Un misterioso tren
De repente me encontraba en un tren. No sabía cómo había llegado, ni me acordaba de nada de lo acontecido en mi vida hasta ese instante. Sin embargo me encontraba muy lúcido, con el único detalle que no tenía conocimiento de quién era.
Lo más curioso de aquel peculiar tren eran sus pasajeros. Estaban allí, pero parecían ausentes con sus miradas convergiendo respectivos vacíos. Nadie se miraba. Daba la impresión que tenían la inocencia de un recién nacido, con la excepción que no tenían esa curiosidad característica. Algunos leían diarios, libros o revistas; si a eso se le puede llamar leer, porque en sus ojos observé una inmovilidad de la que nunca había sido testigo.
De súbito me dio la impresión de que ellos tampoco sabían de dónde venían, ni adónde iban, ni siquiera quiénes eran. Eran como yo, en principio, ya que no tomaban estos hechos como sorprendentes, más bien lo tomaban como algo habitual e indiferente. Concentré la vista en un viejo que estaba acostado sobre los asientos. Me di cuenta que habían centenares de moscas e insectos en su piel, devorándolo. No pude distinguir si aún seguía con vida.
Luego de esto, miré a las ventanas. Estaba muy oscuro afuera. Era la definición perfecta de oscuridad. ¿Sería un túnel, una noche de la más lúgubre o simplemente vagábamos por el vacío? Pensé en preguntarle a algún pasajero sobre el paradero de este misterioso tren, pero rechacé esta idea al instante. ¿Qué podían saber ellos? Traté de ver mi reflejo en la ventana, para así, quizás, recordar algo. Fue en vano, se reflejaba mi traje azul oscuro, mi corbata, pero en lugar de mi cara había un negro que se mezclaba con aquel extraño fondo. Las preguntas me inundaban la cabeza hasta tal punto que sentí que me iba a explotar. Traté de relajarme, aunque se me hizo bastante difícil. Esto simplemente no podía estar pasando. Era todo un sueño, una pesadilla, una alucinación. Pero las pesadillas siempre terminan. Acá, sea lo que fuese, estaba totalmente atrapado por el resto de la eternidad. Lo sabía perfectamente. De hecho era lo único que sabía con certeza.
Bueno, algo tenía que hacer. Si me quedaba quieto por un segundo más, las piernas ya no me responderían. Me moví. Fue sólo un paso, pero qué paso. Lo relacioné con el paso que hizo Neil Armstrong en la luna. Como era que me acordaba de aquello me resultaba imposible de responder. En fin, alguna pista de mi pasado tenía. Pero, ¿había llegado el hombre a la luna realmente? Bueno cómo se supone que iba a saberlo. Hice un gran esfuerzo por frenar mis pensamientos. Ya habría tiempo de pensar. Y demasiado.
Fui hacia otro vagón. Todo igual. Me refiero al tipo de miradas, las personas eran distintas, pero tampoco ayudaba demasiado. Seguí pasando vagones, con los mismos resultados. Durante horas, días, en realidad no sé cómo se mide el tiempo en la eternidad. Llegué a la conclusión que no habría caso, pero lo seguí haciendo por inercia. Capaz que todos los pasajeros habían hecho lo mismo hasta darse por vencido. Y yo llegué a lo mismo. Me estaba por perder en el abismo. No. No podía. No aún. Y puse mi mente en funcionamiento. Pensar en cosas absurdas y sin sentido no era muy útil, pero no me quería convertir en uno más de ellos. Al fin y al cabo en qué otra cosa se podía pensar en este tren. En un lugar donde no existe la lógica ni la razón. ¿Qué era aquello? ¿El purgatorio, el infierno, o simplemente este tren abarcaba toda la inmensidad del universo?
De repente un sonido musical llegó a mi oído. Era frío y distante, pero inconfundible. Se trataba, según creía, de una banda de jazz interpretando “Take Five”. Fue comparable a los cantos angelicales, o a un canto de sirena. Me hipnotizó. Emprendí la persecución a aquel increíble saxo. Pero cuando lo tenía más cerca, el sonido cambió de dirección. Justamente el solo provenía del lado en que yo venía. No podía ser que me haya confundido. Me estaba volviendo loco. No tuve más opción que correr a la dirección de la cual había venido. Y de nuevo cambió. Y así se repitió. ¿El sonido estaba en mi cabeza? ¿Me lo había inventado con el fin de tener esperanza en algo? Otra sensación extraña me atacó justo en la espina dorsal, como un rápido látigo. Esta vez no oí el sonido del saxo, sino que lo sentí. En todo el cuerpo y con todos los demás sentidos. En el ambiente se palpaba, se saboreaba, se olía a jazz. Estaba más presente que todas las personas del vagón juntas, aunque eso no era tan difícil. Decidí abstraerme de todas aquellas sensaciones. Traté de volver al vagón inicial. Ahí iba a poder poner en funcionamiento a mi memoria. Pensaba que podría ser como ir al inicio de mi vida, aunque estaba claro que no había nacido ahí en el tren, aunque nada estaba claro.
Repentinamente vi a una chica. Había muchas muchachas, pero esta era claramente diferente. Su mirada era de otro mundo. No tenía el tinte gris que se encontraba en resto del tren. Sus ojos parecían un arco iris. Luego de cruzar miradas, comprendí que ella sentía lo que yo. O ella era yo, no lo sabía. Aquella sensación me calmó inmensamente. Por primera vez me encontraba totalmente relajado, en aguas calmas. Teníamos dudas de si era o no necesario hablarnos. Yo tenía esa duda. Pero de lo que tenía duda es que ella dudaba lo mismo. Mirarla durante tanto tiempo me había alejado de la realidad. Simplemente tendría que volver la cabeza hacia la ventana y la realidad se haría presente al instante. Pero aquel negro profundo que antes inundaba el exterior del tren, ya no se encontraba. A cambio había una luz blanca que me encegueció por completo. No distinguía si la ceguera era momentánea, a causa de la diferencia de luz con el anterior fondo, o por el contrario, se quedaría en esta condición para siempre. El hecho me estremeció. ¿Por qué fui tan estúpido de desviar la mirada de lo único que valía la pena en aquel asqueroso tren? Un segundo fue suficiente para perderlo. Ya no quería saber nada más. Quería olvidarme de todo. Me eché en el suelo a dormir. Nunca lo había hecho. Era lógico, de esta forma despertaría en el mundo al que pertenecía. Y todo aquel tormento que sufrió desaparecería tan de repente como había llegado. Soñé. Estaba en un inmenso desierto. El calor era abrumador. El sol estaba en la cúspide. No lo miré. No quería perder de nuevo la visión. Por lo menos la retendría en sueños. No me encontraba ni bien ni mal, aunque ciertamente era mejor que el tren. Aún así, mis pensamientos sólo se encargaban de recordarme de los ojos de aquella mujer. Estaba allí. Reitero que no me encontraba incómodo en la infinitud del desierto, al contrario, era un respiro que me daba. Pero era consciente de que me encontraba en un sueño. El dilema era si tenía que despertar o no. Había varias posibilidades. Despertarme en una cama, en mi antigua vida. Quizá al lado de mi esposa, o sólo, daba igual. Pero la posibilidad de despertar en la nueva blancura del tren, me hacía no querer despertar nunca. Si la realidad era aquel tren, no la quería seguir viviendo. ¿Por qué el hecho de que la realidad fuese mala es mejor que una irrealidad mejor? Era un sueño. Yo lo manejaba. Podía tener lo que quisiese. Probé hacer aparecer una botella de agua. Excavé un poco en la arena y la encontré. Me la bebí de un largo y refrescante sorbo. Repetí esta acción como seis veces. Pero aquellas percepciones no eran más imaginaciones de mi mente. Me estaba engañando a mí mismo. Tendría que enfrentar la realidad, fuese cual fuese. A lo mejor me despertaría en el tren, pero con mi vista, y me encontraría con la chica de mis sueños. Había que ser optimista.
En fin, desperté. Seguía en el tren. Mi vista estaba intacta, aunque difusa a causa del sueño. Pero el tren era distinto, algo había cambiado. Tardé en darme cuenta que no era el tren en sí lo que había cambiado, sino el exterior de las ventanas. Esta vez no era ni blanco ni negro. Era un paisaje montañoso. También había lagos. Era realmente bonito y agradable. Esto sin dudas me había cambiado el ánimo. Lo que podía hacer una simple imagen del afuera.
Sentí una mano en mi hombro. Al instante supe de quién se trataba, quién sino. Me di vuelta. Y esta vez la cara no sólo eran sus ojos, también había una sonrisa de oreja a oreja. Me preguntó si estaba bien. Sí, me habló. Era la primera vez que escuchaba una voz humana. Le respondí que sí, y no mentía, estaba mejor que nunca.

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