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lunes, 13 de abril de 2026

El presente imperfecto

El presente imperfecto


Héctor Ángel Benedetti


Hacía mucho frío y todavía era de noche cuando llegó a la avenida Triunvirato, donde estaba la estación del Central Buenos Aires. Miró hacia el fondo de la otra calle: aunque cercana, la verja del cementerio solo se dejaba intuir por secciones, raramente iluminadas por los faroles de la vereda y los tachos encendidos de los primeros floristas que ya de madrugada trabajaban en sus ramos; del enorme pórtico griego tras las rejas se veía, o podía deducirse, su columnata. El ángel de la trompeta apenas era una mancha. Demasiado temprano para estar ahí (pensó). Desde la esquina, más allá del ferrocarril, la perspectiva se confundía pronto en la oscuridad a pesar de las débiles salpicaduras amarillas que significaban un tranvía o la vidriera de un café. Cruzó en dirección a la terminal. Caminó con pasos tranquilos, porque en realidad faltaba buen rato para abordar el tren que habría de ponerlo, horas más tarde, cien kilómetros más lejos.

Junto a la plataforma, el convoy estacionado parecía mayor de lo que en verdad era; sin embargo, de todas formas tenía su longitud: un mixto de cargas, encomiendas y pasajeros, encabezado por una locomotora de seis ejes, prendida y ansiosa por salir a echar vapor. La juzgó perfecta. No era una fascinación técnica, ¡qué sabía él de mecánica!; era más bien por aquel armónico esplendor de acero rodante, todo un arte de temple viril. Prefirió esperar arriba a que se hicieran las siete; buscó un asiento del medio. Lentamente su coche fue poblándose. No muchos viajeros, ninguno muy notable. Uno leía el diario con gesto de apatía; adelante, una señorita se concentraba en mirar por la ventanilla un punto fijo del andén. Llamó un poco la atención al subir una familia de caras ruborosas, con pinta provinciana, quizá de los campos de más allá del Pilar; marido y mujer de tanto en tanto hablaban en voz muy baja y con frases cortas. Los chicos se durmieron enseguida. Alguien de atrás tosió. Él leyó otra vez el boleto de cartón, que conocía de memoria; lo guardó en un bolsillo de su saco justo cuando sonó un silbato agudo y vino el sacudón de arranque. Afuera seguía sin amanecer.

Para las siete y media el tren ya había tomado la vía principal y comenzaba a despejarse cada vez más rápido del suburbio. Recién por Manzone asomó el sol; un sol invernal que los árboles obstruían, pero suficiente para mostrar el paisaje de las quintas, de unas calles de tierra que cortaban en diagonal, de un almacén, de una alcantarilla, de un caballo pastando, de otro ferrocarril que corría paralelo a pocas cuadras, de un ciclista solitario junto a la garita de un guardabarreras, de un palomar. Después de cruzar un puente de fierro (no reconoció el río: era el Luján), notó que el tren ingresaba a otro empalme y torcía un poco más hacia el norte, a la vez que el entorno se volvía definitivamente rural. Ahora, un caserón distante o un horno de ladrillos eran las novedades; lo habitual, el ganado y los molinos. La familia provinciana se bajó en Pavón. Doce kilómetros adelante vio la tapia trasera de otro camposanto, más antiguo que el de la Chacarita, donde subiera; era el cementerio de Capilla.

A las once menos cuarto el tren marchaba encajonado entre los pastizales de una trinchera: la entrada a la estación de Zárate. Aquí bajaron todos. El andén estaba varios metros abajo del nivel de calzada; la mañana, aunque muy luminosa, seguía siendo fría; en este lugar era, además, húmeda. Los pasajeros se repartieron por una escalera en herradura que ascendía hasta el edificio principal y pronto se dispersaron por la calle Mitre. Él no tenía tanto apuro. Ahí mismo compró un periódico, El Debate; y con ese andar tardo y desinteresado que fingen los forasteros cuando les sobra el tiempo en un pueblo que apenas conocen, se fue a leerlo a una confitería de la plaza, diez cuadras más allá.

Las noticias locales no le importaron, pero se fijó en el aviso de una pieza ofrecida en alquiler. También estudió la sección de empleos.

*   *   *

¿Qué me pasó?

Casi no podía abrir los ojos, molesto por la claridad y el dolor de cabeza (sintió como si tuviera clavado un punzón en la frente). Intentó incorporarse de la cama, pero la enfermera lo reacomodó.

Está usted bien, señor Ramírez.

No me llamo Ramírez. ¿Dónde estoy?

Tuvo un accidente y lo trajimos aquí; nada demasiado grave, pero perdió el conocimiento. No se asuste si por ahora no recuerda mucho. Su patrón se ocupó de todo, señor Ramírez.

Ya le dije que no me llamo así. No sé de qué patrón me habla; por favor, dígame dónde estoy.

En el hospital del Carmen, de Zárate.

¿De Zárate? ¿Qué hago acá? Dios mío. Tenía que estar en Tribunales muy temprano. ¿Qué día es hoy?

Quince.

La respuesta lo desconcertó.

¿Acá el tiempo va para atrás? Salí de mi casa el dieciocho…

¿El dieciocho de qué mes?

El dieciocho de agosto.

Estamos a quince de diciembre. ¡Ah, aquí viene el doctor!

*   *   *

Le prometieron la visita de un especialista. No soportó la dilación: al atardecer tomó su ropa  —la halló en una mesita junto a su cama— y se vistió con sigilo y rapidez. Se fue del hospital. En el saco descubrió unos pesos; a un viejo de la calle Pellegrini le compró el último ejemplar que le quedaba del diario El Eco tan solo para confirmar en qué día estaba y para tener la excusa de preguntar por la estación de trenes. El viejo le indicó que caminara hasta la avenida y doblase a la izquierda; iba a cruzar una vía, pero esa no le convenía para ir a Buenos Aires; según este hombre, era preferible seguir unas cuadras más por la misma avenida hasta la estación del Central Argentino, que ofrecía mejores horarios y un recorrido más corto (La vía que tenía que cruzar era la del Central Buenos Aires por la que él viniera, pero no la recordaba; la otra, la sugerida del Central Argentino, nada más le proporcionó que la borrosa imagen de una excursión de su niñez a la finca de unos tíos en San Pedro).

Con la cabeza aún latiendo y todos sus razonamientos aturdidos por las circunstancias, abandonó el diario en un cesto y se dirigió a la estación recomendada. Allí pidió un boleto. Sentado en el último coche, aguardó el toque de salida del servicio local a Villa Ballester de las ocho y cuarto, que luego combinaría con el eléctrico a Retiro. Miró su reloj. Miró por la ventanilla. La tarde había devenido en una noche magnífica.

El tren partió y al rato ya pasaba por un negro embarcadero de hacienda; después, por unos terrenos anegados que de a poco fueron erizándose en un pueblo grande y en una refinería tenebrosa; de allí salió a un malezal interminable bajo la luz lunar. Llegó a ver fugazmente unas cruces de palo y una pequeña ermita al costado del terraplén. Una pareja de chacareros se apeó en Otamendi. Sin saberlo cruzó de nuevo el río Luján. A medida que avanzaba, los campos se achicaron en granjas y se hicieron más frecuentes los pasos a nivel; en un punto ya todo fue ciudad. Se puso fría la noche.

Trasbordó y llegó en plena madrugada a destino, donde las cosas estaban como ayer.

viernes, 6 de febrero de 2026

El último tren


El último tren

Victoria Mora


El tren no llega. Odio esperar. Este andén parece un cráter que se abre a mis pies y no paro de caer. Quiero irme ya ¿para que habré aceptado venir a este pueblo de mierda?, siguiendo un amor ¡que ingenuidad! Tendría que haberme quedado en mi ciudad, no sé si sería feliz, pero al menos no tendría esta grieta enorme que me atraviesa el corazón y llega hasta el andén para que me caiga. Encima de noche; con lo que odio caminar de noche estas calles, donde aún en la oscuridad los ojos siempre miran y juzgan. En cambio en Buenos Aires lo mejor es la noche, el anonimato, sus luces, su música, sus bares.

No te voy a negar que quisiera estar volviendo con vos. El rencor no me alcanza para mentir. Te odio y te amo tanto a la vez ¿Cómo es posible? −Dale vamos a vivir a provincia, necesito el aire limpio, el verde, la paz, Buenos Aires me agobia, me enferma ¿Cuántas veces me enfermé el último año? mis bronquios no dan más.

Sabías muy bien que no podía ir contra tal argumento, tu salud es lo primero. ¡Que imbécil! La primera vez cuando bajé del tren tuve que apoyarme en tu hombro porque casi me caigo del espectáculo que tenía en frente. Un puñado de negocios que no sumaban más que diez y un bar ocupando toda una esquina, algunas casas y el campo ¿Qué hago acá? Pensé, pero no te lo dije, y cuando te miré, esa sonrisa que me derrite el alma; entonces sonreí, y te dije que me gustaba que acá ibas a respirar mejor, que fue una buena decisión, que íbamos a ser felices.

Me esforcé ¡y como! Nunca me escuchaste quejarme, viajé cada día dos horas de ida y dos de vuelta a mi laburo, me fui cada mañana dándote un beso y sonriendo y volví cada día con otra sonrisa para vos.

La gente no me caía nada bien, chusmas todos viejas chusmas, hombres, mujeres, jóvenes o niños. Los primeros tiempos fuimos los extranjeros, hasta que empezaron a saludarnos por el nombre. Mostraban más afinidad con vos, te les metiste bajo la piel, se notaba que te adoraban. Siempre te hablaban amigablemente, a mi apenas un saludo con la mano o una inclinación de cabeza. Claro, yo nunca estaba y vos siempre pendiente de ayudar a los vecinos y adentro del club organizando una cosa y otra. Además, estaba tu enfermedad. Te encargaste de contarles los terribles tratamientos que habías pasado, que habías elegido el pueblo para recuperarte, lo importante  que era para vos quedarte en casa y disfrutar de una vida apacible. Notaban que necesitabas todos los cuidados que yo te daba.

A pesar de todo, estos últimos meses empecé a acostumbrarme, y hasta un poco el gusto le tomé a esta tranquilidad avasallante. Incluso ansiaba la hora de volver a casa. Hasta que un día me dolió una muela.

Ya me molestaba cuando tomé el tren seis y media de la mañana, intenté no darle bola, un analgésico y listo. Bajé en La Plata, compré un agua y me tomé una pastilla esperando el alivio que nunca llegó. Para el medio día ya no aguantaba más, no podía ni pensar. Le pedí permiso a mi jefe y me fui. Llamé a mi dentista y conseguí que me atienda de urgencia. Terminé todavía con dolor esperando el tren dos horas antes de lo habitual. Bajé del tren en  nuestra estación sintiéndome un poco mejor y hasta con cierta alegría de disfrutar un par de horas más de ese día juntos. Caminé las cuatro cuadras que separan nuestra casa de la estación, abrí el portón, la perra me saltaba y me movía la cola, fui por la puerta de atrás, cuando estoy a punto de agarrar el picaporte levanté la vista, a través del vidrio partido de la puerta, los vi:  los dos desnudos bailando un tango, y te miro y se te ve feliz, como pocas veces te vi conmigo, siento que la cabeza me va a explotar quedo inmóvil ahí mano en el picaporte y pies estaqueados al piso por unos segundos que se hacen eternos, hasta que reacciono.

Me di media vuelta y me fui, le pegué una patada a tu perra pesada que pegó un grito que espero hayas escuchado.  Volví a la estación como por inercia ¿A dónde iba a ir? Esperé el siguiente tren a La Plata, finalmente después de media hora lo tomé. A la tercera estación me bajé y me crucé a un bar a tomar un café y hacer tiempo. La cabeza me daba vueltas, no sabía que pensar, y tus palabras para convencerme de mudarnos no paraban de resonarme como un eco eterno, ¿habrá sido antes o después? ¿Cuándo empezaste a engañarme? No sé si quiero saberlo alguna vez. Calculé la hora y tomé el tren que me correspondía. 

Llegué a casa y te encontré pintando como si nada. Yo igual, como si nunca me hubiese encontrado esa misma tarde con la imagen de la traición.

Cenamos como todos los días, te dije que me dolía la muela y me fui a dormir temprano, en realidad no pude pegar un ojo. Cuando me aseguré que dormías, me levanté y en silencio junté un par de cosas indispensables y me fui para no volver.

Acá estoy, esperando el último tren, no vuelvo más, no sé a donde ir, no tengo a donde ir sin vos, caigo finalmente en la cuenta que no tengo a nadie en el mundo más que a vos, sin embargo no quiero simular. Las luces del tren que se acerca se hacen cada vez más grandes, de repente tienen tu rostro y tu cuerpo desnudo,  parpadeo. No es posible, y aun así, ahí estás, en esas luces, entonces, salto a tu encuentro.