Estación Araujo
La Estación Araujo, otrora propiedad del ferrocarril Midland, se ha convertido desde hace tiempo en escenario de lo paranormal. O mejor habría que decir: el lugar físico donde esta estación se hallaba emplazada. Ya que la construcción, las señales, hasta el tendido de las vías, han desaparecido de la noche a la mañana, quizá para siempre.
Ocurrió que Don Tobías Mureño, peón encargado del puesto "Las araucarias", denunció en la comisaría del pueblo, hace ya unos meses, haber visto unas luces extrañas por la zona donde se encontraba la estación.
Dichas luces, según el hombre, brillaban en el cielo con gran intensidad, mucho más que la de la luna llena, y se desplazaban a gran velocidad a través de la noche. La denuncia quedó en ascuas, ya que la credibilidad del testigo fue puesta en duda desde el inicio, teniendo en cuenta su proclive tendencia a la bebida.
Un segundo comentario llegó a la cantina del pueblo, antigua pulpería campestre, donde José Arrueda, labriego de ley, hombre recto y padre de familia, admitió haber visto, por la luz que lo alumbra y la vida de sus propios hijos, no sólo esas luces brillantes de las que se mofaron los oficiales de la Bonaerense, sino también la presencia de personas extrañas en torno a las ruinas de la estación. A pesar del inicial desinterés de la concurrencia, Arrueda describió a estas personas como de estatura muy baja, de contextura delgada, y con unas cabezas prominentes y puntudas. No faltó el gracioso que lo tildó de haberse insolado por pasarse tantas horas con la espalda curvada sobre el surco de la huerta.
En medio de un coro de risas y burlas inmerecidas, José Arrueda se alejó de la cantina y ya no volvió más. A nadie se le ocurrió que su testimonio podría ser de ayuda en una posterior investigación. Y por más que después se lo buscó para que atestiguara, José Arrueda parecía haberse extinguido de la misma manera que la estación desaparecida. Algunos dijeron que, incapaz de soportar el escarnio de los vecinos, avergonzado por sus dichos, se había marchado con su familia a probar suerte en otra provincia. Otros, hasta llegaron a arriesgar que su contacto con aquellos seres podía ser sospechoso, como si formara parte de la Gran Familia Misteriosa, oriunda del resbaladizo terreno de Lo Oculto; pero quienes afirmaban esto ya estaban demasiado bebidos como para que su testimonio fuera tomado seriamente.
Hasta
que Don Esteban Irigoyen, hacendado del lugar, afirmó en una reunión
de la Sociedad Rural de 25 de Mayo haber visto, mientras recorría
sus campos, huellas extrañas en las inmediaciones de la Laguna Todos
Los Santos, lindante con sus cultivos cerealeros, hoy semi-inundados.
En el escaso terreno elevado que se había preservado del avance de
las aguas, Don Irigoyen pudo apreciar marcas oscuras de aspecto
circular, distribuidas en el lugar a distancias extremadamente
regulares, como si una enorme máquina se hubiera posado en las
inmediaciones, y el terreno hubiese sido sometido a temperaturas en
extremo elevadas, calcinando la tierra y los pastizales. Nadie podía
dudar de la palabra de Don Irigoyen, por lo que ese mismo día se
organizó una partida para acercarse al lugar e investigar el asunto.
Lamentablemente,
esa misma tarde arreció la tormenta que se venía descargando sobre
la zona desde hacía ya varios días, y la densa precipitación elevó
el nivel de las aguas, por lo que las supuestas marcas quedaron
veladas bajo una oscura capa de inundación.
El relato del avistamiento de luces extrañas se mantuvo durante un par de semanas, manifestado por parte de los lugareños como así también por los camioneros o fugaces automovilistas que se detenían en la estación de la YPF situada a la vera de la ruta provincial 46, y comentaban con extrañeza lo ocurrido. Muy pronto circuló la versión en el pueblo, algunos pocos reconsideraron las burlas proferidas tiempo atrás hacia Don Tobías Mureño o -sobre todo- José Arrueda, y como no podía ser de otra forma, llegaron los medios televisivos, oliendo el escándalo como la abeja al polen.
Hasta allí llegó Damián Adonis, animador estrella de la TV, aún vapuleado por la opinión pública ante el estrepitoso fracaso acaecido junto a la antigua estación Comodoro Py. El pueblo se conmocionó durante días, invadido por la frivolidad, y los opinadores poblaron las pantallas de TV, transmitiendo desde el mismo lugar de los hechos, afirmando que los OVNIS -porque no cabía duda que se trataba de una visita extraterrestre- se acercaban a la zona en busca de agua potable para alimentar sus naves. Y si había algo que abundaba en la zona, era agua estancada. Aunque no tan pestilente como los personajes que se acercaron al pueblo munidos de sus respectivas cámaras de video.
Precavido, descollando toda su personalidad pero reservándose el derecho de corroborar cualquier información que pudiera hundirlo en el descrédito, Damián Adonis recogía datos de los pobladores, grabador en mano, ideando posibles notas para transmitir en su propio bloque del programa. Hasta que, desbordado por los recurrentes comentarios, decidió que la mejor opción era crear algo por su cuenta, como había sido su costumbre; para ello, debía pernoctar en el lugar de los hechos, a fin de inspirarse. A diferencia de la experiencia anterior en Comodoro Py, decidió ir solo, sin el equipo del canal, apenas llevando una cámara manual y su grabador, escabulléndose del hotel en medio de la noche a la manera de un anónimo ladrón de gallinas.
Al arribar al lugar, con los faros del auto apagados, notó que aquel espectáculo referido por tantos testigos -presenciales o no- era cierto.
Tres o cuatro luces giraban sobre los restos de la estación ferroviaria, a la manera de luminosas bochitas de Árbol de Navidad, describiendo giros regulares. Adonis, con cierta precaución, aunque anonadado ante su primer avistamiento, apagó el motor del auto y comenzó a filmar la escena a través de la ventanilla, rogando que la película de alta sensibilidad que consiguiera encontrar en el móvil del canal no estuviese vencida ni en mal estado.
Hasta que por fin, luego de unos minutos de monótona navegación aérea, las luces se reunieron en un solo punto en el cenit de la ruinosa estación, conformando una misma esencia, revelando la inconfundible silueta de una nave espacial, o como suelen decir los legos, un "plato volador". Adonis profirió un grito de júbilo, sin apartar el ojo del visor de su camarita, mientras continuaba filmando, imaginando las mayores posibilidades de satisfacción ante el supuesto rédito que podría extraer del material.
Entonces, del vientre de la nave emergió un potente haz de luz que cubrió la totalidad de la estación, así como el derruido cartel con el nombre de Araujo, algunas señales ferroviarias que aún se mantenían en pie. Adonis contuvo la respiración, a punto de aullar de alegría, cuando de pronto la camarita dejó de filmar.
-¡La reputa madre que los parió! -vociferó. -¡Estas pilas de mierda!
Pero no eran las pilas, porque quiso grabar el relato de lo que allí ocurría, y su grabador tampoco funcionaba. Miró la hora en el tablero del auto: el reloj digital se había apagado. Su propio reloj de pulsera estaba detenido. El teléfono celular había perdido la señal. Quiso darle encendido al coche, en un desesperado intento por huir de allí, pero el motor se negó a responder. Adonis, de pronto, se sintió completamente solo, y lo que es peor, aterrado.
La potencia del rayo lumínico del OVNI aumentó considerablemente, generando un molesto sonido de estática en el ambiente, así como una momentánea ceguera en Adonis a causa del brillo. Y de pronto, aunque el notero estrella -aunque de imagen devaluada- de lo paranormal hubiera escuchado hablar de las abducciones de personas por parte de los extraterrestres, jamás hubiese pensado que algo así podría suceder. Hasta llegó a pensar si no habría abusado de las pastillas de éxtasis en la gigantesca "rave" a la que acudiera el pasado fin de semana.
El rayo hizo vibrar a la estación, la extrajo de raíz entre sus cimentos, la elevó en el aire, y se la tragó completa, junto al cartel, las señales y los fragmentos de vía, como si se llevara de paseo un fragmento del paisaje ferroviario, una especie de maqueta en tamaño natural de la tecnología humana.
Una vez desaparecida la estación dentro del vientre del OVNI, el rayo se extinguió, la nave volvió a fragmentarse en varias luces que se agitaron en círculos concéntricos en medio de la noche, y un segundo después desaparecieron a una velocidad imposible rumbo al horizonte estrellado.
La
camarita se encendió sola y continuó filmando, los números del
reloj digital parpadearon en el tablero del auto, se oyó la señal
del teléfono celular al ser recuperada, pero la atención consciente
de Damián Adonis estaba muy lejos de allí.
Tal
vez, fuera el momento de dedicarse a otra cosa.

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