martes, 19 de mayo de 2026

Solos en el Universo

Solos en el Universo

Ana María Broglio


El traqueteo del tren, su rutina, el murmullo del viento y la voz de los pasajeros, servían para que, durante el trayecto, entre en un adormecimiento placentero. Adoraba esos viajes y no me molestaba que algún vendedor de estampitas me quitara el sueño. No, para nada. Yo era feliz así, viajando, una o dos veces por semana, de Polvaredas a La Plata, de La Plata a Polvaredas, a cumplir con mí trabajo.

Para los momentos aburridos, leía libros de ciencia ficción y llevaba mi tejido. Por aquellos años se usaban los pulóveres haciendo juego con los gorros de lana. El tren tardaba, más o menos, dos horas, 43 minutos, sin contar el tiempo de demora que ocasionaban las distintas estaciones, en que se detenía a cargar gente.

Otras veces, mi entretenimiento era el juego de adivinar, si entre los viajeros, podría  confundirse o no, algún extraterrestre. Cosa que creía posible pero que nunca logré comprobar.

-Hay que creer, para ver a los O.V.N.IS hay que creer- le decía a un amigo que se debatía en la impotencia- porque yo los veía surcar la bóveda celeste y él no. Si no crees, pues no los ves, insistía con vehemencia, defendiendo mis aseveraciones.

-Mira que he atravesado la Patagonia, noches enteras escudriñando el cielo, mientras el auto avanzaba en la oscuridad. Jamás vi nada extraño, ni siquiera luces sospechosas. Recorrí La Pampa, fui a Córdoba, acampé en las cercanías del Uritorco pero tampoco, nada.

- En el año 86 fue el primer avistamiento en ese lugar, aseguran pero deberían decir, cuando se hizo conocido a nivel país,  porque  el descenso viene de  décadas atrás,  aún era niña y mi padre me habló por primera vez del tema. Tú debes de haber  ido por esos años, seguramente, cuando el cerro se hizo famoso y comenzaron a visitarlo. Una quemazón de 122 metros de largo por 64 de ancho, de forma ovoide.

En mi pueblo, Polvaredas, se dejaban ver detrás de la estación del ferrocarril. Tal vez para despistar observadores,  las naves parecían descender cuando menos lo esperaba. Era sencillo descubrir el disco rojo en picada entre los árboles. Cuando pensaba que iba a estrellarse contra el suelo, subía con una plasticidad envidiable y volvía a perderse en el cielo.

Mi primer avistamiento lo tuve en mal momento. Justo el conocido “Pirincho” Cicaré, con solo 14 años,  había inventado su primer helicóptero con el elástico de una cama ¿quién iba a prestar atención a los dichos de una mujer y menos, joven como yo lo era en aquella época? El pueblo estaba convulsionado por la enorme creatividad del muchacho que no paraba de mostrar su invento. Por entonces tampoco se les daba a los extraterrestres la importancia de hoy, el miedo lo impedía y la falta de medios de comunicación avanzados.

Más adelante mi padre murió y a  madre no le interesaban esos temas, de modo que no tenía con quien conversar sobre el asunto. Pensé en acercarme a Cicaré pero su genialidad me amedrentó y decidí seguir mostrando, mis hermosos tejidos pero guardar el secreto de los platos voladores,  estudiarlo en soledad. Con eso quiero decir que, si bien son sabidos los numerosos avistamientos en distintos lugares del país y del mundo, no se conoce todavía que hayan aparecido en Polvaredas, mi pueblo.

Usted preguntará por qué los doy a conocer ahora y no antes, cuando me enfrenté a las primeras evidencias.

En el período en que sucedieron los viajes en tren, yo trabajaba para una agencia de ventas y eran muy meticulosos con el personal, digamos, en cuanto a seriedad y a equilibrio emocional. Seguramente, de haber mostrado mis experiencias, hubiese perdido mi medio de vida sin ninguna contemplación. Mi tarea era colocar productos de diversas empresas, en mi zona.

Lo que yo he podido saber es que todavía no se ha comprobado científicamente si la detección es real o es una ilusión óptica- suele ser colectiva- de gente con acentuada inclinación a creer en los objetos no identificados.

Que determinadas personas afirman haber sufrido abducción  y luego devueltas al ejido de su propio pueblo o de otros más lejanos. Que si bien afirman que ciertos indicios dejados en la piel se deben a extracciones de sangre y a otros actos experimentales sobre esos cuerpos, no se ha comprobado ningún signo de materiales, distintos a la normalidad de nuestro orbe que pudieran estar involucrados en  acciones de extraterrestres.

Que los rastros de supuestas naves, decantados en pasto quemado y círculos perfectos, no ha dado tampoco presencia de elementos extraños a este planeta.

Que si bien deberíamos estar preparados para un encuentro con otra civilización ya sea, porque ellos se acerquen a nosotros o porque nosotros descubramos su mundo, en nuestros viajes por el espacio, esto podría resultar de dimensiones beneficiosas o terriblemente dramáticas.

Podría ser que fueran seres marcadamente ecológicos. En este caso, siendo nosotros casi una plaga en nuestro hábitat, para evitar males mayores,  la tendencia de los alienígenas podría ser corregirnos o destruirnos.

Por el contrario, si esas civilizaciones desconocidas fueran de tipo expansivo, tal vez no solo ya habrían abordado nuestro territorio sino que nos hubiesen doblegado y hoy seríamos, probablemente, sus esclavos o su alimento como las vacas para nosotros.

Lo concreto es que si bien no tengo pruebas, más que un par de fotografías sacadas de apuro, en las que no puedo siquiera demostrar que sean naves, descendiendo en las cercanías de la estación de ferrocarril de mi pueblo, he visto numerosas luces extrañas surcando el cielo, contundentes y a veces terroríficas. Luces formando círculos, destellantes, turbadoras, casi irreales que han logrado, sean verdaderas o no, conmover mi espíritu y mantenerlo atento a cualquier signo que pueda demostrar, con el tiempo, que no estamos solos en el Universo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario