Estación
San Sebastián
Jorge Lacuadra
(Sobre
la memoria, que reivindica los momentos en la distancia,
y
sobre la posibilidad recurrente de una inversión en el tiempo)
Del
pueblo solo queda un caserío exiguo, calles de fresco lodazal que
acceden hasta la estación. He dejado el auto en una calle lateral,
de esas que miran hacia un infinito sin árboles donde solo residen
el horizonte y las nubes. Me reciben los perros, los guardianes
incondicionales, como en todo lugar donde los edificios son bajos y
se unen con los componentes básicos de la tierra. El único elemento
del otro lado del endeble alambrado es la estación misma, San Sebastián. Yo tenía la curiosidad y toda la intención de acercarme
al viejo andén y tomar algunas fotos. La fachada de chapa se
conserva muy bien y me sorprende que esté habitada, una familia del
lugar se ha afincado aquí a cambio de conservar lo edilicio y
mantener a raya la naturaleza. Algunas gallinas, un par de cabras y
tres perros componen la fauna doméstica. Un poco más alejado un
pequeño edificio sanitario y leña, mucha leña y en una pared
colgada una sierra de mano y unas sogas viejas, que dan cuenta de la
obtención del combustible primario.
Parado
en ese andén, hoy, quince de septiembre de 2014 al mediodía,
observo, hacia Carhué la nada misma, no hay ni vías, solo pasto
seco y el tendido de los viejos postes de un telégrafo prehistórico.
La vía principal no existe, es la orientación típica de estas
estaciones y mi brújula interna la que me indica la dirección de
los perdidos puntos cardinales. Hacia Puente Alsina, unos galpones
grandes de chapa gris, bien conservados, depósitos de vialidad
quizás, y otros dos más chicos, un poco más alejadas también un
par de viviendas de los empleados del Midland, estas si, aunque de
piedra, ya hace mucho tiempo abandonadas, el moho verdinegro toma por
asalto las viejas paredes. Al fondo antes de desaparecer de la vista,
el tanque de agua, como un vagón alzado en el aire por una mano
invisible hacia el cielo gris y más alejado aún la silueta de un
pájaro delgado y extraño, el caño hidrante que hoy solo convoca al
camión de la municipalidad.
Miro
hacia la estación, que ya ni el nombre conserva, le han quitado las
tablas o paneles donde estaba la denominación y observo que no hay
nada que se parezca a una boletería, quizás estaba en alguna
estancia o división interna. La estación cerró en septiembre de
1977, un día once de ese hermoso mes recorrió el tren de pasajeros
estas poblaciones por última vez. Un día de septiembre cincuenta
estaciones como esta, cuyos nombre de poco van muriendo, pasaron
administrativamente al olvido, y Carhué, la orgullosa Carhué, punta
de riel de un pasado turístico y esplendoroso, quedó a la deriva,
un barco despojado, una ciudad que hacia el sur solo mostraría
paramos desolados, cubiertos por la sal del desbordado Lago Epecuén.
Nunca más oiría el trepidar de la maquinaria pesada de un tren,
nunca más el vibrar de los durmientes de quebracho y el baile
minúsculo de sus temblorosos clavos de hierro.
Pido
permiso al actual habitante, padre de familia y este me permite el
paso al interior de la estación, cruzo un umbral hollado por miles
de pies antes que los míos. Observo la carencia de algún reloj como
es común o lo dicta la memoria de otras estaciones entrevistas. Si
hay, en un rincón de polvo y hojas secas, una balanza para pesaje de
encomiendas, no de plataforma, sino de esas otras con pesos
deslizables, ni tan vieja ni tan nueva. Un banco contra la pared
solitaria y enfrente una ventanilla de boletería con enrejado
marrón, semejante a un pequeño confesionario surgido entre las
sombras. Olor a madera, a capas de pintura gris, a sellos postales, a
monedas antiguas de bronce. Sobre el antepecho de la ventanilla, me
aguarda un pequeño boleto amarillento con número de serie 18362, lo
tomo entre mis dedos, dice en letras pequeñísimas: Servicio coche
Motor - Ferrocarril Midland y en destacadas pone San Sebastián a
Puente Alsina, clase única y el suculento precio de $ 0.40 de moneda
nacional. Sonrío solo para mí y el corazón se me encabrita de pura
nostalgia.
Aseguro
la correa de mi cámara, la Kodak
Instamatic es
una fiel compañera de caminos y de rieles. Me doy vuelta para
hacerle una pregunta al dueño de casa y descubro que he estado solo,
ignoro cuanto tiempo ha pasado. El aire que ha ingresado por la
puerta ha barrido el polvo y las hojas y el banco luce como si le
hubieran aplicado una nueva capa de pintura marrón. Levanto la vista
y localizo casi en las sombras un reloj que se me había pasado por
alto, y también escucho su metálico corazón en movimiento. Salgo
nuevamente o recuerdo haber salido una vez más, a la plataforma.
Gente del pueblo se ha reunido en el andén, han llegado hasta el
alambrado delimitador en Falcon
Futura,
en renoletas, en Rambler,
en Renault
12,
en cupés Chevys o Peugeot
504.
Tomo algunas fotos de todos ellos y cambio el rollo, en el aire se
siente algo así como una expectativa, un aire de ceremonia o
despedida. Se acerca ahora, viniendo desde Puente Alsina una
formación de coche motor bastante antigua, un gusano amarillo, rojo
y azul que trepida ya cercano, lleva en su frente el número 2779, es
un coche Ganz,
le saco fotos, es un momento único. Me doy cuenta que todavía tengo
el boleto entre mis dedos, pero algo ha cambiado, las letras grandes
dicen: Puente Alsina a San Sebastián.
Abordamos
el tren, a pesar de sus años de servicio las comodidades son más
que buenas. Me arrellano en un asiento doble cubierto de cuerina
marrón, he visto los del otro vagón, tal vez no pertenecientes a
este coche motor, sino un arreglo de último momento y estos bancos
eran de madera, como los de las plazas, también marrones. Partimos,
y toda la cacofonía metálica del tren se armoniza y adopta una
cadencia maravillosa y adormecedora al igual que las conversaciones
de los pasajeros, todo se convierte en un murmullo continuo y
conocido. Entreveo pasar las estaciones, mal recuerdo ahora algunos
nombres: La Rica, Araujo, Dudignac, Corbett, Henderson, Casey,
Saturno, son algunas, las demás las devorará el tiempo que es el
depredador de la memoria. A las seis y cuarto de la tarde arribamos a
Carhué partido de Adolfo Alsina.
Recuerdo
Carhué como entre sombras de esa tarde a la salida de la estación.
Un movimiento inusual me sorprende en la ciudad turística,
innumerables coches circulan por calles prolijas y atiborradas de
negocios, cuyos carteles multicolores comienzan a encenderse. Muchos
de ellos son hoteles, hospedajes y pensiones: Hotel Azul, Hotel
Americano, Hotel Las Familias, Hotel Horizonte, Hotel Plaza, el
Hispano Argentino, también casas de regalos y fábricas de
alfajores. Casa Bruni y sus electrodomésticos exhibiendo la nueva
cocina marca Volcán. Me llama la atención un bellísimo coche
estacionado como al descuido, un Pontiac
Chieftain color
arena que una delicia flamante para gente de buen respaldo económico
y por las calles muchos otros: Pontiac
Bonneville, Ford
1950,
el año del Libertador, inverosímiles colectivos de
chasis Chevrolet cubiertos
de propaganda local, extraños Kaiser
Manhattan, Chevrolet
Bell Air,
y hasta un exclusivo y aerodinámico sedan Studebaker.
La ciudad es pujante y cosmopolita, está en su apogeo, todo el mundo y
sobre todo la sociedad de Buenos Aires se da cita aquí para
disfrutar de los baños termales y su acción terapéutica,
reconocida en todo el mundo. En la sede de la Sociedad Italiana
proyectan “El Seductor”, un estreno, con Luis Sandrini, Elina
Colomer y la cubana Blanquita Amaro, que justamente trata de un jefe
de una estación pueblerina que se enamora de una bella mujer que
viaja en un tren, todo el argumento se presta a equívocos y alegres
miradas, los espectadores festejan el lenguaje de gestos del
personaje. Más por gastar un par de horas que por las risas, acudo a
la función y después ceno unas pastas en la Sociedad. Luego,
cansado, con los ojos llenos de imágenes busco un hospedaje modesto
y me duermo en un sueño de viajes y pasajeros que se convierten en
estatuas de sal.
A
las siete y media de la mañana ya estoy en la estación, el tren ha
sido invertido de sentido en la mesa giratoria y ahora reanudaremos
el viaje. Una multitud de personas despide el tren agitando las manos
y algunos pañuelos al abandonar la plataforma de Carhué a las ocho
y cinco minutos exactos. Recorremos las estaciones a la inversa, San Fermín, Coronel Freyre, Coraceros, Hortensia, Morea, Ortiz de Rosas,
Baudrix, Indacochea, por nombrar las omitidas en el viaje de ida. En
cada una un puñado de pobladores nos despide, ellos saben que ya es
la última vez que verán el tren de pasajeros, hasta los perros nos
acompañan en el lento paso por los gastados andenes. Al pasar por
San Sebastián observo el boleto en mis manos y ahora me muestra la
información correcta, el destino cierto: leo a la luz del mediodía:
San Sebastián a Puente Alsina. Acomodo mi traje de franela gris, el
cuello de mi camisa y la delgada corbata negra, me subo el pantalón
bien alto y me relajo para el viaje hacia Buenos Aires.
El
viaje se hace torpe, traqueteante, las horas, los pensamientos y las
estaciones se suceden lentamente, como un libro que se recorre
despacio, hoja por hoja, con la yema de los dedos. Converso un
momento con el guarda uniformado mientras me pica el boleto y me
comenta que la formación es un coche motor Birmingham
Gardner y
que todos los asientos ahora son de madera, es más, casi toda la
estructura de este vagón en que viajamos, por ejemplo, es
categóricamente, de madera. Consulto mi Guía Peuser 1948 de
Horarios del Ferrocarril Midland y voy apuntando mentalmente las
estaciones que quedan atrás: Ingeniero Williams, Plomer, Km 38,
Rafael Castillo, José Ingenieros, La Salada, La Noria, Villa Caraza
ya ingresando al partido de Lanús. El tiempo está a nuestro favor,
hemos hecho el recorrido con ventaja, los pasajeros descubren una
algarabía contenida que comienza a explotar con el final del viaje.
Son las tres y cuarto de la tarde y la formación llega a Puente
Alsina.
Desciendo
en la plataforma y me asombra la complejidad de estación mayor,
acostumbrado a las humildes paradas de provincia. En vías
secundarias veo la locomotora más extraña que rodara por rieles
argentinos, una inmensa Sentinel
Cammell de
calderas revestidas de acero, un tren blindado, una bestia que devora
ingentes cantidades de carbón y más agua aún. Recorro las
dependencias y doy con la puerta que da al frente, desde allí veo
las obras ya casi terminadas sobre el Riachuelo, del puente Uriburu
con su estilo neoclásico, la estación tomaría el nombre de los
sucesivos puentes que como este, fueron construidos desde la Avenida
Saénz para salvar el brazo de agua hacia el sur, hacia donde
entreveo los caserones del barrio Pompeya. En la rotonda cercana,
tres líneas de tranvías se disputan el gentío hacia Constitución,
Plaza Once o La Paternal, las líneas 9, 8 y 55 respectivamente. Para
los que no gustan de lo motorizado, diversos carruajes te acercan
hasta los barrios aledaños. Saco algunas fotos de la fabulosa
arquitectura del puente y guardo mi pequeña cámara Agfa
Billy Clack.
Extraigo el reloj con su leontina de delicados eslabones del bolsillo
de mi chaleco gris, de paso me acomodo el traje cruzado a rayas
también de gris y mi sombrero de fieltro de ala ancha en la vidriera
de un café. Un canillita pasa a las voces que se han iniciado los
conflictos en el Chaco, la situación entre Bolivia y Paraguay no
tiene otra solución que el uso de las armas, la guerra es inminente.
Lo mismo sucede entre los hermanos peruanos y Colombia. El continente
tiene varios frentes de batalla y el hombre solo siente el deseo de
forjar países modernos.
Pernocto
en un hospedaje de Valentín Alsina y escuchando en la radio los
conflictos del norte me duermo. Temprano me levanta el traqueteo de
los tranvías y salgo hacia la cortada Membrillar, son las siete de
la mañana. Debo partir, el tren que me espera en la estación es un
pequeño monstruo negro, una Kerr
Stuart de
cabina abierta. Solo dos vagones componen el convoy más un pequeño
furgón de cola o Brake
Van inglés,
suficiente material rodante para el viaje hasta San Sebastián. Entre
bufidos y chorros de vapor de agua como un animal de pesadilla parte
el tren, nos restan unas siete horas de viaje. En Fiorito y en la
Noria abordan operarios e ingenieros de la empresa constructora Hume
Hnos,
nos apretujamos un poco entre herramientas y vaivenes, mal agarrados
a los fierros y los bancos de madera, aunque el tren se deslice
tranquilo y rápido sobre los rieles nuevos. Vemos el campo ya
amanecido y en sus labores, el sol nos persigue y en algunas
estaciones los niños que marchan hacia las escuelas nos saludan con
los ojos grandes y las sonrisas de la inocencia.
A
las diez de la mañana llegamos a San Sebastián. La estación nueva,
toda de chapones relucientes, hay quien dice que en algún futuro
será de material, no es vano soñar con el futuro de los
Ferrocarriles Argentinos, debería ser más que una utopía.
Descienden los operarios de la constructora y todo se llena de voces
y metálica melopea de clavijas y herramientas. Hoy es 15 de junio de
1909, en dirección a Carhué no hay vías todavía, cientos de
durmientes nuevos de quebracho aguardan que las manos enguantadas los
acarreen a sus sepulturas definitivas, quizás por un siglo o más,
la carcoma y la fatiga dictaran sus años de tierra y sueño. A un
costado una pirámide de rieles, buen acero británico calentándose
al sol. San Sebastián esta febril e inquieta, inmensa de movimientos
y vitalidad. Acomodo los operarios para una placa fotográfica y los
inmortalizo para la posteridad. Aquí crecerá un pueblo, al amparo
de estas venas de sangre de este tiempo de industria y avances
industriales. Me siento en el banco de la plataforma y sueño, me
adormezco, mi sombrero cubre mis ojos y escucho el grito eterno del
tren.