvidado lo lejos que quedaba el paraje, la casa, la vida, en Juan Tronconi.

Llegué a la estación, más abandonada que nunca.  Maderas despintadas, tejas salidas, algunos vidrios rotos.  El tiempo y la tristeza me recibían

Apoyé mi cabeza en el volante y suspiré. ¿Qué pretendía?. ¿A qué había ido hasta allí? ¿A buscar qué? ¿Qué intentaba recuperar?

No sabía su apellido, ni si aún vivía en ese lugar, ni si seguiría siendo el mismo. Yo misma había cambiado. Diez años en los que me habían pasado montones de cosas. Era diferente por dentro y por fuera. Sin embargo, algo que no podía explicar seguía agitándose en mi pecho.

Ya estaba allí. Había manejado tanto,  planeado el viaje tanto tiempo antes, no podía volver sin intentarlo.

Bajé del auto y caminé.

El barrio había progresado poco, nuevas casas se asomaban. No muchas, pero ya no era tanta la distancia que separaba un vecino del otro, La casa de mi abuela había sido pintada de amarillo, le habían agregado otra habitación y una cerca. Me estremeció un poco verla así y saber que no podía entrar, que era una extraña para los que vivían allí.

La casa de Manuel…ya no existía.

En su lugar habían construido un galpón bastante grande, que albergaba una pequeña fábrica de cordones y soguines. No estaba la casa, ni la pirca, ni los gallineros. Y lo peor: ni siquiera habían dejado uno solo de los durazneros.

A quienes pregunté no supieron decirme nada de la familia, ni lo que había pasado con ella. Eran gente nueva en el lugar.

Volví al auto y arranqué, en sentido contrario, hacia mi ciudad.

No quería llorar, no quería pensar. “No durarán mucho”, dijo mi abuela. Los durazneros, Manuel, no sufrirían ya el paso del tiempo. Estarían florecidos para siempre.

La estación Tronconi fue quedando cada vez más pequeña en el espejo, hasta convertirse en un punto difuso, lejano, al que no volvería nunca.  Un sitio que ya no pertenecería al paisaje de mi vida, que sólo podría hallarse, sin brújula, sin mapas, sin datos ni palabras, en el lugar más dulce, más cuidado del corazón.

sábado, 13 de junio de 2026

Black Mirror


Black Mirror


Urbano Powell


Llegué tarde para "El amante ingenuo y sentimental".

Siempre llego tarde...no solo a tomar un tren. Pero esta vez no me cerraron el ferrocarril como décadas atrás. El siguiente Tren se denomina "Black Mirror" y sale dentro de dos horas.

Dedique una buena parte del tiempo de espera a preguntar y entender.

Los trenes dependen del ministerio de Cultura. Las líneas de trenes recuperadas como el Provincial, el Midlands y el Compañía General -entre otras- son consideradas como trenes de fomento. Son un bien social. Tienen el objetivo de la difusión cultural en un plano de igualdad al  aporte benéfico a la economía de pueblos que recorren.

El Black Mirror es un tren temático dedicado a la serie, lo que incluye ver sus capítulos en el vagón de cineclub con un rato posterior de debate moderado.

Como "El Amante ingenuo y sentimental" los trenes llevan como nombre el título de un libro, una serie de culto o un autor.

Pregunté lo obvio: si existía el "Jorge Luis Borges", me contestaron que desde luego, pero no en esta línea sino en el Midlands, un tren nocturno que corre los fines de semana desde Puente Alsina, bien cerca del Riachuelo –nuestro espejo negro- que día y noche hace su espejo de luces y sombras entre ambas Riberas, hasta la terminal en Carhue ciudad cabecera del partido de Adolfo Alsina.

Letizia, de informes y turismo me da otro dato:

Algunos pasajeros relacionan a la serie Black Mirror con textos de Borges...  hay una curiosa coincidencia geográfico - temporal: los sábados y domingos ambos trenes se cruzan en la estación triangular de Ingeniero De Madrid y los pasajeros pueden hacer combinación: bajarse del provincial e ir a Carhue con parada en sus intermedias, o bajar del Midland e ir hasta Mirapampa o cualquiera de sus estaciones intermedias.

-Me dio cierta felicidad adolescente la idea de bajar del Black  y subir al Borges.

Puede que después de ver un par de capítulos de Black Mirror siga de largo hasta Ingeniero de Madrid y allí suba al Borges con ánimo de releer en el viaje "El Jardín de los senderos que se bifurcan" o "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius".

De Álvarez de Toledo, solo veré un cartel con el nombre. Una estación a la medianoche Más allá, por sus calles se verán luminarias orbitadas por insectos.