Estación Polvaredas
El viejo pueblo de Polvaredas se alza como una mancha de tristeza en los ojos del horizonte, pueblo de innombrables en cuyas cantinas sirven las mujeres las sonrisas más seductoras combinadas con el polvo que el viento arrastra de una mina anciana y sin oro. Por una de sus laderas el amor se confunde con la brisa. Y la estación donde una vez el tren recogió a los hombres que con rumbo a la sierra se abrigaban con pedazos de cuero de vaca, porque la soledad del frío sufre del rigor del mal de altura.
Polvaredas es el vestigio de lo que cualquier hombre ilusiona. Un clítoris en medio de ninguna parte. Una basílica que ofrece al hombre una esperanza. Esperanza que cada día se torna más escasa, como la pluma de un ave Fénix o la cola de un dinosaurio. Pero el hombre vive de sus ilusiones. Y la Polvaredas, hija del tren, conocida como el punto de la suerte que la mala fortuna olvidó recoger del suelo, le extiende sus brazos a todo aquel desarraigado que se aventure a pasar por ella para que haga de ella su mujer y no su amante.
Tal como en La Vorágine, como una jungla de ocaso abraza a cualquier cuerpo hasta hacerlo sudar. Lo exprime. Lo seduce hasta convertirlo en ciego a otros pueblos lejanos y olvidados por los cartógrafos, pero son sus secretos de mujer, los que se apegan al paso del único tren que la cruza de extremo a extremo dejando atrás un sempiterno criadero de nubes preñadas por el polvo cobrizo. Nubes que dejaran mañana arrugas como los plisados en la falda de una colegiala alzándose sobre los rostros huraños y ásperos, que durante el atardecer se aventuran a preparar sus maletas. Las que nunca llegarán a abordar el tren de la medianoche.

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