viernes, 29 de mayo de 2026

El paso del tren

El paso del tren

Patricia Dajruch

En aquellos años solía oír (sobre todo en verano) el paso del tren a pocas cuadras de mi casa. Pasaba justo a la hora en que el cielo se volvía rojo. A veces lo veía pasar sobre las vías con las luces encendidas, otras veces era un tren de carga en cuyos vagones cargaban piedras.

Sentada en la ventana de mi cuarto imaginaba que ocupaba un asiento junto a la ventanilla para mirar el paisaje yéndome hacia lugares desconocidos.

Años más tarde mi gusto por los trenes me llevaría a la estación sólo para verlos llegar y partir. Son muchas las historias que se tejen en el andén y uno sin querer es testigo de partidas y llegadas, llantos y risas. Recuerdo a novias despedir a su amado que partía rumbo al servicio militar obligatorio, así también los he visto volver a casa con una etapa terminada y comenzando otra, los niños vendiendo flores, o aquellos que simplemente pedían.

Las historias parecían repetirse, pero descubrí que cada una era distinta porque sonaban distintos los llantos y también las risas. Incluso las voces de los niños que pedían o vendían era diferente cada día, a veces más angustiosa y otras indiferentes. 

Siempre de partidas y llegadas, el tiempo transcurrido de un viaje equivale el manar de los días en nuestras vidas. A veces una parada en la estación es la transformación de algo, otras simplemente un descanso.

Y en cualquier momento subo a un tren (no sé a cuál) e iniciaré un viaje (no sé a dónde) sólo sé que cuando llegue a la estación que el destino me depare no habrá nadie esperándome.

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