Me dijiste que un tren es cosa hecha para llegar, me dijiste que los arribos y las bienvenidas y los festones tricolores y las bandas de música siempre desafinadas. Me dijiste hace mucho que los niños correteando en los andenes, que las señoras repintadas que las muchachas anhelantes. Me hablaste de soldados regresando a casa, de trabajadores golondrina (golondrinas, trabajadores con alitas oscuras tal vez, muchachos de cuerpos enjutos), de trabajadores golondrina que retornan y los abrazan los brazos de sus mujeres de mucho niño y olla de hierro.
Que
los trenes unen acortan distancias, que los trenes corren de una
ternura a un beso, de un suspiro de pañuelo bordado a un caserío
perdidito en el campo vasto. De los trenes me hablabas te acordás,
de esas máquinas de vapores y truenos, de nostalgias y pasados, de
durmientes quietos y las vías relucientes a fuerza de rueda
abrasadora.
Entonces
llegamos a esa estación, y la estación estaba dormida, y el campo
estaba dormido, y el cielo ardiente del verano no reaccionaba. En la
estación entonces de pronto. Entonces de pronto tu cara, esa mirada
que detenía las ruedas y los pistones, De pronto tu cara y la mirada
y el silencio. Y entonces en la estación Casey se nos detuvieron los
trenes y se congelaron las gotas en las canillas, las arañas en las
telas, se fundieron los pájaros en el azul del cielo, las vacas en
el verde, los humos en las nubes inalcanzables.
Mal
decorado, pintura descascarada, estaciones donde no hay ni arribos ni
risas ni lágrimas de las que lloran alegrías.
De
pronto en la estación Casey se detuvo el tren y se detuvo para
siempre.

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