sábado, 18 de julio de 2026

Luces en la noche

Luces en la noche

Cecilia Zanelli

¿Vamos?

La pregunta de Fabio la sorprendió. Su hermano había planificado una noche diferente, para cortar la aburrida rutina que era habitual en aquel paraje casi desértico.

Los niños habían decidido llegar hasta las vías del tren, distantes a unas cuadras de su casa, una vez que sus abuelos se durmieran.

El pueblito (tal vez ni llegaba a ser eso) en el que vivían no era muy divertido los días de semana para ellos. Casi adolescentes, vivían desde pequeños con sus abuelos. El único entretenimiento era la televisión, que se interrumpía indefectiblemente a las 12 de la noche, cuando la repetidora del canal dejaba de funcionar. Los abuelos cenaban y se iban a dormir temprano pero los niños tenían demasiada energía para imitarlos.

Minutos antes de la medianoche podían escuchar la sirena del tren de pasajeros que cruzaba sin detenerse por ese lugar, atravesando con rapidez el campo oscuro.

A Fabio se le había ocurrido que podía asustar a algún pasajero insomne. Desde el tren, sólo podía verse un paisaje oscuro. Las luces del pueblo estaban lejos.

Salieron silenciosamente de la casa y cruzaron el alambrado, cada uno con su linterna. Fabio había asustado a algunos niños en las reuniones familiares, colocándose una luz bajo el mentón. El resplandor, que iluminaba la cara desde abajo, distorsionaba sus rasgos y causaba un poco de sobresalto a quien era sorprendido por esa aparición.

¿Algún desprevenido pasajero vería la cara de los niños al pasar? Era poco probable, pero Fabio no se desanimaba fácilmente y con tal de hacer algo distinto aquella noche, lo intentaría.

Mara sintió un poco de temor al ver la roja luz del tren que se acercaba rápidamente, emergiendo desde la lejana negrura de la noche.

De todas formas hizo lo mismo que su hermano. Se ubicaron cerca de las vías, donde podían ser divisados desde las ventanillas y prendieron sus linternas.

El tren pasó con indiferente velocidad frente a ellos. Fabio gritó, pero Mara sabía que no podía ser oído. Había terminado el juego. No fue tan apasionante como ella imaginaba pero valió la pena intentarlo.

Decidieron volver a casa, pero Fabio empezó a correr. Una broma que le hacía a menudo, salvo que en esta circunstancia era de noche y no había luna.

Mara le gritó: no podía alcanzarlo. Él era mayor y más rápido.

El pasto estaba alto y no se veía casi nada. Mara pensó en los grillos, los sapos y las aves nocturnas y se estremeció.

Se esforzó por correr más rápido. Una lejana luz mostraba la dirección de la casa. Sorpresivamente, algo cubrió su boca y su nariz.

Entre el terror y la sorpresa, trató de liberarse, pero era tanta la presión que se asfixiaba. Comenzó a desvanecerse.

Me muero”, pensó.

En el tren viajaba una mujer que, aunque había jurado no volver más a su pueblo, regresaba.

Los trámites de la sucesión de la casa de sus padres exigían que retorne a ese triste lugar, lejano en la distancia y el tiempo. Había que tomar decisiones, firmar papeles.

Sólo usted puede”, le dijo el abogado por teléfono.

El vagón estaba oscuro. Todos parecían estar durmiendo. Seguramente ella sería la única que continuaba despierta. No tenía ni el cansancio ni la tranquilidad necesaria para dormir.

Cada tanto, una luz en el camino iluminaba el vidrio de su ventanilla y podía ver su reflejo.

¿Tanto envejecí?”, se preguntaba. Tal vez fuese el cristal que cambiaba sus rasgos o realmente el paso del tiempo le mostrara un rostro un poco extraño, que no había advertido   antes.

Sólo había oscuridad afuera. Algunas luces lejanas anunciaban la existencia de pequeños grupos de casas o poblados.

De pronto un diminuto destello le llamó la atención. A medida que se iba acercando, Laura intentó comprender qué era esa pequeña luminosidad en medio del negro campo. Pronto estuvo cerca, cada vez más y cuando pasó el tren junto a ella fue tan veloz que no pudo distinguir bien de qué se trataba, pero advirtió a varias personas jugando con luces. Algo la inquietó. No pudo ver bien las siluetas ni sus caras. Tal vez estaban casualmente en ese lugar, pero no se sintió tranquila.

El tren siguió, imperturbable, atravesando la noche.

Laura sentía que habían pasado horas desde que había subido a él. El viaje era más largo de lo calculado.

Dormitó unos minutos y despertó. ¿Adónde estaría? Su celular se había apagado hacía rato y eso la alarmó. ¿Cuánto hacía que estaba viajando? Todos dormían… No se atrevió a despertar a nadie para preguntarle.

De pronto, y para su alivio, el tren comenzó a disminuir la velocidad. Estaban llegando a alguna estación. Increíblemente, no había luces cercanas y cuando al fin la máquina paró, no pudo ver el nombre del sitio. En el oscuro andén, sólo estaba sentada una niña con una linterna en la mano, y esa era la única luz existente.

Laura decidió bajar y acercarse a ella.

¿Dónde estamos?”, le preguntó.

La niña la miró con ojos abatidos. “No lo sé. Yo sólo estoy esperando un tren que me lleve de vuelta a casa”.

La sirena de la locomotora las aturdió. Su tren se iba. Laura sintió un gran desasosiego.

¿Cómo podía estar sola una niña en ese lugar? Entre tanta oscuridad, con tantos peligros…

Una dolorosa visión inundó su mente.

Si alguien la hubiese acompañado aquella noche, en el paraje Los Eucaliptus…

Si su padre no se hubiese quedado bebiendo con sus amigos…

Si hubiese podido gritar…

Ya no importaba la condena ni el castigo a quien cometió el delito. Ella lo único que quería era olvidar, sacar esas escenas de su memoria.

Pero ¿Se pueden eliminar los recuerdos dolorosos? ¿Alguien puede borrarlos?

Sólo usted puede” había dicho el abogado.

Se sentó junto a la niña y le tomó la mano, sin saber lo que hacía, impulsada solamente por una fuerza interna, eterna, la de su corazón.

A lo lejos se veía la luz blanca de un nuevo tren que se acercaba.

 

Mara se despertó. Todavía era de noche y el rocío había mojado su ropa y su piel. Fabio se las pagaría. Le iba a contar todo a los abuelos. Esas bromas no se hacen. Fue dando zancadas hasta la pequeña casa y, furiosa, entró.

¡Fabio!” llamó sin alzar demasiado la voz. “¡Salí, idiota!”

La puerta del dormitorio se abrió despacio y la cara de Fabio expresó asombro y culpa: “¡Mara!” gritó.

Desde el otro dormitorio salió el abuelo y comenzó a llorar.

¡Fue su culpa!, se defendió Mara “Él me dejó sola, junto a las vías del tren”.

Fabio se acercó a ella y agarrándole las manos, le dijo despacio: “Eso fue hace tres años, Mara”.

 

Laura despertó justo cuando llegaba a su destino. Se bajó del tren despacio. El pueblo no había cambiado mucho. Algunas calles asfaltadas, algunas casas más. Nada sorprendente. Caminó unas cuadras hasta la oficina del abogado.

Lo atendió su secretaria. No esperaba a nadie, le dijo.

Laura se sentía desconcertada. ¡Él la había citado allí! Cuando le dijo su nombre, la secretaria la miró asombrada.

Él la citó aquí, pero hace tres años!”, le respondió. Como ella no se había presentado, todos los trámites quedaron suspendidos.

Laura estaba confundida.

Bueno, aquí estoy”, pensó.  “Tal vez sea un error, pero estoy aquí y puedo terminar con todo esto”.

Mientras esperaba al abogado, se asomó a la ventana y, tranquila, se preguntó por qué no había regresado antes a su querido pueblo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario