El tren de los sueños
Aquí, en el tren de los sueños, las cosas son un tanto diferentes
a los trenes que vos conoces. La diferencia fundamental
es que entre el momento de partir y llegar a algún lugar
los sueños se materializan.
El trámite es por demás sencillo. Una vez que tenés el ticket
en el que constan esos detalles similares a otros, debes ubicar el vagón que corresponde a tu sueño.
Unos carteles sobre los laterales los identifican:
sueños de amor / de heroísmo / de guerra / de aventuras / de gloria
de fama / de prestigio / de hazañas / deportivos, etc.
Estos vagones siempre parten llenos y las personas al bajar,
inflamadas de felicidad por haber obtenido aquello
que tanto se les negara,
me envían fotos de lugares exóticos donde se los observa
con una sonrisa amplia en sus rostros
y el brillo propio de quien vive una existencia plena.
Entre los casos más notables ahora que reviso la caja de fotos
encuentro al oficinista gris que es monje budista en el Tibet
al vendedor callejero de golosinas que escaló el monte Everest
la jueza que escapó con su gran amor a un pueblito en Italia
y atiende un kiosco, o el caso de la chica más fea del barrio que se
convirtió en estrella de Hollywood y rompió miles de corazones
desde la pantalla del cine.
Así podría seguir enumerando varios más, pero no tendría mayor sentido
ni agregaría nada sustancial al relato.
El que, sin dudas, es el suceso que hoy recuerdo más extraño
es este que va a continuación y que tal vez puedas ayudarme
a interpretarlo:
Una tarde cuando ya me disponía a cerrar la boletería
y pensaba llegar pronto a la cabaña, tomar mi caña de pescar
e irme al río llegó un anciano que con voz casi imperceptible
me pidió un boleto para cumplir su sueño
Pero algo lo llevó a hablarme de su vida, a relatarme con detalles
lo que había hecho con ella.
No encontré nada llamativo, es verdad, una existencia monótona
atiborrada de anécdotas comunes: familia, trabajos, dineros ganados
o perdidos y finalmente la llegada de esto que aquí veo:
la vejez
Le pedí, pensando en mis planes que fuera al grano
que me dijera que clase de sueño era el suyo
así lo emitía y me liberaba de mis obligaciones cotidianas
- Hijo, me dijo
lo que necesito no es un sueño en particular,
necesito una vida nueva o mejor dicho: otra oportunidad
donde pueda volver a elegir, donde sea el dueño de mi destino,
pero no a partir de ahora sino desde mi juventud –
Me quedé callado, sin poder decir palabra alguna
luego le expliqué que yo solamente vendía sueños:
aquellos que no se habían concretado por alguna extraña razón
pero que no poseía la capacidad de volver el tiempo atrás
ni nada de eso.
El anciano me miró decepcionado, supongo por mis palabras
y me soltó:
- Entonces, dame un pasaje para cualquier vagón,
seré muy feliz al estar entre gente que todavía sueña.

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