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domingo, 15 de marzo de 2026

Estación San Sebastián

Estación San Sebastián

Ana María Broglio 


Querido hijo: 

He recibido la carta donde me sugieres que vaya a vivir con ustedes. Tienes razón, ya no es bueno que viva solo en esta casa donde me crie, desde donde mi madre, apretando sus labios en un rezo,  me veía correr para subir al tren y luego saltar al vacío. 

¿Qué hubiera hecho yo sin los trenes?

Cuando las piernas me lo permiten, me acerco a ver ese camino de hierro que se pierde,  más allá del horizonte… en el cielo.

Entonces,  miraba las vías de otro modo. Apretaba fuerte las estampitas entre los dedos y subía y bajaba del tren,  cuando estaba en movimiento,  sin ninguna dificultad.

Eran años difíciles. Los turistas venían desde  Buenos Aires y viajaban en plan de baños a Carhué. Por lo que se sabía, allí había las aguas termales más curativas de Argentina. Entonces,  la gente era compasiva. Al verme descalzo, con poca ropa,  me daban monedas, comida,  golosinas y yo volvía a casa feliz y le prometía a mi madre que cuando fuera mayor, le compraría un sombrero y la llevaría a las termas,  para que se cure del reuma.

Mi madre acariciaba mi cabeza y me miraba con ternura y yo me sentía más hombre que nunca.

-Tienes que aprender mucho sobre el ferrocarril, así cuando se los cuentes, los turistas te pagarán la información -  insistía mi maestra. A la señorita le pareció muy buena la idea de que practicara la lectura y me prestó,  de la biblioteca escolar, una revista con la historia del tren. Apenas había aprendido a leer  y por eso me costaba bastante hilvanar las palabras y el sentido de las frases. Me hacía pasar al frente y me obligaba a practicar en voz alta, hasta que conseguí hacerlo de corrido y  luego memorizar lo escrito: 

“En la línea de rieles, San Sebastián,  es la última estación en haber sido levantada, desde Puente Alsina,  por la firma constructora Hume Hnos. Esta firma,  edificaba las estaciones del FC Midland. Al llegar el tendido a San Sebastián, la sociedad constructora,  quedó en bancarrota como resultado de largas disputas, por intereses, con la Compañía General Buenos Aires. En ese momento (mediados de 1908) el Ferrocarril del Sud y el Ferrocarril del Oeste,  absorbieron al Midland y continuaron la construcción, reemplazando a la Hume por la Clarke, Bradbury y Co., lo que le da a las estaciones de aquí a Carhué, un diseño arquitectónico totalmente distinto, similar a las estaciones del Ferrocarril Sarmiento”. 

De pie,  en el centro del vagón, cada vez con mayor seguridad,  recitaba lo aprendido. Luego pasaba mi cajita de cartón por todos los asientos y la gente depositaba sus colaboraciones. Los clientes me respetaban y las ganancias eran mayores. Dejé de vender las estampitas y  compré,  a mi mamá y a la maestra,  un bonito adorno para colgar de la pared. 

Aquel día,  lo recuerdo bien, viajaba una señora,  sentada  junto a una de las ventanillas. El vagón estaba completo pero el lugar, al lado de ella,  vacío, sin ocupar. El viento movía su cabellera,  que era  del mismo color del  sol cuando cae. Un vestido con motitas verdes y sus anteojos ovalados,  de ancha armadura blanca. Encendió un cigarrillo, a la vez que escuchaba mis palabras con atención.

Por su aire distinguido,  no tuve dudas, venía de la gran ciudad. Sobresalía entre nosotros, la gente del pueblo,  pero también era diferente a los otros viajeros que la miraban fumar casi con desprecio.

El caso es que ella estaba en el tren cuando yo lo abordé y me puse a recitar mi memorización de rutina.  Me preguntaba qué hacía esa dama viajando en este tren, indiferente a los susurros y chismes de los pasajeros que no le quitaban la vista de encima. También yo la observaba mientras me escuchaba,  sus hermosas uñas pintadas y su bolso adornado, de resplandecientes moños dorados.

No recuerdo de  otra persona que no fuera de mi familia o mi maestra,  que me haya sonreído con tanta amabilidad,  al momento de pasar mi cajita y tan generosa pues, tampoco  recuerdo, haber recibido tamaña cantidad de dinero por el mismo trabajo.

Ese día  como pocos,  salté del tren, exultante por la recaudación.

Nunca volví a verla pero mi madre  se ruborizó cuando se la mencioné y me dijo que era de las mujeres que venían a trabajar,  en un lugar de lucecitas rojas, detrás de la estación  La Rica, unos kilómetros más adelante.

Cuando terminé la primaria ya estaba hecho al ferrocarril y pude conseguir un empleo como mozo de carga. La muchedumbre se arremolinaba en el andén y yo debía correr de un lado al otro para cumplir con mi tarea.

Los años me hicieron guardabarreras y jamás me aburrí  de ver pasar las formaciones, de esperar que llegaran y de despedirlas al  partir. 

Ahora que el calendario de mi vida consume sus últimas hojas, mi querido, mi buen hijo, no me pidas que abandone los trenes.

Ha pasado la vida. Aunque el tren ya no regrese, sigo sentándome en el viejo banco, debajo del alero de la estación,  a esperar  el pitido que anuncia su llegada.  El servicio se ha suspendido desde hace  años y yo,  he aprendido que la soledad,  es una estela de humo en el recuerdo, restos de una memoria  de papel que el tiempo ha borrado,  un desierto sin norte, olas de arena en un mar seco, un extenso camino de hierro que marcha paralelo, desde mi niñez a la muerte.

Tuyo, tu padre.

viernes, 13 de marzo de 2026

La Rica

La Rica

Eduardo Francisco Coiro 

A Antonio Dal Masetto

 

El hombre lee en su asiento una carta escrita sobre papel verde. Se inclina un poco tratando que el sol que ingresa por la ventanilla ilumine de lleno en esas letras de birome azul. Tiene sus ojos cansados y la presbicia lo obliga a distanciar bastante la carta, a punto de temer con incomodar con la extensión de su brazo a la señora sentada enfrente en la que puede ver una mirada curiosa detrás de esos anteojos redondos con bastante aumento.

En realidad, no le importa que esa señora de mediana edad y pelo rubio enmarañado se interese por su carta. Ella solo podría haber leído la fecha y el lugar que están en letra visible e imprenta, arriba a la derecha de la primera hoja. Luego viene la letra manuscrita, pequeña y encriptada de Gabriela que se hace imposible de descifrar si la persona no esta familiarizada con ella.

Y además, que importancia tiene que esa señora sepa de su felicidad, de su ir y venir con el amor y la distancia.

Ella iba y venía, en su trabajo por los aires, en sus ensueños o en amores fugaces de cada aeropuerto que no lograban desplazarlo a él. Su hombre. Él, que iba y venia todos los fines de semana para compartir su lecho, sus labios. Para caminar con ella de la manito o en el abrazo de hombro de ella a cadera de él que tanto les gustaba, como a los eternos amantes, novios o compañeros de vida, aunque nunca supieron definirse, no les interesaba otra cosa más que llevarse de la mano o del abrazo por la vida que era una sucesión de instantes o una eternidad bajo una misma luz, pisándose a veces con mutua torpeza los pies en aquellas estrechas veredas del centro antiguo de la ciudad, para luego retornar al departamento de ella y fundirse en un solo cuerpo a luz de luna o estrellas, a sol que entibia la piel o a cielos de acero sin grietas. Aun parece sentir el ruido de la lluvia cayendo a gotones de sonido persistente por los techos, mientras adentro los cuerpos se encendían bajo cobijas del frío invierno.

Sentados en la cama, los domingos a la tarde él le leía cuentos de Dal Masetto y ella a él a Borges o Cortázar. Una vez, le leyó "Romance" y él sabía, que era apenas un pretexto para llegar a la frase final que tanto lo oprimía como presagio, como una anticipación acechante a la vuelta de la esquina, o en cada ir y venir a la estación de trenes, para llegar o partir de los brazos de ella, su amor, su compañera.

Recuerda haberle leído esa frase final del cuento de Antonio Dal Masetto que ahora ronda en su cabeza: “el destino es insondable y no existe felicidad que no este amenazada”.

Su piel lo enloquecía. Su blanca piel casi transparente en la que podía ver rutas celestes que no parecían venas sino mapas de cielo como los que ella surcaba primero en Aerolíneas Argentinas y más tarde en Lufthansa.

Él sentía cada encuentro y cada despedida como si fueran una misma imagen superpuesta de ese intento imperfecto de volver una y otra vez al placer, o al contacto de la piel, la fusión de los cuerpos, el orgasmo de cada cual a su tiempo y modo, la sonrisa del después y el dormir abrazados para entrar en la noche del sueño bien juntitos. Gabriela y su parecido a  Bette Davis. Sobre todo la expresión de su mirada. Fue un descubrimiento mientras en una madrugada vieron “La extraña pasajera”. Como les pegó esa frase que adoptaron casi como un lema propio: "tenemos las estrellas, no pidamos la luna". 

* 

Vuelve a doblar en dos las tres o cuatro hojas de la carta sin dejar de echar una última mirada con los ojos húmedos sobre el encabezado, que seguramente la señora que esta allí enfrente ya ha leído, aun fingiendo desinterés y con la mirada perdida en algún punto de la estación que de una vez están por dejar cuando la fuerza de la máquina logre romper la inercia y el viaje se desate sin atenuantes.

No importa que esa señora sentada enfrente haya leído la fecha: Hamburgo, 15 de abril de 1992.

Y más abajo el Querido Javier: y luego el texto que conoce de memoria y ha leído una y otra vez durante estos años a bordo del tren.

“A los tristes no los quiere nadie” se dice a modo de explicación.

Entonces el tren arranca y el hombre rompe la carta en cuatro con expresión de angustia marcada en el rostro, aunque ya maldice su impulso, su inútil esfuerzo por doblegar ese pequeño hilo de ilusión que lo mantiene ahí, no queriendo preguntarse sin respuesta, y entonces guarda esos grandes pedazos en el bolsillo derecho de su campera, quizá ya mismo piensa en pegarlos con cinta transparente al llegar a su casa.

Intenta disimular su rostro desencajado. Se levanta y se va al otro vagón, no quiere testigos, que nadie sospeche ni se pregunte por que él sigue yendo y viniendo en ese tren. Como si el tiempo no hubiera pasado.

miércoles, 11 de marzo de 2026

De las conversaciones en los trenes


De las conversaciones en los trenes

Sergio Borao Llop

"Todo lo que ocurre, ocurre en un tren", dijo alguna vez un poeta menor. Uno de esos poetas que el tiempo olvida como se olvida todo.

Probablemente se refería a que en el fondo la vida es un tren, con su eterno ambular, sus breves paradas, su rutina de vías y estaciones y rostros que nunca son el mismo rostro pero que interminablemente se parecen. Aunque eso –lo que quiso insinuar- nunca lo sabremos, porque como poeta menor ni siquiera el nombre conocemos, y así sería francamente difícil preguntarle, al menos hasta que las sombras del tiempo nos igualen a todos, momento en que ya no serán necesarias las respuestas. Y no nos engañemos: Como poeta, se expresaría con palabras enigmáticas y evasivas y nos remitiría al texto citado. “Una frase significa lo que dice esa frase”, esto lo dijo otro, pero es aplicable en cualquier caso cuando no queda más remedio. El encogimiento de hombros es una técnica alternativa y, con frecuencia, más eficaz.

Pero, como siempre, me voy por las ramas. Esto sucedió en un tren. Decir que ese tren se dirigía hacia La Rica tal vez sería aventurarse demasiado, porque no me paré a considerar el destino. Sólo precisaba movimiento. Irme de allí (allí, otra inconsecuencia), alejarme lo antes posible, hacia cualquier parte… Huir, en definitiva. ¿De qué huía? Esto tampoco lo sabremos. Para la historia que narro carece de relevancia.

Así pues, viajaba en tren, tal vez hacia La Rica, tal vez hacia otro lugar, pero el traqueteo era la prueba contundente del viaje y la única realidad que me importaba. En el vagón no había más de cuatro o cinco personas, cuyos rostros me eran desconocidos. Desde que leí la novela “Extraños en un tren” de Patricia Highsmith, siempre me da por pensar en esas insólitas conversaciones que tienen lugar en los trenes. Uno se sienta junto a un desconocido, saluda, hace alguna tópica observación sobre el clima y de repente la cosa empieza a complicarse y sobreviene la hora de las confidencias inverosímiles… Porque no me negarán que ponerse a hablar de cosas íntimas con un desconocido y, a veces, en un viaje nocturno, resulta algo extravagante. Pero sucede. Y con más frecuencia de lo que piensan quienes rara vez viajan en trenes de largo recorrido.

Dos filas más adelante, yacía un hombre despatarrado en su asiento. Seguramente dormía, pero lo cierto es que parecía muerto. “¿No lo estamos todos?”, me pareció escuchar. Me sobresalté. Miré alrededor pero nadie más parecía haber oído esas palabras, así que las juzgué producto de mi amodorramiento. ¿No estamos qué? -me pregunté- ¿Dormidos o muertos? Una mujer, un poco más allá, apoyaba el lado izquierdo de su cara en el asiento mirando hacia afuera. Quizá dormitaba, quizá contemplaba el paisaje, si es que podemos llamar paisaje a aquello que sólo dura un instante en nuestro campo visual.

No me era posible ver a los otros viajeros. Sólo una pierna estirada en el pasillo, un sombrero asomando, una mano apoyada en un reposabrazos… vagas señales de la presencia de alguien, pero al mismo tiempo, indicios de su invisibilidad. Como de costumbre, me puse a divagar. El objeto, claro, no podía ser otro que la mujer presuntamente adormecida. En otra vida, tal vez, me hubiese levantado del asiento, hubiese caminado esos pocos pasos que nos separaban y le hubiera pedido permiso para sentarme frente a ella, iniciando poco más tarde una conversación trivial que nos condujese hacia otra cosa. Pero no hice nada de eso. Sencillamente imaginé cómo podría haber sido esa conversación.

Me parece innecesario señalar que no era la primera vez que hacía esto. Quienes vivimos en permanente movimiento, padecemos cierta timidez y no confiamos en exceso en el género humano, tendemos a practicar este tipo de juegos, u otros menos inocuos. Normalmente, todo empieza con las presentaciones, unos pocos detalles personales (lugar de nacimiento, profesión, estado civil… esas cosas) y después se elige un tema al azar, que invariablemente conduce a otros hasta llegar el momento que antes mencioné: el de la confidencia. Exactamente igual que si todo fuese real. Sólo que no lo es. Y por lo tanto, en estas conversaciones simuladas pueden deslizarse detalles cursis o atroces. Nadie nos juzgará por ello.

En esta ocasión, sin embargo, el asunto se descontroló desde el primer momento. Su nombre no quedó claro, fue imposible averiguar a qué se dedicaba y su acento me resultó del todo indescifrable. No parecía extranjera, pero su forma de pronunciar delataba el aprendizaje tardío del idioma. Puesto que todo esto formaba parte de mi fantasía, decidí modificarla. No pude. Una fuerza que me era imposible controlar guiaba los acontecimientos imaginarios. Me sentí perplejo ante lo inexplicable. Pero lejos de abandonar el juego, mi naturaleza lúdica me impulsó a adentrarme en él, dispuesto a comprender y asimilar las nuevas normas.

Así, traté de llevar la conversación hacia el terreno que me convenía, pero cada uno de mis intentos fracasaba y terminábamos hablando de lo que ella quería. Busqué la calidez de la charla a media voz, esperando que me hiciese confidencias; vano empeño: fui yo quien desnudó por completo su alma ante la desconocida. No importaba, sabía que no importaba porque en el fondo todo sucedía solamente dentro de mi cabeza, mas una sensación de derrota se fue asentando en mi ánimo. Sí, eso era lo que parecía estar sucediendo dentro de mí: una batalla que nunca podría ganar. Insistí, una y otra vez me propuse cambiar el signo de la ilusoria confrontación. Sin embargo, nada cambió. Era como si yo transitase un camino entre montañas (esa fue la imagen que evoqué) y en cada bifurcación escogiese ir hacia la derecha, pero en cambio tomase siempre el camino de la izquierda. Frustrante y excitante a la vez. Al menos si se es jugador. Cuando el tren se detuvo, no sé ya si en la estación La Rica o en cualquier otro lugar, me sentía exhausto y avergonzado, aunque no hubiera sabido explicar el motivo de tal estado.

Al detenernos, la desconocida pareció regresar de un viaje muy largo; otro viaje, no el que había hecho en tren, sino uno mucho más vasto y complejo. Levantó el rostro y paseó la vista lentamente alrededor, como buscando por el vagón. Hasta que sus ojos toparon con los míos. Entonces me miró fijamente y una sonrisa irónica surgió en sus labios. Después, como si nada hubiera pasado, se dirigió a la puerta y bajó del tren. Aún pude verla alejándose por el andén. Yo me quedé allí sentado, como vacío. No sé cuánto tiempo. En cierto modo, creo que podría decirse que aún estoy allí, en ese vagón de tren, detenido en el tiempo y encerrado en algo que no sabría definir y que en el fondo, ahora, ya no importa.

lunes, 19 de enero de 2026

A esa nube de recuerdos prestados


A esa nube de recuerdos prestados


Lo que ustedes llaman futuro ya no lo es. Al menos ya no lo es para nosotros. Existe el presente y esa búsqueda nostálgica de lo que se vivió en el pasado.

En Coraceros he conocido a Mister Bill Handley, a quien le encantan el pasado y los trenes.

Del pasado remoto de su familia sólo le llego una gorra, crónicas de periódicos, y unas pocas fotos familiares. Insisto, había futuro, para esas gentes después de la salud lo más valioso era el tiempo.

Y había que sacar fotos. Porque se envejecía. En un abrir y cerrar de ojos de nuestro "tiempo" se pasaba de ser un niño a un anciano. Las personas se desesperaban por dejar recuerdos y testimonios. La gran mayoría de los cuales eran arrojados a un contenedor al poco tiempo de su muerte física.

Del jefe de tracción Handley sólo quedo una gorra, una foto del viaje inaugural y una crónica del periódico "La verdad" donde ni siquiera mencionaban su nombre.

Otro antepasado de Bill compró estas tierras. El edificio de la estación de trenes había sido expropiado para ser la sede de la escuela agraria que funcionó allí. Años después volvió el tren. El "New Midland Express", era un modo de viajar antiguo pero pensado por visionarios que lograron que sus trenes funcionen con el uso de energía limpia.

Alguna vez cuando encontró ese pelo perfectamente enganchado en el interior de la gorra pensó en clonar a aquel Handley de 1909. Luego desistió. ¿Para qué? ¿Para que sea un testigo del fin de lo real?

Enseguida volvió a la idea de ofrecer la experiencia de viajar en ese tren inaugural y ser alguno de los invitados. Hacer ese recorrido desde Puente Alsina hasta la Rica y de ahí volver a ser transportado a la estación Coraceros.

La ruptura de la relación espacio temporal ya no es un misterio pero hay que tener el registro justo para poder viajar y regresar...

Fue un suceso. Miles de almas en pena buscaban algún rastro de su pasado, de cuando la vida era vida y había vida cotidiana, compañía, cariño, en fin, una vida que merecía ser vivida. Y eso es lo tenían esos hombres y mujeres del pasado que luchaban y vivían contra la adversidad hasta que la enfermedad o la vejez los desintegraba como sujetos.

Bill Handley me ofreció primero viajar a la Estación Saturno, para conocer uno de los últimos pozos de tiempo que la humanidad tuvo hasta el fin de la historia. Pero no, preferí conocer al más antiguo de los Handley y hacer el viaje inaugural en la formación traccionada por la locomotora número 24 bautizada "Hortensia González".

Leí fragmentos de la crónica, antes de que James, el ingeniero jefe me transporte, "El 29 de julio de 1908 las empresas del F. C. Sud y del Oeste se hacen cargo de dar el dinero necesario para terminar la construcción de la línea Midland hasta Carhué. El día 15 de junio de 1909 pudo inaugurarse la primera sección de 139 kilómetros, uniendo Puente Alsina y Estación La Rica."

Muchos de los que viajan con la máquina de Bill Handley quieren ser uno de los personajes notables invitados: "Ministro de Obras Publicas de la Provincia Dr Echeverry, el ministro de hacienda Dr. Gandara, senador Joaquín V. González, diputados Pedro S. Barraza y Wenceslao Frías". O alguno de los ingenieros como "Miguel Olmos, Enrique de Madrid, J. J. Elordi, J. V. Inturriaga, Orlando Williams, Frank Foster, J. V. Cilley, H. C. Allen, J. Percy Clark, A. Lertora, F. J. Wythes, Wilson Jacobs, W. Shilton, Riach, Enrique Lavalle, Cristophen Hope, Alfredo Lavalle y Arturo Frostich."

Pero en mi caso, he pedido ser el Guarda de ese primer tren, el señor Felipe Salvi.

El viaje fue hermoso, aún me parece sentir el aire frío en el rostro.

He disfrutado del discurso del ingeniero Orlando Williams.

Luego de cumplida su misión en La Rica, la comisión de notables regresó a Buenos Ares por otra vía -la del ferrocarril oeste-.

Ya está. Envié la señal de retorno al ingeniero jefe James Doohan y éste me transporta al andén de Coraceros en el tiempo que ustedes demoran en parpadear. Ha sido una experiencia alucinante, pago de muy buena gana mi viaje al señor Handley y prometo regresar a hacer otro de sus viajes por el antiguo ferrocarril Midland.

Vuelvo -una vez más- a esa nube de recuerdos prestados donde transcurro, sin días ni noches, este presente continuo.