Estación Los Eucaliptos
El amigo Coiro acaba de enviarme otro mail, encargándome un nuevo texto para InvenTren. Luego de la grata experiencia de volver al ruedo literario hace quince días, la tarea no amenaza ser dolorosa. Siento los dedos más sueltos que cuando encarase la fantasía cómica de Estación Funke, pero el ojo de la imaginación no me encuentra en mi mejor momento. Por lo tanto, releo el título de la Estación y me dejo llevar una vez más por la asociación libre.
Coiro me envía videos de YouTube donde un par de nostálgicos han filmado los actuales paisajes de la ex Parada Los Eucaliptos, perteneciente al extinto Ferrocarril Provincial. Lugares campestres que apenas dejan vislumbrar la presencia del hombre a través de algunas casas, varias tranqueras, y mucha ruina. Al menos, reconforta ver que las imágenes brillan bajo un sol pampeano que se intuye cálido y esperanzador.
Entonces recuerdo algo que me retrotrae en el tiempo, quizá imbuido por el aura desoladora de lo que fuera y ya no es, del pegajoso ámbito de precariedad que me transmiten los espacios vacíos del terreno donde alguna vez existió una estación, con telégrafo incorporado. Los Eucaliptos también se llama un barrio del conurbano bonaerense emplazado en el Municipio de Quilmes, donde hace casi diez años realicé visitas domiciliaras motivadas por mi trabajo como psicólogo perteneciente a la Secretaría de Niñez y Adolescencia de la Provincia de Buenos Aires.
En aquel entonces, tomé otro ramal ferroviario, el eléctrico hacia Florencio Varela, desde donde combiné con un colectivo para llegar hasta la esquina del semáforo de Avenida La Plata y Lamadrid. Mi compañera Natalia arriba pocos minutos después con su auto, y una vez que estaciona, nos saludamos en la vereda, subiéndonos hasta el cuello los cierres de las camperas.
—¿De veras estás listo, Albertito? ¿O vas a arrugar antes de entrar? —me provoca ella, con una risita. —¿La verdad? Ni sé cómo te animás a venir.
—Si llegamos hasta acá, no me voy a echar atrás. Además, si nos pasa algo malo, me vas a defender vos…
Caminamos con sigilo hacia el hueco entre ambos edificios de tres plantas, donde se abre la entrada hacia la villa, sita en el corazón de la manzana: la mayor cocina de paco del conurbano.
El panorama es decadente. Mugre y abandono impactan a la vista, así como los jóvenes tirados contra los cimientos de las casas, hundidos en el tanático sopor del consumo. Naty ahoga por un rato el buen humor y avanza segura sin mirar demasiado alrededor, sabiendo de antemano cuál es la casa en la que debemos entrar. Yo espío de reojo, sin perder detalle, pero al mismo tiempo queriendo pasar desapercibido a cada paso que damos, mientras nos internamos en terreno desconocido.
En el domicilio señalado, ya hay gente de pie junto a la puerta. Con Naty nos ponemos en guardia, pero disimulando. Estos de la puerta deberían estar durmiendo, y no amanecidos. Los rumores acerca de la proliferación de los “tranzas” en el domicilio de arresto del joven posiblemente sean ciertos.
—Buen día —saluda Naty, sin cordialidad, ni vacilación. —¿Christopher se encuentra?
—¿Quién lo busca? —desafía un morocho, con una gorra de Boca y mirada torcida.
—Somos del Centro de Referencia. Venimos por una entrevista.
—¿Para qué? —insiste el de la puerta.
—Para ayudarlo antes de que vaya preso —sostiene Naty. —¿Vos sos el padre?
Con un movimiento de cabeza, el de la gorra de Boca le indica al otro, con camiseta del Barcelona y ojos irritados, que entre en la casa, sin quitarnos la vista de encima. Naty me mira, yo arqueo las cejas, dudando. ¿Será factible realizar la visita, o mejor volvemos en otro momento? ¿Qué nos diría Liliana, nuestra coordinadora? Que no salgamos con un día de tormenta como éste, eso seguro.
El de la camiseta del Barcelona vuelve enseguida, acompañado por una mujer teñida de rubio y con anteojos recetados, ajenos a este entorno social.
—Buen día, ¿cómo están? —nos saluda la madre, afable. —Pasen, sin vergüenza.
—¿Podemos? —dice Naty, mirando de arriba abajo a los “custodios” de la entrada.
—Sí. Déjenlos pasar, son de confianza —informa ella, y los jóvenes se apartan.
Ingresamos en una habitación indescriptible, oscura y desordenada más allá de cualquier imaginación. Nos acercamos a una mesa pero permanecemos de pie. No hay niños a la vista. La inquietud (y el aroma de la marihuana) impregnan el ambiente.
—¿Y su hijo? ¿Se levantó? —dice Naty, intentando contener la respiración, creyendo que sería mala idea sacar el celular para tomar con discreción una foto de la escena.
—Ya le aviso que están acá —señala la madre, antes de retirarse por un recodo.
Miro por sobre mi hombro; ambos “custodios” han entrado y nos vigilan la espalda. De pronto, maldigo la idea de acompañar a Naty a hacer justamente esta visita, maldigo la idea de que cualquiera de nuestras compañeras deba internarse en lugares riesgosos como éste, maldigo la idea de estar a punto de padecer la peor experiencia de vida desde que ingresara a este trabajo.
Esmirriado y ojeroso, Christopher se levanta de mala gana, belicoso y angustiado a la vez. Nos contempla extrañado, repudiando la visita.
—¿Otra vez? —increpa a Natalia, al verla de nuevo en su casa.
—Esta, y muchas otras veces —responde ella. —Te recuerdo que por esta causa debes cumplir un arresto domiciliario, por el que tengo que visitarte todas las semanas.
—¿Y por qué no me hace todas las preguntas juntas? Así la veo una vez por mes.
—Porque tengo que saber cómo estás llevando el arresto, todas las semanas —reitera Naty, segura. —¿Te molesta mucho que venga?
—Por favor, señora —concilia la madre. —No le haga caso. Su presencia no molesta.
—A su hijo parece que sí.
—¡A mí me jode que vengan a molestar a cada rato por algo que yo no hice! —estalla Christopher.
—Si no hiciste nada, ¿por qué no colaborás? Así se te hace más fácil transitar esta causa —intercedo yo, casi con suavidad. —¿Cómo la venís pasando?
—¡Me tienen todos harto!!! —grita Christopher. —¡La yuta por pegarme, los jueces por acusarme, mi viejo por dejarme, y mi vieja por querer internarme por drogón!!! ¡No le importo a nadie!!! ¡Encima vienen Uds. a cada rato, a joderme por las cosas que hago!!!
—Pero dijiste que no habías hecho nada… —le señalo, sin rematar la frase.
—Él siempre se pone así… —lo disculpa la madre. —Ya no sé qué hacer…
—¡Pitu!!! —exclama el de la gorra de Boca, por sobre el hombro de los agentes de la Secretaría de Niñez y Adolescencia. —¡Vos sabés que te bancamos a muerte!!!
—Bueeenooo… ¿Qué tal si nos calmamos? —advierte Naty, mirando a todos en derredor, y dirigiéndose hacia los “custodios”: —¿Uds. podrían dejarnos un ratito a solas con la familia? Cuanto antes terminemos, antes nos vamos.
—Chicos, por favor… —comienza la madre, pero la interrumpe el de la gorra de Boca.
—¡No le rompan más las pelotas al Pitu!!! ¡Que acá en el barrio tiene aguante!!!
Nos miramos con Natalia; será mejor que nos vayamos. Esto no da para más.
—Muy bien; como Uds. quieran —dice Naty, bajando la mirada y extrayendo de su carpeta verde claro la planilla de visita que debe firmar el joven de referencia.
—¿No entendés, rubia? —exclama el de la gorra, cada vez más exaltado, y le quita la planilla de un manotazo, haciendo un bollo y arrojándola a un costado. —¡Tomatelás!!!
—Está bien, tranquilo… —retrocedo, con las palmas de mis manos en alto. —No jodemos más, ya nos vamos.
—¡Sí: andate vos también, anteojito!!! —exclama el de la gorra, tirando otro manotazo con la palma abierta, impactando sobre la pechera de mi campera.
El de la camiseta del Barcelona parece despertarse de golpe, queriendo sumarse a la provocación. La madre del joven quiere interceder, dirigiéndose alternativamente a cada uno de los jóvenes y a su hijo, pero nadie la escucha, ni siquiera yo, concentrado en ambos “custodios”, con mirada penetrante, bajando ambas palmas, preparado para lo que sea.
De pronto, el clima de tensión se quiebra al arrojar Christopher la primera piedra, al grito de:
—¡Váyanse de una puta veeez!!! —empujando a Natalia, quien trastabilla, agitando los brazos, y cae de costado en manos de los “custodios”.
El tiempo parece detenerse. Comienzo a registrar la escena a mi alrededor como si transcurriese en cámara lenta, sin perder detalle. De una rápida reacción dependerá la integridad de ambos. Si pienso demasiado, quedaré paralizado en el lugar, expuesto a cualquier ataque. Por eso, me obligo a liberar la tensión acumulada, y salir de allí a como dé lugar.
Lejos de cualquier fantasía, ajeno a mi particular pantalla profesional, doy un veloz paso adelante y lanzo un puñetazo con la derecha, directo a la nariz del de la gorra de Boca, sintiendo el crujido del tabique, mientras abro la mano izquierda y empujo la cabeza del de la camiseta del Barcelona contra la pared, mientras Naty se escurre hacia el piso, logrando zafarse de los brazos de ambos “custodios”. Christopher se lanza hacia nosotros en medio de un aullido, y antes de que yo consiga girar para enfrentarlo, Naty salta desde el piso, embistiendo al joven con ambas manos, para que ambos caigan de rodillas.
Vuelvo a mirar a los “custodios”: el de la camiseta del Barcelona vacila, aturdido por el golpe y el consumo; el de la gorra de Boca se tambalea con la nariz rota, la boca llena de sangre, y mirada de odio. Antes de que siga reaccionando, vuelvo a pegarle, esta vez en la mandíbula, sintiendo un intenso dolor en los nudillos, pero logrando noquear al joven, quien cae de espaldas contra la pared.
Christopher intenta ponerse de pie; Naty, de rodillas, aferra un vaso de la mesa y lo impacta contra la cabeza del joven, mientras se incorpora, dispuesta a correr. De costado, yo percibo su movimiento y la tomo de un brazo, tirando de ella hacia la puerta, mientras manoteo el picaporte y salimos a los tropezones, intentando recuperar el equilibrio.
—¡Los voy a denunciar!!! —grita la madre de Christopher, mientras escapamos.
Afuera, negras y amenazantes, las nubes de tormenta se aplastan sobre los techos de los edificios, rasgadas por los primeros relámpagos, convirtiendo la escena en un espectáculo de pesadilla. El miedo, los nervios, la frustración, se conjugan para impulsarnos a correr, rogando que nadie se levante de ningún zaguán para salirnos al cruce. El terreno irregular de los cincuenta metros que nos separan de la calle nos hace tambalear en la carrera, sin soltarnos de las manos, llevando un ritmo que intenta ser parejo, sintiendo el mayor deseo de escapar que hayamos imaginado jamás.
El primer cascotazo impacta sobre mi hombro derecho, muy cerca de mi cabeza. El segundo contra la pantorrilla izquierda de Natalia. Los últimos impactos nos pican cerca, sin alcanzarnos, pero ambos, entre insultos y sin dejar de correr, oteamos hacia atrás, buscando a nuestros agresores. Es el “custodio” de la camiseta del Barcelona, aún mareado, cuya figura se destaca en la penumbra de la mañana por un fogonazo estelar.
Un trueno descomunal nos aturde al llegar a la vereda, girando en un recodo y quedando bajo la protección de los edificios lindantes a Lamadrid. Seguimos corriendo hasta el semáforo, volviendo la cabeza para vigilar que nadie nos siga. El contacto con los vehículos y las luces de la avenida parece devolvernos a la realidad, aunque no tanto como para detener la carrera: intento cruzar Avenida La Plata sin mirar, y casi soy arrollado por un auto blanco, que frena con un chirrido, sin golpear mis pantorrillas.
—¿Dónde vas, boludo??? —grita Naty, tirando de mi brazo, a fin de retenerme cerca de la vereda, y liberando toda la angustia. —¡Lo que me faltaba para completar este puto día!!! ¡Que te me mueras!!!
Yo respiro agitado al borde de la vereda, mientras ella saca su celular para llamar al Centro. Y aturdido, con la boca pastosa, intentando una sonrisa, flexionando el torso y tomándome de las rodillas a fin de recuperar el aliento, le susurro:
—Yo con vos no salgo más…
La imagen se va desdibujando, mientras regresan las tomas de video captadas por el celular del youtuber, el rasguido del viento contra el micrófono de ese celular, la voz del ignoto narrador… Y los eucaliptos de la pampa, mudos testigos de una zona ferroviaria donde otro país fuera posible, en el que (entre muchas otras cosas) el consumo de sustancias problemáticas no hundiese a los adolescentes en el cruel manotazo de ahogado del delito.

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