La puerta de los arquetipos (fragmento)
¿Nadie más veía al gato negro que estaba sentado en mitad del vagón lavándose la cara? Una niña que llevaba trenzas sujetas con cintas azules y que jugaba con una muñeca iba sentada justo al lado del felino pero no reparaba en él. Puede que no le gustasen los gatos. O es que el gato no pertenecía a este mundo sino a otro de los mundos posibles. La cartografía es un fraude. La realidad no es solo lo que acontece ante tus ojos sino, y principalmente, aquello que tus ojos no pueden percibir.
Un trueno grave hizo temblar las ventanillas del vagón, varias personas sacaron sus cabezas de sus caparazones y miraron en torno como buscando recibir un comentario. Un hombre mayor dijo algo como qué lo parió che, enunciado que fue apoyado por varias inclinaciones de mentón. Yo mismo cerré involuntariamente Matadero 5 exaltado por el ruido del trueno. Y el gato inmutable. Como si el trueno no hubiera caído para él o como si supiera que el trueno caería exactamente en ese momento. Siguió lamiendo su pata y humedeciendo su ojo. Incontables veces. Qué tormentita eh. Dijo. Julia dormía allá a tres metros de mí. El gato negro continuó lamiéndose las patas. No Ismael? Estás hablando conmigo? Hay otro Ismael en este vagón, en este tren, en este mundo posible? Pero sos un gato! Oh, gracias amigo Ismael, sabés? Hasta que vos no me lo dijiste yo hubiera jurado que era un reno.
No me miraba, ni siquiera movía los labios a no ser para lamerse la pata. El gato negro estaba allí en medio del vagón que devoraba el paisaje y nadie se sorprendía de su presencia. Bueno en realidad no resulta inverosímil la presencia de un gato en un vagón de tren pero de todos modos a alguien podría haberle llamado la atención. Y todos iban sentados mirando por la ventanilla la lluvia inclaudicable o desgajando una mandarina o escuchando música en sus teléfonos celulares o durmiendo pero nadie, definitivamente nadie, iba hablando con un gato. Excepto yo. Y bien? Su voz era ronca como la de un borracho aunque sonaba nítida. Sí, contesté, llueve muchísimo realmente, es una terrible tormenta. No, Ismael, no es una terrible tormenta es la tormenta terrible.
Entendés? en los mundos posibles los hombres perciben solo el reflejo de las cosas pero nunca la cosa en sí. El arquetipo nunca es dado a los sentidos ni a la razón humanos. Cuando mirás el sol creés estar viendo el sol pero nada de eso, Ismael, solo ves un sol que muere y nace constantemente, día a día, como una vela, alguien vuelve a encenderlo, pero el sol ideal el primer y único increado sol, ese, nunca lo has visto ni vos ni ninguno de estos pasajeros. Esta tormenta, esta terrible tormenta no es una terrible tormenta, es la terrible tormenta que, por algún descuido del Guardián Arquetípico, está cayendo y cae ahora sobre el mundo, sobre este tren que rueda devorando literalmente el paisaje. Lo comprendés, Ismael? Esta tormenta no debería estar acá porque no pertenece a este mundo. De hecho yo tampoco pertenezco a este mundo posible, no soy un gato, soy el arquetipo de un gato. Como sea. Así sucedieron las cosas.
A mi lado el loco Joe exhalaba olor a basurales y de su boca entreabierta caía una baba insistente. Sería el arquetipo de las babas insistentes? Tenemos que arreglar algunos quilombitos interesantes, Ismael, pero tenemos que hacerlo juntos. Lucharla juntos. Una puerta se abrió, una no, varias, pero la más peligrosa para todos es la puerta de los arquetipos. Si los arquetipos se pierden o andan dando vueltas por la infinidad de mundos posibles se corre el peligro de que. De todo. Se corre el peligro de todo. Voy a saltar sobre tu regazo y acariciarás mi lomo, se abrirán las siete puertas que nos conducirán a las 400 puertas que nos dejarán, al fin, frente a la puerta, la primera puerta, la increada. A él dejalo que duerma el sueño de Bruto. Necesita estar bien descansado, en Puente Alsina deberá rendir algunas cuentas pendientes.
Pero eso, por ahora, no nos incumbe, Ismael. Saltaré sobre tu regazo y vos acariciarás mi lomo. Antes de cerrar el libro que aún permanecía sobre mis piernas repetí quizá textualmente “ha visto usted alguna vez insectos atrapados en ámbar? bien, aquí estamos, señor Pilgrim, atrapados en el ámbar de este momento. No hay ningún porqué”. Y no lo había. Debía haberlo? Guardé el libro, como pude, en la mochila.

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