miércoles, 27 de mayo de 2026

Al final de la calle

Al final de la calle

Cecilia Zanelli


Cuando cumplí los diez años mis tíos me hicieron un regalo maravilloso: me invitaban a pasar las vacaciones en su casa, en un pequeño pueblo de la provincia.

El lugar no tenía ningún atractivo turístico; creo que no llegaba a los cinco mil habitantes. Pero mis primos y yo nos llevábamos tan bien que era grandioso pensar en un verano juntos.

En el pueblo no existía el pavimento; tampoco era muy necesario: pocos autos transitaban por esos desolados caminos de tierra, todos iguales.

Cada calle no tenía más de diez cuadras de largo y al fondo, el campo.

Los chicos disfrutábamos jugando en ellas, generalmente descalzos, sintiendo deshacerse los terrones secos bajo la planta de nuestros pies. Nos subíamos a las veredas de ladrillos cuando se aproximaba algún auto solitario, avisados por la nube de polvo que se acercaba desde lo lejos.

Una vez a la semana pasaba un tren, que paraba sólo unos minutos y partía rápido, escapando de aquel aburrido lugar. Nos apurábamos a llegar hasta la pequeña estación y lo despedíamos con gritos, aplausos y saludos a inexistentes pasajeros. Después el andén quedaba silencioso y vacío, salvo por la visita de algunos muchachos que buscaban cuises en las interminables siestas de verano.

En la cuadra en que vivían mis tíos había una familia de la cual no conocíamos a nadie, salvo a un viejo  paralítico que todas las tardes sacaban a la vereda en una silla de ruedas. Lo dejaban una o dos horas solo,  sentado sobre un gran almohadón verde y allí se quedaba, inmóvil, todo el tiempo mirando hacia el final de la calle.

Pensábamos que tal vez no quería vernos saltar, correr o hacer equilibrio sobre alguna rama. Tal vez no le gustaran los niños, o no quisiera recordar cuando podía hacer lo mismo que nosotros.

La verdad es que no nos importaba demasiado y al poco tiempo ya era como parte del paisaje. A veces lo tomábamos como un límite –“Corremos hasta el viejo y volvemos”– y nunca tuvimos un intercambio  con él, ni un gesto, ni una palabra. Lo ignorábamos y pienso que también él a nosotros, pero me intrigaba saber que buscaba ver al final de la calle.

En esas horas se adueñaban de la tarde los grillos, las chicharras y las ranas. Imposible encontrar alguno de esos bichos para atraparlo. Se callaban cuando nos acercábamos.

Era su momento en el día. Era su lugar en la Tierra, y gritaban. Tal vez nos gritaban a nosotros, intrusos en su mundo. Quizás se comunicaban entre ellos con algún lenguaje natural y desconocido para los hombres.

En las cunetas, entre las flores de sapo, en los baldíos con aroma a alfalfa y manzanilla, un universo de insectos esperaba la noche.

Pero mientras reíamos y corríamos por la tierra el viejo miraba, insistentemente, al final de la calle.

Yo no me había animado a aventurarme más lejos de dos o tres cuadras. Me daba miedo el campo oscuro. Pero una tarde les propuse a mis primos que vayamos un poco más allá, tratando de descubrir lo que el viejo veía y nosotros no.

Sabíamos que después vendría el reto, pero éramos varios para soportarlo. Y la curiosidad ya no se aguantaba.

Comenzó a bajar el sol y escuchamos a mi tía lejos, ocupada en la cocina.

Cuando empezó el canto del primer grillo, nos dimos la mano y emprendimos la caminata  hacia el final de la calle. Las luces de las esquinas comenzaban  a prenderse, pero donde íbamos nosotros la oscuridad llenaba todo.

Llegamos adonde terminaba la calle y nos topamos con un alambrado. Más allá, el campo. Los minutos pasaban, la noche se ponía más negra.

De pronto, primero una, luego tres, luego cinco. Luciérnagas. Lucecitas que no podíamos decidir si eran verdes o amarillas. Por todos lados. Apareciendo y desapareciendo. Cientos, tal vez miles, encima del campo. Algunas venían hacia la calle y tratamos de agarrarlas.

Parecían jugar con nosotros. Cada vez que estábamos a punto de atrapar alguna, desaparecía como el sonido de las ranas y los grillos.

Mi primo logró la hazaña. Cazó una y la encerró en el hueco de su mano. Todos nos asomamos para verla: ¡Imposible perderse ese pequeño tesoro que irradiaba una luz que podía verse desde lejos!.

Empezamos a correr volviendo a casa: nos acordamos de la cena.

Pero un presentimiento, o intuición, no sé, hizo que Víctor se parara junto al viejo con el bichito dentro de su mano.

Por primera vez en todo el verano el viejo giró la cabeza y miró las manos de mi primo. La luz de la luciérnaga se escapaba entre los dedos y llegó hasta la cara arrugada, iluminándola.

En eso escuchamos la voz de mi tía, llamándonos a los gritos.

Corrimos hacia la casa y mi primo abrió la mano. La luciérnaga salió volando. Pensábamos que estaría averiada, pero no. Prendió su luz dos o tres veces y se volvió hacia el final de la calle, perdiéndose en la oscuridad.

El viejo la siguió con la mirada y trató de mover su mano. Solamente pudo abrir los dedos.

Mi prima creyó que quería agarrarla.

Yo estoy segura que le dijo adiós.

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