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miércoles, 4 de marzo de 2026

Cazadores

Cazadores


Jorge Isaías


  Los chicos venían haciendo equilibrio sobre las vías brillantes.

  Venían seguidos por la sangre del último crepúsculo, y al llegar al paso a nivel, algunos pasaron pisando cuidadosamente los listones de hierro del guardaganado, y no leyeron (o si lo leyeron lo hicieron con toda inconsciencia) ese gran cartel que decía: "Prohibido transitar por las vías".

  Era el comienzo del pueblo y no sabían ‑y si lo sabían no les importaba‑ que esas casas puestas en esa calle paralela a las vías fueron las primeras del pueblo. Las había hecho construir un suizo visionario a fines del siglo XIX, como también esos galpones de chapa que guardaba el cereal año a año, vecinos a ese altísimo elevador que alguna vez treparon por una interminable escalera con los chicos de la escuela, acompañados todos por una maestra paciente y gentil.

  Ese elevador ‑la torre más alta del pueblo‑ fue devastado mucho después por un incendio casual y todos se quedaron sin mirador, tal vez para siempre. Era bueno subirse allí para ver el caserío y más allá las quintas, el campo tranquilo, con los sembrados como cuadriculados perfectos. Y los pájaros, que en ese tiempo tan alto eran numerosísimos.

  Esa barrita desflecada, compuesta por chicos que no pasaban de diez años, portaba su infaltable gomera –potencialmente fatal para todo pajarito que se creyera dueño del cielo‑, su bolsito de género para guardar piedrecitas a guisa de proyectil y alguna pieza que venía manchando con sangre el género basto.

  Venían dando voces, chuscadas, silbidos un poco vagos que se tragaba el aire de marzo, y los menos, desafinando una canción de moda. Venían sin diálogo, como dispersos fragmentos de voces y ruidos que se enseñoreaban en la tarde. Venían distendidos, como la pequeña patrulla de un ejército ignoto que nunca entraría en batalla, porque el azar los dejó a retaguardia.

  Así venían, caminando desde el bajo de La Portada, un par de kilómetros al Este, donde ya se humedecían los pastos y el sol se arrastraba como una serpiente de ceniza violeta. La caza había sido magra, pero la diversión muy grata, como son a esa edad todas las actividades decididas en grupo y los juegos que alejan de la obligación de la escuela.

  En esa esquina miraron a lo alto y vieron ese inmenso águila de cemento pintado de negro, en el frente del almacén de "ramos generales" que fundara don Antonio Pozzi ‑uno de los primeros pobladores‑ y que ahora regenteaba algún descendiente. Vieron una vez más ese águila y lo miraron con renovada admiración, tal vez porque lo compararan con su propia imaginación ganada leyendo profusas revistas de historietas o tal vez porque era un animal que en la realidad nunca habían visto.

  Tal vez cruzó un sulky traqueteante en la tarde, con los ejes chirriantes, pidiendo ser engrasado de urgencia.

  Tal vez un jinete se internara por ese callejón que bordeaba las vías, en busca del sol del ocaso, apurando el tranco para llegar a algunas de las estancias lejanas.

  Tal vez un camioncito rojizo cruzara ya resignado en su último viaje, con su carga de sifones vacíos, con su listón de madera pintada de blanco: "Cerveza Schlau", y más abajo: "Sodería y licorería de Juan Sepperizza".

  Es improbable que alguno recordara después esa tarde remota, pero eso ya no tiene ninguna importancia.

  También es improbable ‑porque habrá muchos años después discusiones inútiles- saber si allí estuvo la casa de la guardabarrera pelirroja, que cuidaba el paso en las vías del tren de la tarde.

  Ilusión del cronista o realidad tangible como sus grandes pechos que escondían esos pulóveres de gruesa lana amarilla.

  Lo cierto es que según se dice ‑algunos dudan‑ esa mujer existió y se le encontró un nombre y un apellido, una condición civil: viuda, dos hijos y una tarea precisa: guardabarrera en el cruce del Boulevard Vollenweider, frente a la antigua casa "El Águila" de don Antonio Pozzi, la que hoy está en ruinas.

  Y con ellos habrá sucedido lo mismo: la habrán saludado. Pero casi ninguno habrá registrado, no su saludo, sino su propia existencia, ya que años después algunos de ellos ‑ya calvos, ya canos‑ discutirán en la mesa de un bar esa existencia. Pero el cronista que todo lo indaga, ha averiguado, porque sí, porque es su oficio.

  ¿No es cierto que usted existió Ana Zarza, y que hoy en algún lugar recuerda a esa barrita dispersa por el vendaval de los años, indiferente a otra cosa que no fueran los juegos, o el inminente fervor de la caza?

sábado, 14 de febrero de 2026

Tren al ocaso

Tren al ocaso

Jorge Isaías

 

Los Scozziero llegaron a la Colonia en la misma época que mi abuelo y arrendaron un campo pegado a la chacra de Luis Burki.

Como ambas eran familias numerosas no me resultó extraño cuando mi padre me contó que los desafíos de fútbol eran de clan a clan y a veces se mezclaban los Galaretto, también vecinos en ese tiempo.

A algunos miembros de la familia Scozziero conocí y traté: especialmente los dos hermanos menores, a uno que apodaban Petiso y que era muy amigo de mi padre y el menor de todos a quien conocimos como Fatiga, un recio zaguero de nuestro Club con el que compartí el equipo cuando él ya se retiraba. Era un grandote que metía miedo por la pinta, pero más bueno que el pan fresco, y creo que oficiaba de albañil hasta donde yo sé, porque se fue del  pueblo  y no volvió nunca.

Ellos se mudaron al pueblo con su mamá viuda, muy amiga de mi nona Laura. Y allá me llevaba ella porque se iba a visitar a su comadre doña Ángela, quien me atosigaba de bizcochuelos dulces, mientras le daba razones de su ahijado que no era otro que el que llamaban Petiso,  porque su nombre se me perdió para siempre. Fue solterón hasta que dejó de serlo pues se casó bastante grande y una de sus características que más recuerdo era su fanatismo por el color rojo de nuestra camiseta. Allí también me encontré un día con un chico de mi edad, cuyos padres habían fallecido. El flamante huérfano fue criado por doña Ángela y enseguida se ganó el mote de Niño Dios. Con él tuve con quien jugar cuando acompañaba en estas –para mí- aburridas visitas sociales, de mi inefable abuela, quien en una época se hacía acompañar por mí. Íbamos a lugares donde  yo me aburría siempre, pese a que primero me lo tomaba con entusiasmo. Estas incursiones turísticas con mi abuela incluían excursiones a los cementerios a llevar flores a los deudos. Y como ella tenía familiares en Firmat, Villada y Chabás, no era raro que nos tomáramos el tren y allá íbamos en esas actividades necrológicas, donde por suerte siempre me premiaba con algún helado, ya que en los puestos de todos los camposantos nunca faltaban los heladeros con sus  carritos entoldados tirados por su caballito manso.

Mi abuela reforzaba los premios al regreso, comprándome revistas de historietas en la casa La Primitiva de don  José Bessone.

En ese tiempo el mundo se reducía a muy pocos lugares. La casa, la cortada donde jugábamos, la escuela y algún paseo a la chacra de algún pariente. Por eso, ante la inminencia de un viaje en tren me ponía en un grado de ansiedad notable y aún de alegría. Por supuesto  nada comparable a nuestros viajes esporádicos a Rosario, para visitar a mi abuela materna, la también inefable nona Elisa, quien nunca aprendió a hablar la castilla, como ella repetía. Pese a que vivió sesenta y cinco años en este país que aprendió a amar como nadie.

Viajar en tren constituía en ese tiempo tal vez la concretada aventura más preciada que yo podría experimentar.  Elegía siempre la ventanilla y aunque íbamos  en segunda clase con sus incómodos asientos de madera, me encantaba ir con el oído atento al traqueteo y los golpes del  convoy que ya me sabía de memoria. Mientras miraba el vuelo alto de los pájaros, las mariposas y los panaderos que entraban por las ventanillas abiertas en el verano y el campo que retrocedía con sus vacas, sus sembrados y sus molinos que echaban agua para las vacas “que dan la leche para los niños”, según supo escribir don José Pedroni para siempre.

Lo cierto es que desde esa ventanilla todo era posible, desde la observación de aquella naturaleza exultante de vivos colores verdes hasta el sol que daba de pleno sobre las parvas que se llenaban de gorriones, de lechuzas avizorando ratones desde los postes, y estaban tan quietos que solo sus grandes ojos vivían en aquella estampa no tan frecuentemente hoy pero que la memoria aviva y agiganta.

Al llegar a Firmat, después de haber pasado el Puente de las vía donde nace el arroyo Saladillo, el paraje Las  Plantitas y Cañada del Ucle, el tren paraba para cambiar de locomotora porque la dirección a Rosario era opuesta de las que veníamos.

Después de un rato largo donde uno podía bajarse a comprar un helado el tren proseguía  su marcha.

Luego vendrían los ruidos conocidos: el vendedor de sándwiches, el que pasaba con su gran bolso de gaseosas frías y el vendedor de diarios y revistas y era donde siempre mi madre me compraba una de historietas.

Al atardecer, luego de más de cuatro horas y media nos íbamos aproximando a destino, no sin antes haber visto una blanca bandadas de cigüeñas o de garzas  atravesadas por el sol cayendo en el horizonte, donde todo era ocaso.

miércoles, 28 de enero de 2026

Entonces los trenes

Entonces los trenes

Cuando los tiempos eran perfectos existieron los trenes.

La estación tenía las tejas rojas, la galería techada sobre el piso de lajas oscuras y yendo hacia el sector de las cargas un ancho camino de granza roja que crujía bajos los pesados botines que usaban los empleados del Ferrocarril.

La construcción era copiada de las facturas inglesas, es decir: aireadas, altas y seguras en todo sentido.

Los ingleses -como los alemanes- llevan el confort en las casas que levantan en cualquier lugar del planeta, según comenta mi hermano, y es fácil constatar. Gran parte de la vida social del pueblo pasaba por allí. Cuántos noviazgos de entonces comenzaron en los momentos febriles en que la ansiedad y el estrépito no dejaban tiempo a la razón y abría un sendero ancho a los sueños.

Los minutos previos a la llegada del tren convertían ese minúsculo reducto en una metáfora que representaba la efusión de la vida, que simplemente daba vueltas, en un carrusel de sueños, angustia y deseo, pero sobre todo en la carcasa de una presunta alegría.

En los minutos previos al arribo del tren todo era conmoción y movimiento.

El que siempre llegaba primero era Pepe Faravelli, el cartero. Montado en una pesada bicicleta italiana, de anchas llantas que ruidosamente interrumpían sobre la granza delatora, cruzada en banderola, una gran cartera de cuero crudo para transportar la correspondencia, su uniforme del correo argentino de entonces -azul oscuro en invierno (de lana) y color crema (caqui se le decía) y de lino en verano- silbando sus tangos, eran una marca perfecta, previsible y esperada antes de la llegada del tren. Porque en la oficina de correo tenían un telégrafo que avisaba la hora exacta de llegada. Y no pocas veces el tren se retrasaba motivo por el cual veíamos ese inmenso reloj bajo la galería como un adorno. La hora exacta de llegada la daba Pepe, el cartero, ya que dos minutos antes, sin desmontar de su bicicleta, subía el veredón alto por una rampa que daba parte a la plazoleta y frenaba con un pie calzado en grandes zapatones de suela de goma.

Había que asomarse entonces al borde del andén y espiar, apostando cuando veíamos el humo y calcular dónde se encontraba. Si venía de Rosario: el "Puente de la vía" y si lo hacía de Río Cuarto, ya en "La Portada", era perfectamente visible. Antes no, porque lo tapaba la hondonada que hacía el cañadón del campo de los Luppi.

Los que éramos mirones habituales nos saludábamos con una seña imperceptible, casi como una secta de iniciados. Saludar efusivamente a alguien, incluso iniciar una conversación con él, era signo de que el otro venía a esperar un pasajero, tal vez un ignoto pariente.

Las caras más habituales las tengo en la memoria, otros rostros se me escapan y otros, sencillamente los he olvidado.

Pero todos, quien más quien menos, bromeábamos con Juan Cúcaro, empleado del Ferrocarril Bartolomé Mitre, como se bautizó al ex Central Argentino, luego de la nacionalización en gobierno del primer peronismo. Cúcaro -por lo que recuerdo- vivía allí mismo en un pequeño cuartucho cuya ventana daba a las vías y era el encargado de las cargas. Cúcaro solía repetir "el trabajo dignifica", y yo nunca supe si lo decía en serio o en broma, dado el tono de ironía que siempre ponía en su voz.

En esos pocos minutos en que el tren se detenía en la antigua estación de entonces, la nerviosa vida bullía, se concentraba alrededor de ese edificio estrictamente inglés en el corazón de la llanura que también llamaban "pampa gringa". Esos pocos momentos donde el pueblo se despertaba como un saurio dormido: vendedores de helados, fleteros diversos, jóvenes en busca de caras flamantes para soñar esa noche, curiosos de toda laya, y en fin, toda esa densa inquietud que sacudía la modorra en que esa población aletargada y fijada al duro trabajo bullía por breves minutos.

En todos los pueblos de llanura la gente iba a las estaciones a ver pasar los trenes. Sin embargo los que siempre viajaban coincidían en que en este pueblo de mi infancia la gente concurría ansiosa en gran cantidad para ver llegar y partir los trenes sin que se supieran los motivos reales de tal afición.

Indagué a muchos mayores sobre esta inclinación ferroviaria de mis copoblanos y obtuve diversas argumentaciones, hasta una que no desecho, pero tampoco tomo demasiado en serio.

Según esta fuente, que me reservo, todo habría comenzado en los años 20 del siglo pasado con la instalación de dos prostíbulos, popularmente conocidos como "El Queco grande" y "El Queco chico", y que estaba en un rincón del pueblo, apenas separado por una calle polvorienta por donde nadie pasaba, salvo claro está, los ocasionales clientes, o algún peón de estancia que enfilaba su oscuro hacia su lugar de trabajo.

Cada dos o tres meses venían prostitutas nuevas (que un eufemismo piadoso llamaba "pupilas" y nunca supe por qué) que reemplazaban a las que estaban.

Entonces toda la población femenina se volcaba a la estación donde las esperaba un "coche de alquiler", como se llamaba a los pocos taxis que había. Allí la "madama", o encargada del establecimiento las retiraba y sin dejarlas hablar con nadie, directamente las trasladaba al prostíbulo.

Tal la exótica versión que alguna vez me dio una persona mayor para justificar esa tradición de "ir al tren", como se decía vulgarmente a ese paseo a la estación del ferrocarril en mi pueblo de entonces. Tal teoría nunca fue por mí compartida, pero me parece leal comentarla.

De todos modos, a mí esta costumbre me sirvió para sostener uno de mis primeros sueños y que fue partir hacia otros lugares, conocer nuevas caras, estudiar, y pulsar el nervioso existir de otras realidades.

Y también motivó un pequeño sueño hoy casi olvidado: el rostro bello e impasible de aquella niña que tenía un lunar en la mejilla y que todos los lunes me sonreía desde una ventanilla furtiva, para luego perderse en la llanura infinita sin que yo supiera su nombre o cruzara con ella una palabra siquiera y que hoy es como el símbolo de la fugacidad de la vida.

jueves, 8 de enero de 2026

Autores


Autores

Jorge Isaías

KAFKA

¿Qué es lo que nos produce incomodidad en los textos de Franz Kafka?
¿Su evidente angustia y desamparo, su desasosiego, la culpa?

Nuestra propia perplejidad pone esos textos de un hombre que buscó inútilmente
( un) su lugar en el Universo.

El mismo que se nos niega a nosotros.


CERVANTES

Cuando el avellanado hombre de "La Mancha" recuperó la razón, perdió todos sus sueños. Sin que le fuera posible escuchar las palabras de estímulo de su fiel escudero instándolo a la aventura (su escudero, es decir su creatura).

Si la razón y los sueños nunca van juntos, por qué insistimos -contra toda esperanza- en la imposibilidad de construir ese oxímoron.

SARMIENTO

Un hombre nacido con todos los inconvenientes de origen, sin futuro, un "hijo ilegítimo de la cultura" (Oliva dixit) se empeñó en soñar un país y ayudó con sus fuerzas de gigante, con el empuje de su cuerpo detrás de sus ideas.

Eligió el libro ( y los sinsabores en que son tejidos los libros) para apropiarse de la cultura que le era negada.

Se equivocó muchas veces.

¿Qué alucinación llevó a este hombre único a escribir sus libros con esa pulsión imparable como si fuera un arma contra sus enemigos hasta llegar a mentir para lograr su objetivo de destrucción.

Es -todavía- un desconocido para nosotros, a pesar de la ingenuidad de los educadores que eligen su imagen para las estatuas.

La obsesión que lo ganaba cuando escribía es algo digno de tener en cuenta: quiso poner en papel esa obcecación por "el progreso" que lo llevó a la alucinación y al vértigo.

De estos hombres ya no vienen a este país. Ignoro si vendrán en otros.

ONETTI

Con la desesperación de un poseso escribió todos sus libros. Con la obcecación de un terco negó que todas esas letras que le dictaba su insomnio pudiera servirle a alguien más que a él mismo.

Digamos que escribía porque no podía hacer otra cosa, como si la literatura tomara parte de una adicción como fueron en su vida el tabaco, el alcohol, las mujeres.

SAER

Nos enseñó la respiración de la llanura. Sus horizontes cambiantes con el olor y el miedo que traen las tormentas y la perplejidad ante esa inmensa masa de espacio vacío, de cielo abierto que no da abasto para caer sobre el campo.

Hemos aprendido también en las vidas de sus personajes que desde la ficción nos llaman para ser nuestros amigos.

Es mucho, casi desmedido, en un país donde los mediocres nos perpetran sus desplantes y sus inepcias y sus importantes fracasos como si fuéramos necios y debiéramos aplaudir esa obscenidad que ofrecen lastimosa e ingenuamente como un mérito.

PEDRONI

En sus pareados perfectos cabe todo el trigo de la pampa húmeda.

En su amor por el trabajo, todo el sudor de los campesinos que no tuvieron un solo día feliz.

En su optimismo inveterado siempre soñó un mundo que no fue.

Su canto al amor materno nos dejó una muestra de su fe en la Humanidad y hoy, como quiso, sus versos están en la memoria de aquellos que no saben que él los escribió.

lunes, 17 de noviembre de 2025

La primavera en ruinas


La primavera en ruinas

Jorge Isaías


Ruinas quedan de aquello que fuera el bar "La Primavera", de don Atilio Valvazón. Ladrillos comidos por un tiempo implacable, sordo, que desentona los recuerdos más antiguos y esconde a los más jóvenes las albricias de otra edad.

Allí en ese caserón que supo ser del tío Hugo Cechi, ese viejecito menudo de grandes bigotes amarillos en cascada sobre los labios, de bastón tosco, de andar cansino, que siempre veré en mi memoria caminando bajo sombras propicias del Veredón Alto, allí solían armarse las prestigiosas guitarreadas de toda la redonda.

El bar "La Primavera" -huelga decirlo- nunca fue apto para niños y mujeres.

Allí la soledad de muchos hombres encontraba el traidor sosiego de una caña, de una buena grapa, una ginebra recoltosa.

Recuerdo -creo recordar- los brillantes momentos del bar de don Atilio, cuando era visitado por "cantores", que no eran otros que los últimos payadores pampeanos.

De sombreros oscuros, como el traje y que venían en el último ómnibus de la tarde, de aquellos destartalado que hacían el trayecto Rosario - Corral de Bustos y viceversa.

Habían cubierto muchos kilómetros de polvorientos caminos y saltaban, al llegar, directamente sobre la alta vereda de ladrillos, en la mismísima puerta del bar.

De más está decir que nunca pudimos oír como se debe esos duelos populares inscriptos en la más antigua prosapia tan cara al criollaje. Algunos de nosotros -los más atrevidos desafiantes del cachetón o la paliza- espiábamos con furtiva fruición, desde la ventana de altas rejas el rasgueo entusiasta de las guitarras, entreviendo esas mantas de vicuña o el poncho sobre uno de los hombros, el traje azul inevitable, el pañuelo "gardel", la alpargata floreada o el zapato de puntas bien lustradas.

En ocasiones algunos vestían a la usanza gaucha: bombachas, corralera o saco del mismo género, la rastra ametrallada de monedas antiguas, la bota lustrada y la guitarra con su infaltable cinta celeste y blanca, no faltaba quien colocara una calcomanía de Evita o Carlos Gardel a esa madera manoseada por madrugadas y milongas.

Al final, supeditado siempre a la generosidad de los flacos bolsillos de los espectadores, pasaban el sombrero con una humildad altiva, de artistas, como si de esa espontaneidad del parroquiano no dependiera su subsistencia. Era su única paga, amén de algún vaso de tinto espeso para refrescar esas gargantas cansadas, que iba de riguroso convite.

Todo aquello, como tantas otras cosas, murió en mi pueblo.

Pero hoy he pasado por esa vereda que es la misma, ya sin aquellos viejos árboles, y una mano de acero se me asentó en el recuerdo. El techo derruido, los pisos de madera carcomidos, el óxido de tantos años ha ido pulverizando la mayor parte de los ladrillos.

El tío Hugo ha muerto. No sé quién es el propietario actual y don Atilio Valvazó, de ademán lento, de boina pelusienta, de toscanito apagado entre los labios, es sólo un recuerdo para algunos.

El veredón, aquel viejo orgullo de niños y de novias, ya no existe. El pueblo tiene ahora luces de mercurio, asfalto, algún horrible snack-bar y muchos autos último modelo, tal vez por la euforia sojera de unos años atrás.

Cuando me paré un instante en esta esquina, con mis hijas y mis años, creí escuchar por un momento el rasguido cadencioso de una guitarra, pero es seguramente la engañosa memoria, como siempre, la que se empecina tanto como ese montón de ladrillos quebrados en hacerle frente a la infamia de los años muertos.