sábado, 6 de junio de 2026

La reparación

La reparación


Eduardo Francisco Coiro


He soñado una y otra vez en tantos años con el tren que debía tomar y no tomé a mediados de 1978.

No tenía un buen minuto. Hacía una semana que me habían liberado de un campo de concentración de la dictadura. Caminaba aterrado de que me volvieran a meter adentro.
Sabía de memoria que tenía que tomar el tren en La Plata y el nombre de la estación en la que debía bajar. En un bollo de papel tenía la dirección de la casa de los viejos de Eleonora. No tenía un buen minuto, si me paraban en la estación los milicos solo por la cara de miedo o preguntaban porque iba a ir a un lugar en medio del campo llamado Álvarez de Toledo no sabía ni que decirles. Mi 
casi novia esta secuestrada y voy a avisarles a los padres que sigue adentro en tal campo no era muy acorde a la época.

Sólo tenía decidido tirar el bollo de papel si veía tipos de uniformes pidiendo documentos, el resto era la mente en blanco o peor aún: llevar las imágenes y el olor de la mazmorra que seguía impregnado en mi cuerpo.

Pero no fui. Apenas vi el edificio de la terminal del Provincial con un Falcón verde estacionado pegue la vuelta. Me quede en casa encerrado durante meses. Como un buen niño de casi 18 años obedecí el ruego de mis padres de estar bajo su mirada protectora.

Después pasó la Universidad; la beca para irme a Estados Unidos. Allá estoy. Establecido en Bonita, un pequeño pueblo de California y con un buen trabajo.

Supe años más adelante que Eleonora estaba viva, que había egresado de su carrera. También se había ido del país. Trabajaba para un organismo internacional para un programa para el rescate y protección del orangután en Tailandia.

Pero es como si el tiempo no hubiera pasado. Es Eleonora y su rostro de niña riéndose de cualquier pavada, incluso de mis chistes malos.

Un día, -de la nada- me dijo: -vos sos pasto para las histéricas.
No hubo otra explicación de ella ni preguntas de mi parte -solo un pequeño silencio- luego seguimos leyendo el texto de Pitirim Sorokin cuyo nombre y apellido nos generaba risueños malentendidos.

Pero lo de "pasto para las histéricas" quedo inamovible, tantas otras cosas fueron a parar al abismo o al olvido, pero aquella frase no. Como un gran enigma sin solución o una profecía que se corroboro con los años en mi propia vida.

Una vez, ya instalado en el centro de investigación y desarrollo genético, propuse la idea de modificar el pasto para lograr una leche vacuna con propiedades para cambiar o suavizar la histeria tanto de hombres como de mujeres.

Mis colegas se rieron largamente, estaban acostumbrados a mis chistes, ni consideraron la posibilidad de que sea un delirio.

-No hay conexión entre perfiles genéticos e histeria.
Además con tantos desafíos por delante quien iba a respaldar que se incluyera un tema como la histeria que parece bien claro de la psicología.

Sin embargo cada tanto y contra casi toda la evidencia disponible vuelvo a insistir con trabajar esa línea. Por esa fe que me quedó en Eleonora a quien le otorgo una lucidez maravillosa o porque creo en las ocurrencias imaginativas y delirantes como fuente de inspiración del conocimiento científico.

Ahora voy a intentar reparar esa parte de mi historia que sigue clavada como una astilla de dolorosa culpa en mi cuerpo. Y verla a Eleonora dando una charla sobre su experiencia en la preservación del orangután. Sucederá en la ciudad cabecera cercana a su pueblo natal.
Tengo una disculpa para darle y -si puedo- le preguntare por lo de "pasto para las histéricas".

Ya saque el ticket, el tren sale en 30 minutos de la terminal del Provincial en La Plata con el curioso nombre de "El amante ingenuo y sentimental".

jueves, 4 de junio de 2026

El   tren   de   los   sueños

El   tren   de   los   sueños

Andrés Bohoslavsky

 

Aquí, en el tren de los sueños, las cosas son un tanto diferentes

a los trenes que vos conoces. La diferencia fundamental

es que entre el momento de partir y llegar a algún lugar

los sueños se materializan.

 

El trámite es por demás sencillo. Una vez que tenés el ticket

en el que constan esos detalles similares a otros, debes ubicar el vagón que corresponde a tu sueño.

Unos carteles sobre los laterales los identifican:

sueños de amor / de heroísmo / de guerra / de aventuras / de gloria

de fama / de prestigio / de hazañas / deportivos, etc.

 

Estos vagones siempre parten llenos y las personas al bajar,

inflamadas de felicidad por haber obtenido aquello

 que tanto se les negara,

me envían fotos de lugares exóticos donde se los observa

con una sonrisa amplia en sus rostros

y el brillo propio de quien vive una existencia plena.

 

Entre los casos más notables ahora que reviso la caja de fotos

encuentro al oficinista gris que es monje budista en el Tibet

al vendedor callejero de golosinas que escaló el monte Everest

la jueza que escapó con su gran amor a un pueblito en Italia

y atiende un kiosco, o el caso de la chica más fea del barrio que se

convirtió en estrella de Hollywood y rompió miles de corazones

desde la pantalla del cine.

 

Así podría seguir enumerando varios más, pero no tendría mayor sentido

ni agregaría nada sustancial al relato.

 

El que, sin dudas, es el suceso que hoy recuerdo más extraño

es este que va a continuación y que tal vez puedas ayudarme

a interpretarlo:

 

Una tarde cuando ya me disponía a cerrar la boletería

y pensaba llegar pronto a la cabaña, tomar mi caña de pescar

e irme al río llegó un anciano que con voz casi imperceptible

me pidió un boleto para cumplir su sueño

 

Pero algo lo llevó a hablarme de su vida, a relatarme con detalles

lo que había hecho con ella.

 

No encontré nada llamativo, es verdad, una existencia monótona

atiborrada de anécdotas comunes: familia, trabajos, dineros ganados

o perdidos y finalmente la llegada de esto que aquí veo:

la vejez

 

Le pedí, pensando en mis planes que fuera al grano

que me dijera que clase de sueño era el suyo

así lo emitía y me liberaba de mis obligaciones cotidianas

 

- Hijo, me dijo

lo que necesito no es un sueño en particular,

necesito una vida nueva o mejor dicho: otra oportunidad

donde pueda volver a elegir, donde sea el dueño de mi destino,

pero no a partir de ahora sino desde mi juventud –

 

Me quedé callado, sin poder decir palabra alguna

luego le expliqué que yo solamente vendía sueños:

aquellos que no se habían concretado por alguna extraña razón

pero que no poseía la capacidad de volver el tiempo atrás

ni nada de eso.

El anciano me miró decepcionado, supongo por mis palabras

y me soltó:

 

- Entonces, dame un pasaje para cualquier vagón,

seré muy feliz al estar entre gente que todavía sueña.

martes, 2 de junio de 2026

Lo inmediato

 

Lo inmediato


El hombre, casi un anciano, camina erguido por la acera.

El papelito en la mano.

En él, esas extrañas palabras: “Estación Polvaredas”.

La sensación de libertad y de vértigo.

La multitud pasando junto a él sin prestarle atención. Al mismo tiempo, el recuerdo de una institución. ¿De qué clase? ¿Una cárcel? ¿Un cuartel? ¿Un claustro? ¿Una Universidad? No. Esto último no. La sensación recordada, o más bien vagamente intuida, es opresiva, de encierro. Pero ya se ha ido. De nuevo es la gente que pasa. Un joven trajeado le sonríe. ¿Tal vez le conoce? No va a ser posible saberlo, porque el joven continúa su veloz marcha entre los demás viandantes y se pierde tras un grupo de jovencitas que conversan con gran estrépito.

Volvamos al papel. ¿Qué hace ahí? ¿Qué significa? Estación… ¿De tren? ¿De autobús? Y ¿Quién escribió la nota? Porque esa no es su letra. ¿O sí? Vuelve a mirar alrededor. Palpa sus bolsillos, mas no hay nada en ellos. ¿Es un indocumentado? No sabría decirlo. El dolor en el costado le hace pensar que tal vez alguien le asaltó para robarle, pero no puede recordarlo. Quizá no sea más que una dolencia propia de la edad. Las risas de unos niños le distraen. Mira hacia ellos. Juegan. ¡Qué cosa grande ser niño y jugar con esa alegría, esa despreocupación! Por fin una certeza: Es un adulto. Si pudiera mirarse en un espejo… Justo entonces ve la entrada a unos grandes almacenes. Se dirige hacia ellos. Tiene la impresión de que encontrará allí alguna respuesta, aunque ignora a qué pregunta. Al entrar al sitio, junto a las escaleras mecánicas, ve el espejo y se acerca. Se mira en él, pero no reconoce a ninguno de todos esos reflejos. Tras unos segundos, logra identificarse, pero su aspecto no le resulta familiar. Ese no puede ser él. Y ahí surge una nueva pregunta: ¿Quién es él? E inevitablemente, una segunda: ¿Qué aspecto tiene o debería tener? Ambas respuestas le están vedadas. No puede recordarlo. Vuelve a mirar el papelito y esas dos palabras escritas, como si allí pudiese existir alguna clave para desentrañar el misterio.

Una empleada sonriente se le acerca y pregunta si puede ayudarle en algo. Le gustaría responder afirmativamente, pero en el fondo sospecha que si le hace a ella las preguntas que él mismo no logra responder, muy bien puede tomarle por un desequilibrado. ¿Será eso? ¿Estará loco? No quiere ni pensarlo. Más bien entrevé otra cosa: Un olvido momentáneo, la urgencia de hacer algo, de ir a algún sitio… ¿Será ese el sitio? se pregunta mirando de nuevo el papelito. La empleada sigue ahí y el hombre niega con la cabeza, tratando de devolver una sonrisa cordial, pero consiguiendo apenas una mueca que inquieta ligeramente a la vendedora, quien se propone no perderle de vista, al menos mientras deambule por esa planta.

Tal vez el hombre haya percibido, de algún modo, esos pensamientos, porque se dirige hacia la escalera mecánica y, mediante ella, al piso superior: “Moda caballero”, desapareciendo en unos segundos del campo de visión de la empleada recelosa. La segunda planta está llena de trajes, pantalones, corbatas, zapatos y demás prendas de vestir. Un par de vendedores, de esos cuyas sonrisas parecen talladas en piedra, se le acercan ofreciéndole algún producto, pero el hombre niega con la cabeza y camina sin prisa por entre los innumerables pasillos. ¿Busca algo? Sí. Un recuerdo que no llega. Su presencia, en un lugar tan grande, debería pasar desapercibida, pero no es así. En todo momento hay alguien pendiente de sus actos. Como si ese inocente papelito en su mano fuese un artefacto explosivo o la revelación de un secreto abominable.

Ha debido cambiar nuevamente de planta, porque ahora se encuentra rodeado de artículos deportivos. La visión de los balones, las canastas, las raquetas, le transportan muy lejos, hacia atrás, en el recuerdo. Pero es solo un instante. Las escenas de esa lejana juventud ni siquiera llegan a concretarse. Pasea por la sección de artes marciales bajo la atenta mirada del encargado de la misma. Ya no le preguntan si desea algo. Se ha debido correr la voz. Un intruso recorre los almacenes sin objeto alguno. No parece peligroso, pero hay que mantenerle vigilado.

Con la mano libre, sopesa una pelota de tenis. Mira hacia arriba, como tratando de apresar un instante en su pasado, pero no hay nada. Solo el contacto suave de ese objeto, que le resulta grato. Resignado, la deja junto a las otras pelotas y continúa su peregrinaje por el edificio. En la sección de moda femenina siente como un pinchazo, una revelación. Sin embargo, se va tan velozmente como vino. Cabecea dos o tres veces, como negando algo a un interlocutor invisible y sigue subiendo.

Se detiene en la sección de juguetería, con una indefinible pero agradable sensación. Pasea entre los múltiples estantes repletos de artículos hechos para el ocio. Algunos le traen vagos efluvios de un pasado remoto. Otros no. Se pregunta cómo funciona uno u otro de los que están a la vista. En cualquier caso, son siempre instantes. Instantes desgajados de su empresa principal, que es una búsqueda, aunque él mismo ignore el objeto de la misma.

De pronto ve un tren: una maqueta hecha a escala. Una de esas maquetas tan perfectas que cualquiera tomaría por trenes reales. Y lo recuerda todo: Mira el papelito. Sabe que debe reunirse allí con… ¿Con quién? ¿Con quién? Pero ¿y la fecha? ¿Qué fecha es? Es urgente encontrar un calendario, preguntar a alguien… En ese momento ve los ojos. Unos ojos grandes que le miran con simpatía. Los reconoce, aunque no pueda precisar a quién pertenecen. Solo sabe que no son esos los ojos que hay tras el papelito. Ella se le acerca, le habla en susurros, le dice que ya todo está bien, que ella va a llevarle al sitio donde debe ir. Él, olvidado ya de todo, se deja llevar. Tras la extraña pareja (él con su traje raído, ella con su uniforme blanco), dos fornidos enfermeros caminan en silencio, paralelos, clones de sí mismos. El papelito descansa ahora en el bolsillo de la camisa del hombre. Los recuerdos, la entrevisión de esa estación perdida en el misterio, como cada tarde, se han desvanecido nuevamente.