De las conversaciones en
los trenes
Sergio Borao Llop
"Todo
lo que ocurre, ocurre en un tren", dijo alguna vez un poeta
menor. Uno de esos poetas que el tiempo olvida como se olvida todo.
Probablemente
se refería a que en el fondo la vida es un tren, con su eterno
ambular, sus breves paradas, su rutina de vías y estaciones y
rostros que nunca son el mismo rostro pero que interminablemente se
parecen. Aunque eso –lo que quiso insinuar- nunca lo sabremos,
porque como poeta menor ni siquiera el nombre conocemos, y así sería
francamente difícil preguntarle, al menos hasta que las sombras del
tiempo nos igualen a todos, momento en que ya no serán necesarias
las respuestas. Y no nos engañemos: Como poeta, se expresaría con
palabras enigmáticas y evasivas y nos remitiría al texto citado.
“Una frase significa lo que dice esa frase”, esto lo dijo otro,
pero es aplicable en cualquier caso cuando no queda más remedio. El
encogimiento de hombros es una técnica alternativa y, con
frecuencia, más eficaz.
Pero,
como siempre, me voy por las ramas. Esto sucedió en un tren. Decir
que ese tren se dirigía hacia La Rica tal vez sería aventurarse
demasiado, porque no me paré a considerar el destino. Sólo
precisaba movimiento. Irme de allí (allí, otra inconsecuencia),
alejarme lo antes posible, hacia cualquier parte… Huir, en
definitiva. ¿De qué huía? Esto tampoco lo sabremos. Para la
historia que narro carece de relevancia.
Así
pues, viajaba en tren, tal vez hacia La Rica, tal vez hacia otro
lugar, pero el traqueteo era la prueba contundente del viaje y la
única realidad que me importaba. En el vagón no había más de
cuatro o cinco personas, cuyos rostros me eran desconocidos. Desde
que leí la novela “Extraños en un tren” de Patricia Highsmith,
siempre me da por pensar en esas insólitas conversaciones que tienen
lugar en los trenes. Uno se sienta junto a un desconocido, saluda,
hace alguna tópica observación sobre el clima y de repente la cosa
empieza a complicarse y sobreviene la hora de las confidencias
inverosímiles… Porque no me negarán que ponerse a hablar de cosas
íntimas con un desconocido y, a veces, en un viaje nocturno, resulta
algo extravagante. Pero sucede. Y con más frecuencia de lo que
piensan quienes rara vez viajan en trenes de largo recorrido.
Dos
filas más adelante, yacía un hombre despatarrado en su asiento.
Seguramente dormía, pero lo cierto es que parecía muerto. “¿No
lo estamos todos?”, me pareció escuchar. Me sobresalté. Miré
alrededor pero nadie más parecía haber oído esas palabras, así
que las juzgué producto de mi amodorramiento. ¿No estamos qué? -me
pregunté- ¿Dormidos o muertos? Una mujer, un poco más allá,
apoyaba el lado izquierdo de su cara en el asiento mirando hacia
afuera. Quizá dormitaba, quizá contemplaba el paisaje, si es que
podemos llamar paisaje a aquello que sólo dura un instante en nuestro
campo visual.
No
me era posible ver a los otros viajeros. Sólo una pierna estirada en
el pasillo, un sombrero asomando, una mano apoyada en un
reposabrazos… vagas señales de la presencia de alguien, pero al
mismo tiempo, indicios de su invisibilidad. Como de costumbre, me
puse a divagar. El objeto, claro, no podía ser otro que la mujer
presuntamente adormecida. En otra vida, tal vez, me hubiese levantado
del asiento, hubiese caminado esos pocos pasos que nos separaban y le
hubiera pedido permiso para sentarme frente a ella, iniciando poco
más tarde una conversación trivial que nos condujese hacia otra
cosa. Pero no hice nada de eso. Sencillamente imaginé cómo podría
haber sido esa conversación.
Me
parece innecesario señalar que no era la primera vez que hacía
esto. Quienes vivimos en permanente movimiento, padecemos cierta
timidez y no confiamos en exceso en el género humano, tendemos a
practicar este tipo de juegos, u otros menos inocuos. Normalmente,
todo empieza con las presentaciones, unos pocos detalles personales
(lugar de nacimiento, profesión, estado civil… esas cosas) y
después se elige un tema al azar, que invariablemente conduce a
otros hasta llegar el momento que antes mencioné: el de la
confidencia. Exactamente igual que si todo fuese real. Sólo que no lo
es. Y por lo tanto, en estas conversaciones simuladas pueden
deslizarse detalles cursis o atroces. Nadie nos juzgará por ello.
En
esta ocasión, sin embargo, el asunto se descontroló desde el primer
momento. Su nombre no quedó claro, fue imposible averiguar a qué se
dedicaba y su acento me resultó del todo indescifrable. No parecía
extranjera, pero su forma de pronunciar delataba el aprendizaje
tardío del idioma. Puesto que todo esto formaba parte de mi
fantasía, decidí modificarla. No pude. Una fuerza que me era
imposible controlar guiaba los acontecimientos imaginarios. Me sentí
perplejo ante lo inexplicable. Pero lejos de abandonar el juego, mi
naturaleza lúdica me impulsó a adentrarme en él, dispuesto a
comprender y asimilar las nuevas normas.
Así,
traté de llevar la conversación hacia el terreno que me convenía,
pero cada uno de mis intentos fracasaba y terminábamos hablando de
lo que ella quería. Busqué la calidez de la charla a media voz,
esperando que me hiciese confidencias; vano empeño: fui yo quien
desnudó por completo su alma ante la desconocida. No importaba,
sabía que no importaba porque en el fondo todo sucedía solamente
dentro de mi cabeza, mas una sensación de derrota se fue asentando
en mi ánimo. Sí, eso era lo que parecía estar sucediendo dentro de
mí: una batalla que nunca podría ganar. Insistí, una y otra vez me
propuse cambiar el signo de la ilusoria confrontación. Sin embargo,
nada cambió. Era como si yo transitase un camino entre montañas
(esa fue la imagen que evoqué) y en cada bifurcación escogiese ir
hacia la derecha, pero en cambio tomase siempre el camino de la
izquierda. Frustrante y excitante a la vez. Al menos si se es
jugador. Cuando el tren se detuvo, no sé ya si en la estación La
Rica o en cualquier otro lugar, me sentía exhausto y avergonzado,
aunque no hubiera sabido explicar el motivo de tal estado.
Al
detenernos, la desconocida pareció regresar de un viaje muy largo;
otro viaje, no el que había hecho en tren, sino uno mucho más vasto
y complejo. Levantó el rostro y paseó la vista lentamente
alrededor, como buscando por el vagón. Hasta que sus ojos toparon
con los míos. Entonces me miró fijamente y una sonrisa irónica
surgió en sus labios. Después, como si nada hubiera pasado, se
dirigió a la puerta y bajó del tren. Aún pude verla alejándose
por el andén. Yo me quedé allí sentado, como vacío. No sé cuánto
tiempo. En cierto modo, creo que podría decirse que aún estoy allí,
en ese vagón de tren, detenido en el tiempo y encerrado en algo que
no sabría definir y que en el fondo, ahora, ya no importa.