Patricios, sin tren
"Pienso
que al fin ha llegado el momento
de
decir adiós a algunas presunciones,
de
alejarse tal vez y hablar otros idiomas
donde
la indiferencia sea una palabra obscena..."
Mario
Benedetti
Se
asoma un rayo de sol por el ojo de una chapa perforada.
Ilumina
un viejo galpón, donde hasta no hace tanto
se
construía la historia de un pueblo.
Sin
un antes, apareció un camino. Líneas de acero y humo.
Prometió
semillas de futuro y germinó la vida.
En
torno al galpón, a la estación y a las esperanzas.
Los
brazos se hicieron fuertes a fuerza de yunque y brasas,
a
costa de días ardientes y noches heladas.
Trabajo
de soles y lunas, círculo incansable
reparando
el corazón de cada máquina.
No
hace tanto la última locomotora
partió
llevándose a la fuerza el futuro.
Se
apagaron las brasas, se enfrió el sudor.
Los
fantasmas del olvido se instalaron.
Restos
de engranajes atestiguan que allí hubo vida.
Hoy
esqueletos del pasado.
Un
pueblo de piedra mira el horizonte derretido de ira,
esperando
que la llegada de una máquina les devuelva el viento.
Pero...
¿a quién le importa si pasan los días,
las
semanas, los años? El pueblo sigue de piedra,
las
manos vacías, la mirada herida. No son noticia.
Pero
se mueren de a poco, faltos de camino.
Sin
un después, destino trunco, abandonado.
Patricios,
sin tren II
Codicioso
reloj de pared
que
aprisiona puntualmente cada hora
en
la siesta fantasma del pueblo.
Son
manos de piedra y esfuerzo
las
que se ocupan de mantenerlo latiendo,
pese
a que hace tiempo decretaron su muerte.
Cada
paso del minutero hacia adelante
resiste
la soledad de la añoranza.
La
estación sigue coleccionando ausencias,
apilando
averías, cobijando recuerdos,
mientras
el tren, que parece estar más allá de la curva,
atrasa
tanto que no llegará nunca.
Es
cada paso que retrocede en la historia
que,
color sepia, dibuja tiempos mejores.
Fiebre
en el andén, de impecable uniforme.
Ileso
el corazón de Patricios
sigue
mascullando su tic tac,
sosteniendo
en pie a un pueblo
que
cuida su historia, rehén de inútiles vías.
Patricios
sin tren III
Llega
la primera escarcha sin brasas.
El
taller predice un insondable silencio.
Entumecidas
las manos, sin herramientas.
Encorvado
el pueblo por el peso de la sentencia.
Cada
uno la suya, mártires de la incoherencia.
Tan
pequeño el pueblo sin su alma,
sin
su tren, sin su galpón, sin sonido de rieles y ruedas.
Hasta
el reloj ha cambiado la marcha de su tiempo
y
su partitura suena a olvido, a miedo.
Ajados
los sueños de antaño, Patricios se recupera.
Ya
no hay pasajeros en su andén, es cierto, pero la estación
florece.
Florece
de memoria y esfuerzo. Rescata el futuro.
Ya
no hay tren, es cierto pero el pueblo palpita
sembrando
proyectos nuevos.
Hace
de su estación el imán de su arraigo,
de
su identidad, de su fuerza.
Se
ramifica como enredadera
en
cada visitante que involuntariamente captura
en
la telaraña de su hechizo, en la red de su leyenda.

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