El ajuar
Vivíamos en las inmediaciones de la estación González Risos, del Midland de Buenos Aires, a unos 18 km. al norte de Navarro, población que solíamos visitar para disfrutar de su laguna. Mi padre era trabajador ferroviario, viajaba en el tren y solía ausentarse por algunos días. Nosotras lo acompañábamos a la estación y lo despedíamos cada vez, como si fuera la última. Extendíamos los pañuelos y actuábamos como si nuestra despedida, hubiese sido una dramática escena de película. Madre nos tomaba de la mano y regresábamos a casa entre risas y canciones. Luego lo cotidiano volvía a la normalidad. Cuando sucedió lo del asalto todavía, si realizábamos cualquier suma o resta, para ayudarnos a contar, necesitábamos esconder los dedos debajo de la mesa. Recuerdo. Madre hacía un lugarcito en uno de los extremos y extendía un mantel bordado por ella misma antes de servirnos la merienda. Como era parte del ajuar de bodas, sobre uno de los bordes lucían, las iniciales de mis padres, enmarcadas en un corazón. Mamá era muy afecta a las novelas y encendía la radio siempre a la misma hora. Imagino, antes de casarse, ubicándola junto a los bordados y mientras escuchaba, sus manos tan delicadas como la tela, esmerándose en la perfección del trabajo. Cruzando hilos celestes y lilas, rosados y verdes. Cuando enfermábamos, abría ceremoniosamente la caja forrada en seda y extraía la toallita para el médico. Tan impoluta y hermosa, como si nunca se hubiese usado. Para que el facultativo, la apoyara sobre nuestra espalda y verificara el funcionamiento de los pulmones, la desplegaba amorosamente sobre la almohada,. Era todo lo que había podido conservar del desgaste de los años, la toalla y el mantel para el té. Cuando entraron los ladrones, mamá estiraba la masa de los fideos del domingo. Era una noche de invierno fría y los leños ardían en el hogar. Esperábamos a papá. Nos hicieron acercar a la pared y comenzaron a registrar los muebles, guardándose lo que les parecía valioso. No había mucho que robar y se pusieron inquietos. Comenzaron a presionarla para que buscara las reservas que supuestamente ocultaba. Le brotaron lágrimas de los ojos y cuando negó poseer objetos de valor, joyas o dinero, uno de los hombres se dispuso a romper la cinta que cerraba la caja del ajuar. Fue en ese momento en que mamá se exasperó, tomó el palote de amasar y comenzó a dárselos en la cabeza. Ante semejante acceso de ira, soltaron, el primero la bolsa con lo que pretendían llevar y el segundo la preciosura forrada en seda. Al ver movimientos extraños, los vecinos habían alertado a la policía y mi padre irrumpió en la casa. Al mantelito lo heredó mi hermana y cuando nacieron mis hijos, también ceremoniosamente, me regaló la toalla. La vida no fue tan romántica ni decorativa para ninguno de nosotros pero ella, siguió manteniendo el orgullo de su ajuar de bodas, hasta el último día de su vida.

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