sábado, 4 de abril de 2026

Saladillo Norte

Saladillo Norte

Ana María Broglio


Cuando el tren se inauguró, la estación fue paso intermedio hacia Mira Pampa y su cabecera estaba en la ciudad de La Plata. Por Saladillo Norte iban y regresaban los transportes de pasajeros y los cargueros que luego  trasladaban  las riquezas que se producían en la zona.  Desde el Salado hasta los bañados de Tapalqué, muchas de las estancias se fraccionaron en chacras, al punto de que, en poco tiempo,  había más de ochenta rodeando a la nueva  estación. El ferrocarril pudo ser una realidad, a partir del apoyo económico  de los estancieros que donaron  tierras y de la ayuda de políticos y de los vecinos.

El pueblo se inició con la estación de ferrocarril, un almacén de ramos generales, una cancha de bochas y de pelota y las chacras que se dedicaban,  a las tareas agrícolas-ganaderas. De esta manera se integraba por medio de las vías,  un extenso territorio  incomunicado, abaratando los fletes con su presencia.

Alrededor del ferrocarril se desarrollaba la vida comercial y social de los habitantes y no había nadie que alguna vez no hubiese viajado en el tren: familias, gobernantes, curas, actores, payadores, guitarreros.

La empresa fue vendida a capitales ingleses que impulsaron a mayor escala el transporte de semillas, animales, correspondencia e inmigrantes que venían  a trabajar al campo y también a aumentar la población urbana.

Luego de nacionalizaciones y vueltas a privatizar, muchos ramales fueron cerrados,  entre ellos,  la estación Saladillo Norte. Casi desaparecidos por completo, en la actualidad solo un vagón detrás de la antigua locomotora, pasa de vez en cuando, arrastrando con ella la nostalgia y el empobrecimiento de una zona ayer resplandeciente.

Abuela decía que ver pasar a  un tren es como ver pasar el agua de un río, así de hermoso y de productivo y decía también que un pueblo sin ferrocarril, es un pueblo muerto.  Yo le creí porque nada fue igual desde aquel día en que no volvimos a escuchar  a lo lejos el silbato anunciando su llegada y no volvimos a ver a ese monstruo oscuro, recortándose en la niebla, la hermosa columna de humo blanco  y sus luces avasallantes acercándose a la estación.

Nuestras caminatas y juegos en las proximidades del predio no fueron los mismos y, sin alejarnos de las vías, dimos más importancia a otros entretenimientos.

Entrecerrábamos un poquitito un ojo y mirábamos al trasluz las bolitas de colores, contra el sol, desafiando la ceguera pero era el único modo de saber cual era la más bonita y a esa la guardábamos en el botellón de “mejores”. Las mejores eran las que más valían y se usaban en los campeonatos. No podían estar cachadas, tenían que ser perfectas. En el mismo lugar guardábamos las quemadoras, esas canicas más chiquitas que bochaban lindo a las demás y entraban  al hoyo,  sin necesidad de ensuciarnos los dedos para quitarle la tierra. Un bolillón, más bonito que los otros,  podía cambiarse por una quemadora.  Una quemadora valía cinco de las bolitas comunes o  tres de las de colores, medianas.

Mi vieja nos llamaba para tomar la leche y nos reñía porque teníamos las manos y las mangas de los abrigos negros hasta el codo y las rodillas de los pantalones que no se salvaban ni con las rodilleras.

Cuando me enamoré por primera vez nunca pensé que Martita iba a ser tan buena jugadora. Le regalé una de las bolitas más nuevas. La había ganado en un campeonato y la tenía de preferida pero no lo pude evitar y se la di. Aprendió a jugar. Ponía una rodilla en el piso y el codo y apuntaba sacando la lengua por el costado de los labios. Rara era la  vez que no bochara a alguna y no acertara al hoyo.

Un día tuve que romperle la nariz a un grandote que la miraba cuando ella se inclinaba y no recordaba que tenía pollera pero después todos se olvidaron de que era mujer, por lo bien que jugaba, y no había uno que no la quisiera de compañera en la competencia  pero Martita, firme, en agradecimiento del regalo que le hice cuando le enseñé el  juego, competía solo conmigo.

Nos volvimos imbatibles, juntamos dos frascos llenos de bolitas y todas ganadas en buena ley y para que a Martita no la regañaran, los escondíamos en un pozo,  detrás de los galpones de la estación.

Después la mamá le prohibió,  a pesar de los llantos y ruegos,  venir a jugar por no ser actividad de “señoritas”.  Creí que se me caía el mundo y una tarde me presenté en la casa de mi novia con los dos botellones y se los regalé porque, a pesar del esfuerzo por desprenderme del tesoro,  no sentía de hombres el quedarme con ellos.

Martita me dio el primer beso y yo toqué el cielo con las manos. Cuando empezamos la secundaria nos anotamos en el mismo colegio para estudiar juntos. Ella era mejor alumna y en casi todos los exámenes, a espalda de los profesores,  me soplaba las respuestas.

Nos pusimos de novios en serio. A pesar de lo restringido de los horarios, el padre me autorizó para que fuera a buscarla los sábados. No duró mucho el gusto por los bailes y preferimos cambiar por ir a ver buenas películas. Quedamos fascinados con Romeo y Julieta y ahí germinó la semilla del matrimonio, pero todavía éramos demasiado jóvenes.

Abuela murió. Martita empezó la facu,  yo puse un negocio y a ambos nos fue bien.  Ella se recibió y compramos un departamento, aquí mismo, en Saladillo. Ahora estamos esperando a nuestro segundo hijo. Ya tenemos los botellones y esta historia de trenes,  preparados para dárselos.  Después de todo, si nos enamoramos fue porque el  ferrocarril cerró y nosotros nos dedicamos a jugar a las bolitas.

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