La Estación
Sergio Borao Llop
Salí
al aire frío de las calles, abandonando la oscuridad del almacén.
Alguien que no reconocí me despidió con un extraño ademán.
Recordé confusamente que debía tomar un tren.
Pocos
días antes me había sido enviada una carta en la que se me
recomendaba un viaje. Adjunto venía un billete de ferrocarril, que
ahora descansaba sobre la mesilla de la solitaria habitación en la
que cada noche me entrego a los despóticos juegos del sueño. No me
tomé siquiera la elemental molestia de averiguar quién era el
remitente de tan curioso envío, ni busqué en una guía cualquiera
el lugar de destino. Pero ¿Quién hubiese vacilado ante un reto
semejante? ¿Quién se hubiese resistido a ese instinto que siempre
nos lanza hacia lo inesperado con tanta decisión como desprecio ante
los posibles peligros? Conjeturé que sólo la cobardía hubiera
podido impedir que recogiese el guante que el destino había tenido a
bien lanzar contra mi rostro. Y nunca fui cobarde.
Así,
poco después de las cinco de la tarde, tras una corta pero intensa
siesta, me puse mi único traje (que apenas había utilizado una vez)
metí en una maleta adquirida dos días antes mis escasas
pertenencias y partí hacia la estación, dejándome azotar por las
continuas ráfagas de un viento helado que hería inclemente las
esquinas, los árboles, y el tránsito fugaz de los peatones que
surcaban con rapidez las avenidas.
A
causa de la menuda e impertinente lluvia que había comenzado a
desgranarse sobre la ciudad, me vi obligado a tomar un taxi. Muy
pronto, el automóvil se detuvo frente a un moderno edificio de dos
plantas, ante el que otros autos vomitaban su carga humana, partiendo
raudos en busca de otros pasajeros, de otras historias.
Antes
de entrar en la estación, me detuve un instante, con la viva
sensación de haber pasado algo por alto, de no haber prestado la
debida atención a algún ínfimo detalle, de ésos que luego
resultan ser trascendentales, pero, no siendo capaz de concretar en
que pudiera consistir ese olvido, me encogí de hombros y penetré en
el edificio entre una muchedumbre de rostros desconocidos y bonitas
muchachas uniformadas y empleados siempre dispuestos a la oportuna
indicación, al breve diálogo.
Ya
en el interior, me sentí invadido por un reconfortante calorcillo,
más agradable, si cabe, teniendo en cuenta el frío que la llovizna
había traído consigo allá afuera. Al fondo, al otro lado de las
ventanillas ante las que el gentío formaba largas colas esperando su
turno, pude ver una gran sala en la que multitud de personas
charlaban, gesticulando. Un poderoso rumor se extendía a lo largo de
toda la nave. Era la suma de las conversaciones de los presuntos
viajeros, el eco de las despedidas, de las tópicas recomendaciones y
las frases cariñosas. A la izquierda, un enorme mural representaba
el mapa del país, cruzado por innumerables líneas rojas, como
tantas otras arterias surcando el espacio, entrecruzándose,
uniéndose, mezclándose y formando un complejo entramado que llegaba
hasta los más recónditos rincones de la patria. Al lado, un cartel
electrónico indicaba las próximas entradas y salidas, el horario
previsto y el número del andén correspondiente. De cuando en
cuando, se oía por los altavoces repartidos por todo el recinto una
muy bien modulada voz femenina, anunciando la inminente partida de
algún tren. Podían verse entonces algunas personas corriendo en
todas direcciones, abalanzándose hacia las escaleras mecánicas que
llevaban a los andenes. Otros paseaban con impaciencia frente a las
ventanillas, lanzando insistentes miradas al electrónico, y
escuchando con desmesurada atención cada uno de los mensajes que los
altavoces vertían sobre el aire cálido de la sala espaciosa.
No
dejó de llamar mi atención la aparente ausencia de escaleras
ascendentes, ya que había, en efecto, un piso superior, que se veía
a través de grandes cristales, y en el cual podían distinguirse
varios grupos de personas, saboreando sus bebidas y riendo
despreocupadamente. Otros, por el contrario, contemplaban con aire
apesadumbrado el piso en el que yo me encontraba y callaban; sólo
callaban ignorantes de las alegres risas que brotaban a su alrededor.
(¿Habré de decir que en este lugar toda risa es forzada; toda
alegría, aparente?) Enajenándome a esas tristes miradas, supuse que
habría alguna escalera en el interior de la cafetería, pero esto
aún no me preocupaba, puesto que mi intención no era subir a
aquella atalaya acristalada, sino tomar un tren.
Sí,
subir a ese vagón que el destino había puesto en mi camino y que ya
no podía tardar mucho en hacer su entrada. Volví a consultar la
lista de horarios sin hallar referencia alguna al tren que debía
tomar, al itinerario que muy pronto había de emprender. Caminando
con tranquilidad, me aproximé a uno de los numerosos bancos que
ocupaban el centro de la enorme nave y me senté en él, situándome
frente al letrero en el que, de un momento a otro, surgirían las
mágicas palabras anunciando la llegada de mi tren, anunciando el
comienzo de algo quizá maravilloso y excitante.
A
mi lado, una mujer gorda dormitaba apaciblemente, y un poco más
allá, un anciano miraba como hipnotizado, con expresión de ciego
incapaz de admitir la ceguera, hacia el gigantesco mural. Niños
ruidosos correteaban entre los bancos, pero, no sé por qué, en sus
juegos se adivinaba como una falta: No denotaban la natural alegría
que suelen atesorar la mayoría de los niños. Me dio la impresión
de que ni siquiera estaban jugando sus propios juegos, sino
cumpliendo un ritual insoportable y absurdo. No eran risas infantiles
lo que llenaba el ámbito, no eran reales; y además, en sus rostros
podía percibirse un deje de rutina y melancolía, como si tales
carreras, tales saltos y gritos, no hiciesen sino aburrirles y
fastidiarles. (¡Cómo no lo vi entonces! ¡Cómo no salí corriendo
de aquel lugar, de este lugar en el que ahora estoy sentado y
escribiendo estas agónicas frases que se han venido repitiendo una y
otra vez en mi atormentada mente!)
Sonó
la campanilla. De inmediato, oyóse la dulce y acariciante voz de
mujer, recitando la aprendida lección de entradas y salidas. Escuché
con atención, sólo para comprobar que tampoco era éste el tren que
esperaba. Volví a mirar el billete, para prevenir cualquier posible
error por mi parte. Tomar un tren equivocado solía acarrear, según
había oído decir, tremendas molestias e incontables transbordos
posteriores, e incluso existía un rumor que aseguraba que, en caso
de confusión, se hacía prácticamente imposible regresar a la
estación de origen, descartando así toda probabilidad de emprender
algún día el viaje proyectado, dada la gran complejidad de la red
ferroviaria. (En algún momento, en el pasado, tuve la sensación de
haber tomado un tren erróneo, pero eso ahora no es más que un vago
recuerdo y las certezas no existen) Sin embargo, no es menos cierto
que si procedemos con atención es en verdad difícil equivocarse,
debido en gran medida a la asombrosa exactitud de las informaciones
proporcionadas por los altavoces y por el cartel de horarios.
La
mujer gorda respingó, miró en todas direcciones, se incorporó de
un salto, se frotó los ojos con el dorso de la mano y leyó
frenéticamente las ocho líneas electrónicas que resplandecían
frente a ella. Después respiró con fuerza y volvió a sentarse, tal
vez algo desalentada. Fue entonces cuando se percató de mi
presencia. Me contempló con curiosidad durante un segundo. Luego
preguntó sin protocolo alguno:
-
¿Ha salido ya el tren hacia D.?
-
No puedo estar seguro – contesté con amabilidad – Lo único que
puedo asegurar que no lo ha hecho desde que estoy aquí – no dije
nada más, tratando de rehuir el diálogo. Pero ella, ya más
despierta, ensanchó un punto su sonrisa y dijo:
-
Entonces ¿Llegó usted hace poco?
Iba
a responderle con una escueta afirmación, demostrativa de mi escasa
predisposición a entablar una conversación intranscendente, cuando
me vi bruscamente interrumpido por el anciano que, con gran
descortesía, increpó a la mujer:
-
¡Estás loca! – Gritó. Después se dirigió a mí en otro tono –
Se lo he repetido cientos de veces. Su tren partió hace mucho. Pero
ella se empeña en seguir esperando, aun cuando sabe de sobra que soy
yo quien está en lo cierto – se volvió de nuevo hacia ella y con
voz chillona agregó: - Nunca volverá ese tren ¡Nunca!
-
Calla, viejo idiota – dijo ella entre sollozos – Tratas de
confundirme. Este amable caballero acaba de decir que aún no ha
pasado. Yo sé que llegará y me marcharé en él, mientras tú te
quedas ahí sentado, refunfuñando y soñando con un destino que
jamás estuvo a tu alcance. A mí me queda la esperanza. A ti, nada
más que la resignación o la locura.
-
Yo nada espero. Eso es cierto – aceptó él con un tono más
calmado – Hace tiempo que comprendí mi derrota. Pero tu esperanza
ha de transformarse, ya lo verás, en una larga espera baldía, en
sufrimiento y agonía, pues no quedan trenes que tu puedas coger, no
hay destino que te reclame, ni andén que pueda llevarte hacia la
luz.
-
¡Cállate! – Gritó la mujer en dirección al viejo. Luego,
mirándome con los ojos arrasados en lágrimas, dijo: - Es
insoportable. Siempre está gritando lo mismo. Siempre ahí sentado,
malhumorado e insultante, como si su único fin fuese destrozar mis
esperanzas. Siempre descargando sobre mí su odio de viejo egoísta,
su desesperación de hombre abandonado. Pero no vaya a pensar que
puedo huir de sus reconvenciones. No importa dónde vaya, allí está
él para seguir machacándome. No deja de perseguirme, todo el santo
día, de acá para allá. No sé si tendré fuerzas para seguir
esperando mucho más.
Algo
en las palabras de la mujer, en la actitud del anciano, hizo que, por
un momento, me sintiera descolocado, como viviendo una situación
irreal, un sueño absurdo del que no había escapatoria. Tratando de
serenarme un poco, de superar con rapidez la confusión, miré al
anciano a los ojos y, sin acritud, le espeté:
-
¿No le avergüenza tratar así a la señora? ¿Acaso carece del
menor escrúpulo? ¿Es insensible al dolor que le causa con sus
palabras?
Tras
unos segundos de silencio, bajó los ojos, incapaz de soportar la
hostilidad que se reflejaba en los míos. En voz baja, respondió:
-
Tú también lo serás, cuando llegues a mi edad. Si hubieses estado
aquí tanto tiempo como yo, quizá fueses más cruel – su tono fue
subiendo poco a poco - ¿Qué derecho tienes tú a reprocharme nada?
Te queda una larga vida, y se nota que no te falta ilusión. Tu tren
llegará muy pronto y te marcharás, como tantos otros, sin recordar
nunca más esta escena, ni a ninguno de nosotros. No, muchacho, no
tienes ningún derecho a juzgarme ¿Con qué propósito, pues, te
inmiscuyes en asuntos que son completamente ajenos a ti? Acabas de
llegar y ya crees saberlo todo – su voz adquirió un tonillo
irónico – pero no tienes la menor idea... Está bien, quédate ahí
con esa chiflada. Así aprenderás. Yo me voy a otro lado.
Presa
de una gran excitación, fingida al menos en parte, sacó de debajo
del asiento unas muletas y se alejó con dificultad hacia otro banco
próximo, desde el que también podía ver el luminoso. De nuevo esa
sensación de irrealidad me fue subiendo por dentro, mezclada con un
poco de frío, procedente de los andenes. En el exterior estaba
anocheciendo y el viento castigaba con dureza las copas de los
árboles y también a los pocos viandantes que circulaban a esa hora
por las calles. Dentro se notaban, de cuando en cuando, pequeñas
bocanadas de aire fresco que hacían bajar, lenta pero
inevitablemente, la temperatura. Anochecía y mi tren no llegaba, y
una sorda preocupación se iba abriendo paso en mi interior.
La
mujer gorda, que había cesado en sus sollozos y secado las lágrimas,
se apretó un poco contra mí, musitando en mi oído:
-
Tal vez el tren que estamos esperando va a llegar pronto.
Por
algún motivo que entonces no supe precisar, esas palabras me
produjeron una intensa desazón, pero el calor de su cuerpo a mi
lado, y el suave aroma que de él se desprendía, consiguieron
adormecerme.
En
el sueño, vi miles de trenes entrecruzándose, entrando, saliendo,
cambiando de vía. Vi trenes lanzados a toda velocidad, galopando por
extensas llanuras desiertas; vi trenes que descendían
interminablemente, máquinas que arrastraban un número infinito de
vagones vacíos y silenciosos; vi vagones repletos de gente y
detenidos en medio de la vía, abandonados a su suerte entre los
páramos. También pude ver, al fondo, allá en lo más profundo de
mi sueño, un trenecito muy pequeño, antiguo, uno de esos que hace
tiempo cayeron en desuso, algo desvaído por el paso de los años,
aparentemente fuera de servicio. Pero una suave dulzura emanaba de
sus gastadas maderas, de sus oxidados remaches, de sus cansadas
ruedas. Y supe que ése era mi tren y que no debía perderlo. Y
entonces recordé que estaba soñando; desperté sobresaltado, con la
vista fija en el cartel, releyendo con precipitación cada una de sus
líneas, sólo para comprobar con desaliento que mi tren seguía sin
haber llegado a la estación.
Sentí
un frío intenso. La mujer había desaparecido. En su lugar, aunque
algo más alejado, estaba el anciano, contemplándome con curiosidad.
Aturdido aún por el violento despertar, pregunté:
-
¿Qué ha sido de ella? ¿Llegó por fin su tren?
-
De ningún modo – respondió él, sonriendo con amargura – Ese
tren ya pasó y nunca regresan – hizo una breve pausa – Yo traté
de avisarla cuando sucedió, pero se burló de mí, me insultó y
desoyó mis consejos. No sé dónde habrá ido ahora. Lo más
probable es que esté en la cafetería, tratando de subir al piso de
arriba. Por la noche, cuando llega el frío, todo el mundo trata de
resguardarse.
Algo
se debatía en mis entrañas, como una inconcebible certeza de estar
viviendo una situación que desafiaba toda razón. La increíble
sospecha que se había ido asentando en mi mente desde el momento en
que llegué, comenzaba a tomar forma; las palabras del viejo
delineaban los contornos precisos de la pesadilla:
-
Se dice que allá arriba no hace frío y que la gente es más amable,
y la vida, más confortable. Pero nadie sabe cómo subir. A mí ha
dejado de importarme. Apenas sería capaz de subir dos peldaños –
al decir esto, remangó sus pantalones, dejando al descubierto dos
piernecillas algo deformes y, sin duda, enfermas – Es por la
humedad que viene cada noche desde los andenes y quizá también por
las caminatas.
-
¿Caminatas? – Pregunté. Cada nueva revelación me iba arrastrando
más y más hacia las desoladas regiones del pánico.
-
Sí. Es preciso caminar mucho, para combatir el entumecimiento. De lo
contrario, se corre el peligro de morir congelado. No ponga esa cara.
Yo sé que todos se burlan de mis consejos, pero hágame caso:
camine, camine todo lo que pueda. Todas las mañanas, los empleados
tienen que retirar los cuerpos congelados de quienes no tomaron las
debidas precauciones. Lo hacen con sigilo, fingiendo que nada ocurre,
pero yo llevo demasiado tiempo en este lugar y nada se me escapa.
-
¿Sugiere usted que hay personas que pasan aquí la noche? – Dije.
Algo en mi interior se resistía a creer en lo que estaba oyendo. No
era posible. Nada era verdad. Pronto despertaría en mi habitación,
entre mis libros. Todo habría sido un sueño, desayunaría, me
asearía y saldría hacia el trabajo, como cada mañana...
-
Muchos días y muchas noches – respondió él con cierto desaliento
– Hace años que espero, obstinado, la llegada de ese tren en el
que ya no creo. Pero no conozco otro camino.
-
Sin embargo, yo no puedo esperar. Debo...
-
Nadie puede, en realidad. Pero no me haga demasiado caso. No
desespere. No es imposible que su tren llegue, en efecto, esta misma
noche. En muchos casos sucede así. Permanezca atento a los
altavoces. Trate de no dormirse. Sea amable con los funcionarios, y
ellos le corresponderán gestionando con rapidez los trámites de su
partida. Pero, ante todo, deseche la prisa, reprima la ansiedad. Nada
sucede antes de tiempo.
-
Pero es que debería regresar antes del lunes...
-
¿Regresar? ¿Cómo ha de regresar?
-
Tengo que acudir al trabajo, o seré despedido. Son muy estrictos.
-
¡Vamos! ¡No sea hipócrita! Usted conoce perfectamente su
situación. Sabe de sobra que no hay sitio al que regresar. ¿Acaso
no lleva en su maleta todo aquello que considera imprescindible? ¿No
arrojó la llave de su casa en una sucia alcantarilla? ¡Pues claro
que lo hizo! Igual que lo hicimos todos, sabedores de que no hay
regreso. Porque regresar equivale a fracasar ¿Y quién tiene el
valor de reconocer el fracaso, de admitir el error? Antes la muerte,
antes el sufrimiento más horroroso, que la confesión de la derrota.
¿No es, en rigor, la más completa verdad cuanto estoy diciendo?
¿Sería capaz de negarlo, de negármelo a mí?
Me
sentí derrotado, desenmascarado. Con algo de vergüenza, admití:
-
Sí... Es cierto. Eso es exactamente lo que hice... Pero en el fondo,
yo esperaba regresar... ¿Cómo hubiese tenido, de lo contrario, el
valor de partir? Es verdad. Sabía que el regreso no es posible, pero
todo hombre necesita algo a lo que aferrarse, una referencia, un
punto de apoyo para superar la terrible realidad... De modo que no me
resta sino la espera. La espera que, según sus palabras, puede
llegar a ser insoportable. Mas... siempre puedo bajar al andén y
tomar el primer tren que llegue, aunque no sea el indicado...
-
¡De ningún modo! No hay dos trenes que puedan conducirle al mismo
lugar. Hay que atenerse al billete. Es imposible sospechar siquiera
dónde podría terminar quien hubiese tomado un tren equivocado.
Además, sepa que si baja al andén es muy posible que no pueda
volver a subir, del mismo modo que resulta prácticamente imposible
acceder desde aquí al piso de arriba.
Pensé
en un número ilimitado de pisos, desconocidos entre sí. Un infinito
edificio de incontables pisos desde cada uno de los cuales no fuese
posible ver sino el superior y el inferior. Y en cada una de esas
plantas, hombres idénticos a nosotros, hablando con nuestras
palabras, compartiendo nuestros pensamientos, hasta los más íntimos;
siendo, en suma, perfectas imitaciones nuestras (o lo que es peor:
nosotros imitándoles, siendo meras caricaturas, marionetas cuyos
hilos...) Preferí no pensar más, escuchar en todo caso al anciano,
que seguía hablando, pero la idea infernal de la multiplicación
infinita de los pisos me había conmocionado de tal modo, que ya no
me sentía con ánimos para seguir oyéndole. Sólo una voz interior
que me repetía una y otra vez la completa imposibilidad de tan
absurdo pensamiento: No puede haber más que tres plantas, tres
únicos niveles. Pero mi mente dudaba, y acaso...
La
mujer gorda se aproximaba a nosotros, con la sombra de una aguda
decepción oscureciendo su rostro. Sin una palabra, tomó asiento a
mi lado y recostó su cabeza en mi hombro, disponiéndose, sin duda,
a dormir un rato. Yo, sin esperanza, hice lo mismo, pero mis oídos
permanecieron atentos a los altavoces, mis ojos se abrían de cuando
en cuando, vigilantes incansables del cartel electrónico. Esa noche
no vino mi tren. Tampoco las siguientes.
El
tiempo ha ido desgranándose y mi tren no ha llegado. Hay momentos de
desesperación en los que pienso que no es imposible que haya
descuidado la vigilancia durante unos minutos, quizá los necesarios
para que ese tren hiciese, raudo, su entrada, reclamándome y
partiendo sin respuesta, vacío de mí, corriendo inútilmente por
una vía muerta.
Como
todos he intentado en vano el ascenso al piso superior. Como todos,
he pensado en bajar a los andenes y tomar un tren cualquiera, para
terminar de una vez por todas con esta exasperante espera, pero
siempre me fallan las fuerzas, y permanezco aquí, sentado en este
viejo banco, con los ojos cansados de tanto mirar en la misma
dirección, con el corazón atormentado y apagándose.
Miles
de trenes han partido y ninguno era el que yo esperaba. La mujer y el
anciano, simples sombras en mi memoria, desaparecieron hace tiempo.
Tal vez llegó su tren; tal vez hayan muerto sin haber llegado a
tomarlo, anónimos figurantes en una siniestra farsa que se nos va
llevando sin concedernos una segunda oportunidad.
Pero
también los demás han ido diluyéndose hasta dejar vacía la
estación. Los niños y sus fingidos juegos son ahora pasto del
olvido y hasta los mendigos que solían estacionarse en la entrada
han abandonado su antigua costumbre y han emigrado a otros lugares
donde quizá haga menos frío, donde quizá haya limosnas.
La
cafetería fue cerrada, y con ella se perdió mi última esperanza de
ascender al piso de arriba, que ya ni siquiera puedo ver, y que
tampoco me importa, si es que alguna vez me importó. Este nivel se
ha quedado desierto por completo, a excepción de uno de los
empleados, que permanece ahí, parapetado tras la rejilla y el
cristal, que no habla ni responde a mis preguntas, que parece
condenado a la eternidad sin fondo de las ventanillas.
Y
la voz. La voz interminable, intolerable, anunciando trenes para
nadie, melódicas burlas del destino, incongruentes frases sin
destinatario. Es como si toda la estación estuviese aún abierta
sólo por mí, únicamente para que yo pueda tomar mi tren y alejarme
hacia otra quimera respirable. Y a veces aun creo que acaso sea
posible, como si todo este tiempo no hubiese transcurrido, como si
aún se pudiesen construir nuevas ciudades, edificar otras realidades
menos lamentables, calles habitables, nítidas, parques de sol,
fuentes de esperanza sincera y real, monasterios...
Y
sin embargo, sé que todo es mentira, ¿por qué no confesarlo de una
vez? Sé que mi tren no ha de pasar, que mi espera ha de ser
forzosamente estéril. Pienso que un viento frío, una de estas
noches, apagará para siempre mis esperanzas, congelándome, y así
el ciclo se habrá completado y la estación perderá definitivamente
su razón de ser y desaparecerá, como todo lo que un día hubo en
ella. Porque ese tren que espero es algo que nunca existió, una
sórdida invención de mi cansado corazón urbano; porque fui yo
mismo quien envió aquella carta, buscando un pretexto para escapar a
la insufrible rutina de las tardes sin nadie y sin nada en el
monótono horizonte de la casa vacía. Hay otras estaciones
desiertas, otros hombres iguales a mí, igualmente abandonados por la
suerte, idénticamente solos, esperando a un tren que saben no ha de
llegar, aguardando sin fe un destino que no existe, sabiendo con
implacable certeza que todo es inútil, que ya nada va a ocurrir...
Pero
he aquí que la campanilla suena de nuevo, y aunque conozco de
antemano la inutilidad de mi acción, escucho atento, y lo que oigo
me llena de desconcierto y de alegría, porque esta vez, desafiando
todas las leyes de la razón, es mi tren el que está entrando con
poderosa lentitud en la estación abandonada. El letrero luminoso así
lo atestigua, y acaso también la leve sonrisa que me ha parecido
sorprender en el pétreo semblante del empleado. Asombrado aún, con
las piernas temblando de emoción, cojo mi maleta y corro hacia la
escalera descendente para hundirme en las profundidades del andén,
sabiendo ahora que hay, en efecto, una escalera que sube y sube hasta
perderse en el infinito, sabiendo que es esta misma escalera por la
que voy bajando hacia el andén desierto. Pero eso ha dejado de
importar, y corro sin descanso hacia ese tren que viene a buscarme
exclusivamente a mí, corro incansable hacia ese destino que viene a
reclamarme.