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martes, 12 de mayo de 2026

El tren de la noche

El tren de la noche


Cecilia Zanelli


Recuerdo el tren de las cinco de  la tarde, que pasaba por mi pueblo.

Dos trenes alteraban la pesada rutina de ese lugar, sin pasado ni futuro. Uno llegaba, todos los días, a las 5 de la tarde. Lo escuchaba desde la escuela y sabía que pronto sonaría la campana para volver a casa.

Al otro no lo había visto nunca. Pasaba dos veces a la semana, sin detenerse, por aquel viejo caserío que era lo único que yo conocía hasta ese momento. Su sirena era larga y parecía estar siempre lejos.

Heraldo y yo éramos amigos y vecinos y teníamos 12 años cuando ocurrió lo del campanario.

El cura nos permitía ir a pedir monedas en la escalinata de la Iglesia unas horas todos los días, a la mañana en invierno y a la tarde cuando empezaba la primavera.

No era un cura bondadoso o bonachón, como me contaron que había en otros pueblos, pero nos daba permiso para extenderle la mano a las viejitas que iban a la misa del atardecer.

No conseguíamos mucho, pero servía.

En especial a Heraldo, porque sabía que tenía que llegar a su casa con algo, o no entraba.

Cuando lo recaudado era poco, yo le daba parte de lo mío para que su padre no le pegue y después él me lo devolvía en las Fiestas Patronales, cuando la iglesia se llenaba de gente y todos estaban generosos.

Le había comentado a Heraldo acerca de los trenes. Mi curiosidad por el tren nocturno, que no paraba en la estación y que, por el ruido que hacía, parecía interminable. Heraldo me propuso que nos escapáramos una noche, a las 23,00, para ver pasar a aquel misterioso tren.

Las vías dividían en dos a mi pueblo. De un lado estaba la Iglesia, la Comuna, la Comisaría y la plaza. Del otro lado estaban las casas más humildes, las calles sin mejorado y lo más lindo que tenía para mí el lugar: un enorme monte de eucaliptos.

Nos habíamos hecho amigos del hijo del guardabarrera, que vivía casi al lado de la vía, en una gran casa de madera que les prestaba el Ferrocarril.  El padre de nuestro amigo era un hombre alto, rubio, de serenos ojos claros, que nos trataba muy cordialmente. Sonreía mucho  y había prometido llevarnos a dar un paseo en la “zorrita” con la la que se desplazaba por las vías para solucionar algún problema. Nos gustaba mucho ir a visitar a nuestro amigo. A veces nos animábamos a entrar al bosque de eucaliptos, si había sol y era de día, porque era tan alto y tan tupido que no siempre llegaba la luz hasta el piso y por eso casi no había pasto entre los troncos. Lo cual era una ventaja cuando andábamos en ojotas en el verano, buscando algún pichón caído del nido.. Cada tanto el padre de nuestro amigo nos llamaba con un grito para saber si estaba todo bien, a lo que respondíamos gritando nosotros también y eso nos causaba mucha risa. Cuando regresábamos de esa excursión la madre nos esperaba con la leche y pan con manteca y azúcar y luego nos íbamos corriendo a la iglesia porque ya era la hora de la misa.

Esa noche hacía frío, era invierno y todos se habían ido a dormir temprano. A las 22.30 me escapé por la ventana del lavadero y pasé por la casa de Heraldo, que ya estaba esperándome. Nos fuimos hasta el baldío más cercano, por donde pasaba el tren y nadie pudiera vernos.

El frío era intenso y estaba todo el pueblo silencioso, solamente las ranas y alguna lechuza parecían estar despiertas como nosotros.  Por suerte estaba el cielo despejado y la luna llena iluminaba el campo, pero aún así, yo tenía miedo.

Nos quedamos a pocos metros de la vía, esperando. Minutos antes de las 23,00 empezaron a vibrar los rieles y la sirena del tren se escuchó a lo lejos. No podíamos ver nada, sólo una luz roja a lo lejos que se acercaba y agrandaba cada vez más.

¡Ahí viene!”, me dijo Heraldo con un susurro, como si  alguien, o el mismo tren, pudiera escucharnos y descubrirnos.

El tren disminuyó la velocidad y pasó delante nuestro. Conté 34 vagones, duros, oscuros y fríos. El viento que produjo al pasar a nuestro lado nos azotó la cara y se nos voló el pelo y una sensación de pequeñez me provocó escalofríos.

Poco a poco pasaron los vagones, bastante despacio, tal vez porque atravesaba la ciudad. En un momento iba tan lentamente que casi podríamos habernos subido a él, pero no paró. Continuó avanzando con su sirena y se alejó, negro y poderoso, hasta que ya no lo vimos, en el oscuro horizonte.

Volvimos a casa con la curiosidad satisfecha, pero Heraldo estaba pensativo y un poco triste. Yo también sentía un poco de angustia. Y volví a sentirla cada vez que escuchaba, en las siguientes noches, la sirena del tren cuando pasaba.

No se habló más de la visita nocturna y todo siguió más o menos igual, hasta que ocurrió lo del campanario.

Heraldo llegó esa tarde de noviembre a la iglesia con un humor terrible. Estaba enojado y aburrido y se le ocurrió subir hasta el campanario.

El cura nos lo había prohibido, porque las escaleras eran muy viejas, algunas estaban rotas y la caca de las palomas que se metían por las aberturas había corroído la madera.

Yo traté de disuadirlo pero no sé qué le pasaba a él ese día; estaba como desafiante.  Le dije que el cura iba a enojarse.

No seas cagón, Omar”, me respondió. “El padre Jorge está en el hospital a esta hora. Ni va a enterarse”.

Así empezamos el riesgoso e inolvidable ascenso al campanario.

Atravesamos una puerta angosta que nos llevó a una habitación llena de velas consumidas hasta la mitad, que estaban benditas y no podían tirarse ni usarse en otras celebraciones. Allí estaba la primera escalera, que había sido ya arreglada, y nos llevaba a una terracita, desde donde se tiraban los fuegos artificiales el día de las Fiestas Patronales. Con mucha excitación nos asomamos por encima de la pequeña pared: todo el pueblo se veía desde allí.  La vía del tren trazaba como un dibujo recto que lo dividía en dos y se curvaba al final. Podíamos ver  todos los techos: el de la escuela, el del hospital, el de las casas más lujosas y, a un costado del monte de eucaliptos, nuestro barrio.

El aire puro y la hermosa vista del lugar animaron a Heraldo, que me empujó a seguir subiendo.

La segunda escalera era más larga y ya no estaba en buenas condiciones. Se hamacaba bajo nuestro peso y me dio un momento de pánico.

¡Vamos Omar, no va a pasar nada!” me alentó Heraldo.

Llegamos casi trepando al cubículo donde estaba el reloj.  Heraldo se paró en el pequeño espacio que quedaba entre la máquina y las paredes, cada una de ellas con un enorme esfera de vidrio donde estaba impresas las horas en números romanos.

Era increíble ver pasar la luz del sol por ahí. Yo podía ver el cuerpo de mi amigo atravesado por luces y sombras que parecían estamparle un dibujo singular.

Parecía algo mágico y hubiese sido totalmente maravilloso pero lo arruinaba el excremento de las palomas seco, que cubría gran parte del piso y parte de la escalera.

Quedaba un  último ascenso y era hasta la última parte de la torre, donde estaban las campanas. Nosotros las habíamos visto desde abajo, a través de unas ventanas ovaladas.

Yo no quise subir más. Me parecía una impertinencia haber desafiado la orden del cura y haber conocido también, desde adentro, la torre prohibida.

Pero Heraldo continuó y, aunque desde abajo  yo advertía su particular silencio de cuando estaba concentrado, pegó un grito de alegría cuando llegó a la cima.

¡Vení Omar, esto es increíble!” gritó asomándose por la ventana, entre las campanas.

El cura Jorge volvía del hospital y vio a Heraldo, justo cuando se asomaba sonriente, triunfante, espantando a las palomas  que entraban y salían de la torre.

Desde abajo nos llegó su voz, fuerte y colérica, llamándonos.

Empecé a bajar con cautela y le dije a Heraldo que tuviese cuidado, porque las últimas escaleras estaban en un estado lamentable. Le pedí que se agarrara de las sogas de las campanas, porque aunque sonaran, ya habíamos sido descubiertos.

Nunca lo vi tan furioso al cura. Con la cara roja y hablando rápido nos dio un largo sermón sobre la obediencia y nos prohibió volver a pedir limosna en la escalera del templo.

Heraldo, que se había aguantado bastante bien el reto, se puso blanco y no dijo nada, pero tenía una expresión en la cara que nunca voy a olvidar.

Nos volvimos callados a casa caminando y nos despedimos en la puerta.

Fue la última vez que vi a Heraldo. Esa noche pasó el tren, a las 23,00 y escuché su larga sirena, perdida en el medio de la noche.

Heraldo se fue con él.

miércoles, 11 de marzo de 2026

De las conversaciones en los trenes


De las conversaciones en los trenes

Sergio Borao Llop

"Todo lo que ocurre, ocurre en un tren", dijo alguna vez un poeta menor. Uno de esos poetas que el tiempo olvida como se olvida todo.

Probablemente se refería a que en el fondo la vida es un tren, con su eterno ambular, sus breves paradas, su rutina de vías y estaciones y rostros que nunca son el mismo rostro pero que interminablemente se parecen. Aunque eso –lo que quiso insinuar- nunca lo sabremos, porque como poeta menor ni siquiera el nombre conocemos, y así sería francamente difícil preguntarle, al menos hasta que las sombras del tiempo nos igualen a todos, momento en que ya no serán necesarias las respuestas. Y no nos engañemos: Como poeta, se expresaría con palabras enigmáticas y evasivas y nos remitiría al texto citado. “Una frase significa lo que dice esa frase”, esto lo dijo otro, pero es aplicable en cualquier caso cuando no queda más remedio. El encogimiento de hombros es una técnica alternativa y, con frecuencia, más eficaz.

Pero, como siempre, me voy por las ramas. Esto sucedió en un tren. Decir que ese tren se dirigía hacia La Rica tal vez sería aventurarse demasiado, porque no me paré a considerar el destino. Sólo precisaba movimiento. Irme de allí (allí, otra inconsecuencia), alejarme lo antes posible, hacia cualquier parte… Huir, en definitiva. ¿De qué huía? Esto tampoco lo sabremos. Para la historia que narro carece de relevancia.

Así pues, viajaba en tren, tal vez hacia La Rica, tal vez hacia otro lugar, pero el traqueteo era la prueba contundente del viaje y la única realidad que me importaba. En el vagón no había más de cuatro o cinco personas, cuyos rostros me eran desconocidos. Desde que leí la novela “Extraños en un tren” de Patricia Highsmith, siempre me da por pensar en esas insólitas conversaciones que tienen lugar en los trenes. Uno se sienta junto a un desconocido, saluda, hace alguna tópica observación sobre el clima y de repente la cosa empieza a complicarse y sobreviene la hora de las confidencias inverosímiles… Porque no me negarán que ponerse a hablar de cosas íntimas con un desconocido y, a veces, en un viaje nocturno, resulta algo extravagante. Pero sucede. Y con más frecuencia de lo que piensan quienes rara vez viajan en trenes de largo recorrido.

Dos filas más adelante, yacía un hombre despatarrado en su asiento. Seguramente dormía, pero lo cierto es que parecía muerto. “¿No lo estamos todos?”, me pareció escuchar. Me sobresalté. Miré alrededor pero nadie más parecía haber oído esas palabras, así que las juzgué producto de mi amodorramiento. ¿No estamos qué? -me pregunté- ¿Dormidos o muertos? Una mujer, un poco más allá, apoyaba el lado izquierdo de su cara en el asiento mirando hacia afuera. Quizá dormitaba, quizá contemplaba el paisaje, si es que podemos llamar paisaje a aquello que sólo dura un instante en nuestro campo visual.

No me era posible ver a los otros viajeros. Sólo una pierna estirada en el pasillo, un sombrero asomando, una mano apoyada en un reposabrazos… vagas señales de la presencia de alguien, pero al mismo tiempo, indicios de su invisibilidad. Como de costumbre, me puse a divagar. El objeto, claro, no podía ser otro que la mujer presuntamente adormecida. En otra vida, tal vez, me hubiese levantado del asiento, hubiese caminado esos pocos pasos que nos separaban y le hubiera pedido permiso para sentarme frente a ella, iniciando poco más tarde una conversación trivial que nos condujese hacia otra cosa. Pero no hice nada de eso. Sencillamente imaginé cómo podría haber sido esa conversación.

Me parece innecesario señalar que no era la primera vez que hacía esto. Quienes vivimos en permanente movimiento, padecemos cierta timidez y no confiamos en exceso en el género humano, tendemos a practicar este tipo de juegos, u otros menos inocuos. Normalmente, todo empieza con las presentaciones, unos pocos detalles personales (lugar de nacimiento, profesión, estado civil… esas cosas) y después se elige un tema al azar, que invariablemente conduce a otros hasta llegar el momento que antes mencioné: el de la confidencia. Exactamente igual que si todo fuese real. Sólo que no lo es. Y por lo tanto, en estas conversaciones simuladas pueden deslizarse detalles cursis o atroces. Nadie nos juzgará por ello.

En esta ocasión, sin embargo, el asunto se descontroló desde el primer momento. Su nombre no quedó claro, fue imposible averiguar a qué se dedicaba y su acento me resultó del todo indescifrable. No parecía extranjera, pero su forma de pronunciar delataba el aprendizaje tardío del idioma. Puesto que todo esto formaba parte de mi fantasía, decidí modificarla. No pude. Una fuerza que me era imposible controlar guiaba los acontecimientos imaginarios. Me sentí perplejo ante lo inexplicable. Pero lejos de abandonar el juego, mi naturaleza lúdica me impulsó a adentrarme en él, dispuesto a comprender y asimilar las nuevas normas.

Así, traté de llevar la conversación hacia el terreno que me convenía, pero cada uno de mis intentos fracasaba y terminábamos hablando de lo que ella quería. Busqué la calidez de la charla a media voz, esperando que me hiciese confidencias; vano empeño: fui yo quien desnudó por completo su alma ante la desconocida. No importaba, sabía que no importaba porque en el fondo todo sucedía solamente dentro de mi cabeza, mas una sensación de derrota se fue asentando en mi ánimo. Sí, eso era lo que parecía estar sucediendo dentro de mí: una batalla que nunca podría ganar. Insistí, una y otra vez me propuse cambiar el signo de la ilusoria confrontación. Sin embargo, nada cambió. Era como si yo transitase un camino entre montañas (esa fue la imagen que evoqué) y en cada bifurcación escogiese ir hacia la derecha, pero en cambio tomase siempre el camino de la izquierda. Frustrante y excitante a la vez. Al menos si se es jugador. Cuando el tren se detuvo, no sé ya si en la estación La Rica o en cualquier otro lugar, me sentía exhausto y avergonzado, aunque no hubiera sabido explicar el motivo de tal estado.

Al detenernos, la desconocida pareció regresar de un viaje muy largo; otro viaje, no el que había hecho en tren, sino uno mucho más vasto y complejo. Levantó el rostro y paseó la vista lentamente alrededor, como buscando por el vagón. Hasta que sus ojos toparon con los míos. Entonces me miró fijamente y una sonrisa irónica surgió en sus labios. Después, como si nada hubiera pasado, se dirigió a la puerta y bajó del tren. Aún pude verla alejándose por el andén. Yo me quedé allí sentado, como vacío. No sé cuánto tiempo. En cierto modo, creo que podría decirse que aún estoy allí, en ese vagón de tren, detenido en el tiempo y encerrado en algo que no sabría definir y que en el fondo, ahora, ya no importa.

jueves, 12 de febrero de 2026

Cuidado con los trenes

Cuidado con los trenes


Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.

Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.

El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!

Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.

El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:

-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…

Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:

-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…

Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad.

Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.

A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando una protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…

-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.

-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…

Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.

La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.

Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.

Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.

Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:

-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……

La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.

Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.

Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.

Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.

Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:

¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”

Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…

La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.

Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.

Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:

-“¿Qué estás haciendo acá vos???”

Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…

Treinta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos de …¿un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…

domingo, 21 de diciembre de 2025

Silbidos y tanques de agua


 

Silbidos y tanques de agua


¿Era Cortázar el que en Francia extrañaba no el país sino los signos de la Latinoamérica que nos atraviesan? ¿Era Cortázar el que extrañaba en su departamento de París el silbido de los hombres que caminaban por las veredas de Buenos Aires, manos en los bolsillos, pensamientos nebulosos, labios fruncidos en el soplo sonoro que modulaba melodías truncas? ¿Era, acaso, Cortázar quien observó que en la Europa faltan los tanques de agua sobre los tejados tan ordenadamente limpios?

La estación de tren de ladrillos, tan como cualquier otra, tan melancólicamente semejante a tantas otras, marcada su solidez por la evanescente silueta de los árboles, afeada la pureza con el tanque burdamente adosado, cañerías de langosta posada torpemente sobre la estructura perfecta.

Quién puso el tanque de agua. Quién destruyó con el cilindro burdo y claro la maravillosa cadencia de los ladrillos quietos, armonizados en rojo y naranja, recortados contra los verdes y terrosos y los marrones vegetales del paisaje.
Tanque de agua contra el silbido descuidado de la arboleda rala. Manos en los bolsillos, peatones indolentes.

Esta Latinoamérica que se repite en estribillos silbados sin razón y sin cálculo. Esta indolencia de abandono, de cielo extremo, de horizonte desolado.

Esta estación de tren sin trenes, sin guardas. Estos árboles que están desde antes y se prefiguran eternos. Este esfuerzo sin tesón, esta forma de hacer a medias, de adosar tanques de agua a las construcciones de líneas nobles. Esta irreverencia por los pasados esta despreocupación por los futuros.

La estación Rolito los silbidos los trenes muertos los despojos. La belleza caduca y mancillada, la belleza de lo que no fue ni será, la belleza del pasado desgastada, desprotegida. La falta de gracia. La primacía de lo necesario aunque los árboles se indignen.

Los que colocaron el tanque de agua habrán silbado en el viento. Descuidadamente. Sin pensar. Sin culpa habrán silbado el albañil y el plomero.

Después se habrán marchado y se perdieron en la sucesión de días inclementes.