El olvido
(Para E.F.)
Descendió del vagón y corrió a refugiarse bajo el ala del apeadero Ortiz de Rozas. En su momento, la legislación no había permitido que se la denominara estación de ferrocarril, por la proximidad a la estación Saladillo Norte. Las leyes no aceptaban que hubiese menos de una legua de distancia entre una y la otra Por ese motivo la llamaron Apeadero km 202.
El hombre no traía piloto de modo que tuvo, para evitar un resfriado, que subir el cuello del abrigo y protegerse. El agua caía sin ninguna contemplación. Rebotaba inclemente sobre el piso desgastado del andén y sobre los ruidosos techos de los galpones.
Anunciando su partida, el silbato de la locomotora, volvió a perderse en el cielo obsidiano.
Gris como aquel recuerdo obsesivo que volvió a acercarlo a este pueblo, donde la desgracia había caído sobre su vida como esta lluvia que hoy lo recibía y que lo colmaba de nefastos presagios.
Habían pasado no recordaba exactamente cuántos años pero el verdín en el ladrillo, borró el esplendor de aquellas paredes relucientes de la inauguración. El pueblo se vistió de fiesta, el acontecimiento lo ameritaba, La llegada del tren prometía riquezas y progreso ilimitado para ese solitario caserío, perdido en la pampa, que era el pueblo de Saladillo.
Dos perros empapados se le pegaron como buscando un hueso, el- ¡fuera picho!- sonó para que no se entendiera y los animales siguieron acercándosele como si por el contrario, les hubiera ofrecido la mano en caricia y limosna.
Nadie más que él había descendido del vagón casi vacío, demasiado oscuro el día para aventurarse a subir a ese montón de hierros. La larga columna de humo se perdía en los nubarrones y la locomotora siguió su camino, cruzando el campo, entre inquietos resoplidos. Lejos estaban los días en que los lugareños, deslumbrados por su presencia, corrían a las vías para ver llegar el tren y poder incorporarlo a sus vidas, lo nuevo por más prometedor necesita tiempo.
Tiempo para incorporar lo novedoso, tiempo para envejecer, tiempo para olvidar lo que obsesiona y eso era exactamente lo que hubiese deseado: tiempo. El suficiente para sanar las heridas de aquel desengaño desafortunado. El tiempo que no pudo compensar detrás de aquellos muros inhóspitos y sus heladas rejas, a las que sabía, tendría que volver.
Así como la esperanza de que esta lluvia torrencial cesara definitivamente, los recuerdos suelen ser como una enredadera que sofoca los ánimos y los años suelen servir para que vayan diluyéndose.
Mal día había elegido para el viaje, tan malo como los rencores que horadaban sin tregua su alma.
El olvido también suele ser como una enredadera pero atempera los recuerdos. No era su caso. Los años y el encierro solo consiguieron exacerbarlos y ahora cumpliría la promesa que entonces se hiciera. Solo era cuestión de tiempo.
El tiempo es lo único que sirve- pensó- para el olvido o… para la venganza.

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