Persona
tan distraída que soy...
Mientras leo, pienso en aquellos verdes colores que adornan las nubes a nivel del suelo, y contra las cuales parecemos acercarnos en progresión infinita sin alcanzar a tocarlas. Las letras de este libro pasan frente a mí corriendo, sin tropezarse siquiera ante mis ojos.
Pienso en aquella frase que crece de las semillas que duermen debajo de una buena sombra en medio del campo, y que cantan mientras hablan diciendo que “puede muy bien acontecer que aquella persona que no escribe un libro como ustedes, sepa cultivar la tierra de un modo eminente, y esa persona valdrá, por tanto, lo que ustedes con su libro”... Y no recuerdo de quién, ni de dónde germinó entre mis manos esta frase.
Y el tren avanza silencioso por parajes rurales, cuyos recuerdos ahora descansan en los ojos bellísimos de lombrices que viven distraídas con la frescura del viento... Una de ellas aborda el vagón pegada a la zuela de mi zapato, sin pagar su boleto.
Miro los árboles que derraman palabras, y recojo algunas que han caído desordenadas al piso, y alguien, cuyo nombre he olvidado, ha acomodado de tal forma que puede ser leído: “se horrorizan de que queramos abolir la propiedad privada, pero en su sociedad actual, la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros... Nos acusan de querer abolir su propiedad privada: efectivamente, eso es lo que queremos”.
Esto de distraerse es lo mío.
Hoy, entre la lluvia tibia y el lodo amorosamente adherido al extremo inferior de mi pantalón que arrastra por el suelo, tengo que viajar en tren, bajar en la estación Ingeniero de Madrid, y salir para no se dónde hasta encontrarme con no se qué, o no recuerdo quién.
Mientras me arrullo con el vaivén de mi sangre entrando y saliendo a cada tejido, no me apura el recordarlo, y en mi mente se agolpan los recuerdos incontrolados de aquel importante autor que escribió: “el estudio no se mide por el número de páginas leídas en una noche, ni por la cantidad de libros leídos en un semestre. Estudiar no es un acto de consumir ideas, sino de crearlas y recrearlas”.
El sueño rojizo del Sol al atardecer me trae la férrea idea de que lo único importante es saber que tengo que llegar a Ingeniero de Madrid... Leo sin demasiada atención un letrero que hay pegado en la pared dentro del vagón, y que no recuerdo si estaba o no cuando subí hace una, dos o tres estaciones atrás: “Todos los Caminos Conducen a Roma”, decía el letrero.
“¡Persona tan distraída que soy!”, pienso yo... “Otra vez he vuelto a equivocar el camino”.

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